Capítulo 12

Edward se había marchado un rato antes y Bella había tenido tiempo de secarse el pelo y maquillarse. Cuando sonó el teléfono, pensando que podría ser él, dejó lo que estaba haciendo y sacó el móvil del bolso inmediatamente, temiendo que saltara el contestador.

La identificación de la pantalla sólo decía «número oculto».

—¿Hola?

—Bella. ¿Dónde estás? Soy Jessica.

La expectación se desvaneció. Jessica sólo llamaba cuando quería algo.

—Estoy en casa. Me voy dentro de una hora.

—Quédate ahí. Voy de camino. Tienes que ver algo.

Bella abrió la boca para preguntar de qué se trataba, pero Jessica colgó de repente. Incapaz de imaginar qué era tan urgente, volvió junto al armario para buscar algo que ponerse, pero no pudo deshacerse de aquella sensación. Albergaba la esperanza de resolver el asunto en un momento, ya que podría resultar muy incómodo que Edward llegara con Jessica allí.

Bella no estaba segura de lo que había entre Edward y ella. Sabía lo que esperaba, lo que quería que fuera, pero fuera lo que fuera, era demasiado pronto como para compartirlo con alguien que había dado señas de estar interesada en él.

Al final se decidió por sus mejores vaqueros y después de diez minutos de duda, se puso un jersey blanco y negro.

Fue entonces cuando llamaron a la puerta.

Jessica ya tenía la mano sobre el picaporte de la puerta exterior cuando Bella abrió el cerrojo.

La rubia de oro no esperó a que la invitaran a entrar e irrumpió en la casa tan espléndida como siempre, con una chaqueta de Burberry, vaqueros de diseño y botas de tacón.

Parecía extrañamente alarmada, algo inusual en ella. Preocupada, Bella la hizo entrar en el salón.

—Jessica… ¿Qué sucede?

Tenía una revista en una mano y con la otra sujetaba el bolso que le colgaba del hombro. De pronto soltó el bolso en una silla, pero no hizo lo mismo con la revista.

—He descubierto por qué fue imposible recavar información de nuestro cliente —dijo, intentando parecer calmada—. Es porque no es Edward Masen.

Le enseñó un ejemplar de la revista Forbes.

—La revista es de mi abuelo. Me llamó la atención el artículo de la portada, así que me la llevé a casa para leerla. Lo que encontré en la página veintisiete era mucho más interesante.

Bella buscó la página marcada.

—«CullenCom está a la cabeza del sector en expansión internacional» —leyó Bella.

El subtítulo hablaba de la expansión del gigante informático en la India. Eso fue todo lo que leyó antes de fijarse en las fotos de la página opuesta.

Había dos de las obras, enormes proyectos en marcha de los que se hacían cargo arquitectos de renombre. Según el comentario situado bajo una de las fotos, E. A. Cullen estaba al frente de la construcción del nuevo complejo de Nueva Delhi.

La imagen en color del apuesto heredero del imperio CullenCom correspondía al hombre con el que Bella acababa de compartir su cama.

La joven miró a Jessica, estupefacta.

—¿E. A. Cullen?

—Es el segundo hijo de Carlisle Cullen.

—¿El multimillonario? —preguntó Bella sin esperar una respuesta.

Todo el mundo sabía que Carlisle Cullen era tan rico como Rockefeller y que tenía varios hijos. Tres o cuatro, si no recordaba mal.

—Es él —confirmó Jessica—. Fundador y dueño de CullenCom, con base en Seattle. E. A. está a cargo de la adquisición y gestión de propiedades. Es el arquitecto que diseña todas sus instalaciones.

Bella se quedó sin palabras. No podía apartar la vista de aquella fotografía que había desatado una tempestad de pensamientos en su mente.

—Ha tenido muchas oportunidades de decirme quién era. Podría habérmelo dicho la primera vez que nos vimos —remarcó Jessica, andando de un lado a otro—. Entonces me dijo que la confidencialidad era importante para él. Pero es evidente que no confiaba lo bastante en nosotros como para revelar su identidad. Me dijo que sus socios no sabían que se iba y que por ello no podía arriesgarse a que descubrieran su nueva aventura empresarial. Yo le aseguré que todo quedaría en el más absoluto secreto hasta que él quisiera divulgar la información —llegó a la enorme pecera cilíndrica y frunció el ceño al ver los helechos sumergidos.

Parecía estar más preocupada por la falta de confianza del hombre que por otra cosa.

—Sólo me gustaría saber en quién no confiaba. ¿En mí o en la agencia?

