Bueno, pues aquí está el epílogo.
Muchas gracias a todos los que habéis leído y me habéis animado a continuar la historia, a pesar de ser mi primer fic y estar probablemente plagado de errores...
Ahora, disfrutad del final :)
Era una soleada tarde de julio. Todo estaba impregnado de la tranquilidad y relajación propias del verano, excepto en una oficina en el centro de Tokio.
-¡Te he dicho un millón de veces que esto no es lo que buscamos! –gritó una joven rubia, levantándose y dando un fuerte golpe en el escritorio, lo cual asustó aún más si cabe a su interlocutor-. ¡¿Acaso quieres que te despida?! ¡Rehazlo entero! ¡Tienes hasta mañana a primera hora para entregarlo correctamente o estás despedido! –le tiró al pobre chico los documentos encima-. ¡Y ahora lárgate!
El joven salió tan precipitadamente que casi choca en la puerta con otra persona que entraba.
-¿Qué le has hecho al pobre chico? –preguntó divertido el nuevo visitante-. Estaba realmente asustado.
-Qué me ha hecho él a mí, más bien –replicó la joven, malhumorada-. Tenía que haber entregado el proyecto ayer, y me lo entregó hoy. ¡Y lo mejor de todo es que era una basura! ¡Tuvo un mes para prepararlo! ¡Un mes! Y va y me entrega eso…
-Anna, te estás estresando mucho, ¿no crees? –respondió el joven, rodeándola con los brazos por la cintura-. Estás segura de que el mes que viene tienes vacaciones, ¿no?
-Hana, soy la jefa, sé perfectamente cuándo tengo vacaciones –respondió molesta, cruzándose de brazos, pero permitiendo que su marido mantuviera el abrazo-. ¿Y tú que haces aquí? ¿No se suponía que salías a las cinco?
-Cariño, son las seis y media –contestó confundido el aludido.
-¡¿Qué?! ¿En serio? –consultó su reloj-. Tienes razón, necesito unas vacaciones. No me había dado cuenta de que era tan tarde…
-Anda, coge tus cosas y volvamos a casa. No te ofendas, pero tienes mala cara.
-La verdad es que me llevo encontrando mal desde el lunes -respondió su esposa, ordenando sus cosas-. Creo que tendré que ir al médico, ya he aguantado bastante.
-Podemos ir ahora antes de ir a casa –propuso Hana.
-No sé… ¿Crees que Tamao se enfadará mucho si llegamos tarde?
-No creo, sabes que se las arregla perfectamente, lo tiene todo bajo control.
-Está bien, vamos pues.
-¡Shizuka! Por favor, atiende -casi rogó Tamao, al borde del llanto-. Tus padres llegarán mañana, y si ni siquiera sabes hacer algo tan simple...
-¡Pero es que es un rollo! -respondió una niña de unos 8 años, al borde del llanto también-. ¡No me gusta este juego!
Era increíble. Esa niña conseguía agotar toda su energía. En cierta manera le recordaba a su padre, con su pelo castaño y sus ojos marrones, y esa tranquilidad tan exasperante. Aunque también tenía rasgos de su madre: un ejemplo era su mal genio, aunque la pequeña tenía una paciencia increíble y rara vez lo sacaba a relucir. Una de esas raras veces era ese mismo instante.
-¡No es un juego! Tienes que aprender a invocar a los espíritus de la naturaleza, es lo más sencillo que hay. Si no puedes...
-¡Pero es que yo no quiero! Quiero volver a entrar en casa y ver una serie que está muy interesante...
-No puedes, Shizuka, tienes que aprender lo que te estoy enseñando.
-¡No! -chilló la niña, y entró corriendo en la casa, llorando desconsoladamente.
-No puedo con esta niña -dijo Tamao, dándose por vencida y entrando también en la casa. Al entrar escuchó cómo la niña lloraba a todo pulmón en su habitación, aunque no fue el único llanto que escuchó-. ¡Genial! Encima ha despertado a Kensuke.
Se apresuró a llegar a la habitación del pequeño, al que había dejado durmiendo la siesta mientras trataba de entrenar a Shizuka.
-Shhh, no llores, tranquilo, no pasa nada -dijo con voz dulce, cogiendo en sus brazos al niño, que ya contaba 3 años-. Todo está bien, no llores. Mamá y papá llegarán pronto.
El niño se tranquilizó poco a poco, hasta que una sonrisa iluminó su pequeño rostro.
-¡Eso está mejor! -aprobó Tamao, con otra sonrisa-. ¿Quieres merendar?
-¡Sí! -exclamó el pequeño.
Pasó por delante de la habitación de la pequeña, que seguía llorando. Llamó a la puerta con unos pequeños golpecitos.
-Shizuka, deja de llorar y ven a cenar.
La niña dejó de llorar automáticamente y abrió la puerta antes de que Tamao se hubiera alejado siquiera un par de pasos.
