Si, lo sé... la ingrata por fin hace su aparición ¡Hola! ¿me recuerdan aún? si no, bueno, me lo tengo bien merecido por no actualizar a tiempo. En serio, perdonen la tardanza, es solo que me han sucedido de cosas que uff, me ha sido imposible venir a actualizar. Bueno, ya basta de bla, bla, bla... por que ustedes quieren leer y espero que aun quieran después de la tardanza.
CAPITULO XIII
Las gotas de agua escurrían por su cuerpo desnudo, no solo llevándose el sudor y la suciedad, sino también la tensión y las lágrimas que derramaban sus ojos, mismas que brotaban por el sentimiento de enojo, de furia pero por sobre todo de tristeza. Llevó sus manos hasta sus hombros y los frotó continuamente tratando de aliviar el dolor que le había producido el golpe contra el escritorio del ministro, estaba claro que el mueble tuvo que haber sido reparado, pues la fuerza contra la que lo habían azotado era la suficiente como para convertirlo a astillas.
Harry cerró el grifo de la regadera, sacudió su pelo con las yemas de las manos y escurriendo agua por su piel, salió de la tina en dirección al pequeño armario de su baño de dónde sacó una limpia y blanca toalla secándose el rostro húmedo con ella.
Con la prenda realizó un nudo en su cintura cubriéndose del ombligo hacia abajo, parándose frente a al espejo y contemplando su imagen borrosa en él. Tomó las gafas atoradas en el grifo y las colocó sobre el puente de la nariz dando así una imagen más clara de su rostro entristecido.
Aun no estaba seguro que el hombre en el espejo fuese él, pues había demasiada tristeza y coraje en sus ficciones, además de que una leve pero notoria mancha morada decoraba parte de la mejilla izquierda.
De sus labios un suspiro inaudible brotó, recordando el puñetazo que Viktor Krum le había dado en respuesta al golpe que Harry le había proporcionado.
Harry Potter aun no entendía cómo es que de la nada, la furia había hecho mella en él, haciéndolo perder la cabeza y llevándolo a dar golpes a diestra y siniestra, pero a pesar de eso, no lamentaba haberle partido la cara.
Viktor Krum se merecía cada uno de los golpes que Harry le había dado, puesto que él le había mentido cruelmente, dañando su corazón y todo lo que él quería era destrozarlo con sus manos por haberlo engaño, por haberlo herido.
Ese estúpido búlgaro le había ocultado información, misma que estuvo desesperado por saber en su momento, haciendo cosas estúpidas y yendo a lugares extraños solo buscando a esa amiga que sin saber cómo, la tierra se la había tragado alejándola de él.
Al pensar en eso, su reflejo le frunció el ceño mientras los ojos verdes llameaban a causa del coraje que tenía en su interior. No se arrepentía absolutamente de nada, a pesar de haberse peleado a golpes ante la presencia del Ministro búlgaro, no se arrepentía de nada; incluso estaba seguro que de no haber sido por su asistente, hubiese molido la cara de Krum a golpes, sabiendo que ni siquiera necesitaría de su varita para dañarlo, tanto como él estaba.
No sabía cómo era eso posible, pero dentro del pecho sentía su corazón roto, no por las mentiras de Viktor, aunque habían sido un detonante, sino más bien por ella.
Ella y solo ella era la única causa por que se sentía…
—¿Cómo se sentía?—Se preguntó—¿Herido? ¿Traicionado? ¿Triste?
No estaba seguro, dentro de sí, Harry tenía demasiadas emociones como para ponerse a clasificarlas. Lo único que tenía claro, era que Hermione Granger había huido de él y todo ese maldito tiempo que pasó buscándola, la muy descarada siempre estuvo con Viktor.
Con él.
Incluso su mente lo llevaba a divagar a una Hermione burlona, pensando en que el estúpido de su mejor amigo la buscaría sin cesar, mientras ella se regodeaba en su miseria.
El reflejo mostró su rostro tenso y supo que se debía a que tenia la mandíbula fuertemente apretada, conteniendo las ganas de gritar.
¿¡Cómo pudo haberle hecho eso Hermione!? ¿¡Cómo pudo irse así de simple!?
Pero antes de siquiera hacerse más preguntas sin respuestas, un pensamiento que sobrepasó todos los demás lo asaltó.
Hermione en los brazos de Viktor.
No, no, no. ¡No!
Los gritos solo se escucharon en su mente, pero fueron suficientes como para cerrar sus manos con fuerza, convirtiéndolas en puños y dar un solo golpe a la pared mientras un entumecimiento le recorría la mano indicándole que debía de sentir dolor, mas sin embargo no sintió esa sensación.
Evitó cerrar los ojos, no quería ver esa imagen en su mente. No quería pensar en las manos de Viktor recorriendo el cuerpo de Hermione. No quiera pensar en un beso entre ellos dos.
Como un toro enfurecido, salió del baño envuelto solo en su toalla, aun con las gotas escurrir en su cuerpo, temiendo desquitar su ira contra el espejo por haberle mostrado imágenes que él no quería ver. Sabía que si dejaba salir ese sentimiento del interior, era probable que el espejo quedara hecho añicos, junto con todo el cuarto de baño. Lo único que él quería era, golpear, moler, desquitar ese enojo enfermizo que lo consumían vivo.
Caminó en dirección a la cama donde su ropa limpia estaba extendida, lista para ser usada, pero incluso antes de tomar alguna prenda, unas manos suaves, delgadas y finas lo rodearon por la cintura, llevándolo a tensarse por completo, reaccionando al contacto.
Respiró profundo tratando de calmarse. Después de todo Ginny no tenía la culpa de lo que estaba sintiendo él en ese momento.
—¿Saldrás otra vez, cariño?—preguntó con tono meloso mientras Harry sentía los labios de ella besar su espalda. Siguió respirando profundamente. Debía estar tranquilo.
—Debó ir al ministerio y arreglar unos asuntos—dijo él mirando la ropa tendida sobre la cama, tratando de no mirar la manos de su esposa tocarle el torso desnudo y pensado en lo que le dirían sus superiores en el ministerio.
—Pero si acabas de llegar, Harry; y además todo golpeado—se quejó. El aliento de Ginny le hacía cosquillas en su espalda—¿acaso eso no puede esperar?
—Sabes bien que no. Y estos moretones no es cosa del otro mundo—murmuró él. Ginny sabía perfectamente cómo es que regresaba de golpeado y mullido cada que iba a una misión, aunque claro, esos golpes en su rostro no se habían formado a causa de una "misión".
Las manos de la mujer juguetearon con el nudo improvisado de la toalla metiendo sus escurridizos dedos dentro de ella. A pesar de que en la mente él gritaba un no rotundo ante las claras intenciones de ella, su cuerpo de hombre le decía todo lo contrario, por lo que de forma decidida tomó entre sus manos las delicadas de ella, dándose la vuelta para encararla.
