14
Henry caminaba detrás de Regina, de vez en cuando sorteaba algunas piedras e intentaba no resbalar por las pendientes en las que ella, aparentemente, se deslizaba sin mayor dificultad. Para el chico era extraño ver a su madre tan hábil en la naturaleza, cuando en casa apenas si regaba unos cuantos geranios que crecían en el jardín y cortaba las manzanas del árbol para luego ponerlas en una canastita.
—¿Siempre haces ese ruido? —preguntó de pronto Regina al chico, mirándolo con una expresión de curiosidad.
—¿Qué sonido? —Henry frunció el ceño, extrañado.
—Ese silbido —respondió Regina acercándose a él, mientras señalaba su nariz.
—Oh… —Henry se tocó la nariz por inercia y se sonrojó un poco— lo lamento, tengo rinitis alérgica.
—¿Qué es eso?, ¿es contagioso? —preguntó Regina deteniéndose asustada.
—No, no lo es. Quiere decir que mi nariz se tapa cuando hay humedad o polen —respondió Henry con la voz un poco gangosa—. Pero no es grave.
—Oh, vaya, sí que eres extraño —siguió Regina, caminando por las sendas del bosque.
Henry esbozó una sonrisa. En su mundo, en su realidad, Regina se habría preocupado por él y se habría asegurado de que cargara consigo las pastillas para la alergia. Pero lo cierto era que allí no estaba su madre. La Regina frente a él era una muy distinta a la mujer que lo crio y lo amó toda su vida.
—Bueno, no hagas demasiado ruido, sino atraerás a los ogros —decía Regina, despreocupadamente.
—¿En serio hay ogros? —preguntó Henry, observando hacia todas partes.
—¿Qué en tu tierra no los hay?
—No… pero tenemos cucarachas, supongo que es lo mismo.
Regina miró de soslayo a Henry y esbozó una sonrisa.
—Estás loco, niño.
Sin saber muy bien por qué, Henry se sintió más reconfortado. Continuaron caminando por el claro del bosque, uno junto al otro.
—Y… ¿tú siempre cazas tu comida? —preguntó Henry.
—¡Pff! —rio Regina—. Por supuesto que sí. ¿Qué crees que soy?, ¿una princesa?
—O sea que sabes usar el arco y la flecha.
—Mejor que nadie, niño.
—Pero, ¿no te has sentido rara últimamente? —preguntó Henry con curiosidad.
—¿Rara? —preguntó Regina, confundida.
—Sí… ¿cansancio?, ¿mareos?, ¿náuseas?, ¿antojos?
—No, ¿por qué me sentiría así?
—Pues… en mi mundo tú…
De pronto se escucharon unas risotadas y voces masculinas a lo lejos. Regina se paró en seco y tomó a Henry por la caperuza de la sudadera jalándolo hacia sí para esconderse detrás del tronco caído de un árbol.
—Shh… los enanos están cerca —musitó Regina a Henry con un dedo sobre los labios.
—¿Enanos?, ¿los siete enanos? —preguntó Henry.
—Los mismos.
—¡Genial! Quizá ellos… —comenzó a decir Henry entusiasmado.
—¿Estás loco? Baja la voz —indicó Regina escandalizada—. Esos pequeños bastardos pueden rebanarte de un solo hachazo.
Henry no podía creerlo, no sólo su madre decía una mala palabra delante de él, sino que aparentemente algo terrible había sucedido con los enanos. Luego lo recordó: el autor había puesto todo de cabeza.
A lo lejos, entre las ramas y arbustos de bosque, se distinguía un grupo de hombres con vestiduras negras que reían escandalosamente.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Henry agazapado al lado de Regina.
—Robarlos —respondió Regina con la mirada fija hacia el grupo de enanos.