-¡Cena! -exclamó exultante la muchacha, adelantando a la pelirrosa, que se quedó sorprendida por su cambio de actitud.
-¡Es igual que su padre! ¡Sólo le interesa comer! –exclamó malhumorada, mientras el pequeño al que llevaba en brazos la miraba con curiosidad-. Bueno, no tiene remedio. Será mejor que bajemos antes de que se ponga a llorar otra vez –le dijo a Kensuke, bajando ya las escaleras.
Dejó al niño en una de las sillas y comenzó a preparar la cena. Shizuka hacía ya rato que se había sentado a la mesa, a la espera de su querida comida.
Tamao miró el reloj. Las siete y media. Anna y Hana se retrasaban. Era extraño. Siempre llegaban alrededor de las seis. No le dio mayor importancia, seguramente habían ido a dar una vuelta aprovechando que era viernes y que al día siguiente ninguno de los dos trabajaba. Además, desde que había nacido Kensuke, no habían tenido mucho tiempo para ellos solos. Aunque, bien mirado, nunca habían tenido tiempo para ellos desde que el huracán Shizuka había nacido. Yoh y Anna le habían pedido a Tamao que ayudara a su hijo y a su nuera a cuidar de la pequeña, a lo que a ella no se había podido negar, ya que eran demasiado jóvenes como para entenderse con un bebé de apenas dos meses.
El ruido de la puerta principal al abrirse la sacó de sus pensamientos.
-¡Ya estamos aquí! –gritó Hana desde la puerta. En cuanto lo oyó, el pequeño Kensuke se bajó de la silla como pudo y corrió al encuentro de su padre.
-¡Papá! –exclamó el niño. Su padre ya estaba preparado para cogerlo en brazos, puesto que siempre iba a recibirlos.
-Hola cariño –sonrió Anna, acariciando el pelo a su hijo y dándole un beso en la mejilla-. ¿Te has portado bien?
-¡Sí! –contestó el niño-. Pero Shizuka no. No obedeció a Tamao.
-Los espíritus de la naturaleza otra vez –suspiró Hana. Le pasó a Anna el niño-. Voy a ver si consigo que se centre.
-No se pierde nada por intentarlo –se encogió de hombros su esposa, para después hacerle carantoñas al niño de sus ojos.
Entró en la cocina. Allí se encontraba Tamao sirviéndole un pequeño aperitivo a su hermana, seguramente para no aguantar más sus lloriqueos por querer cenar.
-Hola Tamao –saludó Hana con una sonrisa. La pelirrosa hizo lo mismo-. Hola Shizuka
-¡Hermano! –exclamó la joven sonriente, saltando de la silla y yendo a abrazarlo-. ¡Has tardado mucho!
-Sí, he tenido que hacer unos recados –respondió el rubio-. ¿Qué tal el entrenamiento?
La niña bajó la vista, avergonzada.
-No conseguí hacer nada, y como no conseguí hacer nada, me aburrí, y como me aburrí, dejé de intentarlo y me fui –explicó la muchacha, manteniendo la vista fija en el suelo.
Tamao lanzó una mirada asesina a la niña. Con ella se comportaba como un auténtico monstruo y sin embargo, con Hana, era todo un angelito.
-¿Qué te parece si nos ponemos a practicar ahora un rato tú y yo? A lo mejor así para mañana puedes invocar a los espíritus de la naturaleza.
-¡Vale! –respondió alegre la niña, cogiendo la mano de su hermano y arrastrándolo hacia el jardín.
- Maldita niña…
-¿Otra vez poniendo cara de pena para ablandar a Hana? –preguntó Anna entrando en la cocina con su hijo en brazos, y cogiendo una galleta del bote-. No sé por qué te sorprendes. Siempre hace lo mismo. Y, además, a Hana se le cae la baba con ella. Es incapaz de echarle la bronca por nada.
-Lo sé, y no sabes cómo me frustra… Menos mal que sus padres llegan mañana y podré estar un poco más libre.
-¿Por qué sigues aquí? –dijo Anna de repente. Tamao la miró, sin comprender-. No me malinterpretes, me encanta que estés aquí, pero supongo que querrás tener una vida más allá de la familia Asakura. No vas a estar ayudándonos de por vida. En algún momento tendrás que plantarte y decir adiós.
-Hace muchísimos años que mi vida pertenece a la familia Asakura, Anna –respondió Tamao-. Aunque me fuera ahora, no sabría qué hacer. Mi sitio está aquí.
-Nunca es tarde para comenzar una nueva vida. Por lo menos piénsalo. Es hora de que vivas por y para ti –y salió de la cocina, con su hijo medio dormido en brazos, aunque no le dio tiempo siquiera a llegar al salón, ya que el timbre sonó en esos instantes.
