Cuerpo cautivo.


Albert Wesker & Claire Redfield.


Capítulo 14: Unjustified sacrifices.

Somewhere beyond happiness and sadness
I need to calculate
What creates my own madness
And I'm addicted to your punishment
And you're the master
And I am waiting for disaster…

Getting away with murder – Papa Roach.


Descargo de responsabilidad: Albert Wesker, Claire Redfield, pertenecen a sus respectivos autores. Yo escribo sobre la saga, y me entretengo.


Noche sin estrellas.

Albert se ajustó las gafas.

Ese sitio parecía víctima de alguna maldición.

Olía a desgracia, a abandono.

Parecía que el aroma a sangre pudiera atravesar las paredes del complejo de experimentación.

Puso ambos pies sobre el asfalto, sin llegarse a acostumbrar a que el suelo estuviera libre de nieve. Sin embargo, la temperatura en el ambiente era gélida, y por la forma en que su aliento parecía cristalizarse en cuanto entraba en contacto con el aire, no extrañaría el clima de las llanuras Suizas.

El edificio tenía setenta y dos pisos directos a la perdición. El corporativo donde los restos de James Marcus habían sido transportados, después de haber sido asesinado dentro de su laboratorio, por varios hombres, incluyendo a William Birkin y al mismísimo Albert Wesker.

Tenía años que no entraba a un sitio como ese. Había pasado su temprana adolescencia siendo entrenado en el centro de ejecutivos de Umbrella, y ahora que observaba aquella estructura cayéndose a pedazos, recordaba que la ruptura de ese gran imperio, que por un momento tuvo al mundo entre sus manos, tenía un solo culpable.

Él mismo.

James Marcus había sido visto rondando los pasillos, como alma torturada, arrastrando los grilletes de la culpa y el horror, con las cuencas de sus ojos vacíos, con una mirada capaz de dar muerte.

El rubio realmente deseaba que se tratara de cuento de soldados, que han desarrollado una terrible paranoia con el transcurrir de los años.

Probablemente se trataría de eso. Supersticiones que intentan explicar los eventos paranormales que rodean a la farmacéutica desde su desaparición. Muchos de los inversionistas habían sido apresados y refundidos en la cárcel. Algunos otros habían muerto de severos padecimientos contagiosos. Dichosa ironía, pero es justo que todos paguen por su incompetencia, pensó el antiguo capitán, mientras se acomodaba las solapas del abrigo de cuero. Apretó el arma debajo de su cinturón. Había una camioneta estacionada fuera del edificio. Un helicóptero y varios hombres con las armas de casquillo, encima de los chalecos antibalas.

Dos de ellos estaban hablando mientras miraban sus tabletas, y un par más estaban escoltado la entrada.

Cuando sus hombre lo vieron aparecer, con las ropas batiéndose con el aire e intenciones inciertas en su caminar poco precavido y alarmante, se pusieron rígidos de pies a cabeza.

Principalmente el teniente, que no sabía cómo podría responder a los múltiples cuestionamientos de su superior, cuando ni siquiera estaba seguro de que había ocurrido con sus hombres.

La comunicación se había perdido hacía más de media hora.

Nadie estaba enterado de lo que había sido del equipo, pero no podía tratarse de nada bueno, analizando las circunstancias. O estaban muertos o estaban siendo torturados por criaturas de dudosa naturaleza y su futuro no era más prometedor.

— ¿El resto de los soldados están dentro? ¿Hace cuánto que se retiraron? —exigió saber Albert Wesker. Su voz de tempano de hielo, sin calma ni tiempo de espera. O le decía alguien lo que deseaba saber o estaría probando el sabor del plomo en un par de segundos.

—Salieron del campamento hace 4 horas. Todos los pisos estaban bloqueados y las computadoras tuvieron que ser intervenidas por nuestros ingenieros, señor. Sin embargo, al ingresar al piso subterráneo donde se encuentran los laboratorios, perdimos toda comunicación. —

El reflejo de los lentes de Wesker brilló peligrosamente.

Se podía adivinar la determinación de que alguien pagara por las pequeñas fallas.

El mayor inclinó la espalda, tratando de controlar sus impulsos. No iba a matarlo ahora. No.

Alzó la vista. Había dos camionetas estacionadas en los lúgubres jardines de lo que alguna vez fue una gloriosa organización. Había pedruscos y hierba muerta. Los arboles crujían con el aire, pues sus ramas resecas de tanto descuido estaban convirtiéndose en ceniza y no servirían para encender el fuego más mediocre. Lo que una vez fueron robles macizos y caminos de cemento, ahora estaban arrumbados a medio morir sobre la tierra negra con apariencia de no ser más que composta.

Sin embargo, el edificio seguía siendo imponente, aunque los años se habían encargado de roerlo desde los cimientos. La mayoría de sus paredes estaban sucias y la tragedia que había acabado con sus años de gloria, parecía más cruda cuando observabas los cristales rotos y el musgo que se había adueñado completamente de sus rincones.

El símbolo de Umbrella que había sido la fachada más respetada, representando a los científicos más selectos del mundo, que con un par de matraces y alta tecnología, jugaban a ser Dios, ahora estaba manchada, desmenuzándose por el fuerte viento y el insípido abandono.

Había una sombra siniestra que reafirmaba los sádicos actos que aún se llevaban a cabo en ese sitio presuntamente vacío.

Todo estaba muerto.

Y Wesker no estaba esperando tener que enfrentarse a armas biológicas u otros seres repugnantes. Pero… de cualquier manera no iba a sorprenderse. Cada vez era más difícil que algo le impresionara de la manera que una vez el Tyranth lo hizo.

— ¿Y cómo es posible que perdieran la comunicación siendo que tienen los sistemas más avanzados de radio?—preguntó el rubio, con aparente calma.

Pero era una calma mortal. Frágil.

Wesker podía quebrar ese delicado equilibrio en su persona y saltar por la siguiente víctima sin dar aviso.

Era un predador que atacaba para matar. No tomaba prisioneros.

Pero había una excepción. Y esa excepción tenía el cabello encendido en llamas.

—Señor… ellos simplemente desaparecieron. Tenemos grabados los últimos segundos de transmisión. Al parecer alguien o algo los atacó poco antes de ser destruidos sus comunicadores —mencionó el militar, señalando a una enorme estación instalada provisionalmente, a las afueras del edificio. Sus colores se confundían con las rocas de un volcán. Ese café negruzco desagradable a la vista.

Wesker sintió una imagen golpearle la memoria repentinamente.

No lo esperaba.

Dio dos pasos atrás, como tratando de alejarse de la estructura que le había provocado dicho recuerdo.

Un ardor comenzó a escalar por su brazo derecho, el mismo que se había transformado en un montón de carne putrefacta mezclada con el metal del proyectil, hundido en lava. Podía sentir sus tejidos abriéndose de par en par, cada uno de sus huesos fundiéndose con una sustancia peligrosa e inestable.

Intentó disimular, pero no pudo evitar colocar su mano sobre el antebrazo para apaciguar la sensación.

Sabía que físicamente su cuerpo no estaba experimentando ninguna transformación, pero dentro de su mente, las cosas eran muy distintas. Podía… sentirlo.

Parecía que estaba nadando en el cráter de nuevo. El olor a humo entrando por sus fosas nasales, con la sensación de la grava sobre su piel, lacerándola con cada paso que le dirigía hacia su destrucción. Y entre más avanzaba en la espesura de su alucinación, el calor, la desesperación de salir del pozo lleno de lava, adquirían mayor valor de realidad.

Sentía como su rostro se incendiaba y las quemaduras le provocaban un dolor prácticamente insoportable.

Estaba observando a Chris del otro lado, apuntando con vana valentía, contra el que una vez fuese su capitán.

Albert cerró los ojos, y trató de ignorar la paranoia.

Nada de eso era real.

Lo único que hacía su confusión menos obvia, era que estaba parado, quieto como una estatua de piedra, sosteniéndose el brazo y con la respiración abrupta que era incapaz de adormecer, pero que parecían producto de un enojo natural en él.

— ¿Señor? ¿General? — Escuchó un pitido detrás del sonido del volcán que rugía dentro de su cabeza. El jefe de seguridad estaba mirándolo un tanto desconcertado.

Al parecer seguía temiendo que Wesker sacara su arma y le disparara sin miramientos. Y lo habría hecho de no encontrarse prácticamente paralizado.

Albert hizo varios intentos de apartar todo pensamiento irracional. El dolor es un mecanismo de la mente para decirnos que nos alejemos, que lo que estamos haciendo nos está provocando algún daño.

Y justo era eso lo que el rubio estaba tratando de controlar. Dentro de esa mente llena de genialidad, capaz de reaccionar al segundo, que almacenaba conocimientos de años enteros pegado a los libros de ciencias, dónde los sentimientos y el romanticismo parecían no tener cabida, se escondían los demonios más siniestros, que podían estar devorando todo rastro de civilidad. En la grandeza de su lógica, racionalidad, respuesta efectiva, fría y calculadora, estaba creciendo una criatura autodestructiva que no iba a detenerse hasta consumir su cerebro, de la misma manera que se extingue un cigarrillo.

Pero él iba a luchar. Iba a poner las cosas en orden.

Él controlaba a su mente y no viceversa.

Estaba frente a decenas de sus hombres. Ya tendría tiempo de encerrarse en su cuarto y gritar cuanto le fuera posible contra sus visiones inexistentes, algo que, ni cuando fue rescatado de lo que se habría convertido en su segunda tumba, se dio la oportunidad de hacer. Aunque lo necesitaba desesperadamente.

África.

Su marioneta, Jill Valentine.

Excella, aquella mujer ingenua de grandes aspiraciones.

Los misiles.

La caída desde el jet, a una increíble velocidad.

El impacto.

La ira.

La lava devorándolo todo a su paso. El helicóptero.

El ardor de su piel que parecía de papel, incendiándose en un calvario interminable.

Los cohetes.

El vacío.

Su corazón dejando de latir durante unos segundos.

Después de sobrevivir a todo eso, había entrado en negación acerca de su inminente derrota.

Pero era esa misma negación la que le había permitido renacer entre las cenizas, como el fénix.

Todo lo que recordaba de aquellos días eran la cámara de recuperación, donde pasó meses enteros para evitar el dolor enloquecedor mientras sanaban las quemaduras de tercer grado, las heridas de pistola y deformaciones que en primera instancia parecían irreversibles.

