Una gran mansión, de al menos tres pisos, apareció ante mis ojos. Era sumamente gigante, un poco antigua, pero aun así se veía bastante estable. En las paredes totalmente blancas, se hallaba trepando una enredadera confirmándome otra vez que ese lugar tenía sus años encima. Había grandes ventanales en diferentes partes del edificio y una gran puerta de roble en forma de arco en el frente.
―¿Tú vives aquí? ―averigüé, incrédulo.
Mikasa solo asintió con un gesto de su cabeza y me indicó que la siguiera.
Al entrar, imaginé que estaría todo lleno de polvo, porque vamos, la casa era inmensa y tomaría días limpiarla, pero me sorprendí de ver que la limpieza era estable. Las paredes, al igual que las de afuera, eran blancas, el suelo estaba cubierto por una alfombra roja e incluso se encontraba un candelero de cristal colgando en el centro del salón.
Todo parecía sacado de una película antigua: desde los sillones hasta los cuadros que colgaban en las paredes. Me acerqué a estos para observarlos detenidamente: eran retratos de personas o, más bien, vampiros.
Yadiel Ackerman 1200-1821
Nathien Ackerman 1229-1820.
Grethell Ackerman 1321-1810.
Y, así, fui caminando y observando curiosamente, topándome con diez cuadros más, hasta que mis ojos se detuvieron en el último, el cual era diferente a los demás; el estilo de dibujo era más atrayente que el del resto. Era de un hombre rubio, de gran contextura física, pero aun así su rostro se veía amable.
Elias Ackerman 1459-1928.
¿Todos ellos eran la familia Mikasa?
¿Por qué había una fecha que indicaba su nacimiento y muerte?
Se supone que los vampiros son inmortales...
La duda me carcomía. Mi boca peleaba por preguntarle a Mikasa sobre lo que había ocurrido con todos ellos, pero mi mente me repetía una y otra vez que podía tocar un tema delicado para ella y hacerla caer, nuevamente, en su mini-depresión.
Aparté la vista de los cuadros, tratando de ignorarlos, dirigiéndola a Mikasa, quien estaba en, lo que parecía, una lucha interna con ella misma. Su mirada estaba perdida en alguna parte de los ventanales, mientras mordía una de sus uñas con nerviosismo.
―Ey, mocosa ―sacudí mi mano frente a su rostro, de la misma manera en que hacía Hanji cuando me encontraba en medio de mis debates internos.
―E-eh sí ―hizo una pausa al ver mi expresión―. ¿Qué dijiste?
―No he dicho nada –hablé, enarcando una ceja―. Te veías muy perdida en tus pensamientos. ¿En qué piensas?
―E-En nada ―comenzó a caminar en dirección a unas escaleras―. Ven.
La seguí sin rechistar, pareciendo un perrito obediente. Ahora mismo podría saciar algunas de mis dudas cuando me lleve a donde quiera que me esté llevando.
Ascendimos las escaleras en forma de espiralpor unos dos pisos más; podría jurar que eran eternas, pues sentí que fueron como diez plantas.
Una vez que los escalones desaparecieron, nos encaminamos por un largo pasillo, el cual contenía diferentes puertas que no hacían más que aumentar mi curiosidad por saber que secretos descubriría allí dentro.
Finalmente, nos detuvimos en la puerta más grande, la última al final del corredor. Mikasa sacó una pequeña llave del bolsillo de su pantalón y abrió la cerradura que tenía la forma de un león.
Al entrar, me faltaron ojos para poder observar todo. Era una biblioteca gigantesca; y cuando digo gigantesca, me refiero a que era la biblioteca más grande que había visto en mi jodida vida. El techo era sumamente alto y los estantes, llenos de libros antiguos, llegaban a éste, por poco rozándolo. Cualquier persona tardaría una eternidad en poder leer todos y cada uno de ellos.
―Quédate un rato aquí, ya vuelvo ―Mikasa salió nuevamente por la puerta, dejándome solo.
Avancé hacia uno de los ventanales y, con un poco de esfuerzo, abrí las gruesas cortinas para dejar entrar claridad. Me quedé observando por unos segundos de la misma manera en que hacía Mikasa, hacia afuera, mirando el paisaje que se mostraba ante mí. Tanto como el suelo y los árboles estaban secos gracias al invierno y sólo algunas pequeñas partes estaban cubiertas de nieve, ya que el clima en esta parte era más frío que en el centro de Transilvania.
Estaba por voltearme a inspeccionar el resto de la habitación, cuando algo a la lejanía llamó mi atención. Entrecerré los ojos para ver mejor y divisé que había muchas más mansiones por el terreno y, si no me equivocaba, había alguien en una de ellas, ya que se podían ver luces prendidas y humo saliendo de la chimenea.
