Capítulo 14: Pues vete.
Algunos me habéis pedido que haga un lemon… siento decepcionaros pero no, no se me dan nada bien. Lo siento, creo que dejo bastante a la imaginación… de todas formas, si alguien quiere completarlo, es libre de hacerlo, pero agradecería que quien lo haga, me avise.
Que conste que si no contesto a los mensajes es porque se me va olvidando, pero aprecio igualmente todas las críticas y comentarios.
También alguien me ha preguntado con qué frecuencia subo nuevos capítulos… no lo sé ni yo, realmente escribo cuando tengo tiempo, ganas y las musas me acompañan. En estos momentos tengo un proyecto bastante grande entre manos y me estoy volcando en él (un amigo apostó conmigo a que no lo acababa antes de terminar el año y, como comprenderéis, ahora terminar ese proyecto se ha convertido en una cuestión de honor), por eso tengo éste tan abandonado… pero como os vengo diciendo desde el principio, lo acabaré, tranquilos.
Un rayo de sol se coló por la rendija de la puerta de la cabaña. Tashigi abrió los ojos despacio. ¿Ya era de día? Tardó un poco en darse cuenta de dónde estaba. Sonrió cuando volvió la cabeza y tropezó con el rostro dormido de Zoro. El brazo derecho del joven rodeaba su cintura, y ambos tenían las cabezas apoyadas en su brazo izquierdo, doblado. Se pegó más a él y le acarició la mejilla. Qué cara más tranquila se le ponía cuando dormía… recorrió con la yema de los dedos los párpados cerrados, la nariz, los labios, y acabó acariciándole el pelo, sin apartar la vista de su cara.
Pasado un rato se incorporó sobre los codos. No se molestó en cubrirse con la manta, ¿para qué? El único que podía verla allí ya sabía lo que había.
No sabía qué hora era, pero seguro que en el barco les estarían esperando.
Fue a levantarse, pero el brazo de Zoro se tensó de pronto y la atrajo hacia sí.
–¿Ibas a alguna parte? –oyó que le susurraba cerca del oído.
Ella simplemente rió y se dio la vuelta para poder mirarle a la cara.
–Ahora ya no –contestó.
Zoro la besó y siguió la línea de la mandíbula hasta la oreja. Tashigi se rió:
–Si empezamos otra vez, vamos a llegar al barco tardísimo.
–Que esperen –gruñó el joven, y empezó a bajar por el cuello.
Tashigi se retorció y se apartó, riendo:
–Vamos, no seas niño –le regañó en broma.
Se levantó y fue a por su ropa. Zoro se incorporó sobre los codos y se la quedó mirando mientras se vestía. Luego, a regañadientes, se arrastró fuera de la manta.
Debía ser ya media mañana cuando ambos salieron de la cabaña y echaron a andar hacia el barco. No habían dado ni diez pasos cuando la mano de Zoro buscó la de Tashigi.
–Nami nos va a matar –comentó, mirando al cielo, como disimulando.
Ella sonrió y se apartó un mechón de pelo de la cara, empezando a ruborizarse:
–Supongo que sí…
Recordó entonces que Smoker siempre regañaba a los del G-5 cuando no se levantaban a tiempo, y se ponía hecho un basilisco si el barco se retrasaba lo más mínimo. Claro, los mugiwara no perseguían nada que estuviese en continuo movimiento, así que tenían una relativa libertad para tardar lo que quisiesen en llegar a su destino. En cambio Smoker y ella…
Smoker.
¿Cómo había podido olvidarlo? Smoker estaba tras Luffy. La Marina esta trás Luffy. Y ella era una Marine.
De pronto se le hizo un nudo en la garganta y un enorme peso le cayó en el estómago.
¿Qué había hecho?
Soltó la mano del espadachín, como si le quemara.
–No puedo hacer esto, Zoro.
Ambos se detuvieron. Él la miró, desconcertado.
–¿Hacer qué?
–Esto no está bien… ¡No está bien! –exclamó, agobiada –. ¡Yo soy una Marine y tú un pirata!
Zoro esbozó una sonrisa:
–No me digas.
Pero Tashigi no se reía. En lugar de eso se llevó las manos a la cabeza y apoyó la espalda en un árbol. Parecía estar al borde de un ataque de pánico.
