–El capítulo se llama Me aboco a mi muerte.
–Esto debe ser una broma –gimió Poseidón, antes de volver a atrapar a su hija en un abrazo. Percy suspiró, al menos esta vez podía respirar
Pasamos dos días viajando en el tren Amtrak, a través de colinas, ríos y mares de trigo ámbar.
Deméter se relamió los labios
No nos atacaron ni una vez, pero tampoco me relajé.
Ares asintió en aprobación.
–Nunca te relajes, siempre puede haber alguien que quiera matarte –los griegos bufaron.
–La mayoría de monstruos y titanes quieren matarla –dijo Rachel. Poseidón volvió a empalidecer.
Me daba la sensación de que viajábamos en un escaparate, que nos observaban desde arriba y puede que también desde abajo, que había algo acechando, a la espera de la oportunidad adecuada.
–A veces los observamos –dijo Afrodita, encogiéndose de hombros. Los mestizos se miraron entre sí, preguntándose qué tanto veía.
Intenté pasar inadvertido porque mi nombre y mi foto aparecían en varios periódicos de la costa Este.
– ¡Eres famosa, Percy! –gritaron los Stolls. Ganándose un golpe por parte de Katie.
–Recuerdo que las gorgonas decían algo sobre eso cuando llegaste al campamento –dijo Frank– Algo sobre que si te mataban serían más famosas que Medusa –Zeus bufó, pensando que la hija de su hermano era demasiado sobrevalorada.
El Trenton Register—News mostraba la fotografía que me hizo un turista al bajar del autobús Greyhound. Tenía la mirada ida. La espada era un borrón metálico en mis manos. Habría podido ser un bate de béisbol o un palo de lacrosse.
–Me pregunto si los mortales tendrán diferentes perspectivas de la niebla –dijo un hijo de Atenea. Los mestizos se encogieron de hombros.
En el pie de foto se leía: «Percy Jackson, de doce años de edad, buscada para ser interrogada acerca de la desaparición de su madre hace dos semanas. Aquí se le ve huyendo del autobús en que abordó a varias ancianas. El autobús explotó en una carretera al este de Nueva Jersey poco después de que Jackson abandonara el lugar. Según las declaraciones de los testigos, la policía cree que la chica podría estar viajando con dos cómplices adolescentes. Su padrastro, Gabe Ugliano, ha ofrecido una recompensa en metálico por cualquier información que conduzca a su captura.»
—No te preocupes —me dijo Annabeth—. Los policías son mortales, no podrán encontrarnos.
–Al menos que sean Castle y Beckett (1) –dijo Will. Octavian bufó.
–Si fueran ellos, no tendrían oportunidad.
–Pero apuesto que esos dos no le ganarían a la Dra. Brennan y al agente Seeley Booth (2) –Dijo Michel.
–Pero si el caso les llega a la UAC (3), ellos ganan –Rachel sonrió
–Oh, que inocentes –los chicos de le quedaron mirando raro– Creen que ellos les podrían ganar a Olivia y a Elliot (4) –Octavian frunció el ceño
–Pero ellos solo podrían investigar el caso de ser un crimen especial –Rachel bufó
–Percy es menor de edad, por lo cual clasifica como un crimen especial –
–Chicos –interrumpió Percy– Tenemos que seguir leyendo, después siguen su charla sobre cual detective es mejor.
—Pero no parecía muy segura de sus palabras.
–No lo estaba –admitió la rubia
Pasé el resto del día paseando por el tren (lo pasaba fatal sentada quieta)
–Estúpido THDA –se quejaron los mestizos, menos Frank.
O mirando por las ventanillas. Una vez vi una familia de centauros galopar por un campo de trigo, con los arcos tensados, mientras cazaban el almuerzo.
Quirón sonrió al recordar a sus parientes
El hijo centauro, que sería del tamaño de un niño de segundo curso montado en poni, me vio y saludó con la mano. Yo le devolví el saludo lentamente. Miré alrededor en el vagón, pero nadie más los había visto. Todos los adultos estaban absortos en sus ordenadores portátiles o revistas.
A este paso no necesitaremos la niebla –dijo Katie. Los dioses se miraron entre sí.
–En realidad, la principal razón de la niebla es mantener a los griegos y romanos separados –dijo Poseidón. Ambos bandos de mestizos se miraron entre sí.
–Pues, creo que ya no hará falta –dijo Percy, con una sonrisa– ¿Verdad? –esto último lo dijo mirando al resto de los semidioses. Tanto griegos como romanos se miraron recelosos unos segundos, antes de que los griegos sonrieran y asintieran. Los romanos, al ver este gesto de los griegos, también sonrieron.
–No lo creo –dijo Reyna.
En otra ocasión, por la tarde, vi algo enorme moviéndose por un bosque. Habría jurado que era un león, sólo que no hay leones sueltos en América, y aquel bicho era del tamaño de un todoterreno militar. Su melena refulgía dorada a la luz de la tarde. Después saltó entre los árboles y desapareció.
– ¡El León de Nemea! –exclamó Jason
– ¡Así que lo viste antes! –exclamó Thalía.
–No me acordaba –dijo Percy. Todos miraron interrogantes a ambas semidiosas.
