Las últimas gotas de lluvia del otoño comenzaron a caer esa fría tarde de finales de noviembre. Hermione se hallaba contemplándola embobada, y se sorprendió cuando la oscuridad se hizo dueña de la estancia; había permanecido en silencio, en su ya conocida soledad contemplando el agua caer y ni se había dado cuenta de la hora que era.
El último encuentro con Barty habría sido maravilloso de no ser porque la situación con él seguía igual o peor que antes. La confusión se adueñaba de su mente y solo podía pensar en la próxima vez que se verían furtivamente, cuando ambos se fundieran en uno solo como lo habían hecho en incontables ocasiones.
Sin embargo, aquellos pensamientos pronto dieron paso a otros más duros pero más realistas: aborrecía a Voldemort con todo su ser, y en parte lo odiaba por haberla separado de lo que más quería, pero objetivamente era mejor así. Solo estando lejos de Barty podría medir sus fuerzas y comprobar si realmente podría llegar a ser un verdadero sirviente, si iba a ser capaz de vivir sin amor… sin amor sería capaz de soportar la vida, pero no sin amar.
Suspirando, encendió la luz del salón y fue a su cuarto a por uno de los muchos libros que guardaba en su armario. Se puso de puntillas para así poder llegar a la balda de arriba, donde reposaba una caja de cartón, y alargó la mano para agarrar su ejemplar de Aritmancia, pero cuando lo hizo algo cayó de la balda: era su bufanda de Gryffindor, que se había desdoblado al caer. Se agachó a cogerla, y mientras la miraba con nostalgia sus ojos se humedecieron, haciendo que recordara de repente lo mucho que echaba de menos el colegio, y sobre todo a sus amigos a quien había tenido olvidados incluso en sus pensamientos.
Tenía ganas de verlos y abrazarlos, de decirles que todo estaba bien aunque no fuera así. Pero no tenía forma de entrar en el colegio, ella bien sabía que no era posible acceder a los terrenos del castillo así como así. Entonces, si ella no podía, alguien tendría que hacerlo por ella. Pero ¿quién?
Con Snape no podría contar, de hecho, no quería. Jamás había confiado en él y en esa ocasión no iba a ser menos, así que solo se le ocurría un candidato y ese era Draco Malfoy. La idea de que pedirle que le informara de la vida de sus amigos en Hogwarts le parecía incluso cómica, pues nunca se habían soportado, y seguramente él se negara en rotundo. Pero había que intentarlo.
Se preparó una parca cena, pues el hambre hacía días que no hacía acto de presencia, y se metió en la cama pensando en su nuevo plan, que esperaba, saliera mejor que todos los que habían fracasado anteriormente. Pero apenas se había acomodado entre las sábanas cuando la marca se retorció en su antebrazo. Le fastidiaba que Voldemort requiriera de sus servicios todo el tiempo y a deshoras, pero la noche era la aliada del mal, siempre lo había sido en todo tipo de relatos al menos.
Se levantó rápidamente, se vistió de nuevo, cogió un paraguas y se desapareció en la entrada de la casa. En unos segundos ya se encontraba frente a la gran mansión y sus compañeros iban llegando poco a poco subiendo la colina, empapados: el primero en hacerlo fue Barty, y Hermione, que esperaba que pasara de largo y ni se dignara a mirarla, se sorprendió cuando al llegar a su altura esbozó una leve sonrisa.
Aquello era suficiente para que la chica notara sus sentimientos renovados. Le correspondió la sonrisa y se dispuso a entrar tras él, pero una mano agarró la suya desde atrás y tiró con fuerza.
—¡Aquí está la sangre sucia! —El odio que irradiaban sus ojos inyectados en sangre era cada vez más acusado— ¡No intentes ocupar mi lugar, ramera!
—Nadie intenta eso, Bellatrix —Hermione hablaba con despacio, con calma y sin dejar de mirar la varita de la bruja—. Te daré un consejo: no vuelvas a tocarme en la vida.
Y se zafó de las garras de Bellatrix, bajo la atónita mirada de esta y el asombro de Rodolphus. Hermione entró precipitadamente, subió las escaleras y vio a Voldemort sentado a la mesa con Barty, con las manos cruzadas y mirada serena. La invitó a sentarse a su lado y ella, tras hacerle una pronunciada reverencia cual rey, se sentó, no sin antes tragar saliva.
No solía estar muy cerca de su señor, es más, le daba repelús. Pero debía aparentar a la perfección si quería ser una más del grupo; agradeció que Voldemort no le dirigiera la palabra, pues no sabía si sería capaz de contestar, y también que esa asquerosa serpiente no estuviera rondando por allí. Barty se había colocado al otro lado de la mesa y como de costumbre, ahora no miraba a Hermione. Aún faltaban algunos mortífagos por llegar; se dio cuenta de que ahora la prioridad eran sus amigos, no sus propios intereses… y se alegró de no haber dejado de lado sus principios, al menos no del todo.