Sin embargo, agregando una razón más para su monumental arrogancia, su cuerpo estaba más que preparado para eliminar los rastros inservibles del virus bautizado como Uroburos, que hasta entonces se había encargado de dar muerte a todo ser que había osado tratar de rechazar sus efectos. Por lo que todo espécimen microscópico que perteneciera a dicho ente bacteriológico, había desaparecido con inesperadas consecuencias, pues detrás de esa máscara de fortaleza y esos aires de inmortalidad que flotaban alrededor de Albert cuando despertó del coma, la insensibilidad, las pesadillas, las constantes jaquecas y los ataques de ira combinadas con su fuerza extrema, terminaron con aquellos días en que su autocontrol y frialdad parecían ser los cimientos de sus actividades.

A simple vista, Wesker conservaba la imagen de un hombre en sus cuarenta y tantos, de tez clara pero con un sano color, cabello rubio excesivamente pulcro; sin ninguna malformación en su rostro o brazos. Sin quemaduras visibles. Pero debajo de esa apariencia saludable, se escondían padecimientos graves que sólo ahora estaban cobrándole factura.

Y Claire parecía ser la única persona notaba todo eso. O a la única que en realidad le importaba, por razones hasta ahora, desconocidas para él.

O que negaba su conocimiento.

Las capacidades de Wesker o su sed de venganza eran de tal magnitud, que lo habían motivado paso a paso a salir de aquella piscina ardiente.

No podía sacarse de la cabeza y del cuerpo, su temprana visita al averno.

El intenso calor.

El dolor de su cuerpo siendo consumido en el magma ardiente que brotaba, en su lucha constante por regenerarse, sólo para ser quemado una vez más.

Cocinado vivo, dejando un olor parecido al de un asado en el ambiente, siendo su propia carne el banquete en aquel mar de lava.

Recordaba haberse recostado sobre las orillas rocosas que en algún momento, sin atreverse a cuestionarlo, creyó se convertirían en su lápida anónima, desvirtuando todos sus deseos de inmortalidad. Allí esperó, pacientemente, tratando de no pensar en agotamiento que escalaba por cada comisura de su cuerpo agonizante.

Uroburos no soporta el fuego, pensaba mientras a cada exhalación degustaba su sangre espesa, mientras desmesurados coágulos se formaban sobre su pecho y abdomen.

Lo recordaba tan vívidamente...

El caos anterior fue languideciendo entre las fumarolas, y Wesker no podía evitar preguntarse cuento tiempo había pasado desde que los dos cohetes habían tratado de partirle el cráneo en astillas.

Tenía esos recuerdos más cerca de lo que le hubiera apetecido.

Recibió heridas en sus órganos internos que bien habrían podido costarle de vida. Incluyendo el hecho de que su corazón, con el ingreso de Uroburos a su sistema orgánico, había alterado su funcionamiento y estructura interna en niveles que eran desconocidos para la medicina actual.

Pero se trataba de él. Quizá a alguien más le habría resultado insano el presenciar su cuerpo en tan mal estado, cuando Wesker sólo pensaba en la forma de alzarse sobre sus dos piernas y buscar culpables.

Las quemaduras no fueron la peor parte de su recuperación, pues esas sanaron casi enseguida, por los efectos del Virus G que aún conservaba controlando el funcionamiento de todo su sistema orgánico. Era esa amarga, repugnante, incomible, sapidez en su lengua, de haber sido emboscado por alguien tan simplón e incompetente como Chris Redfield. Un novato que había llegado a su oficina con un brazo detrás de la nuca. Y por un momento, el capitán creyó que saldría por esa puerta sin siquiera dirigirle la palabra, sin argumentar porque merecía pertenecer al Alpha Team más que cualquier otro policía.

Pero fueron sus ojos castaños dotados de fuerza la única razón por la que no lo sacó a gritos de su oficina, pues la duda era obvia hasta en la forma en que estaba parado, con su molesto chaleco color verde.

Sí, el capitán era muy puntual en los detalles.

Y aún si deseo sacarlo a patadas de la habitación por su apariencia insegura en un inicio, bastaron unos cuantos segundos mientras tomaba asiento frente al escritorio, para darse cuenta de que su valentía y tenacidad era mayor que la de cualquier otro novato en la academia.

¿Realmente necesitaba valentía dentro de sus elementos, cuando sólo se trataban de sujetos de prueba?

La respuesta era relativa.

Necesitaba a alguien que significara un reto para las armas biológicas, demostrando cuán capaces eran esas criaturas en combate.

Pero incluir a un niño con síndrome de superhéroe podía significar riesgos que él no estaba dispuesto a correr.

O al menos así lo pensó en el momento en que fundó los S.T.A.R.S, unión de fuerzas policiales donde su larga jornada había comenzado.

—General, disculpe… Deberíamos ingresar a las tiendas a verificar el estado del mensaje. Claro, si le parece conveniente. —Una voz incómoda le sacó de su ensimismamiento.

Lo observaba perplejo mientras se mantenía estático en medio de la nada. Las nubes grisáceas se esparcían como humo de cigarrillo, y la neblina había ocultado la mitad del cuerpo del capitán, dándole un aspecto siniestro; sus ojos escarlata clareándose detrás de las gafas medianoche como prueba de su ausente naturaleza humana.

El capitán asintió, retomando su aspecto petulante. La enorme tienda estaba acampando varios metros adelante. Albert caminó con su parsimonia habitual, pero había algo distinto en su postura que hizo que los jóvenes militares que se encontraban parados en la entrada, tuvieran un mal presentimiento, y a la señal de su superior, salieran a cargar municiones y otros artefactos, a los vehículos blindados.

Dentro del centro de cómputo provisional, había varios ordenadores y alrededor de media docena de hombres vigilando radares y aparatos electrónicos colocados a diferentes frecuencias, expectantes, tratando de hallar alguna señal que les salvara tanto el puesto como el pellejo.

Albert se acercó al módulo donde tenían la cinta de la última transmisión recibida del equipo, que había osado intervenir en los laboratorios.

Se colocó los auriculares y al reproducirse la grabación, no pudo evitar maldecir por lo bajo.

— ¿Dónde están los refuerzos que solicitamos, con un demonio? ¡No podemos ver a ese engendro pero sabemos que está muy cerca, maldita sea! Este lugar apesta como el infierno. —

Interferencia. Un prolongado silencio, dando la sensación de que podía escuchar el corazón de sus hombres latir con premura. El ansia de sus voces temblorosas, las palabras que salían del fondo de sus entrañas, como sólo un profundo terror podría provocarlo.

—Nos encerró aquí. ¡Esa máquina! ¿Cómo es posible que nadie lo notara antes? ¡Ella está aquí, siempre lo ha estado! Nos condenará a muerte la muy perra. Demasiado sadismo para un montón de tuercas y tornillos. —La voz desencajada no dejaba de soplar aire sobre el altavoz, por lo que sus palabras eran poco más que inentendibles.

Un golpe. Al parecer el comunicador se había resbalado de las manos de su recién ascendido jefe de seguridad. Algo le decía que ese hombre no había contado con las agallas ni la experiencia suficiente para manejar dicha situación.

—Es él, James Marcus, de eso no hay duda. Cumple con toda la descripción física, pero sólo en el instante de presentarse ante nosotros. Ahora… ahora se desliza sobre las paredes, como una sombra. Está cubierto… ¡El diablo sabrá de que sustancia! ¡Ese ácido quemó completamente a vario de nuestros hombres! ¡Manden a los demás soldados a sacarnos de aquí, hijos de puta! — El terror que se filtraba entre cada sílaba aturdió su agudo sentido del oído.

Wesker podía detectar a los demás soldados en el fondo, gritando en agonía.

Probablemente muchos de ellos no habían fallecido al instante.

Por un momento, Albert pensó en lo que la adusta pelirroja se había atrevido a mencionar. "¿Realmente confiaba en su equipo?". Hasta ahora sólo habían dado muestras de cobardía. Sin embargo, una parte de él estaba tratando de darles crédito, pues los horrores que ese lugar podía estar ocultando, no eran para demostrar menor pánico.

La máquina de la que hablaba era, sin duda, la Reina Roja. Aunque no se trataba de su matriz, ella tenía acceso a todas y cada una de las instalaciones, por más deplorables que fueran sus condiciones.

Y de Marcus… La intriga iba creciendo en su interior.

Se escucharon disparos en la grabación de audio. Más gritos, pequeños gemidos, gorgoteos de lo que parecía sangre y agua.

Alguien llamaba urgentemente por un médico. Una ametralladora sin control.

Las voces roncas y rotas clamando por auxilio, una y otra vez, sin recibir respuesta.

Al parecer solamente el capitán del escuadrón continuaba relativamente a salvo, pues todos los demás rogaban por su vida o estaban siendo perforados. Pero eran hipótesis que Wesker manejaba por lo que escuchaba encima del ruido y la resonancia.

Otra de las muchas cualidades del ejecutivo y prestigiado científico. Podía hacer suposiciones muy acertadas con pocos detalles y su inteligencia a la hora de realizar deducciones era inverosímil.

La persona que sostenía el comunicador trató de correr. Los casquillos de sus botas de batalla resonaban en el pasillo.

Se detuvo súbitamente y se escuchó un lamento. O había sido cogido por la espalda o ya no tenía escapatoria.

Después, una expresión de dolor que bien pudo haberle desgarrado las cuerdas vocales.

Un golpe. De nuevo un poco de interferencia en la llamada. Cristal haciéndose trizas, el teléfono digital estropeándose por el impacto contra el suelo y después, un estallido que amenazó con reventarle los tímpanos.

Wesker se retiró los auriculares. El eco de todo lo sucedido aún resonando dentro de su cabeza.

No había tiempo que esperar.

Hora de enfrentar todo fantasma, hora de enfrentar sus propias visiones de lo inexistente.

Sus ojos rojos, llenos de ambición y vitalidad, de pronto se llenaron de un brillo que amenazaba con opacar a la aurora, pasando de su habitual tono bermellón a un amenazante color encarnado.

Sin dar ninguna instrucción, salió dando grandes zancadas, hacia el compartimiento donde se alojaba el armamento disponible para esa división de su ejército en particular.

Abrió varias cajas y lo primero que se atrevió a tomar fue una S&W 500 magnum, que habría podido perforar 4 hombres parados en fila. Una correa de granadas que se colocó en el cinturón, junto con su pistola .44 Long Colt, lista para derribar un elefante. También una lámpara de mano, y su tableta. Cargó ambas armas y guardó los cartuchos en las orillas de su pantalón. Había cientos de metralletas y rifles que no consideró tomar.

