Recomendación Musical: "The World After" – Joshua & FLash
Los gritos de festejo se mezclaron con el sonido del vidrio chocando entre sí. Guardaron silencio por unos segundos para deleitarse con sus bebidas. La mayoría dejó escapar ligeros suspiros a medida que dejaban sus vasos sobre la mesa de centro. Parecía ser que los sofás estaban de adorno, pues todos ellos se encontraban sentados sobre la alfombra. Sin embargo, parecía que no le importaba a nadie, ya que todos continuaron riendo y acabando con sus bebidas.
Muchos brindaban con alcohol, pero ellos lo hacían con soda.
―De nuevo ―una de las dos féminas exclamó cuando supo que atraería la atención de todos―, ¿por qué brindamos?
El resto intercambió miradas entre sí y callaron por unos largos segundos. Sabían que no era cosa de todos los días el decidir hacer una reunión en casa de su amiga, mucho menos sin algún motivo aparente. La verdad era que sólo querían pasar un tiempo todos juntos.
Su hermana había regresado una semana a su país natal, puesto que surgió un percance en su trabajo. Luego de dejar a la menor en el cuidado de su mejor amigo, prometió apresurarse y regresar en menor tiempo acordado. Pero ambos adolescentes la habían tranquilizado y asegurado que todo se encontraría perfecto.
Como la Copa de Invierno femenil estaba en proceso (adelantándose a la varonil ese año), ella debería estar más ocupada con su equipo. Todavía faltaban semanas para que ellos comenzaran con la propia, por lo que no habían podido tener un día libre para pasarlo en amigos…, hasta entonces.
―¿P-por la aseguración de Tensai en la "Liga Final"? ―el único rubio respondió con una pregunta o, por lo menos, era lo que su tono demostró.
―¿Por lo verde de las plantas? ―el oji-azul continuó.
―¿Por el calor que da el Sol? ―se unió el peli-morado.
―¿Necesitamos alguna razón para pasar tiempo con los amigos? ―quiso saber el oji-rojo, quien tomó el último sorbo de su bebida y se dirigió hacia la dueña del departamento.
―Claro que no ―respondió ella tras unos segundos de silencio.
Todos regresaron a sus risas, dejando a Katomi meditando en silencio.
Eran dos días después del inicio de la Copa de Invierno femenil. Como ya era establecido, inició con las disputas entre los 'Mejores de Cuatro'. Tensai, su familia y equipo, se enfrentó contra la Preparatoria Gazō y terminó con un puntaje de ciento uno a noventa y siete, favor las mejores Reinas. Las otras tres vencedoras fueron la Preparatoria Togimasu, la Academia Chishiki y el Instituto Josei. Muchos creerían que las ganadoras de la Liga Final serían Tensai y Togimasu, pero, cierto era que Chishiki llegó muy fuerte y debían cuidarse de sus jugadoras.
A Katomi le había parecido un tanto extraño que la 'Generación' y sus hermanos le hubieran llamado para realizar una reunión dentro de su casa. Ella no veía razón para objetar ante ello, pues no había pasado mucho tiempo con ellos últimamente. Y la razón tenía el nombre de una escuela. Desde que comenzaron los preparativos para la Copa de Invierno, Shijima se volvió más exigente en los horarios y las titulares llegaban a quedarse en el gimnasio hasta las diez de la noche. Ella las acompañaba gustosa, pues quería aprender con rapidez si es que quería volverse mánager.
La mayoría del equipo no se alegró al dar su noticia de volverse la siguiente mánager; inclusive el entrenador se mostró nervioso. Las únicas que parecieron alegres fueron las reclutas de primero, en especial Tōdai y Sainō. Por más que quería descubrir las razones, nadie se atrevía a abrir la boca. Dado a que llegaba a los entrenamientos nocturnos con ese mismo camino, notó que sus compañeras procuraban no revelar la mayor cantidad de información; ni siquiera decían los nombres de las siguientes contrincantes.
Le parecía interesante la forma en que Tensai se reconstruía; puede que fuese paso a paso, pero estaba segura que el equipo sería el mismo cuando llegase el primer partido de los Octavos de Final. Recordó que su psicóloga había dicho algo parecido.
¿Cuándo fue la última vez que iba a consulta?
Desde la vez que se excusó por ver la final de la Inter-Escolar femenil, había faltado más y más: sólo fue dos veces en agosto y una en lo que llevaba de septiembre. Esperaba porque Alexandra la despertase una mañana y la llevase a rastras hasta el 'Centro de Ayuda', pero su hermana jamás volvió a obligarla. Creía que era algo extraño que le dejara ausentarse a sus terapias, hasta que se percató que, entre menos se presentara, mejor sería para su rehabilitación.
No era necesario aclarar que Nentō Sawa haría todo lo posible por mantener a Katomi lejos de su consultorio. Aquella mujer tenía una rara idea de trabajar mejor de lejos y no sólo con sus datos, sino en el progreso de sus pacientes.
―Y ―la voz de Kagami la sacó de sus pensamientos y le hizo regresar su mirada hacia el ambiente en el que estaba―, ¿ahora…?
Katomi sonrió con ligereza al encontrarse con el rostro de todos los reunidos en ese instante: Kise yacía recostado sobre la alfombra bajo la mesa de centro, Momoi y Aomine estaban boca arriba, con las piernas sobre el torso del rubio; Kagami, Himuro, Kuroko y Murasakibara se encontraban sentados con la espalda contra uno de los sofás y acompañados de Trauern, ya de un año y cuatro meses; Akashi sonreía a su derecha y Midorima, a su izquierda. Recordó haber invitado a Nijimura (pese a las reclamaciones de su mejor amigo), pero éste se negó, puesto debía terminar un trabajo fuera de Tokio.
