DISCLAIMER: Naruto no me pertenece.
ADVERTENCIA: Muerte de personajes/ Leve OoC/ Universo alterno.
Espero que lo disfruten.
El móvil de delito
...
Capítulo13: Preludio
…
Tras escuchar la puerta abrirse, en un gesto casi reflejo, Sasuke se removió en su silla detrás del escritorio y clavó su atizada mirada en Karin, sin estar mirándola realmente; sus ojos de carbón, perdidos en algún lugar del planeta, en cualquier fragmento del tiempo.
Sasuke no era el tipo de persona que se enfrascara en el pasado. No. Él era práctico. A él ni siquiera le interesaba el porvenir; lo único que siempre ocupaba su mente era el presente. El hoy. Salvo por esa mañana en la que no podía alejar sus recuerdos de lo acaecido la noche anterior en la sala de su departamento. Tal vez sus recuerdos se hubieran permitido volar un poco más lejos. Al día en que Sakura irrumpió en su vida; el día que la dejó entrar.
Sabía. Maldita sea, siempre los supo, que le rompería el corazón. Lo hizo. Para cualquiera, inclusive para Sakura, él no había sentido nada por ella. Quizá era difícil imaginarlo, pero la había amado; más de lo que podía soportar. Por eso se fue. El amor es una carga demasiado pesada; no que él fuera un perezoso, pero sí era un cobarde. Ella siempre esperó lo mejor de él, intentó sacar lo mejor en él y Sasuke, cobardemente, simplemente la había apartado antes de que ella descubriera que no había nada que esperar, nada más para mostrar, porque él ya no tenía nada. Estaba vacío. Y ella no se merecía alguien vacío.
Esa última noche; la noche que Sakura quedó embaraza de la hija que se les estaba muriendo, él había tratado de darle lo que tanto ella había querido y aunque su amor era verdadero, no pudo dejar de sentirse como un mentiroso. Porque ese no era él. Después de la muerte de su madre, los desprecios de su padre y la enemistad con su hermano, no había quedado mucho que rescatar. Y Sasuke se fue y no la llevó con él.
Su peor error.
Sasuke ya había descubierto que lo que siempre temió no fue romper el corazón de Sakura, lo que siempre quiso evitar era que ella rompiera el suyo. Y finalmente, Sakura lo había hecho; no que no se lo mereciera; no que por eso, doliera menos. Su cabeza era una vorágine de recuerdos, unos más turbulentos que otros. En ese instante, él no podía apartar de sus ojos la figura menuda y distorsionada por la lluvia de Sakura con un paraguas sobre su cabeza. Desde la ventana empapada de su departamento, a una considerable distancia de donde ella se hallaba, Sasuke podía notar que sus hombros temblaban violentamente por el llanto que ya no estaba conteniendo. La vio precipitarse dentro del auto sin mostrar una tentativa de mirar atrás, tal cual lo había hecho él cuando la dejó en aquel parque de remolques hace diez años. La vio desaparecer en la espesura de una noche tan tormentosa como sus sentimientos; tan oscura como su propia alma.
Solo cuando el auto estuvo fuera del alcance de su vista, Sasuke se permitió expulsar, en una sola expiración, todo el aire que había retenido desde que ella salió de la residencia. Había sido Sakura la que rompió el beso. El beso que se habían estado dando ¡Habían! Porque aunque él no pudiera precisar por cuánto tiempo, estaba seguro que hubo un momento en el que ella no solo dejó de resistirse, sino que había respondido con la misma urgencia al contacto de sus labios. Era como si hubieran reanudado una vieja, pero conocida danza. Era como hace diez años… hasta que Sakura le había empujado con una vehemencia que solo pudo haberle sido otorgada por la indignación y él advirtió, con más terror que asombro, la fiereza contenida en el brillo verdoso de sus ojos. Esa no era la mirada que debía tener alguien que lo había besado como ella acababa de hacerlo; así que concluyó que esa anuencia y esa pasión que no terminaba de procesar, habían sido un mero espejismo.
