En momentos como éste es cuando se justifica el rating T que le puse al principio. Aviso, contiene escenas fuertes, tortura, y violación. Pero es más fuerte lo que te puedas imaginar que lo que realmente está escrito. Definitivamente, la musa se me ha cambiado de bando, jejeje.


Todo había terminado

No había apenas luz y el aire era más bien escaso. Afuera se escuchaba la tormenta en todo su esplendor, e incluso se podía adivinar el momento exacto del relámpago. Un zulo estrecho y asfixiante, escondido en la profundidad de un remoto bosque. Allí le habían llevado. Si afinaba un poco el oído, podía escuchar cómo rompían las olas, un poco distante.

Estoy cerca del mar, pensó. Pero en momentos como aquel, ni siquiera la idea de volver a ver el mar y la escarpada costa de su hogar podían consolarla. Llevaba, cuando menos, una semana encerrada a cal y canto en aquella especie de caseta subterránea, sufriendo casi cualquier tipo de maldiciones en su piel. Casi, era la palabra. Sus captores, siempre ocultos bajo oscuras túnicas, y amparados en la oscuridad del recinto, no se había atrevido a tocarla siquiera. afortunadamente, necesitaban la varita para las Maldiciones, y apenas le habían rozado la piel. Sangresucia, decían. O escoria, incluso.

Marlene imploraba al cielo para que todo siguiera así. No tenía idea de hasta cuando podría seguir soportando la torturas, pero prefería la magia a cualquier otra cosa. Era consciente, o eso creía, de que jamás desvelaría detalle alguno de sus compañeros, por mínimo que fuera. Pero prefería caer fulminada por demasiados cruciatus a que aquellos mortífagos se le acercaran.

Corrían rumores de lo que ciertos seguidores de Lord Voldemort hacían a sus víctimas, especialmente si eran mujeres. Incluso existía un grupo de ayuda, creado ante tal situación. Pero ella siempre había creído exagerado todo aquello. Ellos deseaban información, la casta y racional mente de Marlene no aceptaba posibilidad alguna de violencia sexual.

Por eso cuando, después de haber sufrido una intensa sesión de cruciatus, como siempre infructuosa para sus captores, oyó abrirse la puerta de nuevo, su cuerpo se tensó, pero no tembló en absoluto. Lo hizo cuando se giró y pudo ver a la cara a un hombre que no había estado en aquel zulo antes. Sabía quien era, le veía casi a diario en el Ministerio. Un saludo amable, un gesto cortés, una caída de ojos. Todo aquello no encajaba, ¿le habrían cogido a él también? Sintió lástima y pesar por su compañero, y quizás algo más. En su interior, sentía que una parte de sí misma se rompía.

La otra parte se hizo pedazos. Inmediatamente después de entrar, Augustus Rookwood, con una mirada fría y carente de emoción, le habló. Ni rastro del gesto cortés o de la palabra amable.

- ¡Zorra! – fue lo único que salió de sus labios, y desgraciadamente, Marlene comprendió. Su corazón, roto en mil añicos, su cuerpo lacerado por el golpe que acababa de recibir de su propia mano. Y su cuerpo temblando de pánico porque realmente, los rumores eran ciertos.

- ¡Llevas una semana aquí y no has sido capaz de decir nada, estúpida! ¡Me vas a decir algo aunque sea lo último que hagas en tu asquerosa vida!

La muchacha observaba, aterrorizada, cómo aquel joven educado y amable que veía casi a diario en el Ministerio, se estaba quitando el cinturón y hacía ademán de descargarlo contra ella. El mismo joven amable con el que compartía té y pastas a la salida del trabajo, y con el que anhelaba un minuto más cuando él se iba. Lo tenía enfrente suya, iracundo, fuera de sí, con el pantalón desabrochado y dispuesto a acabar con ella.

- ¿Era esto lo que querías, Marlie? –dijo suave y dulcemente mientras la levantaba del suelo y la zarandeaba brutalmente. Ella no pudo más que cerrar los ojos y llorar. No guardaba fuerzas para resistirse, sería inútil. Auggie siempre había sido más fuerte y corpulento que ella, estaba a su merced.

Mientras él le embestía brutalmente contra la pared y ella notaba cómo se quebraba su cuerpo, afuera de la caseta no se escuchaba nada. Ni un grito, ni un lamento. Había resistido una semana de torturas infringidas a su cuerpo, pero la joven y enamoradiza Marlene McKinnon no había soportado que su apreciado amigo resultara un traidor. Un espía de Lord Voldemort en el Ministerio, donde día a día la había engatusado, para abandonarla a su suerte en aquel zulo, perdido en la inmensidad del bosque.

Cuatro harapos cubrían su magullado cuerpo, su figura estaba contorsionada sobre sí misma. Cuando aquella misma noche el Señor Oscuro apareció por allí, ella simplemente no pudo ni quiso resistirse al poder de aquella abrasadora luz verde. Todo había terminado.