¿Quién vivía allí?
Aún se me hacía difícil de tragar que había vampiros viviendo entre nosotros y que yo, literalmente, estaba en su territorio.
No le presté más atención al tema y volví al centro de la habitación, para comenzar a investigar qué clase de libros guardaban en las estanterías.
Los primeros que ojeé eran sobre la Historia y todo eso, nada irrelevante.
¿Dónde estaba la acción? ¿Los colmillos, hipnosis y sangre?
Alejé esas ideas de mi cabeza. Ni siquiera había leído ni un solo libro y ya me estaba impacientando.
Caminé por unas decenas de estantes más hasta llegar al último que había. Allí, encontré uno que llamó mi atención, un libro negro que resaltaba entre los otros. ¿La razón? Se veía mucho más nuevo y grande que los demás libros. Lo saqué del estante y lo observé por unos segundos.
Lo abrí y leí el título: "Historia de los Vampiros"
―Bingo ―festejé en silencio.
¿Es que no había podido tener más suerte?
Me dirigí a una de las mesas que se hallaban allí y comencé a leer el primer párrafo.
Dicen que, hace mucho tiempo, desde los comienzos de la humanidad, un humano común y corriente llamado Dastan Ackerman deseaba con toda su alma el ser superior a los demás y obtener un poder imposible de alcanzar. Por esa misma razón, decidió hacer un pacto con el mismísimo Diablo para obtener dicho poder. El resultado de aquello fue positivo. Dastan Ackerman fue convertido en un demonio. Tanto su fuerza física como su velocidad aumentaron formidablemente; con el paso de los días, descubrió que podía tener cierto control sobre las personas y, por último, que poseía una belleza física capaz de enamorar tanto a mujeres como a hombres. Estas fueron las primeras características que fueron descubiertas a simple vista por una considerable cantidad de humanos, quienes, tentados por el mismo poder que deseó Dastan, decidieron crear el mismo pacto y ser convertidos en el mismo ser.
Pero como toda ambición tiene consecuencias, y más si viene de la mano del 'Rey de los demonios', con el paso de los días, descubrieron que este don de superioridad no era tan perfecto como la mayoría creía. La única forma de sobrevivir era a base de las vidas de un ser humano o, más bien, de su sangre...
Corté la lectura cuando sentí que algo saltó sobre el libro, interponiéndose. Levanté la vista fastidiado y vi a un... ¿Gato?
Sí. Un gato negro con unos ojos color azul, de no más de cuatro meses, se hallaba encima del libro, mirándome con recelo, si se podía decir así.
De forma lenta y delicada, tomé la punta del libro y lo arrastré un poco hasta mí. Sin embargo, el gato me clavó despacio sus afiladas garras en mi mano, como si estuviera advirtiéndome que, si lo seguía arrastrando, iba a terminar sin un ojo.
Abrió levemente su boca, dejándome ver unos pequeños colmillos que eran mucho más afilados de lo que realmente debían ser.
Tsk. ¿Quién se creía?
Suena realmente estúpido, pero esto era como una pelea entre hombres. Le sostuve la mirada, al igual que la bola de pelos lo hizo conmigo, como si supiera realmente lo que estábamos haciendo. Azul contra azul, en una batalla en la que ninguno daba tregua alguna.
Eso, hasta que la puerta de la biblioteca se abrió, captando la atención del gato. Aproveché esa distracción para agarrarlo del pellejo de su nuca e inmovilizarlo.
―Ey, ¿qué le estás haciendo? ―dijo Mikasa, observándonos. Venía con una bandeja con dos tazas de té.
―La bola de pelos empezó ―me excusé, mirando al gato con odio, el cual me devolvió la misma mirada y un fallido intento de arañazo.
Mikasa suspiró y se acercó, dejando la bandeja arriba de la mesa. Se volvió hacia nosotros y, mirando al gato, le ofreció sus brazos. La bola de pelos forcejeó mi agarre hasta lograr zafarse, y saltó a los brazos de la mocosa como un niño de mami.
―Levi fue muy malo contigo, ¿cierto? ―dijo la mocosa haciéndole cariño.
El gato solamente saltó a su hombro y restregó su cabeza contra la de Mikasa, haciéndose el lastimado.
―¿Yo? ―dije indignado―. La bola de pelos me amenazó como si nada mientras leía.
Mikasa lo observó por unos segundos.
―Es que dice que estabas leyendo mis libros ―la mocosa rio un poco.
―¿Puedes leer las mentes de los animales también? ―eso es aún más genial―. Aunque eso no es un animal, ciertamente, es una bola de pelos.