–¿Te encuentras bien?
–¡No lo sé! –Tashigi se tapó la cara con las manos –. Si alguien se entera de esto… En cualquier tribunal me condenarían por confraternizar con el enemigo…
–Tashigi, no seas absurda, llevas casi dos meses viajando con nosotros. Si eso no es confraternizar… –dijo el joven cruzándose de brazos –. Además, creí que estabas bien en el Sunny.
–¡Pero esto es distinto! –gritó ella.
–Dime por qué.
–¡Porque esto no es justificable!
Zoro alzó una ceja.
–¿Justificable? –repitió, empezando a cabrearse –. ¿Acaso pensabas bajarte del barco un buen día, saludar como si nada a tus compañeros y simplemente justificarlo todo? ¿Cómo pensabas hacerlo?
–¡Eso no viene a cuento! –intentó echar a andar de nuevo, pero otra vez Zoro fue más rápido que ella –. ¡Déjame ir!
–¿Qué ibas a decirles, eh? ¿Que los malvados piratas te raptaron? ¿Que el diabólico espadachín te deshonró? –utilizó a propósito esa última palabra. Había oído a Nami utilizarla con tono de burla, y era justo lo que quería hacer él.
–No iba…
–No te entiendo, Tashigi –resopló él –. Primero me persigues por medio mundo, luego intentas salvarme. Un día me odias y al siguiente…
–Yo no…
–¡Explícamelo, porque no lo entiendo!
–¡Yo no debería estar aquí! –gritó entonces Tashigi.
Se hizo el silencio. Zoro la miró, dolido.
–Entonces vete. ¿Para qué darle más vueltas? Es así de simple.
Tashigi dejó de intentar liberarse y le miró directamente a la cara:
–¡Tal vez lo haga! –gritó, enfurecida.
–¿Quién te lo impide?
–¡Me bajaré en el próximo puerto! ¡¿vale?!
–¡Adelante, hazlo! ¿A quién le importa? –exclamó Zoro soltándola –. ¡Así me libraré de ti de una maldita vez! ¡Un peso muerto menos!
Casi al instante de haberlo dicho, deseó poder tragarse sus palabras, pero ya era tarde; Tashigi se quedó blanca como el papel, con una expresión mezclada de furia, sorpresa, rabia y desolación.
–Perdona, no quería… –comenzó a decir, alargando el brazo hacia ella.
La joven se echó hacia atrás y le apartó de un manotazo. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos.
–No vuelvas a dirigirme la palabra, Roronoa –casi escupió, y se dio la vuelta. No quería que la viese llorar.
–¡Tashigi, espera!
–¡DÉJAME EN PAZ!
Echó a correr. Zoro no la siguió, pero ella corrió de todas formas. En el momento en que se perdió de vista, el espadachín estrelló el puño contra un árbol, que se tambaleó, crujió un poco, y se cayó.
–¡Maldita sea! –grito.
…
–Naaaaamiiiiii, me aburro…
–No podemos zarpar aún, Luffy.
Luffy estaba literalmente tirado en el suelo de la cocina, con una cara que daba lástima. Llevaba desde el desayuno queriendo levar anclas, pero Tashigi no había llegado hasta hacía una hora, y no había rastro de Zoro.
Sanji estaba empezando a hacer la comida.
–¿Aún no ha vuelto el marimo?
Nami negó con la cabeza.
–No. Y no entiendo por qué no ha vuelto con Tashigi –miró hacia la puerta que llevaba a la cubierta –. Ha debido pasarles algo… Tashigi se ha encerrado en nuestro cuarto y no quiere salir, Robin ha ido a ver qué puede hacer.
–Naaaaaaaaamiiiiii…
–Estaba llorando cuando ha subido a bordo –comentó la navegante ignorando a su Capitán.
–¿Llorando? –Sanji parecía enfadado –. Si ése imbécil le ha hecho algo…
–Naaaaaaaamiiiiiii…
–No podemos saberlo hasta que Zoro vuelva, Sanji-kun. Si dentro de media hora no hemos tenido noticias de él, mandaré a Chopper a buscarle.
–Mándale ya, me juego el cuello a que se ha perdido y está buscándonos en la otra punta de la isla.