Aunque contaba con armas mucho más terribles que esa. Herramientas que utilizaba a placer. Traspasando hombres y destrozando sus cuerpos sin usar más que sus manos.

Al salir se encontró con el siguiente al mando, y le instruyó para llevar un equipo compuesto por cuatro de sus mejores hombres.

El subordinado se preguntó porque solamente llevaría a un número tan reducido de soldados, pero supuso que entre menos le estorbaran al propio Wesker, más probabilidades de éxito tendrían.

Asintió a la orden, haciendo un saludo muy marcial, cuidando la inclinación de su brazo. Tenía planeado llevar a un francotirador, al mejor ingeniero de la división y dos buenos tiradores, que fueran rápidos y no le temieran a la muerte misma, pues sería lo único que encontrarían dentro de esa endemoniada edificación.

Albert miró la niebla que cubría varios kilómetros a la redonda.

Y de pronto sintió que se encontraba en el lugar equivocado.

Jamás había tenido esa sensación.

Algo estaba bisbiseando muy cerca de su oreja: "Alguien más te necesita, no tienes por qué hacer todo eso. Aún estás a tiempo."

Esa voz estaba repitiéndole incesantemente que tenía una oportunidad de no padecer cualquiera de los finales que el destino había reservado para él.

Gruño molesto y se acomodó los lentes.

¿Desde cuándo una tercera persona entraba en la ecuación?

Él no podía cambiar.

Y aún más importante… No quería cambiar.

Sabía que en el momento que todo se detuviera por completo, cuando esas aguas turbias se aclararan, él estaría muerto.

Era como un tiburón. No podía nadar hacia atrás, ni detener su nado.

Ella mejor que nadie debería saberlo.

¿Ella? ¿Por qué pensaba en Claire ahora? ¿Por qué de pronto un deseo reducido pero creciente de verla, de escucharla, de… sentirla?

No estaba siendo racional.

Aún la miraba, sin la parte superior de su vestido y con esos bellos ojos color agua, hundiéndole en un río caudaloso, inagotable, donde podía beber calma, tanto como podía tratar de dominar su corriente, mientras le besaba en los labios.

Con un disparo al suelo, que alertó a todos sus agentes, se sacó esas visiones que no estaban siendo bien acogidas por su creador. Carecían de importancia.

Nadie se atrevió a asomar la cabeza para comprobar quién había provocado dicho estruendo, pues lo habían visto entrar como alma que lleva el diablo, y no querían tener que interpretar el papel de diana para que Wesker jugara tiro al blanco.

Cuando el antiguo dirigente de los S.T.A.R.S apareció en escena, el personal necesario ya estaba esperándolo fuera: dos hombres encapuchados, vestidos de luto. Uno más llevaba en la espalda un rifle de precisión y parecía más un mercenario que un militar. El de mayor rango vestía una camisa verde olivo con un chaleco antibalas y tenía pinta de pertenecer al soporte técnico de la estación. Debía estar rozando las cuatro décadas de vida. Cargaba con una computadora portátil y un teléfono celular.

No iba a pensar que la mala fortuna se cerniría sobre él, una vez más.

Se dirigió a la entrada del inmueble, sus pasos enérgicos, atrevidos, audaces como si de un tigre al acecho se tratase.

Albert Wesker no creía en la existencia del infierno.

Y si existía, él ya había nadado sobre su fuego eterno... Regresando en una sola pieza como el mismo demonio lo haría.


León se despertó de un golpe. Parecía que alguien lo hubiera jalado de una cuerda del cuello, y ahora estuviera experimentando los síntomas del inevitable ahogo.

Miró a su alrededor, pero no había señal de que alguien hubiera estado dentro de su departamento. A primera vista, al menos.

Dio un vistazo, y lo único que se movía en el cuarto, era su reflejo en el tocador. Sin embargo, el dolor de cabeza provocó que se recostara de nuevo sobre la almohada de lino.

Fue entonces cuando notó algo anormal sobre su superficie. Una carta.

La ventana abierta fue su confirmación de que otra presencia intrusa había estado vigilándolo en su sueño. Golpeo el colchón con el puño cerrado, arrepintiéndose en el mismo instante, ya que en su último encargo se había lastimado las coyunturas y falanges.

Estaba agotado...

Había caído tan profundamente dormido que ni siquiera notó al extraño que se había colado por su ventanal. Era algo inconcebible. Un agente secreto del gobierno, hubiera estado por horas, víctima de su cansancio, a merced de un desconocido.

Las cortinas se paseaban con el aire frío de la madrugada.

Se maldijo por bajar la guardia.

¿Pero, por qué alguien entraría de manera anónima a sus habitaciones, sin hacerle el mínimo rasguño?

¿Y en todo caso, quién podría saber de su ubicación y utilizaría dicha información tan sólo para dejar un pedazo de papel aún lado de la cómoda?

Anonado y con una cautela poco común en él, alargó la mano hasta tocar su inesperada correspondencia.

No sin antes pasarse el dorso de la mano, a través de su frente sudorosa. Aún se veía colorado por despertar tan abruptamente. Podía sentir el cuello de la blusa húmeda y una sed devastadora, como si no hubiera bebido agua después de una jornada por el desierto.

Tragó saliva, mientras con cierta delicadeza, rompía el pequeño sobre color hueso. No llevaba ninguna marca excepto un trazo a pluma de tinta china.

Muy pronto se arrepentiría de leer su contenido, pues, en primera instancia, no iba dirigida para él.

Y al revelar su contenido, aquella misma noche, León Scott Kennedy tomó su auto y se dirigió a la central de la Alianza contra el Bioterrorismo.


Chris,

Me parece que en las actuales circunstancias no serán necesarias las presentaciones, aunque no me extrañaría que tus suposiciones acerca del autor de esta carta fueran erróneas, pues jamás ostentaste las características de un investigador.

El tiempo que dedicaré a esta misiva, será muy reducido. Hay un par de cosas que quisiera aclarar, pero que resultan banales a comparación de mis ocupaciones actuales y por eso no he podido asistir a ponerlas sobre la mesa, frente a frente.

Y en realidad, dudo mucho que te encuentres en disposición de entablar una plática, cuando estarás lloriqueando la pérdida de tu hermanita menor, por todos los rincones, con la mayoría de tus ineptos amigos.

Finalmente nos damos cuenta del papel que ocupamos en todo esto, ¿No, es así, Redfield? Con tu constante camino al fracaso y tus múltiples intentos por acaparar los reflectores, fallando miserablemente.

Dime que se siente, entonces, hacer pagar a tus seres queridos por toda tu necedad, esa cacería que sólo alimenta tus deseos de atención, de salvar algo que nadie te pidió que salvaras.

Creo que en algún momento me vi tentado a pedirte que te retiraras sin ninguna consecuencia colateral. Pero… me di cuenta de que el término ignorancia acompaña cada una de tus decisiones desde que apareciste en el RPD, por razones hasta ahora, desconocidas para mí.

Debo de admitir que su trabajo de caridad pasó a ser de una mínima molestia a un problema que no puedo evitar ignorar.

Sin embargo, me doy cuenta de que la justicia que tanto piensas que llevas como estandarte, es la misma situación que te tiene sometido a esta desgracia.

Pero descuida, es placentero comunicarte que la señorita Redfield ha presentado un comportamiento aunque lejos de la perfección, me ha dejado con un buen sabor de boca.

Estoy impresionado de tu resistencia, debo admitir.

¿Se debe a que Valentine ha vuelto a ser tu… fiel compañera? Patético. Nunca fuiste más que un brabucón sin ella. Sólo en su presencia has sabido regular tu comportamiento temperamental y nada calculador.

Quizá por esa razón aún no he visto la cara de Claire Redfield en los cajones de leche.

¿Te ha pedido que aguardes al momento adecuado, aunque nunca llegue, o es que perdiste esa intuición para encontrar a las personas desaparecidas, de tus años de polizonte?

Todo esto ha ido demasiado lejos Chris, y después de tus atentos mísiles en aquel encuentro, me han dejado claro que la única forma de que todo termine, va a ser darte una de tantas lecciones.

Y esta vez, tu corazón lo lamentara profundamente. Voy a quebrarte, no sólo en cada fibra de tu físico, sino a la persona que todos conocen y dicen admirar.

Ya me he enterado de que diriges junto con la joven Valentine aquella organización y se ha convertido en la máxima autoridad en cuanto a armas de destrucción e investigaciones de paz se refiere. Siempre presumiste de querer convertirte en un militar de respeto.

Buena suerte con eso.

Pero volviendo al punto que quiero tocar en realidad…

Me gustaría que te dieras cuenta del daño que has hecho a todos los que te rodean. La mente y cuerpo de todos los que dices amigos, se han convertido en una debilidad más y la forma en que se puede llegar directo a tu destrucción. Sé que eres consciente de este hecho tanto como yo.

¿Sabes? Remarco aún más esta situación, cuando observo a tu hermana dormida, esperando a su destino tan desventurado. Preguntándose constantemente dónde se encontrará su única familia que siempre está preocupado por rescatar a todos menos a ella.

Entonces, podrás decirme que la impotencia de no tener a la única persona a la que le importa que existas y que esté a merced de cualquiera, no te permite esforzarte lo suficiente como para intentar dar con su paradero.

Eres más insignificante de lo que creía.

Aunque estoy a punto de mencionar una propuesta que bien podría justificar la mediocridad de tu búsqueda.

No puedes esperar ir por allí, fingiendo gloria y victoria, sin pagar por ello. Estoy decidido a mostrarte cuales son los efectos adversos de meterte en los asuntos de los demás, Christopher.

Sobre tu hermana, así es. Descuida, aún no lleva nada en sus venas que pueda modificar su naturaleza humana tan susceptible. He estudiado su sangre antes, y me parece un espécimen aceptable, aunque sigo dudando que sobreviva a la intervención de un suero o cepa como lo hizo Jill.

¿Y por qué estoy diciendo todo esto? Simple.

Olvídala, Chris.

No volverás a verla. Y de eso me encargaré hasta el final de mis días.

Morirás sin saber que ha sido de tu querida hermana, y te aseguro por todo lo que creas sagrado que éstas serán las últimas noticias que recibas de ella.

Si está viva o muerta no lo sabrás.

Continuarás en la incertidumbre hasta que yo me encargue de arrancar el último aliento de tus pulmones.

Porque si estás esperando que te perdone la vida, no hay nada más lejos de la verdad.

Tengo cosas mejores reservadas para ti. Serás el anfitrión de un gran espectáculo. No me gustaría que la señorita Redfield te robara las cámaras en lo único que es definitivo ahora. Tu muerte.

