Ufff tarde un poquito, pero finalmente lo logré!
¡Buenas, mis pequeños ratones de campo! Espero estén bien, de verdad!
La verdad es que no he tenido nada de tiempo, entré a trabajar y eso me consume todo el día, así que no se asusten si desaparezco algunos días jajaja
Como sea, no tengo más que decir, salvo que muero de hambre y espero que les guste el fic!
AL CAP! :D
…
14
La noche de un día difícil
…
"La forma en que me haces sentir,
No me puedo concentrar, es demasiado para resistirlo"
Buttlerflies – Zendaya
o.o.o
La habitación estaba en silencio; en la pared de enfrente, había una pequeña chimenea de piedra, encajada en una pared también de piedra, cubierta por un protector negro. El fuego crepitaba suavemente, y el aire olía a vainilla y coco.
Ahora que lo notaba, toda la habitación estaba cerrada por paredes de piedra, solamente el techo, inclinado hacia la cama, estaba sostenido por gruesos pilares de madera color arena, aunque no podría decir si era de ese color con exactitud, porque no podía ver claramente debido a la falta de luz; el fuego en la chimenea era toda la iluminación que había en el cuarto.
No estaba segura si debería moverme; acababa de despertar y, no me había atrevido a hacer más que husmear por la habitación simplemente con los ojos, explorando el sitio totalmente desconocido donde me encontraba. Parte de mí, esa parte que seguía aun aterrorizada por lo que había sucedido, algo que me parecía como un mal sueño, temía que encontrarse en un sitio hostil. No recordaba mucho, la verdad. Todo era muy borroso, ahora que lo pensaba. Tenía vagos recuerdos de la ropa de Grim, del sonido de su voz rugiendo órdenes afiladas, mientras otras voces gritaban cosas inentendibles. Me sentía insegura, aunque pensándolo bien, no debería correr peligro. Dudo mucho que un enemigo tomase el cuidado de ponerme ropa seca, cubrirme con sábanas y edredones, y acomodarme entre almohadas mullidas.
Por otro lado, si no me había movido, era simplemente porque, estando así, totalmente quieta, el dolor sordo palpitaba por cada rincón de mi cuerpo. La garganta, el pecho y los pulmones me ardían, lamidos por el fuego, cada vez que respiraba, cada bocanada de aire me dolía como rayos. Tenía una sensación agónica en los brazos y las piernas, esa misma de cuando has hecho ejercicio hasta que tus propias fuerzas acaban cediendo ante el cansancio, dejándote tiesa y acartonada por casi una semana. Aunque esto no parecía nada a la tensión de hacer ejercicio.
Cerré los ojos con lentitud, haciendo un esfuerzo por incorporarme en la cama, pero en el instante en el que puse presión sobre mis manos, un relámpago ardiente me atestó el cuerpo como un látigo, arrebatándome un gemido de dolor, quedándome congelada, porque no estaba segura que me dolería más; dejarme caer de golpe, o quedarme allí. Sospechaba que dejarme caer no me sentaría nada bien, especialmente porque la cabeza comenzó a girarme como si estuviera en un toro mecánico.
Estaba a punto de ceder ante el dolor, cuando un par de manos me sujetaron firmemente por la espalda y los hombros, sosteniéndome, ayudándome a sentarme. Dejé caer todo mi peso sobre ellas, sintiendo la respiración entrecortada, los ojos cerrados como tumbas por el simple ardor que me recorrió el cuerpo por ese simple movimiento.
-No te muevas tan bruscamente –advirtió una voz, rasposa y ácida. La conocía a la perfección. Podría haberla reconocido aun en medio de toda esa pequeña agonía-. Eres un pajarillo muy impulsivo, ¿sabes?
La espina de preocupación se desmoronó como un castillo de arena, y suspiré de puro alivio.
-Grim… -lo saludé, abriendo lentamente por párpados, aun sintiendo el eco del dolor azotarse contra mí. Lo escuché mover algo a mis espaldas, y cuando se retiró, comprendí que me había puesto un respaldo acojinado con las almohadas, de modo que no tendría que estar sentada por fuerza propia.
Se veía igual de cansado que yo, o quizás más. Una vendoleta le cubría el corte sobre su mejilla y un nuevo hematoma le cubría la comisura derecha de los labios. Pero fuera de eso, se encontraba bien; ya no había sangre, ya no estaba empapado ni nada por el estilo. Y estaba allí, cosa que me reconfortaba casi tanto como el calor apacible del fuego. Luego de todo lo que había pasado, luego del miedo, el terror, el dolor, no quisiera haber visto a nadie más.
Sin poder evitarlo, le sonreí con dulzura.