–Tercer libro –dijeron al unísono
El dinero de la recompensa por devolver al caniche nos había dado sólo para comprar billetes hasta Denver. No nos alcanzaba para literas, así que dormitábamos en nuestros asientos. El cuello se me puso rígido. Intenté no babear, ya que Annabeth se sentaba a mi lado.
–De todas formas babeaste, Sesos de Alga –dijo Annabeth. Percy se sonrojó.
Grover no paraba de roncar, balar y despertarme. Una vez se revolvió en el asiento y se le cayó un pie de pega. Annabeth y yo tuvimos que ponérselo de nuevo antes de que los otros pasajeros se dieran cuenta.
–Gracias –dijo el sátiro a ambas semidiosas.
—Vale —me dijo Annabeth en cuanto terminamos de ponerle la zapatilla a Grover—, ¿quién quiere tu ayuda?
– ¿Cómo…? –preguntó Frank.
–Ya verás –dijo Annabeth.
— ¿Perdona?
—Hace un momento, cuando estabas durmiendo, murmurabas «No voy a ayudarte». ¿Con quién soñabas?
–Cronos –susurró Percy, mientras se abrazaba a sí misma. Lucas miró con tristeza y culpa la reacción de la chica. Nico, por otro lado, le apretó la mano en señal de consuelo. Percy agradeció internamente este gesto.
No quería contárselo. Era la segunda vez que soñaba con la voz maligna del foso, pero me preocupaba tanto que al final se lo dije.
Annabeth suspiró.
–Tuvo que pasar tanto para que pudieras contármelo… –Percy miró culpable a la rubia.
–Lo siento, listilla. Pero en ese momento no te tenía tanta confianza –Annabeth la miró irritada.
–Porque ahora si me lo dirías ¿No? –Percy boqueó, sin poder darle una respuesta a la rubia. Al final suspiró.
–Sabes que no me gusta que se preocupen por mi –Annabeth rodó los ojos y le dio una mirada de Ya hablamos luego.
Annabeth reflexionó un rato.
—No parece que se trate de Hades —dijo por fin—. Siempre aparece encima de un trono negro, y nunca ríe.
–Yo si me río –dijo Hades, ofendido.
–De cosas crueles –le refutó Deméter.
–Pero sigue siendo una risa –dijo Hades con suficiencia.
–También te de nosotros –mencionó Teseo, señalándose a él y a Orión. Los demás se les quedaron mirando raros. Orión suspiró.
–Ya les habíamos dicho que a veces vamos a visitar al tío H –Teseo asintió.
–Y a veces hasta nos encontramos con papá –agregó. Zeus miró de manera fulminante a Poseidón.
–Sabes que está prohibido ver a tus hijos mortales, en especial si están muertos –Poseidón se encogió de hombros, fingiendo inocencia, pero su sonrisa lo delataba.
–Yo solo visitaba a mi hermano –dijo– Que, de casualidad me encontrara con mis hijos es otra cosa –Zeus bufó.
–Y supongo que, de todos los días en que puedes visitar a Hades, siempre los visitas los días en que casualmente a tus hijos se les ocurrió la misma idea –Poseidón le sonrió de forma inocente– Supongo que todo ha de ser una simple casualidad ¿No? –preguntó.
–Exactamente –dijo Poseidón con una sonrisa
—Me ofreció a mi madre a cambio. ¿Quién más podría hacer eso?
–Fue un comentario estúpido, lo sé –dijo Percy antes de que alguien interrumpiera (lo cual muchos estaban por hacer).
—Supongo… pero si lo que quería es que lo ayudaras a salir del inframundo, si lo que busca es desatar una guerra contra los Olímpicos, ¿por qué te pide que le lleves el rayo maestro si ya lo tiene?
–En todo caso sería obvio que no lo tiene el –señaló Reyna.
Negué con la cabeza, deseando conocer la respuesta. Pensé en lo que Grover me había contado, que las Furias del autobús parecían buscar algo. «¿Dónde está? ¿Dónde?» Quizá Grover presentía mis emociones. Roncó en sueños, murmuró algo sobre verduras y volvió la cabeza.
Los semidioses inmaduros no pudieron evitar mirar con burla al sátiro.
Annabeth le remetió la gorra para que le tapara los cuernos.
—Percy, no puedes hacer un trato con Hades.
–¿Por qué? –preguntó Hades, mientras se cruzaba de brazos y hacía un mohín. Nico rodó los ojos, solo su padre había un berrinche por algo así.
Ya lo sabes, ¿verdad? Es mentiroso,
–No lo es –dijeron Nico y Hazel, fulminando con la mirada a la hija de Atenea. Hades les sonrió a sus hijos.
No tiene corazón
–Si tiene –dijo Perséfone, en defensa de su marido. Hades abrazó a su esposa
Y sí mucha avaricia. No me importa que sus Benévolas no se mostraran tan agresivas esta vez…
—¿Esta vez? ¿Quieres decir que ya te habías encontrado con ellas antes?
–Si –dijeron Luke, Thalía y Annabeth.
Se sacó su collar y me mostró una cuenta blanca pintada con la imagen de un pino, uno de sus premios por concluir un nuevo verano.
—Digamos que no tengo ningún aprecio por el Señor de los Muertos. No puede tentarte para hacer un trato a cambio de tu madre.