Y no dudes que utilizaré todo mi ingenio para hacerte pagar por todas y cada una de tus intervenciones, tan despacio, que rogarás que las horas se vuelvan segundos para que llegues a viejo antes de que pueda continuar torturándote.

Quiero que sufras la lejanía de ella, sabiendo que todo el tiempo estará conmigo.

Quiero que sufras su ausencia, que te carcoma en el alma no saber si sigue viva o si ya dispuse de ella de la manera más horrible que puedas imaginar.

Un par de tentáculos o garras más, serían de gran ayuda a mi causa. ¿O preferirías que fuera ella, quien acabara con tu vida, con un aspecto tan abominable que no serías capaz de reconocerla?

Aunque, considerándolo mejor, he mencionado que no volverás a verla, y que morirás sin saber una pequeña pista de su destino después de que concluya esta carta.

Sin embargo, quiero aclarar que mi paciencia tiene límites, y si llego a notar que tú o cualquiera de tus… allegados, siente la imperiosa necesidad de encontrarla, me veré obligado a hacer que alguien pague las cuentas, aunque no sea el verdadero culpable.

Y puedo asegurarte que al enterarme del más discreto intento de búsqueda, voy a hacerle sufrir tal dolor, que me rogará que la mate.

¿Dudas ahora que las consecuencias de tu arrogancia son más que un par de disparos y otra aventura para tu biografía?

Podrías reflexionarlo esta noche, o la que sigue, no importa, no puedes hacer nada.

Lo que tanto odias escuchar se ha convertido en tu realidad. Y ese favor, Chris, proviene de mi sincero altruismo.

En cuanto a tu conocido poco menos que amigo, Kennedy… Bien podrías empezar a dudar de sus escasas capacidades.

Esperaría que amablemente le recordaras, que si valora un poco su insignificante existencia y la de tu hermana, se mantendrá al margen de la situación; aunque supongo que con tu ego y aires de puedo todo, rechazaste su ayuda desde el primer momento en que te la ofreció.

Qué iluso, creer que podrás contra el torrente que se cierne sobre ti.

Aunque no te culpo por querer morir solo, después de provocar el sacrificio de cualquiera que te guardara el mínimo afecto.

Eso es todo y hasta que nos encontremos nuevamente.

Albert Wesker.


Toda la casa se estremeció.

Apenas había notado la lluvia que arreciaba. Un fulgor iluminó la oscura morada, así que los truenos no se hicieron esperar…

El alarido de los cielos acompaño a su propia exclamación de furia.

Las pupilas de sus ojos índigo se redujeron visiblemente, mientras apuntaba al marco de su puerta, tachonándole un disparo.


Se escuchaban las múltiples botas de combate, si podías poner atención sobre el ruido de la lluvia; explosiones de agua sobre el tejado mal colorido, que permitían que la humedad se trasminara, como una mera menudencia de la precipitación del exterior, elevando del suelo ese característico olor a desperdició y elementos en putrefacción. El lugar estaba sin duda alguna, devastado. Toda forma de vida humana debió ser aniquilada apenas se liberó la infección. Las sillas estaban trastocadas detrás de los muebles de caoba; de plumas y artefactos de oficina, no quedaba rastro alguno.

Lo primero que Albert Wesker notó al entrar al estremecedor edificio, fue el reguero de papeles y sangre que había por todas partes.

En las ventanas se adivinaban manchas de un marrón repulsivo de lo que presuntamente años atrás podría haber sido sangre. Humana o animal, no lo sabía.

Albert apuntó la luz de su linterna más allá de los primeros escritorios, por los que corría un líquido infecto que bien pudo haber salido de la cañería inferior. Los archivos mugrientos y las computadoras, con los monitores quebrados parecían haber sido lanzadas por los aires, en un intento desesperado por ser utilizadas como armas.

Encima de la recepción, montículos de una sustancia fétida y con ligeros movimientos, como las palpitaciones de un músculo que se está muriendo, desprendían un líquido viscoso de repulsivo hedor que llenaba los alrededores. El antiguo capitán apuntó su lámpara hacia lo que parecían ser un montón de costras pegadas a los muros. Con su color rojo y de manchas pajizas, daban la nauseabunda sensación de observar piel enferma. Y por lo agudo de su sentido del olfato, tuvo que cubrirse el rostro con la palma de su mano, pues la peste parecía clavársele en las entrañas.

Afuera, la luna había decido esconderse entre las nubes plomizas, como si no quisiera presenciar los eventos que marcarían otra pauta en la historia casi extinta farmacéutica. ¿Quién soportaría ver como la muerte se levanta del inframundo, con los huesos marcados en el rostro, en una expresión de veredicto, observándote con sus globos oculares, saltones a falta de vida, iluminados de un deseo enfermizo, devorando tu carne y extasiándose con su sabor?

Era increíble como aún con sus alientos moribundos, Umbrella era capaz de elevar esa marea fantasmal, que cubría de niebla a sus soldados hasta las rodillas.

La habitación tenía forma circular, y después de la recepción, construida con cristales rojos y blancos, había un largo espacio que alguna vez fue el deslumbrante lobby para ejecutivos, reconocible por su limpieza, elegancia y sofisticación.

Ahora estaba cubierto de una ligera capa musgo y manchas de lodo. Podían adivinarse las marcas de sufrimiento de cientos de personas, arrastrándose por los pisos en un patético intento de salvar su pellejo.

¿Cómo algo podía deteriorarse de esa manera?

Wesker lo sabía. Había presenciado escenas parecidas en las instalaciones de White Umbrella, en el centro de formación, y los laboratorios en Arklay.

Y todavía le causaba cierta impresión observar el equipo de laboratorio, las macetas y cuadros roídos por el fuego, marcas de légamo en forma de manos, que resbalan a través de las puertas de cristal.

Cicatrices.

Arañazos que parecían seguir clamando por ayuda aún después de casi 12 años de ausencia.

Albert podía seguir escuchando las alarmas, los bloqueos antivirales de puertas y ventanas, producto de la violenta cuarentena. E incluso podía imaginar los cientos de personas que murieron por asfixia dentro de las instalaciones, como tratamiento primitivo a la fuga viral.

Cuando algún ente microscópico alertaba a los agentes de Umbrella, ellos jamás se tentaban el corazón. La directiva principal era asegurar que dicho virus no se propagara, absterger la zona, eliminar el lugar a explosiones de ser necesario, sin importar cuantas personas sanas murieran en el proceso de desinfección.

Los hombres que fueron alguna vez empleados de la transnacional, sufrieron la pérdida de innumerables colegas en esa clase de eventos fortuitos, que fueron ocurriendo más constantemente con el paso de los años.

Al principio parecían ser sólo accidentes, sucesos aleatorios que cumplían con una predicción; el margen de error que existe en toda investigación científica.

Los múltiples saboteos comenzaron a ser más evidentes desde el choque del tren Expreso Eclíptico en el sotobosque de Raccoon City.

Fue entonces cuando la posición de doble agente del capitán de los S.T.A.R.S, se colocó en un estado crítico, haciendo que su vida peligrara. Debía elegir un bando y pronto.

El ruido de lo que parecía ser una piedra cayendo, lo devolvió al escalofriante escenario del abandonado inmueble.

El rubio se acercó a las escaleras de emergencia que estaban detrás de una puerta oxidada que casi se desprendió al agarre. Pudo ver como el ingeniero informático creaba una proyección de su ubicación actual; podían ver el primer piso, la planta inferior donde se encontraban los sistemas que alguna vez abastecieron de luz y agua, los laboratorios, las zonas administrativas de los primeros pisos. Más arriba se encontraba el almacén, que había sido bombardeado con gas antígeno y que era irrealizable acceder a él desde su posición. En la torre, la zona ejecutiva, dónde se encontraba la oficina de James Marcus, mentor, científico de fama mundial y uno de los tres fundadores de Umbrella Corp.

Maníaco y babosa gigante asesina, se agregaba también su currículum.

—Señor…—Lo llamó el experto de cómputo que los acompañaba. Los demás exploraban los alrededores, descubriendo con no poco asco, restos humanos que tenían la apariencia de estar hechos de cera, la viva imagen de un cuerpo embalsamado con la carne pegada a los huesos. Su color pardo y cenizo indicaba una de esas estrategias de "tratamiento al desastre bacteriológico y altamente contagioso". Por los pulmones de las víctimas se ingresaba lo que se consideraba un veneno deshidratante de materia, lo que evitaba que nuevos seres microscópicos fueran capaces de incubar. El homicidio más cruel e inhumano conocido en la historia de nuestra civilización.

—Los accesos de los laboratorios han sido completamente bloqueados. La inteligencia artificial está muerta, fuera de cualquier línea de comunicación. No se puede reprogramar para que reabra las puertas del Área I que pertenece a investigación. Es la zona en la que recibimos la débil señal del comunicador de uno de los miembros del equipo Delta T. —

"¿Así es como la llevaremos, maldita infeliz?" —Se preguntó Wesker, mirando la pantalla donde la niña con voz chillona y tendencias psicópatas solía aparecer para brindar acceso a las plantas tanto inferiores como superiores. Muy bien, si ella quería jugar así y ayudarle al supuesto fantasma de Marcus a jugarle una mala treta, él también tenía un par de cartas bajo la manga.

¿Quiénes eran, después de todo? ¿Una niña de 9 años que no podía salir de una pantalla LED y un muerto y sus estúpidas sanguijuelas?

— ¿Alguna otra forma de llegar a los sótanos? —preguntó el capitán, tronando su cuello y cortando cartucho; se reajustó el comunicador a la oreja. El reflejo de sus ropas tipo militar trajo consigo memorias que apartó enseguida con un disparo al monitor de un metro cuadrado que tenía justo de frente.

El estruendo siguió produciendo eco, segundos más tarde, como si la estructura exigiera sensatez y solemnidad para los muertos que allí residan.

¿Pero porque tendría que demostrar respeto, si ninguno de esos trabajadores se preguntó a qué clase de fines egoístas y ambiciosos serían destinadas sus investigaciones?

Era la cuenta a pagar por jugar a ser Dios, sin tener la capacidad de comprender la magnitud de sus errores y aciertos.

—El escáner detecta que dentro la zona ejecutiva ubicada en los últimos pisos existe un elevador que conduce a la parte posterior a las oficinas. Podríamos intentar llegar desde allí; sino, la última alternativa sería volar la entrada con algún explosivo. —Comentó el técnico, dejando descansar sus manos sobre las rodillas, para después revolverse el cabello corto y suspirar audiblemente. Eso iba a acabar con sus nervios. El ingeniero se encontraba a unos pasos del retiro.