-Bienvenida de vuelta, Sylvette –saludó, devolviéndome la sonrisa tímidamente, al tiempo que tomaba asiento en la silla que se encontraba al lado de mi cama. Se inclinó con lentitud, forzando su rostro de modo que no pareciera que le causaba dolor el hacer esfuerzo, aun cuando ambos sabíamos que debería sentirlo. Nuevamente llevaba la túnica negra sobre una camisa blanca cuyo botones la cerraban hasta la altura del diafragma. No era que necesitase mucha tela sobre él; las vendas le cubrían hasta la altura del pecho, extendiéndose sobre uno de sus hombros.
No pude evitar sentirme culpable por ello; Grim había estado realmente herido antes de ir por mí, y había mejorado considerablemente, pero seguía viéndose mal. Ahora estaría peor. Me pregunté si los analgésicos actuarían en él, cosa que dudaba, dada su condición, y que podría hacer para ayudarlo.
-¿Estás bien? –preguntó, inclinándose ligeramente hacia el frente. No había notado que no hablaba con su usual tono juguetón y cantarín. Su voz era rica y profunda, aun cuando esa leve nota áspera seguía estando allí.
-¿Eh? Sí, sí… estoy bien –parpadeé un par de veces, sin comprender del todo a que se refería. Creo que sin notarlo, me había enfurruñado- ¿Qué…? ¿Qué pasó…?
-Te estabas ahogando –respondió sin demorarse, sin piedad, sin duda. Su voz salió de su boca como en automático, pero la sola mención de ese momento desató un aluvión de recuerdos violentos y aterradores en mi cabeza. El burbujeo del agua a mi alrededor, el zumbido de la presión a punto de reventarme los tímpanos.
Sacudí la cabeza, fingiendo que los recuerdos no me afectaban tanto como parecía, que no me paralizaba el simple hecho de pensar en ello. Tragué saliva, el ardor en mi garganta no hizo más que comprobarme que el martirio que yo trataba de olvidar realmente había sucedido, que las garras de la muerte casi se habían postrado sobre mí.
-¿Cómo llegaste allí? –insistió Grim, con ese mismo tono impiadoso de antes, haciendo dudar sobre si debería mirarlo o no. No me sentía muy tranquila conmigo misma, y tampoco quería seguirlo preocupando. Por otro lado, algo me decía que no me preguntaba esas cosas solo para hacerme hablar de aquel traumático suceso solo para que me desahogara.
-Estaba en la escuela… -comencé a decir, jugueteando con la sabana entre los dedos-, y un chico, Edrick, se acercó a mí durante la primera clase. Salimos tarde de ese salón y teníamos que desplazarnos al otro lado de la escuela para la siguiente materia. Creí que llegaría tarde, y no quería llegar tarde en mi primer día, así que cuando Edrick me dijo que conocía un atajo… Bueno, creí que se trataba solo de eso… Pero él... él, ¡Dios! No sé qué pasó…
-Está bien –murmuró Grim desde su silla, mientras yo pasaba saliva. Aún tenía la garganta reseca y adolorida, aun la sentía en carne viva. En efecto, mi voz era débil y un poco ronca por lo mismo.
-Recuerdo que me sujetó del cuello contra la pared –proseguí-, y sus ojos se volvieron rojos, y decía algo sobre mi olor. Luego me arrojó por los aires y cuando caí perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en esa sala, y allí estaba Edrick, acompañado por otros sujetos… Y no dejaban de preguntarme cosas sobre… un tal James Gravesworth…
Algo se tensó en el ambiente. Algo cambió. No era un cambio mínimo, sino era como si toda la habitación se hubiera congelado en ese instante, victima de la furia súbita de una peligrosa bruja de hielo. No me atreví a mirar a Grim, y no porque tuviese miedo, sino porque no sabía con que iba a encontrarme. No me sentía lista para enfrentar eso. Aun mi corazón palpitaba débil y descompasado por el miedo, aun no me recuperaba del dolor, el estrés y la angustia como para ponerme de frente a otra situación desconocida. Y el llanto subía lentamente por mi nariz, agrietando mis ojos, mi aparente mascara de tranquilidad.
Pero el silencio se asentaba, se cernía como el lodo agitado de un estanque que finalmente queda en calma, y el agua clara permitía, finalmente, dejarme vulnerable y expuesta ante los ojos salvajes de Grim.
-¿Y qué querían de James? –preguntó él, aun con voz sepulcral.
