Disclaimer: No me pertenece nada que reconozcas. Todo le pertenece a J.K Rowling.


NdT: ¡Gracias a Kristy por el beteo y a todos los que me motivan seguir traduciendo!


Capítulo 14: Sonrisa


Hogwarts, quinto año...

Sirius deslizó la pesada mochila de sus hombros y se desplomó en su cama, agarrándose el pecho con fuerza. Se estaba muriendo, estaba seguro de ello. Ninguna otra cosa podría explicar el atormentador dolor que estaba sintiendo ahora mismo en el centro de su pecho. Prácticamente estaba jadeando por respirar, y cada pequeño aliento que tomaba, se sentía como si una barra caliente de acero le atravesara el pecho. Su corazón latía salvajemente, golpeteando un doloroso tatuaje en su pecho. El resto de su cuerpo se sentía inexistente, cada célula de su cuerpo se concentrada en un sólo lugar.

¿Qué le estaba pasando? Incluso fue a la enfermería para que lo revisaran, pero madame Pomfrey lo había corrido, diciéndole que estaba tan sano como un melocotón. Sin embargo, se sentía débil... y Dios... ¿por qué no se detenía? Sirius trató de aclarar su mente y pensar cuando empezó el dolor:

Buenos días, Remus dijo James, ahogando un bostezo.

Remus se veía profundamente inmerso en su tarea.

Hola, James contestó, sin alzar la mirada.

¿Tarea? preguntó James, mirando por encima de la mesa.

Sí. No tenía ganas de terminarla anoche.

James se encogió de hombros y se sentó al lado de Peter.

¿Te molesta si la copio cuando la acabes?

Sirius no era demasiado una persona matutina, así que no se tomó la molestia de saludar a nadie cuando caminó al lado opuesto de James. Como si eso no fuera lo suficientemente malo, acababa de notar a Remus escribir furiosamente en un segundo rollo de pergamino y recordó que aún tenía que completar ese mismo trabajo; y la entrega era hoy. Ah, bueno, la copiaría al igual que James.

Sirius apenas había llegado a su asiento cuando vio los hombros de Remus tensarse. Lo ignoró, pero tan pronto como se sentó, Remus se puso de pie.

Toma dijo Remus, empujado su tarea hacia James. Solamente no derrames nada en ella.

Y con eso, se marchó sin dirigirle una sola mirada a Sirius.

Eso fue hace un mes, pero definitivamente había sido la primera vez que Sirius sintió aquello. En ese momento, sin embargo, había sido simplemente un fuerte punzón. Nada grave, y apenas había durado un par de segundos. Al pasar de los días, el dolor parecía empeorar, al mismo tiempo que la actitud de Remus hacia él.

Sirius no encontró lógica en la conclusión que había llegado. Era irracional y absolutamente ridícula, pero los hechos estaban contra él. Este dolor... parecía estar conectado a Remus, y cada vez que el muchacho de ojos color ámbar lo ignoraba, el dolor se volvía más fuerte y pronunciado. Además, parecía estar ocurriendo más a menudo últimamente, y no comprendía porqué. ¿Había hecho algo mal?

Remus lo evitaba como a una plaga a dondequiera que fuera. Si Sirius se dirigía a la derecha, entonces Remus voltearía a la izquierda. Si Sirius lo tocaba, se echaría hacia atrás como si se hubiera quemado. Si Sirius le hacia una pregunta, sus respuestas serían cortas y afiladas. Si Remus podía ayudarle, evitaría hablarle por completo, pero no dudaría en conversar libremente con James o Peter.

Y luego, estaba esta chica Evans. Estaba hablándole nuevamente a Remus, y ambos pasaban más tiempo juntos que nunca. Sirius odiaba eso. La odiaba. No comprendía como Remus podía ser nuevamente amigo de ella, especialmente después de lo que le dijo. Eso es lo que ocasionó que Sirius irrumpiera en la habitación en este momento. La visión de los dos juntos era repugnante, y estaba celoso porque Remus le decía a ella cosas que ya nunca se molestaba en decirle a Sirius.

Sirius se quitó su túnica y se recostó en su cama. El dolor aún seguía ahí, pero con el tiempo se calmaría y sería el latido sordo de siempre. Hasta entonces, sólo tendría que apretar sus dientes y aguantar.