No se había matado en la universidad obteniendo las mejores calificaciones de su generación para enfrentarse a máquinas con tendencias homicidas y engendros de ojos saltones, tan enormes que podrían devorar a un ser humanos con un par de bocados de sus fauces malolientes.

—Muy bien, nos movilizaremos para allá, entonces. —Indicó Albert, girándose a observar al equipo, aunque sólo puso encontrar a su francotirador y al ingeniero, Robert Menees. Un tipo fortachón, pero que parecía sacado de alguna película de acción barata. Parecía tener ascendencia brasileña o algo por el estilo, pues su piel tenía un bronceado muy característico.

No esperaba que alguno de ellos quisiera tener un destino parecido al de los hombres que se aventuraran ya casi 12 horas atrás.

Los miembros encargados del reconocimiento eran los encapuchados. Se habían adentrado al pasillo más oscuro, que seguramente conectaba un par de escaleras de emergencia que llevaría al drenaje y los transformadores de luz.

Justo delante de la ventilación, encontraron lo que al parecer eran capullos. Cientos de ellos. Agrupados como si se tratara de un nido. Un líquido glutinoso y adherente los cubría; eran de un color azulón poco agradable a la vista.

Los soldados se miraron consternados. Uno de ellos sacó el rifle y con el cañón del arma de precisión, picó uno de los brotes, el cual pareció estremecerse ante el ataque.

Al principio sólo se agitó el capullo que había sido pinchado, pero después le siguieron los otros, en un coro aterrorizante. El movimiento se fue acelerando, como si las criaturas hubieran sido perturbadas de su sueño y ahora estuvieran realmente molestas.

Antes de que pudieran abandonar el pasillo, de los capullos surgieron pequeños seres en forma de amibas, con largas hileras de dientes, una tras otra y cuatro pares de ojos que les llegaban hasta la columna vertebral.

Lo último que vieron, antes de que sus rostros fueran devorados por esas criaturas y fila de puntiagudos y tajantes dientes, fue una marea de esas aberraciones, transportarse por los ductos y recovecos de aquel cuchitril.

Habían tenido más de una década para incubar; miles de ellos estaban repartidos hasta por los cimientos.


Albert giró sólo su rostro albino, pues los gritos hicieron que sus hombros se pusieran tensos y no moviera un solo músculo.

Escaneó la situación eficientemente; dos de sus hombres habían abandonado la recepción del edificio minutos atrás.

Lo primero que hizo fue tomar su escopeta de dos cañones; no cualquier hombre era capaz de manejar un arma de semejante envergadura; a pesar de ser un arma diseñada para el impacto a corta distancia, los fragmentos de plomo y pólvora podían ser encontrados varios metros alrededor. Wesker estaba muy acostumbrado a ella, pero difícilmente alguien no entrenado podría atinar a un blanco sin recibir el golpe noqueador de la fuerza de reacción.

El capitán comenzó a correr, transformándose en una sombra diligente; sus pasos no producían ruido sobre el azulejo a pesar de que avanzaba a una gran velocidad, debido a su ligereza de felino.

A penas abrió la primera puerta, que se dirigía a la fuente del bramido, tuvo que disparar, pues las sanguijuelas se precipitaban velozmente, como un río poseso, en busca de nuevas víctimas que aliviaran su sed.

Dos balazos más salieron de su Hydra antes de percatarse de que la abominable masa llegaría a él aun cuando se vaciara toda la munición en la cámara.

Tiró una patada de tigre sobre sí mismo, dando una vuelta impresionante que mandó a los adefesios que brincaban intentado pegarse a sus ropas, directo contra la pared, en forma de una pasta lánguida y hedionda.

Salió por la puerta, cerrándola y atracándola con el tubo que pertenecía a una de las puertas de cristalería.

De haber avanzado un poco más se habría percatado que de sus hombres sólo restaban los huesos.


Claire se había colocado el pijama blanco, para mantenerse ocupada en algo que no fuera pensar.

Se empezó a cepillar el cabello largo, una tarea que necesitaba de repetidos y mecánicos movimientos que calmaba su inquietud

Se había asegurado de dejar la puerta del despacho entre abierta.

No se sentía bien espiándolo, por alguna razón. Pero en realidad, ya no se sentía bien con nada.

Excepto una cosa. Algo que no podía tener ahora y que nunca aceptaría como un deseo real.

Quizá era la confianza inesperada que le había otorgado al llevarla allí.

Quizá era que ella esperaba que fuera la confianza el único motivo porque le había abierto las puertas de su despacho.

Tenía encendidas las luces de casi todas las habitaciones.

Como si deseara llamar al sol con un montón de focos que no podían ni alumbrarle el corazón, que empezaba a parecer podrido de latir.

Jamás había deseado tanto que él estuviera de regreso.

Había una gotera en el baño del fondo. Sentada sobre su cama, mirándose las pantuflas, deseo poder arrancarse los tímpanos para dejar de escuchar semejante concierto.

Sentía como si el pecho se le fuera a reventar de la angustia. Una pesadumbre, la aflicción, la tristeza… todas esas emociones manteniéndola despierta, alerta, con la pistola sobre su regazo.

Sus piernas y brazos fríos por fuera, pero continuaban vibrando.

Algo estaba mal con ella.

Él era un monstruo. ¿Por qué esperaba que volviera?

Estaba desquiciado.

Había tanto odio en sus ojos. Sus manos estaban bañadas de sangre. No había manera de escapar de sus trampas. ¿Si era humano, realmente le importaba?

Ella estaba segura de que nadie lo conocía mejor; y el pensamiento le apretaba las entrañas con una soga. ¿Podía ser que esa noche fuera la última que se miraran cara a cara, sin vergüenza, sin que él se hundiera entre un montón de papeles, con el propósito de ignorarla?

Porque fingir que no existía era como enterrarla viva.

En todo caso, ¿Dónde se encontraría ahora?

¿Estaría en medio de un montón de disparos y luces infrarrojas que le podrían partir el cuerpo a la mitad?

¿O estaría sentado en su escritorio, regocijándose con su debilidad?

Sentía que alguien le observaba a través de las cortinas, a pesar de que se encontraban cerradas y con las clavijas puestas.

Esa noche en la que Wesker le apartó de ese mundo cómodo al que llamamos hogar, supo que lucharía por sanar sus heridas mentales a partir de ese momento y para el resto de sus días. Recordaba la manera en que sus brazos podían inmovilizarla, mientras corría en medio de la maleza, sin importarle que los vástagos y espinas pudieran clavársele en el cuerpo; la manera en que le apretaba los nudillos de la mano, para evitar que lo rasguñara. Sin estar conforme con romper algunos de sus huesos y marcarle las yemas de los dedos en forma de moretones, la guardó en su mansión, sin siquiera encadenarla. Un acto muy cercano a un enfermizo canto de victoria.

Hasta que ella se percató de que la necesidad de tocar su piel era mucho más fuerte que esas voces que le cantaban al odio: "Mátala, igual que a su hermano. Júzgala, entiérrala, todo en la misma medida que ellos lo hicieron contigo."

Por eso nada de lo que Albert había planeado para ella, sucedía.

Claire cerró los puños, arrugando sus sábanas de sede egipcia, conteniendo un maullido con la mandíbula firmemente apretada.

Se puso de pie. Había un vaso a un lado de su mesita y le dio fondo.

Sacó su cuaderno de dibujo de la gaveta.

Puso el arma que el antiguo oficial le había dado a un lado. Se acercó a las ventanas.

Estaban selladas. Las puertas, nada. Ninguna que no conociera ya se encontraba abierta. Regresó a la habitación del capitán, pero asegurándose de apagar absolutamente cualquier lámpara que hubiera prendido para crear su mañana artificial.

Quizá en la oscuridad hallaría la calma que la acompañaba cuando el tirano se encontraba rondando las habitaciones, con sus elegantes pasos mortuorios.

O en la blancura del papel, donde podía plasmar sus pensamientos, sin temores, sin dudas. Sin retenerse. Donde era real. Donde existía. No moría; era trascendente.


El antiguo oficial y los dos hombres que aún le acompañaban, subían silenciosamente por las escaleras de emergencia.

En las paredes, opacas, de las cuales resbalaba un líquido de dudosa composición química, podían verse pequeños capullos e insectos de especies desconocidas. El general Wesker, como algunos lo llamaban debido a que se trataba de la máxima autoridad, iba liderando el grupo. Les indicó que no tocaran ninguno de esos bichos o todos les saltarían encima y correrían con la misma suerte que los otros tiradores que encontraron su final en el sótano sucio y maltrecho en una tierra olvidada por los hombres.

Cuando Wesker abrió la puerta roja que daba acceso al último piso, dónde alguna vez estuvieron la sala de reunión y las oficinas de los inversionistas, se aseguró de colocar el arma .45 a la altura del hombro y sostener la linterna con la mano contraría. Podía sentir la respiración de sus acompañantes, golpeándole la nuca.

En las ventanas, dónde se podía observar el torrencial de agua que caía afuera, existían claras señales de violencia. Los disparos que relataban lo trágico de la contingencia. De una de ellas sólo quedaba el marco metálico. Alguien debía haber saltado, víctima de la más sofocante angustia.

Un relámpago cayó a la lejanía, iluminando la sala, marcando los duros rasgos del que antes fuera capitán. Por su rostro frío no corría ni una gota de sudor, pero sus exhalaciones indicaban lo severo de su tesitura. Estaba tan concentrado, absorto en sus racionamientos, que no se percataba de los restos que pisaba con las botas de cuero, o la manera en que por la sinuosidad de los muros, detrás de los cuadros, se deslizaba un material espeso parecido al lodo.

Lo que alguna vez fue una fuente de agua, ahora no era más que una pila de escombros. Sangre aquí y allá. Los cuadros que hubieron de costar varios miles de euros, estaban tirados por todo el sitio y no había fracción de suelo libre de papeles o fragmentos de vidrio.

El mayor se miró de frente contra una de las ventanas, notando como su pistola crujía por la fuerza excesiva de su agarre. Los chirridos opacados por la marcha de la lluvia.

Entonces, como si fuera capaz de moverse entre el tiempo y espacio, su mente lo transportó a una memoria que creía abandonada en lo más recóndito del subconsciente.


Se encontraban detrás del estacionamiento de aquella institución bancaria.

