Harry hizo un gesto de asentimiento a lord McLaggen mientras este descendía por las escaleras.

- Buenos días, milord

McLaggen miró en dirección al tílburi con una mueca en los labios que probablemente estaba destinada a ser algo parecido a una sonrisa.

- Señor Potter, no sabia que tenia un gusto tan exquisito en lo referente a los caballos.

Harry acarició los cuartos traseros del semental

- Los caballos son una inversión como cualquier otra. Es importante obtener un buen rendimiento de ellos.

McLaggen echó un vistazo a la casa antes de volver a centrarse en él.

- Uno no puede conjeturar qué clase de recompensa espera obtener.

- No todo el mundo tiene los mismos objetivos en la vida.

Cinco años trabajando con aristócratas, mas otros veinte años viviendo con alguien tan testarudo como su padre, le habían proporcionado la habilidad necesaria para que la repugnancia y tensión que le había provocado aquel comentario no se reflejaran en su tono de voz. Incuso se las arregló para esbozar una sonrisa natural.

- En el pasado ha sabido aconsejarme muy bien, señor Potter. Permítame que le devuelva el favor –se puso los guantes, dando la sensación de que estaba perfectamente cómodo con aquella conversación.

Harry, sin embargo, se estaba poniendo cada vez mas nervioso. Si aquel hombre insultaba a lady Luna…. Bueno, no sabia lo que haría. En realidad, nada. Informar a Ron seria una estrategia mucho mas vengativa. McLaggen señaló con la cabeza hacia Granger House e hizo un gesto de asentimiento.

- La dama no merece el esfuerzo. Es usted un hombre de negocios como yo. Si su esposa no es un activo para sus transacciones, será la cruz que hunda su patrimonio. Lady Luna es demasiado variable. Será mejor que busque en otro lado.

McLaggen se quitó el sombrero a modo de despedida y se marchó caminando por la calle.

Harry negó con la cabeza mientras daba una última palmada al caballo en el cuello. Decidió que no diría nada por el momento. Con un poco de suerte, la presencia de McLaggen en Granger House se debía a que lady Hermione había cambiado de objetivo.

Estaba claro que ella y lord McLaggen estaban hechos el uno para el otro

-o-

Los pasos airados de Luna resonaron a través del vestíbulo y las escaleras. Por mucho que Hermione quisiera que su hermana se casara, estaba contenta porque su paseo con el señor Potter se hubiera torcido de ese modo. Si la obligaban a recibir con los brazos abiertos a aquel hombre en su familia, se casaría con Napoleón para tenerlo lo mas lejos posible.

Bueno, quizá no con Napoleón, pero sí con alguien que se le llevara lejos, muy lejos, para no tener que ver la cara del señor Potter y así poder refrenar la tentación que tenia de romperle un vaso en la cabeza cada vez que estaba delante de él.

Por suerte, el interés inicial de Luna por aquel hombre parecía haber disminuido y las cosas con lord McLaggen estaban yendo la mar de bien. Odiaba tener que invertir tanto tiempo en su plan alternativo, pero sus primeras elecciones no habían dado los frutos esperados y era muy fácil meter en cintura al conde. Si quería tenerlo comiendo de su mano, solo necesitaba fingir un poco de interés en su ganado.

Se acercó a la ventana para echar un vistazo a través de la cortina. Justo en ese momento, lord McLaggen se alejaba caminando de Granger House. El señor Potter, sin embargo, permanecía de pie frente a la puerta de su casa.

No sabia de lo que habían hablado ambos, pero sí que aquella conversación había arrancado una sonrisa a aquel hombre odioso; una sonrisa que llenó de calidez su apuesto rostro y que logró que su estómago diera un salto y se pusiera a bailar un vals con su corazón.

No. No. No. Nadie iba a provocar en ella esas sensaciones ridículas de las que siempre estaban hablando sus amigas. Y menos un hombre que ni siquiera estaba en su lista de posibles candidatos. No era reacia al amor, sabia que existía, pero no iba a permitir que una emoción que embotaba tanto la razón le nublara el juicio. Harry no era mas que una cara bonita y un conversador perspicaz.

