HOLA A TODXS!
Siento la tardanza pero al fin estoy de vuelta. ¡Mil gracias por la gran acogida que tuve el último capi, todavía estoy soprendida por el número de visitas que recibió! ¡MIL Y UN GRACIAS!
Hoy no tengo mucho tiempo para publicar, así que no me demoro demasiado. Espero que les guste este capi, aunque les adelanto que un poco más lento pero ya les revelo que grandes cosas se aproximan.
¡Un saludo enorme!
Capítulo 15
Cuando Astrid despertó sintió un fuerte dolor de cabeza acompañado de una gran sensación de fatiga. Aquella lucha contra el mar la había dejado exhausta y los fuertes rayos de sol no habían ayudado demasiado a su descanso. Se despertó de calor al sentir el sol en su rostro y en sus ropas, sin saber cuánto habían dormido o donde estaban. Hizo amago de incorporarse cuando descubrió que estaba tomada de la mano por Hipo. Aquello fue una sensación extraña que decidió establecerse sin permiso bajo su pecho. No entendía muy bien qué le estaba pasando ni por qué aquel chico pálido y flacucho tenía ese efecto en ella. Fue entonces cuando se atrevió a mirar su rostro tranquilo que todavía seguía durmiendo sin importarle el sol. Se veía incluso más guapo cuando dormía, pensó, recordando también la noche anterior, cuando lo vio al despertar y cómo se quedó observándolo un rato. Este pensamiento la avergonzó profundamente y se zafó de la mano del chico para poder levantarse e inspeccionar. Al ponerse en pie notó un gran dolor en su hombro, el cual debía haberse dañado ante la falta de reposo y la gravedad de sus heridas. Se llevó la mano a esta zona y trató de moverla con cuidado.
—¿Te duele?
Al escuchar la voz del chico Astrid se sobresaltó, ya que pensaba que estaba dormido. ¿Cuándo se había despertado? Intentando calmar sus nervios volvió a sentarse en la arena. Esperaba profundamente que él no hubiese notado cómo lo había estado mirando.
—Un poco… —dijo con una voz más apagada de lo habitual, pero intentando disimular que estaba nerviosa.
Hipo se incorporó levemente en la arena y se desperezó un poco, notando cómo su maltratado cuerpo se quejaba. Fue entonces cuando se acercó un poco a ella, escrutando su herida, no sin antes tener que parpadear varias veces debido a la soñolienza.
—Esto… —comenzó a decir con cierta timidez—, ¿pue… puedo?
Astrid comprendió a qué se refería y su corazón no pudo evitar acelerarse. Con cuidado desplazó el cuello de la camisa hasta su hombro, dejándolo al desnudo. Un escalofrío recorrió su cuerpo al notar las manos de Hipo sobre él.
—¿Y bien? —logró decir disimulando y sonando bastante ruda.
—La herida está algo inflamada, —escrutó mientras deslizaba su dedo por el borde de la cicatriz todavía en proceso de cierre—. No te ha venido bien ese esfuerzo…. aunque creo que la sal del mar te ha curado una posible infección.
Tras decir esto, muy cauto, como solía serlo, se alejó de ella con cierta inseguridad y miró hacia otro lado mientras la chica se volvía a vestir el hombro. Astrid respiró aliviada, intentando controlar sus emociones.
—Bueno, será mejor que nos pongamos en marcha—dijo Hipo levantándose y tendiéndole la mano a su compañera para que se levantara también.
Astrid solía odiar ese gesto en los chicos, ya que siempre le hacía sentir como una damisela en apuros que necesitaba la ayuda de un vikingo para ponerse en pie. No obstante, en aquel momento sintió aquel gesto como algo cómplice e íntimo, así que decidió aceptar aquella mano que había estado sujetando toda la noche.
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—¡Bastardos!
La multitud entera gritaba sin parar acerca de lo ocurrido. El rumor era tan grande que apenas se podía oír nada. Aren, en lo alto del atril del campo de entrenamiento volvió a pedir silencio para continuar hablando.
—¡Silencio hermanos! —pidió con ímpetu, consiguiendo acallar a la gran mayoría.
En su brazo izquierdo llevaba una nota que mostraba sin cesar a la muchedumbre furiosa.