El dolor hizo más claro el recuerdo.
―¡No vuelvas a tocarme! ―le había ordenada ella.
―No lo haré ―le aseguró él cuando logró sacar la voz―. No si no quieres que lo haga.
―No quiero.
―También me besaste.
―Por supuesto que no lo hice.
―Lo hiciste, Sakura. Sé detectar esas cosas; sobre todo cuando vienen de ti.
Ella le lanzó una mirada rebosante de rencor.
―Solo quería… ―Había empezado Sakura; la voz a la altura de un susurro―. Solo quería comprobar que ya no sentía nada por ti. Y no lo siento.
Si le había mentido para herirlo, a él no le importó. Estaba demasiado concentrado en el ahogo de su propio dolor como para adivinar si la crueldad de Sakura era solo instinto de conservación.
―Al fin soy libre de ti, Sasuke Uchiha.
―¿Sasuke? ¿Estás escuchándome, Sasuke Uchiha?
Aún medio atrapado por en la telaraña del recuerdo, Sasuke parpadeó, aturdido. Justo en frente de él estaba Karin Uzumaki; su encendida melena roja resaltaba desordenada sobre la bata blanca de laboratorio mientras le blandía unos papeles con el ceño arrugado.
―¿Vas a prestarme atención? ―le reclamó ella.
Él la miro y, esta vez, sus oscuros ojos parecieron advertirla.
―¿Qué decías? ―murmuró, desconcertado. ¿Hace cuánto que ella estaba allí?
Entre ofendida y hastiada, Karin tomó una bocanada de aire y, evitando jalarse de la crines, repitió:
―Te decía que dos protocolos de autopsias le fueron practicados al cadáver del callejón entre el día del hallazgo y ayer. Uno fue hecho por patólogos del Departamento de Ciencias Forenses de la UHK, y el otro por un equipo de Anatomía Patológica del Ministerio Público.
―¿Por qué dos autopsias?
―Ordenes de la jefa.
Al oír eso, Sasuke desestimó el asunto. A la mierda Anko Mitarashi y sus razones. Él tenía cosas más relevantes en las que ocuparse.
―¿Han logrado identificarlo?
―Aún no. Pero eso no es lo realmente interesante. Según el informe que acabo de recibir del MP, que coincide con el que yo consigné en tu despacho a primera hora de la mañana… ―Karin se abstuvo de censurarle el hecho de que aún no lo hubiera leído―…. La causa de muerte es envenenamiento por una alta concentración de 'chakra'. La misma…
―La misma sustancia tóxica que asesinó a Tenten Nohara. ―completó por ella―. Pero eso ya lo sospechábamos ¿Qué tiene de interesante, entonces?
―Esto ―dijo la forense, haciéndola entrega de otro folio mientras le explicaba―. Es un documento adjunto al protocolo de autopsia del MP. Al parecer, a altas horas de la noche de ayer, ellos realizaron un procedimiento al cadáver de un sujeto identificado como Deidara Genkai y el resultado que arrojó es el mismo. Mi contacto en el Ministerio Público hasta se atreve a aventurar que la dosis que asesinó a nuestro hombre es exactamente igual a la localizada en este otro sujeto.
―¿Por qué tienen ellos información que nosotros no manejamos? Somos la Unidad de Homicidios de Konoha.
―Deidara Genkai estaba siendo investigado por el Departamento de Narcóticos, en un caso de tráfico marítimo de estupefacientes. Allanaron una de sus residencias y lo consiguieron muerto, mostrando los mismos signos: muerte aparente por ligadura, pero una vez que se sabe qué se está buscando, fue fácil para ellos deducir que también había sido envenenado con 'chakra'. Las evidencias coinciden con los hallazgos de Sakura durante la necropsia de Tenten Nohara. Creo que si ella no hubiese determinado correctamente la causa de muerte, a estas alturas todavía estaríamos pensando que todos estos sujetos fueron estrangulados.