En otras circunstancias, tal vez consideraría el beneficio de aquellas cualidades… pero las circunstancias eran las que eran y lo convertían en un mero incordio. Y en una distracción.

Debería estar pensando en lord McLaggen, no admirando lo bien que le quedaba aquel abrigo al señor Potter.

Además, ¿qué hacia todavía frente a su casa?

Volvió a fijarse en su casa y se quedó petrificada. La estaba mirando directamente y la medio sonrisa que lucían sus labios hacia unos instantes ahora se había transformado en una sonrisa en toda regla.

Se alejó de la ventana sin pensárselo dos veces. Las cortinas de encaje blanco se agitaron por el brusco movimiento.

McLaggen Tenia que centrar todos sus esfuerzos en McLaggen y conseguir que le propusiera matrimonio lo antes posible.

No podía esperar mucho tiempo.

-o-

El jueves por la mañana, Hermione lamentó profundamente que su amiga Ginevra se pusiera enferma. Su nariz enrojecida era prueba de ello. Por otro lado, sus esfuerzos por asegurarse la atención de lord McLaggen durante los últimos tres días habían tenido menos éxito de lo que esperaba.

Pero ahora que Ginevra estaba demasiado indispuesta como para ejercer de anfitriona en su reunión, tenia vía libre para asistir a la ópera con su madre y su hermana; una ópera a la que tenia entendido que McLaggen también acudiría. El potencial beneficio que aquello le reportaría se añadió a su lamento. Le habría encantado estar en esa reunión de lectura. Su semblante y su tono de voz se apreciaban contritos.

- Qué mala suerte que te hayas resfriado tan al principio de la temporada. Vas a tener que cancelar el recital de poemas.

Ginny se sorbió la nariz y se hundió entre los cojines del sofá familiar.

- Lo sé. Mientras estamos hablando, mi madre está enviando invitaciones con la nueva cita. Tampoco podemos celebrarlos el próximo viernes porque mi padre tiene programada una cena de suma importancia- terminó la frase sonándose la nariz de una forma absolutamente espantosa.

- Entonces tendrás que aplazarlo hasta dentro de dos semanas –intentó no parecer indignada por la enfermedad de su amiga.

- No –dijo Ginny con voz áspera -. Mi madre lo ha pospuesto para el próximo miércoles. Al principio pensé que era una tontería, pero me he dado cuenta de que es una idea brillante. Como el Parlamento no se reúne ese día, podrán asistir mas hombres.

Los ojos de Hermione brillaron de emoción. Ahora ya no parecía tanto tiempo. Aún se preguntaba por qué su amiga la había citado con tanta urgencia. No era que su resfriado fuera una tontería, pero la palabra urgente tenia un significado distinto para ella que para Ginny.

- Aunque no te he pedido que vinieras por eso –dijo Ginny devolviéndola al presente- me ha escrito.

Sacó un trozo de papel de la bandeja que había en la mesa de al lado, entusiasmada. Hermione la cogió con cuidado.

- ¿De quién es?

- Es de él –sonrió emocionada y frunciendo ligeramente el ceño para distinguir las letras.

La castaña se mostró desconcertada. No entendía muy bien a quién se refería. Solía estar al tanto de todo.

- ¿Él?

- El hombre de la máscara. Te dije que iba a casarme con él.

- ¿Descubriste quién era? –interrogó, recelosa.

- Bueno, no –musitó, algo avergonzada- pero menciona nuestra conversación en el baile y que está deseando acudir a mi recital de poesía, lo que significa, a pesar de tus reticencias, que es un candidato adecuado puesto que ha recibido una invitación.

Hermione estaba convencida de que había invitado a todos los hombres solteros emparentados con títulos nobiliarios superiores a la baronía.

- ¿Te ha escrito una nota pero no la ha firmado?

