Hola de nuevo.

Aquí os traigo un nuevo capítulo protagonizado por Mary que, espero, disfrutéis. Después de éste, sólo quedan dos capítulos para terminar el fic y estoy bastante triste porque me lo he pasado de maravilla escribiéndolo. A decir verdad, hoy me he dado cuenta de que podría alargarlo más (incluyendo personajes muy, muy secundarios), pero no lo había previsto y el orden alfabético ya no tendría sentido. Tengo que pensarlo.

Gracias a Muselina y Mecha52 por sus reviews en el capítulo anterior.


Mary Bennet


Mary Bennet está sentada ante el piano familiar, esforzándose en interpretar lo mejor que puede Adagio, una de sus obras predilectas. Sin embargo, el viejo instrumento no parece estar por la labor de colaborar y, donde Mary pulsa un sí bemol, suena un sí sostenido. Resopla, irritada.

—Toca usted como los ángeles, señorita —dice una voz masculina a su espalda.

Mary se da la vuelta, ofendida, dispuesta a defenderse de lo que ella entiende como una burla a su persona. ¡Ni que fuera su culpa que algunas de las notas estuvieran desafinadas! Sin embargo, cuando se encuentra con la sonrisa franca del joven que pronunció esas palabras, Mary enmudece. Puede que de verdad admire su manera de tocar el piano.

—Oh, disculpe—continúa el muchacho, sorprendido por su propia falta de modales—. No me he presentado. Soy Christopher Grey, trabajo para su padre.

—Mary Bennet.

—En ese caso, ha sido un placer escucharla, señorita Bennet. Le aseguro que nunca había oído nada igual —añade, antes de marcharse.

La joven lo sigue con la mirada, atónita.

Aquella misma noche, Mary apartará de su mente las tribulaciones relativas a los Sermones para jovencitas —uno de sus libros predilectos— y, en su lugar, se cuestionará cómo debe ser el tacto de un cabello rizado contra sus manos.