CAPITULO 12
Cuando Isabella se le acercó, Edward volvió los ojos hacia ella, agachado como un lobo, con el labio superior erizado, casi gruñendo. Isabella se quedó fría, cautivada por la impasible figura que Edward sostenía tan cerca de su pecho. Frunció el ceño cuando vio la cenicienta textura de la pequeña cara a través del hollín que caía como una lluvia negra procedente del incendio, y luego sus ojos se movieron del muchacho hacia el rostro desolado de Edward. La luz anaranjada del fuego que aún ardía a su alrededor dibujaba largas sombras bajo sus ojos, y parecía tan perdido en el mundo que la joven avanzó instintivamente hacia él con ánimo de consolarlo.
Edward no le permitió acercarse, y una vez más, un prolongado gruñido, saturado de angustia, salió de lo más profundo de su garganta. Asustada, Isabella retrocedió. ¿Quién era ese muchacho que evocaba tan hondos sentimientos en el Príncipe de las Tinieblas? ¿Y qué estaba haciendo allí en el campamento?
Tres de sus hombres pasaron corriendo al lado de Isabella y se detuvieron al ver al Príncipe de las Tinieblas. Uno de los caballeros la miró a ella, después a Edward y siguió avanzando cautelosamente hacia el prisionero y el chico.
Con la cara contraída por el odio, Edward apoyó la cabeza del muchacho sobre su brazo izquierdo.
—No lo toques —gruñó, apretándolo contra su pecho.
El caballero miró a Isabella sin saber muy bien qué hacer. Ella dio un paso hacia adelante, dubitativa, tendiéndole las manos.
—Edward… —dijo con suavidad, tratando de consolarlo. Sus despreciativos ojos negros volvieron a mirarla.
—Mantente alejada de mí —le contestó con rabia.
Isabella bajó las manos.
—El incendio fue un accidente —dijo en tono de infinita paciencia—. Nadie quería hacer daño al muchacho.
Sus ojos se achicaron en señal de incredulidad.
—¿Hacerle daño? ¡Tú y tu ejército de franceses lo habéis asesinado! —gritó con la voz llena de odio.
Los hombres de Isabella lo rodearon de inmediato. Ella sacudió la cabeza para detener el movimiento de los soldados, pero sus órdenes llegaron demasiado tarde.
Al ver que uno de los hombres se le acercaba, Edward lo recibió con un puñetazo en la cara. Los otros dos lo asaltaron por la espalda y lo tumbaron al suelo junto con el muchacho, al que alcanzó a proteger bajo su cuerpo. Isabella se quedó asombrada de la fuerza con que repelió a los dos hombres para que el cadáver de Anthony no sufriera ningún daño.
Un relámpago estalló en el cielo, iluminando la cara atormentada de Edward. Los dos caballeros consiguieron sujetarlo y lo obligaron a ponerse de pie. Isabella abrió la boca para ordenarles que se detuvieran, pero en ese instante Edward golpeó con su rodilla a un hombre en el estómago y lo tiró al suelo. Luego se volvió hacia el otro guardia, lo agarró del cuello, lo levantó sobre su cabeza y, como si fuera una muñeca de trapo, lo arrojó también al suelo.
Respirando con dificultad, miró de nuevo al muchacho, justo en el momento en que otro relámpago iluminaba el cielo oscurecido. Se agachó, lo levantó con ternura entre sus brazos y avanzó hacia Isabella.
—No te puedo dejar ir —dijo ella con el pulso acelerado. ¿Pero cómo podía detenerlo? No estaba armada y él era tan fuerte que…
—No te lo estoy pidiendo —declaró Edward con llaneza, quedándose a un paso de ella.
Isabella quedó inmóvil.
—No me obligues a lastimarte —le advirtió Edward, con el rostro cubierto por las sombras de la oscuridad, y los hombros apenas delineados por el fuego moribundo que aún ardía a sus espaldas—. Nunca he hecho daño a una mujer.
Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre las mejillas de Isabella, a quien le costó trabajo tragar saliva.
—Para escapar tendrás que matarme —le dijo.
—¿Y piensas que no lo haría? —respondió con una mueca de desprecio—. ¿Después de lo que le hiciste al muchacho?