—¿Qué harías tú si fuera tu padre?
—Eso es fácil —contestó—. Lo dejaría pudrirse.
–¡Annabeth! –chilló Atenea, mirando a su hija. Todos miraban a la rubia con sorpresa, excepto Luke y Thalía, quienes la miraban con tristeza
–Ahora ya no –dijo– Antes no me llevaba bien con mi padre, pero ahora, gracias a una amiga –entonces miró en dirección a Percy–, nuestra relación ha mejorado.
—¿A qué viene eso?
Annabeth me miró fijamente con sus ojos grises. Tenía la misma expresión que le había visto en el bosque cuando desenvainó la espada contra el perro del infierno.
—A mi padre le molesto desde el día que nací, Percy —dijo—. Nunca le gustaron los niños. Cuando me tuvo, le pidió a Atenea que me recogiera y me criara en el Olimpo, porque él estaba demasiado ocupado con su trabajo. A ella no le hizo mucha gracia. Le dijo que los héroes tienen que ser criados por su padre mortal.
–No tenemos opción –dijo Deméter, suspirando– Si nosotros los criáramos su aura fuera mucho más fuerte. Un hijo de Afrodita tendría el aura de uno de los tres grandes –Hazel, Nico, Jason, Thalía y Percy hicieron una mueca.
–Les aseguro que no les gustaría eso –dijo Percy.
—Pero ¿cómo…? Es decir, supongo que no naciste en un hospital.
Los romanos miraron interrogantes a los hijos de Atenea. Después de todo, se supone que Atenea (o Minerva, en su caso) era una diosa virgen.
—Aparecí en la puerta de mi padre, en una cesta de oro, transportada desde el Olimpo por Céfiro, el Viento del Oeste. Cualquiera recordaría el momento como un milagro, ¿no? Y hasta sacaría unas fotos digitales o algo así. Pues bien, siempre hablaba de mi llegada como si fuera lo más molesto que le hubiera sucedido en la vida. Cuando cumplí cinco años, se casó y se olvidó por completo de Atenea.
Annabeth suspiró. Ella sabía que su padre no se había olvidado del todo de Atenea.
Se buscó una mujer mortal «normal» y un par de hijos mortales «normales», e intentó fingir que yo no existía.
–¿Cómo un padre puede hacer algo así? –preguntó horrorizada Afrodita. Los semidioses se encogieron de hombros.
Miré por la ventanilla del tren. Vi las luces de una ciudad dormida a toda velocidad. Quería que Annabeth se sintiera mejor, pero no sabía cómo lograrlo.
Annabeth le sonrió a su amiga
—Mi madre se casó con un hombre absolutamente espantoso —le conté—. Grover dice que lo hizo para protegerme, para ocultarme tras el aroma de una familia humana. A lo mejor tu padre intentaba hacer lo mismo.
Annabeth seguía jugueteando con su collar. No dejaba de pellizcar el anillo de oro de la universidad, que colgaba entre las cuentas. Se me ocurrió que el anillo probablemente era de su padre. Me pregunté por qué lo llevaba si lo odiaba tanto.
–Para recordar los buenos momentos –murmuró Annabeth
—No le importo —dijo—. Su mujer, mi madrastra, me trataba como a un monstruo.
Algunos mestizos bajaron la mirada. Los dioses los observaron preguntándose qué tan común era el rechazo entre sus hijos.
No me dejaba jugar con sus hijos. A mi padre le parecía bien. Cada vez que pasaba algo peligroso (lo típico, que llegaban los monstruos), los dos me miraban con resentimiento, como diciéndome: «¿Cómo te atreves a poner en peligro a nuestra familia?»
–Tengo que admitir que exageré un poco –dijo la rubia
Al final lo entendí: no me querían. Así que me escapé.
—¿Cuántos años tenías?
—Los mismos que cuando entré en el campamento. Siete.
–Eras muy joven –dijo sorprendida Piper.
—Pero… no podías llegar sola hasta la colina Mestiza.
—No, sola no. Atenea me vigilaba, me guió hasta conseguir ayuda. Hice un par de amigos inesperados que cuidaron de mí,
Luke y Thalía sonrieron
Al menos durante un tiempo.
Quería preguntar qué había ocurrido, pero Annabeth parecía absorta en sus recuerdos. Así que escuché los ronquidos de Grover y miré por la ventanilla del tren, mientras los campos oscuros de Ohio pasaban a toda velocidad.
Hacia el final de nuestro segundo día en el tren, el 13 de junio, ocho días antes del solsticio de verano, cruzamos unas colinas doradas y el río Mississippi hasta San Luis.
Annabeth estiró el cuello para ver el famoso arco, el Gateway Arch, que a mí me pareció una enorme asa de bolsa de la compra en medio de la ciudad.
–¡Percy! –exclamó Annabeth, mientras la azabache esbozaba una sonrisa inocente (N/A: Al puro estilo de Goku)
—Quiero hacer eso —suspiró.
—¿El qué? —pregunté.
—Construir algo como eso. ¿Has visto alguna vez el Partenón, Percy?
—Sólo en fotos.
—Algún día iré a verlo en persona. Voy a construir el mayor monumento a los dioses que se haya hecho nunca. Algo que dure mil años.
