Ya he subido un nuevo el cap14, queria aclarar una cosa que creo que debería haber aclarado hace mucho capítulos atrás... Bueno el caso es que yo he subido la edad de Luffy en este fic, aquí tiene como 26 o asin. Ya vosotros imaginároslo como queráis ;)
Bueno, ya sabéis: One Piece no me pertenece, es de un tal Eiichiro Oda; un genio, el tío.
¿DESTINO O ELECCIÓN?
CAPÍTULO 14. UN PASADO INOLVIDADO
-SI NO fuerais tan mezquinos y se pusieran de acuerdo, no ocurrirían estas cosas. ¿A quién se le ocurre sembrar el pueblo entero de pimientos? ¿Cómo van a venderlos ahora?
Había hablado sin querer y ahora me sentía avergonzada, al tener fijos en mí los ojos de la media docena de hombres que estaban en casa.
Yo dibujaba mapas en un rincón del comedor cuando los oí lamentarse de que el precio del pimiento estaba por los suelos, y me encaré con ellos casi sin darme cuenta.
-¡Pimientos, pimientos, pimientos...! -continuó mi lengua indiscreta por más esfuerzos que yo hacía por pararla. Luego, sin hacerme caso, siguió perorando como una loca:
-Pensar que cuarenta y nueve agricultores no pueden decidir serenamente, sin falsas acusaciones, qué es lo que conviene sembrar cada año, se algo increíble. Bueno, no tan increíble si nos ponemos a pensar que prefieren tener cuarenta y nueve sembradoras, cuarenta y nueve segadoras y cuarenta y nueve trilladoras, y ni una sola de esas modernas máquinas que lo hacen todo casi solas... Bueno, y después de todo, ¿es ésta la tierra idónea para el pimiento?
Desaparecer, que la tierra me tragara... Eso era lo que yo deseaba cuando dejé de hablar. Estaba esperando que Buggy me recordara lo de los avellanos y que Yasopp me dijera que las hojas de los puerros y las de las cebollas son perfectamente diferenciables, pero no. Se quedaron en silencio, demasiado preocupados por sus campos, sus cosechas y el desastre del pimiento, para hacer callar a una ignorante como yo.
No sé qué me pasaba aquel día. Era domingo y después de unos cuantos días de lluvia salió el sol. Aproveché para dar un paseo y me encontré con Luffy.
También él iba despacio por la carretera, con un hueso de un trozo de carne en la mano y, sin ponernos de acuerdo, empezamos a caminar juntos.
De repente se agachó, cogió un puñado de tierra y después abrió la mano, dejando que cayera entre sus dedos.
No sé por qué, pero aquello me gustó. Me gustó, como me gustaba su forma de mirar y su suave olor a semillas de hinojo, que recordaba a campo.
-Mañana empezaré a sembrar trigo -me dijo.
Como no supe qué decirle, me limité a sonreír. El también me miró. Y no sé por qué, pero creo que entonces brotó en mí aquella extraña locuacidad:
-¿Qué hacías tú antes de enamorarte del campo? -pregunté indiscreta. La verdad es que desde que oí a los chicos de Zuzumiko decir algo sobre sus estudios, siempre me preguntaba cuáles habían sido y si verdaderamente los había dejado.
La respuesta no lo esperaba, desde luego.
-Música. Solo música.
Le miré a la cara. No parecía estar tomándome el pelo. Lo había dicho en serio.
-Entonces... -¿Es verdad que tocas el órgano? Pensaba que era una broma...
-¿Broma? ¿Por qué había de serlo? Toco el órgano, el piano y alguna cosa más. O mejor dicho, lo tocaba.
-Pues es raro, ¿no? Quiero decir que habiendo música te hayas decidido ahora por la agricultura. Vamos, que son dos cosas que no suelen darse juntas, no sé si me entiendes.
-En Zuzumiko todo el mundo toca algo. Todos salimos músicos espontáneamente, no sé por qué. Lo que pasa es que yo empecé demasiado chico. Teníamos entonces un cura en el pueblo que se fijó en mí y convenció a mi padre de que debía salir de aquí inmediatamente para estudiar. Yo tenía doce años y a los quince había dado conciertos de órgano en unas cuantas catedrales.