–Naaaaaaaamiiiiii…
–Voy a esperar, a lo mejor ocurre un milagro y encuentra solito el camino de vuelta.
–Naaaaaaaaaamiiiiiii…
–Luffy, cállate un rato, ¿quieres? Nami-san, puedo acompañar a Chopper si quieres.
–No, prefiero que te quedes aquí.
–¡Sí, Nami-swan! ¡Si me quieres a tu lado no me separaré de ti!
–Naaaaaaaaaaamiiiiiii…
La navegante perdió los estribos:
–¡POR DIOS, LUFFY, CIERRA EL PICO DE UNA VEZ!
Para quien no lo haya supuesto, tras esa frase Luffy fue catapultado fuera de la cocina, estrellándose contra el mástil. Riéndose a carcajadas (y demostrando así que el golpe no le había matado), Luffy fue a sentarse en la cabeza del Sunny. Desde ahí, fue el primero en ver llegar a su Segundo de a Bordo por entre los árboles, con las manos hundidas en los bolsillos y dándole patadas a las piedras. Contentísimo, Luffy se precipitó botando dentro de la cocina y apareció pocos segundos más tarde con Nami.
–Por fin se digna a aparecer el señor –bufó ésta, enfadada al ver subir al espadachín. Luego se giró hacia la puerta de los camarotes –. ¡Todos a sus puestos!
–¡Zarpamos! –exclamó Luffy, feliz.
Mientras los chicos empezaban a mover el barco, Nami agarró al recién llegado de una oreja y le arrastró hacia la cocina.
–¿Vas a explicarnos qué ha pasado? –preguntó, cerrando la puerta.
Desde detrás del mostrador, Sanji dejó a un lado el cuchillo y se cruzó de brazos.
–¿Desde cuándo os tengo que dar explicaciones a vosotros? –bufó Zoro –. No ha pasado nada.
– Ha llegado aquí llorando, miserable marimo insensible –le insultó Sanji –. ¿Qué le has dicho?
–¿Por qué dais los dos por supuesto que ha sido culpa mía? –se defendió él –. Estábamos hablando, se ha vuelto loca y se ha largado corriendo. Fin de la historia.
Nami se apretó el puente de la nariz con las manos:
–Zoro, ¿Qué le has dicho? –farfulló sin mirarle.
–¡Ha empezado ella!
–¡Me da igual quién haya empezado! ¿vale? –genial, ahora estaba haciendo de madre de un tío mayor que ella –. Pensábamos que os había pasado algo.
–Pero ella está bien –de pronto Zoro temió que le hubiese pasado algo –, ¿verdad?
–Se ha encerrado en el camarote y no quiere ver a nadie.
–Sí, Robin-chan ha ido a intentar hablar con ella…
–¿Qué ha pasado, Zoro?
–¡Dejadme en paz los dos! –exclamó el joven e intentó salir de la cocina –. Nami, aparta o te aparto yo.
Al instante Sanji estaba junto a ella.
–Como le pongas un solo dedo encima te reviento, imbécil.
–¡Apartaos los dos, maldita sea!
–¿Qué ha pasado, Zoro? –volvió a preguntar Nami, sin amedrentarse lo más mínimo –. Cuanto antes nos lo digas, antes dejaremos que te vayas.
–¡No me chantajees, bruja!
–¿Qué le has llamado a Nami-swan?
–Tú calla, cejotas.
–Repite eso si te atreves.
–Cejotas.
–Marimo.
–Cocinero de pacotilla.
–Alga descerebrada.
–¡Bueno, ya vale! –Nami se metió en medio de ambos justo cuando vio la mano de Zoro dirigirse a la empuñadura de sus katanas, pero al hacerlo se apartó de la puerta un simple paso. Eso fue suficiente para que el joven espadachín se escabullera directo al puesto de vigía.
Nami le vio marchar y suspiró.
–Esperemos que Robin haya tenido mejor suerte.
Por desgracia para ellos, no fue así; aunque logró que Tashigi abriese la puerta y saliese del camarote, no consiguió que le contase nada de lo que había ocurrido.
–Me bajaré en el próximo puerto –fue lo único que dijo, ya durante la cena. Mientras todos protestaban enérgicamente e intentaban hacerle cambiar de opinión, Tashigi miró hacia donde se sentaba Zoro, justo frente a ella. El espadachín no le devolvió esa mirada.
