Capítulo 14: Shatter Me With Hope
Camille me pasaba las pocas prendas de mi guardarropa diligentemente mientras yo las tiraba con ira una sobre la otra dentro de una maleta que tenía sobre la cama, abierta de par en par. Varios pares de camisas, pantalones, protectores, ropa interior, y pocos elementos de aseo personal como mi cepillo para el cabello y el de dientes, ese era mi equipaje; más las cosas que me había regalado Aldebarán durante el tiempo que entrené bajo su tutela.
- ¡Voy a matarla, juro que voy a matarla!- Grité zarandeando un vestido en corte de peplo y lanzándolo a la maleta.
Mi mal humor tenía nombre y apellido: Marah Goldsmith, la propia leona que había decidido irse del Santuario tras haber perdido, bobamente, su combate por la armadura de Lince el día anterior. Se despidió de mí en la noche, hecha un mar de lágrimas, temblando, y corriendo como alma que lleva el diablo; tardé varias horas en reaccionar invadida por la tristeza de su partida, pero era demasiado tarde. Una vez se fue, a los pocos minutos pasaron Kanon y luego Aioria, yo sólo pude decirles que se había ido.
Luego de un rato regresaron, Aioria continuó su camino hacia Leo lanzando maldiciones a diestra y siniestra mientras Kanon se detuvo frente a mí en el hall de Tauro, lo miré furiosa, sabía que parte de la culpa por la partida de Marah era suya, de sus métodos poco ortodoxos para buscar que mejorara y su agresividad… sí, y tenía la mirada asesina en automático dirigida a mí.
- ¿Por qué no la detuviste?- Me dijo, conteniendo su temperamento. Se me subió la furia del pecho a la cabeza, activando también mi modo "soy una maldita mala clase, no te metas conmigo" y poniendo los ojos en blanco.
- No tenía porque…- Le mentí, la verdad es que no sólo traté de detenerla sino de disuadirla, algo que claramente no habían hecho el par de neandertales que tenía Marah por ex novio y maestro; pero nada sirvió, ella estaba dispuesta a irse porque cuenta de esa visión exagerada, retorcida del honor y el orgullo que tenía, por su incapacidad de enfrentar una derrota y por quién sabe qué rayos más.
- ¿CÓMO QUE NO TENÍAS POR QUÉ? ¡HA DESERTADO, ES UNA TRAIDORA Y NOS HA AVERGONZADO!- Gritó al borde de la histeria, acercándose peligrosamente. Para colmo, Aldebarán había salido de Tauro justo cuando Marah vino a despedirse y desde entonces no había regresado, de modo que me tocaba a mí enfrentarme al energúmeno de Kanon por mi cuenta.
- ¡Pues no, no tenía por qué después de todo el maldito daño que le han hecho! ¡Ustedes están locos, la han herido más de lo que ella misma lo ha hecho!- Sentí su agarre en mi cuello pero no me importó, agarré sus manos evitando que me asfixiara, al menos hasta que le dijera todas las verdades que tenía en la cabeza. No pensaba quedarme callada ante semejante oportunidad, además, había un dios desquiciado detrás de ella y ésta vez su vida peligraba porque estos idiotas no se habían callado cuando debieron en lugar de apoyarla y darle valor.
- ¿Cómo te atreves?
- Me atrevo porque es cierto, la han puesto en peligro, y todo esto es por su maldita falta de tacto…- Logré que me soltara, al menos con una de sus manos, mientras forcejeábamos, sentía su aliento en mi cara, estaba tan cerca que podía ver las venitas que se le brotaban en la sien cuando gritaba con el ceño fruncido. – Sin contar con que medio Santuario la desprecia por tu culpa, que la deshonraste, que has puesto su cordura hasta los límites… ¡a mí no me vengas a reclamar nada, maldito sádico!
Me abofeteó con fuerza, casi me dio un puñetazo que me mandó al suelo. Tosí buscando aire mientras me tocaba la mejilla que estaba caliente por la fuerza del golpe que me había propiciado. Alcé la vista para fulminarlo con la mirada y me encontré una escena peor: Kanon estaba el otro lado del pasillo, en el suelo y con varios aros de hielo a su alrededor.