—¡Esos bastardos nos han declarado la guerra!
La gente volvió a gritar y Aren tuvo que volver a luchar por su atención.
—Al parecer la muerte de su hija ni siquiera les ha conmocionado… —comenzó a relatar Aren.
—¡Demonios! —gritó alguien.
—Todavía nos reclaman más rutas de comercio y armas y esta vez… ¡a cambio de la libertad de nuestro jefe!
Aquello último hizo enfurecer al gentío quien comenzó a alzar sus hachas en son de guerra. Heather contemplaba desde lejos todo el numerito. Aren estaba tan ansioso que ni siquiera se había esperado a que su tío realmente llegara a isla pesadilla cuando ya estaba informando a todos de que la guerra había sido declarada. De todos modos, pensó, era una cuestión de tiempo que algo así pasara, pues, aunque Aren no lo supiera, ella había leído todas las cartas que le confió para los mercaderes y sabía que lo que estaba planteando superaba con creces todo lo que ella pudiera soportar. Les había declarado la guerra a Isla Pesadilla al decirles que su hija corría peligro sino aumentaban su oferta y en cuanto Estoico pusiera un pie allí notificando su muerte seguramente lo matarían sin pedir explicaciones y sin querer oír lo que realmente había ocurrido. Y lo peor es que ahora llegaba la segunda parte de su plan.
—¡Debemos ir a rescatar a nuestro jefe! —gritó Aren volviendo a agitar a todos.
—¡Iremos todos!¡A los barcos! —comenzó a clamar el gentío.
—¡Alto! —pidió Aren— ¡Eso es justo lo quieren esos traidores! Si vamos todos podrán atacar nuestra isla donde tenemos todo cuanto necesitan para superarnos, debemos pensar en nuestra gente, como haría mi tío Estoico.
Heather bufó ante ese dramatismo fallido y simplemente decidió marcharse de la plaza. Quizás era hora de empezar a actuar por su cuenta.
—¿Y qué podemos hacer? —murmuraba la muchedumbre —. ¿Cómo vamos a salir de esta? ¿Qué pasa con Estoico?
—¡Tranquilos! ¡Tengo un plan! —aseguró Aren, consiguiendo toda la atención de la masa—, propongo que todos aquellos hombres fieles a mi tío en cuerpo y espíritu, sus auténticos amigos, aquellos que darían la vida por él—especificó con un dramatismo innecesario—, partan de inmediato en un barco y lo traigan de vuelta —explicó evitando revelar la auténtica intención de todo aquello, añadiendo finalmente la guinda al pastel—. Todos sabemos que un vikingo que lucha por un amigo tiene la fuerza de tres vikingos y el hacha guiada por los dioses.
Ante aquel dicho popular bien conocido por todos, la multitud entera sintió entrar en razón y aclamaron la acertada decisión de su nuevo jefe.
—El resto se quedará en la isla y se preparará para defenderla de lo que se aproxima.
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—¿Dónde está Chimuelo? —preguntó Hipo desconcertado, notando cómo algo no iba bien. —¡Chimuelo! —comenzó a gritar en todas direcciones.
—¡Chimuelo! —gritó Astrid también.
Aquella isla parecía mucho más grande que un simple islote rocoso en el mar, algo que realmente extrañó a Hipo, puesto que había mapeado bien la zona y nunca vio más que cuatro o cinco formaciones rocosas. Se sentía completamente desorientado.
—¡Chimuelo! —volvió a gritar Hipo, esta vez mucho más preocupado.
—¿Y si se ha adentrado en la isla? —presupuso Astrid, señalando el final de la arena y el inicio de selva.
—Eso no tiene sentido…. —dijo Hipo más para sí mismo que como respuesta—. Chimuelo no se alejaría de nosotros y menos cuando estábamos dormidos e indefensos.
Astrid se quedó en silencio, temiendo que algo malo pudiera haberle pasado al dragón. Hipo por su parte parecía tan preocupado por su amigo que no pensaba con claridad.
—¡Huellas! —gritó Astrid—, busquemos en la arena, así sabremos en qué dirección se ha marchado.