―Deberías tenerle más respeto. Él fue el que apareció cuando pateaste esa tapa de basura ―el gato me miró con superioridado, dando a entender que comprendía todo―. Y, respondiendo tu pregunta, sí. Sí puedo leer su mente.
No me jodas. ¿Esa cosa me salvó de que me diera un infarto esa noche? Ridículo.
Aunque, dejando de lado ese tema, me gustó el gesto de Mikasa. El haberse llevado al gato abandonado hasta su casa y cuidarlo.
―Y no se llama 'bola de pelos'―continuó Mikasa.
―A ver, entonces, ¿cómo se llama?
―Levi.
―¿Qué?
―No tú, tonto. El gato se llama Levi ―respondió.
―Esto es el colmo ―susurré, mientras me tocaba el puente de la nariz―. No jodas, mocosa. ¿Le pusiste mi nombre a un gato?
―Es que se parecen mucho –se excusó, agarrando al tal 'Levi' y poniéndolo a mi lado para compararnos.
―¿Y en qué me parezco a esta cosa?
―A ver... Ambos tienen ojos azules, su pelo es negro, son malhumorados la mayor parte del tiempo, pero también tienen su parte cariñosa.
Miré al a la bola de pelos nuevamente, quien me obsetvaba con el ceño fruncido, si es que un gato podía poner esa expresión.
―Ya, ya, bueno ―traté de cambiar el tema al ver que tenía un poco de razón. Pero sólo un poco―
¿A qué vinimos aquí?
―Cierto, cierto ―dejó al gato nuevamente en la mesa y caminó hacia un estante―. No recordaba dónde había leído algo parecido con la duda que teníamos del porqué mis poderes no funcionaban contigo. Así que tuve que leer nuevamente los libros relacionados hasta encontrarlo –subió una escalera que había y alcanzó el libro que mencionó.
―Espera un momento. ¿Leer nuevamente? ―pregunté desconcertado―. No me digas que ya has leído todos estos libros.
―Sí, ya los leí ―dio un salto desde los diez metros de alto donde se encontraba y cayó de pie como si nada, aunque a mí casi me provoca un infarto―. ¿Por qué lo preguntas?
Imposible.
Simplemente imposible que haya leído miles de libros como estos en sólo, ¿18 años? Sí, ella tiene 18. ¿Cierto? A menos que...
―Mikasa... ¿Cuántos años tienes?
―El 10 de febrero cumplí 180 ―respondió simplemente, dirigiéndose a la mesa.
―¿Qué? ―no sabía si había escuchado bien―. ¿Puedes repetirlo?
―Ciento ochenta ―habló lentamente―. ¿Es que acaso estás sordo?
No sabía cómo mierda reaccionar. Por un demonio. ¿Cómo es que tenía 180 años y se veía como una adolescente? No puede ser, no puede ser, no puede ser. ¿Cómo era posible?
Me paseé unos minutos por toda la biblioteca, estupefacto, sin creer aun lo que me había dicho. Sabía que los vampiros eran inmortales, pero por lo menos me hubiera dicho cuál era su edad. ¡La trato a ella de mocosa cuando es 161 años mayor que yo!
―Ya, enano, no seas paranoico y ven aquí ―dijo fastidiada.
―¿Me puedes explicar bien lo de tu edad? ¿Cómo es que te sigues viendo como una mocosa, siendo que eres prácticamente una anciana?
―No soy una anciana, tonto.
―Esos 180 no dicen lo mismo ―protesté irónicamente, mientras me sentaba frente a ella y tomaba de golpe un sorbo de té.
―A ver enano, te lo explico una vez y luego me prestas atención a lo que quiero contarte. ¿Trato?
Asentí en un gesto afirmativo.
―Escucha, es fácil. Diez años de ustedes es como un año para mí. ¿Entiendes?
―Explica bien, mocosa. No entendí un carajo.
―Mira, cuando yo cumplí 10 años, me veía como una bebé de un año; cuando yo cumplí 70 años, me veía como una niña de 7 años; cuando yo cumplí 150 años, me veía como una adolescente de 15 años. Y, ahora que cumplí 180 años, me veo como una chica de 18 años. Así que, técnicamente, es como si tuviera 18 ―dijo todo lentamente―. No es difícil de entender, enano. Y, si no lo haces, es porque simplemente eres estúpido.
―Ya veo... ―suspiré aliviado―. Entonces te podré seguir llamando mocosa.
―¡¿Por eso habías hecho tanto escándalo?!
―¿No crees que es suficiente razón para hacerlo? ―ella negó con la cabeza mientras una pequeña risa salía de su boca―. Entonces, cuando tengas 600 años, te verás cómo una anciana de 60 años. ¿Cierto?