Como pudo, Sasuke contuvo el estremecimiento de dolor que la mención de Sakura le produjo, sin percatarse siquiera cuánto le molestaba a Karin tener que admitir que su colega desempeñaba excelentemente bien el cargo del que acababa de ser oficialmente destituida. Él le lanzó una mirada asesina a Karin, pero todas sus miradas eran así por lo que ésta ni se inmutó. Se le quedó mirando revisar los papeles de nuevo al tiempo que él le decía:
―No me digas que mi acaso por asesinato se va a volver un vulgar caso de drogas. No me digas que toda esta mierda es por drogas.
―No lo creo ―dijo Karin.
―Eso espero ―musitó él.
―¿Aún no lo ves?
Sasuke le frunció el ceño.
―¿Qué cosa?
―Sasuke, Deidara fue asesinado ayer, en algún momento entre las dos de la tarde y las ocho de la noche.
Él la miró sin comprender y cuando Karin se dio cuenta abrió la boca para continuar, pero la luz se hizo de repente en su cabeza y Sasuke la detuvo con un gesto de la mano; la voz de Sakura haciendo eco en su mente:
Neji no es un asesino.
―¿Dónde está Neji Hyuga? Necesito hablar con él.
―Ya fijaron fecha para su juicio. Fue trasladado directamente de los separos de la Corte de Arraigo a la Estatal de Konoha.
―¿Tan rápido?
Karin se alzó de hombros.
―¿Él solo es la punta del Iceberg, no es así?
―Eso parece ―le dijo Karin al tiempo que la voz de Sakura volvía a reproducirse alta y clara en su cabeza:
Neji no es un asesino.
…
Tratando de acallar el sordo dolor de su corazón, Rin Nohara releyó la noticia una y otra vez. Esa mañana, el titular destacaba en la portada de todos los periódicos de la ciudad: ¿Neji Hyuga, culpable o inocente? Comienza la carrera por la justicia.
―Claro que es culpable ―bramó ella, como si la duda fuera un insulto.
―Es lo que va a determinar la Corte ―Al otro lado de la amplia mesa de pino, se oyó la calmada voz de Obito Uchiha―. Van a enjuiciarlo ¿no era eso lo que querías?
Ella se secó las lágrimas con la mirada perdida; Obito, refrenando la debilidad que su esposa siempre ha supuesto para él, se contuvo de ir a consolarla. La escuchó cuando dijo:
―Quiero que lo condenen. Que pague por lo que le hizo a mi sobrina.
―Lo hará ―sentenció él mientras lanzaba una mirada de advertencia a Itachi que cruzaba el umbral de la amplia estancia; los rápidos pasos amortiguados por la mullida alfombra persa―. Eso puedo prometértelo.
―¿Desayunarás con nosotros? ―le preguntó Rin a Itachi cuando lo vio; la inflexión queda.
―En realidad, voy de salida ―moduló el interpelado con sequedad al tiempo que le entrega una misiva a Obito.
Para Itachi seguía siendo extraño que, aun cuando Rin parecía ser una mujer extremadamente perspicaz, todavía no se diera cuenta que él solo era un rehén más en esa casa. La misma casa atiborrada de recuerdos, pulidos pisos de madera y milenarias piezas de arte en la que se había criado de niño; la misma casa donde alguna vez había tenido una familia.
Cuando Obito leyó la nota, arrugó el cejo en dirección a Itachi.
―¿Cuándo sucedió esto?
―Anoche.
―¿Quién más lo sabe?
―Es de dominio público.
―¿Qué paso? ―quiso saber Rin.
Obito despidió a Itachi con un gesto y posó la mirada en su esposa.
―¿Sabías que Kakashi Hatake es el abogado de Neji Hyuga?
―Eso es imposible ―rebatió ella―. Kakashi jamás me haría algo así.