Sin esperar respuesta alguna, se dio la vuelta.

—Es evidente que va a dejar CullenCom para montárselo por su cuenta —le dijo volviendo junto a la silla—. Lo que no entiendo es por qué quiso hacernos creer que no contaba con muchos medios. Incluso llegó a decirme que tenía que reducir costes. ¿Y por qué no te dio el dinero sin más en lugar de ponerse a trabajar para recortar gastos en la residencia de Edna? Ayer me senté delante del ordenador y saqué toda clase de información sobre él. Ese hombre está podrido de dinero.

Había un toque de exasperación en su voz. Mientras repasaba sus tratos con él, parecía enojada consigo misma por no haber sabido captar las señales.

—En cuanto supe quien era, recordé haber leído que le gusta salir a navegar y escalar montañas. Parece que le van los deportes de riesgo. Llevo dos años sin leer nada de él en la prensa, y no es que siguiera a la familia Cullen con especial interés. El caso es que hacía tanto tiempo que no veía una foto de él, que no recordaba qué aspecto tenía. Cuando apareció por la oficina, pensé que sólo se trataba de un buen partido que quería una campaña de publicidad.

Bella se dejó caer en la silla opuesta. Como Jessica se había callado, levantó la vista de la revista. Su hermanastra la observaba con gesto serio y las manos en las caderas.

—Me alegro de no haber tenido nada con él —dijo—. No me gustaría enamorarme de un tío que no es honesto conmigo.

Bella sintió un nudo en el estómago.

—Bueno… —dijo, volviendo junto a la pecera—. Supuse que lo verías en los próximos días. Sé que habláis con frecuencia. Y como dijiste, quizás sólo habléis de la obra de la residencia, pero cuando estuvo en la oficina la semana pasada, tuve la impresión de que quería algo contigo. Por eso pensé que debías saberlo —dijo, señalando la revista—. Por si piensas que va en serio.

Jessica estaba intentando protegerla y su inesperada amabilidad llegó al corazón de Bella.

La joven cerró la revista y la arrojó sobre la mesa. No había dicho ni una palabra durante el discurso de Jessica y cada vez se ponía más nerviosa.

—Lo tendré en cuenta —dijo finalmente.

No había lugar a dudas sobre su identidad. Aunque el parecido de la foto hubiera sido una casualidad, había muchas otra coincidencias sospechosas. E. A. Cullen era arquitecto y estaba supervisando un proyecto al otro lado del mundo. Además, la sede de CullenCom se encontraba en Seattle.

No obstante, y a pesar de la evidencia, Bella sintió una desesperada necesidad de escuchar la otra versión de la historia antes de condenarle.

Era un buen hombre, generoso y cariñoso, y por lo menos se merecía el beneficio de la duda. Bella sentía que aquello debía de tener una explicación lógica.

Jessica, en cambio, esperaba más de Bella de lo que había visto hasta ese momento. Cuando la joven se levantó de la silla, sus ojos azules se clavaron en ella.

—Oh, Bella —dijo, con la voz desinflada—. Ya has tenido algo con él.

En ausencia de una negativa, su rostro se llenó de comprensión. Por fin comprendió por qué Edward no había mostrado interés por ella y miró a Bella con simpatía.

—Termina con ello antes de que lo haga él —dijo con la certeza que siempre acompañaba a sus consejos sobre los hombres—. Los hermanos Cullen nunca van en serio en una relación —le advirtió—. El artículo de la revista se refiere a ellos como solteros sin remedio. Edward, quiero decir, E. A. es bastante famoso por sus escarceos. Ayer encontré artículos en Internet que hablaban de una modelo de Mónaco con la que estaba saliendo. Otros lo emparejaban con una actriz francesa. No me acuerdo de su nombre, pero parece ser que es muy famosa. Los artículos eran antiguos, pero no creo que haya cambiado mucho.

«¿Y cómo podría competir contra rivales como ésas?…», pensó Bella.

—Supongo que sí —dijo, dándole la razón.

Los consejos de su hermanastra eran completamente normales, dadas las circunstancias. Lo que la había sorprendido era ver que a Jessica no le costara creer que un hombre como E. A. Cullen pudiera estar interesado en ella.

—¿Sabes, Bella? —le dijo de pronto, en un tono confidencial—. No sé hasta dónde has llegado con él y tampoco te lo voy a preguntar. Ahora sabes quién es y puedes tomar tus propias decisiones. Hazte un favor y no pierdas la cabeza por él. Ese tío se mueve en otro mundo.