—Harry, tú te obsesionas con tu trabajo—se quejó Ginny mirándolo a los ojos—¿no puedes siquiera tomarte unos minutos más con tu esposa? Eres el Jefe de Aurores…
—No me gusta abusar de mi puesto—contestó Harry mirando esos ojos cafés. Entendiendo muy bien a lo que se refería su mujer.
—A veces pienso que solo lo utilizas como una escusa
—¿A qué te refieres?—preguntó haciéndose el desentendido, trasladando su vista más allá del cabello rojo de Ginevra, no queriendo verle el rostro ni queriendo escuchar lo que su voz diría.
—Tenemos tiempo de no estar juntos
—Claro que lo estamos—murmuró tratando de parecer inocente, volviendo sus ojos a Ginny y señalándolos con su mano para entonar más, ese "Juntos".
—Sabes a lo que me refieran, Harry—murmuró ella cruzándose de brazos—¿Cuándo fue la última vez que me hiciste el amor?
A pesar de los años de casado que llevaba con ella, sus comentarios tan directos aun lo hacían sonrojar.
—He estado un poco cansado, Ginny—dijo Harry a lo primero que se le vino a la mente, pues bien sabia que lo que decía su esposa era muy cierto.
Desde hace poco más de dos semanas, no se había atrevido a tocar a su mujer o más bien, no le nacía estar con ella. A pesar de ser como un niño pequeño y negar la razón por la que no había tocado a Ginevra, debía confesar que era debido a que cierta castaña se mezclaba entre sus pensamientos, misma que se había metido bien adentro en su cerebro cuando la había visto en el callejón Diagon creyendo que era un ilusión de su imaginación, sabía que desde entonces su cuerpo no reaccionaba ante la perspectiva de ver a su esposa desnuda entre sus brazos mientras pronunciaba su nombre. Una idea que se le antojaba un tanto incomoda.
—¿Es que acaso ya no me deseas, Harry? —preguntó Ginny acercándose nuevamente y mirándolo directo a los ojos; cambiando su jugada, incitándolo. Esa mujer sabía muy bien como tentarlo ya que al aparecer no había sido suficiente con traer ese pequeño pijama trasparente de color negro que dejaba ver más allá de lo que Harry ya había visto desde que la tuvo por primera vez en sus brazos.
Sabiendo que su aspecto no sería suficiente, de forma decidida Ginevra Potter acortó la distancia que los separaba y metió su mano derecha dentro de la toalla de Harry, tocando la intimidada de él entre sus manos a lo que él no pudo evitar lanzar un gruñido dado que sus instintos de hombre habían brotado nuevamente, llevándolo a cerrar los ojos y apretar su mandíbula para resistir a la tentación.
No sabía por qué se resistía, aquello no tena ningún sentido, ella era su esposa y él era libre de poseerla una y otra vez pero había algo en su interior que le indicaba que no cediera.
—Harry—susurró una voz que lo hizo abrir los ojos y mirar detenidamente ese tono achocolatado en los orbes de la chica que lo tenía aprisionando. Momentáneamente sus orbes verdes se abrieron un poco mas deteniéndose a observar esos labios que se le antojaban besar, tratando de recordar desde cuando su mujer tenía el labio inferior más grueso, haciéndolo ver demasiado tentador como para no morderlo y delinearlo contra la punta de su lengua. Harry casi se imaginaba el sabor dulce de su boca.
Sus orbes se detuvieron nuevamente en esos ojos marrones tan profundos, en esa pequeña nariz respingada en vez de recta. Sin previo aviso y totalmente hipnotizado por esa mirada achocolatada llevó una de sus manos hacia los cabellos de ella, deslizando los dedos sobre unos extraños rizos, sintiéndolos suaves y sedosos bajo su tacto.
Sonrió perdidamente observando ese tono castaño en el pelo de esa mujer, misma que había llevado sus manos hasta la cintura de él, quitando ese nudo improvisado y dejando la prenda caer al suelo sin censura.
No pudo evitar gruñir, totalmente excitado ante la sonrisa radiante de la chica y sin pensarlo ni un momento llevó sus grandes manos hasta los hombros de ella y deslizó la pequeña prenda trasparente hasta quitarla por completo de su cuerpo, dejándole la mejor vista que pudiese haber pedido.
Hermione Granger sonreía para él de forma coqueta, seductora y tan provocativa como nunca imaginó, haciendo de él un completo loco que de forma rápida, aplastó sus labios contra los suyos, besándolos con desesperación. No entendía en qué momento ella pudo despertar esa parte de él, pues había olvidado siquiera como pensar. Su mente había dejado de tener control sobre su cuerpo y ahora solo se dejaba guiar por las sensaciones de su piel, haciendo caso al grito de sus poros que se acercara más a ella, que hubiese el mismo contacto con ella.
A pesar de no quererlo, se separó solo un momento de sus labios, solo lo necesario para volver a tomar aire y acercar de nuevo su boca hasta la de ella besando y saboreando sus labios exquisitos y adictivos, perdiendo no solo pensamientos si no también el tiempo, pues sentía como si todo se hubiese detenido, más allá de ellos dos nada más importaba.
Sus dientes atraparon con apremio ese labio carnoso mientras un nuevo gruñido brotaba de su pecho y sus manos aprisionaba la cintura de ella, pegándola contra sí y dándose la vuelta en un solo movimiento, llevándola a tenderla en la enorme cama ante ellos olvidándose de la ropa limpia que debía llevar al ministerio, dejando atrás la pelea con Krum, solo disfrutando de tener nuevamente a Hermione entre sus brazos solo para volver a hacerla suya y de nadie más.
De forma lenta, sus dedos delgados se deslizaron por la tapa del portafolio gris, cerrándolo con suavidad.
Un pequeño clic se escuchó en la casa indicando a Hermione Granger que sus documentos estaban totalmente resguardados dentro de ese cuadro de cuero. Echó una última mirada a su sala, sintiéndose una completa extraña.
En ese pequeño segundo trató de entender el por qué su vida había dado un giro tan inesperado y brutal, pues aun no creía lo que le estaba pasando, se sentía como si lo que vivía fuese un sueño sub-realista que su mente había sacado a relucir por la cantidad de cosas que almacenaba.
Hermione aun no podía creer que en verdad estuviera de vuelta en Londres, ni mucho menos viviendo en el Valle de Godric con su único hijo estudiando en Hogwarts y a la expectativa de encontrarse algún día nuevamente con Harry Potter, el padre de Mateo.
No podía evitar entristecerse ante el recuerdo fugaz de la imagen de Harry estando con su familia en el Andén 9 ¾, tal y como ella, bajo la pasión multijugos, había llevado a Mateo.
No pudo evitar reconocerlo cuando, por breves segundos lo miró de frente mientras él les ofrecía una disculpa por su tropiezo y en ese preciso momento, utilizó todas sus fuerzas para contener las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos marrones.
Solo bastó con tenerlo un momento de frente para comprobar cómo su corazón, roto y marchito, reviviría y latía fuertemente dentro del pecho, reconociendo al hombre que amó hace mucho tiempo.