—Yo no le hice nada, Edward.
—Si no me hubieras capturado, ¡Anthony estaría vivo! —explotó él.
Isabella se quedó mirándolo. La rabia, el odio, pero sobre todo el dolor se le habían grabado muy profundamente en las líneas que rodeaban sus grandes ojos negros. Las cejas de ella se alzaron en señal de simpatía y de sus ojos brotó una tierna comprensión.
—Me gustaría poder traerlo de nuevo a la vida —suspiró.
La frente de Edward se contrajo al contemplar una vez más el cadáver que tenía en sus brazos.
La lluvia comenzó a caer entonces de verdad, empapan-dolos rápidamente hasta los huesos.
—No permitiré que lo entierren en suelo francés —le dijo a ella con una voz apenas audible—, y no consentiré que tus esfuerzos hayan sido en vano —le susurró a Anthony.
De pronto, Edward se abalanzó sobre la mujer, golpeándola con fuerza en los hombros, y salió corriendo hacia el bosque. Isabella se recuperó rápidamente. Una veloz mirada al campamento le reveló que el fuego estaba reducido ya a dos tiendas que ardían en la distancia. Se volvió hacia el prisionero y lo siguió entre los árboles. Atravesó jadeando una fila de arbustos, con el tiempo justo de ver cómo su espalda desaparecía tras el espeso follaje. El muchacho en sus brazos y el grillete alrededor de uno de sus tobillos no le permitían alejarse con la prontitud que hubiera deseado, lo que a su vez le permitía a ella seguirle bien el paso. La lluvia le cubrió la cara y las ramas le arañaron los brazos y le destrozaron la ropa, pero Isabella no estaba dispuesta a detenerse. «No escapará», pensó, al tiempo que un temor inconcebible nacía dentro de ella. «¡No puede escapar! Tengo que sentirlo junto a mí de nuevo…». ¿De dónde provenía ese pensamiento? No; se engañó. No sentía ningún interés por él. Simplemente, debía llevarlo al castillo de su padre… Era su prisionero y tenía que entregarlo…
Siguió avanzando hacia él, obligando a sus piernas a correr cada vez más rápido, y cuando el bosque se hizo más espeso, la oscuridad se cerró a su alrededor, dificultándole la visión. Continuó su marcha casi a ciegas, tratando de no chocar con los árboles que se interponían en su camino. Podía oírlo delante; oía el crujido de las ramas bajo sus botas; podía oír cómo los arbustos le abrían paso cuando los atravesaba. Su corazón latía a un ritmo desbocado y casi no alcanzaba a respirar. Buscó la manera de abrirse paso en medio del follaje, siguiendo desesperadamente aquellos ruidos. No podía salirse con la suya… ¡No podía escapar!
De pronto, el eco de un grito en medio de la noche la aterrorizó.
El desgarro que percibió en la voz que gritaba le tocó las fibras más íntimas de su ser y la incitó a apretar el paso. ¿Estaba herido? ¿Acaso algunos de sus hombres lo habían encontrado indefenso en el bosque y lo habían atravesado con una espada?
Lo siguiente que supo fue que el bosque había desaparecido y que ella estaba suspendida en el aire, sobre un brillante estanque. Luego sintió que caía, que caía cada vez más hondo en la negrura del agua que quería tragarla. El grito de pánico que alcanzó a soltar se ahogó cuando se estrelló contra el agua, sumergiéndose bajo la superficie. Frenética, movió las piernas y los brazos y nadó, impulsándose de nuevo hacia arriba, pero un fuerte remolino la arrastró otra vez bajo el agua.