Al oír sus propios pensamientos en boca de su media hermana, Bella esbozó una triste sonrisa. Jessica y ella parecían tener algo en común después de todo.

—Sé quién es —le dijo Bella.

Era un poco tarde para no perder la cabeza, pero ella siempre había sido buena nadadora y estaba a punto de aprender lo que era tocar fondo.

—Es E. A. Cullen y también es un cliente. Podré arreglármelas.

Algo parecido a respeto se reflejó en la expresión de Jessica.

—¿Sabes, Bella? —le dijo, ladeando la cabeza—. Yo creo que puedes hacerlo —su voz se volvió suave—. ¿Estarás bien?

—Estoy bien.

—Eso decimos todas —murmuró su hermana y le dio un abrazo—. Llámame si necesitas hablar.

Por primera vez desde el día en que se conocieron, en la boda de sus padres, Bella pensó en hacerlo.

—Gracias —le dijo y señaló la revista—. ¿Te importa que me la quede?

Un momento después, Jessica se marchó y Bella volvió a sentarse delante del artículo de seis páginas que hablaba de E. A. Cullen. Aquel hombre al que le encantaban los desafíos tenía un título de Harvard y otro de MIT, por no hablar de innumerables premios de arquitectura.

Bella se recostó en el respaldo de la silla y esperó su regreso.

Nada más entrar y colgar el abrigo, E. A. supo que algo no iba bien. Al traspasar la puerta, se la encontró de pie en mitad del salón con los brazos cruzados sobre una revista.

Aunque se hubiera vestido para ir a la nieve, no parecía tener ganas de ir a ninguna parte. Aquel hermoso rostro estaba lleno de desconfianza.

—El coche estará listo esta tarde —le dijo, pensando en la reserva para cenar que había hecho para el día siguiente—. Le dije al del taller que no podríamos recogerlo hasta mañana.

—Gracias —dijo ella, levantando la barbilla.

E. A. fue a su encuentro y ella le ofreció la revista sin decir palabra.

Él apenas había visto su propia foto cuando ella rompió el silencio.

—¿Por qué no me dijiste quién eras?

Mientras examinaba la revista E. A. pensó que no estaba listo para esa conversación. Sin duda estaba en un aprieto.

Sus ojos dolidos le acusaban con la mirada.

Él nunca había querido que ocurriera eso.

—Iba a hacerlo.

—¿Cuándo?

E. A. todavía no había pensado en ello. La revista aterrizó en la mesa con un golpe seco.

—Te dije que había cosas que no podía contarte…

—¿Como quién eres? El mundo entero sabe quién eres.

—No es tan sencillo.

—Entonces, por favor —le pidió con tono de súplica—. Intenta simplificarlo.

Aquel ruego le partió el alma y entonces recordó que debía atenerse a las reglas de Carlisle por sus hermanos.

E. A. avanzó hacia ella con intención de abrazarla, de demostrarle que nada había cambiado, pero Bella retrocedió.

—Ojalá pudiera —murmuró él y se pasó una mano por el cabello.

No podía explicarle nada sin infringir las condiciones de su padre y por ello se había pasado la mañana intentando buscar la manera de librarse de ellas.

La ironía de todo aquello era que estaba muy cerca de cumplir con el acuerdo que todos habían firmado.

Pero el daño ya estaba hecho. Ella sabía quién era él.

—No puede ser tan difícil —insistió Bella, dispuesta a ayudarlo—. ¿Es por el nuevo negocio? ¿O es que no confiabas en la discreción de la agencia?

—No es nada de eso.

—¿Entonces de qué se trata? ¿Y cuándo ibas a decírmelo? Necesito saber la verdad —dijo Bella, sintiéndose traicionada—. Necesito saber que tenías una buena razón para hacer el amor conmigo sabiendo que yo no tenía ni idea de quién estaba en mi cama —le dijo, exaltada—. Sabes que me debes la verdad.

La calma que intentaba mantener corría peligro de romperse de un momento a otro. La joven podía sentirlo en el picor de las lágrimas que pugnaban por derramarse, y también en los temblores de su voz.

—Sé que te lo debo, Bella. Lo sé —le dijo E. A., intentando aplacar su dolor.

No sabía cómo decirle que se había tropezado con sus planes cuando menos esperaba encontrar a la mujer de su vida.

—Ven aquí —le dijo tomándola de la mano cuando en realidad deseaba estrecharla entre sus brazos.