Le miré con profundo respeto. Me parecía como si me estuviera contando una fantástica historia. ¿O lo estaría yo soñando?
Nunca se preguntó si aquello le gustaba o no, hasta que volvió a Zuzumiko al morir su madre. Después de diez años volvía ponerse en contacto con el pueblo, con el pueblo, con su tierra.
Comparó la forma de trabajar que aún tenían aquí con lo que había visto en sus viajes por el extranjero y vio que por eso todos seguían tan pobres, aun trabajando al máximo. Le pareció que el campo no estaba organizado, que los labradores tenían unas tierras que valían una fortuna y que no les producían nada. El futuro de sus hijos era o bien seguir el camino de sus padres y vivir tristemente con ellos, o emigrar a las ciudades. La mayoría de los muchachos no volvían al pueblo, aunque siguieran toda la vida añorando los verdes prados. Zuzumiko se moría y él pensó que quizá se debía a la poca unión de todas sus gentes para planificar sus cosechas, para comprar maquinaria moderna, para comercializar ellos mismos su producción. Pensaba que incluso podía montarse aquí una industria que diera trabajo a algunos de los que ahora se iban.
-Tenía veintidós años y fui tan tonto como para pensar que mi idea era lo suficientemente buena como para que todo el mundo la hiciera suya y, sin embargo, nadie me comprendió. Nadie comprendió que repentinamente la música ya no me dijera nada y que me quedara en el campo. Mi padre no lo podía creer. El, el pobre, como todos los padres de Zuzumiko, quería para mí algo mejor fuera del pueblo. El se había matado trabajando para que yo pudiera estudiar y soñaba con yo fuera un señor... ¡Como si él no lo fuera! Como si el que sabe arrancar sabiamente los frutos a la tierra fuera menos noble que el que arranca sonidos armónicos a una caja de madera.
"Se fue muy lejos de aquí creyendo que había fracasado conmigo. Y no fracasó. Yo no hubiera pasado nunca, te lo aseguro, de músico a mediocre. Sin embargo, gracias a esa música, a esos estudios, me he hecho un buen labrador. SI yo no hubiera salido de aquí, si no hubiera aprendido lo que sé, sería como todos: mezquino, desconfiado... Pero nunca he podido olvidar la amargura de mi padre Dragon... Mi hermano Sabo también se fue y yo me quedé solo. Solo, sí, porque nadie apoyaba mis proyectos, nadie quería saber nada de máquinas, de cosechas, de industrias, de asociaciones. "Cada uno en su casa y Dios en la de todos", era su lema. ¡Cuántas veces tuve que oírlo!
"El cura, que creía haberme dado el mejor porvenir del mundo, me llamó su oveja descarriada -rió-, y después me culpó de haber fomentado la ida de mi padre con mis locuras. ¿Por qué no había pensado antes en lo que quería? Imagínate, a los doces años... ¿Quién sabe a esa edad lo que quiere? ¿Se puede condicionar toda una vida a tocar aceptablemente el piano? La música me gustaba, pero no era la razón de mi vida.
-Pero tú entonces tenías novia, ¿no? ¿Ella no te animaba?
-Sí, tenía novia. Vino conmigo cuando murió mi madre y quedó maravillada al ver esto. Esta paz, este campo, este silencio... Idílico. Hasta el barro de Zuzumiko decía que le gustaba. ¿Te gusta a ti el barro?
-¿A mí? Claro que no. Pero tengo unas botas altas y me defiendo muy bien con ellas.
-A ella le gustaba. Deseaba no tener que salir nunca de este paraíso. Pero cuando le dije que no saldría, que mi proyecto era vivir aquí toda la vida, se horrorizó. Me dijo que sería como enterrarse en vida. ¿Cómo podía yo pensar en semejante cosa?
-¿No trataste de convencerla?
-No. De pronto vi que ya no éramos los mismo. Nos habíamos equivocado. Ella quería a un músico, que quizá algún día podría llegar a ser famoso, y ese hombre ya no existía. El de aquí, el de Zuzumiko, tampoco era el mismo, y yo soñaba ya con una chica sencilla que en nada se parecía a ella. Así que se fue. Después se casó. No le guardo ningún rencor. Se casó con un hombre que podía ser su padre, pero que seguramente será para ella mucho mejor marido que yo. Es curioso -añadió después en voz muy baja-, pero no recuerdo ni cómo era su cara...