―¿Jugamos "Verdad o Reto"? ―la oji-rosada opinó con emoción.
―No ―replicó el as de Yōsen con su famoso tono aburrido―. Siempre que jugamos eso, alguien termina corriendo por todo el edificio en calzones…, y me refiero a Mine-chin.
―Por cierto, Dai-chan ―la americana exclamó y atrajo la mirada del avergonzado moreno―, la lunática del piso de abajo me pidió tu número.
―Por supuesto que no se lo diste, ¿¡cierto!? ―Aomine demandó en un tono asustado, por lo que frunció el ceño cuando su amiga desvió la mirada― ¡Kat!
―¿Qué les parece un juego de mesa? ―intervino el capitán de Rakuzan y salvó a la chica de un posible asesinato.
―El único juego que todavía tiene sus piezas completas es el Shogi ―Katomi aclaró, antes de mirar al resto―. ¿Quieren ju…?
―¡No! ―respondieron casi todos en unísono, evitando así que Akashi accediera.
―Mientras deciden ―exclamó Himuro, antes de levantarse del alfombrado suelo, tomar un tazón vacío en manos y girar hacia la cocina―, serviré más frituras.
―¡Ah! ¡Oi, Tatsu-chan! ―le apodó la menor de las García y, a pesar de que él estaba preparando más frituras en el horno de microondas, captó toda su atención― ¿Sí te quedarás con Alex y conmigo al acabar la preparatoria?
―¿Eh? ―Murasakibara llevó su mirada hacia el par de hermanos― Muro-chin, ¿piensas vivir aquí después de terminar tercer año? ¿Por qué?
―Es lo que tengo planeado, hasta ahora ―afirmó el azabache, mirando de reojo por si las frituras estaban listas―. Cierto es ―tomó una bocanada de aire y apretó los puños con fuerza, sólo para aligerarlos y obligar a relajarse―, que no le había dicho a nadie, pero pienso ir a una Universidad en América. Como los exámenes son en verano, tendré unos cuantos meses para estudiar mejor y tal vez conseguir un empleo de medio tiempo. Me quedaré aquí porque queda cerca del aeropuerto de Narita y si estas locas hermanas deciden cobrarme, sólo deberé huir hacia allá.
Todos rieron por tal comentario, dejando al oji-gris vertiendo las frituras en el tazón. Votó la envoltura dentro de una bolsa de plástica que colgaba de la perilla de un cajón. Mientras regresaba con el resto, se procuró de no dejar caer nada, así como ingerir un poco sin que nadie se percatara. Cuando se sentó, esperó encontrarse con las miradas tristes o desconcertadas de Kagami y Murasakibara, pero encontró a ambos con sonrisas en sus labios.
―Estoy seguro que te aceptarán ―el oji-carmín declaró y colocó una mano sobre su hombro―, aquí, en América o en donde quieras estudiar.
―Demasiado amor de hermanos ―Aomine burló con una sonrisa torcida―. ¡La noche es joven! ¿Cómo podemos pasar otras dos horas?
―¿Una película? ―propuso el capitán de Yōsen tras unos segundos de meditación.
―¡Pero que no sea romántica! ―Kise exclamó, levantando un brazo y mostrando su puño cerrado― La última estuvo muy triste…, todavía no he podido superarla.
―Entonces ―Midorima se masajeó un poco la barbilla, sin dirigirse hacia alguien en específico―, ¿de terror?
―Siempre que elegimos una película de terror, ustedes terminan durmiendo aquí, según porque tienen miedo de regresar solos ―les recordó la oji-naranja―. Se asustan de todo.
―Eso no es cierto, Katomi-san ―la sombra de Seirin replicó, pero aquello causó una serie de gritos entre todos los invitados; nadie lo esperaba a un lado de Kagami.
―Seguro ―Katomi exclamó con un notorio sarcasmo en su tono y suspiró con pesadez―. Sólo si prometen no quedarse en una pijamada de…
―¡Lo prometemos! ―los nueve gritaron al mismo tiempo.
―Sé que me arrepentiré de esto ―declaró con una divertida sonrisa en rostro―. Tai-chan, ¿podrías traer las películas? Están en el estante inferior.
Kagami asintió y se levantó de un sólo movimiento. Avanzó hacia el mueble donde yacía la televisión y comenzó a buscar por el estante. Sus ojos carmín captaron cinco cajas, por lo que las sostuvo con sus dos manos y se giró hacia la mesa de centro. Esparció las cinco películas por el cristal, dejando a la vista de casi todos (excepto Kise) las portadas. Una mostraba a un payaso; otra, unas cadenas; luego, un cuchillo ensangrentado; la cuarta, un rostro desfigurado a través de la visión nocturna de una cámara; y la última, un ojo amarillento de reptil.
―Ésta se ve interesante ―Midorima fue el primero en opinar, apuntando la portada del rostro desfigurado con un dedo índice y vendado.
―"Un grupo de amigos se reúne para iniciar con una expedición urbana ―el as de Kaijō, quien tenía las sinopsis frente a sus ojos, comenzó a redactar―. Al llegar a una mansión abandonada, la cual establecieron como punto tras varios meses atrás, extraños sucesos empiezan a presenciarse. Poco a poco, esta extraña actividad adquiere intensidad, al punto que ellos deciden abandonar el lugar…, pero no saben que una vez que se entraba en ese lugar, ya no habría forma de salir."