Sirius pasó una mano por su cabello, frustrado. Tenía que haber algún tipo de cura para esta tontería. No le gustaba sentirse así de débil o dependiente de Remus. Remus, quien estaba disfrutando en ignorarlo por completo, mientras que Sirius se retorcía en agonía. Bueno, que se joda Remus. ¿Quién lo necesitaba de todas formas?

—¿Sirius? —la cabeza de James Potter se asomó por la puerta. Sonrió cuando vio a Sirius y se acercó hacia su cama—. Que bueno, estás aquí. Estaba pensando que... ¿estás bien, amigo? —preguntó James, frunciendo el ceño al ver a su amigo acostado en las sábanas, aferrándose a su camisa.

—Estoy bien —contestó Sirius con los dientes apretados—. ¿Qué quieres, James?

James puso una mano en preocupación sobre el hombro de Sirius.

—¿Estás seguro?

Sirius se sentó, sacando con un golpe repentino la mano de James.

—Sí, sí, no hay necesidad de que hagas de madre. Estás aquí por algo. Escúpelo —supuso que debía sonreír para tranquilizar a James, pero realmente no podía obligarse a hacerlo.

James se encogió de hombros.

—Mañana es luna llena. Sólo quería recordártelo.

Sirius sintió un agudo punzón en su pecho nuevamente.

—No lo he olvidado —dijo, aflojando su corbata para distraerse—. La pregunta es, ¿estás todavía dispuesto a hacerlo?

James se mordió el labio.

—¿Crees que vaya a funcionar? Quiero decir, nadie ha hecho esto antes y aún así, esta idea... es sólo una teoría, ¿sabes?

—¿Tienes miedo? —la voz de Sirius era desafiante cuando sus brillantes ojos grises se clavaron en los avellana de James

—¿Me odiarías si te digo que sí? —preguntó James, revolviendo la parte posterior de su cabello. Cuando Sirius no respondió, miró con nerviosismo alrededor de la habitación, obviamente arrepintiéndose de haber dicho algo. Era un hecho conocido que Sirius odiaba a los cobardes, probablemente aquella era la razón por la cual a menudo despreciaba a Peter, a diferencia de James o Remus.

—No —dijo Sirius después de un largo rato, sorprendiendo a James—. No lo haría, pero eso no te da la excusa para echarte hacia atrás —concluyó con fiereza.

James esbozó una sonrisa de alivio.

—No tengo la intención de hacerlo. Y será divertido, Peter ha estado esforzándose mucho. Podría ser un regalo de cumpleaños atrasado para Remus, sabes. Y si las cosas van bien, Sirius, ¿puedes imaginarte su rostro?

De alguna manera, Sirius podía imaginarse el rostro de Remus y era bastante similar al que había estado alrededor de Sirius durante un mes entero. Se recostó nuevamente, incapaz de tolerar más la presión en su pecho.

—Sólo espero que tu capa de invisibilidad pueda cubrir el gordo culo de Peter.

XxxxX

Era jueves por la noche, y Sirius había estado sentado en su cama copiando la tarea de James cuando Remus entró a la habitación. El castaño le echó un vistazo a Sirius una vez y rápidamente desvió la mirada, apresurándose en ir hacia su cama a cambiarse de ropa en tiempo récord.

Para entonces, Sirius ya se había levantado de su cama, caminado sigilosamente hacia Remus. Sabía que chico de ojos color ámbar había sentido su presencia, pero como no se molestó en reconocerlo, Sirius decidió tomar el asunto entre sus manos. Había querido tener esta conversación desde hace mucho tiempo.

—Remus —dijo Sirius, su voz baja y dura.

Remus no respondió. Sólo se puso una camiseta cercana y se volvió hacia el lado en un intento desesperado por salir de la habitación. Ni siquiera se dio cuenta que estaba usando una camiseta de James y que la talla era demasiado pequeña para él. Sirius lo cogió de la muñeca antes siquiera de que pudiera moverse un centímetro más.

—¿Por qué me estás ignorando? —preguntó Sirius, acercando bruscamente a Remus hacia él.

Remus consiguió no caerse en el pecho de su amigo.

—No sé de qué estás hablando —contestó, sus ojos moviéndose de un lado a otro, buscando una salida.

Sirius lo atrajo nuevamente cuando intentó alejarse nuevamente.

—No te hagas el tonto conmigo, Remus. Ya nunca hablas conmigo, nunca más me miras... siempre estás tratando de pretender que no existo. ¿Qué sucede contigo?