…
La preocupación de Neji por el hecho de que Sakura hubiera hallado una manera de burlar los controles de Sasuke y conseguir que la dejaran verlo, se acrecentó cuando el guardia que fue por él a su celda compartida –en la prisión nada era individual- confirmó que su visita era una mujer. A Neji le hubiese gustado negarse a recibirla, pero el oficial le había dejado claro que no era como que él estuviese en un retiro espiritual en un país exótico donde podía decidir qué visitas recibir y cuáles no, dependiendo de su grado de afecto por la persona o simplemente el humor con el que hubiera amanecido el día en cuestión. El granuja a cargo de escoltarlo había sido competentemente categórico al especificar que o las recibía todas o simplemente no recibía ninguna. Así de sencillo; nada de medias tintas o frívolos caprichos. Dado que Neji necesitaba mantenerse en constante consulta con su abogado y conocía al dedillo –aunque nunca antes le habían molestado sus métodos- que tan bastardos podían llegar a ser los guardias de la Cárcel Estatal de Konoha, aceptó verla.
Mientras recorría los oscuros y laberínticos pasillos de la prisión, prestando ocasional atención a las obscenidades que los otros reclusos le escupían al pasar frente a sus celdas, Neji trató de pensar en lo que le diría a Sakura para ahuyentarla. Mantuvo la vista fija en el suelo de piedra agrietada, observando las enrejadas sombras a sus pies, contando maquinalmente cada paso que lo separaba de ella. Sabía que si quería logar su cometido tendría que decirle algo terriblemente duro. En la última semana, ella le había demostrado que quería estar con él más de lo ninguna mujer, incluida su fallecida ex novia, lo había hecho alguna vez. Por eso le había tomado la palabra a Sasuke e intentaba dejarla al margen de todo esto; protegerla de un desastre que nada tenía que ver con ella. Pero a pesar de sus intenciones, Neji dudaba de su capacidad para conseguir las palabras hirientemente correctas que la alejaran. Sakura, y era una de las cosas que más le gustaba de ella, podía llegar a ser una persona obstinadamente terca. En consecuencia, él ya había medio preparado un discurso que empezaba con lo poco que le podía ofrecer estando en la situación en la que estaba y en lo mucho que ella se merecía alguien mejor. Alguien cuya descripción jamás calzara con la del imbécil -e inoportunamente libre- de Sasuke Uchiha, por supuesto. Así que cuando Neji entró a un pequeño de una larga hilera de cubículos y a través del cristal distinguió los rasgos de la mujer que lo esperaba, no supo si sentirte decepcionado o aliviado. Molesto o avergonzado.
Con más indolencia que estoicismo, esperó a que el guardia lo despojara de las esposas y se retirara a no más de un metro de distancia, vigilante, mientras él tomaba lugar en la única silla de la pieza. Cuadró los hombros al tiempo que alzaba la barbilla con el aire de una pantera lista para arremeter contra su presa. Sin vacilar, descolgó el teléfono de la pared cuando vio que la mujer hacía lo mismo, pero no la dejó hablar. En su lugar, soltó con subrayada mordacidad:
―¿Qué se supone qué haces aquí?
Al otro lado del cristal, Hanabi Hyuga luchó por mantener la frustración y el desconcierto alejados de su grácil rostro. Se mordió el labio inferior y trató de dar un par de respuestas, pero las palabras parecían morir en su boca antes de ser capaz de pronunciarlas en voz alta.
―Yo. Bueno… ―Finalmente, balbuceó―. Quería verte, supongo.
―Querías comprobar que no te hubiese delatado ―la contradijo Neji con un acento profundamente adusto.
Hanabi sacudió la cabeza para desechar los argumentos, a su juicio, irracionales de Neji. Procuró conjurar una respuesta tan rápida como audaz, pero se dio por vencida al segundo desastroso intento. Por la mirada desorbitada y los gestos tembleques que hacía mientras intentaba acomodarse su impecablemente acicalado conjunto blanco, Neji supuso que no había sido nada agradable por lo que tuvo que pasar para llegar hasta allí. Esa era la cárcel de mayor seguridad del país, recordó el fiscal, por lo que era obvio que los métodos de requisas eran bastante agresivos, por no decir denigrantes.