―Me niego ―la americana exclamó de repente y atrajo todas las miradas hacia ella―. Los vecinos se quejarán de los gritos de niña que vienen de este departamento. ¿Alguna vez han visto a la anciana de enfrente lista para matar con su bastón? ¡Da miedo! Y, entre todos, ¿quién está en mayor desventaja?
―Ve el lado positivo ―Kise se recorrió un poco y terminó encima de las extremidades inferiores de la fémina―, te sacrificarías por nosotros.
―Now you just…!
―Por favor, Katomi ―interrumpió Akashi y detuvo justo a tiempo un movimiento peligroso que estaba por realizar la mayor―. Todos somos estudiantes de preparatoria, a tan sólo unos años de convertirnos en adultos. ¿Cómo puedes creer que una película con rostros deformes podrá sacarnos de nuestras casillas?
―Cuatro caben en mi cama ―murmuró la peli-naranja, al parecer, sin escuchar la pregunta del menor―, cuatro en la de Alex, y Satsu-chan y yo estaríamos bien en la habitación de huéspedes…
―¡Katomi! ―los nueve gritaron al mismo tiempo, atrayendo la atención de Katomi.
―Muy bien ―accedió ella con mucha resignación―. Tai-chan…, por favor.
El oji-carmín asintió y sujetó la caja de aquella película. Como ya había pasado varias noches dentro de aquel departamento, sabía cómo funcionaba todo a la perfección. Se acercó hacia el reproductor de películas e insertó el disco. Tomó el control remoto y regresó hacia su lugar. Todos guardaron silencio y esperaron porque las primeras imágenes aparecieran en pantalla.
Mientras Katomi veía con detenimiento su televisor, sintió el ligero roce de una mano sobre su muñeca. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo sin su consentimiento. Cuando miró de reojo, se encontró con su mejor amigo invitándola a recargarse en su pecho. Ella debía aceptar que la base de su sofá no era muy cómoda, así que accedió sonriente. Pareció ser que el peli-verde no se percató de la reacción de la americana y no tenía razón para darse cuenta.
Las primeras imágenes aparecieron en el televisor, pero la mente de la oji-naranja estaba lejos de concentrarse en ellas. En lugar de eso, bajó su mirada hacia sus antebrazos y recorrió sus extremidades hasta detenerse en las muñecas. Con mucha atención, se apreciaban varias cicatrices sobre ellas; algunas cortas, otras largas, profundas, tenues…, pero todas con la misma longevidad.
Katomi abrió sus párpados en sorpresa y cerró sus oídos, ignorando por completo el audio de la película. De un momento a otro, se preguntó a sí misma cuándo fue la última vez que las ocultó. Antes de su accidente, solía maquillar sus muñecas y antebrazos para que esas marcas no brillaran. Cuando miró de reojo a sus amigos, supo que nadie, pese a haber visto las cicatrices, preguntaría la razón de ellas. Todos conocían la historia.
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Los fuegos artificiales se mezclaron junto a las campanadas. Había llegado el Año Nuevo. Lejos del umbral festivo, familiar y amistoso, una solitaria silueta corría por la calle vacía; sus jadeos aumentaban de intensidad, pero eso no cesó su carrera. Sentía cómo las piernas comenzaban a fallarle, pero estaba muy cerca. Tan sólo esperaba no llegar muy tarde.
Su familia había decidido pasar vacaciones de invierno en Europa; sin embargo, cuando recibió la llamada de ambas, convenció a sus padres de regresar a América lo más rápido posible. Como ellos tenían entendido lo delicado de la situación, emprendieron vuelo de regreso. Ambos intentaron convencerlo porque permaneciera en casa a celebrar la llegaba de otro año, pero él prefirió correr hacia la casa de esa chica.
'―No puede ser verdad ―se repetía en su cabeza―. Debe ser mentira.'
La casa de los padres de la chica apareció en su campo de visión. Parecía estar vacía, pues no había luz encendida; aun así, algo le decía que ella se encontraba dentro. Aumentó su velocidad, atravesó el jardín y saltó hacia el portón. Al mismo tiempo que resbalaba por las escaleras, gritó el nombre de la chica. El silencio fue su respuesta. Pensó en llamar a la puerta, cuando ésta se abrió por la fuerza de su cuerpo. Aquello le asustó aún más.
Él conocía el lugar a la perfección, por lo que atravesó la sala de estar a oscuras y llegó a la cocina. Encendió el interruptor de la luz, pero estaba vacía. Sin siquiera volver a apagarlo, corrió escaleras arriba. No le importó tropezar unos escalones. Al llegar al segundo piso, se dirigió de inmediato hacia la izquierda, con dirección hacia la habitación. Ni siquiera se tomó la molestia de llamar a la puerta o pedir permiso para entrar, cuando giró la perilla y forzó su entrada.
La luz de otro fuego artificial le hizo quedarse congelado en el marco de la puerta.
Sus pupilas se contrajeron por la escena que vio por sólo una fracción de segundo. Juró haber visto el brillo de una navaja sobre la alfombra, un charco de sangre manchando las sábanas, gotas resbalando de sus muñecas, lágrimas cayendo de sus ojos y el corazón roto de una personita víctima de la crueldad. No esperó porque otro centello de luz apareciese, así que corrió hacia ella y la envolvió con sus dos brazos. Sintió su espesa sangre mancharle los brazos, pero no le importó. Sus lágrimas caían sobre su hombro, pero sólo aumentó la fuerza del estruje.