–Ya lo hiciste –dijo Percy, sonriendo. Atenea observó a su hija con orgullo, comprendiendo que había hecho su hija exactamente
Me reí.
—¿Tú? ¿Arquitecta?
Annabeth fulminó con la mirada a Percy. Quien levantó las manos en señal de rendición.
–Escucha la siguiente parte –dijo, mirando a Piper para que continuara la lectura.
—No sé por qué, la idea de una Annabeth quietecita y dibujando todo el día me hizo gracia.
Se ruborizó.
—Sí, arquitecta. Atenea espera de sus hijos que creen cosas, no sólo que las rompan, como cierto dios de los terremotos que me sé muy bien.
–Eso fue muy bajo de tu parte, Annie –dijo Luke, mirando a la rubia.
Observé los remolinos en el agua marrón del Mississippi.
—Perdona —dijo Annabeth—. Eso ha sido una maldad.
–En efecto –dijo Malcom.
—¿No podríamos colaborar un poquito? —propuse—. Quiero decir… ¿es que Atenea y Poseidón nunca han cooperado?
Ambos dioses se miraron.
–Una vez… –dijo Atenea.
–Hubieran sido más si mi querida sobrina no fuera tan orgullosa –Atenea le lanzó un libro.
–Eres un idiota ¿Sabias? –Poseidón sonrió, divertido.
–Me lo has dicho muchas veces, sobrinita –Atenea rodó os ojos, pero igual tenía una sonrisa
Annabeth tuvo que pensarlo.
—Supongo que… en el tema del carro —dijo, vacilante—. Lo inventó mi madre, pero Poseidón creó los caballos con las crestas de las olas. Así que tuvieron que trabajar juntos para completarlo.
–E hicimos un trabajo genial –dijo Poseidón. Atenea sonrió y asintió.
—Entonces también podemos hacerlo nosotros, ¿no?
Llegamos a la ciudad, Annabeth seguía mirando el arco mientras desaparecía detrás de un edificio.
—Supongo —dijo al final.
–Y hacen un gran equipo –dijo Quirón, sonriendo.
Entramos en la estación Amtrak del centro de la ciudad. La megafonía nos indicó que había tres horas de espera antes de partir hacia Denver.
Grover se estiró. Antes de despertarse por completo, dijo:
—Comida.
–¿Qué tienes con la comida? –le preguntó Jason a Grover. Este se encogió de hombros.
—Venga, chico cabra —dijo Annabeth—. Vamos a hacer turismo cultural.
—¿Turismo?
—El Gateway Arch. Puede que sea mi única oportunidad de subir. ¿Venís o no?
Grover y yo intercambiamos miradas.
Yo quería decir que no, pero supuse que si Annabeth pensaba ir de todos modos, no podíamos dejarla sola tan tranquilamente.
Grover se encogió de hombros.
—Si hay un bar sin monstruos, vale.
El arco estaba a un kilómetro y medio de la estación. A última hora, las colas para entrar no eran tan largas. Nos abrimos paso por el museo subterráneo, vimos vagones cubiertos y otras antiguallas del mil ochocientos. No era muy emocionante,
–¡Si lo era! –se quejó la rubia.
Pero Annabeth no dejó de contarnos cosas interesantes de cómo se había construido el arco, y Grover no dejó de pasarme gominolas, así que tampoco me aburrí. No obstante, no dejé de mirar alrededor, a las demás personas de la fila.
—¿Hueles algo? —le susurré a Grover.
Sacó la nariz de la bolsa de gominolas lo suficiente para inspirar.
—Estamos bajo tierra —dijo con cara de asco—. El aire bajo tierra siempre huele a monstruos.
–¿Por qué? –preguntó un hijo de Hécate
–Se explicará en el… Cuarto libro, creo –dijo Annabeth.
Probablemente no signifique nada.
–Déjame adivinar –dijo Teseo– Se encontraron a un monstruo ¿Verdad? –Percy y Annabeth asintieron.
–Me encontré con un chihuahua –todos la miran confundidos, pero no dijeron nada. Después de todo, más adelante saldría.
Pero yo tenía un mal presentimiento, la impresión de que no deberíamos estar allí.
–¿Por qué nunca le haces aso a tus instintos, Percy? –preguntó Annabeth. Percy se encogió de hombros, ni siquiera ella tenía la respuesta.
—Chicos —les dije—, ¿sabéis los símbolos de poder de los dioses?
Annabeth estaba intentando leer la historia del arco, pero levantó la vista.
—¿Sí?
—Bueno, Hade… —
Grover se aclaró la garganta— Estamos en un lugar público… ¿Te refieres a nuestro amigo de abajo?
Todos empezaron a reír, incluso Hades, quien encontraba divertido por el concepto de «amigo de abajo»
—Esto… sí, claro —contesté—. Nuestro amigo de muy abajo. ¿No tiene un gorro como el de Annabeth?
–Mi yelmo es más poderoso –dijo Hades
—¿El yelmo de oscuridad? —dijo ella—. Sí, ése es su símbolo de poder. Lo vi junto a su asiento durante el concilio del solsticio de invierno.
—¿Estaba allí? —pregunté.
–Es el único día en que puedo venir –se quejó Hades.
–¿Por qué solo ese día? –preguntó una hija de Atenea, de unos 9 años.