―No ―volvió a tomar aire para explicarme―. Los vampiros dejan de crecer físicamente llegando a cierta edad. Por lo general, cuando cumplen los 250 o 300 años, dejan de crecer y quedan con la apariencia de alguien de 25-30 años para toda su vida.
―Ah... Entonces te seguirás viendo hermosa y sexy para toda la vida ―tomé otro sorbo de té, pero cuando me di cuenta de lo que había dicho, me ahogué con la bebida―. E-Eh, no quise decir eso. O b-bueno sí, pero n-no... ¿Sabes? Sigamos con lo que ibas a contarme mejor...
Mierda, mierda, mierda.
Yo y mi maldita bocota.
¿Cómo iba a decirle que iba a seguir siendo sexy toda su vida? Hermosa es una cosa, ¿¡pero sexy!?
Bueno, no podía negar que sí lo era después de haberla visto, prácticamente, en ropa interior. Pero vamos, ¿cómo se lo voy a decir en la cara? Así, solamente logré sonar como un jodido pervertido.
Por favor, que alguien me golpee hasta dejarme inconsciente o que me trague la tierra mejor.
―E-Eh, claro ―abrió el libro que tenía en las manos. Podía jurar que de su cara salía humo de lo roja y avergonzada que se encontraba.
El gato 'Levi' se sentó nuevamente en su hombro y puso una de sus patitas en la cabeza de Mikasa, en un gesto posesivo.
¿Cómo es que podía comprender la situación?
Estaba seguro de que algo me estaba escondiendo Mikasa sobre ese gato.
Tsk. Estúpida bola de pelos. Estúpida bocota. Estúpido todo.
―Ten, lee esto ―Mikasa me pasó el libro, indicándome un párrafo con el dedo.
―Hmm... Hay algunos humanos, pocos, que pueden ser inmunes a algunos poderes de los vampiros. Se los conoce como anti-vampiros y se cree que ya no existen. Sus mentes están protegidas, principalmente, para que los vampiros no puedan leer sus pensamientos, ni usar la hipnosis en ellos. Están a la defensiva, pero hay algunos poderes que sí surgen efecto; casi siempre los que vienen con mucha energía demoníaca. Como, por ejemplo, la segunda fase de la hipnosis o la telepatía. Ese don es tan poderoso que ni los anti-vampiros pueden protegerse de él ―terminé de leer.
―Así que, estás en peligro de extinción ―bromeó Mikasa.
―Que chistosita ―rodé los ojos―. ¿Y qué es eso de la segunda fase de la hipnosis y la telepatía?
―La telepatía es comunicarse con humanos, animales o vampiros entre sí a través de la mente. Pero es mucho más fácil al comunicarse con vampiros, porque si lo haces con los humanos y animales, gastas mucho más poder, ya que tienes que dar una parte de tu propio poder a ellos para que puedan responder a la telepatía.
―¿En serio? A ver, intenta conmigo ―dije curioso por saber si su voz aparecía en mi mente y la mía en la suya.
Me miró fijamente, susurrando unas palabras que no logré oír. Al cabo de unos segundos, sentí que mi cabeza se calentó y las siguientes palabras resonaron en mi mente:
'Enano idiota'
Estuve a punto de responderle con un 'mocosa del demonio', cuando vi que se tambaleó un poco y tuvo que sostenerse con la mesa para no caerse.
Inmediatamente fui con ella, apoyé una de mis manos en su brazo por si se caía y me agaché a su lado. Vi como el gato buscaba su rostro y pegaba su frente a la de ella para reconfortarla.
―Ey. ¿Estás bien? ―pregunté preocupado.
―Sí, lo siento ―hizo una pausa antes de seguir―. Es sólo que no tengo tanto poder como los demás vampiros, por lo tanto, no puedo usar bien la telepatía y la segunda fase de la hipnosis sin gastarme tanto física como mentalmente.
Tsk.
―Escúchame bien, mocosa idiota ―levanté su mentón e hice que me mirara―. No hagas nada imprudente que pueda perjudicarte. Me importas, pensé que ya lo sabías. No sólo soy el que hizo un trato contigo para que me contaras sobre los vampiros, digamos que soy tu amigo. No, amigo no...Bueno no lo sé, pero el punto es que no quiero que te hagas daño y que, por lo menos, me cuentes qué es lo que no puedes y sínpuedes hacer. ¿Me entendiste, mocosa?
Demonios.
¿En qué me había convertido esa mocosa tonta? Había sonado muy cursi, demasiado para mi gusto.
Mikasa sólo me observó por unos segundos, como si estuviera verificando de que estuviera diciendo la verdad, para luego lanzarse a mis brazos y hacerme perder el equilibrio, cayendo ambos al piso.
Wow. Deja vú.
―Te quiero ―me susurró en el oído.