Había llegado demasiado tarde. Cuando el Año Nuevo llegó, cuando la primera campanada sonó, el primer corte recorrió su muñeca.
Himuro se maldecía a sí mismo por no haber salido cinco minutos antes. Tal vez, sólo tal vez, hubiese podido evitar ello. Él la conocía desde hace años y sabía que algo tuvo que haber muerto dentro de ella para llevarla a hacer algo tan desquiciado. "Desquiciado". ¿Era esa la manera de referirse a la inesperada muerte de sus padres? Llegó también a conocer a Oleguer y a Chassidy, y no podía creer que ambos hubieran muerto en un accidente automovilístico en el cumpleaños de su hermana. ¿Por qué? ¿Qué habían hecho para merecerse eso? ¿Qué habían hecho las hijas? ¿Qué había hecho Katomi?
Las palabras se le esfumaron cuando revolvió la enmarañada cabellera de la menor. Se preguntaba el paradero de la mayor de las hermanas. ¿Cómo pudo haber dejado sola a Katomi? Pero, de nuevo, ella también sufrió la pérdida de sus padres. No le sería fácil conseguir la fuerza para convertirse en el soporte que necesitaría su hermana. ¿Qué podría necesitar Katomi para salir de ese trágico evento? Himuro sabía la respuesta…, pero ambos estaban muertos.
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Las siguientes semanas no fueron mejor para Katomi. Después de que Himuro le recogiera su navaja, no encontró razón para volver a lastimarse a sí misma, hasta que se percató de la depresión de Alexandra. Pese a ser una mujer de casi treinta años, la rubia no soportó la pérdida de sus padres y encontró refugio dentro del alcohol. La menor de las hermanas hacía todo lo posible por alejarla de los bares, pero no parecía escuchar. Estuvo varios días pensando en irse a vivir con algún otro familiar, pero los únicos que conocía residían en Florida, Madrid o la Ciudad de México. La otra opción era mudarse con algún amigo, pero no quería causar molestias. Hubiese podido si su hermano menor se encontrara en el país.
Todavía debía encontrar solución a la disputa entre Himuro y Kagami…, aunque tenía problemas más importantes que eso.
Había descartado la idea de abandonar el hogar sus padres, puesto que no quería abandonar a Alexandra. Su hermana la necesitaba tanto como ella lo hacía. Ella tenía su propio departamento; sin embargo, solía pasar mucho tiempo en la casa de sus padres sólo para cuidar de la menor. De la misma forma que ella ocultó su dolor en un "rasguño de gato", Alexandra lo hizo con "me desvelé anoche". Aunque todo eso cambió el día en que Katomi decidió detener a la mayor por la fuerza, sólo para recibir el primer golpe de parte de ella.
Al estar con el trasero sobre la alfombra, levantó la mirada para esperar una disculpa o, por lo menos, alguna excusa. Lo único que encontró fue una expresión indiferente y una línea horizontal en sus labios. La rubia cerró de un portazo. Y ella corrió hacia su cuarto. Se encerró en él con todo y cerrojo. Por primera vez en semanas, supo que Alexandra no estaría sufriendo si ella no les hubiera hecho ir al cine por su cumpleaños, sino hubiera decidido irse a Japón, si dos cromosomas x no se hubieran cruzado. Ella era la razón de que todo se estuviese hiendo hacia abajo. Juraba estar escuchando las palabras de odio de sus padres.
Sujetó su cabeza, apretó sus dos párpados y soltó un agudo grito. Sólo quería que las voces cesaran. Estaba a punto de volverse loca, si es que no tenía ya esquizofrenia.
Pasados unos segundos más, volvió a abrir sus párpados y se encontró con su habitación iluminada y totalmente vacía. Era como si tuviese un diminuto momento de paz y tranquilidad, pero ella misma lo destruyó. Con un movimiento frenético, se giró hacia su cómoda, jaló la perilla de un cajón y un notorio brillo le golpeó en los párpados. Creía que Himuro se había llevado todas las navajas consigo.
Con una mano temblorosa, sujetó el arma entre su dedo índice, medio y pulgar. Cerró de nuevo el cajón y admiró la cuchilla con la luz del atardecer. Pasó el dedo índice de su mano izquierda y comprobó el filo: su dedo comenzó a sangrar. Encarnó una ceja al ver su sangre viajar y no sentir ni un poco de dolor. De seguro, pensó, aquel era su castigo: ya no sentir el dolor. A tientas, parecía una exageración; pero, para ella, tenía completo sentido: no creía encontrar mayor dolor que el que sintió cuando vio los cuerpos inertes de sus padres. Y comprobó aquello cuando pasó la navaja por su muñeca una vez, dos veces, tres…, diez…, trece. Siguió con la muñeca derecha: once.
Veinticuatro cortes en total.
No le importó que las sábanas se pintaran del color de su sangre, así como la alfombra. Al igual que sus brazos, luego las lavaría. Dejó pasar unos largos minutos, hasta que decidió levantarse e ir al baño. Ya dentro, abrió la llave de la regadera y dejó que el agua fría se llevase la sangre seca consigo. Era un ardor que le parecía apacible, como si sus padres la culparan cada vez menos. Cerró la llave por un singular tono. Regresó a su cuarto y observó la pantalla de su nuevo celular iluminada. Se trataba de la llamada de un compañero suyo, con quien supuestamente le enseñaría a jugar baloncesto. Acordó el lugar de encuentro y se preparó para salir: un pants violeta, unas zapatillas azules y una sudadera gris.
