CAPÍTULO CATORCE: Nuevos comienzos – segunda parte
Erguido en toda su estatura, Albert avanzaba con paso firme hacia el salón donde se llevaría a cabo la gran fiesta de inauguración. En su camino pudo percibir las curiosas miradas de algunos asistentes con quienes anteriormente había sostenido algunas palabras. Tampoco faltaron las atrevidas y coquetas miradas, de las que poco a poco se había ido acostumbrando y hastiando, pertenecientes a las jóvenes casaderas de la alta sociedad americana. Quien iba a decir que algunas de estas mujeres que se llamaban a sí mismas damas, eran tan descaradas como para dejarle insinuantes notas debajo de la puerta. Y finalmente, estaban ese tipo diferente de miradas que hicieron que la sangre le hirviera en las venas. Eran las miradas que los futuros herederos le dirigían a su acompañante.
Por una fracción de segundo cerró los ojos, y soltando un imperceptible suspiro, volvió ligeramente el rostro hacia su derecha y bajando su mirada la posó sobre Candy. No le sorprendía las miradas de fascinación, estupefacción y hasta deleite que esos jóvenes le dirigían. El mismo había incurrido en las mismas. Volviendo la mirada al frente, sus labios se curvaron ligeramente al recordar la imagen que lo recibió cuando pasó a recogerla. Simplemente se miraba deslumbrante. Y qué decir de la radiante sonrisa que le dedicó. Era una sonrisa que ya había descubierto que solo le dedicaba a él o al menos, eso creía. Y fue hasta que él finalmente salió de su estupor que le sonrió de vuelta, asintiéndole en señal de aprobación. Ahora, ella iba tomada de su brazo y eso hacía que un primitivo orgullo y sentido de pertenencia lo invadiera. Tenía grandes expectativas para esa noche; una noche donde algo se aclararía y también, donde él esperaba mostrarle al mundo directa e indirectamente, la posición que él anhelaba que ella desempeñara en su vida.
— ¿Lista Candy? — Le preguntó, deteniéndose brevemente frente a la entrada del salón.
Candy soltó una pequeña exhalación. Antes de salir de la habitación, le había comentado a Albert sobre el temor que tenía por volver a estar frente a los Leagan, especialmente frente a Neal. Aunque de cierta forma agradecía que no se hubiera topado con él hasta ahora. Hacía meses del fallido compromiso y el tiempo transcurrido había hecho que se sintiera más segura de sí misma para ese reencuentro. Pero como siempre, Albert le había dicho las palabras exactas para terminar de tranquilizarla. No habría ningún escándalo y cualquier situación que surgiera, él estaría a su lado para protegerla y apoyarla. Estando a punto de ingresar al salón, su cuerpo tembló levemente de manera involuntaria pero al levantar la vista hacia su izquierda, se encontró con una dulce mirada llena de seguridad que la reconfortó inmediatamente. Era el efecto que Albert siempre había tenido sobre ella.
— Estoy lista. — Pronunció con decisión.
Albert le asintió y un momento después de haber escuchado su afirmación, empezó a conducirla dentro del salón. El rubio observó con detenimiento a su alrededor. Podía fácilmente enunciar el esfuerzo e inversión que Raymond Leagan había hecho para que la fiesta fuera todo un éxito; los detalles en todas las cosas eran sencillamente espléndidos. Sonrió con satisfacción al ir reconociendo el toque de su tía en cada uno de ellos, todo estaba impecable. Al fondo, sobre una tarima, la orquesta en vivo interpretaba una suave melodía y al frente de ésta, estaba ubicada la pista de baile. Volvió a sonreír al imaginarse el grato momento que pasaría ahí con Candy entre sus brazos. Las mesas ubicadas alrededor de la pista empezaban lentamente a ocuparse, haciendo que no le tomara mucho tiempo llegar a la mesa que les había sido asignada, una mesa que muy a su pesar, compartirían con los Leagan.
En su camino fue asintiendo a algunas personas a manera de saludo pero al no tener una relación directa con ellas, no se detuvo a intercambiar palabras. Agradecía que sus conocidos estaban por el momento conversando animadamente frente a la barra. En ese tipo de eventos para deleite del paladar de los refinados caballeros, nunca debía faltar el licor y al parecer, los Leagan habían corrido con demasiada suerte de que La Prohibición aun no fuera un edicto federal, y que Florida no fuera uno de los estados donde apenas unos días atrás, ésta se había ratificado.
Cuando finalmente llegaron a la mesa, George quien ya se encontraba ahí, los saludó poniéndose de pie para hacer una leve reverencia.
— Buenas noches, Señor William —, pronunció. Luego, dirigiéndose a la joven, volvió a repetir el gesto. — Buenas noches Señorita Candy. Con el debido respeto, si me permite quisiera decirle que luce usted muy bella.
— Gracias George. — Respondió Candy con un ligero rubor en las mejillas. — Usted también luce muy bien.
— Le agradezco el cumplido señorita.
— ¿Y a mí no me dirás nada George? — bromeó Albert, a lo que el aludido soltó un suave soplido mientras negaba levemente con la cabeza y luego, la comisura izquierda de sus labios tembló de manera imperceptible debido a la gracia que esa pregunta le causó.
— Por supuesto Señor William, usted luce tan elegante como siempre. — Respondió, haciendo que Albert sonriera.
Recuperando un poco su formalidad, Albert le ofreció tomar asiento a Candy apartándole la silla y luego él se sentó a su lado y se dirigió nuevamente hacia George.
— ¿Raymond ya te indicó a qué horas empezará el discurso?
— Si, momentos antes de que ustedes llegaran, pasó a informarme que en treinta minutos daría su discurso de bienvenida y después le entregaría el tiempo a usted para hacer el brindis.
Albert solo asintió y dando un vistazo a su alrededor, comentó: — Desde ya puedo asegurar que este hotel será un gran éxito. Raymond no se equivocó en apostar construir su hotel en esta zona del país. Es una ciudad que ha atraído turismo y he estado escuchando comentarios sobre el interés que ha despertado debido a la industria de la aviación. La Puerta a las Américas, como han empezado a llamarla.
— ¿Piensa invertir aquí? — preguntó el hombre mayor con interés.
— No, al menos no por el momento. Primero debemos consolidar lo que hemos estado trabajando, George. Recuerda todo el tiempo que eso nos ha llevado y que hay varios negocios en el extranjero que esperan nuestra atención. Si acaparemos más, no creo que podamos controlarlo.
Candy observaba admirada el alcance empresarial de Albert. Era un hombre al que su familia se había encargado de prepararlo para tomar las riendas de los negocios y al parecer, lo hacía con gran sabiduría. Lo único que empezaba a preocuparle era la carga de trabajo que pudiera tener y como ésta podría repercutir en su salud y memoria.