A su lado, Christopher rey de los necios Redfield. Vigilando a los hombres que se encontraban con sus armas de largo alcance y gran potencia de fuego.

Habían sido enviados a lidiar con un atraco de malandrines a un banco, dónde se encontraba almacenado los recursos del Estado.

Ahora se veían envueltos en un inminente tiroteo. Dispersos detrás de los automóviles y patrullas. Personas heridas, algunos cajeros y burócratas muertos en el asalto.

Pero lo más desafortunado hasta el momento, era ver a la miembro novata, Rebecca Chambers, en el siguiente automóvil, temblequeando como un conejo en invierno, y observando con su par de ojos claros y sensibles, el cadáver del hombre malherido por el cual había arriesgado su vida.

Y entre el fuego amigo y enemigo, le era imposible volver al resguardo del capitán Enrico o del mismísimo Albert.

Apenas llevaba una semana dentro del grupo y estaban a punto de perderla. Ingeniosa contratación de su parte. El capitán sentía el asfalto bajo sus palmas y la adrenalina trepidándole por todo el cuerpo.

¿Qué debería hacer ahora?

La muerte de una chica de apenas cumplida la mayoría de edad no se vería bien en ningún reporte y causaría un gran escándalo frente a la prensa. Tendría que responder un sinfín de preguntas a su superior, y además, invertir el tiempo para entrenar a un nuevo miembro de presentarse la catástrofe de perder a su único doctor dentro de la división.

La lluvia le caía sobre el rostro. Detrás de las gafas, sus ojos azules tratando de buscar una ruta escapatoria razonablemente segura para la médico Chambers. Sin resultado.

Cualquier hipótesis conducía a la fatalidad.

De pronto Chris gateó hasta ponerse de frente, sin mirarlo.

— ¿Redfield? — preguntó la figura de autoridad, encogiendo las piernas y limpiándose un poco de sudor que le resbalaba por el costado de su frente.

— Tenemos que sacarla de allí. Usted y Forest podrían cubrirme mientras me acerco al otro auto y logro distraerlos hasta que no les interese más como blanco. —inquirió el castaño, quitándose los guantes y lanzándolos a un lado.

—Es una estupidez, Chris. Te atravesarán antes de que lo notes. Vienen armados con AK47, seguramente de contrabando, tendrás más perforaciones que un jardín infesto de topos antes de que logres llegar al volkswagen. — se escuchó gritar, por encima del estruendo de una detonación. Se trataba de un auto elevándose por los cielos más de dos metros, acabando volteado sobre sí. Debieron haberle disparado al tanque de gasolina.

Fue la oportunidad que el atrevido miembro del Alpha Team estaba esperando; Chris hizo caso omiso a su instrucción de dejar aún lado su instinto natural de hermano mayor, y salió disparado a la ubicación de Rebecca.

Recordaba haber tratado de pescar a su subordinado del chaleco, pero a su relativamente corta edad eran tan escurridizo como una salamandra.

— ¡Chris! ¡Christopher! ¡Con un demonio, regresa en este mismo instante o te disparo! —

Pero del joven no recibió respuesta. Lo vio correr, deslizarse con una habilidad poco vista durante los entrenamientos. Sus piernas moviéndose entre la basura y los billetes de dólar, irrigados inconsistentemente a través del pavimento.

— ¡Christopher, maldita sea, te di una jodida orden, soldado! ¡Estás muerto, aún si vuelves, estás muerto! —Volvió a gritar el capitán de lentes negros, sin dejar de disparar a los múltiples hombres que los acordonaban.

Vio un soldado con el francotirador enfocando claramente a su antiguo pupilo. Antiguo porque y no lo consideraba como miembro del Equipo Alfa. Wesker y su vista de águila le atinaron con facilidad entre ceja y oreja; el hombre cayó de espaldas, con los ojos bien abiertos.

¡Ese mocoso estaría despedido apenas volvieran a poner un pie en su oficina! Porque nadie había presenciado lo que la furia podía hacer con su personalidad fría y un tanto indiferente. Le enseñaría el significado del terror apenas salieran de esa, plegaría tanto por haber sido tomado de rehén en esta ocasión. Oh sí, Chris se arrepentiría mucho de haber ingresado a su escuadrón. Suerte tendría de no terminar sin alguna extremidad.

Pero, en contra de sus siniestras predicciones, el joven Redfield logró llegar hasta la posición de la más pequeña miembro de los S.T.A.R.S, quien tenía las manos cubiertas de líquido vital, escondiendo su miedo detrás de una máscara de serenidad. Por sus ademanes parecía estarle indicando que se dirigiera a dónde se encontraba Albert Wesker.

El oficial mayor tuvo que disparar nuevamente contra un hombre que apuntaba con intenciones de dispararle al coche en el que se resguardaban, justo debajo del tanque auxiliar.

— ¡Muévase Chambers ahora, rápido! —vociferó el rubio, aunque dudaba que pudiera escucharlo.

Dos tiros más de su Samurai Edge. Otros dos difuntos a la lista. No dejaba denotar su exasperación. Seguía siendo certero, fugaz, sin una pizca de piedad cuando de combatir se trataba.

La muchacha muchachos fue sorteando el peligro. A pesar de trasladarse encorvada, avanzaba con efectividad. Chris continuaba en el mismo sitio, disparando, casi sin cubrirse, lo que aseguraba que pronto tuviera una bonita marca en la cara o en el corazón.

¿Por qué sentía los latidos golpeando en sus pulmones?

¿Por qué cada ladrón caído, desataba esas cadenas que ahora se apoderaban de su cuello?

Albert no lo sabía, pero todas esas sensaciones, incluyendo la repentina necesidad, efímera, superflua, inexplicable, tratando de brindar protección, no sólo involucraba a su egocentrismo, admitiendo que entrenaba a los mejores y que era tan capaz que nadie moría en alguna de sus misiones, sino que además, lo catalogaba como un hombre de hábitos. Cada uno de esos ineptos, bromistas, tímidos o retadores, se transformaban en un nuevo hábito que podía arrancarse con facilidad, sólo sí así lo deseaba.

Que alguien viniera a perturbar su mundo, causaba que ese genio mortal abandonara las sombras.

Estaba a unos pasos, sólo a unos pasos más.

Se estaba quedando sin munición. Rebecca casi tropieza, pero Albert la jaló del brazo con tal rudeza que provocó que su cabeza revotara contra la lámina del vehículo perteneciente a la comisaria. La pistola se le resbaló de las manos por el esfuerzo.

Y aun cuando la jovencita se encontraba relativamente fuera de peligro, no la soltó.

— ¡En qué demonios estaba pensando, Chambers! ¡Dígame! ¿Cree que podría salvar a los demás cuando ni siquiera puede cuidar de sí misma? No estamos entrenando, y esto no es un juego. ¡Si vuelve intentar algo así me aseguraré que la hundan en un salón de clases y no volverá a pisar la estación nunca más, en ninguna de sus divisiones! —bramó el hombre de cabellos rubios, perfil adusto pulido en mármol, mientras la agitaba de los hombros, como a una marioneta.

Le señaló un rincón, dónde los depósitos de basura, hechos de acero inoxidable, proveían de un ligero resguardo contra la balacera. —Allí se encuentran Valentine y Burton. Asegúrese de no volver a salir por ningún motivo. ¡Es una orden directa! —indicó el hombre, liberándola de su agarre de tigre enfurecido.

Becca estaba intentando cubrirse con las manos, sin hacer contacto visual. Parecía en parte avergonzada por su torpeza y desidia.

Jamás olvidaría la expresión de culpa y consternación de aquella niña. Y no porque quisiera retractarse de sus palabras, sino por tratarse de los ojos de alguien que no lo estaba reconociendo. Como si un completo extraño estuviera reprochándole su negligencia.

Como si de pronto dejado entrever las verdaderas características de líder comprometido por la que fue fácilmente seleccionado para el puesto.

Volvió su atención a Chris inoportuno Redfield. Ese síndrome de valentía lo estaba enfermando. Cuánto lo odiaba, y cuánto era capaz de negarse la satisfacción que sentía por haber convertido a ese chico, de un piloto fracasado con menos habilidad que un orangután con un arma, al mejor tirador de la división, y que contendía frecuentemente contra otros departamentos para salir siempre victorioso.

Pero ese no era el mejor instante para demostrar el mínimo orgullo por su trabajo.

Volvió su atención a Chris inoportuno Redfield. Ese síndrome de valentía lo estaba enfermando. Cuánto lo odiaba, y cuánto era capaz de negarse la satisfacción de convertir a ese chico de un piloto fracasado con menos habilidad que un orangután con un arma, al mejor tirador de la división, y que contendía frecuentemente contra otros departamentos para salir siempre victorioso.

Iban a empezar a acribillarlo. De eso no cabía duda. En su posición visualmente vulnerable, podía notar a los hombres de armas de cañón largo empezar a dispersarse.

— ¡Redfield, tienes que volver o estaremos rodeados! —expresó el capitán desde el otro lado. Chris pareció hacer un esfuerzo por escucharlo. Y sorpresivamente, obedeció. Inició el temerario camino de regreso.

Albert volvió a cargar su arma, dispuesto poner orden como un soberano del trabajo de campo, pero al parecer los atracadores estaban hartos de sentirse aprisionados, enganchados por tantos años que serían ancianos para cuando abandonaran la cárcel, por lo que sacaron el armamento rudimentario. Una granada de fragmentación iba en dirección de ambos.

El capitán no tuvo tiempo de pensar en las consecuencias de sus reacciones. Por muy cuidadoso que fuera con integridad, era perfectamente capaz de asumir riesgos. Y así lo hizo. Como cualquier hombre víctima de la adrenalina fugándose como una manguera bajo presión.

Chris podía merecer esa muerte tan violenta por su indisciplina, pero Wesker no estaba juzgando esa posibilidad en el momento. Todo lo que sabía es que estaba arrojándolos a ambos a un lado, desplazándose en dirección contraria al explosivo, tratando de evitar que la onda de choque los llevara directo a la muerte. Forzando a Chris a quedar contra el suelo, tan sólo con su peso.

Sintió el aire y un calor sofocante absorber la atmosfera, sin dejar llegar una cantidad adecuada de oxígeno llegar a los pulmones, tratando de toser como si todo su sistema respiratorio estuviera cubierto de arena. No había escondido el rostro lo suficientemente cerca al otro vehículo y ahora lo lamentaba. Podía sentir las oleadas de metales y vidrios reventados marcar su trayectoria directo a ambos polizontes. La patrulla en la que había estado escondido Wesker todo este tiempo, terminó inservible hasta para el depósito de chatarra.