-Querían que les dijera donde estaba… -confesé, mordiéndome los labios torpemente. El silencio me aguijoneaba por la espalda-. Querían que los llevara con él…
-Sylvette…
-Pero les dije que no lo conocía –añadí rápidamente, mirándolo con imprudencia, sin detenerme a pensar un momento si era lo correcto, si soportaría el peso de sus ojos. Sin embargo, cuando lo miré, no parecía molesto, inquisitivo o sospechoso de que yo pudiera haberlo metido en un terrible problema. Parecía… incrédulo-. Que no sabía quién era… -sonreí con tristeza, sin poder evitar pensar en lo patético que mi relato sonaba-. Y supongo que no me creyeron porque acabé encadenada en el fondo de un contenedor inundado…
No podía evitar pensar en todo lo que había sucedido. Y no era que fuera débil, o que no hubiera estado antes al borde de la muerte, porque no era así. Había vivido casi tres años temiendo que un día, tras una trágica cirugía, no fuera a despertar jamás. Lo peor era que la idea, si bien me daba miedo, no me aterraba como ahora. Quizás porque ahora realmente estaba "viva", respirando y moviéndome fuera de una pequeña habitación de hospital, sin pasar las noches creyendo que esa podía ser mi última, que quizás tendría una complicación a media noche y no abriría los ojos al día siguiente.
-Pero… ¿por qué…? –Grim soltó un bufido, con un expresión extraña en su rostro de mármol. Me observó por largo rato, casi de una forma científica, y tratando de hallar las palabras adecuadas quizás, balbuceó algo inentendible, confundido, pero no logró enunciar sonido alguno.
-Lo siento… -murmuré rápidamente, negando con la cabeza, y una punzada de culpa me acosó el corazón. Se me hizo un nudo en la garganta y, nuevamente, las imágenes de Grim entre las llamas, cubierto de sangre volvieron a mi mente como las afiladas flechas de un cazador. No sé por qué me causaba tanto temor verlo así, no lo entendía, solo sabía que no quería verlo así de nuevo. Apreté los ojos, los dientes, luchando por la amargura súbita que subía por mi boca, sintiendo el inexplicable llanto empujando las puertas que había cerrado con debilidad-. Debí tener más cuidado… Debería… No quería que… te hicieran daño. Y ahora estás peor que antes…
-Vetty, ¿Qué estás diciendo? –inquirió, soltando una leve risilla que sonaba a incredulidad por entre sus palabras, y yo me sentí tan ridícula que me lleve ambas manos al rostro ¡Odiaba ser tan débil! ¡Odiaba sentir tanto las cosas! ¡Odiaba ser tan torpe! -. Pudiste haber muerto hoy, ¿sabes? Cuando llegué ni siquiera te movías. Tardé casi dos minutos en sacarte de allí, y casi dos más en hacer que reaccionaras… Creí que le hacía RCP a un cadáver... Creí que era demasiado tarde… ¿Y te preocupas por mí?
Sus palabras de volvieron débiles, teñidas por la preocupación, y acabé sintiéndome aún mucho más culpable de lo que ya estaba.
-Lo siento… -gemí por detrás de mis manos. Soné muy parecido a lo que sonaría un ganso estrangulado, así que debería estar llorando ya. Era obvio: tenía su amargo sabor en la boca desde hacía unos segundos, y eso solo me hacía sentirme peor. En realidad, no entiendo cómo era posible sentirme peor-. Yo solo quería protegerte… ¡Y ni siquiera eso puedo hacer bien!
Sentí que me sujetaban las muñecas, y sin pedir permiso, sin hacer demasiado esfuerzo, Grim las retiró de mi rostro, dejándome completamente vulnerable ante sus penetrantes ojos verdes, líquidos ante la luz, ante la apacible sonrisa que adornaba su pálido rostro.
-¿Querías protegerme? –estaba levemente inclinado sobre mí, muy cerca, con una tierna mirada grabada en sus ojos cristalinos. Busqué en él alguna señal de duda o de furia, pero solo había calidez, esa amabilidad apabullante que me dejaba sin aliento, mientras limpiaba una de mis lágrimas con la yema de sus dedos, recorriendo la línea de mi mejilla con infinita serenidad, hasta que resbalaron hasta la curva de mis labios. Todos los vellos de la espalda se me pusieron de punta, mi corazón cansado empezó a galopar a regañadientes cuando su aliento aterciopelado me rozó la piel del rostro- ¿Por qué un pajarillo haría tal cosa~?