Mientras esperaban que la fiesta empezara de manera oficial, los tres permanecieron sentados conversando sobre todas las bellezas que brindaba Florida. Tal y como Albert se lo había prometido en el tren, le había dedicado más tiempo y habían estado paseando y visitando todo aquello que la ciudad ofrecía, por supuesto, siempre en compañía de la Señora Goshert y de George. En medio de su amena conversación, a pesar de que el salón empezaba a llenarse con la llegada de más invitados, Candy se estremeció ligeramente cuando distinguió a la distancia una conocida silueta que parecía evitar desplazarse cerca de su mesa. Con un poco de esfuerzo, rápidamente hizo a un lado esa perturbadora sensación. Sabía que el inevitable momento llegaría pero también tenía la certeza de que no tenía absolutamente nada que temer. Involuntariamente, pronto ese temor se convirtió en un creciente nerviosismo.
Cuando el tiempo indicado transcurrió, la orquesta finalizó la melodía que estaba interpretando y colocó a un lado los instrumentos musicales. El sonido de la música fue reemplazado por el de una fuerte voz masculina, haciendo que el murmullo de las conversaciones cesara y atrajera la atención de todos los presentes. De pie en el centro de la tarima, se encontraba frente a un micrófono Raymond Leagan.
— En seguida vuelvo Candy. — Dijo Albert, y dirigiéndose a su fiel secretario, añadió: — George, por favor quédate con ella.
La muchacha y el hombre asintieron y observaron en silencio como el joven patriarca se alejaba con paso firme hacia el frente, hacia uno de los costados de la tarima. Mientras Albert avanzaba y el Señor Legan pronunciaba su discurso de bienvenida, meseros con azafates repletos de copas llenas de champagne, empezaban a desplazarse entre las mesas para repartirlas entre los invitados.
Después de tomar su copa y no pudiendo resistirse a la tentación, Candy apartó la mirada del Señor Leagan y la desvió ligeramente hacia la derecha para contemplar con detenimiento al hombre que ocupaba todos sus pensamientos. Pero al hacerlo, nuevamente la conocida silueta apareció en su rango de vista, captando su atención. Al lado de Albert, mirando con orgullo al orador, se encontraban Sara, Eliza y por supuesto, Neal Leagan. En su mente comenzó a proyectarse en cámara lenta su último encuentro, las miradas que los tres le dedicaron y las palabras que escuchó a escondidas cuando iba rumbo al lago. Absorta en sus pensamientos, prestó poca atención al resto del discurso que ahora estaba por terminar. Un fuerte aplauso la sacó de sus cavilaciones.
—…Y ahora le entrego el tiempo al Señor William Andrew. — Escuchó decir y sus palabras fueron seguidas por otra ovación.
Con copa en mano, fue el turno de Albert para ponerse frente al micrófono.
— Gracias Raymond. — Y dirigiéndose a los invitados, continuó: — Estimados amigos, muy buenas noches. Estamos aquí reunidos para celebrar junto al Consorcio Legan la nueva adición a su cadena hotelera y en nombre de los Andrew… — Albert se volvió hacia los anfitriones —…me complace felicitarlos por este nuevo logro. Estoy seguro de que gracias al prestigio de su nombre y la buena reputación que les precede, este hotel será otro éxito. — Y levantando su copa, añadió: — ¡Salud, por ustedes, y que vengan muchos éxitos más!
Un fuerte eco de salud se escuchó por todo el salón y luego otra ovación. Raymond Leagan se acercó a Albert y ambos hombres posaron frente a las cámaras, estrechándose fuertemente las manos. Cuando los primeros flashes cesaron, el Señor Leagan hizo un gesto con la mano para que su familia se acercara. Otra ronda de flashes iluminó la tarima. En lo que los fotógrafos cambiaban afanosamente las placas y guardaban con cuidado las ya utilizadas, Albert le susurró unas palabras a Raymond Leagan y éste asintió. Luego, el primero descendió de la tarima rumbo a la mesa dónde se encontraban Candy y George.
— Vamos, Candy, acompáñame al frente. — Le pidió Albert.
— ¿Para qué? — Preguntó la rubia con incertidumbre.
— Para que salgas en una fotografía. — Respondió de manera inocente, encogiéndose de hombros.
Candy lo miró con nerviosismo y vacilación.
— ¿Ellos desean que yo salga en las fotos?
— No se trata de lo que ellos deseen, Candy. — Le dijo con tranquilidad, negando con la cabeza. — En la foto deben estar los integrantes de la familia Andrew y tú…—, dijo señalándola con el dedo índice. —…debes estar ahí como uno de sus principales miembros. — El tono de su voz no dejaba lugar a alguna negativa y después de un par de segundos, Albert continuó: — Además, Raymond sugirió que la foto fuera tomada junto a los empleados de ambas familias. Así que vamos, nos están esperando. Y George —, se dirigió a su secretario. — eso también te incluye. Por favor, acompáñanos. — Respirando profundamente, el aludido asintió con resignación.
Candy se puso de pie y con sentimientos encontrados, tomó el brazo que Albert le ofrecía, y empezaron a caminar hacia la tarima seguidos por George. Conforme se iban acercando, por un momento su agitación se convirtió en una inmensa alegría cuando reconoció a dos queridas personas de su pasado. Eran sus antiguos amigos y compañeros de trabajo, Mary y Stewart. Ellos formaban parte de los empleados a los que el Señor Leagan se refería. Sin embargo, rápidamente la alegría mitigó hasta casi desvanecerse, y un repentino escalofrío recorrió su cuerpo cuando volvió a ser consciente hacia donde se dirigía. Cerca de ellos se encontraban los Señores Leagan y frente a éstos, Neal y Eliza. El palpitar de su corazón se hizo más fuerte y a manera de calmarse, respiró profundamente bajando la mirada. No que al sentir la mano de Albert sobre la propia ejerciendo una suave presión no la hubiera tranquilizado.
— Ya estamos aquí. — Escuchó decir a Albert.
El pequeño grupo al que él se había dirigido, volvió a ver a los recién llegados y cuando Candy alzó la mirada, se encontró con unos ojos oscuros extremadamente penetrantes que la observaban con intensidad. El contacto visual terminó bruscamente cuando Neal volvió el rostro hacia otro lugar. Candy recorrió con la mirada al resto de personas ahí reunidas, asintiendo a manera de saludo. Hubiera querido pronunciar un "buenas noches" o un "¡felicidades!", pero las palabras no hallaron camino a través de su garganta. Y aunque fue solo por un instante que sus ojos se encontraron con los de Neal, en esa ínfima fracción de tiempo, en su mente quedó grabada aquella mirada sombría y cortante que parecía albergar un tono profundo y singular; imposible de ver en los ojos de Eliza.
Siempre había considerado a los dos hermanos como un solo ser pero hoy se dio cuenta de que en Neal corrían sentimientos completamente diferentes a los de su hermana. Sin duda, en el pasado el comportamiento de Neal habría sido muy distinto si no se hubiera dejado influenciar por Eliza. Entonces, la agitación que había estado sintiendo se evaporó y dejó en su lugar un sentimiento de compasión. Nunca creyó verlo así. Ante los demás, Neal podría parecer alguien tan impasible pero ella que pudo ver a través de sus ojos la profundidad de su alma, sabía que en su interior un torbellino lo asaltaba. Haciendo a un lado ese descubrimiento, con una tímida sonrisa se soltó del brazo de Albert y después de susurrarle unas palabras, se apartó un poco. Quería saludar brevemente a sus amigos.