De repente sintió que era escupida del agua, elevándose en el aire de la noche, jadeante y farfullando palabras incoherentes. Isabella cayó de nuevo en la tormentosa corriente. Por poco se estrella contra las rocas que sobresalían aquí y allá en medio de los rápidos, y cuyas peligrosas formas sólo eran visibles cuando las iluminaba algún relámpago ocasional. Sus manos se agitaron en busca de cualquier cosa que llevara la corriente con ella, pero el agua fluía con demasiada fuerza y la arrastraba. Luchó desesperadamente por respirar. Era como si el río, o lo que fuera, estuviese tratando de absorberla, ola tras ola, hasta que sin previo aviso surgió de las lóbregas profundidades una roca negra y se golpeó contra ella, causándole un dolor terrible en la espalda y en el brazo izquierdo. Abrió la boca para gritar, pero el agua la asaltó de nuevo, llenándole la boca y asfixiándola. Trató de colocar su mano derecha en la espalda, donde sentía latidos dolorosos, pero la fuerza turbulenta del agua la mantenía demasiado ocupada en la tarea de sostener su cabeza por encima de las olas. El agua la arrastró con ella hasta que al fin, después de lo que a Isabella le parecieron horas, las aguas se aquietaron. Flotó durante un rato, recuperando el aliento. Se sentía mareada y débil. El brazo izquierdo le dolía por el impacto de la roca. La corriente, ahora más sosegada, la empujaba hacia la noche negra y hacia las aguas aún más negras. Se sentía tan cansada, tan abrumadoramente cansada… qué fácil hubiera sido dejar de luchar, entregarse por fin y permitir que el río le cubriera la cabeza. Qué sencillo era lograr el descanso, la paz.
Fue entonces cuando vio a Edward, lejos de ella. Su forma oscura estaba perfilada por la claridad del cielo. Permanecía en pie encima de una roca grande y con las dos manos sostenía el cadáver del muchacho, que colgaba como un fardo, con las piernas balanceándose en el agua. Logró impulsar su cuerpo con un último esfuerzo, y con un rápido movimiento de sus brazos trató de maniobrar hacia el lugar donde se encontraba Edward.
Luego lo oyó. ¡Era el horroroso rugido de una avenida de agua! Mientras se acercaba a Edward, el rugido le llenó la cabeza. La corriente se volvió de pronto más fuerte e Isabella trató de luchar contra ella, pero era empresa imposible porque el agua la empujaba cada vez con más fuerza.
Vio a Edward; había encontrado apoyo en una roca y, sin dejar de sujetar la camisa del muchacho con una mano, le ofrecía a ella la otra. Isabella vio que sus labios se movían pero no pudo escuchar sus palabras a causa del rugido que seguía martilleándole la cabeza. Pudo levantar una mano por encima de la superficie del agua, mientras pataleaba con todas sus fuerzas. No sería capaz de llegar. ¡Él estaba demasiado lejos!
Y entonces, Edward se echó todavía más hacia delante y le tendió la mano. El agua la arrastró con mayor fuerza, ¡hasta que sus pies se balancearon al borde del abismo! Bajo ella, la horrible boca de la oscuridad devoraba una cascada.
—¡Agárrame la mano! —gritó él. Sus palabras al fin eran audibles sobre el estruendoso sonido del agua al estrellarse contra las rocas que la esperaban en las profundidades de la catarata.
Isabella levantó la mano izquierda y se agarró a su puño, pero no fue capaz de sostenerse.
Sus ojos desesperados buscaron los del inglés.
—¡Agárrala! —le ordenó éste.
Isabella levantó otra vez la mano hacia él, pero al tocarle la piel sintió que se le iba de nuevo. Gritó al comprender que el agua la empujaba irresistiblemente hacia la cascada, pero Edward logró asirla de la punta de los dedos, tensando los músculos del cuello y de la cara para potenciar el supremo esfuerzo. Se agarró como pudo a la roca en su intento de rescatar a Isabella y al mismo tiempo sostener al muchacho. Con una de sus manos sujetó desesperadamente los dedos de Isabella, y con la otra mantuvo las piernas del chico por encima del agua, pero no podía hacer las dos cosas a la vez durante mucho rato.
Isabella vio que Edward miraba el cuerpo del muchacho y después volvía los ojos hacia ella. Maldijo en voz alta, y para sorpresa suya, soltó el cadáver de Anthony y le agarró las muñecas, asiéndola con firmeza y contemplando con ojos aterrorizados cómo el cuerpo del chiquillo era arrastrado graciosamente, silenciosamente, hacia las profundidades de la cascada.
Edward la sacó del agua y la depositó sobre la roca.