A pesar de que había tratado de llegar hasta el siguiente vehículo con la inverosímil tacleada contra el joven Redfield, ambos quedaron al descubierto para los pistoleros.

En su arranque, parecía haber olvidado al resto de maleantes que se encontraban dentro de las oficinas de salida del banco y otros más en camionetas blindadas.

El primero en levantar la cabeza fue Chris, quién parecía confundido y claramente ensordecido por lo cercano de la fragmentación. El mayor se encontraba en un estado similar, pero debido a que lo había visto venir, sólo padecía de una severa migraña y ardor en el rostro.

Al menos parecían haberla librado… enteros.

Segundos después de que Wesker cambiara su posición, tratando de colocarse en sobre sus rodillas, sintió un severo dolor sobre el costado, taladrando entre las fibras de sus músculos.

Del puro dolor, jaló al irresponsable de las ropas y lo empujó a cubierta para que no le estorbara, lo que Chris no agradeció, por casi dar cara contra el asfalto. De esas demostraciones de amabilidad que el capitán daba frecuentemente.

Wesker se apoyó contra el neumático, con la Samurai Edge, de alto calibre y más llena de tizne que nunca, apretada entre sus manos.

Bien, hasta allí llegaba la portada de que nada le importaba.

No podía aclarar aún sus pensamientos, no con el zumbido que le revotaba en los oídos.

Podía haberse salvado sólo, pero habría sido demasiado obvia su falta de interés en su subordinado, teniéndolo justo de frente.

Chris miró a su jefe con ojos de extrañeza y desbarajuste, con el cabello castaño alborotado lleno de hollín.

—Tu carrera en la milicia estará acabada tan pronto ponga un pie en mi oficina— murmuró el capitán casi sin mover la mandíbula. Por su barítono se filtraba el dolor.

No sería la primera vez que lo amenazaba con eso. Pero le parecía una posibilidad real.

Albert inclinó el cuello, colocando una mano sobre su costado, mientras analizaba lo que acababa de hacer. Dejarse conducir por un impulso ocasionaba dificultades como esa. Aun luchando contra su verdadera naturaleza, pequeñas porciones de su algarabía, surgían en las situaciones de peligro.

Cuando no eran planeadas por el comando de Umbrella, por supuesto.

Escuchaba nuevos impactos de bala contra la fachada del Cadillac en el que se ocultaban.

Pudo ver a Enrico asomando su rifle, mientras sobre sus cabezas, el helicóptero precipitaba sus aspas tan cerca de los techos que podría haber mutilado un par de antenas.

Retiró su mano enguantada de la herida, dónde un trozo de material cromado, brillaba contra la luz de noche.

Tenía los dedos cubiertos de la sangre. Chris pudo percatarse como retiraba su mano de la vista, dispuesto a fingir que si no hacía caso de la herida, no existía.

"Abriendo y cerrando la boca como pez fuera del agua, Chris no obedezco órdenes porque soy un chiquillo pendenciero Redfield, estoy extasiado por saber con qué comentario nos deleitarás ahora." —Inquirió el rubio, disfrutando del sarcasmo. Trató de hacer caso omiso a las punzadas, colocándose en una posición de disparo o sobre sus rodillas, pero le era imposible moverse.

Apenas bajó la mirada encontró la razón de su malestar; el pedazo de fierro continuaba enquistado entre sus costillas y abdomen. Tenía que sacarlo o sería incapaz de andar a gatas.

De suerte que no lo había matado, pero juzgando el tamaño y la ubicación, no se encontraba absuelto de consecuencias fatalistas.

—Capitán, responda. —

Se encontraba tan metido en la evaluación de su herida que no había notado el tono de voz consternado del moreno. Pero aun advirtiendo el llamado que buscaba una respuesta, sus labios continuaron enmudecidos.

Sin pensarlo el joven desenfundó la magnum.

Podía leer determinación en sus ojos. Una determinación muy familiar, casi tan feroz como la propia. Wesker apretó su costado con más fuerza, para evitar que el sangrado continuara. Pero era en vano. Improductivo en todo sentido. Sólo le incrementaba el dolor.

Son curiosas las cosas que se pueden poner a evaluación cuando sabes que tus minutos podrían estar contados. Se empiezan a sopesar los caminos del pasado, elecciones futuras que no se tienen permiso para hacer, es en ese momento, cuando ves tus ropas desgarradas y tu respiración dificultada por el excesivo esfuerzo, que las cosas no sólo giran sobre ti, sino cae un peso animoso sobre tu alma, que te indica que el tiempo puede haber llegado.

Pero estamos hablando de Albert Wesker, quien por sus orígenes y personalidad no puede ver las cosas de la misma manera.

Para Wesker sólo se significaba una cicatriz más. Una que le recordaría las cosas que no volvería a repetir. Aunque no podía moverse, estaba en sus cinco sentidos, percibiendo el caos a su alrededor.

Trató de tomar el fierro con ambas manos y tirar afuera, ante la atónita mirada de Chris, que ya no estaba seguro de a quién atender. Si al enfrentamiento o a su capitán malherido. Pero sopesándolo, la elección era obvia.

El oficial mayor no pudo sacarlo, como era de esperarse. Extraer el material unos cuantos centímetros fue suficiente para que un gruñido atravesara sus afilados labios. Pequeñas gotas de agua se deslizaban desde su cabello hasta la barbilla, mientras apretaba el brazo y profería unas cuantas maldiciones.

Chris se encogió a su lado, revisando la gravedad de los daños. Un balazo le pasó por encima de la cabeza. Y notó, no con poco horror, cómo Wesker se encontraba sentado sobre su propia sangre. Tenía que sacarlos a cualquier precio, y sin retrasos.

El revólver del mayor residía inerte en su palma abierta. Y después de duros e interminables segundos luchando contra su irreverente decisión de retirar ese trozo desagradable de metal, que le presionaba las costillas y amenazaba con alancearle la cavidad pulmonar, recargó la cabeza contra la lámina de color rojo, que perteneciera a un bello Cadillac.

Albert sonrió con ironía. ¿De qué servía todo el trabajo para dos bandos sino vivía lo suficiente para disfrutar dichos frutos, gloria y fortuna?

Y fue así, como toda perspectiva de sus tareas, cambió.

A Umbrella le importaba muy poco que falleciera en alguno de esos atentados, o incluso dentro de sus propias instalaciones. Y el departamento de policía no era el lugar donde esperaba estar estancado el resto de sus días.

Trabajar sólo por sus fines era la solución. Sin deber lealtad a nada ni a nadie. ¿Temor a la muerte? Nunca. Por eso trataba de mantener su temperamento estable, aun cuando ese líquido caliente se le filtraba entre los dedos.

— ¡Wesker! ¡Wesker! —

Y por mucho que escuchara la preocupación en su voz y era perfectamente capaz de contestar a su llamado, no lo hizo. Merecía cada momento de angustia, por su ridículo comportamiento de cachorro sentimental.

Ese era el problema con Chris, permitía que sus sentimientos tomaran el control de sus acciones.

— ¿Por qué no me haces un favor y desapareces, Redfield? —Mencionó viendo como el muchacho se quitaba el chaleco color olivo y lo presionaba contra la zona afectada en el costado de su jefe, enviando insufribles choques galvánicos a todo su torso y abdomen.

¿Qué más podía hacer si sólo había recibido unos lengüetazos de medicina dentro de la academia?

Wesker avistó como Jill se movía de su pared de resguardo cargando, con su rifle de precisión. Con él era tan certera como un halcón descendiendo de las alturas.

Chris estaba sopesando las opciones. O al menos eso parecía hacer. Por muy fortachón que pretendiera ser, no podría soportar el peso de ambos sin ir lo suficientemente lento para ser presa fácil. Y el riesgo de provocar un daño mayor con esa cosa aún dentro del capitán, era demasiado alto.

Tenía que retirarlo, detener el sangrado con las ropas que tenía a mano, para así poder moverse de regreso con el resto del equipo. Justo llegaron los refuerzos cuando le dedicó una mirada significativa al que probablemente se convertiría en su ex—jefe.

El rubio sabía lo que su subordinado estaba pensando. —Sácalo. — ordenó sin dejar espacio a titubeos.

Chris asintió resignado a su suerte. Pero se lo debía. Con su amargado, duro, adusto, reglamentario, malhumorado, frívolo, tenía una deuda de vida, que cómo le pesaría en un futuro. Ni siquiera imaginaba la serie de conflictos emocionales y éticos que eso le provocaría en los meses siguientes. En los meses de luto.

El moreno colocó ambas palmas sobre el hierro que sobresalía de su costado; sólo esperaba que ninguno de sus órganos vitales estuviera fallando por la perforación. Pero lo dudaba mucho pues continuaba consiente.

Retiró la pieza metálica tan firmemente como le fue posible; podía sentir las manos de Wesker presionándole de los antebrazos y la camisa, de donde primero pudo pescarle.

¿Qué importaba el dolor sofocante durante unos segundos si se libraba de semejante martirio?

No podía adivinar los pensamientos de Chris Redfield en ese momento; se desmayó por unos segundos sólo para volver en sí a causa del ardor en su herida.

Las manos de Chris se mancharon también. Lo que sólo hizo el nerviosismo de ese agente irresponsable, mucho más evidente.

Sintió un alivio no muy extenso cuando el mayor de los hermanos Redfield, liberó su caja torácica del objeto intruso y presionó con el chaleco verde hasta estabilizarlo.

Entre su malestar pudo sentir como le ayudaba a apoyarse en sus hombros, por mucho que se resistía. Podía estar lastimado, pero su orgullo estaba intacto.

Pasó semanas enteras preguntándose porque había dejado que su instinto, el más humano, del que siempre renegaba, contra el que combatía fervientemente, día tras día, saliera la luz justo en aquella mortal encomienda. Ningún miembro de los S. .S, murió en aquella anubarrada noche de Mayo, como dictaría el reporte del heroico esfuerzo del cuerpo de policía, que apareció en los periódicos matutinos.

En los entrenamientos de los días que siguieron, Chris cumplió las instrucciones al pie de la letra y mejor que nadie. Pero Albert no lo diría nunca en voz alta. Finalmente, no había intervenido salvando la vida de un mocoso necio para después despedirlo, sin someterlo a la prueba final: la mansión de las montañas Arklay.


¡Basta ya! ¡Era suficiente!

¿De dónde provenían dichos recuerdos?