Pronto, los fotógrafos dispuestos frente a la tarima cesaron sus movimientos. Las cámaras estaban recargadas y tenían junto a ellos varias placas nuevas ya preparadas. Estaban listos para continuar.
— ¿Les parece si nos vamos colocando para que nos tomen la foto? — Propuso Albert haciendo un gesto con la mano. — Los invitados deben estar ansiosos porque bajemos para que puedan continuar disfrutando de la velada. — Añadió a manera de broma.
— Por supuesto. — Coincidió Raymond Leagan, dándoles la respectiva orden a sus empleados.
Albert se quedó de pie en el centro de la tarima y observó cómo el grupo empezaba a tomar sus respectivos puestos para la fotografía. A su derecha ya se habían colocado los esposos Leagan y luego, en forma ordenada, los gerentes de área se fueron ubicando a sus costados. Rápidamente su mirada se posó sobre Candy. El momento de hacer su primera jugada finalmente había llegado.
Siempre había considerado absurdas sino ridículas las reglas sociales y más aún, que estas se reflejaran incluso en las fotografías. Todos se empeñaban en querer hacer distinción de su posición dependiendo de la ubicación en que salían en las fotos. ¿Acaso nadie podía posar libremente, al lado de quien mejor le pareciera? Si era una toma solamente de caballeros, el de mayor rango siempre debía ubicarse en el centro y conforme fuera disminuyendo el rango e importancia, el resto de hombres se iban colocando a sus costados, primero a su derecha, luego a su izquierda y así sucesivamente. De manera similar posaban en una toma mixta, donde aparecían juntos caballeros y damas, aunque había una significativa variante. Los caballeros seguían manteniendo sus mismas posiciones pero a su derecha, posaba la dama más importante de su familia, generalmente su pareja. Algo absurdo que ahora aprovecharía de manera abierta.
— Candy, ven y párate aquí a mi lado. — Le propuso riendo, señalando su lado derecho.
La repentina propuesta la tomó por sorpresa, haciendo que su corazón retumbara por la excitación. Pero cuando estuvo a punto de avanzar para tomar el lugar que él le indicaba, observó que a su otro extremo se encontraban Neal y Eliza. Al sentir sobre ella la fría mirada de Eliza y de la Señora Leagan, refrenó su avancé y volviendo la mirada hacía él, alzó las cejas y le sonrió a manera de disculpa, indicándole que no lo haría mientras negaba con la cabeza. A pesar que su corazón le gritaba con fuerza que lo hiciera, prefería sentirse más relajada posando cerca de sus viejos y buenos amigos, Mary y Stewart, con George a lado.
Albert la observó entrecerrando los ojos, pero rápidamente asintió con sonrisa de compresión. Aunque por dentro reía abiertamente con satisfacción. Pudo percibir a su alrededor las miradas de asombro de varias personas cuando escucharon abiertamente el lugar que le había ofrecido a su protegida. En verdad le hubiera encantado tenerla a su lado y pensaba que ella no se habría negado en tomar el lugar simbólico que le había ofrecido, si no hubiera sido por la cercanía de los Leagan.
Al terminar otra ronda de flashes, el grupo empezó a descender de la tarima y la orquesta retomando sus instrumentos, reanudó su interpretación.
— Candy, le pediré a George que te acompañe a la mesa. Perdona, solo tengo que resolver unos asuntos. Prometo no tardarme. — Le dijo, pero cuando quiso llamar a George, éste había desaparecido.
— Señor Andrew —, lo interrumpió una voz femenina, haciendo que Albert se volviera. — Si gusta, en lo que usted se desocupa yo puedo hacerle compañía a la Señorita Candy.
— Gracias, Mary —, respondió él con una cálida voz. — Me estaría haciendo un gran favor.
— Al contrario Señor —, pronunció la mujer con una sonrisa. — Usted me lo está haciendo a mí al permitirme conversar un poco con ella. Y no se preocupe, la cuidaré como a una hija.
Albert asintió sintiéndose aliviado y confiado por el afecto que la mujer mostraba hacia Candy y dándose la vuelta, empezó a desaparecer entre la multitud. Candy y Mary avanzaron en sentido contrario hacia la mesa y tomando asiento, iniciaron una amena conversación.
— ¡Oh Candy! ¡No sabes la alegría que me da volver a verte! A penas te reconocí cuando te vi al lado del Señor Andrew. ¡Mira cómo has cambiado!, te has convertido en una hermosa dama.
— No digas eso Mary, las dos sabemos que no es cierto. Hermosa y dama son dos calificativos que algunas personas no usarían para describirme. — Dijo Candy riendo levemente divertida. — Y creo que yo tampoco los usaría.
— ¿Qué no es cierto? — preguntó la mujer haciendo énfasis en esa palabra. — Si no te has dado cuenta, estás atrayendo la atención de todos los jóvenes solteros. Tú solo espera que llegue el momento del baile y ya me contarás.
— Mary, por favor, no insistas. Mejor cambiemos de tema. — Dijo soltando un pequeño bufido. — Cuéntame, ¿cómo has estado? Pensé que a estas alturas ya no trabajarías para los Leagan. ¡Tú y Stewart me han sorprendido!
Como si lo hubieran invocado, de pronto el aludido se apareció.
— ¡Candy! Me alegra mucho volver a verte. Quería saludarte en la tarima pero no me diste oportunidad de hacerlo. Solo me volví para atender unas indicaciones del señor Leagan y cuando menos lo sentí, ya habías desaparecido.
— ¡Stewart! — La joven lo saludó con emoción pero dándose cuenta de cómo lo había llamado, rápidamente se llevó una mano a la boca y luego se disculpó. — Perdón por llamarlo simplemente por su nombre de pila. Es que… ¡es que es tan poca la edad que nos llevamos que olvido cómo debo de tratarle! Por favor, sírvase disculparme. Prometo que de ahora en adelante lo trataré con el debido respeto.
Al escuchar aquellas palabras, el hombre se echó a reír de buena gana.
— Está bien Candy, no tienes de qué preocuparte. De hecho, me gustaría que me llamaras por mi nombre y que no me trataras con tanta formalidad. Incluso puedes tratarme de tú. — Le dijo haciendo un guiño. — Como tú misma has dicho, es muy poca nuestra diferencia de edad. — La joven asintió con una sonrisa pero antes de que pudiera decir algo, Stewart continuó: — Por favor, discúlpame Candy. Tengo muchas cosas que atender en la recepción pero no quería dejar de saludarte. Espero verte antes de que partan a Chicago y si no logró verte… — se aproximó a la joven y le susurró al oído, —…la próxima vez que vengas, a escondidas de la señora Leagan prometo darte un trato especial.
Y diciendo esto, el antiguo chofer se retiró. Cuando Candy se volvió hacia la mujer, ésta la observaba con una burlona sonrisa.