Durante un momento, Isabella yació sobre el regazo de Edward, abrazándolo con fuerza mientras trataba de recuperar la respiración. No podía ni abrir los ojos. Una lluvia recia humedecía todavía más su cara. Finalmente, elevó la vista hacia él y notó que sus ojos miraban para un lado y para el otro, escudriñando las orillas del tremendo río.
—¿Puedes nadar hasta la orilla? —preguntó sin mirarla.
Isabella no contestó. Sabía que no podía sin antes descansar un rato.
Comenzó a negar con la cabeza.
La luz de un relámpago estalló en el cielo cuando él volvió sus ojos impasibles hacia ella. El extraño resplandor se proyectó sobre su cara creando una larga sombra que lo hacía parecer un príncipe en medio de las tinieblas, haciendo honor a su sobrenombre. Bajo su mirada escrutadora, Isabella sintió el fuerte brazo alrededor de su cintura y vio que sus piernas descansaban sobre los muslos masculinos en una peligrosa intimidad. Apartó la vista, pero sus suaves y burlonas palabras le llegaron irremediablemente a los oídos:
—Trata de mantener tus deseos bajo control, Ángel.
Se encontraron las miradas. La furia ardía en los ojos de la joven, pero era furia contra ella misma, por dejarse llevar por la pasión. ¿De verdad era tan transparente?
—Me interpretas mal —dijo imperiosamente.
Mientras él inclinaba su cabeza hacia ella, Isabella levantó las mejillas.
Sus ojos la quemaban con desdén.
—¿Entonces no necesitas que te preste mis servicios sexuales… ahora? —ironizó con amargura.
—Ni ahora ni nunca más —contestó ella—. Preferiría tirarme a la corriente.
—Eso se puede arreglar —le dijo él en tono serio, aunque sin quitarle los brazos de la cintura—. Pero dime, ¿puedes o no puedes nadar hasta la orilla?
Ella oía el ruido del agua que se deslizaba hacia el salto para luego estrellarse contra las rocas en las profundidades del abismo. La orilla estaba demasiado lejos. Sabía que no lo lograría. Sin embargo, lo que deseaba con todo su corazón era poder hacerlo, sólo para alejarse de aquel insoportable y engreído perro sarnoso.
—Contéstame antes de que te eche al agua —le ordenó.
Ella tensó sus hombros.
—No recibo órdenes de mis prisioneros —le dijo.
Las palabras burlonas de Edward volvieron a sonar en sus oídos, aunque esta vez más cerca.
—Creo que ahora la prisionera eres tú.
Isabella se liberó de sus brazos y se volvió hacia él, pero al hacerlo perdió el equilibrio y comenzó a rodar por la roca. Por fortuna, Edward alcanzó a sujetarla por las muñecas, impidiendo que cayera al agua. La mujer se zafó otra vez de él con furia, asegurándose bien sobre sus pies, pero un dolor intenso recorrió todo su brazo izquierdo y su visión se hizo borrosa. Se desmayó un instante sobre Edward.
Él la agarró de los brazos, echándose hacia atrás, y sintió que su cuerpo le caía encima.
—Estás herida —le dijo, al ver que abría los ojos.
—No —mintió ella débilmente—. Estoy bien.
—Espérame aquí —le ordenó, y se incorporó.
Cuando se puso de pie, Isabella sintió que sus ojos eran atraídos hacia él como las llamas atraen a las mariposas, porque cuando otro relámpago se dibujó sobre el oscuro cielo, su cuerpo parecía brillar con un fuego radiante.
Saltó al agua, cortándola limpiamente con su cuerpo, y ella vio cómo desaparecía bajo la superficie del líquido negro para emerger segundos después cerca de la orilla. Pero vio también el esfuerzo que le costó combatir contra la corriente. Sus fuertes brazos cortaban el agua, ayudándose con los pies, pero aun con el poder de sus piernas, se acercaba peligrosamente al borde de la cascada. ¿Qué haría ella en el caso de que él no lograra llegar a la orilla? Conteniendo la respiración, Isabella vio cómo se aferraba a la rama de un árbol y luego tenía que soltarla. Hizo un último esfuerzo, y ella rezó en silencio, hasta que se dio cuenta de que había alcanzado la tierra, donde se puso en pie, caminó un trecho y se sentó en la orilla húmeda.