Daba la impresión de que ese hombre no tenia mucho mas a su favor que una posición posiblemente respetable. ¿No debería Ginevra exigir algo mas?

Una persistente vocecilla en su cabeza trató de señalarle que ella tampoco exigía mas que eso para si misma, así pues, ¿por qué habría de hacerlo Ginevra?

Hermione se removió, incómoda en su asiento. Por fortuna a Ginny le sobrevino un ataque de tos en ese preciso momento, haciendo que el repentino desasosiego de su amiga le pasara desapercibido.

Después de tomar un buen sorbo de té, Ginny agitó la nota en el aire.

- Ha firmado con una simple D. ¿No te parece romántico? Está manteniendo el misterio un poco mas.

¿Romántico? ¿Hablaba en serio? Farfulló, intentando encontrar las palabras apropiadas. Aquello no era romántico, era alarmante. Ese hombre podía ser cualquiera.

- ¿Crees que debería responderle?

- No sabrías a qué dirección enviarla –suspiró la castaña.

- Cierto –suspiró también.

- ¿Y no te ha llamado la atención ningún otro caballero?

Ella podía recomendarle unos cuantos. Como hija de un conde, Ginevra era un partido bastante respetable y podría permitirse el lujo de ser selectiva a la hora de elegir marido. La estupidez, para bien o para mal, no era un gran lastre en lo que al matrimonio se refería. Ginevra no tenia ninguna deficiencia que ocultar a un potencial pretendiente.

Su amiga frunció el ceño.

- Lord Zabini ha venido a visitarme un par de veces. Tengo entendido que, en breve tiempo, heredará una gran fortuna, dado al delicado estado de salud de su hermano. Pero solo me ha traído rosas.

Hermione la miró confundida.

- ¿Y qué problema tienen las rosas?

- ¡Son previsibles, Hermione! –se dejó caer sobre el brazo del sofá-. ¿Qué tienen de romántico las rosas?

Estaba claro que aquel resfriado estaba afectando a la mente de su amiga.

- Creo que deberías descansar, Ginny. Podemos volver a hablar de este asunto cuando te sientas mejor.

Ginny bostezó y se estiró sobre los cojines.

- Quiero algo romántico, Hermione, como en las novelas.

- Ya lo sé –suspiró.

- Como bien dices siempre, Hermione –murmuró Ginny-. El matrimonio no se puede dejar al azar. Tengo que asegurarme de que suceda.

Luchando contra una sensación de culpa aun mas intensa que antes, permaneció allí sentada hasta que Ginny se quedó dormida. Su amiga estaba siguiendo, a su manera, su ejemplo a la hora de encontrar marido. El problema era que, lo que tenia mucho sentido cuando Nym y ella lo hablaban, en boca de Ginny no sonaba bien. Al menos la exigencia de romance de su amiga, no era tan fría como sus requisitos de popularidad y posición social.

Por primera vez, Hermione se preguntó si de verdad estaba haciendo lo correcto.

-o-

Harry entró en la cocina de la casa de Ron con la misma naturalidad como si estuviera en su casa. La cocinera alzó la cabeza y le señaló con un cuchillo. Un gesto amenazador que no concordaba con el brillo divertido de sus ojos y la sonrisa que esbozaron sus labios.

- ¿No tiene otra cosa mejor que hacer que colarse en mi cocina, señor Potter?

- ¿En qué sitio podría conseguir las mejores galletas de Londres? –le guiñó un ojo y robó una galleta espolvoreada con azúcar que había en una bandeja antes de salir disparado hacia la escalera de servidumbre que llevaba a la parte principal de la casa.

Kreacher le estaba esperando arriba, con los brazos cruzados sobre el enorme pecho.

- ¿No le ha enviado un mensaje?

- Si –giró hacia la derecha para abrirse paso a través del mayordomo-. Uno muy críptico que decía: Mantente alejado. Obviamente, lo entendí como que tenia que venir de inmediato.

Kreacher soltó un suspiro.