—¿Qué? —replicó Henry sorprendido—. Pero tú dijiste que…
—Escucha, niño, esta puede ser una buena oportunidad —dijo Regina con un gesto serio—. Esos tontos enanos siempre cargan con comida y cosas interesantes. Es mejor robarlos a ellos que tratar de cazar un ciervo. Pero debemos tener mucho cuidado, los enanos trabajan para la reina, por lo que cualquier paso en falso podría costarnos la vida, ¿entendiste?
Por supuesto que Henry entendía, perfectamente, pero eso no significaba que estuviese de acuerdo. Lo único que quería era darse la vuelta e irse a casa. "No hay ninguna casa", se repetía constantemente y Regina, la forajida, no era su madre.
—No estoy muy seguro de esto —musitó Henry con un dejo de temor.
Regina frunció el ceño y le lanzó una mirada severa, como si estuviese a punto de reprenderlo, pero las risotadas llamaron su atención.
—Sólo agáchate y no hagas ruido —indicó Regina al chico.
Henry obedeció, se agazapó detrás del tronco igual que ella. Sin embargo, no se dio cuenta de que una de las ramas salidas de la corteza se encajó en su abrigo.
—Debemos tomar una de esas bolsas —indicó Regina con la mirada a lo lejos—. Allí es donde guardan las provisiones.
—Esto es demasiado peligroso, mamá —volvió a decir Henry con temor.
Regina puso los ojos en blanco, sin remedio, y luego se deslizó a un lado para tener una mejor vista. Henry intentó seguirla, pero la rama atorada en su saco desgarró la tela de un tirón, haciendo un ruido apenas audible pero lo suficientemente nítido para el fino oído de un enano.
—¡Esperen! Escuché algo —dijo uno de los enanos en medio de las risas de sus compañeros.
—Debe ser otra apestosa ardilla —gruñó otro.
—No, puedo oler algo distinto —intervino otro enano más, uno de barba y mal talante.
Regina volteó a ver a Henry de inmediato.
—Hueles a jabón —gruñó ella arrugando la nariz.
—¿Eso tiene algo de malo?
—Shh… guarda silencio.
Henry volvió a agacharse, pero se dio cuenta de la rasgadura de su abrigo.
—Oh, diablos —musitó, entretenido mientras intentaba enmendarlo.
—Después de todo creo que sí se trata de una ardilla apestosa —dijo una voz áspera detrás del chico.
Henry alzó la vista, temeroso, y de pronto se encontró con la arrugada cara de un enano que lo amenazaba con un hacha. El chico miró asustado el filo de ésta y enseguida buscó a su madre con la mirada, pero Regina ya no estaba, había escapado.
—Yo… yo sólo pasaba por aquí —dijo Henry con un hilo de voz.
—¿Escondiéndote como una alimaña? —preguntó el enano acercándose cada vez más al chico.
—No me escondía, sólo… no quería molestarlos —respondió Henry, su corazón palpitaba rápidamente.
—Pues ya lo has hecho, niño —dijo otro enano más.
De pronto, los siete enanos rodearon a Henry. El chico los miró con miedo; ahí estaban Sneezy, Happy, Bashful, Doc, Dopey, Sleepy y Grumpy, quien lo amenazaba con el hacha, todos vestían de negro. Ninguno de ellos tenía aspecto amable como en Storybrooke.
—Lo lamento, yo no quería —comenzó a decir Henry.
—¿De qué reino vienes, forastero? —preguntó Doc con la mirada fija en él.
—Yo… vengo de un reino lejano —respondió Henry.
—¿Qué tan lejano? —preguntó Dopey.
—Muy lejano… se llama Storybrooke —respondió Henry seguro de sí mismo y de que podía convencerlos.
Los enanos se miraron los unos a los otros, intrigados. Sin embargo, Grumpy tomó a Henry por el abrigo roto y gruñó:
—Ese reino no existe —dijo el enano malhumorado.
—Sí, existe.
—Pues no lo conocemos.
—Que ustedes no lo conozcan no quiere decir que no exista —defendió Henry con la redonda nariz de Grumpy muy cerca de la suya.
—¿Estás burlándote de nosotros, forastero? —preguntó Happy, quien no parecía precisamente feliz.