La condujo a la mesa del comedor, recordando la primera vez que había estado en esa casa. En aquella ocasión la mesa había estado cubierta de fotos y álbumes, pero en ese momento la brillante madera de roble con aroma a limón albergaba tres velas verdes y los planes de estudio que él le había conseguido. Los folletos tenían anotaciones y algunas páginas estaban marcadas.

—Esto te va a sonar raro —le dijo E. A.

—No me importa cómo suene siempre que seas honesto conmigo.

—Así será. Lo prometo —sacó una silla y la hizo sentarse—. Sólo quiero que me prometas que esto quedara entre nosotros. No quiero perjudicar a mis hermanos. No sé qué pasaría si llegara a saberse lo que mi padre está haciendo, pero ahora no tengo tiempo de pensar en eso.

Impaciente por oír lo que tenía que decirle, Bella asintió con la cabeza.

—No diré nada —le dijo.

E. A. se sentó en la silla opuesta.

—Nunca tuve intención de engañarte, Bella. Tienes que creerme.

Lo ocurrido la noche anterior los había pillado por sorpresa, pero él siempre había sabido que aquella farsa estaba mal. Viendo la reacción de Bella, lo único que quería era terminar con ello de una vez por todas.

—La primera vez que fui a Swan & Associates fue para ver si era la clase de empresa que estaba buscando para preparar una campaña de publicidad. No saqué cita con mi nombre porque no sabía cuántas agencias tendría que visitar para encontrar a la adecuada. Todo lo que os dije a ti y a Jessica respecto a la necesidad de guardar silencio durante un tiempo era cierto. La razón por la que quiero abrir mi propia empresa es que… Es que necesito guardarme las espaldas. Carlisle… Mi padre quiere que yo y mis hermanos nos casemos y le demos nietos. Si no encontramos una esposa antes de julio, venderá CullenCom y nos quitará todo aquello que amamos. La amenaza fue dirigida a todos por igual. Si uno se niega, todos perdemos. Yo me imaginé que esas condiciones eran imposibles de cumplir y montar mi propio negocio fue lo único que se me ocurrió hacer.

—¿Te están obligando a que te cases? —le preguntó Bella, anonadada.

—Es una forma de decirlo. Pero acabo de…

—No. Espera… —le dijo ella, tratando de encontrarle sentido a todo aquello—. Tu nuevo negocio… Vas a abrirlo porque perderás tu puesto en la empresa si no accedes a casarte antes del plazo.

—Es muy probable.

No era de extrañar que hubiera mostrado tan poco entusiasmo al hablar de la nueva aventura empresarial. Sin duda había intentado escapar de toda esa manipulación.

Eso era lo único que tenía sentido para Bella en ese momento.

—Pero podrías habernos dicho quién eras después de elegirnos. Podrías habérmelo dicho —le dijo, pues eso era lo que más le importaba.

—No podía. Una de las condiciones era que las mujeres no podían saber quiénes éramos. Todas las esposas de mi padre no eran más que caza fortunas y Carlisle no quería otra más en la familia. Yo no quería casarme. No tenía intención de casarme nunca —le dijo, procurando ser honesto—. Pero entonces conocí a Jessica y pensé que aquello podría funcionar. Por eso no dejé que nadie supiera quién soy.

El nudo que Bella tenía en el estómago se hizo más fuerte.

—Porque pensaste que querías casarte con ella.

—Porque pensé que podría querer —le aclaró E. A.

—Y ella no tenía ni idea de que estaba en un casting.

Aquella rotunda conclusión le hizo preocuparse.

Hasta ese momento había estado dispuesta a escuchar, pero cuando se levantó de la silla, E. A. supo que no se tomaría muy bien el final de la historia.

La tensión que agarrotaba sus músculos le hizo levantarse tras ella.

—Querías la verdad. Te la estoy contando. Te dije que nunca hubo…

—Te creo en ese sentido. De verdad.

No se trataba de su hermanastra, sino de ellos dos.

—Creo todo lo que me has dicho. Absolutamente todo —le aseguró—. Porque ningún hombre admitiría algo tan retorcido de no ser verdad. Sólo quiero saber una cosa —en realidad tenía docenas de preguntas, pero sólo una importaba—. ¿Yo también soy una posible candidata?

E. A. tuvo la certeza de que Bella se estaba cerrando por completo.

—No fue así contigo.

—¿Y cómo se supone que yo voy a saberlo… E. A.?

Su nombre le parecía tan extraño… Se había enamorado de un hombre al que no conocía.

Ni siquiera sabía qué nombre representaban las letras.

