Capítulo 1.- Corazón loco

Madrid, siglo X.

La noche después de que Marieta/Cid rescatase a Pepa/Zaida.

"Una es el amor sagrado

compañera de mi vida

y esposa y madre a la vez;

y la otra es el amor prohibido

complemento de mi alma

y al que no renunciaré.

.

Y ahora ya puedes saber,

como se pueden querer

dos mujeres a la vez...

Y no estar loco"

"Corazón loco"

Bebo Valdés y Diego el Cigala


Con la noche Vargas, Pepa y Marieta salieron del edificio de los alfolíes y, entre sombras y bajo la luna, llegaron hasta la puerta de la Vega; allí, maldiciendo su suerte, descubrieron que dos soldados hacían guardia.

Impidiéndoles salir de la muralla.

- ¿Y ahora qué vamos a hacer? -gruñó Pepa-. ¡Si no podemos salir de la almudaina, no podremos llegar a la casa de Maslama!

- Si no podemos salir de la almudaina, Flores -apuntó Vargas-, yo me preocuparía más por acabar desolladitas vivas por los soldados de su marido de usted.

Marieta se acuclilló junto a ellas en la esquina de la herrería, tras unas tinajas vacías. Con toda la calma que logró reunir, evaluó opciones: la pistola de Pepa aun tenía cuatro balas, pero usarla causaría mucho alboroto; distrayendo a uno de los soldados con algo de zorrerío, se le ocurrió, Vargas podría dar un culatazo, pero no dos. Eso por no mencionar la puerta: aunque se deshicieran de los guardias, tendrían que abrir los portones cerrados y, aun con la llave, no sería una operación que no llamara la atención del resto de hombres apostados en las almenas.

- Probemos en la Puerta de Santa María -recordó Marieta-. Es posible que sólo esté vigilada ésta.

Así lo hicieron.

Pero además de descubrir que en lo alto de los muros habían apostados hombres cada treinta pasos, de nuevo, otros dos guardias les cerraban el paso por la nueva salida de la muralla. Sólo les quedaba la del norte, la Puerta de la Sagra, pero aquella no sólo no les acercaba al barrio mozárabe, sino que las llevaba de vuelta directamente al recinto del alcázar.

Estaban encerradas, comprendió Marieta, dentro de la almudaina.

- Quizás debamos escondernos hasta que abran las puertas por el día -pensó en voz alta, ocultas las tres en un callejón-. Están buscando a dos mujeres y al Cid. Si nos separamos, podríamos intentar...

- De Las Heras... No me parece buena idea -opinó Vargas-. Nos queda menos de un día para regresarnos al Ministerio; no es cosa de entretenerse. Además, como detengan a una estaremos peor que ahora... Tiene que haber mejor solución. -Luego, asqueada, olfateó el aire-. ¿Qué carajo es ese pinche olor?

Marieta asomó la vista dentro de lo que parecía la casa que cerraba el callejón.

Eran, comprendió por los tronos y la peste, unas letrinas.

Pepa pidió silencio.

Luego Marieta también captó el sonido.

Se oía el agua correr.


- Creo que tengo una idea -murmuró Pepa.

Serpenteando por las calles, siguieron el arroyuelo de caca atentas a no salir de la oscuridad. Al pie de la muralla, por fin, encontraron el colector donde acababa; se trataba de un agujero en el muro, acabado en un arco de poco más de un metro a ras de suelo y protegido por una reja, por donde parecían salir las aguas fecales.

Los soldados más cercanos, informó Vargas tras un vistazo, parecían más dormidos que despiertos; además, su lejanía a aquel punto de la muralla no era casual: decir que apestaba era quedarse muy, muy corta; aunque por la noche las aguas que corrían no serían fecales, los restos del día que no se llevaba la corriente habían cubierto las piedras del desagüe de un limo entre verde y marrón que, como todo en varias decenas de metros a la redonda, dejaba pocas dudas del tipo de aguas que salían de la almudaina por allí, aprovechando el desnivel.

Pepa puso las manos donde pudo, ¡ay Señor qué asco!, y asomó la cabeza para estudiar la reja.

Con nuevas esperanzas comprobó que faltaban dos barras por el centro: había hueco.