—No —negó Henry intentando zafarse de la mano del enano que lo sostenía.
—Creo que un hachazo en la lengua podía soltártela, muchacho —dijo Grumpy con una fea sonrisa.
Henry apretó los ojos, no podía creer que aquello estuviese pasando. Las risas de los enanos se escuchaban más fuertes que antes. Cuando, de pronto, una flecha salió disparada de la nada y se clavó en la manga de Grumpy, quien soltó un alarido y dejó caer el hacha en el suelo y, al mismo tiempo, liberó a Henry.
Éste, asustado, alzó la mirada y vio a lo lejos a Regina, quien apuntaba su arco hacia el resto de los enanos.
—¡Corre! —gritó Regina, como una orden.
Henry obedeció sin pensarlo, echó a correr hacia ella, mientras el resto de los enanos le seguían el paso. Regina no bajó la guardia y continuó disparando sus flechas, las cuales alcanzaron algunos pies y dedos.
—¡Es ella, es la bandida! —exclamó Grumpy aún con el hacha empuñada y el brazo ensangrentado.
Enseguida, los enanos se dirigieron hacia Regina, dando alaridos, con cuchillos en las manos. Ella, pacientemente, esperaba con el arco listo. Henry se escudaba detrás.
—Cuando cuente tres vas a correr hacia su campamento y tomarás una bolsa con provisiones, luego escaparemos —musitó Regina a Henry, con los ojos atentos al movimiento de los enanos que se acercaban.
—De acuerdo —asintió el chico.
—Una… dos… ¡tres!
Henry echó a correr rápidamente, cuando de pronto de la mano de Regina salió una luz blanca que encegueció a los enanos. Éstos gritaron, cubriéndose los ojos, y se echaron sobre la tierra. Henry no había alcanzado a ver con exactitud lo que había pasado, tomó la bolsa que Regina le había indicado y luego sintió la mano de ella que lo sujetó con fuerza.
Ambos corrieron para internarse entre árboles y matorrales, perdiéndose en la inmensidad del bosque.
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Los oscuros pasillos del castillo apenas estaban iluminados por las tenues luces de las antorchas que colgaban en las paredes de piedra.
Isaac Heller siempre había odiado ese mundo. Lo odiaba con cada fibra de su ser. Odiaba los caballos, los estercoleros, las armaduras, las espadas, los frijoles mágicos… Odiaba todo. Sin embargo, no podía negar que haber tenido control sobre esas cosas, alguna vez, le había dado cierta satisfacción.
Pero entonces era diferente. Ya no era el autor, ya no tenía la pluma, no podía saber con exactitud qué era lo que ocurría o estaba por ocurrir. Henry era el nuevo autor, sólo él podía alterar las historias. Sin embargo, Isaac no tenía idea dónde se había metido el chico. Ambos cayeron en el vórtice de luz y se separaron en cuanto aterrizaron en el Bosque Encantado.
Los guardias de la reina conducían a Isaac por los lúgubres pasillos del castillo. Ella ordenó que lo llevaran hasta el comedor donde lo invitaría a cenar y charlarían. Snow White se había portado indulgente. Isaac sabía perfectamente lo que sucedía: aquella no era la dulce y encantadora muchachita del bosque que huía de su malvada madrastra; los papeles se habían invertido, por lo que Snow era entonces la villana.
El gran comedor estaba iluminado por unas velas a lo largo de la mesa. El banquete estaba servido. Isaac entró en la habitación y encontró a la reina sentada en su majestuosa silla, esperando por él.
—Su majestad —saludó Isaac con una reverencia.
Snow esbozó una sonrisa e inclinó un poco el rostro.
—Siéntate —ordenó ella aún sonriente—. ¿Vino?
—Me encantaría, su alteza —respondió Isaac con su mejor tono condescendiente.
Snow chascó los dedos y enseguida unas doncellas llevaron vino a Isaac. Él esbozó una sonrisa y levantó la copa, Snow hizo lo mismo y ambos bebieron.