―Solo quería saber cómo estabas ―murmuró; sus ojos muy abiertos sin enfocar nada en específico―. Saber si necesitabas algo.
―Estoy de lujo. ―La mordacidad en la voz de Neji era animosamente cortante―. Preso y a punto de morir. No podría pedir nada más ¿o sí?
Hanabi se quedó en silencio; su pecho subiendo y bajando a un ritmo acelerado. Él hubiese querido ser capaz de regodearse en su malestar, pero la extrema palidez y los oscuros anillos que contorneaban los ojos de su prima, más que complacerlo lo perturbaban.
―Yo… No digas eso, por favor.
Vadeando la flaca iluminación más allá del vidrio blindado, Neji observó distraídamente las otras reuniones que se llevaban a cabo en la sala de visitas; ninguna parecía tan tensa como la suya. Se encogió de hombros en su overol naranja, aplastando con energía la idea de empatía. Hanabi, reconsideró él, no merecía su misericordia.
―Pensé que era lo que querías.
Nadie podía culparlo. La deslealtad era el credo familiar: por generaciones de Hyuga, ellos se habían traicionado los unos a los otros por razones menos viles que la ambición y las ansias de poder. Neji lo sabía; Hanabi igual. Y era la fe en la credibilidad de esa naturaleza lo que le había permitido a Neji entender por qué era él (a pesar de que ambos cargaran con la misma cuota de culpa sobre sus hombros) y no ella, el que estaba encerrado en una celda a punto de ser castigado –con la pena de muerte- por un crimen del que podría salir ileso si hubiera contado con la ayuda adecuada.
―Obviamente, no quiero que te maten ―suspiró su prima con voz rígida; Neji no advirtió que intentaba contener un sollozo.
El fiscal rodó los ojos y su rostro adoptó una expresión de punzante desdén hacia ella mientras tocaba las marcas rosáceas que las apretadas esposas habían dejado sobre la lívida tez de sus muñecas.
―Es en serio ―insistió ella con una nota de manifiesto desespero.
Abandonando el movimiento, Neji ajustó el agarre sobre el teléfono y musitó en una voz –por lo menos para Hanabi- arrolladoramente calmada:
―Me permitiré dudar de eso.
―Te lo prometí.
―Los Hyuga no somos precisamente reconocidos por cumplir nuestras promesas. Menos la rama de tu familia.
Era raro que él, que nunca quiso darle poder al estigma ancestral de que había una parte de la familia Hyuga que siempre terminaba doblegando a la otra (había preferido creer que todos eran de naturaleza insidiosa y que ninguno –dadas las excepciones del caso de Hinata- era merecedor de una gloria salvadora) dijera algo que secundara una teoría con la que había estado en evidente desacuerdo por años. Pero allí estaba él, encarcelado y admitiendo que ellos eran más listos; que tenían el poder, que siempre lo tuvieron. Y lo peor, ¡que habían ganado!
―No soy así, Neji. Lo sabes.
―Más bien nos distinguimos por fabricar ingeniosas cortapisas y clavar puñaladas traperas ―Neji continuó como si su prima no hubiera dicho nada en absoluto. Rió con sarcasmo―: Tú eres excelentemente buena en eso, maldita sea.
―No me digas eso ―suplicó; una súplica que, como el temblor de sus manos sobre el teléfono, Neji no pareció notar.
―¿Qué quieres que te diga entonces, Hanabi? ―preguntó; su voz extrañamente se había suavizado. Sin embargo, su rostro era una máscara de repugnancia cuando, haciendo un gesto con la cabeza en rededor suyo, señaló―. Mira hasta donde me ha conducido haber confiado en ti y en mi… ―se interrumpió con ira para corregir rápidamente―. Y en tu padre. Ni siquiera sé qué haces aquí.
―Vine ayudarte.
―Creo que ya he tenido suficiente de tu ayuda. Así que paso.