Fue el único que no trató de convencerla de que se lo pensase mejor. Y eso le dio tanta rabia que resolvió, en ese mismo momento, no dar marcha atrás en lo que acababa de decidir.
Se bajaría en el siguiente puerto y seguiría, junto con Smoker, a la caza de las meitou.
La cena continuó de forma bastante tensa y triste. En cualquier otra circunstancia, Luffy habría obligado a sus nakamas a celebrar una fiesta de despedida para la joven, pero nadie estaba de humor. El muchacho de goma no era tonto (o no tanto) y, de vez en cuando, sabía decir cuándo el horno no estaba para bollos.
Ya casi habían terminado de recoger toda la mesa y de fregar los platos cuando Nami salió un momento a comprobar el tiempo. Llevaba desde media tarde lloviendo a ratos, pero el cielo a lo lejos comenzaba a verse de un color plomizo bastante preocupante.
Cuando la navegante volvió a entrar, se había levantado un fuerte viento que arrastraba contra el barco goterones gruesos como puños.
–Chicos, os necesito fuera ya –ordenó colocándose bien la capucha del chubasquero. Al ver que Luffy se dirigía a la salida, le detuvo alzando la mano –. Será mejor que los usuarios os quedéis dentro
–¡Pero Nami…!
–¡Se avecina una tormenta muy violenta, Luffy, y en este lugar las corrientes son muy fuertes! –intentó explicarle la joven –. Incluso los que podemos nadar corremos el riesgo de vernos arrastrados por ellas y morir ahogados, así que por favor, ¡todos los usuarios quedaos dentro!
Luffy se dejó caer de brazos cruzados en uno de los bancos, hinchando los mofletes con disgusto. Chopper, Robin y Brook se sentaron junto a él.
Los demás empezaron a salir, mientras Nami les daba órdenes. Zoro consiguió agarrar el brazo de Tashigi antes de que atravesase la puerta, y volverla hacia él. Abrió la boca para pedirle que se quedase dentro, pero la joven habló antes:
–Ni lo intentes –se zafó sacudiendo el brazo, casi con rabia.
–Si te caes por la borda no pienso ir a buscarte –le advirtió Zoro, cabreado.
–No te preocupes, contaba con ello –espetó ella, casi con rabia –. Así te librarías de mí, ¿no?
Ambos salieron fuera sin mirarse.
El viento cargado de lluvia les golpeó en la cara. El cielo sobre ellos tenía un color cárdeno. Tashigi contó varios segundos entre el resplandor del primer rayo y la réplica del trueno.
La tormenta aún no estaba del todo sobre ellos y las gigantescas olas ya parecían querer arrastrarlos hasta lo más profundo del océano. La joven había vivido muchas tormentas, y aunque entre las peores incluía la que se desató poco después de salir de la isla de Vaikai, y la de la primera vez que entró al Nuevo Mundo, ésta sin duda iba a superarlas a todas.
Lo peor aún estaba por llegar.
Usopp ya estaba en lo alto del palo mayor junto con Sanji recogiendo las velas. Franky luchaba por mover el barco en la dirección correcta desde el timón, y Nami iba de un lado a otro por la cubierta asegurando barriles y comprobando que las diferentes cuerdas estaban bien atadas. Inmediatamente, los dos espadachines se separaron y la ayudaron, cada uno por una borda, a asegurar todos los cabos que pudiese haber.
Desde la ventana de la cocina, Brook, Luffy y Chopper observaban la actividad de cubierta.
De pronto, una ola más grande que las otras golpeó con violencia el casco del Sunny. Los tablones crujieron, las cuerdas temblaron y, debido a la tensión, una de las del palo de mesana se rompió, provocando que la vela se soltase y se desplegase, llevando el barco en otra dirección, zarandeado por los vientos. Las cuerdas no resistieron y se rompieron, dejando la vela agitándose en el aire como un espectro. La polea, atada al extremo de una de ellas, golpeó con fuerza a Nami en el estómago. La joven rodó por la cubierta, sin aliento.
–¡NAMI-san!
Sanji saltó desde el palo mayor y llegó justo a tiempo de sujetarla por la muñeca, antes de que cayese por la borda.