- ¡Debe dar al arroyo de San Pedro! -exclamó en susurros sin apenas poder contenerse-. ¡Es estrecho pero cabemos! ¡Podemos salir por aquí!

Vargas no tenía todas consigo.

- No recuerdo con cariño la última cistitis que me subió, mihija.

- No creo que tengamos más opciones -murmuró Marieta, sin ocultar su propio asco.

Sin decir más, Pepa la vio meterse en la corriente, el agua por la cintura, y pasar la primera por el hueco.

Vargas la siguió, jurando sin parar.

Pepa tras meterse la pistola en el escote fue la última en saltar al aliviadero. Encontró el suelo blando, (¡que fuera barro por la Virgen, que fuera barro!), y la corriente más fuerte de lo que esperaba. Sintió el agua como hielo en su cintura y al agacharse para pasar por el hueco entre los hierros, a los pocos segundos, de la impresión inicial había pasado a tiritar.

Siguió en silencio a Marieta y a Vargas quienes, unos metros por delante, aun no salían de lo que se estaba empezando a convertir en una acequia; cuando llegó a su altura descubrió por qué: varios hombres de la guarnición del cadí estaban cerca, hablando al pie de una hoguera.

Pepa bajó la cabeza, y sintió el agua helada al cuello, aguantando como pudo las arcadas.

Braceó hasta encontrarse con Vargas y Marieta, más adelante, pasados los guardias.

Salieron en silencio.

Marieta vomitó.

Se encontraban, Pepa lo reconoció a pesar de la noche, en uno de los regadíos del barrio cristiano.


Llegaron a la pinche casa de Maslama después, tiritando, oliendo a mierda, luces de velas del otro lado de la cancela.

Isabel ni se molestó en intentar platicar.

Cuando tras llamar varias veces apareció el desgraciado del criado de la nariz, le plantó el puño de la gumia en el vendaje y aprovechando que el pendejo cayó de espaldas, metió el brazo por la mira y abrió la tranca con la ayuda de la hoja.

Cuando fue a dar alarma, Isabel le puso la pinche daga al cuello.

- Mira, pendejón -susurró-... Huelo a mierda, tengo frío y la paciencia ya se me acabó. Llama al señor y a la señora. En silencio. Queremos platicar.

Isabel vio al criado asentir, despacio, nuevos rastros de sangre cayéndole sobre los labios.

De las Heras y Flores se acercaron a la boca del pozo en el centro del patio, mientras el criado subía a las habitaciones.

- ¿Crees que podrá hacernos volver? -preguntó De Las Heras.

Flores suspiró a punto, parecía, de encogerse de hombros.

- No lo sé -admitió-. Pero es la única opción que tenemos.

La voz de la señora de la casa les llegó entonces desde lo alto.

- ¡Mío esposo non ser! ¡Marchavos o avisare soldados cadí! -ordenó sin bajar la voz en absoluto.

Isabel vio los ojos de Flores entecerrarse en una mueca que le hizo sacarse al señor Walther del entreteto; supuso que volver a encontrarse con la güila que la había entregado como esclava al cadí, no la debía poner de buen recuerdo.

- Señora... -intentó De Las Heras, más diplomática.

- Mire morocha -le interrumpió Isabel; con aquella pájara mejor abreviar-. Hemos venido a platicar con Maslama o al descarmenamiento. Si su marido no está, pues ya sabe lo que le toca.

Maslama apareció entonces en el patio, sorprendido, somnoliento y envuelto en una capa. Cuando se acercó a Flores y fue a tocarle el rostro, pues se le arrugó la nariz al galán.

- ¡Ahmed! -ordenó-. Hierve agua y prepara tres baños. ¡Rápido! ¡Nuestras invitadas pueden enfermar!


Se formó una pequeña revolución en la casa de Maslama, mientras varias criadas iban y venían con cubos al pozo y encendían leños en las cocinas. Las llevaron a una habitación de piedra, en la planta baja, donde entre candiles y velas prepararon tres pequeños barreños y a la misma vez llenaban una pila enorme, donde cabían las tres.

Marieta comprendió que las iba a limpiar antes de bañarlas.

Con cada una de pie dentro de su jofaina y por turnos, dos criadas las desvistieron. Vargas, tras unos momentos de confusión, mumuró un leve "perdón" y les dio la espalda. Luego las frotaron de pies a cabeza con espartos y un líquido que a Marieta le recordó a un basto jabón.