Isabella se sentó sobre la roca y cerró los ojos, dejando escapar un suspiro de alivio. Lo había logrado. Un rayo zigzagueó en el cielo, como en señal de advertencia. Isabella alzó la vista. Luego miró hacia el hombre. La orilla estaba vacía.
Fue presa del pánico. ¿La había dejado sola? ¿La había abandonado en la roca para que muriera allí? ¡Por supuesto! ¿Qué mejor manera de escapar? Se hizo mil reproches a sí misma. ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo había sido capaz de dejarlo ir?
Sus ojos observaron la orilla con atención. Reinaba la oscuridad entre los árboles y arbustos que delimitaban la playa, haciendo casi imposible discernir algún movimiento. ¡Maldita sea! Se incorporó sobre la roca, calibrando la distancia que había entre ella y la orilla.
Algo húmedo y nervudo rozó su mejilla. Gritó, quitándoselo de encima con un movimiento frenético de su mano. Oyó cómo caía al agua y vio cómo se deslizaba corriente abajo. «¡Una culebra!», pensó. Desapareció, pero ella, con los nervios de punta, continuó buscando cualquier movimiento del reptil en el agua. Había oído hablar de serpientes capaces de devorar a un hombre, y un escalofrío la estremeció de pies a cabeza.
Mientras buscaba a la culebra en el agua, algo cayó sobre su cabeza y se balanceó delante de sus ojos como si fuera una cuerda mojada. ¡Otra serpiente! Al agarrarla con las manos se dio cuenta de que era una especie de bejuco, algo así como una liana. Tiró con fuerza y lo siguió con la mirada hasta que vio a Edward en la orilla, sosteniendo el otro extremo con sus manos y haciéndole señales de que se lo atara alrededor de la cintura.
Cerró los ojos con silencioso agradecimiento.
Isabella hizo lo que él le indicó, amarrándose el bejuco. Sin aviso previo, Edward tiró de la liana con enorme fuerza, ella voló sobre el río y cayó al agua en medio de un estruendo espantoso. La corriente la envolvió de inmediato, acercándola a la catarata, pero otra fuerza la sujetaba de la cintura y la acercaba a la orilla. Era la fuerza del bejuco. Era la fuerza de Edward.
Trató de nadar, pero el brazo izquierdo le dolía con cualquier movimiento. Finalmente, sintió el barro de la orilla bajo sus pies. Se tambaleó unos cuantos pasos sobre sus piernas cansadas y doloridas y cayó de rodillas en tierra.
Edward comenzó a desatarle el bejuco de la cintura.
Isabella le miró y se quitó sus manos de encima.
—Podías haberme dicho que saltara, en lugar de tirar así de mí.
—No me habrías oído —respondió él, apartándose con aire altivo.
Isabella se levantó, mirándolo con desprecio. Trató de desatar el bejuco, pero cada vez que movía el brazo, el dolor le llegaba hasta los hombros. Lo intentó de nuevo, pero la agonía era excesiva. Le dio la espalda a Edward.
—Eso no te da derecho a ahogarme.
—¿Ahogarte? Te he salvado la vida.
Isabella apretó su brazo izquierdo contra el bejuco, manteniéndolo quieto, y al fin logró desatarlo. Lo tiró al suelo y se volvió hacia él.
—¡Tu brazo! —exclamó Edward.
—Estoy bien —dijo ella, sabiendo que no era cierto.
Otro relámpago rasgó el cielo nocturno, resaltando los contornos del cuerpo húmedo de Edward. Con unos simples pantalones y una sola bota, parecía más desnudo que vestido. Luego, la luz del relámpago se extinguió y su presencia se convirtió en una sombra. Levantó los ojos hacia el cielo y sólo pudo ver las hojas de los árboles y las cortinas de lluvia que caían sobre su cara.
—¿Sabes dónde estamos?
Su voz llegaba hasta ella a través de la oscuridad.
—No te lo puedo decir sin ver las estrellas —contestó, quitándose un mechón de pelo que caía sobre su cara para inspeccionar los alrededores.
—Necesitamos encontrar algún refugio —decidió él.
—¿No podemos construirlo con las hojas y las ramas de los árboles? —añadió Isabella mientras sus ojos escrutaban el suelo del bosque.