Remus luchaba contra el agarre de Sirius.

—Yo...

Sirius se estiró para coger su otra mano, pero esta vez su toque fue ligero, casi vacilante.

—¿Es por algo que hice? —preguntó con total sinceridad.

Remus se quedó quieto y bajó su cabeza. Sirius pudo ver los comienzos de un temblor recorrer la parte posterior del cuello de Remus, mientras que sus puños se cerraron con fuerza suficiente como para dejar moretones. Parecía que estaba tratando de contenerse de golpear a Sirius, pero ese no hubiera podido ser el caso. Si fuera así, entonces Remus podría haber roto con facilidad el agarre de Sirius antes, pero no lo hizo porque sabía que lo heriría en el proceso.

—¿Remus? —preguntó Sirius con incertidumbre, dando un paso más cerca. Podía sentir un calor insoportable irradiando del cuerpo de su amigo. La preocupación se apoderó de su frustración. ¿Estaba Remus bien?

—Suéltame, Sirius —Remus se ahogó con sus palabras.

El agarre de Sirius lo apretó dolorosamente.

—No.

Remus lo miró suplicante.

—Sirius, por favor, me estás haciendo daño.

Sirius soltó la ahora amoratada mano, pero con rudeza sujetó la barbilla de Remus, de tal forma que los ojos ámbar no tuvieron más remedio que mirarlo.

—Y tú me estás haciendo daño a mí.

Sirius miró con enojo como los puños de su amigo se abrían y cerraban, una y otra vez; sus dedos temblando violentamente cada vez que lo hacía. Los ojos de Remus habían adquirido un extraño brillo, y con rapidez alejó la mano de Sirius, moviéndose unos pasos hacia su cama. Siguió negando con la cabeza, como si estuviera reprendiéndose por algo, pero Sirius no podía comprender el qué.

Sirius miró a su amigo, confundido. El estado actual de Remus lo estaba volviendo loco más que nada. ¿Qué le pasaba? ¿Estaba enfermo? ¿Lo habían hechizado? ¿Había Sirius dicho o hecho algo malo?

Sirius se acercó más, sosteniendo ambas manos de Remus y entrelazando sus dedos.

—Remus, detente —susurró lentamente. Hizo caso omiso a los frenéticos pasos hacia atrás que Remus dio, y se acercó mucho más hasta que Remus quedó apoyado contra los duros marcos de madera. Solamente había la suficiente distancia entre ellos para que el aire pasara.

—Yo... —Remus cerró sus ojos y respiró profundamente. Estaba haciendo intentos poco entusiastas para retirar las manos de Sirius—. No, no, no —susurró más para él que para alguien más.

—Detente, Remus —dijo Sirius, más firme esta vez, sus manos deslizándose hacia arriba para sostener los hombros de Remus—. Sólo detente.

Remus se mordió el labio, aferrándose a la madera detrás de él para mantenerse estable.

—La luna, Sirius —dijo con voz ronca—. Tengo que irme, por favor...

Sirius miró fijamente a Remus, fascinado por el despliegue de emociones fluctuantes bailando en los profundos ojos ámbar. No necesitaba ver hacia afuera para saber que el sol ya estaba ocultándose. Una parte del rostro de Remus estaba oculto en las sombras de las cortinas rojas, mientras que el resto estaba expuesto a los rayos del sol que se filtraban por la ventana. Sirius podía ver un arcoíris de colores bañar la pálida piel de Remus, molestándolo, acariciándolo, envolviéndolo en un brillo etéreo.

Habiendo recuperado el aliento. Sirius soltó a regañadientes los hombros de Remus.

—Está bien... te dejaré... por ahora —por instinto, envolvió un brazo alrededor de la delgada cintura de Remus, la pequeña camiseta automáticamente enrollándose ante la fuerza de Sirius atrayéndolo contra su pecho—. Pero te lo advierto, Remus —dijo, acercando su rostro tan cerca del de Remus que su aliento abanicó el largo castaño cabello—. No me gusta ser evitado.

Sirius miró ferozmente dentro de los ojos de Remus. Podía sentir el cuerpo del chico temblar contra el suyo cuando dejó que la palma de su mano acariciara la piel desnuda de su espalda. Los ojos de Remus revolotearon, cerrándose cuando la misma mano viajó hacia arriba y se posó en su pecho vestido. Sirius dejó que su mano descansara sobre los latidos del corazón de su amigo un momento antes de apartarse y romper la conexión entre ellos.