—Y bien, Isaac, cuéntame de dónde has venido —dijo Snow con parsimonia.
—Bueno, su majestad, yo viajo por todas partes —respondió Isaac con naturalidad—. Soy un hombre de mundo, no vivo en ningún sitio en particular.
—Entiendo, ¿a qué te dedicas exactamente?
—Soy… vendedor.
—¿Vendedor de qué?
—De objetos extraños.
—Mis hombres te encontraron en el bosque, inconsciente, pero no llevabas nada contigo.
—Eso fue porque me robaron, su majestad —respondió Isaac aparentando enojo—. Un chiquillo sucio y traidor se llevó todo lo que tenía.
Snow no parecía inmutarse por lo que Isaac decía. Por el contrario, se inclinó sobre la mesa y alcanzó una manzana la cual comenzó a comer despreocupadamente.
—Creí que ibas a contarme sobre cómo capturar a Regina —dijo Snow mientras daba otra mordida a la manzana.
—Oh… bueno, sé dónde puede usted encontrarla —esbozó una sonrisa Isaac.
—¿Y cómo puedo asegurarme de que no mientes?
—Porque ese chico que me robó debe estar ahora con ella —respondió Isaac.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Snow, con suspicacia.
—Porque ella es… —Isaac se detuvo, de pronto decir la verdad no parecía ser una opción— una forajida igual que él. Creo que son familia.
Entonces, los ojos de Snow entornaron a Isaac, éste tragó saliva un poco asustado cuando ella soltó la manzana y la dejó sobre la mesa.
—Regina no tiene familia —negó la reina con la voz fría—. Ella no tiene a nadie en el mundo.
—Bueno, entonces, quizá, sólo estén juntos como un par de ladrones. Así son todos los de su clase, su majestad, ya los conoce. Se congregan igual que las chinches.
Isaac soltó una risa, pero Snow permanecía seria. Era muy hermosa, sin lugar a dudas, pero su belleza parecía desconcertante. Su mirada calculadora helaba a cualquiera y su voz, suave y sin emoción, inquietaba un poco. Isaac guardó silencio y esperó a que ella hablara de nuevo.
—Si he dejado que salgas de tu celda, forastero, es sólo porque me ofreciste información sobre Regina —comenzó a decir la reina—. Saber si está o no con un chiquillo ladrón no es de mi incumbencia. Lo que me interesa conocer es el lugar exacto de su guarida. Ninguno de mis hombres ha podido encontrarla, ni siquiera esos sucios enanos que dicen ser expertos en el bosque. Quiero saber dónde está Regina y quiero saberlo ahora.
El tono de su voz había hecho eco en la habitación. Isaac asintió, se había metido en un problema y lo sabía.
—Su majestad, ¿qué tal si yo ayudo en su búsqueda? Estoy seguro de que ese chiquillo está con ella. Sólo necesitamos encontrarlo a él.
—¿Y cómo sería posible eso? —preguntó Snow un poco indiferente.
Isaac sacó un botón de su bolsillo, era de Henry, se lo había arrancado cuando cruzaron de un mundo a otro.
—Esto le pertenece al chiquillo ladrón, estoy seguro de que usted tendrá un elemento en su reino que puede rastrearlo —dijo Isaac con una mirada astuta.
Snow se levantó de la silla y caminó hasta Isaac. Vio el botón que éste sostenía y se lo quitó de la mano para observarlo con calma. Luego, como si lo hubiese entendido todo, esbozó una sonrisa.
—Guardias, entreguen esto a Ruby.
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Regina y Henry regresaban al refugio, con las respiraciones entrecortadas.
—Creí que me habías abandonado —se quejó Henry.
—Estuve a punto de hacerlo —respondió Regina—. Pero vi lo que ese feo enano quería hacerte. Pensé que si no te rescataba ibas a ser cena de oso.
—¿Qué quieres decir? —replicó Henry, mosqueado—. ¿Crees que no puedo defenderme solo?