—Hemos de seguir hacia abajo —afirmó él—. Puede haber una cueva detrás de la cascada
La mirada de Isabella parecía querer morderlo, destrozarlo.
—Muévete —ordenó el hombre, avanzando hacia ella.
Isabella dio un paso atrás, sintiéndose ultrajada.
—No me des órdenes como si fuera tu sirviente.
—Te las doy, entonces, como si no fuera tu prisionero —declaró con mordacidad e indiferencia y continuó avanzando hacia ella, que se retiró fuera de su alcance.
—No soy tu prisionera, y lo que intento es regresar contigo al campamento.
—Entonces te equivocas —contestó sujetándola por las muñecas.
Ella opuso resistencia, luchando contra su dominio con los pies enterrados en el barro, pero sus manos eran poderosos grilletes, imposibles de romper. Edward se agachó, rodeó las piernas de ella con sus brazos y la levantó hasta sus hombros. La rabia la consumió y golpeó su ancha espalda con los puños cerrados, pese al dolor que sentía en el brazo. Era como golpear una piedra. Él caminaba por el bosque en la misma dirección de la corriente del río. El camino estaba resbaladizo, pero sus pisadas se hundían en el suelo con seguridad y con confianza. Isabella se retorció entre sus brazos, y durante un momento él perdió el equilibrio.
—No me obligues a atarte las manos —la amenazó.
Aunque hablaba en voz baja, lo oyó por encima del ensordecedor ruido del agua. La furia se apoderó de ella y la obligó a cerrar la boca, jurándose a sí misma que escaparía. Llegaron a la cima de una colina y Edward la deslizó hasta el suelo. La cascada resplandecía delante de ellos.
Un trueno rugió sobre sus cabezas cuando Edward entró al agua. Isabella aprovechó para dar un paso atrás, levantó un pie y le propinó una patada en todo el centro de la espalda. Él cayó hacia delante, en el agua, y tuvo que soltarle las muñecas.
Isabella huyó hacia el bosque, corriendo entre los árboles y sintiendo que la idea de escapar había insuflado renovadas energías en sus músculos cansados. Sus pies resbalaban en el barro al tiempo que se internaba en la oscuridad, procurando ocultarse detrás de los grandes troncos y saltando por encima de sus ramas caídas. Al cabo de un rato su furia se desvaneció y aminoró el ritmo de la carrera. «Lo necesito», pensó, «y debo llevarlo conmigo al campamento».
Aminorar el paso fue suficiente. Aun sin mirar hacia atrás, sabía que la distancia entre los dos era cada vez menor. Oyó sus pasos, y el simple hecho de oírlos despertó en ella su espíritu desafiante. Continuó la fuga, pero ya era demasiado tarde. La detuvo, agarrándola por la cintura y levantándola del suelo, y cuando ella luchó por zafarse, golpeándolo con todas sus fuerzas, la arrojó de espaldas contra el tronco de un árbol.
El dolor se disparó otra vez en su brazo izquierdo y la hizo lloriquear de rabia. Y cuando lo miró de frente, sus ojos brillaban a la luz de los relámpagos.
—No puedes escapar de mí —le susurró al oído—. No puedes hacerlo ahora. ¡Ni podrás conseguirlo nunca!
La joven sintió que apretaba su cuerpo contra ella para mantenerla en su lugar, para reducirla al silencio, para tenerla cautiva. Isabella no podía apartar la vista de sus ojos. «Cómo debe odiarme», pensó.
Luego los labios de Edward se fundieron con su boca, abrasándola de un lado a otro, pidiendo permiso para entrar. Se desconcertó durante un momento, agitando las manos sobre su pecho en señal de débil protesta. Después, muy lentamente, sus labios avivaron el fuego que ardía dentro de ella, hasta que se relajó por completo y acabó entregada. Él deslizó la lengua en su boca, presionándola con fortaleza y exigiéndole que se rindiera. Isabella sintió cada uno de sus pétreos y poderosos músculos contra ella. El calor de aquellos labios anulaba su voluntad. Cerró los ojos y dejó que sus besos, como la lluvia, le bañaran todo el cuerpo.