—¿Cómo sé que no estás desesperado y que me ves como una opción más fácil que mi hermana? ¿Cómo sé que no me ves como una posible alternativa?

E. A. no podía negar la verdad de aquellas palabras, pero no sabía qué decir para borrar sus dudas.

Podía decirle que la quería, que deseaba cuidar de ella y de Edna, si se lo permitía. Podía decirle que la ayudaría aunque no quisiera nada con él.

No.

Cualquier cosa que dijera sonaría falso en ese momento.

Podría decirle que quería tenerla en sus brazos, en su cama y en su vida, pero ella siempre pensaría que sólo estaba diciendo lo que ella quería oír.

Se había pasado la vida diciendo que no necesitaba a nadie, que estaba mejor solo, y al ver que algo tan preciado se le estaba escapando de las manos, había vuelto a esa posición defensiva para protegerse.

—No sé cómo puedes saberlo. Nada de lo que diga ahora te convencerá de lo contrario, ¿me equivoco?

—Lo dudo mucho. Ahora mismo creo que debes irte.

—Bella…

—Edward… E. A. —dijo, aún más inquieta y nerviosa—. Lo último que quiero ser es un medio para lograr un fin. Por favor, vete.

Al no tener buenos argumentos, E. A. intentó rozarle la mejilla con la mano, pero ella rehuyó la caricia. Destrozado, desistió de su intento.

—Te veo luego —le dijo y recogió el abrigo.

Aquello no había terminado, pero en ese momento era imposible hacer otra cosa. Sin decir nada más, salió por la puerta, dejando a un lado el resentimiento y la impotencia. Su increíble espíritu de supervivencia nunca dejaría de luchar.

Bella había comprendido por qué E. A. Cullen evitaba ir de vacaciones. Todas aquellas celebraciones y expectativas le hacían sentirse… atrapado.

La desilusión se había cernido sobre ella antes de dejar Elmwood House. Había pasado una Nochebuena tranquila en la residencia, junto a las residentes y algunos familiares, pero los adornos y el árbol no habían conseguido devolverle el espíritu navideño. Llevaba todo un mes tratando de no pensar en aquel hombre que le había robado la alegría, pero los interrogantes se sucedían uno tras otro en sus pensamientos.

Todos seguían conociéndolo como Edward, y no hacían más que preguntarle por él una y otra vez. Querían saber cómo y dónde estaba; si estaría en la ciudad en Navidad…

La única certeza que podía darles era que no estaría allí por Navidad.

Kay y el resto del personal se habían llevado una gran decepción, pues tenían la intención de invitarle a cenar en Navidad.

Charlie también le había echado en falta y también había comentado que habían hablado de irse de escalada el verano siguiente.

Por lo menos, Bella tenía algo por lo que alegrarse. Kay y Charlie estaban saliendo juntos, pero al oírles hablar de E. A. constantemente, no podía evitar pensar que a ella también la había decepcionado.

Antes de su regreso a Seattle, ella le había evitado por todos los medios, y él tampoco había intentado verla o llamarla. Una semana después, la había llamado por teléfono, pero ella había esperado a que saltara el contestador. La tercera vez, en cambio, le había dejado un mensaje diciéndole que sabía que estaba evitándole y que se encontraba en la India. Iba a regresar a finales de mes y entonces la llamaría.

Ese día le había enviado flores.

No para ella, sino para su abuela. Edna ya no recordaba quién era el Edward de la tarjeta, pero las flores le habían encantado igualmente.

Bella la había dejado acariciando uno de aquellos hermosos capullos de rosa.

No estaba lloviendo, pero la suave neblina que empapaba el cielo nocturno hacía necesario el uso del limpiaparabrisas. Las luces de Navidad pasaban por las ventanillas a toda velocidad.

No tenía planes para esa noche, pero la tristeza que sentía no tenía nada que ver con ello, ni tampoco con lo mucho que echaba de menos a aquella mujer que en otra época hubiera podido decirle cuánto tiempo tardaba en cicatrizar un corazón roto. Podía visitar a alguna amiga, pero no le apetecía celebrar nada. La persona con la que quería estar la había traicionado, y sin confianza no había seguridad.

Estaba mucho mejor sola.

Con un suspiro, apagó la radio y giró la esquina que llevaba a su casa. Ya estaba harta del espíritu navideño. Se serviría una copa de vino y llamaría a Edward esa misma noche.