―Neji…
―Esta visita se acabó ―dijo él, haciendo amago de levantarse; algo en la rotundidad de su voz desesperó a Hanabi.
―Por favor ―rogó ella casi en un chillido―. Escúchame… no puedes simplemente…
Neji soltó una risa seca y clavó sus ojos en los de su prima. Ambos grises y turbulentos; ambos atormentados por un belicoso rencor que ninguno de los dos nunca había logrado entender, pero que existía desde que tenían memoria. Él pudo ver a través de ellos su desesperación. Irónico, elucubró para sus adentros. Durante mucho tiempo, Neji no se permitió ver a Hanabi como algo más que una contrincante; alguien lo suficientemente diestra como para tener que cuidarse de sus intenciones si no quería repetir con ella los patrones de conducta que se habían reproducido en su familia por años. Traición. Pero una vez, a pesar de las muchas exhortaciones de su conciencia sobre las marcadas diferencias entre sus primas, él se había permitido bajar la guardia y creer que Hanabi era más como Hinata que como Hiashi. El resultado había sido catastrófico. Él había silenciado aquella voz en su cabeza que había tratado de advertirle de los riesgos de fiarse de ella. Había aprendido a sortear las situaciones incómodas, le había dado una oportunidad; una que ningún miembro de su familia merecía y ella, a la usanza Hyuga, lo había traicionado al final.
Sus ojos traspasaban el cristal y seguían clavados sobre ella, sentada en una posición casi trémula, pareciendo enferma, incluso frágil y la maldijo mentalmente por su habilidad para manipular. Si Neji no la conociera, él habría podido confundir la consternación de su prima con algo más que la obvia preocupación por sí misma. Pero él la conocía. Ahora incluso mejor que antes y podía dar fe que toda esa parafernalia de desasosiego solo era su forma de asegurarse de que lo tendría de su lado hasta el final.
―No te preocupes ―siseó él; su voz una afilada navaja que cortaba con cada silaba pronunciada―. No pienso delatarte. ―Hanabi cuadró los hombros a la defensiva; como si pusiera en duda lo que estaba escuchando―. No porque crea que merezcas algún tipo de contemplación de mi parte; sino porque nadie me creería.
A pesar de su artificiosa mesura, una prerrogativa de los Hyuga más calificados, ella pareció abatida al escucharlo; tanto que escondió el rostro para no verlo. Neji no la culpaba por no creerle. Él tampoco le hubiera creído de haber sido al revés la situación; aunque él no la hubiera traicionado en primer lugar. De haberse dado las cosas de forma viceversa, ella no se hubiese visto en la obligación de decirle lo que creía que él necesitaba oír. Este no era el caso por supuesto; Neji había sido realmente sincero en las razones por las que había decidido llevarse el secreto, 'letalmente' a la tumba. Justo cuando él iba a colgar el teléfono y dar por terminada la conversación, Hanabi habló; su voz trémula y contenida como si estuviese…
―Ne-Neji… ―su cuerpo se estremeció en varias y ligeras sacudidas al tiempo que su voz se perdía en un estrangulado silencio.
Neji deseó que Hanabi alzara el rostro para comprobar si ella realmente estaba llorando. Como obedeciendo a sus silenciosos deseos, su prima descubrió su cara; una cara que él nunca olvidaría, una cara manchada de lágrimas. Neji sacudió la cabeza con perplejidad. Ni siquiera cuando murió su madre, él había visto a Hanabi llorar; claro que ella había tenido cinco años entonces y Neji había asumido que era demasiado pequeña para entender lo que estaba pasando. Así como había asumido después, que ella tenía el suficiente control sobre sus emociones como para permitirse desmoronarse ante alguien. Ante él. Neji quiso volver a reír por la ironía, pero el sonido le raspó la garganta. Apartando la idea, él pensó que ella en serio debía estar asustada como para caer tan bajo; eso, sin embargo, no le causó la satisfacción que se supone debía causarle. Sin saber exactamente porqué, sin reparar en la presión que se instaló en su pecho al ver la contorción dolorosa de su rostro y el camino de lágrimas por sus mejillas, Neji quiso tranquilizarla:
―Te dije ―exhaló con exasperación al darse cuenta de que las lágrimas seguían cayendo―. Que no pienso delatarte. Todos asumirían que es una mentira para salvarme.