—Por supuesto que no —rio Regina—. Es evidente que tú no naciste en el bosque. No sabes pelear, no sabes esconderte y lo peor: no sabes mantenerte callado.
—Es mi nariz —dijo Henry avergonzado.
—Como sea, la próxima vez te quedas aquí —dijo Regina mientras caminaban al interior de la cueva.
—Vi lo que hiciste —dijo de pronto Henry.
Regina se detuvo y se giró hacia él con una cara de pocos amigos.
—¿Qué cosa?
—La magia. Vi que hiciste magia.
—No es cierto —negó Regina—. Yo sólo les lancé una flecha.
—Claro que no, vi cuando de tu mano salió magia —insistió Henry—. Está bien, mamá, puedes ser sincera conmigo.
—Escucha, niño —dijo Regina de malhumor—: en primer lugar, yo no soy tu madre. Y en segundo, si dices alguna vez a alguien que hice magia yo misma te cortaré la lengua con mi propio cuchillo… y te entregaré a los osos para que te coman.
La amenaza de Regina se había escuchado como una intimidación que haría cualquier que quisiera mantener un secreto. Henry sabía que no hablaba en serio, así que no dijo nada, sólo asintió.
—Veamos qué fue lo que conseguiste —siguió Regina, sentándose en una piedra y vaciando el contenido del bolso.
Henry se sentía un poco enfadado. Prácticamente, su madre lo había llamado inútil, y quizá así era: él no tenía ninguna habilidad, excepto leer comics y jugar videojuegos. Pero aquello, la vida en el bosque, era más complicado de lo que alguna vez imaginó.
Regina sacó del bolso un costal con monedas, un par de arenques y algunas frutas. Sonrió entusiasmada mientras olfateaba los pescados.
—Están frescos —dijo ella, entusiasmada.
—Bien —dijo Henry y fue hacia la mesita desvencijada donde se encontraba su libro y comenzó a leerlo.
Regina lo miró extrañada, pero no le dio importancia. Henry observaba las páginas en blanco, por alguna razón las letras se habían detenido.
—¿Tienes hambre? —preguntó Regina de pronto.
—No —negó Henry, con la mirada fija en el libro.
—No te creo, tu barriga gruñó hace un rato —siguió Regina.
—Sí, pero no voy a comer nada.
—¿Por qué? Debes tener el estómago vacío después de… —Regina, claramente, iba a bromear de nuevo, pero se detuvo al ver la expresión de Henry— Ha sido un día largo, ven a comer.
—No puedo hacerlo, no es mi comida, yo no la atrapé.
—Oh, ¿te molesta que lo hayamos robado? —preguntó Regina un poco extrañada.
—No, pero tú crees que no sirvo para nada —respondió Henry con su voz infantil.
Regina entendió todo, luego suspiró, dejó el par de arenques atravesados por una vara en el fuego, luego se dirigió a Henry.
—Escucha, niño, no quise ofenderte, ¿de acuerdo? —dijo ella, pero Henry no hacía caso, seguía ensimismado en el libro—. ¿Estás enfadado?
—Tampoco quieres decirme nada de tu magia —dijo Henry, cabizbajo.
—Oye, nadie sabe nada de mi magia —aclaró Regina, luego se puso de cuclillas para hablar cara a cara con él—. Henry, ¿sabes lo raro que eres para mí? Apareciste así de la nada en mi guarida y me llamaste mamá y yo… bueno… todo es muy extraño.
—Lo sé, pero debes creerme —insistió Henry con sus pequeños ojos brillosos.
Regina torció el labio y luego suspiró.
—¿Qué te parece si comes algo y me cuentas un poco más de tu libro?
Henry pareció dudarlo unos segundos, pero luego asintió, con la esperanza de que ella le creyese de algún modo.
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—Entonces, caímos aquí. Él me volvió el nuevo autor del libro, me forzó a serlo. Nunca debí liberarlo —dijo Henry antes de echarse un enorme bocado de pescado asado a la boca.
