CAPÍTULO 13
DESPERTAR DE UN SUEÑO
—Lady Haruka ha muerto, Su Majestad —dijo Ogata—, hicimos lo que pudimos, pero fue demasiado tarde. Le fue impuesta una marca de maldición.
Kuu descargó la mano contra el escritorio.
Era la sexta víctima en los últimos tres meses, todas con algo en común.
—Antes de morir confirmó nuestras sospechas, Su Majestad. Alguien ha iniciado una cacería sobre aquellos que estuvieron implicados en la colocación de las defensas mágicas hace cinco años para la protección de la capital.
Kuu se dejó caer pesadamente en su asiento.
—Esto no puede estar sucediendo.
—Me temo, Su Majestad, que está sucediendo. Y eso no es todo.
—¿A qué se refiere maestre?
—Fuimos muy cautos, su alteza… Si, recuerda, muchas de las barreras, por lo menos las más poderosas, fueron erigidas por vínculos de vida y sangre.
—Sí, lo recuerdo.
—La única forma de romperlas o en su defecto debilitarlas, es con la muerte del invocador, o en este caso, invocadores.
—¿Ogata?
—Su Majestad, las barreras están a punto de caer. Debemos estar preparados. Quien haya estado detrás de las muertes sabe lo que está haciendo. Y también debemos dar aviso a los demás hechiceros y magos, deben saber que los están cazando.
—Gracias, Maestre, puede retirarse.
Kuu se detuvo al pie del ventanal, sabía que este día llegaría, todos los años de paz llegan eventualmente a su fin, aunque eso no lo hacía más fácil de aceptar. Los ataques y muertes en poblaciones alejadas fueron el inicio, la vida de Hiou una de las pocas salvadas de entre muchas otras, daban testimonio de ello. Por primera vez en años la carga que conllevaba ser el rey le pesó sobre los hombros. Ya no era joven, ya había librado sus propias batallas, había logrado traer la prosperidad al reino. Recordó las palabras de María 'Hay una guerra por venir, tu rol aunque importante no será determinante, tú ya has luchado tus guerras, el futuro del reino descansa en corazones jóvenes, valientes, impetuosos y mágicos'.
María, pensó Kuu. La chiquilla era como una hija para él y Julienna, la habían tomado bajo su ala protectora desde el día que llegó a sus vidas porque, ser mágico o no, estaba sola en el mundo, druida, guardiana o protectora, seguía siendo solo una niña, una muy especial. Algunos días creía ver en los ojos de María esa mirada de sabiduría infinita, pero también estaban las miradas nostálgicas y cansadas. Al principio solía ser bastante solitaria, pasando la mayor parte del tiempo en una arboleda escondida en los linderos del castillo, pero después empezó a ser casi literalmente arrastrada junto con Kyoko y Kanae por Julienna para pasar "tiempo de mujeres"; su propio hijo algunas veces secuestraba a su pseudo-hermana a dar largos paseos a parajes naturales inigualables llenos de color y vida, porque sabía que ella los amaba. Y Kuu presenció cómo con el tiempo florecía una sonrisa en sus labios, cómo en sus ojos aparecía un brillo infantil que antes no había estado allí, cómo los gritos de hermana resonaban en los pasillos del castillo. La vio crecer apegada a ellos, no supo cuánto hasta que descubrió que junto con Ogata, Kyoko y Kanae buscaban la manera de que pudiese vocalizar sus palabras sin hacer daño, solo porque había escuchado sin intención, el egoísta deseo de su esposa de poder escucharla. María crecía alegre, más sabia y hermosa, enseñando, compartiendo, cuidando de los bosques cercanos y sus criaturas, pero siempre tuvo presente que seguía siendo una guardiana, y se encargó que ellos no lo olvidaran. El sello de gran cámara Hselymet había sido roto y si bien impías e infames reliquias mágicas como el Filo de Ghoul y el Grimorio maldito de Goeta daemonium estaban allí afuera en algún lugar, existían cámaras menores a través del reino (cuya ubicación solo ella conocía), que contenían otros artilugios poderosos, en extremo peligrosos si caían en las manos equivocadas y seguía siendo su deber protegerlos.
Muy dentro de su pecho Kuu siempre había sabido que la guerra por venir sería la lucha de su hijo, de Kyoko, de María, de la nueva generación, pero a sus ojos seguían siendo niños. No dudaba de que protegerían el reino con todo su ser, pues su voluntad y habilidades daban fe de ello, pero ellos eran sus niños y el solo pensamiento de perderlos atenazaba su alma.