¿Era su vestimenta, o la época más lluviosa del año, la que le recordaba sus años de capitán?

¡Cuánto deseaba tener sus manos sobre su cuello, para que le pagara, una a una, las irresponsabilidades que había tenido que soportar!

Pasando de ser su subordinado a una molestia que ya no estaba dispuesto a solapar.

Pues esa misma naturaleza, que transformaba a su hermana en un ser de naturaleza sensible, volvía a Chris un enemigo apasionado, quién pensaba con los hígados antes que con la cabeza, y que protegía a los suyos a como dé lugar. Aún con las limitaciones.

Pero en el fondo Wesker sabía que ambos se odiaban en la misma medida.

Por salvarlo, humillarlo, haciéndole creer que realmente era capaz de preocuparse por alguien que no fuera sí mismo, y después encasillarlo en una mansión de muerte, y deleitándose cínicamente con la decepción de todos.

Continuó andando; omitiendo el sabor a hiel que le escalaba por la garganta.

Los dos hombres que restaban de su grupo seleccionado, observaban el pasillo que daba a la oficina del hombre que buscaban.

Justo delante de la fachada, detrás de una estatua de Prometeo, quien había osado arrancar el fuego de los dioses del Olimpo para obsequiárselo a los hombres, se encontraba la puerta que Albert tanto había esperado abrir. Y no sólo porque el técnico había indicado que detrás de sus paredes se encontraba el elevador que los transportaría a los niveles subterráneos, sino porque tenía el presentimiento de que aún muchos de los secretos que necesitaba conocer, no habían sido revelados por entero.

De la escultura salía una enredadera de considerable grosor, doblada en cada una de sus esquinas, como queriendo escapar.

James Marcus. Así indicaba el marco de la entrada. Caoba negra. Perilla de oro puro.

Albert se reacomodó las gafas.

Entraría a ese sitio solo; no hacía faltan más distracciones ni estorbos.


Mes y medio.

Mes y medio para un capítulo extenso.

¡Hola cómo están lectores queridos! Disculparán el retraso, pero como lo dije en mi nota, fue un capítulo algo dificultoso debido a los términos y menciones de ambientes lúgubres. La primera parte, en la que habla básicamente sólo Albert Wesker, fue lo más complicado. No sé porque… no se dejaba el señor.

La escena que más disfruté narrar, fue la del atraco al banco. De alguna manera quería crear esa conexión de deuda de vida entre ambos, porque así el odio tendría un fundamento mucho más sensible. ¿Cómo no odiar al hombre que te intentó salvar la vida, para después encerrarte en una mansión con el resto de tus amigos, para saciar sus ansias de poder?

Espero les guste, porque en lo personal considero que es uno de los momentos a los que he dedicado mayor cantidad de tiempo e inspiración.

Y en cuanto a la carta, que puedo decir. Ser un maldito le sienta muy… muy bien. Y sobre la pareja central, dedicaré un capítulo entero a ellos solos las próximas entregas, por lo que prefiero por ahora darle dinamismo e incluir otra clase de espectáculos.

Sin más, sus apreciados mensajes:


Polatrix: Querida beta reader de mi vida. No sabes lo mucho que te agradezco escuchar mis locuras y auxiliarme en mis crisis de escritora amateur. En serio, tu apoyo no tiene precio. Te quiero muchísimo y como siempre este capítulo tiene una dedicatoria especial para ti.

Love you, girl. 3

Airam: Creo que Claire ya pertenece a Wesker de otras maneras. Pero probablemente lo haga en su físico en alguna de las próximas actualizaciones. Todo depende de cuánto me extienda. A veces empezando a escribir es difícil parar. Un gran abrazo, y muchas gracias por continuar leyendo la historia. Saludos y espero tus comentarios.

Name: ¡Qué alegría que te guste tanto la historia! Sé que tardo en actualizar. Pero los capítulos largos se han convertido en mi línea de publicación. No puedo subir algo sin concluirlo. Me pone muy feliz recibir mensajes y opiniones. Es mi mejor recompensa. Un gran saludo, desde México.

anonimo1234567: ¡Hola qué tal! Perdón por hacerte esperar. No es mi intención, lo lamento. Un gran abrazo y espero tu opinión pacientemente.

V. Nicole Wesker: ¡Querida! ¿Qué tal? ¿Cómo te encuentras? Apenas estoy checando mis mensajes, me desaparecí por un tiempo a tomar un par de lecciones de relajación y pre universitarios.

Era la primera vez que escribía la interacción física entre dos personajes, estaba muy nerviosa.

Y sobre los halagos, me hacen sonrojar, pero creo que me dotan de una gran satisfacción por todo el tiempo escribiendo, checando y de más.

Espero vuelvan a disculparme, tuve que buscar mis libros y ponerme a sentir terror otra vez para poder describirlo con propiedad.

Te quiero mucho, cuídate, y que te encuentres muy bien. Nos leemos pronto, porque claro, tu opinión es extremadamente valiosa para mí.

P.D Gracias por los comentarios que has hecho de mi historia. ¡Eres muy amable y dulce!

.annie: ¡Tres de la mañana! ¡Santo Merlín! *Mira la hora.* Tu mensaje fue muy divertido. Me levantó mucho el ánimo. Perdón por la intimación inconclusa, pero es ese balance el que intento mantener. Espero no se prolongue demasiado. Lo que sí puedo decir es que el sentimiento ya está ahí, arraigado, pero no lo admiten. Al menos Wesker sigue sin hacerlo. Gracias por describirlo como increíble, es muy dulce. ¡Muchísimas gracias, de verdad! Saludos desde el Estado de México y espero tu opinión pacientemente.

Belledarkness: Es una pareja maravillosa, por la simbiosis y la clase de sentimientos tan pasionales que ambos experimentan. Traté de actualizar pronto, pero fue difícil, espero que la trama y longitud compensen el tiempo tardado.

Gracias por llamarme escritor. Es un gran halago que me llena enormemente.

Espero tu opinión de este capítulo.

AryValentine: ¡Hola, hola! Wesker es muy lento en eso de ceder, pero siempre podemos darle una manita. Trató de que Albert se mantenga tal y como es. Desde que leí los libros me di cuenta de que era alguien que escondía enormes secretos, y que sin duda sería un enigma muy atractivo de descifrar. En cuanto a la manera en que ambos dialogan… Wesker es un sarcástico duro pero en parte divertido, sobretodo porque Claire no se lo toma tan en serio y siempre sabe cómo responder.

Lo lamento por León, creo que sufrirá un poco más. Sobre el Cleon, volverá a aparecer capítulos adelante, pero por ahora, espero que te guste el terror de la saga, y claro, disfrutar de los ademanes de Wesker en cuanto se pueda con la imaginación. *Risa maliciosa*.

Dearheart… Es una expresión tan… él. Me parece una forma sobria de llamar a una chica como Claire. ¿A quién no le gustaría ser llamada de esa manera por el capitán? *Risa malévola*. Aunque algunas veces la coloco también como corazón; querida me parecía un poquito fuera de Wesker y querido corazón… sonaba un poco raro textualmente hablando, en español.

¡Nicole! ¿De verdad? Ya le he dado las gracias, fue un detalle muy lindo que no olvidaré.

Sobre la canción. Shinedown es de mis grupos favoritos. Y colocando a Apocalyptica en la ecuación, se vuelve una bomba.

Me muero por escribir escenas de ellos dos juntos, pero siempre me aguanto. La historia debe englobar a los personajes, a las dificultades, pero siempre trataré de darle prioridad al romance. Muchas gracias por todo lo que mencionas. :3 De ser fan *Se sonroja*. :D ¡Eres increíble!

No te preocupes por los comentarios extensos. ¡Me encanta! Me encanta platicar sobre todo, del fandom, de los días, de la historia, con confianza, no te preocupes.

¡Besos desde aquí y espero tu opinión de esta entrega!

Alex Wesker: Por supuesto que eres especial para mí. ¡Me has leído todo este tiempo! Eso me halaga y me intriga, me motiva a seguir escribiendo, esperando que el capítulo también sea de tu agrado. Pero de nuevo, miles de lo siento por tardar en subir capítulo. Es difícil con la escuela, la longitud del capítulo porque generalmente no dejo cosas a medias.

Un saludo, y espero te encuentres excelentemente. Estaré esperando tu opinión. Besos.

Ariakas DV: El final trágico todavía no llega, debo de decir, pero es que la acción aparecerá cuando abra la puerta. Esto fue algo mucho más descriptivo concentrado básicamente en la atmósfera. Pero sí, alguna sorpresa estará por allí. Muchas gracias por tus mensajes, son dulces en verdad. Me halagan de sobremanera.

Un saludo, besos, y que te encuentres bien.

AndyPain: No me odies, esa no era mi intención. *Llora*

Sí, está bien, quizá no debí cortar el momento de Claire y Wesker de esa manera. Y espero que conserves esa intriga y suspenso, para que la emoción se mantenga a tope. Muchas gracias por los comentarios, y también es un placer leer tu opinión.

Saludos, besos, abrazos.

Darknecrox: Tu olfato no me engaña. Así estaba planeado. Una batalla. Pero como siempre me es difícil seguir los guiones. Me extendí de más en esta entrega. Y tendré que esperar al siguiente capítulo para describir la pelea.

Muchas gracias, y este capítulo si es realmente largo. Podrías cargar toda una película mientras lees.

Espero tus comentarios, sugerencias, opiniones de lo más valioso.

Sdfgghj: Cumplí el objetivo: Actualizar. Tarde, pero lo hice. *Rie maliciosa* Perdóname, pero muchas gracias por tu mensaje, espero no te desanimara mi tardanza.

Saludos desde México.

fatty rose malfoy: ¡Hola! *Abrazo* *Se alegra porque la quiere más*. Wesker cederá. Aunque me cueste lágrimas y dolor, lo hará. *Música de victoria*. Yo soy del Estado de México, originalmente de Acapulco. :D Me alegra ver a un compatriota por estos rumbos. Está bien, muchísimas gracias, fue muy agradable leerte. Me encantaría escuchar tu opinión de esta entrega.


Nota de la autora: Espero no todo les parezca demasiado gráfico. Mi intención no es sobreexponer a alguien a toda esa clase de circunstancias terroríficas, lo que sucede es que tengo algo de nostalgia por la saga original.


Recomendaciones musicales.

I was lost without you – Mass Effect 3.

Room of angel – Akira Yamaoka.

Get out alive – Three Days Grace.

¡Muchas gracias, y nos leemos aquí, esperemos, muy pronto!