-¡Ya voy yo! –exclamó la rubia, ya que se encontraba cerca de la entrada. Al abrir la puerta se encontró con una mujer rubia y esbelta, de ojos fríos como el hielo, y con un hombre alto y musculoso que le dedicaba una sonrisa amable-. ¡Yoh, Anna! ¿No llegabais mañana?
-Sí, pero nuestro vuelo se adelantó, así que llegamos antes de lo previsto –respondió Yoh, con cara d disculpa. Luego se fijó en el niño que Anna llevaba en brazos-. ¡Cuánto ha crecido! ¡Si parece que fue ayer cuando nació!
-A mí me lo vas a decir… -respondió la joven, haciéndose a un lado para dejar pasar a sus suegros.
Fueron a la cocina, donde Tamao los recibió, también sorprendida por la repentina aparición.
-¿Y Hana y Shizuka? –preguntó la sacerdotisa, extrañada por no haberlos visto todavía.
-Asómate a la ventana –contestó Tamao malhumorada. Mientras Yoh y su esposa miraban por la ventana cómo Hana intentaba que Shizuka invocara algún espíritu de la tierra, la peli rosa comenzó a despotricar-. Esa niña va a acabar conmigo. Nunca me hace caso, intento entrenarla y lo único que consigo es enfadarme con ella porque no obedece; está pensando todo el día en comer y en hacer lo que le da la gana mientras que yo me esfuerzo en centrarla, pero es inútil. Y claro, luego se lo digo a Hana, y ella le pone ojitos de cordero degollado y vocecita de pena, de manera que él no la riñe y encima yo quedo de mala…
-Sin duda es clavada a ti, Yoh –comentó la esposa del shaman, con una sonrisa imperceptible-. Irritante a más no poder.
-Pero a Hana se le cae la baba con ella –dijo Anna, que ya había dejado a su hijo en el suelo. Éste se puso a comer el aperitivo que había dejado su tía libre, puesto que él también tenía hambre-. Y las malas somos Tamao y yo por reñirla.
Mientras ellos hablaban en la cocina, Hana comenzaba a perder un poco la paciencia con su hermana.
-Shizuka, en serio, concéntrate. Me contentaré con que lo consigas una vez, ¡pero hazlo!
-Pero es que no puedo… -la niña miró hacia la ventana que daba a la cocina, y vio dos figuras que le sonaban, pero no sabía de qué. Señaló hacia allí-. Hermano, ¿quiénes son?
El rubio se volvió hacia donde indicaba su hermana.
-Son papá y mamá. ¿No recuerdas que te enseñé fotos suyas y te expliqué dónde estaban?
-¡Es verdad! –dijo la niña. Los ojos le comenzaron a brillar con expectación-. ¡Papi! ¡Mami! –y salió corriendo hacia allí. Hana sonrió, conforme, y siguió al terremoto que era su hermana.
Al escuchar los gritos de la niña, Yoh y Anna se volvieron, sorprendidos, justo para ver como la pequeña entraba por la puerta del jardín y abrazaba primero a su padre, y luego a su madre. Ambos, todavía en shock, observaron cómo Shizuka se cogía de sus manos y sonreía de oreja a oreja.
Yoh y Anna levantaron la vista hasta enfocar a su hijo, que los observaba divertido.
-Hace tres años le expliqué todo lo que necesitaba saber sobre vosotros –respondió el joven a la pregunta no formulada de sus padres-. Como ya veis, se lo ha tomado muy bien.
Volvieron a bajar la vista hacia su hija, que todavía los tenía cogidos de la mano, conmovidos. Pero había algo que había captado la atención de la pequeña.
-¡Kensuke! –gritó, furiosa. El niño se volvió hacia ella-. ¡Te estás comiendo mi comida!
-¡Estaba aquí puesta y no había nadie! –replicó el niño, enfadado con su tía. Se bajó de la silla y la encaró-. ¡Además, si tanto la querías, habértela comido!
La discusión continuó, y para cuando los mayores consiguieron pararla, Tamao ya había terminado de preparar la cena.
La cena transcurrió con tranquilidad. Bueno, con toda la tranquilidad que se puede alcanzar estando dos niños pequeños.
Después de cenar, Yoh, su esposa, Tamao y los niños fueron al salón, mientras que Anna y Hana recogían y fregaban los platos, como hacían normalmente. Cuando terminaron, fueron al salón. Yoh estaba jugando con Shizuka y Kensuke en la alfombra. Estos dos no paraban de reír, y Tamao y Anna los observaban desde el sofá.
Anna y Hana se quedaron en el umbral de la puerta, contemplando la escena, conmovidos. Entonces, el rubio abrazó por la cintura a su esposa desde atrás y acarició imperceptiblemente su vientre, gesto suficiente para que ésta sonriera y colocara las manos sobre las de su esposo.
Sin lugar a dudas, la escena que estaban viendo tendría una personita más en unos cuantos meses.
