El escritor mantenía aprisionado al castaño entre sus brazos, besaba su cuello y lamía el lóbulo de su oreja. Su editor no hacía más que suspirar por las atenciones recibidas, con los ojos cerrados y un fuerte rubor en sus mejillas.
Las manos de Usami comenzaron a bajar, recorriendo el cuerpo de su editor, hasta llegar a su trasero, el cual tomó con ambas manos, para elevarlo y sentarlo sobre la mesada. El otro pasó sus brazos por detrás del cuello del escritor, aferrándose y abriendo las piernas, permitiendo que éste se ubicara entre ellas.
Unieron sus labios en un apasionado beso, mientras Usami seguía acariciando los muslos de Onodera, apretándolos de vez en cuando, logrando así pequeños gruñidos que morían en la garganta del más bajo, que era invadida por su lengua hambrienta.
El calor azoraba el ambiente, las temperaturas de sus cuerpos subían, y los sonidos apasionados inundaban la estancia. De a poco fueron despojándose de sus prendas, unieron sus erectos miembros y se masturbaban con urgencia, mientras devoraban sus bocas y los jadeos aumentaban, se encontraban cerca del clímax...
Pipipipi pipipipi pipipipi el sonido de la alarma despertó a un sofocado Misaki, quien extendió su brazo para apagar el molesto aparato. Sentándose e n la cama, llevó una mano a su frente, que se encontraba empapada en sudor.
-¿Qué clase de sueño fue ese? Kamisama, no puedo creer que yo soñara esa clase de cosas, ¿de cuándo acá- se interrumpió al sentir una molestia en su entrepierna, apartó las sábanas para descubrir que su pijama se encontraba húmedo. Ni el más talentoso pintor hubiera conseguido nunca un rojo tan vivo como el que ahora ostentaba el rostro del castaño, sus ojos abiertos de par en par, no podían creer lo que veían.
¡Había tenido un sueño húmedo por culpa de ese par, a quienes apenas había conocido hacía unas horas! Pero lo que más le sorprendió fue que, a pesar de haberse venido,- inconscientemente, claro- aún se encontraba allí, presente y palpitante, una dolorosa erección. La única manera de solucionar tan molesto problema era –¡No no no! –negaba insistentemente revolviendo sus cabellos –lo mejor será una ducha fría, sí, eso, una larga y helada ducha.
Salía del baño ya vestido, secando sus cabellos con la toalla, cuando escuchó que lo llamaban al desayuno. Terminando de arreglarse rápidamente, fue a sentarse a la mesa, donde ya se encontraba preparado un abundante desayuno, sería el último que compartirían los tres juntos en aquel departamento.
Comieron en medio de una amena charla, donde la pareja habló de planes a futuro, de la boda, el empleo de Takahiro y el viaje de ambos en busca de un nuevo hogar, allá en Osaka. Misaki escuchaba con una sonrisa, no quería demostrar su tristeza por la partida de su hermano, lo último que deseaba era causarle problemas a la persona que tanto le había dado desde aquel accidente que se llevara para siempre a sus padres. Y es que su nichan se había convertido casi en un padre para él, incluso abandonando sus sueños se dedicó a la labor de mantener, educar y criar a un niño de apenas ocho años, que había quedado huérfano al igual que él.
Es por eso que ahora, que debía separarse de su única familia, sentía un doloroso vacío que lo hacía sentirse egoísta. Nichan tenía todo el derecho de formar una familia con la mujer que amaba, sobre todo si ella lo amaba de la misma manera, porque –Misaki tenía la certeza de ello- Manami san sí se desvivía por su prometido. Y era precisamente por eso que Misaki se sentía egoísta, él no quería que arrancaran a su nichan de su vida, el miedo de ser desplazado le dolía, pero más le dolía sentirse una molestia, un obstáculo en la felicidad de su hermano.
Finalizado el desayuno procedieron a terminar con los preparativos, tanto del viaje, como de la mudanza. Por el mediodía llegó el camión de la mudanza, que llevaría los muebles a la casa de los padres de Manami, donde los dejarían hasta conseguir una nueva casa. Luego llegaron dos taxis, uno llevaría a la pareja al aeropuerto, y el otro a Misaki a la casa de Usami. Decidieron que lo mejor era despedirse allí mismo, Takahiro no quería que Misaki fuera al aeropuerto, a él también le costaba despedirse de su pequeño hermano.
Hubo lágrimas, abrazos y sonrisas. Todas las emociones de aquella despedida aún palpitaban en el corazón del castaño cuando bajó del taxi cargando sus maletas, frente a la casa donde ahora viviría.
Ya en el ascensor dejó las valijas en el suelo, suspirando con cansancio. No le gustaba mucho la idea de vivir allí, sobre todo luego de la escena que había presenciado el día anterior, y más aún aquel sueño… agitó su cabeza intentando borrar el recuerdo de esa mañana. Debía mantener la compostura, sólo sería por unas semanas, y debería soportarlo por su nichan.
No entendía cómo su hermano podía relacionarse con esa clase de persona, tan diferente a él. Usami Akihiko, una persona misteriosa, seria e imponente. Parecía arrogante y muy acostumbrado a que se le obedezca, lo mejor era no probar su paciencia, se esforzaría por convivir lo menos posible con él.