Sintió el dolor palpitante en el corazón, pero solo necesitó mirar a su hijo para tomar nuevamente las riendas de sí misma, pues aun recordaba como los hermosos ojos verdes y tristes de Mateo la contemplaban, escrutando todo su rostro. Solo fue suficiente una mirada de su hijo para calmar el dolor y para que él viera lo destrozada que estaba por dentro. Mateo no era de muchas palabras pero para el chico solo le era suficiente con mirarla a los ojos directamente para saber que pasaba con ella.
Un suspiro brotó de su pecho recordando la tristeza en el rostro de su hijo de dieciséis años, su mandíbula fuertemente apretada y fulminando a su padre con la mirada.
Para ella estaba claro que en el corazón de Mateo había un sentimiento de rencor, enojo y precisamente ese era su temor, pues nunca había deseado que los pocos recuerdos que Mateo tenia de Harry, hubiesen sido calcinados por su culpa. Su hijo no quería entender razones, no quería comprender que solo era su dolor y no el de él, pero ya no había marcha atrás; Mateo estaba enojado, casi furioso con la vida pero por sobre todo con Harry Potter.
Y precisamente por eso no se atrevía a reprocharle nada, ni mucho menos haber quedado en la casa de Slytherin.
—¿Qué podía hacer ella? —pensó
Hermione sabía muy bien como era el funcionamiento de las selecciones de las casas y a pesar de ya no haber marcha atrás, vería la forma de platicar con su hijo. Debía ayudarlo a quitar de su noble corazón esos sentimientos negativos que bien podrían corromperlo.
Aun no podía creerlo.
Su único hijo, el hijo de Harry Potter y de ella siendo una serpiente.
—Que ironías de la vida—murmuró ella mientras otro suspiro recalcaba sus palabras.
Tomó entre las manos el pequeño maletín, talló un poco sus ojos con la mano libre, tratando de quitar de ellos los sentimientos que la atormentaban y se dirigió hasta la chimenea de la sala.
Gracias a su nuevo puesto y algunas lechuzas por parte del ministerio búlgaro, habían logrado conectar la casa de Hermione con el ministerio bajo Red Flu. Una muy privada Red que solo conocían unos poco del ministerio incluyen solo al departamento de Aurores, después de todo, estaría trabajando con el jefe de dicho departamento.
Respiró profundo antes de tomar un puñado de polvos Flu entre su mano libre, se colocó dentro de la chimenea cerrando los ojos fuertemente.
El trasporte bajo Red Flu nunca había sido de su gusto pero era necesario.
Un recuerdo fugaz le hizo arrancar de sus labios una sonrisa sincera. Su hijo detestaba rotundamente la Red Flu, alegando que siempre se golpeaba entre las chimeneas o acaba en otro lugar que no fuese el correcto.
Con una sonrisa más ancha en su rostro, esparció con fuerza los polvos sobre el suelo donde ella pisaba y gritó:
—¡Ministerio de Mágia! —y sin previo aviso las llamas verdes esmeralda la cubrieron totalmente haciéndola desaparecer su hogar.
—¿¡Por qué no me habías dicho la verdad, Hermione!? —exclamó un chico de cabellos rubios mientras la tomaba del brazo y con poca amabilidad la arrastraba hasta una oficina solitaria.
De no haber sido por la cara de espanto que tenía el señor Robbinson, Hermione hubiese estando totalmente convencida de usar su varita contra él por tratarla con tan poca delicadeza.
Una vez dentro de la habitación, Derek Robbinson, su compañero en el ministerio cerró la puerta y miró a hurtadillas por la ventana hacia el exterior. Su respiración era muy superficial.
—¿Qué es lo que sucede? —preguntó Hermione con la mano ya puesta a un costado de su elegante traje azul marino cerca de donde se encontraba su varita. Derek la estaba atemorizando, por lo que no dudaría ni un segundo en atacarlo si él pretendía dañarla.
—¿¡Qué sucede!?—Preguntó de vuelta el joven con la incredulidad plasmada en su rostro cuando la miró – ¡Eso dímelo tú!
—Derek, en verdad que no estoy entendiendo na…
—¿¡No entiendes nada!?—murmuró exaltado Derek, y tal y como había hecho un momento atrás, la volvió a tomar del brazo y la arrastró hasta la ventana donde apartó levemente las pequeñas cortinillas haciéndola mirar al exterior.
Sin protestar o entender la conducta de su compañero, Hermione entrecerró los ojos castaños y miró al pequeño grupo de personas amontonas unas entre otras, unos pasos más allá desde donde ella estaba.
No entendiendo muy bien lo que debía identificar en esas personas siguió mirando sin pestañear. De un momento a otro, el corazón comenzó a bombear fuertemente dentro de su pecho al notar la ubicación donde estaba parada toda esa gente.
Todas apretadas entre sí, empujándose unas a otras, las personas hacían bulto en una oficina que ella conocía muy bien gracias al pequeño Tour que le había dado Derek el día anterior a su ingreso al ministerio.
Recordaba claramente la puerta de madera oscura de caoba, con diseños extraños en los bordes y una perilla de color amarillo dorado. En alguna otra ocasión, esos pequeños detalles le pasarían desapercibido para ella, de no haber sido que esa misma puerta tenía una pequeña placa dorada con las palabras "Cooperación Mágica", indicando claramente su lugar de trabajo, es decir, su despacho.
Como si fuese un resorte, Hermione se enderezó de golpe, soltó la cortinilla haciendo que la tela volviera a su estado normal y de esa manera evitar ver a toda la multitud de gente que rodeaba su despacho.
Miró a Derek con la alarma brillando en sus ojos, mientras que él le devolvía la mirada interrogante.
—¿Ahora me lo puedes explicar?—preguntó el muchacho sin apartar su vista de ella.
—No sé lo que quieres que te explique—contestó haciéndose la desentendida
—Miran nuevamente, Hermione—continuó mientras volvía a tomar entre sus manos la tela amarillenta que cubría el ventanal, abriéndola ligeramente. Los ojos de la chica regresaron a la multitud, estaba casi segura de ver los Flashes—un montón de reporteros del Profeta están haciendo guardia en tu despacho ¿acaso eso no te dice nada? Porque no me dijiste que tu…
—Bien. Si, lo admito—lo interrumpió ella
Hermione desvió su vista al pequeño espacio visible, comprobando con temor como la multitud movía sus cámaras, con las plumas en manos y miraba a todos lados, esperándola.
—Que estúpido soy—se dijo así mismo el chico rubio mientras sus orbes avellanas se detenían nuevamente en la ventana—¿Cómo no pude haberme dado cuenta antes quien eras tú?
—En sí, no soy nada, Derek. Solo una integrante más del ministerio…
—Por Merlín, eres Hermione Granger—murmuró el joven trasladando su vista nuevamente a ella—una de las grandes.
Derek bufó. Para Hermione estaba claro que eso había sido un intento de sonrisa forzada.