De momento había cosas más importantes que atender. Hace cinco años magos y hechiceros de todo el reino fueron convocados y se les solicitó levantar salvaguardas para proteger la capital y su gente. Sus nombres se habían mantenido en el más estricto secreto y el tipo de magia que invocaron también, pero de alguna manera los enemigos del reino lo sabían, y eso solo podía significar una cosa: había un traidor entre los suyos.
Era la primera vez que estaban en ese lugar y ya lo amaba, lejos de la ciudad y su agitación perdido a la vista de los extraños. Se alegraba de que hubiesen tomado un desvío de su ruta usual. El río y las extrañas formaciones rocosas, la vegetación, el silencio y tranquilidad, lo hacían un refugio de paz.
Kyoko detuvo el paso de Hechicera repentinamente.
—¿Kyoko?
Ella caminó hacia una de las formaciones rocosas más cercanas, cavernas causadas por algún tipo de erosión de corrientes de agua y el tiempo, solían haber muchas por la zona, se extendían por kilómetros, una trampa para los más incautos, una sentencia de muerte para el que no supiera el camino a través de ellas.
—Hay algo raro. Parecen solo rocas, pero puedo sentir la magia invocada y también puedo sentir presencias, muchas de ellas.
Kuon posó su mano en la empuñadura de su espada.
—Debemos apresurarnos a regresar a la ciudad, no sabemos a qué o quiénes nos enfrentamos.
Kyoko cerró los ojos por un momento dejando viajar su consciencia. Abriendo sus sentidos, dejando su magia fluir.
—No pretenden hacernos daño. Se esconden.
—¿Por qué habrían de esconderse sino son criminales?
—No juzgues a la ligera, Kuon.
—Entonces, ¿qué sugieres que hagamos, oh, todopoderosa sabelotodo?
—Podemos preguntar, tonto, para qué tienes la boca si no —dijo inflando los cachetes mientras pinchaba la punta de su dedo con la pinza de su cabello y con la sangre que brotó, dibujó la forma de un ojo sobre la roca.
—Revelabit veritatem.
Kuon no daba crédito a sus ojos, como si un velo se hubiese levantado, el paisaje frente a ellos cambió drásticamente. La gran roca de hacía solo momentos había desaparecido dejando ver la entrada a una gran cueva, donde una mujer trabajaba con algunos vegetales en lo que suponía era la comida, y un par de niños jugaban con una pelota. Un hombre muy mayor afinaba un arco, algunos jóvenes practicaban al fondo con espadas de madera. ¿Qué hacían allí?
La mujer que cocinaba se percató de su presencia y dejó escapar un grito aterrorizado mientras la preparación que tenía en las manos rodaba por el suelo. Los niños corrieron a esconderse detrás de los chicos más grandes, un par de hombres les apuntaron con sus arcos y flechas. Su reacción inicial hubiese sido desenvainar su espada, pero había visto esa reacción antes, en los aldeanos que habían sido atacados, en los sobrevivientes de tragedias que no pudieron detener… Miedo, terror. Una chica de pelo negro caminaba envalentonada hacia ellos, espada en mano, dos hombres robustos flanqueándola.
—¿Quiénes son y qué quieren? ¿Cómo encontraron este lugar?
—Lo encontramos de la misma forma como lo ocultaron, con magia —respondió Kyoko—. Y sobre quiénes somos, bueno, solo somos un par de caminantes que se toparon de casualidad con este lugar, no tenemos intención de dañarlos.
La recién llegada acercó peligrosamente la punta de la espada al pecho de Kyoko, Kuon empuñó su espada, listo para defender a Kyoko, pero ella lo detuvo.
—Eres buena con la magia, pero aún te falta mucho por aprender, sugeriría que te ahorres la ilusión de los guardias, estás a punto de colapsar. No debes temernos, si quisiéramos hacerles daño, no podrían detenernos —dijo mientras con un movimiento de la mano hacía levitar los vegetales de vuelta a su lugar y lanzaba una pequeña bola de fuego mágico a la hoguera cuyo fuego se había extinguido.
Chiori sabía bien cuándo había perdido. Bajó su espada.
—No confío en ustedes, pero no parecen asesinos.
—No somos asesinos.
—Puede que no, pero son nobles —dijo mirándolos con desdén.
...