Caminó hacia su cama, cogió su tarea y pluma, y salió del dormitorio sin darle una segunda mirada a su amigo. Si hubiera volteado, entonces habría notado a Remus deslizarse hacia el suelo, muy cercano a un colapso nervioso.

XxxxX

Remus no se quería mover. Cada hueso de su cuerpo se sentía como si hubiera sido destrozado sin misericordia; al igual que como si cada músculo hubiera sido estirado más allá del límite. Ya sabía de los moretones, rasguños y mordeduras que cubrían su cuerpo, pero moverse sólo significaría castigarse aún más. Su mente estaba aturdida, y sintió un fuerte dolor detrás de sus párpados que simplemente se negaba a irse.

Gimió cuando sintió los rayos del sol, sin piedad, invadir su sueño. Le tomó todo el esfuerzo que tenía poder finalmente abrir sus ojos y mirar a su alrededor. La Casa de los Gritos era un desastre, y Remus sabía que si el lobo seguía así, sería sólo cuestión de tiempo antes de que el techo se viniera abajo.

Sin embargo, la transformación de anoche había ido mejor que lo previsto. Para ser honestos, Remus había esperado que el lobo se destrozara más de lo normal, especialmente después de aquella conversación que tuvo con Sirius...

Remus suspiró. Dios, Sirius. Ya no había forma de ignorar sus sentimientos. Las cosas habían ido cuesta abajo después de ese beso. Y, después de meses de contemplar y analizar, Remus finalmente había llegado el mes pasado a la conclusión de que estaba atraído, sin duda, hacia su mejor amigo. Si eso lo hacía gay o no, Remus no lo sabía o no le importaba. Lo que más le asustaba era el hecho de que Sirius correspondiera sus sentimientos. Ahora, para cualquier ser humano normal, eso sería algo bueno; pero Remus no era normal y tampoco humano. Ser un hombre lobo traía una gran responsabilidad, y no tenía ninguna intención de arrastrar a Sirius a este agujero infernal junto a él. Él ya tenía suficientes problemas con su familia.

Sin embargo, era difícil negar que este mes había sido particularmente duro para Remus. Se había esforzado en evitar a Sirius lo más posible, a veces yendo al extremo de ser simplemente grosero. Y dolía, joder sí dolía. Era pura tortura tener a Sirius justo allí, pero no ser capaz de tocarlo. Sabía que estaba hiriendo también a Sirius, pero lo superaría con el tiempo, ambos lo harían.

La noche anterior casi lo había enviado al precipicio; con los dedos de Sirius enterrándose en su piel y su caliente aliento jugando en su rostro. Remus ya estaba hecho un desastre en ese entonces, temblando por el esfuerzo de contenerse y no saltar sobre Sirius. Pero lo había logrado, ni siquiera lo había tocado, a pesar de las súplicas de su corazón. Y aunque esto se suponía que debería hacer sentir a Remus orgulloso, no lo hacía. Al contrario, Remus se sentía como si estuviera cayendo en lo profundo de un abismo... impotente y perdido, sin esperanzas de llegar al fondo.

De repente se oyó un crujido en las escaleras, y Remus rápidamente jaló las sábanas de la cama encima suyo. Ni siquiera se había vestido aún. ¿Qué estaba haciendo madame Pomfrey aquí tan temprano?

Entonces, Remus sintió ese cosquilleo en el centro de su pecho... el mismo que siempre sentía cada vez que Sirius estaba cerca. Pero eso era imposible, Sirius no tenía nada que hacer aquí, a excepción de Remus y eso...

—¿Sirius? —la voz de Remus resonó en la habitación e involuntariamente se estremeció. Se incorporó con ayuda de sus brazos, ignorando el dolor en sus músculos.

Estaba a punto de ponerse de pie cuando la puerta se empujó y abrió, revelando una gran bola de ¿pelo? Remus entrecerró sus ojos. ¿Era la ceguera un síndrome post-transformación? No, era una gran bola de pelos, con patas y ojos, e incluso un hocico. Remus soltó un suspiro de alivio y se apoyó contra el poste de la cama cuando se dio cuenta de qué era: un perro, sólo un enorme, negro e increíblemente peludo perro.

Remus no pudo reprimir la sonrisa que se dibujó en su rostro.

—Hola, muchacho —dijo, tratando de hacerle señas al perro y haciendo una mueca por el dolor en sus articulaciones—. Ven. Buen chico, vamos...