- Está en el salón de baile.

¿En el salón de baile? ¿Qué demonios estaba haciendo Ron allí? Asintió y fue hacia la escalera principal.

- Oh, señor Potter –le llamó Kreacker. Harry se volvió- ¿me permite su sombrero y su abrigo?

Tras pasarle las prendas al mayordomo, subió las escaleras de dos en dos. ¿Qué podía haber alterado a Ron como para sentir la necesidad de pedirle que se mantuviera alejado? ¿Habría decidido lady Luna que no podía perdonarle?

En cuando llegó a la entrada del salón, se quedó inmóvil; su preocupación ascendió a un nivel estratosférico.

Ron estaba de pie, a varios metros de distancia de cuatro muñecos de paja a tamaño natural, lanzando cuchillos a diversas partes de los mismos. Cuando terminaba de arrojarlos todos, los recogía y volvía a empezar.

- Ya que has venido hasta aquí podrías entrar –dijo después de vaciar sus manos una vez mas.

Harry accedió al salón mientras Ron recogía los cuchillos.

- Creía que las cosas estaban yendo mejor.

La última semana había permanecido deliberadamente al margen de todo lo relacionado con las hermanas Granger, pero su amistad con Ron y Dean le habían mantenido al tanto de algunos detalles. Lo último que había oído sobre lady Luna era que no solo estaba a punto de perdonarle sino de admitir que también le amaba. ¿Cuándo se había ido todo al garete?

Ron lanzó un cuchillo al aire con especial fuerza y se hundió profundamente en el pecho del muñeco de mayor altura.

- La quiero demasiado como para dejar que la maten –espetó su amigo antes de taladrarle con la mirada-. Y se supone que tú tampoco deberías estar aquí.

- Envié un barco de contrabandistas a Francia para que tuvieras comida con la que sobornar a los aldeanos. Después de eso, colarme en tu casa a través de tu cocina es una tarea de críos –se cruzó de brazos.

Ron soltó un resoplido irónico.

- Era tu propio barco y me hiciste ir en bote hasta la orilla de la ensenada –se encogió de hombros-. La misión fue de mal en peor. Sabia que íbamos tras él y nos amenazó.

Se quedó esperando. Ron había sido espía durante nueve años. Había arriesgado su vida mas veces de que las que Harry podía contar. Tenia que haber algo mas detrás de todo aquello.

- La ha amenazado

El aire escapó de sus pulmones. Eso era lo que mas se había temido cuando Ron se negó a dejar el caso.

- ¿Está fuera de peligro?

- Debería estarlo. Siempre y cuando me mantenga alejado de ella. Hace tres días que no la he visto. Si sigo así, puede que nuestro hombre crea que no es tan importante para mi después de todo.

Si, pero lady Luna también podría llegar a la misma conclusión. Ahora entendía lo de los cuchillos.

- ¿Sabes quién es?

- Tengo mis sospechas, pero hasta que no le atrapemos no puedo hacer nada.

Harry cambió de peso de un pie a otro mientras Ron lanzaba tres cuchillos mas en una rápida sucesión.

- ¿En qué puedo ayudarte?

Ron suspiró y se pasó una mano por la frente.

- En nada. Tengo a un hombre controlando la propiedad de un sospechoso. En cuanto regrese, sabré algo mas. Hasta entonces, mantente alejado. Nuestra estrecha relación no es pública y notoria. Cuanto menos potenciales objetivos tenga este maniaco, mejor.

-o-

Las dudas de Hermione continuaron al día siguiente. El tiempo la mantuvo de mal humor y los cielos se abrieron para verter un diluvio por toda la ciudad de Londres. No podía permitirse el lujo de reconsiderar su postura. McLaggen no estaba cayendo de rodillas a sus pies, pero sí mostraba mas interés que el resto de candidatos de su lista.