Refugiados y víctimas, eso era lo que eran, huyendo de sus victimarios, dejando todo para poder salvar sus vidas, por evitar el destino nefasto de un hijo, por negarse a vender a una hija, por ser testigo de un crimen de algún pequeño terrateniente, por no pagar tributos al corrupto de turno, lugares donde la justicia llegó demasiado tarde. Era una pequeña comunidad de gente que trabajaban y se protegían entre ellos. Y su líder no era otra que la fiera muchachita de pelo negro que respondía al nombre de Chiori que también resultó ser quien invocaba la magia que los mantenía ocultos. Magia de ilusión, les había explicado Kyoko después de escuchar la explicación de ella, cuando les había contado que desde niña sabía hacer trucos para hacer que la gente creyera que había visto cosas que no existían y cómo era capaz de pasar desapercibida por delante de los demás.
Chiori al ver que no representaban peligro alguno, dejó que Kyoko le ayudara a tratar la herida de su brazo. Bandidos de los caminos, le explicó.
Kyoko vio a Kuon enseñar algunos golpes con las espadas de maderas a los chicos.
—Listo.
—Siempre pensé que todos los nobles eran iguales —comentó con amargura—, que lo único que les interesaba era el poder sin importar a quién tuvieran que pisotear y masacrar para lograrlo.
—No todos son así —comentó Kyoko.
—Permítame diferir, Milady —dijo con falsa cortesía—. Fue un "gran" marqués el que tomó todo de nuestros campesinos y los dejó sin nada para sobrevivir al frío invierno, y ¿dónde estaban los que tenían que defenderlos?, sentados bebiendo y comiendo en su mesa y el único hombre que les hizo frente, el Vizconde Amamiya, fue asesinado enfrente de los ojos de su propia hija, quien hubiese corrido con la misma suerte si los sirvientes no la hubiesen ayudado a escapar hace siete años. Este —dijo levantándose el cabello y dejando expuesto el cuello— es un recordatorio permanente de aquel día. Todavía puedo sentir el filoso acero rasgando la piel.
—Nunca escuchamos de esto en la capital —interrumpió Kuon sentándose al lado de Kyoko—, la muerte del Vizconde Amamiya y su hija se atribuyó a un incendio en la propiedad. ¿Por qué nunca lo denunció ante la corte?
—¿Sois idiotas? ¿Quién hubiese creído la palabra de una niña mal herida y un par de sirvientes? ¿Qué validez tendrían sus palabras contra la de un Marqués?
—¿Ha usted conocido al rey, Lady Chiori? —ella negó con la cabeza—, es un hombre compasivo y justo.
—Nunca escucharía a alguien como yo.
Kyoko negó con la cabeza.
—Puedes hablar con cualquiera si eres lo suficientemente respetuoso. Ayuda ser sincero. La gente es solo gente, es mejor tratarla de esa manera.
—…
—Podemos ayudaros a recuperar vuestra posición y las tierras que por derecho os pertenecen, Lady Amamiya.
—Un título y tierras no me interesan.
—Entonces qué quiere, ¿venganza?
—Quiero justicia, para mi padre y para todas las víctimas —dijo mirando a los otros que seguían en sus labores—. Quiero volver a ver los campos reverdecer y los niños reír.
—Y así será —dijo Kuon.
—Ustedes no pueden hacer ese tipo de promesas.
—Yo no puedo, pero él, sí —dijo con una sonrisa señalando a Kuon.
—¿Kuon?
—Creo que omití algunos detalles —dijo dándole una sonrisa de medio lado—, mucho gusto, Lady Amamiya, soy Kuon, Kuon Hizuri.
—¿Hizuri…? ¿Como en los Hizuri de la Casa Real…?
—Como en el príncipe heredero para ser exactos —apuntó Kyoko.
—Oh…, ya veo.
—Y tú ¿quién eres, entonces?
—Kyoko Mogami, Marquesa de Azureia.
—¿La protegida del Duque de Carmín?
Kyoko asintió con la cabeza.
Así que esta era la onee-sama de la que los chiquillos del orfelinato siempre hablaban.
—Sé que puede ser un poco tarde para usted, Milady. Pero se hará justicia.
Los pocos rayos de luz que atravesaban el espeso y profundo bosque, anunciaban que el sol se encontraba en el punto más alto del cielo. Todavía les esperaba un largo camino antes de alcanzar su próximo destino, el cerro de Glazul en el corazón de las montañas de Subblack, que entre sus elevadísimos acantilados y retumbantes cataratas oculta una milenaria cueva, la única donde se puede encontrar la diasmeralda. El primero de los tres materiales en su búsqueda.