- Sigues siendo el mismo cobarde manipulador de siempre… Kanon- La voz de Isaak escupió el nombre de Géminis con desprecio, algo que jamás le había escuchado, ni siquiera cuando discutimos a los gritos semanas atrás. Le oí acercarse detrás de mí mientras me levantaba.
- ¡Suéltame Kraken o vas a tener problemas, te lo juro!
- A mí no me amenaces, que hace muchos años que no tienes esa clase de poder…- Dijo, por fin apareciendo detrás de mí y dándome la mano para ayudarme a poner en pie. Me hizo una seña para saber si estaba bien alzando el mentón, asentí y volvió a encararle.
Los aros de hielo se desvanecieron despacio y Kanon pudo ponerse en pie otra vez, momento que aprovechó para acercarse de nuevo a Isaak y tomarlo de la camisa, cosa que él no permitió pues le puñeteó la muñeca antes de que lo agarrara.
- Cuida muy bien lo que haces, porque estoy seguro de que voy a tener muchos menos problemas que tú, imbécil- Kanon hizo ademán de írsele encima a Isaak pero se contuvo, en lugar de eso fijó su mirada en mí, que había llegado hasta donde estaban y había tomado el brazo de Isaak; no era correcto ni conveniente que se metiera o peleara con un Caballero Dorado, eso no le convenía a nadie, muchos menos a la alianza que se estaba forjando entre el Santuario y Atlantis.
- Esto no es asunto tuyo, Kraken.
- Te equivocas…
- Espera- Le dije a Isaak, antes de que la discusión escalara a más y se fueran de golpes, esos dos tenían un asunto inconcluso de vieja data y yo no iba a ser la excusa para que lo arreglaran, me giré hacia Kanon. – Piensa lo que quieras, pero vete de Tauro, Kanon… no desquites tu frustración conmigo.
- ¿Frustración?- Repitió, ahogando el impulso de reírse.
- Sí, frustración… lárgate ahora mismo. Aldebarán te sacaría a patadas de todas formas.
Dio una última mirada de odio hacia Isaak y hacia a mí antes de continuar su camino hacia la Tercera Casa. Nos quedamos viéndole salir hasta que su silueta se perdió en la distancia, luego me miré las manos, estaba temblando pero no era de miedo, sino de ira.
- ¿Estás bien?- Me preguntó Isaak tomándome de la mano, lo miré histérica.
- ¡Estás loco! ¿Cómo se te ocurre pelearte con Kanon? ¿Y si te metías en problemas?- El sólo se encogió de hombros quitándole importancia al asunto de Kanon. Chasqueé los dedos frente a su cara para que despertara, ¿en serio? ¿Cómo podía estar tan tranquilo, y si Kanon lo metía en problemas?
- Tranquilízate, kulta. Ése tipo no va a hacer nada, no se atrevería… además, está mal que se desquite contigo, ¿o crees que tu maestro lo aprobaría?
- No, es más, lo molería a golpes.
- Entonces, discusión zanjada. Cambiemos el tema.- Y vi que su mirada se elevó hasta mi tiara y bajó despacio hasta la punta de mis pies observando mi armadura, pero no pude evitar sonrojarme al sentirme examinada con tanta minucia. – Te queda bien, ¿eh?
Le di un golpe en el hombro, y la espalda para que no me viera sonrojarme pero me tomó en medio camino.
- ¡Es un montón de metal, Isaak!- Le regañé, tratando de quitarle importancia a su cumplido, pero sabiendo que era todo menos un simple pedazo de metal, me sentí mal pero fingí no darle importancia.
- No creo.
Como toda respuesta, elevé un poco mi Cosmo y me quité la armadura, justo como me había enseñado Aldebarán horas antes, luego de burlarse tres horas de mí por mi ignorancia, cuando llegué a Tauro desesperada porque sentía que la ar,adura me drenaba y no tenía ni idea de cómo quitármela.
- Bueno, bueno,- Busqué desviar su atención-, ¿qué haces aquí?
- Pelearme con Kanon… evidentemente- Dijo con el orgullo herido. Lo abracé con fuerza, enredando mis manos en su cabello, gesto que había descubierto que a él le gustaba tanto como a mí hacerlo. Él apoyó sus manos en mi espalda y bajó un poco hacia mi cintura y luego me dio un beso en el hombro. – En realidad, sólo quería verte, ¿estás bien?