Se abrió la puerta de la cocina y Chopper se precipitó fuera, esquivando las manos de Robin, que intentaban sujetarle.
–¡Nami! ¿Estás bien? ¡Nami!
Al sentir en el hombro la pezuña del reno, la navegante levantó la cabeza con un gesto de dolor.
–Chopper…
Se interrumpió y husmeó el aire. Una expresión de terror se pintó en su cara.
–Viene… ya… viene –resolló. Se sujetó al brazo de Sanji con tanta fuerza que le hizo daño –. ba… bor…
–¿Algo malo por babor? –preguntó preocupado el cocinero.
La joven negó con la cabeza y señaló a Franky. Su nakama comprendió de pronto.
–¡Franky, vira a babor! –gritó Sanji a pleno pulmón.
–¡No puedo! –exclamó el cyborg, empujando el timón en la dirección indicada con todas sus fuerzas –. ¡O arriamos esa vela o volcaremos el barco!
Nami intentó levantarse, pero no pudo; le faltaba el aire. Chopper se quitó la mochila y empezó a rebuscar entre sus cosas, preocupado. Con un gesto brusco, Sanji le apartó de la joven.
–¡¿Tú qué coño haces aquí?! –le gritó –. ¡Vuelve dentro, idiota!
–¡Arriad esa maldita vela! –volvió a gritar Franky desde el timón.
Zoro cazó al vuelo una de las cuerdas que aún estaban sujetas a la vela y, enroscándosela en el brazo para evitar que se le resbalase, tiró de ella con fuerza.
Poco a poco, la vela fue subiendo hasta que Usopp, que de alguna manera había conseguido columpiarse del palo mayor a la mesana, consiguió atarla a la verga.
Por fin, Franky logró hacer virar el barco. Tashigi terminó de asegurar las cuerdas y Zoro ató la que sostenía con el nudo más fuerte que conocía.
–Aguanta, Sunny –siseó el cyborg –. Te hice de la madera más fuerte que existe, no puedes hundirte aquí…
Entonces, a medio camino de la puerta de la cocina, Chopper soltó una exclamación ahogada. Todos miraron en la misma dirección que el reno, excepto Nami, que ya sabía lo que iban a encontrarse:
Por encima de la borda estribor vieron perfectamente cómo el viento arremolinaba las nubes en una gigantesca columna que ascendía desde la erizada superficie del mar hasta perderse en lo alto.
El barco estaba peligrosamente cerca de un inmenso tifón que amenazaba con reducir el casco del Sunny a diminutas astillitas.
–¡Todo el mundo a cubierto! –exclamó Usopp, y por una vez todos le hicieron caso y se agarraron a donde buenamente pudieron mientras Franky luchaba por mantener el control del barco.
–¡Chopper, vuelve dentro! –volvió a gritar Sanji mientras sujetaba a Nami y a sí mismo contra la barandilla –. ¡Robin-chan, ayúdale!
Las manos de Robin comenzaron a florecer por la cubierta, formando una cuerda que llegó hasta el reno. Chopper se agarró a la última mano extendida y la usuaria, desde dentro de la cocina, comenzó a hacer que sus "flores" tirasen del médico de vuelta a un lugar seguro.
Entonces, justo cuando estaba a punto de llegar, una de las olas se alzó por encima de la barandilla y barrió la cubierta. Las manos de Robin se esfumaron en medio de un montón de pétalos, y el agua arrastró al reno.
Una mano se estiró en el último momento y enganchó uno de los tirantes de la mochilita azul; Tashigi engarfió los dedos de su mano libre sobre la barandilla y se esforzó por no caer. Se giró hacia todos los lados, buscando ayuda, pero Usopp estaba muy lejos, Sanji demasiado ocupado sosteniendo a Nami, y Franky peleando con el timón. Las caras preocupadas de los otros tres usuarios del barco se pegaban contra el cristal de la cocina.
Zoro se las apañó para llegar hasta ellos antes que ninguno. Rodeó con el brazo la cintura de Tashigi y extendió el brazo por encima del suyo para atraer hacia ellos al pobre Chopper.