Cuando llegó, fue recibida por cuatro chicos de alta estatura (inclusive para ella, que estaba comenzando a crecer), quienes le preguntaron la causa de su labio partido. La peli-naranja se maldijo a sí misma por no percatarse de ese pequeño e insignificante detalle, tal y como les respondió. Como ella no tenía muchas ganas de estar bajo el cielo de atardecer, comenzaron con la práctica.
Se detuvieron cuando el cielo cambió a un tono azul-rey.
Los cuatro muchachos le agradecieron y se ofrecieron a llevarla a casa, lo cual ella negó. Como "plan b", le invitaron algo de lo que ella no era muy fanática: un cigarrillo. Cuando llegaba a toparse con alguien fumando, usualmente se alejaba o fruncía el ceño. No toleraba su olor. Entonces, ¿por qué estaba a punto de encender uno?
Ellos le enseñaron cómo inhalar y expulsar el humo. Después de varias tosidas y quemaduras de garganta, logró inhalar su primera bocanada y expulsarla al cabo de unos segundos. Algo dentro de ella le decía lo mal que estaba haciendo, pero otra parte, más poderosa, la alentaba y obligaba a abrazar la sensación del humo atravesar su sistema respiratorio.
De esa forma, era probable que encontrase a sus padres una segunda vez.
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Himuro se había hecho la idea de que las hermanas estaban pasando por una faceta muy difícil y, eventualmente, lograrían superarla con la ayuda de la otra. Sin embargo, cuando sus padres le prohibieron continuar con los entrenamientos junto a Alexandra y visitar a Katomi según porque "no estaban en las mejores condiciones", no lo toleró ni un segundo más. Y a eso no le ayudaba recordar el día en que encontró a la peli-naranja con el labio roto e impregnada de un hedor de cigarro. Más tarde, cuando la vio por primera vez sujetando un cigarrillo, descubrió algo más que le hizo darse cuenta que necesitaba hacer algo: los cortes de navaja o los "rasguños del gato que no tenía", como ella le respondió.
Dejó que un grito se escapase de su garganta. Sólo hizo que aumentara la velocidad de su carrera. No le importaba lo que sus padres le dijeran. Él debía hacer algo para que ambas hermanas volviesen a ser las mismas. Aunque eso sonaba muy bello para ser verdad: ¿se podía ser el mismo después de la muerte de los seres más importantes en tu vida? Mientras corría, Himuro abrió los párpados en descubrimiento. Ya tenía la respuesta. Y justo detuvo su carrera, pues había llegado al lugar.
Soltó pesados jadeos y sujetó sus rodillas con considerable fuerza. El sudor resbalaba de su cuello, nuca y sienes. Al pasar unos segundos más, se reincorporó y estudió el local que tenía enfrente. Observó al hombre que cuidaba la entrada, pero no le tomó mucha importancia. Sabía que ella se encontraba dentro. Nada le impediría hacerle entrar en razón, ni siquiera ser menor de edad para entrar en un bar.
Ignoró los gritos del hombre y empujó ambas puertas. De inmediato, lo golpeó un aroma a sudor, alcohol y cigarrillo. Agudizó su olfato y reconoció un leve hedor a marihuana. El lugar estaba iluminado, pero, aun así, las sombras prevalecían. Sus pupilas se contrajeron cuando chocó con la cabellera rubia de la mujer, por lo que evitó el agarre del hombre, pasó a través de las sillas y se detuvo frente a la rubia.
―¿T-Tatsuya? ―ella preguntó, encarnando una ceja y dándole la espalda al hombre con quien estaba― ¿Qué haces aquí?
―Buscándote ―respondió él con frialdad―. Y te encuentro malgastando tu tiempo y dinero en el alcohol, mientras tu hermana, tu única familia, se quita la vida con lentitud. Dime, Alex, ¿estás consciente de la situación?
―K-Katomi es fuerte ―Alexandra recalcó tras unos segundos de silencio―. Saldrá de ésta en un tiempo.
―¡Han pasado meses y no hay cambios!
―Yo, Alex ―el hombre detrás de la mujer la sujetó del hombro y le sonrió al azabache―. ¿Quién es este niño? ¿Ahora trabajas de niñera?
Risas prosiguieron a tal pregunta. Lo único que hizo Himuro fue ignorar las carcajadas y centrar su atención en Alexandra. Por su parte, la mujer cerró los párpados, suspiró con ligereza y colgó la correa de su bolso en su hombro.
―No deberías estar aquí ―le dijo al menor―. Regresa a casa y…, por favor…, no vuelvas a acercarte a mi hermana o a mí.
Las pupilas de Himuro se contrajeron. Jamás, nunca, hubiese esperado tal petición. Creía que sus padres estaban equivocados. No podía ser que su maestra le estuviera pidiendo lo mismo. Alzó su mirada hacia la mujer y frunció el ceño. Juraba tener una expresión desgarradora, pero Alexandra no parecía importarle. Dio unos pasos hacia atrás y pensó en obedecer a la mayor, cuando algo dentro de él le hizo permanecer en su lugar.
―Alex ―alzó la mirada hacia la mayor e inhaló con fuerza, antes de preguntar lo que tenía en mente―: ¿Qué te hizo Kat para que terminaras golpeándola?