Y aunque no se creyera que el duque anduviera detrás de su hermana, tampoco pensaba que estuviera interesado en ella. Excepto por el baile que compartieron en la velada de disfraces, el duque prácticamente no le había hecho caso. Además, al principio de la temporada cometió el error de no animar a ningún otro caballero, para centrarse exclusivamente en Marshington. Ahora, a cualquier intención marital que tuvieran dichos caballeros iba a dirigida a otras damas.

Una sensación de pánico se enroscó en los dedos de los pies, enviando una oleada de inquietud hasta sus hombros. Se dirigió al porche acristalado, donde había colocado sus pinturas aquella mañana. Lo único que necesitaba eran unas cuantas pinceladas de color para que todo volviera a tener sentido. O por lo menos que las cosas salieran como ella quería.

El lienzo la estaba esperando, intacto, virgen. Se estremeció violentamente. Una superficie perfecta para crear cualquier cosa que deseara. Si fuera así de fácil en la vida real… Pero la vida tenia mas de un pintor y los dibujos parecían cambiar mas rápido de lo que ella podía adaptarse.

Abrió uno de los cajones de su estuche de pintura y sacó la paleta y pinceles. Los colores se mezclaron mientras manipulaba las pinturas con menos prudencia de lo normal.

Los marrones y grises mancharon los bordes de los tonos mas vivos, invadiendo los espacios los unos de los otros. Tendría que seleccionar la pintura que quería usar con cuidado.

Lo mismo que a su futuro marido.

Sabia que no tenia mucha elección, pero era posible que el conde no se adaptara a sus necesidades. Aquella era un de las razones por las que en un primer momento lo situó en las posiciones inferiores de su lista de posibles candidatos.

Era rico, apuesto y muchas damas buscaban su atención. Pero una vez que estuvieran casados, ¿seguiría manteniendo esa posición privilegiada para siempre? Si su popularidad estaba unida a su condición de soltero, ¿se desvanecería al casarse? Y de ser así, ¿qué le pasaría a ella?

Que al menos estaría en una situación mejor que una lamentable solterona, eso era.

Tampoco podía permitirse el lujo de tener en cuenta que el conde no siempre era un hombre muy agradable.

Movió el pincel sobre un montón de pintura rosa.

La telopea del jardín era la musa perfecta para su estado de ánimo actual. Jamás había visto una flor tan fea en su vida. ¿Qué habría poseído al jardinero para sembrar tal esperpento?

Los tonos brillantes se extendieron por el lienzo. Los trazos eran un poco mas duros de los que la planta pedía, pero en ese momento no se sentía con ganas de hacer nada con suavidad.

Se sentía desesperada.

- No te cases con McLaggen.

En un primer momento pensó que aquellas palabras estranguladas y apenas audibles habían salido de su propia mente, así que continuó moviendo el pincel. A menudo mantenía conversaciones consigo misma. Cuando uno escondía un secreto tan importante como el suyo, las posibilidades de compartir una conversación sincera eran limitadas.

Pero entonces se dio cuenta de que la interrupción venia por parte de Luna, que parecía haber ido al porche con el expreso propósito de dispensarle un consejo de hermanas.

Continuó pintando.

- ¿Por qué no? Es un pretendiente muy loable. Por supuesto que preferiría a un marqués, a un duque o incluso a uno de esos príncipes extranjeros, pero parecen estar fuera de la ciudad en este momento. Si tengo que conformarme con un conde, que sea rico y popular.

- Pero es un hombre espantoso.

Oír que su hermana expresaba en voz alta la misma preocupación que había tenido hacia unos instantes, avivó el pánico anterior. Casarse con el conde era un buena idea. Tenia que serlo.

Ahora sí dejó de pintar y se volvió hacia su hermana, taladrándola con la mirada.

- ¿Por qué no te quiso? Hay cientos de motivos por los que tal vez no pidió tu…

Luna se acercó mas a ella.

- Lo hizo

- No, no lo hizo.