–Porque… –Deméter hizo crecer plantas alrededor de su boca, a modo de mordaza.
–No asustes a los pequeños –Hades rodó los ojos
–Eba phue hiem pehunto –dijo. Todos los miraron confundidos.
–¿Eh? –preguntó Hermes.
–Dihe, Eba phue hiem pehunto.
–Deméter querida –dijo Posesión– ¿Podrías retirar las plantas para poder entender lo que dice? –Deméter refunfuñó, pero hizo lo que Poseidón le pidió– Gracias, ahora ¿Que decías, hermano? –Hades suspiró.
–Dije, que ella fue quien preguntó.
–No puedes contarles eso a los niños –señaló Deméter.
–¿Qué sugieres que haga? –Preguntó Hades con sorna– ¿Qué les diga que es el momento en que personas malas quieren asesinar a todos y necesitan mi ayuda para evitarlo? –Deméter sonrió.
–Éxito –Hades rodó los ojos, pero no dijo nada.
Asintió.
—Es el único momento en que se le permite visitar el Olimpo: el día más oscuro del año. Pero si lo que he oído es cierto, su casco es mucho más poderoso que mi gorra de invisibilidad.
–En efecto, hija de Atenea –dijo Hades.
—Le permite convertirse en oscuridad —confirmó Grover—. Puede fundirse con las sombras o atravesar paredes. No se le puede tocar, ver u oír. Y es capaz de irradiar un miedo tan intenso que puede volverte loco o paralizarte el corazón. ¿Por qué crees que todas las criaturas racionales temen la oscuridad?
–Porque Hades siempre se la pasa asustando a todos –dijo Deméter, cruzándose se brazos
–¡Tengo que divertirme con algo! –Se quejó– Es bastante divertido ver las expresiones de miedo de las personas al asustarse –Nico asintió.
—Pero entonces… ¿cómo sabemos que no está aquí justo ahora, vigilándonos? —pregunté.
Hades rodó los ojos.
–Tengo cosas más importantes que hacer, sobrinita –Percy se encogió de hombros.
Annabeth y Grover intercambiaron sendas miradas.
—No lo sabemos —repuso Grover.
—Gracias, eso me hace sentir mucho mejor —respondí—. ¿Te quedan gominolas azules?
–Están hablando de temas serios… –dijo Reyna– ¿Y tu sales con gominolas azules? –Percy se encogió de hombros.
–Me gustan las gominolas –Reyna rodó los ojos.
Casi había conseguido dominar mis frágiles nervios cuando vi el curioso ascensor que iba a llevarnos hasta la cima del arco y supe que tendría problemas.
Poseidón y sus hijos gimieron.
–¿Por qué? –preguntó Jason.
No soporto los lugares cerrados. Me vuelven loca.
–Al mar no le gusta ser contenido –explicó Poseidón– Por lo cual mis hijos suelen tener un poco de claustrofobia –Zeus esbozó una sonrisa, mientras ideaba un plan.
Nos apretujaron en una de las cabinas, junto a una señora gorda y su perro, un chihuahua
–¿Ese fue el chihuahua que te dio problemas? –preguntó Katie, Percy asintió.
Con collar de estrás. Supuse que debía de ser un chihuahua lazarillo,
–No existen los chihuahuas lazarillos, sesos de alga –dijo Annabeth.
Porque ningún guardia le dijo nada a la señora. Empezamos a subir por el interior del arco. Nunca había estado en un ascensor curvo, y a mi estómago no le entusiasmó la experiencia.
–No era necesario que describieras todo, hermanita –dijo Teseo, que estaba un poco mareado. Orión, Tritón y Poseidón no estaban en mejor estado.
–Al menos tú no lo viviste –se quejó Percy. Ella estaba peor, pues podía recordar toda la experiencia..
—¿No tenéis padres? —preguntó la gorda.
–Los modales, Percy –le regañó suavemente Hestia.
–Lo siento, tía H –se disculpó Percy.
Tenía ojos negros y brillantes; dientes puntiagudos y manchados de café; llevaba un sombrero tejano de ala flácida, y un vestido que le sacaba tantos michelines que parecía un zepelín vaquero.
Zeus empalideció. Había reconocido la descripción de la mujer. Procuró alejarse del trono de Poseidón.
—Se han quedado abajo —respondió Annabeth—. Les asustan las alturas.
Thalía hizo una mueca.
—Oh, pobrecillos.
El chihuahua gruñó y la mujer le dijo:
—Venga, hijito, ahora compórtate.
–¿Hijito? –preguntó Chris, divertido.
—El perro tenía los mismos ojos brillantes de su dueña, inteligentes y malvados.
—¿Se llama Igito? —pregunté.
—No —contestó la señora y sonrió, como si eso lo aclarara todo.
Atenea abrió los ojos como platos, y miró horrorizada a su padre –quien le hizo un gesto para que guardara silencio.
Encima del arco, la plataforma de observación me recordó a una lata de refresco enmoquetada. Filas de pequeñas ventanitas daban a la ciudad por un lado y al río por el otro. La vista no estaba mal, pero si hay algo que me guste menos que un espacio reducido, es un espacio reducido a ciento ochenta metros de altura.
Thalía se puso verde, al igual que Poseidón y sus hijos.