- Sí… bueno, más o menos- Le hice un breve resumen a Isaak de lo que había pasado con Marah, tratando de explicarle que me entristecía mucho su partida, entre otras cosas porque sabía que ella sabía que su derrota había sido un descuido por subestimar a su oponente.
- ¿Por eso Kanon te estaba gritándo?
- Sí, se estaba desquitando conmigo…
- Evidentemente, se le pasará. ¿Vas a seguir viviendo aquí?
- ¿Por qué?
- Porque todos los Santos de Plata viven en casas aparte, pero te veo muy cómoda aquí.
- No puedo quedarme, sólo será por hoy.- Le dije mientras lo seguía por el hall hasta las escaleras de la entrada de Tauro – No quiero irme, si te soy honesta, Aldebarán y Camille, la vestal, son como una familia.
- Por otro lado- Dijo con misterio y entrecerrando los ojos – Vas a ser independiente, eso nunca es demasiado malo.
Algo en el tono de su voz hizo que me diera escalofrío pero preferí sacarme de dudas después con Eva.
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Cerré la maleta sentándome en ella porque no le cabía nada, a duras penas la ropa que había traído de Finlandia, así que tuve que jugar tetris empacando también las ropas nuevas y algunas sandalias. Camille mi miraba sin saber qué decir mientras aprovechaba el nuevo espacio en el clóset para barrer y limpiar lo que quedaba de mi desastre, volteé a verla al sentir su mirada pegada en mi cuello mientras quitaba la maleta de la cama y la ponía en el suelo junto a la Caja de la Armadura, antes de salir para mi nueva cabaña.
- ¿Camille?- La aludida se hizo la sorda y siguió barriendo como si nada. – Camille, ¿qué pasa? Háblame.
Camille se dio la vuelta soltando la escoba, pero se quedó de pie justo donde estaba. Vi que tenía los ojos acuosos y sus finos rasgos estaban cruzados por una expresión de nostalgia que no trató de ocultar.
- Te voy a extrañar, país…
- Hay no, Camille- La abracé, tomándola por sorpresa. Me devolvió el gesto con fuerza brevemente, luego salió de la habitación como una exhalación dejando la escoba.
Arrastré la maleta escaleras abajo hasta la nave central de Tauro y luego me la eché a la espalda rumbo a la villa de las amazonas y luego hacia la de los Caballeros de Plata. Mi cabaña estaba ubicada sobre una pequeña colina con vista el Mediterráneo. Estaba un par de casas atrás de la cabaña de Marin y la de June, lejos de Shaina para mi fortuna. La vestal encargada me había entregado unas llaves horas después de las pruebas, abrí la puerta y solté la maleta en el suelo.
La casa era un pequeño espacio donde había una sola cama, una mesa de noche, un cuarto aparte donde estaba el baño con una pequeña tina y una ducha; además de otro cuarto para la cocina. Junto a la cama había un armario enorme con varias divisiones al interior. Las paredes blancas se veían tristes, y en general le hacía falta un pequeño mantenimiento. Puse la caja de la armadura junto a la cama y me senté mirando la puerta un rato.
Tenía una sensación que no supe descsribir, afuera podía escucharse el océano y el ruido de algunos de los aprendices, pero fuera de eso la casa estaba silenciosa. A mí el silencio nunca me había molestado, crecí rodeada de austeridad en medio de altas paredes y estrictos horarios de estudios; pero siempre estaba rodeada de personas, y ahora no… la sensación era extraña, una mezcla de terror y liberación se apoderaban de mí y recordé que Isaak me había planteado con demasiado entusiasmo que era bueno ser independiente. Sin embargo, esa independencia traía consigo otro carga: la responsabilidad, ya no era una aprendiz, Aldebarán no era mi acudiente y por lo que al Santuario respectaba, yo era ya una mayor de edad que asumía todas las consecuencias de sus actos, además de servir a la diosa como una de sus guerras… toda esa palabrería se había vuelto real.
Espabilé, revisando la cocina, también era responsable de alimentarme, Camille ya no estaría cerca para dejarme bandejas con el desayuno y notitas explicándome el ánimo con el que había despertado Aldebarán. La despensa estaba vacía, revisé mi maleta y encontré una bolsa con varias dragmas, así que la amarré en mi cintura y salí hacia Kamalákion.
Tres horas más tarde volví a mi casa y por poco se me caen las compras cuando vi a una figura sentada en mi cama. La voz de Eva llenó la habitación con su sonora carcajada, se acercó a ayudarme y nos fuimos juntas para la cocina.