Tras aclararlas con agua caliente, las metieron en la bañera grande.

Fue una sensación agradable y tranquila que mató los escalofríos, los estornudos y las tiritonas. Pepa no pudo evitar que se le escapara la risa al ver que Vargas hacía lo posible por evitar mirarlas.

- Gracias por el esfuerzo, Vargas -sonrió Marieta.

- No me lo agradecen ustedes lo suficiente -gruñó la otra-. ¿Y ahora qué?

Los pasos dentro de los baños de la casa de Maslama interrumpieron cualquier respuesta.

- Ahora vos vais de mía casa con sol -mumuró al llegar la negra Fatima con paños para secarlas-. O lo facéis así o llamare soldados cadí.

- Si llamas a los soldados prenderán también a Maslama -observó Pepa, secamente-. Él nos ayudó a escapar.

Fatima se la quedó mirando unos segundos, tirando puñales con cada parpadeo.

Marieta comprobó cómo Pepa le aguantaba la mirada, probablemente con ganas de salir del baño y empezar el descarmenamiento.

- Señora -intervino Marieta, tratando de poner paz-... Si esta situación está como está, es por su culpa. Nada de esto hubiera pasado si nos hubiese permitido esperar a Maslama aquí.

- Verdad, Rizos -suspiró Vargas, los codos sobre los bordes de la bañera-. ¿Cómo era esa pinche palabra que dicen por aquí tan a menudo? Maktub, ¿sí?

La negra Fatima dejó los paños sobre una piedra, murmurando maldiciones en su lengua.

- ¿Qué queréis del mío marido? -mumuró al fin, apretando los puños.

- Que nos ayude a marcharnos señora -explicó Marieta-. Cuanto antes nos ayude, antes nos iremos de aquí.


Tras el baño las llevaron a una habitación de invitados en el primer piso.

Allí les esperaban tres camastros que acababan de ser preparados por el criado de la nariz y las criadas de los baños quienes, agotadas por el trajín nocturno, se fueron finalmente a descansar.

En la puerta les esperaba el mismísimo Maslama.

Pepa quedó con él mientras Marieta y Vargas les daban algo de intimidad.

- ¿Por qué non vos volvisteis al futuro? ¿Qué pasó?

Pepa había esperado que, pasados los efectos de la shisha, sentirse alobá delante de Maslama fuese sólo un recuerdo.

Pero no era así.

Como una tonta, al tenerle cerca, sólo deseaba que se le acercara más y que aquel olor la volviese a rodear en un abrazo; había esperado no volver a verle nunca tras escapar de la plaza de toros; había esperado no volver a verle nunca después de que el eunuco se la hubiera llevado de vuelta al harén del cadí.

Pero allí estaba. Otra vez.

Allí estaba, con ella, su barba morena y sus labios gruesos, sus rasgos árabes y sus ojos sinceros. Y tonta de ella, sólo era capaz de recordar a lo que sabían sus labios.

¿Por qué se sentía así si sólo sabía de él a lo que sabían sus labios?

- Un hombre, también del futuro, nos robó el fragmento de pergamino -explicó logrando contenerse-. Cerró la puerta para volver a nuestro tiempo.

Maslama asintió. Pepa creyó ver que, como ella, se esforzaba por mantener las distancias.

- Descansad ahora -propuso-. Mañana esa puerta abriremos.

Pepa negó con la cabeza.

- La puerta ha desaparecido -explicó-. Teníamos la esperanza de que quizás tú...

- ¿Sí?

- Podrías ayudarnos a encontrar otra.

Maslama cambió su mirada. En sus ojos, Pepa creyó ver preocupación.

- ¿Qué puedo yo...?

- Este lugar... Tú... Ese fragmento de Pergamino -trató de explicar Pepa-... Está todo conectado. Maslama, eres nuestra única esperanza.

De la preocupación, sus ojos pasaron a reflejar confusión.

- Yo non... Zaida..., yo non sabere cómo ayudarvos.


NdA: Este va para fridda. Me dio la cita inicial y me ayudó a salvar Toros (todo lo que se podía salvar, al menos). Gracias.