—Así que él anda por aquí también —añadió Regina, comiendo de la misma manera que Henry.
—Sí, y pienso que sus intenciones no son buenas —respondió el chico, con un gesto preocupado.
—Vaya, sí que estás en un problema, niño —dijo Regina, un poco mordaz.
—Lo sé, pero estoy seguro de que si encuentro al resto de nosotros las cosas pueden cambiar.
—Pero primero debes encontrar esa pluma.
—¿Vas a ayudarme? —preguntó Henry con un dejo de entusiasmo.
—No lo sé. Alguna vez ayudé a una niña en peligro y eso no salió muy bien —dijo Regina con un gesto de molestia.
—Oh… conozco esa historia —dijo Henry cabizbajo.
Regina lo miró con interés, con el gesto serio.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella un poco asustada—. ¿En tu mundo la conocen?
—Algo así —asintió Henry—. Es muy complicado de explicar.
—Henry, ¿ese libro tuyo tiene mi historia?
—La tenía, pero no sé cuánto ha cambiado —respondió Henry.
Regina miró al chico como si por primera vez creyera en sus palabras. Luego, bajó la mirada y continuó comiendo el arenque, sin mucho más qué decir.
—¿Ahora sí crees en la magia del libro?
Regina permaneció callada unos segundos y luego asintió.
—Sí.
—¡Lo sabía! —exclamó Henry entusiasmado.
—Pero no significa que me guste —dijo Regina con el ceño plegado—. No me gusta la magia para nada. Que yo la tenga no significa que deba usarla. De hecho sólo ha sido en momentos desesperados, como hoy.
—No toda la magia tiene que ser mala —dijo Henry encogiéndose de hombros.
—Pero tampoco significa que sea buena. Además, yo todavía no controlo mis poderes. Algunas veces se disparan solos.
—En mi mundo eres una excelente hechicera.
—¿En serio?, ¿lo soy?
—Sí, de hecho tú le has dado lecciones a Emma. Mi otra mamá.
Regina casi se atraganta con el pedazo de arenque que tenía en la boca. Lo tragó con dificultad y luego miró a Henry con una expresión extraña.
—¿Tu otra mamá?
—Sí, mi mamá de sangre. Ella también tiene magia. Es una larga historia. Pero ustedes son amigas.
—Ah, ya veo —dijo Regina—. Así que no eres todo mi paquete, ¿eh? Qué alivio.
Henry frunció un poco el ceño.
—No te ofendas, niño, pero eso de ser madre no sé si va conmigo —se apresuró a explicar Regina.
—Por supuesto que va contigo. Eres mejor madre que Emma, si quieres mi opinión —dijo Henry con soltura.
De pronto se dio cuenta de lo que había dicho y se quedó callado, un poco arrepentido.
—No puedo creer todas esas cosas que cuentas de la yo del otro mundo —dijo Regina, divertida.
—Debes creerlas porque son ciertas —dijo Henry.
Regina sonrió y siguieron comiendo en silencio.
Terminaron la cena y Henry ayudó a Regina a preparar un lecho, en el fondo de la cueva, para él, con algo de paja y unas pieles de borrego. La noche había refrescado y Henry se alegró de tener su abrigo, aunque roto, puesto. Regina apagó el fogón que daba calor a la cueva y se preparó para dormir. Ella dormía en otro montón de paja, mantas y pieles.
El canto de los grillos era sonoro. Henry estaba muy cansado, pero no conseguía dormir. Parecía que Regina tampoco.
—Oye, Henry, ¿y qué harás cuando encuentres la pluma?
—Debo cambiar la historia, debo regresar los finales felices a los héroes —respondió el chico, ansioso.
—¿Crees que sea posible? —preguntó Regina, dubitativa.
—Todo es posible, tengo esperanza —dijo Henry con una sonrisa que ella no podía ver.
—¿Quiere decir que todo esto cambiará?, ¿dejaré de vivir en el bosque?