Luego él se apartó. Ella no podía moverse, no quería que el beso terminara, no quería que la ternura pasara, y cuando al fin abrió los ojos, encontró que una sonrisa burlona le curvaba los labios y que había cierta mofa en sus ojos.
—Creo que me he confundido. Es posible que haya usado el método equivocado para controlarte —murmuró.
La humillación, el dolor y la rabia se agolparon en su pecho. Se estremeció.
—Ningún hombre puede controlarme —respondió, luchando por odiarle.
—¿Quieres que pongamos tus palabras a prueba? —le preguntó mientras la presionaba de nuevo, cada vez más fuerte, frustrando sus vanos esfuerzos por escaparse.
—Eres un perro sarnoso —le dijo con desprecio—. No tienes honor. ¿Cómo pudo tu rey hacerte caballero?
—Yo me estaba preguntando lo mismo sobre ti.
Sus ojos furiosos se enfrentaron al tiempo que los relámpagos rasgaban el cielo y los truenos retumbaban entre los formidables árboles del bosque que los rodeaba. Edward la agarró del brazo y la empujó hacia el río.
—Ahora muévete —le ordenó—, si no quieres que trate de controlarte de nuevo.
Isabella tropezó y cayó de rodillas en el barro. Se levantó rápidamente y caminó bajo el aguacero hasta el río, un trecho que recorrió enseguida. El río ahora estaba en calma, con excepción del agua del salto que se precipitaba contra las rocas. Finas gotas de lluvia caían sobre el estanque. Oyó sus pasos en el barro cuando se le aproximaba desde atrás.
—Tu brazo está sangrando —le dijo, e Isabella se sorprendió por la preocupación que parecía denotar su voz.
Ella se palpó la parte de atrás del brazo herido. La túnica se le había rasgado y cuando tocó la piel, un dolor intenso afectó a todo el brazo. Retiró los dedos y vio que había sangre en ellos.
Edward se le acercó. Ella podía sentir su presencia.
—Hay que vendarlo —murmuró.
Isabella no contestó. La sangre que había en sus dedos era de un rojo profundo, aun cuando la lluvia la diluía. Ella tenía que convencerlo de que la llevara al campamento. James se encargaría de su herida.
Ignorando el agudo dolor y el agotamiento, entró al río y se dirigió hacia la cascada, y cuando se acercó a ella, se dio cuenta de que Edward tenía razón. Había una cueva detrás del agua que caía con fuerza. Trepó a una roca y se encaminó hacia el refugio. Detrás de la cascada había un pequeño saliente de piedra que le permitió reptar hasta la entrada del oscuro hueco enclavado en la pared del peñasco. La cueva era pequeña, aunque con espacio suficiente para albergar a cinco personas acostadas, es decir más del que necesitaban Edward y ella.
Pero era un lugar oscuro y húmedo. El suelo estaba empapado, y el agua caía del techo. Había algo tenebroso en el lugar, y cuando entró a la cueva, sintió un escalofrío.
—Quítate la ropa —le dijo él.
Isabella se volvió a mirarlo. ¿La iba a violar? ¿Allí? Su silueta se dibujaba contra el agua como una sombra oscura en la boca de la cueva. Podía sentir sus ojos sobre ella.
Él dio un paso hacia delante e Isabella retrocedió hasta que su espalda tocó la pared de piedra.
—No me entregaré a ti —le dijo—. Pelearé hasta el último aliento.
Él soltó una carcajada que retumbó por toda la cueva.
—No me gustaría que lo hicieras de ninguna otra manera —le contestó al ponerle las manos en los hombros.
Isabella sintió que temblaba cuando él le retiró con la mano el pelo húmedo que cubría sus hombros.
—Quítate la ropa o lo haré yo en tu lugar —le dijo.
—Sólo… sólo llevo una camisa puesta bajo la túnica —replicó Isabella sin aliento.
—He visto muchas camisas antes —la interrumpió Edward—. La tuya no será diferente.
Furiosa, Isabella lo empujó hacia atrás. Él se plegó a su deseo, retirándose un poco, aunque sin quitarle los ojos de encima. Ella le devolvió la mirada, tratando de averiguar qué era lo que quería. Incapaz de leer en aquellos ojos oscuros, levantó la barbilla, cerró los ojos y se despojó de la túnica, pasándola por encima de la cabeza. Se quedó delante de él, con la túnica en las manos y mirándolo con rabia.