El perro bufó... ¿con indignación? O quizás simplemente Remus estaba imaginando cosas. Se paró allí un rato, mirando a Remus con grandes ojos orgullosos. Remus nunca había visto un animal con ojos tan grises ni tan bellos, y mientras que la gran mayoría de perros vacilan al acercarse a un humano la primera vez, este se veía casi radiante y arrogante, con confianza. Finalmente... ehm... suspiró y se acercó a Remus.

—Debes de ser un perro muy listo para haber podido entrar aquí —dijo Remus, rascando detrás de las orejas del perro. Sonrió cuando le sonrió, la lengua ondeando afuera—. Apenas te oí llegar... tienes unas pequeñas patitas, ¿eh? —como si respondiera, el perro apoyó ambas patas delanteras contra el pecho de Remus y gruñó orgullosamente—. No me vas a morder, ¿verdad? He escuchado que te ponen inyecciones en el culo cuando te muerde un perro —el perro gimoteó dándole consuelo y lamió una de las pequeñas heridas en el cuello de Remus. Remus pasó sus dedos por el espeso pelaje negro—. Me pregunto si la escuela me dejaría quedarme contigo. McGonagall tiene un lado blando conmigo, pero no le digas eso a ninguno de mis amigos.

Remus frunció el ceño cuando el perro gruñó, alejándose de su agarre. Se volvió a mirar hacia la puerta por la que había entrado, como si estuviera esperando algo. Estaba a punto de tirar de ella, cuando de repente, empezó a aullar sonoramente.

—¡Silencio! Estás… —Remus se detuvo en media frase cuando un animal más grande entró por la puerta, con la cabeza inclinada para poder pasar por ella. Era un ciervo… uno muy grande, con astas que podrían lisiar a alguien hasta la muerte con el toque más pequeño. El perro dio un golpecito contra las costillas de Remus, mirando fijamente al ciervo que se estaba acercando.

Remus lo miró con incredulidad.

—¿No me digas que ustedes dos son amigos? —se pasó una mano por el rostro—. Un perro y un ciervo. Mamá estaba en lo cierto… estas transformaciones están realmente afectando mi estabilidad mental.

El ciervo miró al perro curiosamente, ladeando su cabeza a un lado, inquisitivamente. Se acercó un poco más y mordisqueó ligeramente la mano de Remus para llamar su atención. Remus sonrió y pasó una indecisa mano sobre el hocico del animal.

—Un ciervo carnívoro. Ahora lo he visto todo —movió su mano hacia arriba, con cuidado evitando las afiladas astas—. Supongo que… —se detuvo, sintiendo que algo subía por sus brazos y… —¡Aaaaaahh! —Remus soltó un grito poco varonil, agitando sus brazos a su alrededor como un lunático en un débil intento de sacarse de encima la pequeña bola de pelos grises aferrada en su mano—. ¡Rata, rata, rata!

Estuvo a punto de estrellarla contra el suelo cuando el perro lo detuvo y gentilmente sacó la rata por su cola. Cuando Remus soltó un suspiro de alivio, el ciervo y el perro se miraron entre ellos con diversión. El perro aún tenía a la rata entre sus dientes, y Remus observó con asombro como miraba al ciervo juguetonamente y amenazaba comerse al roedor. El ciervo le dio un golpecito en la boca como reprendiéndolo, y el perro puso al animal que chillaba en el suelo.

Remus cerró sus ojos, respirando profundamente.

—Oh, Señor, ayúdame. Me estoy convirtiendo en uno de los locos pacientes de mi madre.

—O quizás siempre estuviste así de loco —dijo una voz familiar por encima de él —. ¿James?

—No pensé que te asustaban las ratas, Remus. Estoy un poco ofendido, a decir verdad —. ¿Peter?

—Nunca pensé que la voz de Remus pudiera ser tan aguda. Pensé que había superado la pubertad hace un año —. ¿Sirius?

Remus se quedó mirado a sus tres mejores amigos, parados exactamente donde antes habían estado aquellos animales. Ni siquiera se había dado cuenta que su boca había quedado colgada abierta hasta que James le ayudó a cerrarla.

—Entonces, ¿qué piensas, Lunático? —preguntó James, alborotando el cabello de Remus—. Muy impresionante, ¿no?

Remus pareció haber encontrado finalmente su voz.

—¿Lunático?