—Sí, volveremos a estar en nuestro mundo —asintió Henry.
—¿En tu mundo… tengo familia? —preguntó Regina con la voz cada vez más cansada.
—Sí, tenemos mucha familia.
—Pero… quiero decir: ¿mi madre está viva?
Henry se quedó callado unos segundos. Debía decir la verdad.
—No, ella murió.
—Sí, entiendo —dijo Regina un poco decepcionada.
Volvió a hacerse un silencio entre ellos, luego Regina añadió:
—Y… ¿eres mi único hijo?
—Sí, bueno… no —respondió Henry pensativo— Están Roland y mi hermano pequeño. Pero no estoy seguro de si él o ella cuente ahora. Quizá sí, eso has dicho tú… bueno, la otra tú… la de mi mundo…
Henry quiso seguir explicando la situación, pero la pesada respiración de Regina le indicó que ella ya se había quedado dormida.
—Debo encontrar esa pluma, debemos regresar a casa, mamá —musitó Henry antes de quedarse dormido también.
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Durante los siguientes días, Henry acompañó a Regina por el bosque. Ella se encargó de mostrarle todas esas cosas que él desconocía. Era un poco curioso, pues, de alguna manera, ella había dejado de burlarse de las pocas habilidades del chico para controlar las cosas de la naturaleza. En lugar de eso, se ocupó en instruirlo y explicarle cosas básicas para sobrevivir. Incluso toleró las muchas veces que el chico la llamaba mamá.
Regina le enseñó a cómo hacer diferentes nudos a una soga, a cómo identificar los puntos cardinales con sólo oler el musgo que crecía en las cortezas de los árboles; también le enseñó a pescar con una pequeña lanza algunos arenques en el río dulce y a hacer fuego con nada más que un par de piedras y ramas secas.
Pero cuando la lección de tiro con arco llegó, Regina se sorprendió de que Henry supiera más de lo que ella imaginaba. El chico quiso explicar que Robin, el de su mundo, le había enseñado a sostener el arco y la flecha, pero prefirió no hacerlo. Era evidente que a Regina no le caía muy bien el arquero.
Así, pasaron cinco días con sus cinco noches. Algunas veces, Henry observaba a su madre en silencio, le preocupaba qué tanto habían cambiado las cosas y qué tanto no. ¿Existiría su hermano más pequeño en ella? ¿Debía advertírselo? Pero, ¿cómo lo haría? Regina parecía sentirse muy segura, seguía subiéndose a los árboles y corriendo por las veredas del bosque como si nada pasara.
Quizá sí, todo había cambiado. Esa idea preocupaba muchísimo a Henry, porque significaba que la felicidad de todo mundo recaía en él. Incluso, ahora su abuela Snow White era la malvada de la historia. ¿Dónde estaría Emma?, ¿dónde estarían Robin y Roland?, ¿Charming sería el mismo? Debía darse prisa y encontrar la pluma lo más pronto posible.
Durante los días que estuvo con Regina, Henry intentó idear algunos planes, casi todos muy locos, para buscar al autor. Ella lo escuchaba con atención, pero al final desistía de las estrategias poco convincentes del chico. Sin embargo, una noche, antes de dormir, Regina fue un poco más clara.
—Henry, mañana podemos ir al pueblo. Buscaremos la forma de encontrar al autor. Por fortuna para ti, este mundo no es tan grande, seguramente alguien lo habrá visto.
—Pero… ¿si la guardia de Snow White te reconoce? —preguntó el chico, adormilado.
—No te preocupes, tengo mis propias mañas —dijo Regina con una sonrisa.
Henry también sonrió y cerró los ojos, apaciblemente.
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A mitad de la noche, Henry despertó. Unos ruidos se escuchaban afuera de la cueva. Giró sobre sí para mirar a Regina, quien seguía profundamente dormida.