— Pasan los años y aún tienes esas cosas en la cabeza, Candy. — Dijo entre risas. — Está bien que le llames Stewart, es demasiado poco lo que se llevan como para que le llames señor. ¡Ni que tuviera cincuenta años! Además, él te tiene un cariño muy especial. — Candy asintió con una sonrisa en señal de aceptación. Soltando un suspiro, la mujer empezó a contarle en voz baja su historia. — Sabes, Candy, de no ser por el clima y el entorno, a veces tengo la impresión de estar en Lakewood. Dentro de la mansión el ambiente sigue siendo el mismo. Es cierto que los Señores Leagan son personas muy exigentes y que nos hacen trabajar de sol a sol pero también, puedo decirte que nos han dado nuevas oportunidades. Mira el caso de Stewart, el Señor Leagan le dio la oportunidad de desempeñar en un nuevo puesto de trabajo y ahora, está a cargo de la recepción de este hotel.
— Me alegra mucho escuchar eso, Mary. Pero hablando de Stewart, ¡no sabía que le gustara hacer bromas! Siempre en el pasado lo vi tan serio. — Le comentó mientras negaba con la cabeza con una divertida sonrisa en los labios. — ¿Sabías que fue a recogernos a la estación de tren, vistiendo la misma ropa que usaba en los días en que nos conocimos, la de chofer?
— Si, Candy. — Mary soltó una risita cubriéndose la boca con una mano. — Me comentó su hazaña y la expresión de asombro que pusiste cuando lo viste vestido de esa manera. También me dijo como tu rostro cambió a indignación cuando el Señor Villers lo felicitó por su ascenso y caíste en cuenta de que te había engañado. Con alivio me dijo que si el Señor Andrew no hubiera estado presente, seguramente te le hubieras lanzado encima. — Ambas mujeres rieron abiertamente por un momento y cuando sus risas se fueron apagando, la mujer mayor continuó: — En mi caso han mejorado mis prestaciones y ahora ostento oficialmente el título de criada principal. Sabes, a veces me meto tanto en mi papel que pienso que prácticamente soy la señora de la casa. — Añadió nuevamente entre risas.
— Mary, es que en esa casa las cosas no avanzan si no estás tú. Recuerda, siempre ha sido así. — Le dijo Candy con certeza y luego, ambas reprimieron una risita al recordar las bromas que hacían al respecto en el pasado.
— Pero he de confesar que con quien me llevó algo de trabajo entenderme fue con Greta, la nueva cocinera.
— ¿Y Doug? ¿Qué pasó con él? — Preguntó Candy intrigada.
— Él sí renunció, Candy. A pesar de que los Señores Leagan le ofrecieron un aumento y cubrir todos los gastos de traslado de su familia, prefirió quedarse en Lakewood. Sabes, hemos mantenido cierta comunicación y me contó que abrió una panadería.
— Es que horneaba exquisitamente…— Candy la interrumpió, relamiéndose los labios al recordar los humeantes bollos y las tartas de frutas.
— Horneaba mucho mejor de lo que cocinaba —, coincidió Mary. — Al parecer le va muy bien en el negocio y el nombre que le puso al local, al principio atrajo mucha clientela solo por la curiosidad. Imagínate, lo llamó El glotón. ¡Solo de pensar en ese nombre hace que me dé hambre! — Terminó de decir, soltando una risita y a los pocos segundos, otra risita le hizo eco.
Retomando la compostura, Candy prosiguió.
— Doug… — Musitó Candy cuando su risa se apagó. — Cuando vuelva a ir a Lakewood lo visitaré en su panadería. — Pronunció mientras en su mente pensaba que solo de escuchar ese nombre a ella también se le despertaba el hambre.
Luego, después de girar la cabeza para comprobar disimuladamente que no hubiera alguien en los alrededores, Mary se inclinó ligeramente hacia delante y Candy no pudo evitar imitar el movimiento.
— Te voy a confesar algo, Candy. — Empezó a hablar la mujer en voz baja. — A la fecha, no consigo aplacar de ninguna manera la cólera que aún me invade cuando recuerdo que el Señorito Neal quiso obligarte a comprometerte con él. — De pronto Candy se sintió conmovida. — Nunca tuve oportunidad de contártelo, pero a mi manera, traté de impedir el compromiso. — Ante la declaración, la rubia agrandó los ojos y alzó las cejas en señal de sorpresa pero la mujer prosiguió. — En la mansión era un secreto a voces los planes que el señorito tenía y eso, a todos los que te conocíamos nos tenía demasiado enfadados. Fue entonces que me dije que tenía que hacer algo para que ese dichoso compromiso no se llevara a cabo. — Candy se sintió más conmovida que antes y Mary, volviendo a observar a su alrededor, continuó. — La mañana en que el Señor Villers fue a buscarte a tu apartamento, vertí un laxante en el té del señorito Neal.— Los ojos de Candy se abrieron desmesuradamente, llevándose una mano a la boca a manera de reprimir una carcajada. — Pero lastimosamente mi plan no funcionó, el laxante no le hizo efecto. ¡Vaya estómago el del señorito! — Dijo la mujer admirada. — ¡Cualquier persona normal hubiera vaciado los intestinos en el lavado y no hubiera salida de allí!
Y ante esa declaración, todo intento anterior de Candy por reprimir la carcajada salió volando por la ventana. Cuando la risa se calmó, de pronto Candy se quedó pensativa, recordando la manera en que Albert había dado por terminado el compromiso.
— Al final, todo salió bien. — Concluyó la joven. — Sabes, aún recuerdo ese día y lo conmocionados que todos estaban por cómo todo terminó. Eliza estaba furiosa y la mirada que me dio… fue realmente escalofriante.
Como por arte de magia, Eliza Leagan pasó cerca de la mesa en donde ellas se encontraban. Estaba rodeada por un grupo de jóvenes y les informaba de manera arrogante a sus interlocutores desde hace cuánto tiempo su familia administraba hoteles y actividades turísticas a gran escala.
— La señorita Eliza… — Mary sonrió negando con la cabeza. — Parece que nunca cambiará. — Candy asintió coincidiendo con su amiga. — Además de seguirse jactando de lo que tienen, siempre le anda diciendo al señorito Neal que seguramente le lanzaste un hechizo, ya que no puede hacerse de una novia.
— ¿Qué yo hice qué? — Preguntó con asombro la rubia y luego, soltando una risita de manera divertida, añadió: — ¿Acaso cree que soy una bruja?
— Pues bruja no, pero si una hechicera para ser exacta. — Y nuevamente, se escuchó una nueva ronda de risas.
— Reír así contigo me trae tantos recuerdos de esos días en Lakewood, Mary. — Comentó Candy de manera nostálgica. — El pasado noviembre estuve ahí para el servicio conmemorativo de la muerte de Stear. La mansión sigue igual pero sus jardines debido a la estación, carecían de flores. — Hizo una pausa y luego prosiguió. — ¿Cómo está el señor Whitman? ¿Has sabido de él? No pude verle ese día.
— Supe que se mudó a California. Al ser una persona ya mayor, quiere pasar sus últimos años junto a sus hijos y nietos pero dejó dicho que cuando visite Lakewood, pasará a la mansión para cuidar de los jardines. Casualmente llevo conmigo su nueva dirección, ¿Quieres que te la dé?
— Si Mary, por favor, me encantaría escribirle.