El silencio llenó el bar. La mayoría porque se percató de la presencia de un menor dentro del lugar y querían escuchar la disputa; otros pocos porque conocían a Alexandra y no la creían capaz de golpear a su hermana menor. De inmediato, todas las miradas se centraron en el cuerpo de la oji-esmeralda, quien contrajo sus pupilas en miedo.
―Y-yo…, yo nunca quise hacerlo…
―Pero lo hiciste ―Himuro mantuvo su tono y postura, y se obligó a cumplir con su trabajo―. ¿Has hablado con ella desde ese día? ¿Te has acercado a tu hermana menor para saber lo que está ocurriendo? ¿Te has dado cuenta de sus cortes o que comenzó a fumar?
―¿Q-qué? Ella… ¿por qué?
―No lo sé, Alex. ¿Será por qué su única familia encontró resguardo en el alcohol? ―contestó con otra pregunta. Esperó porque la mayor respondiera, lo que sabía, no sucedería― Dices que ella es fuerte y eso lo tengo bien entendido. Pero, de nuevo, a su edad, ¿tú perdiste a tus padres? Tan sólo tiene quince años, y está recurriendo a navajas para pedirles perdón a sus padres y al cigarro para que tú puedas perdonarla.
―'Perdonarla' ―repitió en un tono extrañado―. ¿De qué? ¿Por qué?
―¡Porque ella se siente culpable de la muerte de sus padres! ¡Piensa que, si no hubiera celebrado su cumpleaños, no estarían muertos! ¡Se odia porque una hija no planeada le arrebató sus padres a la única hija esperada!
Algunos jadeos se escucharon entre los clientes, inclusive el hombre que perseguía a Himuro. Los pocos que conocían a las hermanas García, desviaron las miradas y prefirieron ya no escuchar la disputa. Hubo clientes contados que abandonaron el lugar.
Y Alexandra tuvo que sostenerse de la barra del bar para no caerse. Tal vez era el efecto del alcohol, la falta de sueño o el excesivo estrés. Sin embargo, de un momento a otro, su mente dibujó el rostro de su hermana menor…, cuando era bebé, infante, niña y, en ese momento, joven. Sonrió al imaginarla, en un futuro no muy lejano, como una adolescente, joven adulta y, años más tarde, como una hermosa mujer independiente. No se molestó en limpiar la solitaria lágrima que resbaló por su mejilla.
―Alex ―Himuro volvió a llamarla―. Sé que les es difícil todo esto; no me imagino ser testigo de la muerte de mis padres, ni siquiera me atrevo a imaginarlo. El papel de la vida debe ser que los padres fallezcan antes que los hijos, pero no a tan joven edad. Kat no ha vivido lo suficiente para estar lista para desprenderse de ambos…, pero tú sí. No te pido que ignores tus sentimientos para poder ayudarla…, sólo que seas fuerte por ambas. Entiende que ahora solamente se tienen a ustedes dos; ya no hay quién les ayude o apoye. Soy incapaz de hablar por Kat, pero sé que ella te ayudará tanto como lo hagas tú.
―Este niño sí que sabe hablar ―burló el hombre y se ganó la mirada del apodado―. Creer que una mocosa sea lo más importante en la vida, ¿no, Alex?
―Créelo o no ―la rubia respondió―. No me imagino despertar un día sin tener esa mirada llena de curiosidad y admiración con la que nació, sin ser contagiada por su carismática actitud, sin reír por alguna de sus bromas, sin sentirme con vida sólo por tenerla a mi lado ―miró sobre su hombro y observó al hombre con una mirada llena de frialdad―. Esa mocosa lo es todo para mí.
Acto seguido, Alexandra sujetó la muñeca de Himuro y ambos atravesaron las mesas, sillas y al hombre de seguridad. Ambos empujaron las puertas y dejaron que la luz del atardecer los envolviese. Corrieron por un par de cuadras, hasta que se detuvieron cerca de cierta casa. Los jadeos los envolvieron, así como el sudor. Levantaron la mirada y las cruzaron, hasta que dibujaron sonrisas en sus propios labios.
―No sé qué haría sin ti, Tatsuya ―exclamó la mayor, pero, de un momento a otro, dibujó su rostro en una expresión culpable―. Lamento haber sido una completa idiota…, yo…
―Alex ―el japonés la interrumpió al recargar su mano en su hombro―. Guarda todo eso para Kat…, te apuesto a que lo necesitará.
Sin más qué decir, Himuro dio media vuelta y avanzó por la banqueta por la que llegaron. Alexandra permaneció observándolo por unos segundos, hasta que bajó su mirada hacia sus pies y sonrió. Volvió a levantar su vista y la dirigió hacia la casa. Ésta se encontraba a oscuras; no parecía que alguien estuviese en el interior. Y, sin embargo, había alguien dentro. Su hermana. Katomi.
La rubia se aclaró la garganta y comenzó a avanzar por el jardín. Atravesó el césped sin cuidar y subió por el polvoriento portón. Buscó las llaves en su bolso y, así, abrió la puerta de entrada. Como esperaba, la sala de estar estaba completamente a oscuras; el interruptor apagado y las cortinas cerradas. Ni siquiera observó la cocina, puesto que sabía que la persona indicada estaba en su habitación. Empezó a subir las escaleras y esperó porque sus padres pudiesen perdonarla por haber sido una completa idiota.
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Katomi aceptó la cajetilla que los chicos le habían regalado.