—El día de ayer te tuve todo el tiempo conmigo y aun así…. No pude reconocerte. Supongo que esas son algunas de las desventajas de haber crecido en el mundo muggle
—Derek…—murmuró Hermione, su voz era apenas audible. Estaba claro que el chico estaba decepcionado de sí mismo por su falta de atención, pero ella también tenía parte de culpa al no haberse presentado como debía.
—Es mejor que te traslades directamente al despacho del jefe—continuó Derek con la vista aun en la ventana. Su pequeña decepción le impedía ver a la mujer que había salvado al mundo mágico junto con el elegido. Misma mujer que por muchos años había desaparecido.
—Esos reporteros no se cansarán hasta conseguir una entrevista contigo y por hoy no nos podemos permitir eso. El jefe y tú deben ponerse a trote acerca de los Mortifagos registrados en Durmstrang
Hermione tenía muy entendido que el volver a Londres no solo debía afrontar el hecho de que una infinidad de recuerdos asaltaran su mente pero por sobre todo debía afrontar el hecho de realizar una explicación acerca de su deserción.
En su mente, aun no se formaba una clara idea de lo que diría. Hermione tenía muy en claro sus derechos acerca de tomar cualquier decisión para sí misma, así que en resumen, a los dichosos reporteros no les debía absolutamente nada de explicaciones, pero algún día debía encontrarse con sus antiguos amigos y compañeros por lo cual sabía que debía empezar a preparar una explicación congruente y hasta cierto punto verdadera.
Un suspiro se escapó de sus labios, por el momento no debía preocuparse de esa explicación, ahora su prioridad era tomar entre manos a aquellas personas que habían atacado a su hijo. Debía ver a ese jefe y empezar a trabajar con él.
Tratando de no dañar más el ego de Derek preguntó:
—¿Alguna idea para evadirlos y que yo llegue hasta el despacho del Jefe de aurores?
El señor Derek Robbinson aun no podía atreverse a mirarla todavía. Estaba demasiado apenado por no haber reconocido a una de las salvadoras del mundo mágico, y a pesar de que tenia montones de preguntas por hacerle debido a su desaparición, mordió su lengua guardando esas palabras para sí mismo pues después de todo, la vida de Hermione Granger no le incumbía en lo más mínimo por más que le gustara a él esa imponente e inteligente mujer.
—Un sencillo encantamiento desilusionador estará bien—contestó Derek mirando nuevamente a hurtadillas entre las cortinas—como eres parte del Ministerio en uno de los grandes cargos, se te permite realizar ese tipo de magia.
—Ya tenía una idea de eso, pero no estaba muy segura—mintió Hermione mientras sacaba su varita de entre su traje. Estaba claro que era la nueva del ministerio, pero no por eso no sabía cómo funcionaban los reglamentos, aun así había preguntado con la esperanza de apaciguar la decepción de su joven y nuevo asistente. Había sido un fracaso rotundo.
Sin perder más el tiempo, Hermione presionó con suavidad la punta de la varita de nervio de Dragón sobre el centro de su cabeza murmurando las palabras correctas para el hechizo, sintiendo casi al instante como una especie de liquido invisible y frio la cubría poco a poco de forma lenta, indicándole que el hechizo había funcionado.
De modo casual y con aparente despreocupación, Derek tomó entre sus manos el maletín de Hermione y abrió la puerta a todo su tope, ayudando de esa forma a que la chica castaña saliera del despacho después de él.
Portando una imagen despreocupada, el joven Derek se desplazó hacia los camarógrafos y reporteros que hacían guardia en la puerta de su nueva jefa; moviéndose suavemente por el pasillo contrario, Hermione podía ver como su asistente era rodeado por una parvada de vuela plumas y acribillado por un sinfín de flashes que sin duda los camarógrafos hacían disparar mientras que sus compañeros de trabajo intentaban sacar la información relevante de su paradero para los diarios.
—Ese tipo de noticias y entrevistas serán para después—anotó mentalmente las palabras en su cabeza.
Una vez a salvo de todo tipo de cámaras o alguna pluma flotante y sisañoza, Hermione Granger tomó entre sus manos el pomo dorado y reluciente de la puerta café que contenía estampada una placa dorada con las palabras "Oficina principal", que indicaba claramente la oficina del jefe de Aurores. Su piel, al entrar en contacto con la perilla de la puerta, tomó su imagen dejando ver aun el efecto del hechizo desilusionador por lo que se detuvo antes de abrirla para extraer su varita y aplicarse el contra hechizo.
Respiró profundo un par de veces y entró a la habitación sin siquiera tocar, estaba claro que tenía acceso a la oficina, después de todo el jefe del departamento de Aurores la esperaba.
Un rincón de su mente le recordó que estaba enojada con esa persona, pues la había dejado plantada con una salida repentina que ella, para no alterar su orgullo, clasificó como un asunto importante del ministerio.
Hermione solo necesitó dar un paso dentro de la oficina para que la decepción la asaltara de golpe. Nuevamente el dichoso jefe no estaba.
Guardó la varita en el bolsillo lateral de su traje y cerró con delicadeza la puerta a su espalda pues prefería esperarlo a regresar a su oficina y encontrarse con todas esas personas ansiosas por revelar su pasado que hasta ahora prefería que siguiera oculto.
No tenía muy bien en claro como tomaría el mundo mágico londinense el haber regresado, ni mucho menos su reacción al tener un hijo y sin estar casada. Hermione no estaba interesada en dar explicaciones a medio mundo que sinceramente ella no conocía, pero sí estaba segura de querer dar explicaciones a las personas que alguna vez fueron y son importantes en su vida.
Tratando de apaciguar su repentina angustia por las explicaciones que estaría dando a futuro, tomó asiento sobre el largo y aparentemente cómodo sofá de cuero negro junto a la pared, solo le bastó unos minutos para comprobar que ese sillón seria un lugar reconfortante si ella no estuviera tan ansiosa. No tardando ni tres minutos sentada, Hermione prefirió ponerse de pie y comenzar a moverse teniendo la absurda idea que algo de caminata extra podrían distraerla de sus repentinos pensamientos.
Sabiendo que no tendría éxito para apagar las palabras de su cabeza, se acercó a la repisa de cristal tratando de leer los títulos de los libros que contenía, tal vez un poco de distracción literaria era lo que necesitaba para calmar su angustia.
Los escasos libros gruesos y de pastas duras conseguían poco a poco su interés pues los temas en letras cursivas y doradas resaltaban sobre las cubiertas negras haciendo los títulos más notorios.
Hermione asintió para sí misma, dando por hecho que el jefe de Aurores debía ser un hombre demasiado culto y con extensos conocimientos en medicina, algo que ella había aprendido con el tiempo y su dedicación en el pequeño pueblecito de Bulgaria.
Sonrió recordando un poco sus primeros años allí, con su pequeño hijo dando sus primeros pasos. Sus ojos marrones viajaron al enorme escritorio repleto de papeles, sobres amarillentos, plumas, tintas e incluso unos portarretratos, estaba claro que el jefe era demasiado desordenado.