Pero por más que buscaron no había huellas del dragón por ninguna parte ni siquiera de unos posibles captores.
—Esto no tiene sentido… —Hipo se llevó la mano a la barbilla mientras seguía inspeccionando el suelo.
—Quizás se fue volando por alguna razón…—dijo Astrid quien inmediatamente se dio cuenta de que aquello tampoco sonaba nada razonable.
—Hay cosas que no me cuadran de esta isla… —expresó Hipo mientras daba una vuelta sobre sí mismo escrutando su ubicación.
Tras esto se agachó y sacó del traje una especie de libreta que comenzó a desplegar como un mapa. Astrid se acercó curiosa. Era la segunda vez que veía aquel mapa, pero la primera que Hipo lo desplegaba tanto. En el fondo sentía envidia del chico y de los numerosos viajes que había hecho para conseguir cartografiar todo aquello.
—Mira… —le indicó a Astrid—, ayer partimos desde aquí en esta dirección —señaló en el mapa—. Y tras eso más o menos caímos a esta altura y… si seguimos la dirección del sol… No… no puedo calcular exactamente dónde estamos, pero lo que es seguro es que tenemos que estar en esta zona—dijo mientras trazaba un círculo imaginario sobre una parte del mapa—. ¡Y no tiene sentido! He pasado mil veces por aquí y no había nada. ¿De dónde sale esta isla?
Astrid intentaba pensar con claridad ya que notaba cómo Hipo estaba ligeramente alterado.
—Quizás nos desviamos un poco—dijo mientras colocaba su mano en el hombro de Hipo como señal de apoyo—. Te prometo que lo vamos a encontrar, quizás sólo se fue a explorar…
—O quizás le haya pasado algo malo—dijo mientras se levantaba y recogía el mapa—. Sea lo que sea no perdamos más tiempo.
Astrid asintió y ambos decidieron adentrarse en la selva.
La espesura comenzó a incrementarse a medida que caminaban y aunque ambos eran ágiles moviéndose por aquel terreno, la deshidratación fue haciendo mella en ellos cada vez con más intensidad. Llevaban un día sin comer ni beber y sumado a la humedad del lugar no tardaron en tener que hacer una pausa para descansar. Ambos respiraban con dificultad y el sudor les empapaba sus sucias ropas. Al principio trataron de conversar un rato, pero finalmente el silencio se volvió un mejor aliado. Por ninguna parte había rastro del dragón e Hipo parecía empezar a desmoronarse. Tras horas entre aquel mar de vegetación encontraron un riachuelo que se abría paso entre los árboles. Inmediatamente ambos se lanzaron hacia aquel regalo de agua, bebiendo todo cuanto podían y finalmente zambulléndose en él, pese a que la profundidad no les superara las rodillas.
—Siento todo esto…—dijo Hipo una vez se sentaron sobre unas piedras junto al riachuelo—. Debí haberte escuchado cuando dijiste que había algo en el agua.
Junto a ellos estaba la gran mayoría de su ropa, dejándose secar sobre una roca.
—No… —le respondió Astrid—, créeme, la culpa de todo esto es mía… supongo que soy yo la que te ha metido en todo este lío.
Hipo la miró extrañado, aunque apartó la vista de ella rápidamente, ya que la visión de su cuerpo prácticamente desnudo le ponía muy nervioso.
—No sé… quizás te pedí demasiado con eso de llevarme hasta Berk—explicó—, de hecho, todavía no sé por qué aceptaste, si ni siquiera ganas nada a cambio.
—Bueno, te dije que te dejaría cerca…—sugirió él—. Me pilla prácticamente de paso para otros asuntos…
Por primera en aquellas palabras Astrid sintió que Hipo le estaba mintiendo. Sabía que aquel chico le ocultaba cosas, de hecho, realmente no era más que un desconocido por mucho que estuvieran jugando a ser una especie de equipo, pero aun así sentía que esta vez le mentía de verdad.
De repente algo interrumpió aquella conversación. Un sonido que cortó el viento. Un siseo metálico y punzante. Hipo se quejó rápidamente al sentir su contacto.
—¡Qué ha sido eso! — exclamó Astrid mientras se ponía en pie velozmente y miraba a su alrededor con nerviosismo.