El barco volvió a dar un bandazo y ambos cayeron por encima de la barandilla. Zoro consiguió sujetar contra sí el cuerpo de Chopper, antes de notar cómo su espalda golpeaba la parte superior del círculo de madera negra que enmarcaba el Soldier Dock System. Inmediatamente, sacó de la funda a Shisui y la clavó en el costado del barco. La hoja rebanó un par de tablas antes de frenarles. Oyó una exclamación ahogada; Un poco por encima de donde él colgaba, Tashigi se agarraba a la madera como podía. Bajo ellos, sobre ellos y a su alrededor, el agua procedente tanto del cielo como del mar les azotaba, intentando hacerles perder el agarre.
Tenían que trepar de vuelta a cubierta.
Zoro metió a Chopper dentro de su haramaki y luego, con la mano que le quedaba libre y con los dientes, apretó con más fuerza la cinta roja que rodeaba su cintura (y ahora la del pequeño reno). Con ambas manos, se agarró a la empuñadura de Shisui y se izó hacia arriba, logrando apoyar los pies en la parte superior del Dock System, junto a Tashigi. Ella consiguió ponerse de pie junto a él, agarrándose a la mano que le tendió el espadachín.
Durante un momento fugaz, sus ojos se cruzaron. Sin soltarse de su mano, a la altura de su cara, ella abrió la boca, pero él nunca supo qué era lo que quería decirle.
Una nueva ola arremetió contra el barco justo por el lado contrario al que ellos estaban, arrastrándose por encima de la borda y reptando sobre el césped de cubierta. El golpe fue tal que ambos perdieron el equilibrio tan precario que mantenían sobre la madera mojada y resbalaron de nuevo, hacia abajo.
El joven logró mantenerse sujeto con una mano, colgando sobre el vacío, igual que minutos antes. Notó la piel de la muñeca de la espadachina resbalar debajo de la palma de su mano, notó sus dedos apretarse, casi clavándole las uñas. Él a su vez cerró la mano alrededor de mano de la joven, intentó retenerla, pero ambas estaban empapadas. Lenta pero inexorablemente, los dedos de la joven resbalaron entre los suyos, y la espadachina cayó al mar con un grito. Llegó a ver cómo emergía una última vez antes de que una gigantesca ola la empujase de nuevo hacia las profundidades.
Colgado como estaba de la empuñadura de su katana, y con Chopper inconsciente apenas sujeto en su haramaki, lo único que pudo hacer Zoro fue gritar:
–¡TASHIGI!
Sólo las olas tratando de hundir el Sunny le respondieron.
El inmenso océano se la había llevado.
…
Horas más tarde, en alguna isla a varias millas de distancia del Sunny…
Las olas peinaron la arena de la playa entre los dedos del pescador. Era temprano, pero hacía poco que la tormenta se había calmado; era un buen momento para ir hacia las rocas y pescar cangrejos. Después, iría al espigón a por su bote y echaría las redes. Con un poco de suerte, por la tarde estaría de vuelta en su casa con su familia.
Avanzó entre las rocas y sus pies descalzos tropezaron con algo alargado: al levantarlo vio que era una hermosa katana verde.
"Vaya, ¿quién habrá perdido un arma tan bonita?" pensó.
Obtuvo la respuesta más adelante, cuando en el espacio arenoso entre dos rocas, un poco más lejos, divisó una forma inmóvil. Al acercarse más descubrió que era el cuerpo de una joven de no más de veinticuatro años, tendida boca abajo en la arena, como si se hubiese arrastrado fuera del agua con sus últimas fuerzas.
Se acercó, se arrodilló junto a ella y le buscó el pulso con dedos temblorosos.
Pasaron dos segundos antes de que notase bajo las yemas un débil latido.
Estaba viva.
Por cierto, la verga es el travesaño cruzado en los palos de una nave, donde se amarran las velas. Lo digo para evitar confusiones de otro tipo. Y en un barco de dos mástiles, el primero es el palo mayor y el segundo el palo de mesana.
Hechas las aclaraciones, de nuevo lo siento por mi desaparición. Ya sabéis, comentarios, cartas-bomba y demás a los reviews.
Mientras escribía la escena de la tormenta me he puesto esta canción de youtube "Pirates of the Caribbean Soundtrack: Maelstrom (film version)".
Hasta la próxima, que espero no sea tan larga.