- Casi me matas del susto, ¿cómo entraste?- Le pregunté, sacando unas botellas de agua mineral que me di el gusto de comprar en el camino, eso aquí era un lujo porque el agua potable no existía a menos que se pusiera a hervir y luego se usara, de resto, para lo único que podía considerarse de uso el agua era para echársela encima y si acaso como purgante.
- Cobré un par de favores por ahí y me conseguí una llave.
- Hey… eso es allanamiento a la propiedad privada.
- Venga, ¿y me vas a denunciar?- Le di un codazo mientras ponía los panes dentro de la lacena y ella hacía lo mismo con unos tomates que casi le hago tirar.
- Voy a pensarlo seriamente…
Improvisamos una salita junto a mi cama con un par de cajas que encontramos en la cocina y nos sentamos a charlar mientras tomábamos un poco de ese Licor 43 que nos había brindado a Marah y a mí el día que Aioros volvió al Santuario. Nos miramos al tiempo, como recordando lo mismo.
- ¿Has sabido algo de ella?- Pregunté con la esperanza de que Eva y su red de contactos pudieran tener alguna respuesta pero empinó su copa hasta el fondo encogiéndose de hombros.
- Sólo sé que Atenea tratará de razonar con ella por lo legal, pero, ¿te soy sincera, tía?
- Marah no va a aceptar… ¡Agh, me provoca matarla yo misma!
- Lo sé, Aioria también. Ayer estuvo toda la noche llorando y pataleando en Sagitario, preguntándose qué había hecho mal, en dónde había fallado, porqué su hermanita se había ido así, deshonrándolos a todos, echando en saco roto sus enseñas y demás. Aioros trató de calmarlo y que entrara en razón pero al final sólo le escuchó en silencio, y bueno, yo me dormí y no supe como terminó aquello, pero el que Marah se haya ido así fue todo un escándalo.
- Ya sé, ayer Kanon casi me ahorca porque la dejé ir y no hice nada para impedírselo.
- ¿Qué hizo qué?- Gritó furibunda, me zarandeó por los hombros tratando de sacarme el cuento así que le hice un resumen de lo que Kanon dijo, de lo que yo le dije, de cómo casi me ahorca y del momento que Isaak y él casi se sacan los ojos y se deshicieron en amenazas el uno al otro.
La cara de Eva pasó de la ira a la emoción y luego me miró con una mezcla de picardía y malicia cuando le conté la conversación sobre la independencia y sus ventajas que me había dado Isaak. Saltó de su sitio y se fue por otra botella, cortesía suya, a la cocina. Suspiré aliviada cuando vi que era vino, por fin un licor que podía soportar con moderación, recibí con gusto la copa que me ofreció llena y la vi sentarse a mi lado en el suelo, levanté la ceja, confundida.
- Esperemos que Atenea logre negociar con Marah, pero, ¿qué hay de Kraken y tú?
- ¿Cómo que qué hay de nosotros?- Hizo un mohín, como si fuera obvio de lo que estuviera hablando, pero la verdad era que no entendía, ¿cuál era el lío con que ya fuera independiente y tuviera una casa por mi cuenta? No es como si estar en Tauro en compañía de Camille y Aldebarán hubiera sido una pesadilla. La vi tomar de su copa y luego soltar una risita maliciosa.
- No tienes idea, ¿verdad?
- ¿De qué?
- Joder, de que tienes un espacio privado para ti sola para pasar el rato con ¿Isaak es que se llama?
- ¿QUÉ?- Me puse roja como un tomate, casi escupiendo el sorbo que acababa de llevarme a la boca, tenía que ser un chiste que Eva estuviera pensando que iba a intimar con Isaak de esa manera, ¿y la pureza del cuerpo para servir a la diosa? Su carcajada me sacó de mis pensamientos y la miré muy seria, apenada e incómoda. – No se puede Eva, ¿y el servicio a la diosa? Debemos ser puras para servirle con… calidad- Dije, a falta de una mejor palabra.
- Eso no tiene nada que ver con que tengas derecho a entregarte por completo a alguien que quieres, Aimée…- Traté de protestar, pero me puso el dedo en la boca. – Piensa, tía, que lo que a éste lugar le falta es eso, precisamente, que la gente se ame… y si tu teoría fuera cierta, éste lugar estaría vacío, en serio.