Se encontraba recostada en su cama, vistiendo solamente un top deportivo, un short corto y unas zapatillas casuales. Las sábanas color crema tenían manchas oscuras que, por la falta de luz, se veían marrones. Había cerrado sus dos cortinas, pero podía ver el reflejo de la luz de atardecer. A su costado izquierdo, yacía la cajetilla de cigarrillos, casi vacía excepto por tres artilugios. A su derecha, su navaja ensangrentada.
Ella tenía sus brazos sobre su descubierto abdomen, el cual comenzó a ensuciarse también de sangre. Desde hacía semanas, los cortes o "rasguños" se habían vuelto mucho más profundos y largos. Tenía entendido que era probable que nunca desapareciesen, pero ya no le importaba. Si no moría de una infección o pérdida de sangre, lo haría del cáncer del cigarrillo. No tenía algo más que perder: sus padres estaban muertos, la 'Generación Milagrosa' se olvidaría de ella, Kagami Taiga estaba en otro país, Himuro Tatsuya tenía prohibido verla, Nijimura Shūzō la había abandonado y su hermana ya no estaba con ella.
Estaba sola.
Colocó uno de sus brazos sobre su frente y cubrió sus ojos. Sintió la textura de la sangre seca y las pocas gotas que emanaban de su muñeca. Algunas gotas cayeron sobre sus mejillas y labios, haciéndole saborear una sustancia metálica. Al cabo de unos segundos, ese sabor se mezcló con otro, pero salado. Las lágrimas comenzaron a correr con mayor intensidad, hasta el punto que encontró un nudo en su garganta y mucosidad en su nariz. Quería gritar. Quería desaparecer. Quería morir.
Ya no soportaba estar con vida. En las últimas semanas, se había hecho la idea que nunca debió haber nacido. Fue una sorpresa. Un error. Después de todo, era una hija no planeada. Sus padres nunca debieron haberla tenido. Ellos ya estaban alegres con Alexandra como hija única. ¿Cuáles habrían sido sus expresiones cuando descubrieron el nuevo embarazo? ¿Por qué no se giraron hacia el aborto? Todo hubiera sido mejor si ella no hubiese nacido.
Cuando bajó de nuevo su brazo y abrió los párpados, se encontró con el cuarto iluminado.
Por instinto, se sentó en el colchón y sujetó su navaja enfrente de ella. Sus pupilas se contrajeron al observar el marco de la puerta y encontrarse con la silueta de alguien bien conocida: su madre. Ella avanzó un paso y se convirtió en Oleguer; luego, en Iridia. Nijimura, Midorima, Kagami, Himuro. Cuando la silueta se detuvo a un costado de la cama, por fin pudo ver de quién se trataba en realidad: Alexandra.
Katomi soltó su navaja y gateó hacia atrás, haciendo más grande la distancia entre ambas. Su respiración se aceleró al verla bajar su mirada esmeralda hacia ella. ¿Desde cuándo le tenía miedo a su hermana mayor? Tragó saliva cuando Alexandra guio su atención hacia la navaja en la alfombra y la cajetilla en el colchón. Ella pasó una mano sobre las manchas de las sábanas y suspiró con pesadez, antes de centrar toda su atención en la oji-naranja.
―Debes creer que soy una idiota ―la rubia exclamó repentinamente, consiguiendo la expresión extrañada de la menor como respuesta―. No te preocupes ―se sentó sobre el colchón, cuidando de no cubrir las manchas de sangres―, yo misma lo sé. Me pregunto qué pensarán Mamá y Papá. Si pudiesen hablarme, creo que dirían que soy la peor hija que alguien pudiera tener. Pero ellos no pueden, ¿sabes por qué? ―vio de reojo cómo la peli-naranja desviaba la mirada y dejaba que las lágrimas volviesen a correr― Porque decidieron que es momento para que nosotras continuemos nuestras vidas sin ellos.
Katomi dejó que un leve jadeo escapara su garganta. Se volvió hacia la mayor con los párpados completamente abiertos y un ligero temblor en los labios. Las lágrimas dejaron de correr y permutaron con un sudor que resbaló por su sien. Quería decir algo, pero no encontró la fuerza para hacerlo.
―Sé que eres muy joven ―prosiguió la rubia―, y ninguna persona de tu edad merece sufrir algo como eso. Sin embargo, tanto Mamá como Papá, conocían tu incomparable fuerza y supieron que podrías continuar sin ellos ―guardó silencio por unos segundos y estudió los cortes en las muñecas de la menor―, porque se supone que tendrías un soporte de dónde sostenerte. Ahí fue donde yo fallé. Fui demasiado tonta al creer que todo acabaría cuando ellos se fueron. Fui demasiado débil y permití que todo esto sucediera. Nunca debí haber permitido que sostuvieras una navaja por primera vez, que inhalaras tu primer cigarro…, que te sintieras culpable por la muerte de nuestros padres ―palmeó a su costado izquierdo, donde no había sangre, e invitó a Katomi a que se sentara a su lado. No esperaba que ella le obedeciese, por lo que sonrió en alivio cuando la vio con la cabeza gacha. Sostuvo su mentón y la obligó a sostenerle la mirada, encontrando lo que buscaba―. Esto es algo que un estúpido demonio te hizo ―pasó un dedo por el labio roto de la menor y colocó una mano sobre su hombro―, ¿permitirías que un ángel ocupase su silueta?