Hermione mordió su labio inferior al no poder contenerse y tomar entre sus manos un pequeño sobre con letras diminutas y rojas que llamó su atención gracias al título pequeño de nombre "Bulgaria".
Movió entre sus dedos las cejitas de la carta encontrando el remitente y el asunto.
—Misterio de Magia Búlgaro—Leyó Hermione en voz alta—Aplicación de sanción al Señor Harry Potter, Jefe del Departamento de Aurores, Londres
Sin previo aviso la carta se soltó de sus manos, cayendo ligeramente de vuelta al escritorio, mientras el corazón de Hermione latía demasiado rápido dentro del pecho.
Sus ojos se desplazaron rápidamente hacia los demás documentos, reconociendo en todos ellos las palabras "Harry Potter", como si hubiese crecido diez veces su tamaño ayudando a su vista a leerlos.
No pudo evitar moverse lentamente, bordeando el escritorio y ver directamente esos pequeños portarretratos a una familia sonriente.
Acercó un poco mas su rostro para ver con claridad sintiendo el corazón latiendo fuertemente, casi gritándole que saliera de allí cuando reconoció a la pelirroja de larga cabellera pero por sobre todo, cuando visualizó esa mirada verde que veía en su hijo al mirarla directamente a los ojos.
Se enderezó de golpe llevándose una mano a su pecho para cubrirlo, ayudando de esa forma a que su corazón no callera a pedazos.
Hermione negó con la cabeza, no dando crédito a su cruel destino, se maldijo por haber sido tan idiota y no haber previsto lo que una parte de ella le gritaba. Su respiración se volvió demasiado superficial, sentía la falta de aire en sus pulmones a pesar de introducirlo.
Sin previo aviso la puerta de la oficina se abrió de golpe dejando entrar a un hombre claramente enojado que azotaba la puerta fuertemente para cerrarla.
—¡No quiero saber ya nada de ti, Hermione!—gritó mientras hundía las manos en su cabellera negra y desordenada—¡Déjame en paz!
Hermione dio un paso atrás, sintiendo el odio manar de aquel hombre que minutos antes había visto sonreír en la fotografía sobre el escritorio.
Un nudo se instaló en su garganta, mientras el corazón amenazaba con salir de su pecho.
—Harry—dijo ella en un susurro mientras un par de ojos verdes la miraban con sorpresa al recaer en su presencia.
Se sentía una completa basura. Su respiración era demasiado superficial como para llevar suficiente aire a su cerebro y dejarlo pensar con coherencia. Las imágenes acudían como un diluvio dentro de sus ojos, atormentándolo y recalcándole en cada color lo estúpido e imbécil que era.
Talló los ojos con ambas manos por debajo de su gafas, con toda la intención de que su roce lo ayudara a borrar las imágenes que estaban pegadas a su retina. Acomodó los lentes una vez más, tomó aire y teniendo todas las fuerzas que fue capaz de fabricar su cuerpo, desapareció de la puerta de su hogar.
La sensación de estar siendo jalado desde su ombligo se esfumó en el momento en que llegó al ya cotidiano callejón que usaba para aparecer cerca del Ministerio y entrar por uno de los tantos pasadizos escondidos ante los ojos de los Muggles solo con la finalidad de ya estar sentado en la silla detrás de su escritorio para lograr sumirse a gusto en la miseria.
Se acomodó la tan estorbosa corbata de rayas azules en su cuello y con paso lento caminó hasta la entrada camuflajeada de un cine abandonado. Sabía muy bien que su hora de entrada había sido hace horas atrás pero por una vez en su vida laboral aquello no le importó.
Su mente traicionera volvió a jugar sucio y trajo nuevamente las imágenes que él quería guardar en un recóndito lugar en su cabeza y nunca más volver a ver.
La sensación suave volvió a asaltarlo en su piel y se odio así mismo por no ser capaz de mantener a raya esas sensaciones y pensamientos que nunca debieron pasar, al menos no de esa forma.
¿Cómo pudo haberle hecho el amor a su esposa pensando en otra mujer?
Su mente había jugado tan sucio que había suplantado a Ginny con otra, y no cualquier mujer si no con su amiga.
¡Por todo el poderoso Merlín! Había estado con Ginny pensando en Hermione. ¿Cómo mierda pasó eso? Se destetó completamente.
Había imaginado tocar la piel suave de Hermione, pero era a su esposa a quien tenía entre sus brazos. En ésta ocasión no había estado con Ginny, al menos no mentalmente, si no con Hermione.
Se horrorizó así mismo cuando sus cinco sentidos despertaron por completo y observó que la mujer que descansaba totalmente casada, sobre su pecho, era su mujer. Ginevra.
Por un momento sintió la confusión y la tristeza llenar todo su cuerpo, cuando la ilusión de tener el cabello castaño y rizado de Hermione esparcido por su pecho se desvaneció al observar el pelo rojo y largo, y en ese preciso momento fue cuando el horror y la repulsión por sí mismo cobró vida propia pues por un leve segundo de su vida, deseó con todas su fuerzas que fuese Hermione la chica que estaba en sus brazos y no Ginny.
Por ese momento de su vida, deseo ver a Hermione enredada entre sus piernas y exhausta por su causa.
Nuevamente el sentimiento de culpa hizo mella en él, obligándolo a volver a la realidad de golpe. Por un momento la confusión lo tomó por completo, no recordaba haber llegado tan rápido al ministerio ni mucho menos haber pasado la puerta de seguridad mágica, al parecer los recuerdos nítidos y su repulsión a sí mismo, eran suficientes como para llevarlo a olvidarse de las cosas.
Harry Potter se preguntó por primera vez como iba a tener las fuerzas para hablar con el nuevo jefe del departamento de Cooperación Mágica, si quería ser sincero con sí mismo, no estaba de humor para soportar los sermones de un viejo regordete procedente de Bulgaria, ya tenía bastante de ese lugar con Viktor Krum y por supuesto con los vividos recuerdos de su mentira y esas nuevas fantasías suyas con su antigua amiga.
Lo único que él quería era que por ese día, absolutamente nadie lo molestara solo para consumirse en la miseria y horrorizarse a sí mismo mientras la soledad lo esperaba en su despacho para hacerle compañía.
Llevó una de sus manos hasta la cabeza y con un movimiento ligero, pasó los dedos largos por entre sus cabellos con la clara intención de aliviar ese tan conocido dolor de cabeza que le provocaba pensar en ella, en Hermione.
Solo por un momento más, deseó no haberse enterado de nada de ella pero en ese segundo se arrepintió rotundamente, periferia verla…
No, no quería verla. Estaba mucho mejor así.
Su rostro adquirió una nueva expresión de molestia mientras en su cabeza recitaba el hecho de que Hermione nunca más apareciera en su vida.
No quería volver a verla. No quería saber absolutamente nada de ella. Ya bastante tenía como para ponerse a pensar en esa chica que lo destrozó por completo.