Miró los espíritus de los árboles aparecer y desaparecer.
—Los komodas están inquietos, casi enojados, las aguas también están intranquilas, ¿puedes verlo, sentirlo? —preguntó a su acompañante.
—Sí, algo oscuro se mueve entre las sombras de este bosque. El viento de oeste está marcado por corrientes de miedo, los del sur se sienten más cargados, mezclados… Vientos de cambio, sin duda.
—¿Cuán peligroso?
—No sabría decir, María, pero debemos dejar este lugar pronto, algo en el aire está viciado, estoy seguro que puedes sentirlo.
—Sí, será mejor apresurarnos a llegar a las aldeas al pie de la montaña.
Se internaban cada vez más en el bosque, cuando llegó el ataque.
Las decenas de picos de hielo se estrellaron contra la barrera de aire que erigió el acompañante de María, deshaciéndose entre las ráfagas de viento.
—Mira, mira qué tenemos aquí. Dejadme adivinar, vosotros deben ser los estorbos que mencionó Kiroya, los que han estado estorbando en nuestros planes.
—Debéis estar equivocado, Milord —comentó Hiou tratando de hacerse el desentendido, no creo habernos visto antes.
—Tienes razón jovencito —dijo sonriendo predatoriamente— no hemos tenido el gusto de conocernos en persona, pero nos hemos tropezado con el trabajo de la chica druida.
—…
—¡Oh! Vamos, no me miréis así. Esos ojos la delatan, tan verdes y profundos como solo los de su especie los pueden tener, y ella es la última de su especie —dijo arrugando la nariz con una mueca y luego sonriendo nuevamente canturreó—. Reino va a estar tan complacido —y agitando las manos musitó—. Blizzard.
Gigantes bloques de hielo fueron lanzados hacia el par, pero fueron reducidos a inofensivos copos de nieve por las cuchillas de viento que invocó Hiou.
—Este tipo de magia… —dijo con sorna la voz desde las sombras—. Tan molesta… Y yo que pensaba que los habíamos matado a todos cuando fuimos por aquella mujer, parece que tendré que arrancar otro par de alas.
María sintió a Hiou tensarse a su lado. Alpeda había sido su hogar, hasta que un año atrás habían sido masacrados de la noche a la mañana, y él había sido el único sobreviviente. Alpeda, una pequeña aldea donde la gran mayoría de sus habitantes eran descendientes del cruce entre sílfides y humanos a través de los tiempos. Gente gentil, estudiosa y pacífica. Su madre, un prodigio de la magia elemental del aire, una de las primeras en acudir al llamado de su rey en tiempos de necesidad. Su madre dio la vida protegiendo lo que creía, y su vida se regía por el mismo principio.
Las ráfagas de aire danzaban a su alrededor, acumulándose, creciendo, esperando. Era la sangre de sílfide que corría en sus venas lo que había convertido a Hiou en un magnífico, si no el mejor, maestro elemental del aire.
Lo vio, la espada atravesándolo, el grito desgarrador proveniente de Kyoko, nunca en sus sueños o premoniciones había escuchado un grito como aquél y no quería volver a escucharlo. El grito de un corazón rompiéndose. Se vio así misma tratando de detenerla, durmiéndola, mientras Ogata y María corrían hacia Kuon. No entiende su actuar pero antes de poder ver más es jalada de nuevo hacia el corredor del tiempo y arrastrada a lo que debe ser algún otro punto en el futuro.
En la cama yace el príncipe moribundo, una sombra entra en la estancia.
No, no grita pero nadie la escucha, sabe quién es la sombra.
Ella, Kyoko remueve la capucha que cubre su rostro surcado de lágrimas, sus manos se mueven rompiendo las salvaguardas mágicas puestas para mantenerla afuera, a ella.
—Lo siento.
Antes de poder ver más se encuentra nuevamente en el corredor del tiempo. Una nueva puerta se abre… Pena, dolor, tristeza y despedida.
Las runas para aliviar el dolor talladas en el dije de una hoja de serbal conservada en cristal que Kyoko le dio tantos años atrás, brillan con fuerza sobre la piel de su clavícula y luego de un par de segundos estallan en millones de pedazos. El Conde de Lovery jamás podría olvidar el sonido más terrible y doloroso que hubiese esperado escuchar jamás.