No tardé en sentirme mal.
–Comprendo el sentimiento –masculló Thalía a su amiga, aunque fue escuchada por Luke, quien miró confundido a la teniente de Artemisa.
Annabeth no dejó de hablar de los soportes estructurales, y de que ella habría hecho más grandes las ventanas y el suelo transparente.
Los anteriores nombrados se pusieron aún más pálidos al imaginarse el caso.
Probablemente habría podido quedarse horas allí arriba, pero, por suerte para mí, el guarda anunció que la plataforma de observación cerraría en pocos minutos.
Entonces suspiraron de alivio.
Conduje a Grover y Annabeth hacia la salida, los hice subir a una cabina del ascensor y, cuando estaba a punto de entrar yo también, reparé en que ya había dos turistas dentro. No quedaba espacio para mí.
Todos los mestizos hicieron una mueca.
–Y aquí tenemos un claro ejemplo de la mala suerte de Prissy –dijo Clarisse.
—Siguiente coche, señorita —dijo el guarda.
—¿Bajamos y esperamos contigo? —dijo Annabeth.
Pero eso iba a ser un lío y tardaríamos aún más tiempo, así que dije:
—No, no pasa nada. Nos vemos abajo, chicos.
–Debimos habernos quedado –murmuró Grover
Grover y Annabeth parecían algo nerviosos,
–Con tu suerte, seguramente te meterías en un lío –dijo la rubia– Y no nos equivocamos –agregó. Poseidón gimió.
Pero dejaron que la puerta se cerrara. Su cabina desapareció por la rampa.
En la plataforma sólo quedábamos yo, un crío con sus padres, el guarda y la gorda del chihuahua. Le sonreí incómodo y ella me devolvió la sonrisa y se pasó la lengua bífida por los dientes.
–¡¿Lengua bífida?! –exclamaron todos. Piper releyó la frase
Un momento.
¿Lengua bífida?
Antes de que pudiese decidir que efectivamente había visto eso, el chihuahua saltó hacia mí y empezó a ladrarme.
–Dioses –se quejó Pollux– Solo te puede pasar algo así a ti, Percy.
—Bueno, bueno, hijito —dijo la señora—. ¿Te parece éste un buen momento? Tenemos delante a esta gente tan amable.
—¡Perrito! —Dijo el niño pequeño—. ¡Mira, un perrito!
Sus padres lo apartaron.
–Buena idea –dijo Apolo, mirando preocupada a su bisnieta (N/A: ¿O es a su prima?)
El chihuahua me enseñó los dientes y de su hocico negro empezó a salir espuma.
—Bueno, hijo —susurró la gorda—. Si insistes.
El estómago se me congeló.
—Oiga, perdone, ¿acaba de llamar hijo a este chihuahua?
—Quimera, querida —me corrigió la gorda—.
–Quimera –susurró Poseidón, antes de acercársele a Zeus y ponerle el tridente en el cuello– ¡Mandaste a Equidna contra mi hija!
–Aún no he hecho nada –se defendió.
–Y más te vale no hacerlo, hermanito –le susurró Poseidón, dándole su peor mirada (que hizo que Zeus se estremeciera por el miedo).
No es un chihuahua. Es fácil confundirlos.
–Claro que si –dijo Jason con sarcasmo.
Se remangó las mangas vaqueras y reveló una piel azulada y escamosa. Cuando sonrió, sus dientes eran colmillos. Las pupilas de sus ojos eran rajitas como de reptil.
Algunos no pudieron evitar hacer una mueca ante la imagen mental.
El chihuahua ladró más alto, y con cada ladrido crecía. Primero hasta adoptar el tamaño de un doberman, después hasta el de un león. Entonces el ladrido se convirtió en rugido.
Los mestizos más pequeños se escondieron atrás de los grandes, quienes trataban de calmarlos. Aunque no era que ellos estuvieran en una condición mejor. Una niña pequeña de Hermes (quien tenía un gran parecido con Luke) fue corriendo directamente hacia Percy, cosa que hicieron muchos otros niños hasta el punto en que Percy quedó rodeada de pequeños semidioses.
El niño pequeño gritó. Sus padres lo arrastraron hacia la salida, detrás del guarda, que se quedó atónito, mirando al monstruo con la boca abierta.
–Posiblemente veían a través de la niebla –susurró Malcom.
Quimera era ahora tan alta que tenía la peluda espalda pegada al techo. La melena de la cabeza de león estaba cubierta de sangre seca, el cuerpo y las pezuñas eran de cabra gigante, y por cola tenía una serpiente, tres metros de cola de cascabel. El collar de estrás aún le colgaba del cuello, y la medalla para perros del tamaño de una matrícula era fácilmente legible: «Quimera: tiene la rabia, escupe fuego, es venenoso. Si lo encuentran, por favor, llamen al Tártaro, extensión 954.»
–¿Cómo te diste cuenta de eso? –preguntó incrédula Hazel. Percy se encogió de hombros.
–Percy siempre ha sido demasiado observadora –respondió Annabeth por su amiga.
–Hey –dijo Travis.
–¿Se puede llamar al tártaro? –preguntó Connor. Nico y Hades asintieron.
–Ni siquiera lo intenten –les advirtió Quirón
Reparé en que ni siquiera había destapado el bolígrafo.