A pesar de encontrarse en una fiesta, siendo la criada principal de los Leagan, Mary siempre llevaba consigo en algún bolsillo de sus prendas o en su bolso, una pequeña libreta y una pluma en caso de emergencia. Y en lo que anotaba en un pequeño trozo de papel la dirección del señor Whitman, Candy se giró levemente sobre sí en la silla, empezando a recorrer el salón con la mirada. Había pasado ya un buen tiempo en compañía de Mary y ahora se preguntaba en dónde podría estar Albert.
No le tomó mucho tiempo localizarlo. Siendo casi la hora en que la cena sería servida, la mayoría de invitados ya se encontraban sentados en sus respectivas mesas, despejando así la vista del salón. Y ahí estaba él, en línea recta al otro extremo de la pista de baile, conversando de pie con Sarah Leagan. A juzgar por la expresión de la dama, cualquiera que fuera el tema sobre el que estaban hablando era algo serio. Esto hizo que Candy se preguntara de qué podría tratarse pero pronto, ese pensamiento desapareció cuando observó como la Sra. Leagan asentía y Albert se retiraba con una sonrisa de satisfacción pintada en el rostro. El corazón de Candy empezó a latir con fuerza al contemplar una vez más, la imponente y gallarda figura vistiendo impecablemente un frac. Todo en él emanaba autoridad y seguridad.
— Aquí tienes Candy. — La voz de Mary hizo que Candy volviera su mirada hacia la mujer que estaba sentada a su lado.
— Gracias, Mary. Me emociona saber que podré estar en contacto con él. No veo la hora de escribirle.
— Solo prométeme que cuando lo hagas, lo saludarás de mi parte. ¿Está bien? — Candy asintió.
— Sé que no tengo excusa pero por favor, perdona que te haya dejado por tanto tiempo. — Candy se estremeció placenteramente al escuchar aquella dulce voz a sus espaldas y cerró brevemente los ojos al sentir el calor de su mano sobre el hombro. — Gracias Mary, le agradezco que le haya hecho compañía.
— Ha sido un placer, Señor Andrew. — Respondió la mujer haciendo una leve reverencia al ponerse de pie y dirigiéndose a Candy, añadió: — He disfrutado enormemente conversar contigo, Candy. También te anoté mi dirección para que estemos en contacto. — Y luego, acercándose a ella con una cálida sonrisa, la abrazó. — Me alegra saber que por dentro sigues siendo la dulce y sencilla chica de siempre. Nunca cambies por favor. — Candy le devolvió la sonrisa cuando se separaron. — Candy, Señor Andrew, me despido entonces, debo retirarme. Desde ya les deseo tengan un buen viaje de regreso a Chicago.
— Gracias Mary. — Respondieron los dos al unísono.
Después de que Mary se retiró, Candy y Albert tomaron sus respectivos puestos en la mesa. — Me alegra ver que te la has pasado bien en compañía de Mary. — Dijo Albert con sinceridad.
— Si, me sentí muy feliz por volverla a ver aunque si he de serte sincera, ahora me siento un poco nostálgica. — Respondió haciendo un mohín.
— ¿Quieres contarme? — Había un dejo de preocupación en su voz.
— No es nada, Albert. Es solo que al ponernos al día de lo que ha pasado con nuestros amigos, me hizo recordar el día en que llegué a la mansión de los Leagan en Lakewood y todas aquellas personas que se quedaron atrás.
— Ya veo… — Le respondió en tono pensativo.
— Pero también tengo tan gratos recuerdos. — Candy hizo una pequeña pausa. — Sabes, cuando viví en la mansión Leagan, Doug, el cocinero en ese entonces, me enseñó a hornear pan y pasteles. Todo me quedaba delicioso. — Dijo con orgullo, alzando la barbilla.
— ¿En serio? — Preguntó el rubio alzando las cejas en señal de incredulidad, y con una sonrisa que amenazaba en asomarse por sus labios, continuó hablando: — Entonces, ¿por qué no tuve el placer de probar esas artes culinarias en el Magnolia? Hasta donde recuerdo, ¡la comida te atacaba! — Dijo esto último de manera teatral.
— ¡Albert! — Exclamó Candy, sonrojándose furiosamente mientras le daba un golpecito en el brazo y él, no pudo evitar soltar una carcajada.
— Disculpa Candy —, le respondió el hombre con voz alegre. — Seguramente hornear… — hizo una pequeña pausa para acentuar la palabra —…lo has de hacer muy bien y el pan no te… ataca.
Candy apretó los labios y se volvió a verlo entrecerrando los ojos. Aunque en el pasado él nunca había bromeado sobre sus destrezas en la cocina sino más bien la ayudaba, ahora lo hacía y al parecer, lo estaba disfrutando al máximo.
Resoplando ligeramente, la joven dijo con orgullo: — Y será mejor que no lo dudes. Algún día te lo demostraré.
La divertida plática, al menos así lo era para Albert, fue interrumpida cuando los otros integrantes de la mesa tomaron sus puestos. Candy no sabía ahora que prefería, si continuar conversando sobre sus talentos en la cocina o volver a estar cerca de los Leagan. Respiró profundamente tratando de reunir sus fuerzas, sabía que así debía ser. Ellos eran los anfitriones y Albert, el miembro más importante de la familia. Su lugar estaba en la mesa principal, y al ser ella su pupila-acompañante, eso la arrastraba a ese mismo lugar. Afortunadamente, el puesto de Neal estaba tres sillas hacia su derecha y al tener a Albert a su izquierda y a George a la izquierda de éste, evitó que sus miradas volvieran a encontrarse. Y no que Neal quisiera hacerlo, casi desde que ingresaron en el salón, Candy se había dado cuenta de que él estaba haciendo lo posible por evitarla. Pero al contrario de Neal, sintió continuamente sobre ella la fría y fulminante mirada de Eliza. No obstante a esa pequeña incomodidad, la cena transcurrió con absoluta calma acompañada de una suave melodía. Ocasionalmente, vislumbró a Mary que se encargaba de girar órdenes con la misma energía que siempre le había caracterizado.
Entre bocado y bocado, conversó de todo un poco con Albert y George. La cena había estado suculenta y aunque iba en contra de la etiqueta, se comió hasta el último bocado. Albert sonrió divertido al ver que el postre corrió con el mismo destino y enterneciéndose por la expresión de satisfacción que Candy tenía, le ofreció lo que quedaba del de él. Su acto hizo que fuera recompensado con una radiante sonrisa y fuera criticado en silencio al otro lado de la mesa, con las miradas de los Leagan. Sin embargo, eso a él no le importaba. Y antes de que los meseros empezaran a retirar los platos del postre, con la elegancia que la caracterizaba, la Sra. Leagan se puso de pie. Su segundo movimiento de esa noche estaba a punto de concretarse.
— Por favor, sírvanse disculparme un momento. Debo comunicarles algo a los invitados. — Dijo la mujer y luego, dirigiendo su mirada hacia la rubia, añadió: — Candy, por favor si puedes acompañarme.