Hipo se llevó la mano a la nuca donde sintió aquel objeto punzante. Sin mucho cuidado se lo arrancó, derramando algunas gotas de sangre que mancharon sus manos y su cuello.
—A…. Ast… Astrid…—intentó formular el chico.
Cuando Astrid pudo reaccionar ya era demasiado tarde. Dardos. Intentó acercase a Hipo cuando ella misma notó el roce punzante. Después de aquello todo se volvió completamente negro.
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El oleaje azotaba con temple el barco vikingo que entre tambaleos y crujidos se esforzaba por salir airoso de aquella danza con el mar. Los vikingos por su parte remaban con fuerza y comenzaban a desplegar la gran vela central para aprovechar mejor el viento del este que con un poco de suerte les ayudaría a arribar en tierra antes de lo esperado.
—Estoico, ¿todo bien? —preguntó uno de los marineros al jefe vikingo, quien observaba el mar muy serio.
—Sí, claro, todo bien…—dijo intentado no preocupar a los suyos.
—Si este viento sigue de nuestro lado llegaremos esta misma noche.
Estoico suspiró para sí mismo, con aquella pose autoritaria de brazos en jarra.
—Está bien muchachos, vamos a abrir con brío esa vela —gritó mientras se daba la vuelta—, ¡Tierra nos espera!
Los vikingos lanzaron un grito entusiasma y volvieron al trabajo.
—Y tú—le dijo al marinero que estaba con él—, deberías ir a descansar un poco, ya has hecho demasiado estos días.
El hombre asintió agradecido.
—Gracias Estoico—le agradeció—, pero no soy el único que debería descansar, tienes mal aspecto amigo.
Tras esto le dio una palmada en la espalda y se marchó. Estoico volvió a mirar al mar en dirección a Isla Pesadilla.
—No me pasa nada…—dijo para sí mismo en voz alta—, solo ha sido un mal presentimiento.
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Lo primero que vio Astrid al despertar fue un extraño objeto de colores que colgaba bajo el techo. La cabeza le daba vueltas y se encontraba muy mareada. No obstante, no pudo evitar incorporarse de golpe y sobresaltarse al ver que no estaba sola.
—Sshhh, tranquila—dijo una joven desconocida que estaba a su lado—. Debes descansar…
La chica intentó recostar a Astrid en la cama, pero la vikinga no pudo evitar zafarse bruscamente de su contacto.
—¡No me toques! —gritó escrutándola—. ¿Qui… quién eres tú? ¿Dónde se supone que estoy? —Astrid miró a su alrededor sin reconocer nada—. ¿Dónde está Hipo? ¿Qué le habéis hecho?
Ante todas sus preguntas la extraña chica solo sonrió levemente mientras torcía su gesto en incomprensión.
—Demasiadas preguntas… —le respondió mientras se giraba y volcaba una especie de tetera que tenía en una mesita cerca a la cama de Astrid—. Todavía no estas recuperada del todo, —explicó mientras le ofrecía una taza de aquel líquido extraño—, vamos bebe un poco, te ayudará a encontrarte mejor.
Astrid abofeteó aquella ofrenda haciendo que la taza cayera al suelo y se quebrara, derramando todo su líquido.
—¡No quiero beber nada! —le contestó mientras se levantaba de la cama y se aleja de la chica—. Dime ahora mismo dónde estoy y dónde está Hipo.
La chica la miró con ojos lastimosos mientras se frotaba las manos. Aquel líquido caliente se había derramado en gran parte sobre la extraña y ahora se frotaba las manos con cierto dolor.
—¡Contéstame! —inquirió Astrid.
La chica no dijo nada, ni siquiera se levantó de donde estaba. Astrid al ver su pasividad sintió algo de pena, pero en aquel momento la desesperación le podía así que olvidó a la chica y se puso a buscar una salida, corriendo en dirección a lo que imaginó que era una puerta. La chica misteriosa ni siquiera trató de impedírselo.
Cuando Astrid puso un pie en el exterior sintió el sol como un enemigo potente y tuvo que cerrar los ojos para evitar la ceguera.
—¡Ah veo que ya estas despierta!