–¡Percy! –gimieron los griegos, y alguno que otro romano.
Tenía las manos entumecidas. Estaba a tres metros de las fauces sangrientas de Quimera y sabía que, en cuanto me moviera, la criatura se abalanzaría sobre mí.
Atenea asintió.
La señora serpiente dejó escapar un silbido que bien podría haber sido una risa.
—Siéntete honrada, Persephone Jackson. El señor Zeus rara vez me permite probar un héroe con uno de los de mi estirpe.
En varios lugares del mundo terremotos, huracanes y tormentas se estaban efectuando.
¡Pues yo soy la madre de los monstruos, la terrible Equidna!
Me quedé mirándola y sólo atiné a decir:
—¿Eso no es una especie de oso hormiguero?
FacePalm colectivo por parte de todos los semidioses –más Hermes, Apolo y Tritón–.
–¿Y te preguntas porqué casi todos los monstruos/titanes/gigantes te quieren matar? –preguntó Nico. Claro que esto no hizo más que empeorar el estado de nerviosismo de Poseidón.
Aulló y su rostro ofidio se volvió marrón verdoso de la rabia.
—¡Detesto que la gente diga eso! ¡Odio Australia! Mira que llamar a ese ridículo animal como yo. Por eso, Persephone Jackson, ¡mi hijo va a destruirte!
–Ya perdí la cuenta de cuantas veces me han amenazado con eso –dijo la hija de Poseidón, encogiéndose de hombros.
–Percy –dijo Aquiles– Como sigas diciendo eso al señor Poseidón le va a dar un ataque –Percy miró con preocupación a su padre, mientras que un hijo de Deméter.
Quimera cargó, sus dientes de león rechinando. Conseguí saltar a un lado y evitar el mordisco.
Todos suspiraron de alivio.
Acabé junto a la familia y el guarda, todos gritando e intentando abrir las puertas de emergencia. No podía consentir que les hicieran daño. Destapé la espada, corrí al otro lado de la plataforma y grité:
—¡Ey, chihuahua!
Clarisse suspiró.
–Enserio tendremos que practicar los insultos, Jackson.
Quimera se volvió con insólita rapidez y, antes de que mi espada estuviese dispuesta, abrió su pestilente boca y me lanzó directamente un chorro de fuego.
Los niños se apretujaron aún más contra Percy
Logré arrojarme a un lado y la moqueta se incendió, desprendiendo un calor tan intenso que casi me deja sin cejas.
Afrodita hizo una mueca.
Por detrás de donde me encontraba un instante antes, en uno de los lados del arco había ahora un boquete. Se veía el metal fundido por los bordes.
A Atenea parecía que le iba a dar un infarto
«Fantástico —pensé—. Acabamos de cargarnos un monumento nacional.»
–El primero de muchos –dijo Nico, aunque procuró que la diosa de la sabiduría no lo escuchara.
Anaklusmosya estaba preparada y cuando Quimera se dio la vuelta, le lancé un mandoble al cuello.
–¡No! –exclamaron los hijos de Atenea y Ares (más Reyna y Hylla). Los demás solo los vieron confundidos.
–El collar –explicó Annabeth. Ahora todos miraron al libro con miedo.
Ese fue mi error: la hoja chisporroteó contra el collar de perro y la inercia del impulso me desequilibró.
Intenté recuperarme al tiempo que me defendía de la fiera boca de león, pero descuidé por completo la cola de serpiente, que se sacudió y me hincó los colmillos en la pantorrilla.
Todos miraron preocupados a la hija de Poseidón (quien ahora estaba casi enterrada bajo los niños)
Sentí la pierna entera arder. Intenté clavarle la espada en la boca, pero la cola se revolvió y me hizo trastabillar.
Poseidón, de improvisto, se convirtió en un charco de agua.
–¡Papá! –exclamaron sus hijos. Percy consiguió separarse de los niños y fue junto con sus hermanos para ver a su padre.
–No se preocupen –dijo Apolo– Siempre le pasa cuando está muy asustado.
La espada se me escurrió entre las manos y cayó por el boquete a las aguas del Mississippi.
Al ser nombrado el río, Poseidón volvió a su forma original (aunque seguía un poco pálido).
–¡Tienes que ir al río! –exclamó, mirando a su hija.
Conseguí ponerme en pie, pero sabía que estaba perdida.
–No pienses así –murmuró Hazel, mirando a la hija de Poseidón con preocupación.
Estaba desarmada. Sentía el veneno mortal subiéndome hacia el pecho. Recordé que Quirón había dicho que la espada siempre regresaría a mí, pero no había bolígrafo alguno en mi bolsillo. Quizá había ido a parar demasiado lejos, o tal vez sólo regresaba en forma de bolígrafo.
–Volverá –dijo Zoe– Solo que tardará más –Percy asintió.
No lo sabía, y tampoco iba a vivir lo suficiente para averiguarlo. Retrocedí hacia el muro y Quimera avanzó, gruñendo y exhalando vaho por su asquerosa boca. La serpiente, Equidna, se carcajeó.
—Ya no hacen héroes como los de antes, ¿eh, hija?
–No –dijo Aquiles, serio– Los hacen mejores –agregó, con una sonrisa. Todos los semidioses le sonrieron.