—Mamá… mamá…
Regina no hacía caso. Henry sabía que su madre, al menos la de su mundo, tenía el sueño muy ligero. Sólo dormía así, como entonces, cuando estaba demasiado cansada. Adivinó que vivir en el bosque y sortear una calamidad de cosas debía dejarla agotada.
Los ruidos volvieron a escucharse, parecían ser pisadas de un caballo o algo más grande. Henry pensó en los ogros que Regina había mencionado y temió que los atacaran allí mismo, en plena noche.
—Mamá… hay ruidos —volvió a decir Henry.
Regina sólo se movió un poco y siguió igual de dormida. Entonces, Henry pensó que era momento de hacerse cargo de la situación. Afuera de la cueva, Regina y él habían reconstruido la trampa para ogros, había sido parte de sus trabajos como huésped. Todo lo que tenía que hacer era salir un poco de la cueva y tomar el extremo de una cuerda que activaría la trampa. Era sencillo, pero él tenía miedo, las manos le temblaban igual que cada vez que hablaba en público. Sin embargo, lo hizo: asomó medio cuerpo a través de las rocas que escondían la pequeña guarida de Regina y tomó el pedazo de cuerda.
Estuvo así unos minutos, pero nada ocurría. Los pasos dejaron de escucharse. Henry soltó un suspiro, aliviado. Podía volver a dormir… pero, antes, debía hacer pipí. Odiaba cuando sucedía eso cada vez que se sentía demasiado estresado o nervioso.
Salió de la cueva y se dirigió hacia unos arbustos. Regina le había indicado dónde debía hacerlo. Así que rápidamente se aproximó hasta allí. Una vez que vació su vejiga y subió el cierre de su pantalón, dio media vuelta para regresar al refugio. Sin embargo, el sonido de una respiración pesada y ruidosa lo hizo detenerse.
Detrás de unos arbustos se asomaban un par de ojos fieros, inyectados de sangre. Henry se quedó paralizado cuando reconoció que se trataba de un lobo. Luego miró al cielo: había luna llena.
No podía regresar al refugio, pues si lo hacía, la bestia no sólo lo atacaría a él, sino también a Regina. Así que Henry hizo lo más inteligente que pudo hacer: correr.
Corrió con todas sus fuerzas y en cuanto sus piernas se movieron, el lobo fue tras de él. Las pisadas de la bestia se escuchaban fuertes y retumbantes sobre la tierra. Henry corría despavorido, con el latido de su corazón en los oídos y la garganta reseca. Corría todo lo que sus nervios le permitían. Pero el lobo era sagaz y rápido, lanzó algunos zarpazos que estuvieron a punto de tocar al chico.
—¡Ayuda! —alcanzó a gritar Henry por si Regina lograba escucharlo, pero ya se encontraba lejos de la guarida.
El lobo tomó impulso y, en un momento, se abalanzó sobre Henry. Pero, de pronto, una flecha salió disparada clavándose en el muslo de la bestia. Ésta gimió y se quejó de dolor. Henry quiso seguir corriendo, pero tropezó en medio de la oscuridad, perdiendo casi el conocimiento. Los chillidos del lobo se escucharon cada vez más fuertes.
Unas manos fuertes tomaron a Henry y lo levantaron del suelo. El chico apenas si tenía conciencia de lo que pasaba. Alguien lo llevaba sobre los hombros. Luego se desmayó.
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Cuando abrió los ojos, Henry no pudo reconocer dónde estaba. En primer lugar, creyó que se encontraría en su habitación, luego recordó que aquel no era su mundo. Después, quiso ver a Regina, él había visto que una flecha detuvo al lobo, pero todo lo que distinguió fue el rostro de un hombre rechoncho con barba, de sonrisa afable, que lo miraba a la expectativa.
—Oigan, muchachos, ya ha despertado —dijo con la voz gruesa.
De pronto se acercó otro hombre más, con la barba mejor recortada, ojos intensamente azules y unos hoyuelos que Henry reconocía muy bien.
—Vaya, creí que no despertarías nunca.
—¿Robin?
—A tu servicio.
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