―¿Nunca…? ―retomó Hanabi, tratando a duras penas de controlar los hipidos mientras se limpiaba el rostro torpemente. Neji la observó con curiosidad grave; ella no era de las que hacía movimientos torpes―. ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que no estoy preocupada por mí? Ni siquiera ha pasado por tu cabeza que realmente por quien estoy preocupada es por ti, ¿verdad?
Todavía sentado, Neji dio un respingo, barriendo a su prima con una mirada desconcertada. Siendo honesto, había creído alguna vez que él y Hanabi podían llevar una relación civilizada: ella no tenía la manifiesta nobleza de Hinata, pero tampoco aparentaba tener la insidiosa codicia de su tío y con el tiempo y el trato, él había llegado a cogerle aprecio. El fiscal sacudió la cabeza ¿A quién pretendía engañar? Él había aprendido, sin ningún esfuerzo además, a quererla. Quería a su prima por todo lo que ella era: sagaz, temeraria y abiertamente displicente. Era esa desenvoltura de Hanabi para ser ella misma delante de cualquiera que lo hizo querer ser él mismo con ella. Con los años y sus absurdas reglas implícitas de malsana convivencia, ellos habían llegado a tratarse como algo más que familiares lejanos. Ellos actuaban simplemente como hermanos.
―No lo entiendo ―dijo él, y no mentía.
―Es obvio que no ―tragó grueso Hanabi―. Veo que voy a seguir siendo el chivo expiatorio por los errores de mi padre. Pero ¿sabes una cosa, Neji? Aun cuando claramente sigues pensando que vine aquí solo para asegurarme de que no abrirás la boca, a pesar de que eso signifique que vayas a pasar el resto de tu vida en la cárcel y supongas que eso me tiene sin cuidado, no voy a dejarte…
―No voy a pasar el resto de mi vida en una cárcel ―le recordó Neji, solo por decir algo; solo porque sabía que no sería así―. Si me consiguen culpable, algo que según mi abogado, probablemente suceda, no me condenarán a cadena perpetua; me condenarán a muerte.
Hanabi gimió, horrorizada.
―No vuelvas a repetir eso. Ni siquiera lo menciones.
―Conoces la ley en Konoha: una vida por otra vida. ―A él, además, planeaban culparlo de más de un asesinato.
―No permitiré que eso suceda.
―¿Vas a entregarte? ―se burló él y enseguida, al notar la expresión desconsolada de su prima, se arrepintió.
―Eres mi hermano ―murmuró ella; la garganta apretada y terriblemente rasposa―. El único que he tenido; el único que nunca ha esperado de mí más de lo que he podido darle. Alguien con el que no he tenido que fingir y eres terriblemente arrogante, sí, y casi siempre tienes la maldita razón y te odio por eso, pero también te quiero, Neji. Más de lo que alcanzas a imaginar. ―Un caviloso silencio se colgó entre ellos por un minuto o dos. Hanabi, que después de sincerarse parecía más ensimismada en sus enredados pensamientos, pareció salir del letargo antes que el propio Neji, quien más que otra cosa se veía al borde de la conmoción―. Siempre he querido ser como tú. ―comentó ganándose una aguada mirada de su primo―. No porque crea que seas genial ni nada de eso, es solo que… Es solo que siempre he querido que mi padre me mire cómo te mira a ti.
¿Con despreció?, cuestionó Neji, pareciendo brutalmente sorprendido. No pudo evitar subrayar:
―Tu padre me odia.
―No lo hace ―le aclaró ella―. Él simplemente odia el hecho de que no seas su hijo. Mi padre no soporta que tu padre le haya ganado también en eso.