Era bueno que diario tuviera que ir a sus clases de preparación, así no lo vería tanto. Además hoy, luego de sus clases, vería a su novio. Una sonrisa se formó en su rostro, hacía unos dos meses que salían, y su relación iba de maravilla. Aún no le había confesado nada a su nichan, porque temía que no entendiera la clase de relación que llevaban, sabía que tarde o temprano debía decírselo, pero simplemente no encontraba el valor para hacerlo.
El ascensor se detuvo en el último piso, cargando nuevamente su equipaje se dirigió a la puerta del escritor, golpeando tímidamente. Sólo un momento y la puerta se abrió, quien lo recibía era Onodera san. Con una sonrisa lo saludó y lo invitó a pasar, ayudándolo con una de las maletas.
-Toma asiento, Misaki kun, lo siento pero sensei está durmiendo en su habitación. Estuvo trabajando toda la noche y se encuentra agotado. En la cocina está el almuerzo preparado, por favor siéntete libre de servirte cuanto gustes. Yo ya debo irme, tengo que terminar unas correcciones así que las haré en mi casa. Supongo que cuando sensei despierte él te indicará dónde instalarte.
-Muchas gracias Onodera san, no debió molestarse. En una hora debo asistir a una clase, así que volveré recién por la noche.
-Haitani, mi nombre es Haitani Ritsu, sensei y yo somos amigos de la infancia, y por eso él aún me llama por mi antiguo apellido, pero ahora es Haitani.
-Oh lo siento no lo sabía.
-No te preocupes. Por favor come antes de salir, debes recuperar fuerzas luego de todo el esfuerzo que te debe haber supuesto la mudanza. Bueno, me retiro, que tengas buen día Misaki kun, por favor despídeme de sensei cuando despierte.
-De acuerdo Haitani san, adiós y gracias por todo.
Luego de que se fuera, Misaki se quedó pensando en que Haitani san tenía un carácter muy paternal. No le caía mal, sólo no entendía porqué trataba con tanta amabilidad a un hombre que ahora viviría con su pareja, porque eso eran ¿no? De otra forma no harían esa clase de cosas… ¿o sí?
Bueno, él tenía pareja también, y no había hecho esa clase de cosas con él… aún. El rubor cubrió sus mejillas, al encontrarse pensando en aquellas perversiones. Decidió ir a la cocina y comer algo antes de salir nuevamente, no quería pensar en tal vez pronto llegaría el momento en que debería dar el siguiente paso en su relación, después de todo ya era mayor de edad, y esperar eso era apenas natural, él amaba a su pareja, sólo que aún no se encontraba preparado.
La clase había sido larga y tediosa, pero finalmente había acabado. Juntó sus cosas y se retiró del aula, llegando a la puerta del establecimiento, donde su mirada se encontró con un conocido auto negro polarizado.
El vidrio bajó y allí estaba, al volante, su novio. Misaki se aproximó a la ventanilla, saludándolo con un tímido beso en la mejilla. Dio la vuelta e ingresó por la puerta del copiloto, sin más el auto arrancó.
Usami caminaba de un lado a otro frente a la puerta. Su mirada se posaba de vez en cuando en las maletas apiladas a un costado de la sala. Había llamado a su editor, quien le informó que el mocoso debía estar en sus clases hasta por la noche. Pero esto ya era demasiado, eran casi las diez de la noche y no llegaba, comenzaba a pensar que algo pudiera haberle pasado.
Finalmente escuchó los golpes en la puerta y fue a abrir. Allí se encontraba un asustado joven, frente a la seria mirada del escritor, quien se hizo a un lado para permitirle la entrada.
-¿Se puede saber a dónde estabas hasta estas horas? –cuestionó molesto el ojilila.
-L-lo siento yo… me quedé conversando con unos amigos y el tiempo se me fue volando…
-¿Y no podías avisar? Tu hermano llamó ya dos veces para saber si habías llegado, y yo no supe qué decirle, porque tú tampoco me dijiste nada. –lo que más le molestaba a Akihiko no era la hora en que llegó, –sinceramente por él podía llegar a la hora que se le antojara, siempre y cuando no lo molestara- sino la preocupación de Takahiro, si bien él no se sentía cómodo hablando con el causante de su pesares, tampoco le gustaba percibirlo preocupado, y mucho menos triste, por su irresponsable hermano menor.
-¡¿Nichan llamó?! Es cierto, mi celular se quedó sin batería, por eso debió llamar aquí. De verdad lo siento Usami san, lo llamaré inmediatamente. Le prometo que esto no volverá a pasar. Etto… disculpe, ¿dónde puedo cargar mi celular?
-Arriba, la primer puerta será tu habitación, puedes instalarte, yo saldré esta noche, ahí te las arreglas. -sin más, Akihiko tomó su cartera y sus llaves y salió dando un portazo.
Misaki suspiró cansado, había empezado con el pie izquierdo. Debía llamar a su hermano para tranquilizarlo, sentía que apenas se había ido y ya lo extrañaba horrores, sobre todo después de semejante recibimiento. Con andar pesado tomó sus maletas y subió lentamente las escaleras. Había sido un largo día.