Harry ya no quería escuchar el nombre de esa castaña traicionera...
—¿Qué piensa usted del regreso de Hermione Granger, señor Potter?—preguntó un voz chillona, sacándolo de sus pensamientos. En un solo instante Harry fue rodeado por un grupo de personas de extraños atuendos, mientras miles de luces lo cegaban haciéndolo parpadear rápidamente.
—¿Pero qué demonios? —contestó. Harry miraba horrorizado las personas a su alrededor—¿Qué está pasando aquí?
—¿Usted sabe por qué desapareció?—preguntó a Harry un hombre con una pequeña libreta en mano.
—¿Mantenía contacto con Hermione?—dijo una chica menudita mientras un vuela pluma se deslizaba rápidamente sobre la hoja de papel de su librea, impregnando con su tinta un sinfín de palabras que Harry no alcanzaba a distinguir.
—¿Por qué de su nueva incorporación?
—¿Sabe donde estuvo todo este tiempo?
—¿Acaso la extrañaba?
—¿Nos puede decir en qué consiste su relación?
—¡No se dé que rayos me están hablando!—explotó Harry dejando a las personas a su alrededor sin habla. Por ese pequeño momento dejó de parpadear, pues los flashes de las cámaras habían dejado de disparar mientras las vuela plumas se mantenían flotantes y firmes a un lado de sus respectivos dueños.
Harry los vio con detenimiento, sabiendo que todos ellos eran reporteros. Se preguntó mentalmente qué diantres hacían ellos aquí. Después de todo, Harry Potter había dejado de ser noticia de primera pagina en el Diario el Profeta desde la caída del señor oscuro como para que toda esa gente estuviese allí.
Pero antes siquiera de preguntar algo coherente, Harry se vio interrumpido por una mujer rubia y de rizos demasiado rígidos.
—Harry Potter—murmuró la mujer mientras su vuela pluma se deslizaba por el pergamino extendido delante de su camarógrafo, escribiendo sin cesar palabras no dichas—y el reencuentro con su antigua amiga de colegio después de tantos años.
Las entrañas de Harry se retorcieron en su interior y no pudo evitar sentirse nuevamente de catorce años al ver la sonrisa fingida de Rita Skeeter, la aún escritora del Diario el Profeta y a quien Harry aun odiaba.
Los años se podían notar en las diminutas arrugas de la rubia, pero esa mirada deseñoza y esa estúpida vuela pluma seguían allí como si fuese sido ayer su primer encuentro en el torneo de los tres magos en Hogwarts.
—Skeeter—contestó Harry con deseen mientras su visión periférica registraba los movimientos de los demás escritores y sus vuela plumas. Rita, aun seguía mirando a Harry—¿Qué quieres?
—Mi antiguo e íntimo amigo—dijo ella sonriendo aun mas notoriamente—nuestro reencuentro debería de ser la noticia ¿no crees?
—No sé a qué se refiere—la voz de Harry era áspera pero aun así, respetuosa. No podía evitar desconfiar en esa mujer, después de todo, ella era toda una mentirosa. Harry no podía comprender como no la había delatando de ser una animaga, pues solo hubiese necesitado un poco de mágica para hacerla revelar su secreto, aunque claro, todo por cumplir la promesa de Hermione de no delatarla…
Sacudió la cabeza levemente, evitando pensar en ella. No quería a Hermione en sus pensamientos.
—Divinamente, Harry—Rita volvió a sonreír a Harry, parpadeando un par de veces para atraer su atención—concédeme una entrevista con Granger y veré que todo se descubra…
Allí estaba otra vez, Granger, el apellido de Hermione.
—Deja de pensar en ella, Harry—se reprochó a si mismo mentalmente.
—No entiendo que quiere, Rita. Pero aun así, no pienso ayudarla en nada—contestó poco cortés mirándola fijamente mientras los ojos de Skeeter centellaban detrás de sus gafas decoradas con piedrecillas brillosas—así que hágame el favor de salir de aquí.
—No pueden negar información relevante al mundo mágico, Potter—murmuró Rita. La vuela pluma seguía deslizándose sin cesar sobre el pergamino—tarde o temprano Hermione Granger debe dar la cara de su ausencia. Después de todo, ella es la mejor amiga del salvador, ¿no es así?
Harry ya no quería saber más de Hermione, y allí estaba Rita Skeeeter, abofeteándolo con cada palabra suya, mientras las imágenes de su encuentro fortuito de hace años se mezclaban en su cabeza con los destellos de su extraña fantasía vivida hace unas horas atrás.
La voz de Hermione pronunciando su nombre taladraba sus sienes.
—¿Por qué crees que Hermione se fue, Harry?
—¿Acaso crees que tenga un secreto que ocultar?
—¿Qué piensas del hombre que la acompañaba en la visita al callejón Diagon…?
Las preguntas de Rita siguieron aniquilando su sentido de coherencia. Su mente volvía a jugar con él mientras la sonrisa e incluso el aroma de Hermione los sentía tan nítidos a su alrededor.
—Harry—casi sintió escuchar su voz en el oído—Harry
Allí estaba otra vez.
—Harry
No podía dejar de pensar en ella.
No, no, no. Sentía su cabeza explotar, debía controlarse. Cerró sus manos fuertemente convirtiéndolas en puños de acero. Estaba casi seguro que tenia la fuerza suficiente como para romper una pared de concreto de un solo golpe.
—Jefe, Jefe—dijo alguien a su alrededor—Jefe
Volvió a respirar superficialmente cerrando sus ojos por leves momentos pero solo sirvió para atormentarlo más.
—Harry—la voz de Hermione volvió a sonar en su cabeza ayudando a abrir sus orbes de golpe. Todos los presentes, incluido su asistente, lo miraban extrañado.
Las imágenes del cuerpo de Hermione volvieron a azotarlo, su voz la sintió más presente que nada en ese momento, los recuerdos de sus mentiras le destrozaron el corazón.
—Déjenme en paz—murmuró entre dientes. Con movimientos poco amigables se deslizó entre la multitud, empujando a algunas personas recias a moverse.
—Harry—Hermione lo seguía llamando en su cabeza mientras la imagen de ella la sentía a su alrededor.
—Señor Potter, por favor, digamos su opinión acerca de Hermione Granger
—No puedes huir, Harry. El mundo debe saber de ella
—¿Acaso usted no sabía el paradero de Hermione?
Ya no quería escuchar mas ese nombre, le hacía demasiado daño. Quería dejar atrás todo y a todos.
Caminó a grandes zancada, escuchando tras su espalda, los pasos apresurados de los reporteros tratando de alcanzarlo. La voz de Hermione aun lo venía siguiendo.
—Harry
—Harry
Respirando con dificultad, tomó entre sus manos el pomo de la puerta y la abrió precipitadamente entrando de una zancada a su despacho. Con furia azotó la puerta tras su espalda. Hermione aun lo seguía.
Las imágenes de ella no querían salir de su cabeza, incluso sus fosas nasales eran capaz de respirar su aroma. Ya no podía, ya no quería saber más.