- Sí, pero él es un General Marino y…
- ¡No me jodás, Aimée!- Me regañó, dándome una palmada en la mano que acababa de levantar mientras trataba de explicar mi punto, el cual era que él no hacía parte de éste Santuario y aunque le adoraba, me sentía traicionando a la diosa que estaba dispuesta a servir. – De entre todas las personas, pensé que eras la última a la que eso le importaba, ¿entonces por qué estás con él?
- Oye, cálmate… yo le quiero, pero eso ya es demasiado.
- Suenas como alguien que juega con los sentimientos de otra persona, y dudo que seas así, así que hazme el jodido favor de organizar tu cabeza primero o acaba con eso…- ¿Cuál era el problema de Eva con ese asunto? De repente me sentí recriminada por tener miedos sobre el asunto de mi relación con Isaak, de la posibilidad de que pudiera pasar del punto del no retorno y de no saber cómo manejarlo. Tenía muy claro que quería a Isaak, así era, por encima de todas las cosas, sobre todo porque teníamos una historia compartida mucho antes de Atenea o Poseidón; pero también sabía que desde ayer había asumido una responsabilidad enorme, de la que no me creía capaz de asumir en ese momento y debía cuidar mi honor como Santa de a Orden, ¿o no? – Mira, habla de esto con él, estás hecha una maraña de dudas y es mejor que las confrontes, y te ahorres el dolor de cabeza.
Le prometí que lo haría y le agradecí que me procurara tantas atenciones y cariños. El resto de la tarde la pasamos moviendo los pocos muebles de mi casa hasta que estuvo moderadamente arreglada, y quedamos de conseguir botes de pintura y darle un poquito de amor a las paredes, cuyo dueño anterior no se ocupó ni de limpiar. Tomé notar de hacer eso al día siguiente, y al rato me despedí de Eva.
Ya sola me senté en la cama y tomé la Caja de la Armadura sin abrirla: el relieve de una enorme criatura, similar a una quimera con cuatro patas como garras, unas fauces enormes y el cuerpo de una serpiente, decoraba las cuatro caras, Cetus… el monstruo marino que había enviado Poseidón para castigar el atrevimiento y vanidad de Casiopea, el monstruo de la justicia…
… como el Kraken.
De un salto me levanté y me puse otra vez al Armadura. La primera vez que hice conciencia de sus formas sobre mi cuerpo la sentí pesada, limitaba un poco mis movimientos. Aldebarán me había advertido que debía usarla con moderación mientras su energía se acoplaba a mi Cosmo para que no me drenara y yo me acostumbraba a su peso. Sentía un aura poderosa cada que la usaba y una pequeña voz que resonaba en mi cabeza, pero que no me decía nada; ya sabía que las armaduras eran seres vivientes, no simples pedazos de metal que protegían en las batallas.
Todavía quedaban unas horas de sol, me fui para la fuente de Atenea a entrenar, el lugar siempre me había inspirado tranquilidad, allá me escapaba cuando buscaba aclarar mis ideas. Tenía la esperanza de encontrarme a Atenea, hablar con ella y rogar porque su sabiduría alejara mis dudas, Eva tenía razón y yo no podía jugar con los sentimientos de Isaak, ya había tenido una muestra de lo que pasaba cuando se le desbordaban, y el pobre no tenía idea de cómo manejarlos estando así. Para mi desgracia, me encontré a Shaina junto a la fuente, que encuentro sintió mi presencia se levantó como un gato asustado y sacó sus garras.
- ¿Qué haces aquí, mocosa?- Preguntó con su habitual hostilidad.
- Tranquila Ofiuco, estoy de paso.- Seguí mi camino tan pronto como pude, lo último que quería era confrontarme con ella y su mal carácter.
Llegué a un pequeño claro y me lancé, probando la armadura con la presión del agua. Buceé un buen rato hasta que dejé ir la Armadura, que con un destello salió de vuelta a su Caja en la cabaña. Estaba con mi camiseta azul y mi pantalón negro, tenía sandalias, así que al menos los pies no me escurrían en el camino de vuelta a casa.