-¿Y tú dejaste entonces de tocar?
-Sí.
-¿A pesar del talento que tenías? ¿No te da pena? La música y la tierra son dos cosas que no suelen encontrarse juntas, pero que no son incompatibles.
No me contestó. Seguimos un rato andando y de pronto él se detuvo.
-¿Por qué no dejas esto? -me dijo-. Perderás aquí lo mejor de tu vida y todo seguirá igual. Tus chicos no estudiarán. Seguirán tan mezquinos como sus padres, creyendo ver en cada persona que quiera enseñarles a vivir mejor alguien que pretende aprovecharse de ellos. Y si alguno llega a estudiar no será para quedarse aquí, sino para irse a una ciudad. ¿Cuántos padres que ven en sus hijos una clara inclinación al campo se preocupan de enviarlos a una escuela de capacitación agraria? ¿Sacrificarse para que el muchacho siga en el pueblo? ¡No, por Dios! Si quiere estudiar, que sea ingeniero, farmacéutico, que se prepare para trabajar en un Banco... Pero para la tierra... ¡Para eso no se necesitan estudios!
-Te lo dije una vez. Yo desde mi escuela voy a intentarlo y no lo haré pensando en alejarlos de aquí, sino con la esperanza de que, hagan lo que hagan, en el pueblo o en la cuidad, sea con verdadera vocación. Que su camino lo elijan ellos mismos, pera que marchen por él preparados. No seas demoledor conmigo, te lo ruego... Conozco muy bien mis limitaciones y sé que mi influencia es más bien escasa, pero si aquel chico del evangelio que entregó los panes y los peces hubiera pensado que con tan poca cosa no se podía solucionar la comida de cinco mil persones, y que encima él se quedaría con hambre, hubiera comido opíparamente, tras escuchar el sermón de la montaña, pero nos hubiera privado de uno de los mayores milagros de la historia.
ESTABAMOS ya en el pueblo. Nos paramos cera de la escuela. El no me contestó, pero me pareció pensativo.
-¿Por qué no tratas de acercarte a la gente?
-No me gusta le gente.
-¿Y tocar tu órgano, o tu piano, o lo que sea? La música no sería la razón de tu vida, pero sería un buen complemento para ella. ¿No crees?
-No me gusta la música.
-Tienes que pensarlo.
-No me gusta pensar.
-No te gusta la gente, no te gusta la música, no te gusta pensar*... ¿Es que hay algo en la vida que te guste?
Inclinó la cabeza hasta que su cara quedó a la altura de la mía y me miró de frente:
-Me gustan tus ojos, Nami.
Sentí una oleada de calor en la cara. Estaba segura de haberme puesto como un tomate, y me dio vergüenza que él lo notara. Bajé bruscamente la cabeza, horrorizada, porque los ojos se me llenaban de lágrimas. Luffy me miró extrañado. Creo que estaba sorprendido.
-Perdona -me dijo al fin.
Yo nada tenía que perdonar... ¿Qué mujer se sentiría ofendida por algo así? Pero la sorpresa me había dejado paralizada. Porque habíamos hablado de muchas cosas. Creo que éramos buenos amigos, pero nunca me había dicho ni siquiera si le parecía mona.
PERO MIRA por dónde aquella mañana iba yo a cambiar mucho.
Mi primera reacción fue la de encararme con los hombres cuando les oí quejarse por el desastre de los pimientos. Y, además, con el agravante de que estaba dispuesta a seguir haciéndolo en adelante. Y es que de repente me sentí como desequilibrada. Defendía ante Luffy a los del pueblo, achacando su tozudez a su falta de formación de la que no eran absoluto culpables. Culpables eran los mejor dotados que no habían puesto el menor interés en enseñarles. Y es que yo, como los quería tanto, sabía que era así.