Tragó saliva. No era posible. Si lord McLaggen le había propuesto matrimonio a Luna y ésta le rechazó, entonces ella era su segunda opción. Ya era bastante malo aceptar a un hombre que había sido rechazado, pero que encima lo hubiera rechazado su propia hermana…

Luna se sentó en el taburete que había a su lado.

- Si, lo hizo. Habló con Neville para acordar los detalles.

Hermione se volvió hacia el lienzo, pero no aplicó ningún color. Puede que las cosas no hubieran progresado hasta donde Luna creía. Al fin y al cabo, ella misma no se había enterado y había estado pendiente de todos los rumores de los últimos tres años.

- ¿Y qué pasó? Es evidente que no te casaste con él.

- Él quería… -Luna tragó saliva. Estaba claro que cualquier cosa que fuera a decir no le estaba resultando fácil.

¿Debería tomarle la mano? ¿Hacer uno de esos ruidos reconfortantes que Nym solía usar con ella? Nunca se le había dado bien consolar a la gente.

Luna respiró hondo y se recompuso.

- Quería tierras… -continuó-. Esa fue su condición. Si no se incluía en la dote la propiedad de nuestra abuela paterna, retiraría su proposición.

Así que nunca le había propuesto matrimonio a Luna en sentido estricto. Empezó a mezclar un poco mas de pintura. Sinceramente, si con una pequeña parcela podía comprar su aceptación permanente en la sociedad, pagaría el precio con mucho gusto.

Por lo visto Luna todavía no había terminado.

- Yo no le preocupaba en absoluto. Lo único que le importaba era lo que podía sacarle a Neville mediante nuestro enlace.

Aquellas palabras atravesaron su corazón, llegando a un lugar en el que rara vez se permitía mirar. No le importaba que su futuro marido no se preocupara por ella. No podía importarle. Movió el pincel con suavidad por el lienzo. Sentía tal asfixia en la garganta que su voz sonó en un susurro.

- Seguro que se preocupaba por ti, aunque solo fuera un poco. Estaba dispuesto a casarse contigo.

- Estaba dispuesto a casarse para codearse con los contactos de Neville –Luna se humedeció los labios-. Y ahora sigue dispuesto a hacerlo con tal de conseguirlos.

Y Luna no quería que ella se convirtiera en un peón como tantas otras jóvenes.

Como si Luna pudiera entender su problema.

No lo entiende porque nunca se lo has contado

La nueva voz en su cabeza la sobresaltó, pero logró disimular su nerviosismo cambiando de pincel. Aunque lo hizo con tal furia que se asombró de no haber tirado el estuche entero en el suelo.

¿Por qué diantres la voz de la razón de su cabeza sonaba ahora como la voz del señor Potter? Que le hubiera dado un único y buen consejo no le daba derecho a instalarse en su mente.

Atacó el lienzo como si estuviera loca.

- Fuera

Luna hizo una mueca ante el duro tono de su voz y se marchó.

Ese fuera no iba a para su hermana, pero tampoco la llamó para que volviera. La verdad era que su plan empezaba a perder un poco de su atractivo ahora que estaba metida de lleno en él. Casarse por amor era una tradición familiar.

Su madre lo había logrado en dos ocasiones, siendo la primera sorprendida cuando abandonó su condición de viuda hacia año y medio. Luna se negaba a conformarse con alguien que no la quisiera por ser ella misma. Un requisito un tanto absurdo, pero no tenia por qué renunciar a sus ideales. Al fin y al cabo, su hermana no era defectuosa desde su nacimiento.

Ni tú tampoco

El pincel se le escapó de la mano y rebotó en el lienzo antes de caer al suelo. ¿Cómo había entrado aquel hombre en su cabeza? ¿Qué le llevaba a pensar que precisamente él la apoyaría mas que nadie? Si ni siquiera conocía su secreto.

Recogió el pincel y miró el lienzo con el ceño fruncido. Una pronunciada raya verde atravesaba la flor a medio terminar. Otro proyecto que se tornaba en fracaso por la intervención del señor Potter.

Aquello empezaba a ser un poco ridículo.