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Me desperté tarde, MUY tarde. Era la primera vez en años que podía dormir con tanto descaro sin que nadie me quitara las cobijas, me zarandeara o me tumbara de mi cama. Me revolví un rato haciendo pereza hasta que decidí que me iba bien levantarme. Me limpié la cara, preparé te en la cocina y luego me metí a la ducha. Salí con una toalla en la mano secándome el cabello y envuelta en otra, gotitas me escurrían por los brazos y los hombros. Me vestí e hice mi calentamiento y entrenamiento de rutina con June cerca de nuestras cabañas en un pequeño e improvisado patio destinado a ello.
En la tarde había una reunión con el Patriarca y quise esperar hasta entonces en Tauro.
- ¡Heeeei!- Saludé a los gritos para que mis padres sustitutos notaran mi presencia. Como nadie salió, subí al segundo piso y casi se me cae la cara de vergüenza cuando vi a Camille salir de la habitación de Aldebarán apurada y con la cara roja de vergüenza en cuanto me vio. No supe en que rincón meterme así que le dediqué una sonrisa culpable mientras salía.
- No te imagines cosas- Me dijo, sonando muy arisca en el intento de hacerme cambiar de parecer. Salió hacia la planta superior en el tercer piso y de allá no bajó hasta que me fui en la tarde. Aldebarán me abrazó, estripó y apretó lleno de emoción y enternecido por mi visita a no menos de 48 horas de mi ascenso a Santa. Traté de soltarme pero me quedó muy claro que todavía no era rival para él.
Lo llené de `preguntas sobre las reuniones de los Santos con el Patriarca a ver si tenía idea de a qué nos convocaba Shion, pero no tenía idea. Se dedicó a contarme las veces que a Shura se le alborotaba la vena bromista con é justo antes de entrar y de los esfuerzos que tenían que hacer ambos, sobre todo cuando eran más jóvenes, para mantener la compostura y el protocolo. También me dijo que Shion ya había reunido a los Dorados y que Aioros seguía siendo el líder indiscutible de todos ellos, no obstante, no soltó una sola palabra de lo que se había hablado y me ordenó no hablar de ello… sabía a donde iba, y no pensaba contarle a Isaak nada del asunto. El tema me puso de mal humor… cuando yo era un aprendiz había cierta ambivalencia y no era tan delicado compartir información con él, pero ahora era diferente: yo lo sabía, Aldebarán lo sabía, Isaak lo sabía… y el resto del Santuario lo sabía; recordé la mirada recelosa de Shaina la noche anterior.
- Yo ya dije que no iba a meterme en el asunto, menina pero quiero que sepas y entiendas que habrá quien te tilde traidora… debes saber jugar tus cartas y ser leal a nuestra diosa.
- Maestro, me ofende si quiera que piense que no he sido leal a Atenea un solo minuto. Isaak y yo no nos relacionamos de esa manera, lo que concierne a nuestro deber de guerreros no está dentro de la relación.
- Vale, vale… pero te advierto porque más de uno ha puesto el grito en el cielo.
- ¿Ah, sí?
- Sí.
Mierda.
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Subir al Salón del Patriarca fue un dolor de cabeza, empezando por Géminis donde Saga se dedicó a interrogarme el por qué el mal humor de su hermano había empeorado por mi culpa, no me dejó en paz hasta que le dije que le había cantado sus verdades, salí antes de que hiciera cualquier otro comentario. Cáncer no fue problema, pero en Leo me vi obligada a detenerme y preguntar por Marah.
- Se fue definitivamente- Respondió Aioria, cortante.
- ¿Y no hay forma de que cambie de opinión?- Pregunté esperanzada. Aioria pareció meditarlo un momento hasta que su rostro se iluminó, supongo yo, con una chispa de esperanza.
- Tal vez hay una forma…- Dijo, mientras me acompañaba hasta la salida de Leo – En unos días voy a enviarle una carta, supongo que tú y la alumna de mi hermano querrán escribirle algo, eso podía ayudar.
- ¡Por supuesto! Esa gata va a leer unas palabras de mi parte sin falta, gracias, maestro.
Subí el resto de los templos en relativa tranquilidad. En Escorpio Milo quiso tratar de intimidarme haciéndome comentarios sobre lo bien que me veía en armadura pero como estaba en compañía de Camus, éste lo mandó a callar al instante, cosa que le agradecí… a regañadientes.
En Sagitario, Eva me acompañó hasta las escaleras que daban a Capricornio.