Pero sin embargo, cuando estaba con ellos aprovechaba cualquier ocasión para ponerlos de vuelta y media, repitiéndoles todo lo que él me decía respecto a los problemas del campo, asunto del que yo encima no entendía nada. Procuraba cerrar los ojos al hacerlo, para no ver la mirada dolida de Kaya y Usopp, que no comprendían que los censurara tanto.
-Si mi hijo quisiera estudiar, hasta la carrera de médico había de darle -dijo un día Morgan-. Todo, menos que tenga que trabajar como su padre.
-Pues vistas las aficiones del chaval, que no piensa más que en los terneros, en los cerdos y en las gallinas, sería mucho mejor que pensara usted en que tiene inmejorables cualidades para ser un buen veterinario.
-¿Y pasarse la vida en un pueblo? ¡Quia!
-Naturalmente. La vida en un pueblo es estupenda si se sabe vivir. Vivir y trabajar. Pero ustedes, por no fiarse de nadie, no han sido capaces de hacer ni la concentración parcelaria.
Paulie hacía días que no me quitaba ojo. Yo ya lo había notado.
-Me parece que tú sabes algo más que geografía -me dijo.
Pero yo ya no lo escuchaba. Estaba preguntándome si no debería cambiarme de peinado. Hacía varios años que llevaba el mismo. Quizá debería cortarme el pelo o dejarme flequillo... Pero ante el espejo de mi cuarto no podía tomar una decisión. Además, no me veía los ojos en él de ninguna manera. Era un desastre.
Aquella misma noche, y con ayuda de unas tijeras, separé el espejo de su marco, y dibujé un patrón en un papel de periódico. ¡Ya estaba bien, hombre! ¡Mira que no tener un espejo decente en la casa...! Pues como que sí, como que no, que yo llevaba un año peinándome a tientas.
Me lo trajo Iceberg, el alcalde, que había ido a la cuidad y no tuvo inconveniente de hacerme el encargo. Lo malo es que me lo entregó en la cocina, en presencia de no sé cuanta gente, y aquello me avergonzó un poco. ¡Hombre tampoco hacía falta que se enterara todo el pueblo de que yo tenía un espejo nuevo...!
-Es el del lavabo de mi cuarto -dije. Y añadí casi sin darme cuenta.
-El otro estaba tan estropeado que no hay forma de verse el ojo ni para ponerse una lentilla.
Law, que había entrado en la cocina después de ver a el pequeño de Usopp que tenía varicela, me miró al fondo de los ojos, como si estuviera ante un microscopio.
-¿Pero tú usas lentillas, Nami?
Me quedé de una pieza... ¿Por qué diría yo una ridiculez semejante?
-No. Claro que no... ¿Pero quién me dice a mí que no las voy a necesitar dentro de unos años?
Y después de tan filosófica respuesta, pedí a Usopp que encajara el espejo en el marco y lo sujetara con unos clavitos.
Parece mentira, pero dentro de aquella tristeza interior que sentía, porque no podía olvidar la amaga historia de Luffy, me estaba volviendo un tanto frívola. Era evidente. Lo que me extrañaba es que nadie lo notara; al menos no me lo dijeron, y eso que yo me encontraba favorecida.
Pero nada... ¡Que nadie en el pueblo se fijó en que yo me había cambiado de lado la raya del pelo!
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Continuará...
Bueno hasta aquí el capítulo, espero que les hayan gustado ya que va sobre el pasado de Luffy. *Y sobre eso quería decir que sobre que no le gusta le gente, es un poco extraño en Luffy ya que es muy sociable, pero este Luffy en mi fic ha sufrido mucho ya que las personas pasaban de él olímpicamente y se metían con él cada vez que lo veían, por eso es desconfiado y no le gusta la gente. Espero que lo comprendan ;)
Me gustaría agradecer a las personas que dejan reviews, los que me gustan tanto. Les doy gracias a todos los que leen mi historia y a los que opinan: clea everlasting, nami8221, ZoroRoronoaForever, Minchy-chan14, Kaoru likes One Piece, hanukatama, Nico Ale, Rini Booh y por último pero no por eso menos importante Iris Cid.
Sin más, espero les haya gustado este escrito, ya saben, los reviews son gratis, siempre bienvenidos, pero sobre todo, me alegran mucho el día.
Nos leemos ^^
Fatima-swan