El monstruo gruñó. No parecía tener prisa por acabar conmigo, ahora que me había vencido.
Miré al guarda y a la familia. El chavalín se escondía tras las piernas de su padre. Tenía que proteger a aquella gente. No podía morir sin más.
Orión sonrió al darse cuenta de que su hermanita y él compartían algo en común (aparte de su padre, claro)
Intenté pensar, pero me dolía todo el cuerpo y la cabeza me daba vueltas.
–Comprensible –dijeron varios
Me enfrentaba a un monstruo enorme que escupía fuego y a su madre,
–Algo bastante difícil –murmuró Lacy
Y tenía miedo.
Los griegos se miraron entre ellos. Era raro ver (o leer) que su líder tuviera miedo, sobretodo porque siempre se veía valiente. Pero, después de todo, ella seguía siendo una persona, y como tal, era obvio que sentiría miedo.
No podía huir, así que me acerqué al borde del boquete y miré. Allá abajo, el río brillaba. Si moría, ¿se marcharían los monstruos? ¿Dejarían en paz a los humanos?
–Es increíble que, aún al estar al borde de la muerte, sigas pensando en salvar a esos humanos –admitió Octavian. Varios romanos (más Nico y Percy) miraron extrañados al augur, aunque entendieron que, gracias a la lectura, estaba cambiando.
–Esa es Percy para ti –dijo Katie, sin notar las miradas de los romanos.
—Si eres hija de Poseidón —silbó Equidna—, no debes tener miedo al agua.
Percy, sin que nadie lo notara, se deprimió un poco ante este comentario. Después de lo que pasó con el cieno, le había agarrado un poco de miedo al agua
Salta, Percy Jackson. Demuéstrame que el agua no te hará daño. Salta y recupera tu espada. Demuestra tu linaje.
Sí, vale, pensé. En alguna parte había leído que saltar al agua desde dos pisos de altura es como saltar sobre asfalto sólido. Desde allí, el impacto me espachurraría.
–Si fueras normal o hija de otro dios si –dijo Poseidón– Pero al ser mi hija no te pasará nada.
La boca de Quimera empezó a ponerse incandescente, calentándose antes de soltar otra vaharada de fuego.
—No tienes fe —me retó Equidna—. No confías en los dioses.
Algunos dioses miraron, inconscientemente, a Percy
Pero no puedo culparte, pequeña cobarde.
–¡No es cobarde! –exclamaron los griegos. Los romanos (menos el legado de Marte) miraron al libro con rabia. Aunque ellos, como buenos romanos, no hicieron tanto escandalo
Los dioses son desleales.
Luke y Ethan asintieron
Será mejor para ti morir ahora.
–Curioso –dijo Lacy, captando la atención de todos (en especial de cierto hijo de Atenea– Lo mismo le dijo Medusa –Percy se encogió de hombros. Por algo debía ser
El veneno ya está en tu corazón.
Tenía razón: estaba muriendo. Mi respiración se ralentizaba. Nadie podía salvarme, ni siquiera los dioses.
–Tienes que tener más fe en nosotros –dijo Hestia, mirando a la semidiosa
Retrocedí y miré hacia abajo, al agua. Recordé la cálida sonrisa de mi padre cuando yo era un bebé.
Poseidón sonrió
Tenía que haberme visto. Seguramente me visitó cuando yo estaba en la cuna. Recordé el tridente verde que se había formado encima de mi cabeza la noche de la captura de la bandera, cuando Poseidón me reclamó como su hija.
Pero aquello no era el mar. Era el Mississippi, en el centro de Estados Unidos de América. No había ningún dios del mar.
–Agua es agua –dijo Poseidón
—¡Muere, descreída! —rugió Equidna, y Quimera me lanzó un chorro de llamas a la cara.
Todos contuvieron la respiración
—Padre, ayúdame —recé.
–Lo haré –prometió Poseidón
Me volví y salté al vacío.
–A eso te referías –dijo Hazel, mirando a la hija de Poseidón. Esta sonrió.
–Se los dije –todos miraron confundidos a las semidiosas, pero no dijeron nada
Mi ropa estaba ardiendo, el veneno recorría mis venas y estaba cayendo al río.
–Eso es todo –dijo Piper, marcando la página.
– ¡Dame eso! –Exclamó Katie, mientras le quitaba el libro a la hija de Afrodita– Me convierto en una fugitiva conocida
(1) Personajes de la serie Castle
(2) Personajes de la serie Bones
(3) Siglas de Unidad de Analisis de Conducta. Grupo que aparece en la serie de Criminal Minds
(4) Personajes de la serie La Ley y el Orden: SVU (les recuerdo que este fic está ambientado en el 2011, por lo cual Elliot aún no ha dejado al equipo)
Hola. Aúnque no lo crean, duré 3 días haciendo la parte de Annabeth. El resto la hice en unas horas...
En fin. Son las 2:35 de la mañana, por lo cual no tengo mucho que decirles...
Respuesta a reviews: (hace tiempo que no hago de estos...)
VAMPIREPRINCESSM: No entendí ninguno de tus reviews... Lo siento, mi cerebro colapsó por la información...
Ya, eso es todo.
Daap
P.D. Perdón si olvidé hacer algo, estoy medio dormida...