—¡No quiero saber ya nada de ti, Hermione!—Gritó sin piedad hundiendo los dedos de las manos en su cabellera negra—¡Déjame en paz!
—Harry—escuchó nuevamente pero en esta ocasión la voz de la chica que lo atormentaba con su recuerdo era más nítida, suave e incluso más real.
Quitó las manos de su cabellera y volteó el rostro levemente. La sorpresa inundó su mirada cuando visualizó la figura completa de su antigua amiga de pie, tras su escritorio.
Al parecer su cabeza había tenido tanto que procesar que había quemado sus neuronas. La imagen completa de Hermione se presentaba ante él.
—Hermione—murmuró con voz cansina, agotado mentalmente de tanto pensar.
La furia y el enojo se habían esfumado de su sistema por completo. Sintió un momento perder la noción de las cosas, sintió mover el piso y lo vio demasiado cerca de su cara. Un dolor inundó sus rodillas mientras sentía una suavidad en su rostro.
Una delicada fragancia le inundó las fosas nasales y él no podo evitar respirar más profundamente. Abrió sus ojos sin entender en qué momento los había cerrado y se encontró con ese rostro que tanto lo perseguía.
Unos ojos achocolatados y brillantes lo miraban sin cesar mientras él observaba las pequeñas y nítidas marcas de la edad pasar sobre ese tan bonito rostro. No pudo evitar enarcar una ceja, por lo general las Hermione's en su cabeza era muy jóvenes, pero esta chica estaba más hermosas aun.
Las manos de ella rodeaban sus mejillas, aquel tacto era demasiado real como para pensar que era un sueño. Lentamente se incorporó, cayendo en la cuanta que estaba de rodillas y sin pensarlo dos veces, ayudó a la chica a levantarse.
Una vez que tomó las manos de ella entre las suyas no logró soltarlas, era demasiado real.
—Hermione—repitió Harry mientras veía brillar los ojos de ella. Era real. Ella estaba aquí.
No era otra ilusión.
Harry movió su boca, queriendo decir muchas cosas. Quiso hacerle saber el odio que le tenía por haberlo abandonado, quiso gritarle que se fuera y que no regresara nunca.
Las palabras no salían de su boca por más que quisiera, así que hiso lo primero que se le vino a la mente.
Soltó sus manos y la abrazó.
La apretó contra su pecho procurando no hacerle daño, temiendo que solo fuese un invento de su imaginación y se esfumara en un respiro. Hundió su rostro en el cuello de ella, sobre su cabello castaño y rizado.
—Hermione—dijo una vez más. Era ella. Solo ella.
—¡Estúpida corbata!—blasfemó un chico de cabello desordenado y castaño mientras intentaba de todas las formas posibles, acomodar la corbata de los colores de su casa sobre el cuello.
Había hecho un nudo tan enredado que le estaba costando bastante trabajo ajustarla correctamente entre la camisa de su uniforme, pero no podía decir más que esas palabras dado que él mismo tenía la culpa del improvisado revoltijo de tela por haber salido tan rápido de su dormitorio.
Absolutamente nadie había mando a Mateo Granger a levantarse tan temprano, apresurándose a bañar y cambiarse lo más veloz posible para bajar a desayunar al Gran Comedor, al menos no de forma directa y el hecho de toparse en el desayuno "accidentalmente" con una chica de cabellera roja y larga, de un curso menor que él no influía en ninguna de sus decisiones, de eso quería convencerse.
Mateo sonrió abiertamente mientras caminaba a pasos apresurados por el último pasillo de las mazmorras que lo conduciría al Gran Comedor, si no quería engañarse a sí mismo, debía admitir que deseaba rotundamente toparse con la misteriosa Lily, que un día atrás había querido hechizarlo de forma injustificada.
Aquella chica de ojos azules y oscuros le debía un almuerzo y él era demasiado penoso como para recordárselo de forma directa por lo que había recurrido al plan B: "toparse accidentalmente con ella en una situación que los llevara a almorzar juntos".
Recordaba completamente que ella no había cumplido su palabra el día anterior, debido a la clase atrasada que tenía en ese momento, dejando a Mateo solo en el pasillo con un pequeño nudo en su estomago con el nombre de "desilusión".
El muchacho de ojos verdes acomodó su mochila tras su espalda y pasó los dedos de sus manos por entre los cabellos tratando de acomodarlos a su cabeza teniendo los mismos resultados de siempre: un cabello castaño altamente indomable.
Tomó una respiración profunda antes de adentrarse al Gran Comedor, apenas entrando al lugar, sus orbes fueron a parar al suelo mientras sus manos comenzaban a sudar, aquel valor y emoción con el que despertó se había esfumado de la nada. El nerviosismo por encontrarse con esa chica nuevamente se había apoderado totalmente de él.
—¿Pero qué diablos estaba haciendo?—Se preguntó internamente—¿enserio quiero verla?
Bien, sus estúpidas preguntas estaban seguras en su cabeza, pero eso no quitaba la idea de querer ver o no, a una chica que apenas si había hablado un par de palabras con ella.
Sí, ella era linda y por la exagerada forma de moverse dentro de su pecho, su corazón pensaba lo mismo.
Sacudió la cabeza aun con la mirada en el suelo, veía sus pies moverse uno tras otro pero esa distracción no era suficiente como para no preguntarse por qué tanta urgencia por parte de él de verla.
—¿Qué había en esa chica?—Pensó nuevamente—¿Por qué esas extrañas ganas de saber de ella?
A Mateo Granger podían agradarle muchas chicas, claro no conocía a muchas, eh incluso a las pocas que conocía le gustaban, pero nunca se había armado de suficiente valor como para salir con ellas, eso sin contar a su extraña novia de un día, Andrea, aquella chica que le arrebató su primer beso y después de esa muchacha de cabellera negra no recordaba haber salido con nadie más o al menos presentar el más mínimo interés, por lo que no podía entender del porque su fascinación con Lily.
El gustar y el estar enamorado no eran lo mismo, Mateo lo sabía muy bien, así que no estaba seguro de que era en sí la segunda palabra, pues él nunca antes se había enamorado y mucho menos de esa forma.
—¿Estaré enamorado? —se preguntó y sin previos aviso sus mejillas se encendieron por lo cual fue una razón más para no apartar la vista del suelo. Mateo podía sentir miradas a su alrededor pero por una vez no le importó.
—¡Qué estúpida pregunta!—se reprimió. Sacudió levemente su cabeza, y ese pequeño movimiento lo ayudó a regresar a la realidad, deteniendo la vista en el asiento que comúnmente era suyo desde que lo habían seleccionado en la casa de Slytherin.
Un suspiró brotó de su pecho y caminó los pocos pasos que le quedaba para tomar asiento en una de las esquinas, pero incluso antes de avanzar un poco, sin pretenderlo, volteó su cabeza orientándola a las mesas contrarias de su posición y detuvo la mirada en una chica rubia de corbata de rayas azules y blancas.