Barty seguía sin mirarla y ella suspiró sin dejar de mirar la pulida mesa. El resto de mortífagos fueron entrando y Hermione observó detenidamente a Draco: estaba más pálido que nunca; obedecer a Voldemort era demasiada responsabilidad fuese lo que fuese lo que le había ordenado, y sin duda el miedo a no estar a la altura había hecho mella en él y había turbado no solo su cuerpo, sino también su alma.
Una vez que todos estuvieron sentados, y tras una dura mirada de Bellatrix a Hermione que esta ignoró por completo, Voldemort habló.
—Compañeros, hoy es el comienzo de una etapa grande, que se alzará sin más dilación sobre quienes no sigan los dictados de las artes oscuras.
A Hermione se le pusieron los pelos de punta.
—Y será gracias al trabajo de Draco —continuó. Draco se puso más blanco aún y los mortífagos no entendían por qué aquel crío iba a llevarse toda la gloria—. Sé de buena tinta que mi amigo Borgin tiene a la venta un collar muy especial, tan especial que está maldito. La magia que posee en su interior es muy oscura, y es lo que necesitamos para acabar con Dumbledore.
—Y ahí es donde entras tú, Draco. Tienes que dárselo y así matarlo.
El joven asintió sin mirar a su interlocutor, como un autómata. Voldemort pareció satisfecho y sonrió.
—Mi señor… —la irritante voz de Bellatrix se alzó —¿Creéis a Draco capaz de tal menester?
Narcissa la miraba con ira, sin duda sabía que su hermana envidiaba la posición de Draco.
—Lo será, Bella —zanjó Voldemort, y volvió a sentarse—. Y si no lo fuera, creo que la señorita Granger podría echarle una mano.
Miró a Hermione y sonrió débilmente y la chica notaba cómo las náuseas recorrían su estómago. La chica no se esperaba aquello: ¿tener que trabajar codo con codo con Malfoy? La idea no era tan descabellada, si tenía en cuenta que necesitaba información de Harry y Ron y Malfoy podía proporcionársela.
Asintió y logró decir:
—Si Draco así lo desea, lo ayudaré en lo que pueda, mi señor.
Voldemort pareció satisfecho y la furia de Bellatrix no cesaba. Su marido la miraba de reojo todo el tiempo. Tras un rato en que Draco intentó explicar cómo iban los arreglos del armario, pues en ocasiones sus balbuceos eran inaudibles, Voldemort dio por concluida la reunión y todos se levantaron, pero cuando lo hizo Hermione su señor la reclamó.
—¿Sí, mi señor? —. Estaba actuando realmente bien.
—Me agrada que no tengas inconveniente en ayudar a Draco en todo lo necesario. Me estás sirviendo muy bien y serás recompensada.
¡Qué hipócirta! Como si tuviera otra opción.
—Gracias mi señor, pero serviros es toda la recompensa que necesito.
Voldemort hizo un ademán con la mano para que se marchara y ella no lo dudó. Salió rápidamente, no en busca de Barty ni de Rodolphus, a quien había dejado de lado, sino de Draco. Estaba saliendo con sus padres y ya iban a desaparecerse cuando Hermione lo llamó.
—¡Necesito hablar contigo, Draco!
Éste la miró, pero en sus ojos no había odio ni rencor, sino indiferencia. Se le veía agotado en todos los sentidos.
—Por favor… —. Imploró Hermione. Sabía perfectamente cómo tratar con Draco.
—Está bien. Id a casa —les dijo a sus padres, y estos se desaparecieron—. ¿Qué quieres Granger?
—Necesito un favor. ¿Podrías decirme cómo están Harry y Ron?
Malfoy se sorprendió, pues para nada esperaba que la chica le pidiera tal cosa.
—¿Me hablas en serio? Ya sabes que Potter y Weasley son lo peor del colegio, no sé si podría acercarme a ellos…
—Es necesario que lo hagas Draco… hazlo como pago a la ayuda que puedo proporcionarte—. Esa era su última carta y la iba a jugar bien.
—Está bien —dijo tras pensarlo un poco—. Pero no lo hago por ti, no quiero que pienses cosas que no son.
Hermione bien sabía que era así, no la soportaba. Le dio las gracias sonriendo y él se marchó sin mirarla; había conseguido algo que quería y eso bien valía esa sonrisa. Salió fuera y respiró el aire puro del campo. Miró a su alrededor pero Barty ya había desaparecido, ni siquiera tuvo la oportunidad de hablar con él, aunque sabía perfectamente que él la rehuiría.
Iba a desaparecerse cuando una voz masculina le habló al oído, suavemente.
—Veo que vas progresando —. Dijo Rodolphus sonriendo.