Con una expresión de confusión en el rostro y observando la expresión de perplejidad y desconcierto en el de los demás, Candy volvió su mirada hacia Albert con una tácita pregunta. Y en el instante en que sus miradas se encontraron, la invadió una sensación de seguridad. Él tampoco pronunció palabra, solo asintió suavemente con una ligera sonrisa y ella supo en ese momento que todo estaría bien; no había nada que temer. Entonces, poniéndose de pie, siguió a la Sra. Leagan hacia un extremo de la tarima.
— Espera aquí por favor. — Le indició cuando llegaron a su destino. Aunque la dama pretendió sonar amable, su voz resultó ser áspera.
Candy la observó caminar con dignidad de manera pausada y cuando llegó al centro de la tarima, después de dirigirle unas palabras al director, la orquesta que hasta ahora seguía interpretando una suave melodía de pronto dejó de tocar. En el salón solo quedaba el suave murmullo producido por las conversaciones de aquellos que aún no habían notado lo que estaba sucediendo.
— Queridos amigos, socios y familia. — Empezó a hablar con formalidad. Su fina y modulada voz resonó a través de las bocinas, haciendo que el murmullo que hasta hace un momento se escuchaba dejara de existir. Los rostros de todos los presentes se volvieron inmediatamente hacia ella. — Por favor, sírvanse disculpar esta interrupción pero debo comunicarles algo de suma importancia. — Sarah Leagan respiró profundamente de manera imperceptible, pareciendo que esa pausa era parte de su manera articulada de hablar. — Como muchos de ustedes sabrán, Candice White Andrew… —, dijo haciendo un ademán hacia donde la joven se encontraba de pie —…antes de ser la hija adoptiva de la familia Andrew, residió con nosotros en la mansión Leagan en Lakewood.
A Candy las piernas empezaron a temblarle y su corazón se agitó en su pecho. No podía explicarse por qué la señora Leagan quería hablar de ella y menos, de su humillante pasado con ellos. Era consciente de como las miradas de todos bailaban de un lado a otro sobre ellas.
Cálmate Candy, cálmate… Aquí está Albert… Si se tratara de algo malo él ya hubiera intervenido…
— Desde ese entonces, se han difundido falsos rumores sobre su persona. — Sarah Leagan volvió a hacer una pequeña pausa para tomar fuerzas y pronunciar así sus siguientes palabras. — Esos rumores dicen que ella tiene el hábito de robar y que cuando estuvo viviendo bajo nuestro techo, robó joyas y artículos valiosos de la familia.
Un creciente murmullo empezó a escucharse por el salón y en su silla, Eliza sonrió con cierta satisfacción. Sus ojos reflejaban malicia. Lo que por años se había encargado de ir difundiendo de boca en boca, ahora su madre se estaba encargando de hacerlo público ante las masas. La prensa estaba ahí… indudablemente esa sería una noticia de primera plana. Pero su anticipada victoria se revirtió cuando escuchó las siguientes palabras.
— Pero estoy aquí porque quisiera terminar definitivamente con esta imperdonable situación. — Sarah Leagan volvió a hacer otra pausa para respirar profundamente. — Esos rumores no son ciertos. Ella jamás robó algo sino todo lo contrario, es una persona honrada, digna de toda confianza, que siempre nos apoyó. — Y después de dar un último respiro, se volvió dirigiéndose hacia la joven en cuestión. — Candice, por favor perdona cualquier inconveniente y pesar que esto te haya causado. — Y volviendo a dirigirse a los presentes, concluyó. — Les agradezco nuevamente su atención. Aunque este asunto difiere del motivo por el que nos hemos reunido, quise aprovechar la ocasión ya que creí era necesario aclararlo. Por favor… —, hizo nuevamente un ademán ahora recorriendo el salón —…sigan disfrutando de la fiesta. — Y volviéndose ligeramente hacia atrás, con un leve asentimiento añadió: — ¿Maestro?
Y rápidamente, el salón empezó a ser invadido por el suave sonido de la música pero le ganaba en volumen el sonido producido por el fuerte murmullo de los invitados. Todos quedaron atónitos ante las palabras dichas por Sarah Leagan. Era cierto, por mucho tiempo se había corrido el rumor dentro de la familia sobre el tipo de persona que había sido Candice White, y luego, poco a poco, éste se había ido extendiendo hacia sus amistades. La nueva hija adoptiva de los Andrew era nada más y nada menos, que una chica huérfana que había robado en casa de la familia Leagan y debido a eso, había sido enviada a México como una criada para trabajar en un rancho. Pero cuando se corrió la noticia de que había sido acogida por el propio patriarca en el seno de los Andrew, interrumpiendo así su partida al vecino país, causó un gran revuelo en los altos círculos sociales. Desde entonces, lo que todos tenían en cuenta es que había una ladrona en la clase alta. Muchos ya habían olvidado esos rumores pero para los que los tenían siempre presente, ahora con la aclaración, podían dejar de preocuparse y mirarla con nuevos ojos. Al menos, en cuanto a su pasado como ladrona, sus antecedentes familiares seguían siendo algo diferente.
Eliza se removió en su lugar respirando agitadamente. Sus ojos se encendieron de ira. Parecían ser un par de puñales que querían destrozar el cuerpo de la dama de establo que seguía de pie a un extremo de la tarima. Tenía la intención de levantarse para ir a reclamarle a su madre y espetarle un par de verdades a la mugrosa huérfana, pero cuando se giró buscando apoyo en Neal quien sonreía de medio lado, sus ojos se encontraron con una firme y penetrante mirada azul cielo que sin decir nada, le envió una señal de advertencia. Sumisamente, la pelirroja bajó la mirada y se quedó inmóvil en su lugar. Aunque por dentro trinaba de la pura rabia, no se atrevería a hacer nada en contra de la voluntad del tío abuelo William.
Sarah Leagan parecía estar ajena al cuchicheo que acaba de provocar. Con la misma dignidad con que se acercó al centro de la tarima, ahora avanzaba como en trance nuevamente hacia Candy. Había sido una humillación el haber tenido que decir aquellas palabras pero no tuvo opción. Mientras su boca se había movido al hablar, en lo único que pudo concentrarse era en terminar. Necesitaba marcharse de ahí, no deseaba tener que responder a las indiscutibles preguntas que le harían pero desafortunadamente, no podía retirarse. Lo más que podría hacer es salir a tomar un poco de aire.
Aún con las piernas temblándole, de pie en el extremo de la tarima, Candy sujetaba sus manos contra su pecho y sus ojos se habían ido nublando paulatinamente con cada palabra que salía de la boca de la señora Leagan. Jamás habría imaginado que ese turbio aspecto de su pasado se hablara públicamente en una reunión, y menos que esto se hiciera con el fin de aclararlo. Cerró los ojos y soltó un suave suspiro sintiendo como esa sombra de su pasado que siempre había sentido sobre ella, se iba desvaneciendo lentamente hasta desaparecer por completo. Y cuando abrió los ojos, Sarah Leagan estaba pasando a su lado.
— Señora Leagan —, la mujer se detuvo al escuchar su nombre, saliendo momentáneamente de su trance y luego, se estremeció ligeramente al sentir sobre su brazo el calor de la mano de Candy. — Gracias por desmentir frente a todos el rumor de que yo soy una ladrona. — Le dijo la joven con la voz llena de emoción.