Katomi no esperó un segundo más y abrazó a su hermana mayor. Hundió su rostro en su pecho y se desahogó por completo: un río de lágrimas brotaban de sus corneas y unos gritos desgarradores llenaron la casa. Todavía se sentía culpable de la muerte de sus padres, pero sabía que los reconfortantes brazos de su hermana la salvarían de todo.
Unos segundos pasaron, hasta que la oji-naranja logró tranquilizarse a sí misma. Su respiración se regularizó y las lágrimas cesaron. Ambas se separaron del abrazo y permanecieron con los ojos clavados en la otra. Alexandra sonrió de una forma cálida y le plantó un beso en la frente.
―Hermanita ―la rubia habló otra vez―, lamento haber sido una completa idiota…, siempre has sido la persona más importante en mi vida. Te amo. Y quiero remediar mis errores. Tal vez no te guste mucho mi idea, pero quiero vender esta casa y ―sonrió por la expresión sorprendida de la menor―, quiero que te vayas a vivir conmigo al departamento. Esta casa nunca será la misma sin Mamá y Papá…, ahora sólo nos tenemos la una a la otra.
―Y volveremos a ser felices de esa manera.
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Por un momento, Katomi deseó tener a Alexandra a su lado. Conociéndola, estaría dormida en el sofá, puesto que nunca le interesaron las películas de terror. También recordó los largos y exhaustivos meses que ambas tuvieron de terapia para superar la muerte de sus padres, salir de su depresión y de sus adicciones. Sin embargo, con la ayuda de la otra, regresaron a lo que habían sido antes del accidente. Himuro había sido también de gran ayuda, pues él fue quien le abrió los ojos a Alexandra.
La peli-naranja tenía entendido que él había sido uno de los que más sufrió cuando ambas cayeron. Él debió sufrir la separación de su hermana y de su maestra, las peligrosas depresiones de ambas y las adicciones que estuvieron a punto de llevarse sus vidas. Tal vez fue por eso que él había sido quien más sufrió cuando Katomi cambió por el accidente. Él ya había sido testigo de un corazón roto, no quería ver otro.
Katomi estuvo a punto de girar hacia su hermano mayor, cuando Midorima aumentó la fuerza en el abrazo en que la había atrapado. Ella frunció el ceño y miró de reojo hacia el zurdo, y lo encontró con una expresión aterrada. Se volvió hacia el resto y todos estaban casi de la misma forma: Kise tenía un colchón abrazado, Momoi y Aomine se abrazaban entre sí; Kagami, Himuro, Murasakibara y Kuroko cubrían sus rostros con sus propias manos; Akashi permanecía con la mirada petrificado y Trauern roncaba en las patas del sofá. Cuando el grupo soltó un grito sonoro, la oji-naranja se estiró y sujetó el control remoto. Puso en pausa el video y abrió los párpados en molestia.
―¡Les dije que sucedería esto! ―gritó la americana en un tono irritado― No llevamos ni la mitad de la película y ya despertaron a todo el edificio. ¡Bien! Esta reunión se terminó. ¡Todos! ¡Vayan a sus casas!
―¿Ah? K-Katomi-cchi ―Kise soltó su colchón y levantó la mirada hacia la mayor―, ¿harás que regresemos en la noche y solos? ¿Q-qué tal si una niña salé de las alcantarillas y nos lleva consigo?
―Kise tiene razón ―inesperadamente, Akashi afirmó y bajó su aterrada mirada―. Podríamos terminar secuestrados por un fantasma de alma oscura.
―¿Es enserio? ―Katomi masculló en un tono irritado.
―¿Qué tal si todos nos quedamos a dormir aquí? ―opinó Himuro.
―¡Acepto! ―el resto gritó en respuesta.
―¡No! ―la dueña del departamento gritó entre la respuesta anterior― Es exactamente lo que no quería que sucediera. Mañana deberé levantarme temprano para hacer el desayuno de diez personas…, tienen suerte que mañana no hay labores.
―¿Eso es un sí? ―cuestionó Midorima esperanzado.
―¡Tú vives en el quinto piso, Shin-chan! ―le recordó. Suspiró con pesadez y cerró los párpados; al abrirlos, dibujó una sonrisa burlona― Cuatro váyanse a mi cuarto; otros cuatro, al de Alex, Satsu-chan y yo dormiremos en el cuarto de huéspedes.
Todos vitorearon por eso, antes de levantarse de sus lugares, dividirse en dos grupos y entrar en los cuartos respectivos, Momoi entrando sola al de huéspedes.
Katomi permaneció a un lado de Trauern, hasta que al can se levantó y se dirigió también al cuarto de Alexandra. Mientras permanecía sola, la peli-naranja no pudo evitar sonreír ante la idea de contar con esos amigos…, y lo inseparables que se volvieron.
Al siguiente segundo, todos regresaron hacia la sala de estar, puesto que olvidaron ayudarle a Katomi a levantarse del suelo.
Estúpida Álgebra, estúpida Física, estúpida Historia, estúpida Literatura. ¡Estúpida escuela y maldito fin de semestre! Lo odio. ¿Saben cuándo fue la última vez que dormí mis ocho horas? ¡EN SEMANA SANTA! Dios…, me haré aún más vieja. En fin. ¿Qué tal este capítulo muy difícil para asignarle una melodía? Por suerte sí me dio tiempo que terminarlo, antes de irme de vacaciones :33 Es posible que el siguiente… ¡oh, sí! ¡Es uno de los que más he estado esperando! Nos leeremos en él. Chao.