Astrid abrió los ojos algo aturdida. Lo cierto es que se encontraba muy mareada. Lo que vio frente así la dejó sin palabras. Era la silueta de una mujer, pero con alas y, ¡estaba volando!, como una diosa.
—Vaya sí que eres fuerte—prosiguió hablando—, pensé que no despertarías hasta tarde.
—¿Quién eres? —preguntó Astrid aturdida, contemplando la belleza de aquella mujer y pensando que había muerto—¿Freyja?
La mujer rio alto y sonoro, descendiendo levemente y posándose en el suelo frente a Astrid.
—Oh no, no —aclaró—, no merezco tal honor de ser comparada con la diosa.
Astrid que había recuperado mejor la vista seguía sin entender nada.
—Mi nombre es Atali y soy la líder de las doncellas aladas —se presentó sonriente—. Bienvenida a nuestra isla. ¿Tu nombre?
Astrid no sabía qué decir. ¿Doncellas aladas? ¿Una isla de personas con alas?
—Soy… Astrid.
—Pues bienvenida a nuestra isla Astrid—dijo volviéndole a sonreír amablemente.
—Ah… esto… yo
Astrid estaba llena de dudas y preguntas, tantas que no sabía ni cómo empezar.
—Gra… gracias por la bienvenida… esto… eh… yo… eh, estaba buscando a mi… quiero decir—Astrid no podía parar de mirar las alas plateadas de aquella imponente mujer.
—¿Buscas al hombre que te acompañaba? —descifró la doncella alada cambiando su gesto.
—Sí, ¿dónde está? —preguntó preocupada—. ¿Cómo hemos llegado aquí?
—Ah disculpa por el recibimiento—dijo refiriéndose a los dardos—, nuestra posición es secreta y preferimos que lo siga siendo, sentimos si somos algo bruscas en las formas y bueno, en cuanto al hombre, creo que ya ha despertado, pero tranquila, aquí estas a salvo.
Astrid notó cierto desprecio en su voz al hablar de Hipo y comenzó a pensar que algo no iba bien.
—Eh… ¿podría verle?
La mujer la miró extrañada.
—¡Atali! —gritó la extraña joven de antes al salir de aquella especie de cabaña donde tenían a Astrid—. La chica…
Pero la joven detuvo su discurso al ver a Astrid fuera. Seguramente iría a comunicarle que Astrid había escapado.
—Tranquila Mila, yo me encargo, puedes irte a descansar—le dijo amablemente y luego se fijó en sus manos—. Oh… ¿estás bien querida?
La líder de las doncellas aladas se acercó deprisa a la chica y sujetó sus manos con cariño. Lo cierto es que para ser la líder se la veía muy cercana con todos.
—Debes ir a la enfermería a que te pongan algo, ¿quieres que te acompañe?
—No, no, —negó la chica—, no es nada, estoy bien.
—Créeme debes ir, ya verás que mañana lo agradecerás. ¡Abril! —gritó entonces a otra doncella alada que pasaba cerca con un canasto—, acompaña a Mila a la enfermería.
Al ver a la otra chica Astrid descubrió que aquellas alas no les pertenecían a estas mujeres, sino que eran parte de una especie de dragones que llevaban a su espalda. Cuando las chicas se marcharon, Astrid pensó que le debía una disculpa a su líder y a su pueblo.
—Ay… quiero pedirle disculpas—le confesó a Atali—, por mi culpa esa chica se ha quemado las manos. Le prometo que no era mi intención, fue un accidente.
—Tranquila Astrid—dijo de corazón Atali, poniendo una mano sobre el hombro de la chica—. Entiendo que todo esto puede ser demasiado. ¿Te apetece que demos un paseo por la isla y así me cuentas un poco sobre ti?
Astrid dudó durante un momento, puesto que realmente su principal preocupación era encontrar a su compañero de viaje. No obstante, pensó que debía actuar de manera inteligente y era mejor no despreciar los deseos de la líder de una isla desconocida. Así pues, aceptó.