—Los pantalones y las botas también —le ordenó con voz ronca.
Isabella dejó que la túnica cayera al suelo y se sentó encima de una piedra. Levantó el pie izquierdo y se quitó la bota. Luego repitió el movimiento con el pie derecho. Se puso de pie y se bajó los pantalones, que cayeron al suelo al lado de la túnica.
Edward se aproximó lentamente e Isabella dejó que sus manos se deslizaran sobre sus caderas. El diáfano material de su camisa estaba húmedo y, por lo tanto, se le pegaba al cuerpo. Las mangas eran meras tiras de tela, y el tejido alrededor de sus pechos estaba arrugado. La falda era más corta de lo habitual, y le caía hasta la mitad de los muslos. Usualmente, le gustaba que la falda le ciñera las piernas, por encima de los pantalones, y se amarraba la túnica con un cinturón por encima. La camisa era la única prenda femenina de la que no podía prescindir, ya que la protegía de las ásperas túnicas de lana que a veces tenía que ponerse.
Edward la contempló durante un rato largo y ella le devolvió, furiosa, la mirada. Finalmente, él se agachó para recoger la túnica, las botas y los pantalones, y luego se alejó de ella.
Isabella vio que extendía sus ropas sobre el suelo de la cueva y que luego se sentaba encima de una piedra. Un relámpago iluminó el interior del recinto, lo que le permitió ver cómo los músculos de sus hombros se tensaban y después se relajaban con el esfuerzo de quitarse la bota. Su pelo largo y húmedo le caía sobre los hombros. Se detuvo un momento a observar la cadena que aún le ceñía el otro pie, y luego se levantó y la miró de frente.
Isabella lo miró también. Sus intensos ojos negros la quemaban por dentro, haciendo que temblaran las fibras más íntimas de su ser. De pronto se dio cuenta de lo transparente que era su camisa, y en un intento inútil de desviar su mirada, cruzó los brazos sobre el pecho.
Una sonrisa iluminó los labios de Edward, que se levantó y se acercó. Isabella sintió que su corazón latía con fuerza y que una corriente de deseo pasaba por su espina dorsal.
Edward era mucho más alto que ella y, por supuesto, mucho más fuerte. Un extraño calor irradiaba su cuerpo, y ella lo disfrutaba como si procediera del sol, y podía sentir además la abrasadora intensidad de sus ojos. La seducía aquel peligro, pero se negó a rendirse ante él. De repente decidió lo contrario, aun a sabiendas de que podía salir herida de la experiencia. Vio que una de sus manos se alzaba para tocarla. «No. Lucharé contra él», se juró a sí misma.
—Créeme, Ángel —le dijo con voz quejumbrosa—. Mi mente está en otras cosas.
Luego le tocó el brazo izquierdo. Olas de deseo anegaron su cuerpo, su piel, sus pechos, su vientre. Sentía que flotaba en un mar de pasión, luchando contra la corriente que la asaltaba y, sin embargo, degustando el calor de aquel tacto. Después la mano se retiró y ella volvió a las playas de la realidad.
Edward le tomó la mano y vio que la sangre manchaba la yema de sus dedos.
—Déjame ayudarte —dijo.
Isabella se estremeció ante los efectos que él causaba en su cuerpo y supo que tenía que apartarse de él antes de que le infectara la mente y la sumiera en la confusión, como había sucedido antes. Retiró los dedos de sus manos, y al hacerlo el dolor la golpeó en todo el brazo, que se tocó con aprensión. Sintió la humedad de la sangre.
—No quiero tu ayuda —le contestó.
Edward retrocedió. La observó desde arriba durante un momento interminable, negándose a quitarle los ojos de encima, y después se fue hasta el otro extremo de la cueva.
Isabella se sentó sobre una roca. No sabía si se encontraba exhausta por la herida, por el agua o por su constante guerra contra Edward. Todo lo que sabía era que tenía que regresar al campamento, y que debía hacerlo con Edward. Como fuese, a cualquier precio.