- Déjame la carta a mí, que yo se las envío a Aioria con mi maestro.
- Está bien, espero que eso ayude.
- Sí, la muy necia no sabe el peligro que corre por ahí- Refunfuñó exasperada, cosa que pocas veces había visto hacer a Eva. Se había encariñado con Marah también y la irritaba su volatilidad de carácter, como a mí, como a Aioria y como al troglodita de Kanon. – Por cierto… ¿pensaste en lo que te dije ayer?
- Sí…esa conversación la tengo pendiente, hablamos después.- Y salí huyendo antes de que me pusiera de nuevo el tema en Sagitario con Aioros escuchando por ahí.
El Salón del Patriarca estaba casi lleno, y sólo se encontraban allí los Caballeros de Plata. Saludé brevemente a Marin y Albiore, vi a Shaina en un rincón y a los otros dos aprendices que habían ganado armaduras conmigo. El chiquillo que portaba la que debió ser la armadura de Marah estaba en un rincón algo nervioso, el resto estaba por ahí conversando en pequeños grupos. Me acerqué a Crystal, que tenía rato de no ver.
- Te luce esa armadura.
- Gracias, maestro- Le sonreí conmovida por sus palabras. Crystal siempre había sido una persona de trato fácil, pero no se decantaba por expresiones de afecto con facilidad. Me quedé junto a él relatándole los detalles de mi pelea, la de Marah y como me estaba yendo ahora que vivía por mi cuenta.
- También me han contado que tienes un trato bastante familiar con un ex discípulo mío.
- ¿Usted también me va a juzgar, maestro?
- Para nada- Respiré aliviada. Me puso la mano en el hombro para darme ánimos. – Que no se te olvide que ese jovencito creció bajo mi tutela… lo conozco como la palma de mi mano, y el que sea un General Marino es sólo un capricho del destino, eso no lo convierte en alguien perverso. Entre nos, - Me dijo acercándose lo suficiente para que nadie más lo escuchara – es un jodido cabeza dura, estate preparada.
Seguimos conversando del asunto, para mí fue un alivio haberme topado justamente con Crystal en esos momentos. Él no tenía una visión sesgada de mi love interest y fue muy honesto conmigo, me puso en perspectiva con un par de frases concretas y asertivas. Luego me relató algunas anécdotas de él y Hyoga en sus días de aprendices hasta que entró el Patriarca.
Shion llevaba la túnica blanca de rigor y el casco en la mano, que nunca le había visto usar. Parecía cansado, pero su aura estaba llena de paz. Nos inclinamos de inmediato con nuestro puño derecho en el pecho, hasta que nos autorizó mirarle.
- Los he citado a todos aquí, en primer lugar para darle la bienvenida a nuestros nuevos guerreros de Plata: Hannas de Lince, Noé de Triángulo y Aimée de Cetus. Las nuevas generaciones empiezan su camino de servicio y protección a la diosa con devoción, y todos ustedes están llamados a guiarles en su camino como Santos.
Sentí varias miradas encima pero no quise voltear a mirar, Shion tenía sus ojos clavados en mí mientras decía esas palabras. Incómoda y sin saber cómo interpretar su mirada, cerré los ojos e incliné levemente la cabeza en señal de obediencia. Crystal estaba junto a mí, y Albiore también.
- Quiero recordarles que estamos en medio de un acuerdo de paz y cooperación con Poseidón, así que espero de ustedes la mejor de las disposiciones. Tenemos información de que en el Olimpo varios dioses están tratando de hacer sus movimientos para comprometer el bienestar de la Tierra y debemos estar alerta. Parte de esos acuerdos nos obligan a mantener emisarios en Atlantis y también en Asgard para estrechar lazos y evitar ruidos en la comunicación, por eso, algunos de ustedes serán seleccionados para viajar como representantes de nuestra diosa.
- Maestro- Interrumpió Dante de Cerberus-, ¿la magnitud de esa misión no es competencia de los Caballeros Dorados?
El Salón se llenó de murmullos de sorpresa e indignación ante tales comentarios pero yo le daba la razón, ¿no tenían ellos mejor formación y experiencia en esos asuntos? Sin embargo, supuse que tampoco podían dejar espacios en las Doce Casas si había alertas de confrontación en el aire, ellos debían estar al pie del cañón ahora más que nunca para proteger el Santuario y los Santos de Plata los doblaban en número.