Había oído que mezclar una copa de vino con una llamada a un ex era muy mala idea, pero él era su único ex y quería decirle un par de cosas. En primer lugar tenía que devolverle el cheque que le había enviado para pagar sus estudios. No quería su dinero. Y también quería pedirle que no volviera a aparecer por su casa cuando volviera a los Estados Unidos. Por mucho que lo echara de menos, verlo de nuevo le haría mucho más daño.

Estaba preguntándose qué hora sería en la India cuando vio un impresionante Jaguar negro aparcado delante de su casa. Acababa de detenerse junto al coche para entrar en el garaje cuando E. A. se bajó.

Mientras decidía si se trataba de un espejismo, pisó el freno y miró atrás. Él era real. Y se dirigía hacia ella.

Bella no se molestó en meter el coche en el garaje y lo dejó delante de la casa. Agarró el bolso, respiró hondo para recuperar la calma y fue a su encuentro.

Ella no tenía intención de sonar tan cortante cuando le increpó:

—Dijiste que no volvías hasta fin de mes.

—Yo también me alegro de verte.

Al sentir su intensa mirada, que la recorría de arriba abajo, Bella suavizó un poco su actitud.

—Iba a llamarte —le dijo.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—Entonces, he hecho bien en venir —arqueó una ceja—. ¿Entramos, o prefieres quedarte bajo la lluvia y mojarte otra vez?

La neblina se había convertido en una espesa niebla que lo envolvía todo en un halo fantasmal. No tardaría mucho en humedecerle el cabello y la ropa.

Intentando olvidar lo que había ocurrido la última vez que se había mojado, se volvió hacia la casa y atravesó la franja de césped a toda prisa. Él le sujetó la puerta exterior mientras abría la de dentro. Al empujar hacia dentro, el árbol navideño de cintas rojas se tambaleó un poco y un intenso aroma a pino los recibió al entrar. E. A. cerró la puerta tras de sí, y ella se quitó el abrigo. Entonces se volvió hacia él. No quería pensar por qué estaba allí. Las posibilidades eran muy desconcertantes.

Sin saber qué hacer, decidió sacar un tema de conversación.

—¿Es ése tu coche?

—Uno de ellos. Vine en coche de Seattle. Todos los vuelos estaban completos y la tripulación del jet tiene un par de días libres.

—¿Tienes un jet?

—Es de la empresa.

«Claro», pensó Bella.

La joven lo miró de arriba abajo. Llevaba unos pantalones negros y un jersey de cachemire gris. La chaqueta de cuero y los zapatos debían de ser italianos. Cuando levantó la mano para apartarse el pelo de la cara, un Rolex de oro emitió un destello inconfundible bajo la luz de la entrada.

Edward Masen era impresionante, pero E. A. Cullen era decididamente deslumbrante.

Bella intentó calmarse recordando que lo había visto desnudo, pero el pensamiento no hizo nada para deshacer el nudo que tenía en el estómago. Todo su atlético cuerpo la volvía loca.

Bella fue hacia el comedor para cerrar las cortinas y encender la luz.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —dijo mientras buscaba el tirador de la cortina.

En la oscuridad de la noche podía ver su reflejo en el cristal de la ventana yendo hacia ella.

—Una media hora. Todavía estabas con Edna cuando llamé a la residencia. Kay me dijo que no sabía si tenías otros planes para esta noche, pero me dijo cuando te ibas —su reflejo desapareció con el movimiento de la cortina—. Pensé que podrías ir a casa de Jill si las cosas todavía iban bien entre vosotras. Había decidido volver por la mañana si no venías en media hora.

—No suelo hacer cosas con ella o con Jessica durante las vacaciones —dijo mientras cerraba las cortinas de la otra ventana—. Siempre pasan la semana en la casa de campo de los padres de Jill. Están en Aspen —dijo.

No se molestó en decirle que mientras tanto, ella le cuidaba las plantas.

E. A. se detuvo delante del pequeño árbol, completamente decorado. A ella le hubiera encantado tener un árbol grande y deslumbrante, pero no había suficiente espacio junto a la mesa del comedor.

—¿Kay sabía que estabas aquí?

Él empezó a tararear mientras contemplaba el árbol.

—Supuse que no aparecerías si sabías que estaba aquí, así que le pedí que no te lo dijera. Además, tenía que hablar con Charlie —dijo, como si preguntar por ella no hubiera sido una prioridad—. Hemos estado hablando de ir a escalar el próximo verano y tuve que mirar la agenda —frunció el ceño al reparar en la base del árbol—. ¿Cómo enciendes las luces?