Sin volver el rostro y conservando una postura de dignidad, elegancia y orgullo, mirándola de soslayo, la mujer respondió: — No tienes por qué agradecerme Candy. Solo cumplía una orden del tío abuelo William. — Y habiendo dicho eso, sin decir nada más, reanudó su marcha.
Candy la observó alejarse y asimiló sus palabras. Ahora comprendía por qué vio a Albert conversando con ella; lo que acababa de suceder justificaba su expresión durante esa plática. No debió haber sido fácil para ella hacer una declaración de semejante magnitud y haberlo hecho, reconoció Candy, requirió demasiado valor. Pero había algo que quizás la señora Leagan no comprendía y esto era lo que sus palabras habían significado para ella. Por años se había preocupado por esos rumores y había percibido durante algún tiempo, algunas miradas de recelo hacia su persona. Candy no pudo evitar perturbarse al recordar esos incómodos y amargos momentos. Sí, aunque la señora Leagan acabara de rechazar su agradecimiento, tenía que ratificarle lo que esa acción había significado para ella. Ante su negativa de aceptarlo verbalmente, quizá la mejor manera de hacerlo fuera por medio de una carta. Al sentirse liberada de esa carga, Candy sonrió para sí.
Si, esa oscura sombra de mi pasado ya no está sobre mí… Albert… muchas gracias…
— ¿Me haría el honor de concederme el primer baile?
Candy dio un respingo, sacándola de sus cavilaciones pero rápidamente se tranquilizó al escuchar esa voz que siempre la calmaba.
— Como jefe de la familia, ¿no deberías bailar la primera pieza con la Señora Leagan? — Preguntó la rubia con una sonrisa.
— Tú lo has dicho, debería… pero en vista de que no se encuentra en el salón, a ti te corresponde ese honor. Entonces, ¿me haría usted el honor? — Volvió a preguntarle haciendo una reverencia mientras le ofrecía la mano derecha con la palma hacia arriba.
— Encantada. — Respondió Candy en una nube de felicidad mientras tomaba su mano.
Sujetándola, Albert la condujo unos pasos hasta la pista y al encontrarse ahí, soltó su mano para tomar la posición que el vals exigía. El rubio envolvió con su brazo izquierdo el torso de Candy y ella correspondió a su abrazo colocando su mano sobre el hombro derecho de él. Y cuando los dedos de Albert hicieron contacto con la suave piel de su espalda, ambos sintieron como un placentero calor recorría sus cuerpos. Por una fracción de segundo los dos se quedaron inmóviles, y conteniendo la respiración se miraron profundamente a los ojos. Sin interrumpir el contacto de sus miradas, Albert le ofreció su mano derecha a la altura del hombro proponiéndole el baile. Y justo cuando ella la tomó, la orquesta empezó a interpretar una conocida melodía y él la condujo suavemente por la pista.
Sin proponérselo, Albert se fue perdiendo en la intensidad de un verde mirar. Las otras parejas que poco a poco se fueron uniendo y que ya se arremolinaban por la pista, pronto empezaron a desvanecerse, y el sonido de la música de la orquesta, fue reemplazo por el fuerte bombeo de su corazón. Sentía como inevitablemente iba cediendo al torbellino interno de sus emociones y como su cordura lo iba abandonando por completo. Su mirada fue descendiendo hasta detenerse en los anhelantes labios de su compañera que le lanzaban una clara invitación a poseerlos y de manera inconsciente, la atrajo más cerca de él. De pronto, los dedos de su mano izquierda empezaron a cobrar vida propia acariciando ligeramente la tersa piel de su espalda y su cabeza, empezaba a descender hacia esos labios que lo esperaban. Pero al sentir como ella se estremecía ante las caricias de sus dedos, salió abruptamente de la íntima y excitante atmósfera en la que se encontraba absorto, deteniendo gradualmente el ligero movimiento y frenando su descenso.
¿Qué le pasaba? ¿Cómo es que se había dejado llevar de esa manera? Si hubiera seguido inmerso en sus emociones, definitivamente en estos momentos estaría reclamando esos labios como propios.Con la cordura recuperada, sonrió con satisfacción para sus adentros cuando advirtió que aparentemente, ella se encontraba absorta bajo el mismo efecto. Sus grandes ojos brillaban al mirarlo con intensidad y ¿no había sido su imaginación que sus labios reflejaran un oculto anhelo? Luchando en contra de sus propios deseos decidió sacarla de esa atmósfera, ya que si seguía mirándolo de esa manera, pronto estaría en peligro de volver a dejarse llevar por todas esas sensaciones que su mirada le provocaba.
— ¿Cómo te sientes, Candy? — Le preguntó.
Inmersa en ese mágico momento y deleitándose de estar ligeramente en su abrazo, Candy se encontraba mareada flotando en una nube de pura felicidad. El retumbar de su corazón se había hecho más latente en sus oídos cuando por un momento, tuvo la sensación de que iba a besarla. Seguramente solo fue parte de su emoción ya que ahora solo lo veía mover los labios pero no entendía ni escuchaba absolutamente nada de lo que decía y en una reacción involuntaria, musitó: — ¿Perdón?
— ¿Cómo te sientes? — Albert volvió a repetir la pregunta, ahora acercándose a su oído para que lo oyera. — Cuando me acerqué a ti para sacarte a bailar, parecías estar feliz pero a la vez un poco perturbada.
Sentir el calor de su aliento por encima de su oreja, hizo que Candy volviera a estremecerse. Cerró los ojos brevemente y sus fosas nasales se inundaron con la fragancia de su loción mezclada con el aroma de su piel. Se sintió desfallecer. ¿Hace cuánto que no lo tenía así de cerca? Y cuando sintió que ese cautivamente almizcle se alejaba, volvió a inhalar profundamente, abriendo los ojos.
— ¿Candy?
Saliendo finalmente de su mareo, registró en su mente las palabras del hombre frente a ella. Parecía estar preocupado por cómo se sentía después de haber escuchado el breve discurso de la Señora Leagan.
— Perdón, Albert. Estoy muy bien.
— ¿Segura? — Preguntó con vacilación.
— Si. Verás, al principio empecé a alarmarme cuando ella comentó que yo había vivido con ellos. Pensé que diría algo en contra mía.
— Candy, sabes que yo no lo hubiera permitido. — La interrumpió con suavidad.
— Si, lo sé…— Respondió ella bajando levemente la mirada y volviendo a alzarla sin fijarla en él, continuó: — En ese momento, en medio de mi turbación, recordé que siempre has estado ahí para mí. Fue entonces que me sentí segura y sabía que no tenía nada por qué temer. — Albert le sonrió asintiendo. — Y cuando escuché lo que dijo a continuación, sentí que mi corazón se saldría de mi pecho por la alegría. Me siento libre, Albert, libre de todas las sombras que ese su rumor siempre había arrojado en mi interior. — Y mirándolo a los ojos, añadió: — Gracias Albert. De verdad, muchas gracias.
— ¿Y por qué me agradeces a mí? En todo caso fue ella la que aclaró esos rumores.