Atali le mostró gran parte de su isla y cómo vivían las doncellas aladas. Muchas de ellas eran guerreras y llevaban una vida de dedicada al cultivo de la mente y la recolección. Además de sus bibliotecas, Atali también le mostró las zonas comunes donde las doncellas aladas se reunían para conversar y realizar otros quehaceres. Lo cierto es que aquella especie de poblado en el corazón de la isla no se parecía a nada que Astrid hubiera visto anteriormente. Todo de rebozaba de un encanto milenario y el esplendor de los dioses. Astrid le hizo muchas preguntas a Atali sobre todo en cuanto a aquello seres que llevaban a sus espaldas.
—Las doncellas aladas fuimos elegidas por la diosa Freyja para salvar y proteger a los bebés de los látigos afilados, para protegerlos de los machos ya que estos los devoran al nacer —relató—. Los látigos afilados nacen ciegos e indefensos, por eso sus madres los confían a nuestra protección y cuidado hasta que se vuelven suficientemente fuertes como para volar solos y defenderse. Por esta razón los cargamos a la espalda, —explicó—, ellos nos eligen y automáticamente establecen un vínculo poderoso e irrompible. Es nuestra misión por tanto proteger esta isla y este ciclo.
—Me parece algo muy bonito lo que hacéis—dijo Astrid de corazón, quien no se hubiese imaginado a sí misma diciendo esto hace unos meses, cuando su único deseo era matar dragones.
—¿De dónde vienes? —preguntó Atali.
Astrid trató de ser cauta, pero aun así sintió que podría fiarse de aquella mujer.
—Provengo del archipiélago vikingo, de una de las islas del comercio del este.
—Vaya… pensé que en el archipiélago matabais a los dragones.
—Y lo hacemos—explicó Astrid—, pero yo ya hace un tiempo que cambie mi parecer.
—Afortunadamente —rio Atali con su linda voz, —¿y qué hace una joven vikinga tan lejos de su hogar?
—Bueno…—suspiró—, todo empezó cuando mi padre, que es el jefe de nuestra isla, decidió que lo mejor para todos era mandarme a casar con la isla vecina…—intentó relatar Astrid sin encontrar muy bien la manera de hacerlo—, bueno lo cierto es que es una historia muy larga—se rindió, soltando también una leve risita.
La verdad es que, aunque no conocía a esa chica se sintió muy cómoda en la conversación.
—Bueno, así son siempre las grandes historias, princesa—sonrió Atali otorgándole un título que Astrid sentía que no le pertenecía—. Y dime, ¿cómo caíste en manos de ese cazador de dragones?
A Astrid se le paró el corazón al oír aquello.
—¿Cazador de dragones?
—Sí claro, el hombre que te acompañaba—especificó—. Rescatamos al dragón esta mañana al alba, el pobre tenía una cola destrozada… No podemos ni imaginar lo que debes haber sufrido, créeme no es la primera vez que rescatamos a una esclava…
—Ay dioses no—le dijo Astrid parando en seco su caminar e interrumpiéndola—. ¡Ay Thor no! Esto…. Ay no… esto es un malentendido.
—Tranquila, no debes avergonzarte, ahora estás a salvo y el dragón también.
—¡No! —gritó Astrid dejando a la líder bastante confundida—. Esto es un malentendido, Hipo no es un cazador de dragones y no, yo no soy su esclava.
—No te comprendo…
—Hipo nunca le haría daño a Chimuelo, ellos tienen un vínculo como vosotras con los látigos afilados—relató abrumada—, quiero decir, el chico es un jinete no un cazador, de echo solo me estaba ayudando a volver a casa.
Atali se llevó las manos a la boca y abrió sus ojos sorprendida. Tras esto, la doncella alada le pidió a Astrid que la siguiera.
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COMENTARIOS
SakuraLi-Taisho: ¡mil gracias por tu comentario! Yo también estoy muy contenta por seguir con la historia y créeme se me partía el alma al pensar que pudiera quedarse sin terminar. Y bueno, quizás habrá que esperar un poco a que Aren tome escarmiento... ¡ya todo se verá! Un saludo! Gracias por leer.
sombra02: ¡muchas gracias por comentar! Espero que te guste cómo van a ir a avando los acontecimientos en la isla, ¡y en lo que les depara! Espero que tú también estes bien, un saludo. Gracias por leer.
Y gracias a todos los que leen aunque no dejen comentario. ¡UN SALUDO!