La muchacha platicaba animadamente con otra chica la cual Mateo no le puso atención, sus ojos solo observaban a esa chica rubia, recordando cómo había le caído sobre el pecho el día anterior en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Una sonrisa se formó en sus labios y como por arte de magia, Orión Thomas detuvo momentáneamente su charla moviendo levemente la cabeza en su dirección.
Mateo sintió brincar algo dentro de su pecho cuando los ojos de ella se toparon con los de él.
Orión acomodó un cadejo de cabello rubio sobre su oreja y sonrió suavemente, llevándolo a él a ladear su sonrisa y sentir una extraña calidez llenar su cuerpo pero incluso antes de descifrar lo que había sido eso, un repentino golpe sobre su costado derecho lo hizo desviar la mirada hacia la persona con que chocó contra él.
—¿Acaso esto se nos hará costumbre? —murmuró divertida una chica más baja que él. Los ojos de Mateo se abrieron un poco al reconocer el color azul profundo en los orbes de la chica pelirroja que le sonreía abiertamente.
—¡Lily!—dijo el emocionado, sonriendo de la misma manera que ella. Mateo estaba feliz de habérsela topado nuevamente—¡Hola!
—¿Qué hay, Mateo? —Saludó la chica sin quitarle la vista de encima—¿Listo para nuestro almuerzo o es que estas ocupado?
Meto observó titubear la sonrisa de Lily, por lo que contestó apresuradamente para no desilusionarla.
—¡Por supuesto! Quiero decir… Estoy disponible—titubeó el chico. Dentro de su pecho sentía su corazón latir alocadamente.
—Genial—contestó ella mientras mostraba a Mateo una pila de emparedados envueltos en una servilleta que llevaba entre sus manos y que habían pasado desapercibidos para él—estuve pensando que sería una gran idea comer fueras del castillo.
Mateo sentía sus mejillas sonrojarse levemente por las palabras que le acaba de decir Lily, no tanto por su salida, aunque eso influía mucho, si no por la idea de que la chica pelirroja había estado pensando en él.
—Me agrada la idea—contestó a duras penas Mateo Granger sin dejar de sonreír. El corazón casi lo sentía en la garganta—Puedo encargarme yo de eso.
El chico de ojos verdes señaló con su mano la pila de emparedados, a lo que Lily procedió a dárselos.
Ambos jóvenes acomodaron sus mochilas por sobre sus hombros y caminando juntos se desplazaron a lo largo del Gran Comedor. Mateo sentía nuevamente las miradas de los demás pero en esta ocasión sobre los dos. La sola compañía de Lily le impidió sentir molestia alguna.
Sus orbes podían registrar las miradas a hurtadillas que la pelirroja le dedicaba, lo que lo hizo sonreír aun más.
Pasaron la Gran puerta del Comedor, dispuestos a caminar por el pasillo que los llevaría hacia las afueras del Castillo de piedra. En su cabeza, Mateo buscaba escusas suficientes como para entablar una conversación agradable con ella y conocerla un poco más, dado que lo único que sabía era su nombre y el nivel de sus estudios, el muchacho de cabellera rebelde se moría por saber más de aquella chica que no dejaba de mirarlo por el rabiño de su ojo.
—Tal vez una pregunta acerca de sus padres pueda ayudarme—dijo Mateo en su cabeza, razonando la situación—o su color favorito…. No, eso es muy estúpido.
Mateo se estaba quedando sin ideas incluso antes de entablar la conversación.
—¡Adonde crees que vas con ese imbécil, Lily!—gritó alguien a sus espaldas. Mateo no pudo evitar dejar de sonreír y apretar la mandíbula fuertemente, molesto. Desde el día anterior, podía reconocer esa maldita voz en donde fuera.
Con sus bocadillos aun en las manos, Mateo detuvo su andar y se volteó completamente para encarar al chico más irritante del colegio. Su visión lateral pudo observar a Lily copiar sus movimientos y mirar con ojos entrecerrados a James Potter.
—¡Eso a ti no te incumbe, James! —contestó la chica antes que Mateo dijera una sola palabra. El chico de ojos verdes se dedico a observar a Potter, dispuesto a desenfundar su varita y atacarlo si seguía molestando a Lily.
La mirada de Potter llameó en respuesta a las palabras de Lily.
—¡Niña tonta!—Vociferó James desde su lugar—¿Cómo puedes siquiera estar allí con él? No es más que un estúpido
La paciencia de Mateo era muy escasa cuando de insultos a una mujer se trataba.
—¡Y a ti que te importa, Potter! —gritó haciendo muecas de desagrado. James Potter podría ser el ídolo de Hogwarts pero él no le permitiría hacer de las suyas en su totalidad.
—¡Claro que me importa, Granger! ¡No dejare que mi hermana se enrede con alguien como tú! —contestó James sin quitar la mirada furiosa de Mateo, mientras que él sentía que no había odio bien.
¿Hermana?
—¡A ti no te incumbe lo que haga con mi vida, James!—Lily volvió a hablar con las mejillas encendidas trasladando su mirada de James a Mateo y viceversa, claramente avergonzada de las palabras de Potter – ¡Serás mi hermano pero no tienes ningún derecho de hablarme así!
¿Hermano?
En un corto lapso de tiempo, la confusión se apodero de Mateo. No estaba entendiendo muy bien la situación.
—¿Qué rayos estaba pasando?—se preguntó internamente no dejando de mirar a Lily y a James.
Su boca se abrió levemente, tratando de sacar alguna palabra de ella que pudiera hacer saber a los demás que él no estaba entendiendo nada.
—Lily ¿él es tu hermano? —logró articular con las vista en la chica mientras señalaba con su mano libre a James.
La pelirroja lo miró, desconcertada por la expresión de Mateo. Ella asintió con la cabeza.
Solo de ver su afirmación, la mirada de Mateo se perdió entre las montañas que rodeaban al castillo, sin ver nada en realidad. La desilusión y una enorme tristeza lo azotó de sobre manera. En un pequeño segundo sintió el peso del mundo sobre sus hombros y temió por un momento caer al suelo a falta de fuerzas.
Su respiración apenas era notoria.
—Lily Potter—murmuró tan bajito que ninguno de los presentes escuchó.
Aquello debía ser una broma, ¿verdad? Ella, la chica que hacia bombear fuertemente su corazón, no podía llevar su sangre, ¿o sí?
¿Ella, su hermana? No podía ser verdad.
¡BUM! ¡Les cayó la bomba a los Granger! ¿que pasará ahora?
Enserio, perdonen mi tardanza, espero no volverlo ha hacer... de verdad. Espero este cap pueda compensar mi error. Por cierto, quiero dar gracias a esas personitas que me dejan comentarios ya sea para darme ánimos o corregir mis errores, en verdad se agradece muchísimo. Espero y este cap sea merecedor de algún comentario mas, y si no, pues lo comprendo. bien merecido me lo tengo por tardar u.u lo lamento. Gracias por leer.
¡Nos vemos pronto!