De repente, Neji recordó la oscura telaraña que envolvía el rencor de su tío hacía él. Lo recordó en la cabaña, acariciando las cosas de su madre, pisando el retrato de su padre, profanando el recuerdo de ambos y la simple remembranza fue un cerillo para la yesca de su ardiente ira. Neji sintió una punzada de desprecio por su tío y cuando volvió a mirar a Hanabi solo pudo recordar una cosa: ellos, efectivamente, eran hermanos. Sí. ¿Pero acaso no había Hiashi Hyuga traicionado a su hermano gemelo?
…
―¿Qué es eso? ―preguntó Sakura, lanzándole una mirada de recelo al sobre que le tendía Ino―. Ya tengo mi carta de destitución, por si te interesa saberlo.
La rubia se encogió de hombros mientras Sakura iba almacenando en una caja las pocas pertenencias que todavía reposaban sobre su escritorio. O mejor dicho, el que a partir de ahora pasaría a ser el escritorio de alguien más.
―Lo dejaron en tu casillero. Y como ya lo desocupaste, pensé en traértelo.
―¿Y ahora me hablas?
―Tenía todo el derecho de estar molesta, Sakura. Eso no significa que quería que te despidieran.
―Solo me suspendieron.
―Van a darle tu puesto a otra persona. ―acotó Ino con la mirada un poco acuosa y los labios trémulos.
―Tal vez a Karin.
Ino hizo mala cara.
―Detesto a Karin. Y tú eres mi mejor amiga; no quiero que te vayas.
―Lo sé ―sonrió Sakura, tristemente―. Me refiero a que sé que tenías todo el derecho de molestarte. Pero no te conté nada, no porque no confiara en ti, Ino. Lo hice para evitar que te pasara lo que me está pasando ahora. Sé cuánto te importa tu trabajo.
La psiquiatra siguió a su amiga alrededor de la oficina vacía. Sin las posesiones de Sakura, el sitio se veía completamente impersonal, como cualquier oficina de la UHK. Al fondo, ella bajó las persianas y apagó una lámpara de mesa que durante años había reposado en la cartela del archivador. Años. Era el tiempo que llevaba su amiga dirigiendo cabalmente el Departamento de Patología Forense de la Unidad de Homicidios y parecía mentira que eso estuviera a punto de cambiar.
―Y si yo no supiera lo mucho que a ti te importa el tuyo, sería capaz de entender lo que te llevó a ayudar a un asesino como Neji Hyuga.
―Neji no es un asesino.
―Eso no es lo que dice la ley.
―La ley no siempre garantiza la justicia, Ino ―Sakura se acercó y le arrebató el sobre que ella sostenía; lo arrojó a la caja que sostenía con una de sus piernas flexionadas sin echarle un vistazo siquiera―. Tú deberías saber eso mejor que nadie.
―¿Por eso lo ayudaste? ¿Porque crees que es inocente?
―Lo es ―le aseguró Sakura, encaminándose hacía la salida.
Ino respiró profundo, como cuando trataba de no decir algo que sabía que no debía.
―Tiene el sello de la fiscalía ―repuso en su lugar―. ¿No lo vas a leer?
―No. Ya sé lo que es. ―La psiquiatra la escrutó con impaciencia; Sakura se detuvo en la puerta de la oficina. Antes de que su amiga la siguiera, le explicó―. Es una citación para el juicio de Neji, Ino. Eso lo que es.
Esto es todo por ahora. Ya se acerca el final y espero ir desvelando todo con la suficiente claridad para que no crean que les metí gato por liebre. Ojalá les haya gustado; cuéntenme qué tal.
Aprovecho para hacer auto promoción... Lo invito a leer un nuevo fic NejiSaku: El precio a pagar. Ya colgué el primer capi; es una historia en la que tenía tiempo trabajando, pero no se las quería presentar sin antes actualizar esta. Espero sea de su agrado.
Feliz existencia