— De hecho le agradecí, pero me respondió que solo estaba cumpliendo tus órdenes. Además… te vi hablando con ella antes de que sirvieran la cena y entonces supuse que…
— Mmm… ¿me viste? — Preguntó Albert alzando una ceja con una sonrisa a medias. — ¿Eso quiere decir que extrañabas tanto mi presencia, como para estarme buscando por el salón?
— Eh… claro que no… bueno, si… digo, no… digo…— Candy empezó a balbucear nerviosamente y luego, recuperándose, continuó. — Te vi por casualidad… Es que ustedes estaban en mi línea de vista cuando estaba conversando con Mary.
— Ah… ya veo. — Respondió él con tono divertido.
— Pero bueno, eso no viene al caso. Es cierto que ella fue quien habló, pero lo hizo porque tú se lo pediste. Ella no mentiría sobre eso. Así que… gracias. Gracias por todo Albert.
Albert la observó por un momento y luego, esbozó una dulce sonrisa mientras seguía girando con ella por la pista de baile.
— Cuando somos pequeños a todos nos identifican por alguna característica de nuestra personalidad pero conforme pasan los años, nosotros mismos nos hacemos de un nombre según sean nuestras acciones. Es lo que comúnmente se conoce como la reputación de una persona. Algunos se hacen de una buena y otros…— Dejó de hablar para hacer un mohín —…bueno, todo lo contrario. Cuando no se conoce a una persona, comúnmente uno se deja llevar por lo que las otras personas dicen de ella y generalmente, se le conceptualiza de esa manera. — Y volviendo a posar sus ojos sobre ella, continuó con seriedad: — Candy, conozco todos los detalles de lo sucedido y de cómo Eliza y Neal aprovechándose de su posición, se encargaron de difundir esas calumnias solo para ensuciar tu nombre. ¿Recuerdas que hace tiempo te dije que mi posición también traía beneficios? — Candy asintió. — Ya que Sarah no se molestó en ese entonces en hacer más averiguaciones y luego de ponerle un alto a sus hijos, amablemente le solicité que desmintiera y aclarara el rumor que ellos habían iniciado y ella avalado. — Había un dejo de picardía en su voz.
— ¿Se lo… solicitaste… amablemente?
— Por supuesto, se lo solicité amablemente… claro, usando las influencias del patriarca. — Le dijo haciéndole un guiño y volviendo a su tono serio, mientras señalaba con la barbilla y miraba a su alrededor, añadió: — En estos círculos sociales, el nombre de una persona a veces es más importante que sus mismas posesiones y su lugar en la sociedad. Tu nombre debía limpiarse, Candy.
Ella sintió como sus ojos amenazaban con volver a nublarse y luchó fuertemente para reprimir las lágrimas. No le hubiera importado que los demás siguieran pensando que ella era una ladronzuela si él creía en su inocencia, sin embargo, le agradecía infinitamente haberle quitado esa preocupación de encima. Trató de agradecerle con palabras pero el nudo que sentía en su garganta se lo impidió. Con sus ojos fijos en los de él, parpadeó lentamente y luego le sonrió con gratitud.
(Fin del flashback)
Actualizado 12-10-17
oOoOoOo
Notas personales
La conversación con Mary está basada en las cartas que Candy le escribió a Stewart, a la propia Mary, a Doug y al señor Whitman. También hay un poco de mi imaginación y los datos de una retrospección referente a la actividad de la familia. Algo de la carta a Mary me hace pensar que posiblemente Mary le contó todo esto a través de una carta pero por cuestiones de narrativa, decidí que en lugar de escribirle se lo contaría en la fiesta.
También hay otro dato en la carta de Stewart. La carta deja ver que aparentemente él fue a recogerla solo ella a la estación y que viajó sola a Miami. Sin embargo, quise omitir ese dato y que viajara en compañía de Albert. :)
Regresando a la fiesta, la verdad es que ahí sucedieron cosas importantes. Mizuki nos indica que la fotografía que fue tomada ahí, tiene un valor especial para Candy en su presente. Puede que sea porque: a. es un recordatorio de su pasado y de cómo ese día todo se aclaró gracias a Albert; b. por haber vuelto a ver a sus amigos; c. porque en el tiempo Albert le contó cuál había sido su intención de llamarla a para que posara a su lado; d. porque ya tenía una relación con él. La verdad no lo sé, pero de que es especial es especial. Lo que sí sé, es que todo vuelve a girar y depender nuevamente de cuando ocurrió la confesión del Príncipe de la Colina.
Para la ubicación de todos en la foto, me puse a ver fotografías de esos tiempos y siempre el jefe de la familia estaba en el centro (generalmente sentado), a su derecha su esposa y enfrente de ambos los hijos de la pareja. Después, conforme iba reduciendo el orden jerárquico, se iban colocando los demás miembros a los costados bajo el mismo esquema. De ninguna manera las hijas o amigas, se ponían a la derecha del jefe de familia para esas tomas. Para mí, basados en eso, Mizuki nos deja ver algo por ahí al decir que él la quería a su lado sino, ¿por qué mencionarlo?
Como algo extra aunque no lo menciona CCFS, puse en la foto a los gerentes de área del hotel porque si Candy dice que Albert y los Leagan estaban en el centro de la fotografía, ¿quiénes más estaban llenando los costados? Así que queda en ustedes para la foto mental, eliminarlos o dejarlos… ;)
Ahora, sobre la aclaración de Sarah Leagan respecto a que ella no era una ladrona, Candy le escribe una carta agradeciéndole el gesto y es ahí donde menciona que fue una orden del Tío Abuelo William.
"…Más que cualquier otra cosa, quisiera agradecerle por haber desmentido frente a toda la familia el hecho de que tengo el hábito de robar.
[…]
Cuando le expresé mi agradecimiento, usted me respondió que simplemente había obedecido las órdenes del tío abuelo William…"
Es evidente que Albert también estaba interesado en limpiar el nombre de Candy y usó el poder de su posición para ello. ¿Por qué lo hizo? Cada quien saque sus propias conclusiones, yo saqué las mías. Ahora, ¿cuándo hizo Sarah Leagan esa declaración? Basados en la misma carta sabemos que fue en Miami. Candy empieza agradeciéndole que la haya invitado a la inauguración y que gracias a ello pudo volver a ver a sus amigos. Luego continúa con el fragmento de arriba (Nótese la frase 'frente a toda la familia'. Según eso, es posible que no haya hecho la declaración en la fiesta de inauguración sino en su casa, posiblemente en una reunión más íntima donde solo estaba la familia Andrew. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que al tratarse de una inauguración, habían invitados especiales y no solo los miembros de la familia, por lo tanto, me incliné más por ésta segunda opción, imaginando que a Candy solo le interesó la opinión de los Andrew.
Por último, MsPuddle en su oportunidad me comentó que éste capítulo le sirvió de inspiración para su fic 'Relación Peculiar'. Es un fic muy lindo y romántico. Si gustan pueden leerlo en su blog mspuddlehaven PUNTO com, donde también lo pueden encontrar traducido al español. Se los recomiendo.
Una vez más gracias a todas por leer y espero que el capítulo haya sido de su agrado. Hasta la próxima.