- Tal vez, Dante, tal vez no. Atenea confía plenamente en que su desempeño en ésta misión estará a la altura de las circunstancias. En los próximos días estaré informándoles quiénes deberán asumir ésta responsabilidad. Eso es todo.
Uno a uno, los Santos de Plata comenzaron a abandonar el Salón, me quedé junto a Crystal y Albiore esperando que la salida se descongestionara. No pretendía interrumpir la conversación de mis adorados maestros así que me dí la vuelta para salir.
- Aimée, espera un momento por favor- Se me bajó todo, Shion me había pedido que me acercara. Ni cortos ni perezosos Crystal y Albiore se retiraron, me quedé a solas con el Patriarca. Suspiré, tenía una leve sospecha de por qué.
- Su Santidad- Respetuosamente le indiqué que le escuchaba mientras estaba con las rodillas en el suelo, esperando alguna orden.
- Ven, chiquilla, levántate.- Me acerqué, algo intimidada por el aura del hombre que tenía en frente. Se levantó de su trono y me guió a través de unos pasillos hacia el Templo de Atenea. Era la primera vez que pisaba ese lugar, finamente decorado con frisos que relataban las victorias más grandes de la diosa desde la Era Mitológica. Varios salones interrumpían las historias de las paredes, en ellos las vestales de mayor rango hacían oración y ofrendas, o preparaban a las nuevas: Eva debió haber pisado estos salones muchísimas veces antes de la llegada de Aioros.
El pasillo terminó y dio paso a un patio al aire libre donde estaba la enorme estatua de Atenea y junto a ella, la mismísima Saori Kido se encontraba contemplando el Santuario desde lo alto. Era una vista preciosa, una pequeña polis de la que yo hacía parte… mi casa.
- Me alegra verte, Aimée- Saori me tomó ambas manos entre las suyas impidiéndome inclinarme como era la cortesía. Con su mano derecha me acarició levemente la mejilla, miró hacia Shion y me giré. Él nos veía enternecido, revelando que bajo la apariencia de ese joven lleno de vida, existía el alma de un anciano de más de 200 años.
- Aimée, Atenea y yo queremos hablar contigo de un asunto de suma importancia, pues confiamos en ti para la misión que vamos a encargarte.
- Me honra con sus palabras, Maestro. – Él asintió, jamás me había percatado de que el Patriarca podía ser una persona, relativamente, tímida. Una cosa era la reserva con la que manejaba su cargo, pero sin duda también tenía algo de tímido.
- Son varias las voces de alarma que han llegado hasta nosotros por tu cercanía con el General Marino de Kraken- Tragué en seco, sintiendo mis manos sudar, todavía sujetadas por Atenea. – Desde luego, nuestra señora y yo conocemos la historia en común que traen ustedes desde la infancia, él mismo nos ha dado un panorama. Pero quiero que recuerdes que ahora que eres una Santa, debes ser más cuidadosa con la información que compartas.
Momento, ¿habían hablado con Isaak? Esa información sí que se la tenía que sonsacar como fuera. A veces me molestaba que fuera tan reservado.
- No queremos agobiarte con todo esto, no desconfiamos- Continuó Saori- Pero sé que tu corazón se angustia con tantas voces murmurando, queremos que sepas que estamos contigo y puedes confiar en nosotros, como nosotros confiamos en ti, y es por eso que hemos decidido que seas justamente tú quien vaya en representación mía a Atlantis.
Me fallaron las piernas y me caí de sentón al suelo, los ojos llenos de lágrimas de alivio y gratitud. Atenea acababa de darme el visto bueno, borrar mi culpa con una frase y depositaba toda su confianza en mí. Me encargaba continuar con su legado de paz en la mismísima boca del lobo, segura de que haría bien mi trabajo y de mi lealtad. Ella se inclinó para levantarme el rostro y limpiarme las lágrimas, le susurré un "gracias" mientras me levantaba. Shion permanecía con el rostro sereno pero una pequeña sonrisa se le escapaba por la comisura de los labios.
Esta sería mi oportunidad de demostrarle a ella, al Patriarca y a mí maestro que podía hacerlo y de callar a todos los insulsos que hablaban mal a mis espaldas por mi cercanía con Isaak, de enseñarles que era posible separar las cosas del corazón de las de la razón, sin morir en el intento.