Bella fue hacia el arbolito, se agachó, y lo enchufó a la corriente. Los adornos comenzaron a brillar a la luz de blancas bombillas diminutas. Había demasiadas luces, pero el árbol era suyo y a ella le gustaba.

—Vaya —murmuró E. A.—. Esto podría servir para que aterrizaran los aviones en el aeropuerto de La Guardia.

—¿Has venido por alguna razón, aparte de criticar mi árbol?

—Quería hablar contigo —le dijo sencillamente—. Y es un árbol impresionante. Un poco escuálido, pero impresionante.

—Edward… E. A.

—Es Edward.

Le gustaba oírla pronunciar su nombre.

—Edward Anthony Masen Cullen. Masen era el apellido de soltera de mi madre. Le gustaba mucho la aliteración —se encogió de hombros—. O eso me han dicho.

Tocó uno de los adornos. Era de color rosa y llevaba escrito la primera Navidad de Bella con purpurina.

—Los tienes desde hace mucho tiempo.

Muchos de ellos eran de su infancia. Recuerdos que había salvado de aquellas Navidades de las cuales apenas recordaba unos cuantos detalles.

—Algunos de ellos —dijo ella.

Él debía de estar pensando que era una sentimental.

—Nuestro árbol siempre lo preparaba un decorador. O quizá una florista. Lo único que sé es que el tema cambiaba todos los años y todos los adornos hacían juego. Nunca he tenido uno propio.

Con la punta del dedo índice empujó un adorno de cristal.

—¿Y esto qué es?

—Es un zapato de cristal —respondió ella tranquilamente.

Edward le dio la vuelta y leyó la inscripción dorada que iba del tacón a la punta.

—«Felices para siempre».

—Es de Disneylandia —le dijo, pensando que debía deshacerse de aquel adorno.

En otra época había sido lo bastante estúpida como para creer en esas tonterías.

—Todavía no me has dicho por qué estás aquí.

E. A. soltó el adorno.

Podría haberle dicho que estaba allí para renovar la donación benéfica de Elmwood House por veinte años más. Kay se había quedado sin palabras al oír sus intenciones, y también se había sorprendido mucho al ver su verdadero nombre completo y dirección, necesarios para las facturas de Edna.

Podría haberle dicho que sólo necesitaba verla con sus propios ojos y comprobar que se encontraba bien.

Sin más rodeos, Edward se tocó el pelo y fue al grano.

—Estoy cansado de dar vueltas, Bella.

Aunque seria, la expresión de Bella se tornó preocupada.

—No sé qué quieres decir.

—Quiero decir que estoy cansado de tachar cosas de una lista cuando por fin las hago. Me he pasado la vida persiguiendo cosas y consiguiéndolas. Pero ya he dejado de sentirme feliz cuando consigo lo que quiero.

Reconocer aquello le puso nervioso, pero sabía que debía sostenerle la mirada.

—Llevo toda la vida de proyecto en proyecto, de aventura en aventura, porque tenía miedo de frenar un poco. Y cuando por fin me atreví a hacerlo… Fue gracias a ti.

Él dio un paso hacia ella, pero ella no retrocedió.

—Cuando estaba contigo no sentía lo que solía sentir cuando navegaba, escalaba o me refugiaba en el trabajo. Por eso me quedé para trabajar en la residencia. No sólo necesitaba escapar. Necesitaba estar contigo.

Bella esquivó su mirada y en ese momento él dio otro paso.

—Sé que dudas de mí y no te culpo. Yo me alejaría de cualquier mujer que me engañara como lo hice yo, pero cuando empezó todo sólo estaba pensando en mi trabajo y en mis hermanos. No sabía que iba a encontrarte… Yo me enamoré de ti, Bella —dijo esas palabras con toda la calma del mundo, pero por dentro su corazón latía a mil por hora—. No lo planeé. En realidad no esperaba que pasara, pero pasó. Si todavía sientes algo, no quiero dejarte ir.

Sentimientos contradictorios rasgaban el corazón de Bella. El hombre al que amaba acababa de decir las palabras que llevaba mucho tiempo esperando oír, pero más que alegría, sentía una profunda incertidumbre.

Mientras libraba aquella batalla, buscó una señal en aquel rostro masculino. Edward tenía oscuras líneas alrededor de los ojos, y su voz sonaba segura y decidida.

Parecía muy cansado, fatigado.

—Sabes que me importas, Edward. En realidad, te quiero.

Él tenía que saberlo. Ella nunca se habría entregado a él de no haber sido así.

—Pero sé que necesitas una esposa que esté a la altura de tu posición.