James se dejó caer al lado de Remus y pasó un brazo alrededor de sus hombros.

—Sip, es tu nuevo nombre de ahora en adelante. ¿Qué opinas? Sirius lo sugirió. Aunque aún no hemos encontrado un nombre para él

Lunático. A Remus le gustaba un poco.

—Remus ya me dio un nombre —dijo Sirius, sentándose al otro lado de Remus. Se acercó más cerca cuando Remus intentó alejarse, de tal forma que sus lados ahora estaban prácticamente fusionados.

Remus sintió calor viajar a sus oídos.

—¿Lo hice?

—Sí, Canuto —dijo Sirius con aire de suficiencia.

James bufó y Peter soltó una risita.

—¡Canuto! —exclamó James antes de explotar en risas—. Oh, graciosísimo.

—Es mejor que Cornamenta o Colagusano —bufó Sirius.

—¡Oye! —exclamó James, golpeando la parte posterior de la cabeza de Sirius—. Yo quería ser llamado Su alteza, pero fuiste tú quien insistió con "Cornamenta".

Remus parpadeó, incrédulo.

—Todos ustedes son…

—¿Animagos? —preguntó James—. Sí, pero no registrados, que conste. Así que no se lo vayas contando a nadie, ¿sí? Sería un poco difícil correr contigo durante la luna llena si estamos en Azkaban

—¿Correr conmigo durante la luna llena? —preguntó Remus, lentamente, asegurándose de grabar cada palabra en su mente.

Las tres caras de sus amigos, se redujeron, y Sirius lo miró con una expresión de dolor.

—¿No recuerdas?

—Estuvimos los tres anoche contigo —dijo Peter con menos entusiasmo que antes—. Nosotros tres, en nuestra forma de animago. Incluso de sacamos un ratito. No heriste a nadie —finalizó rápidamente cuando vio la expresión de horror de Remus.

Cuando pensaba en ello, Remus sí recordaba la luna llena. Recordaba pedazos de pelaje negro y árboles, muchos árboles.

—Recuerdo, pero no mucho —miró a sus amigos, cientos de emociones arremolinándose en su cabeza—. Pero no comprendo. ¿Por qué?...

—Queríamos ayudarte, Lunático —dijo Sirius, sus grises ojos mirando profundamente dentro de los ámbar de Remus.

—Si ayudamos, ¿no es así? —preguntó James con incertidumbre—. Quiero decir, te has hecho menos daño, ¿verdad?

Remus sintió su garganta cerrarse.

—Sí —sintió pinchazo repentino en la esquina de sus ojos. No podía creer lo que estaba escuchando—. Dios, no sé qué decir…

—Un gracias estaría bien —dijo Peter, sonriendo.

—Yo… —Remus no podía pronunciar las palabras, así que, en cambio, abrazó a Peter. Peter le dio unas palmadas en la espalda torpemente.

—Las cosas mejorarán, Remus. Te lo prometo —susurró James, sólo para que él lo escuchara cuando Remus lo abrazó. Sonrió y alborotó juguetonamente el cabello de Remus—. Será mejor que nos vayamos. Madame Pomfrey va a llegar en cualquier minuto.

Remus asintió y soltó a James. Miró a Sirius, cuyos ojos estaban clavados en él, expectante y desafiante y ligeramente arrepentido al mismo tiempo. Remus rompió su resolución entonces, sólo por ese momento, y atrajo a Sirius en un fuerte abrazo. Simplemente había algo en los ojos de Sirius que lo hacían sonreír, a pesar de la incomodidad entre ellos.

—Gracias… Canuto —pudo sentir los brazos de Sirius alrededor de sus hombros y lo acercó más. Sabía que Sirius estaba enterrándose más profundamente, inhalando su esencia, enterrando su cara en el cuello de Remus, y él se lo permitió. Sólo por hoy día, porque se sentía jodidamente bien, y sus amigos eran simplemente geniales, y…

—Sólo por ti, Lunático —susurró Sirius, sus labios rozando la oreja de Remus—. Sólo por ti.

NdT: Cabe mencionar que Sirius dice que Remus ya le puso nombre, porque cuando Remus exclamó "tienes unas pequeñas patitas" al perro, en inglés dijo: "pad feet". Canuto es la traducción (mal hecha, pero en cierta forma encaja) del sobrenombre Padfoot, que hace referencia a las patas del animal (en su caso, sigilosas).