Extrañamente aliviado, él levantó una ceja.

—¿Me quieres?

Bella se cruzó de brazos de forma defensiva.

—Ésa no es la cuestión.

—Cierto. La cuestión es que tengo la necesidad de casarme.

—Eso es.

Ella lo amaba. Ése era el mayor regalo que la vida le había hecho jamás. Edward extendió la mano y le acarició la mejilla.

—No necesito casarme —le aseguró mientras la veía resistirse a sus caricias sin mucho éxito—. Ya no tengo esa posición de la que hablas. Por lo menos no después de Año Nuevo. Lo dejo, y también la herencia. Y la isla —eso sí le dolió—. Dijiste que nunca podrías saber si me importabas de verdad. Librarme de los obstáculos me pareció la mejor manera de demostrarte que era sincero. Eso no quiere decir que sea pobre —le dijo al verla boquiabierta—. Tengo mi propio dinero —millones, en realidad—. Pero quiero seguir adelante con la empresa aquí. Tú tienes que estar cerca de tu abuela. Y creo que me va a gustar ser mi propio jefe. Sólo necesito otra oportunidad, bajo nuestros términos, de nadie más.

Bella guardó silencio y se limitó a mirarlo fijamente, sin atreverse a reavivar la esperanza. La duda y la desconfianza acechaban en su interior.

—¿Has renunciado a todo? ¿Por mí?

Él se encogió de hombros.

—No sabía que otra cosa hacer.

El corazón de Bella latía desbocado cuando él señaló el zapato de cristal del árbol.

—No necesito que nos casemos, pero quiero hacerlo. Casándome contigo puedo intentar lo del cuento de hadas. Pero primero necesito que vengas a Seattle conmigo.

Bella aún no sabía qué pensar. Él había renunciado a su herencia y a la isla por ella. Aquella isla en la que le gustaba navegar… Allí había hecho fotos de ballenas para ella.

—¿Por qué? —le preguntó Bella con la voz ahogada.

—Porque necesito que me ayudes a convencer a mi padre de que mantenga el acuerdo para mis hermanos. Yo puedo librarme porque no pierdo nada desobedeciendo sus reglas. Seguro que podemos lograr que me elimine. Por cierto —le dijo, tomándola en brazos—. ¿Qué quieres de regalo de bodas?

Con una mano sobre su chaqueta de cuero, Bella inclinó la cabeza hacia atrás. Estar a su lado era el mejor regalo de todos.

—No necesito un regalo de bodas.

—Claro que sí. ¿Por qué no compro la agencia? Así Jill y Jessica trabajarían para ti.

Un destello de picardía brilló en sus ojos.

Edward trataba de demostrarle que quería protegerla, pero ella no necesitaba una recompensa tan grande.

—Te lo agradezco —le dijo, acariciándole la mejilla—. Pero no quiero esa agencia. Tú sabes que trabajar ahí es sólo un medio para conseguir un objetivo.

—Ahora tienes distintos medios —bajó la cabeza y rozó sus labios con los de ella.

Bella suspiró al sentir el contacto.

—Te daré todo lo que desees —le dijo mientras le rozaba la comisura de los labios—. Puedes hacer lo que quieras —de camino a la otra comisura, la besó en el labio inferior—. Contrataremos a gente que se haga cargo de todo si todavía quieres ir a la facultad —sintió su aliento tembloroso sobre la mejilla—. Y cuanto estés lista, podemos tener niños.

Bella levantó la vista y buscó la sonrisa en sus ojos.

—¿Quieres tener niños?

—Sí. Claro.

Nunca había pensado en tener familia antes de conocerla, excepto en lo que se refería a no ser parte de ninguna, pero ella le había hecho ver lo importante que era la familia.

—¿Quieres que vayamos a practicar?

A Bella le pareció que le iba a estallar el corazón cuando vio aquel brillo en sus ojos. Sin embargo, no dijo nada. Simplemente sonrió y le rodeó el cuello con los brazos, poniéndose de puntillas para darle el beso que él anhelaba. Una vez le había dicho que tenía que enseñarle cómo se hacía, y eso era lo que quería en ese momento.

Bella lo besó con desenfreno y pasión, y él le devolvió el beso con el mismo frenesí, dejando claro que la había echado de menos tanto como ella a él.

Un momento después, sintiendo su cuerpo sobre los latidos de su corazón, la levantó en brazos y la condujo a través del pasillo, rumbo a su futuro.

De camino, le susurró algo.

—Lo tomaré como un «sí».