-Porque a los pajarillos no les gusta que lastimen a las personas que les importan –gruñí, ligeramente enfurruñada por su pregunta, aunque aún tenía la voz sofocada por la tristeza. Abrió los labios para decir algo, pero yo continué, sin importarme la interrupción-. Porque no quería volverte a ver como esa noche… No otra vez… Ese día no hice nada para ayudarte…
¡Odiaba llorar! Odiaba sentir siempre todo con demasiado ahínco. Usualmente no lloraba tanto, pero en ese momento no sé qué me pasó, no comprendí porque me sentía tan terriblemente enferma por la debilidad, por la vergüenza. Quizás se trataba de que la gente siempre había tratado de cuidarme, de protegerme. Mi madre, mi hermano, mi abuela, la doctora Wright, Allison y Jim, y todos aquellos que estaban ligados a mí. Me trataban con delicadeza, procurando mi salud, mi buen humor, todo eso. Al comienzo el lindo saber que alguien se preocupa por ti, pero a la larga, esa prevención, el nerviosismo de los demás por tu seguridad comienza a pasarte factura, y pierdes esa fuerza que te impulsa a luchar por ti misma.
Y lo peor llega cuando te das cuenta de que, aun luchando por cuidar de ti, aun deseándolo con todas tus fuerzas, sosteniéndote con uñas y dientes a tu independencia, descubres decepcionantemente, que eres incapaz de hacerlo, y mucho menos considerar cuidar de alguien más. Hacer cosas para ayudarles, hablarles con calma.
¡Ni siquiera darles un maldito consejo! Con la clase de vida tan caótica, patética y enfermiza que llevaba, ni siquiera me atrevía a considerar ofrecer mi punto de vista.
-Estabas asustada –murmuró suavemente, y solté un bufido mientras me secaba los lagrimones con el dorso de las manos-. No había otra reacción natural al momento, pajarillo. No es normal encontrar un cuerpo casi muerto en tu…
-¡No, no me refiero solo a eso! –exclamé, sacudiendo la cabeza, zozobrando de vuelta a los sollozos, mirándolo sorprenderse cuando elevé el tono de mi voz. La garganta me ardía por la bilis, por la furia anaranjada y roja que sentía hacia mí misma- ¡Me refiero desde antes! ¡Tú me defendiste de esa banda de motociclistas, y todo lo que hice fue salir corriendo…! Correr, para meterme en otro problema aún más grande… -me encogí de hombros, mirando hacia arriba, como si pudiese ver al mismísimo Dios riéndose por mi propia mala suerte-. Otro problema más grave, del cual volviste a intervenir por mí… ¿Y que hice yo? ¡Volver a huir…! Huir de nuevo, solo para que cuando te vieras en problemas me echase a llorar… ¡Como si eso alguna vez me hubiera solucionado algo…!
Insuflé aire para decir algo, pero en cuanto traté de darle forma, solo escapó de entre mis labios un sonido agudo y lastimero, un afilado sollozo que me destrozó por dentro. La vergüenza manó libremente por mi rostro, corriendo rio abajo, resbalando por mi barbilla y empapándome el cuello del suéter, mientras yo seguía luchando por continuar hablando, porque aún quedaban cosas por decir…
-Soy tan egoísta… -el llanto no cesaba, y apenas podía hablar por los súbitos hipidos, por el dolor que me embargaba desde dentro hacia fuera, consumiéndome como el fuego a la hierba seca, como el hielo asesina a las flores bajo su peso. El simple hecho de pensar todo eso, en mí misma, siempre temiendo por mí, me hacía sentir terriblemente mal -. Ni siquiera te pregunté cómo te sentías… Si estabas asustado por tu propia vida o si seguían persiguiéndote o quiénes son esos lunáticos que querían matarte…
También había querido huir de la verdad, de lo que él era. También quería huir del riesgo de verme en peligro, de afrontarme a esa persona que había tratado de matarme. Cuando me lo dijo, solo me importó que esa persona no supiera nada de mí, que no tuviera ni idea de quien era yo, donde vivía. Quería que no supiera de mi existencia, porque era mejor mantenerse a salvo así…
Y para colmo, también había huido cuando él me besó; huí para evitar ese enfrentamiento, hui para alejarme de los fantasmas que me azuzaban a empalar a todo aquel que quisiera acercarse a mí.
¡Que cobarde acabé siendo! ¡Qué persona tan lastimera y cobarde y ridícula acabé siendo!
-¿Y por qué es eso es un motivo para culparte? Te preocupas por tu propia vida; es algo totalmente natural de los humanos –insistió con voz de piedra, pero no me atreví a mirarlo a los ojos, a enfrentarlo, porque seguramente hallaría solo fastidio en sus ojos, solo aburrimiento. Una chica cobarde, llorona y que aparte, parecía juzgarse con mano de hierro, ni siquiera yo misma me tendría paciencia-. Es lo esperado. Un poco desalentador, pero aceptable. Lo que no entiendo, es ¿por qué arriesgaste tu propia vida por mí? ¿Por qué, siendo humana y mortal…? ¿Por qué lamentas tanto que haya acudido a ayudarte? ¡Es como si hubieras preferido que no…!
-¡Porque quería mantenerte a salvo, estúpido Shinigami! –refuté, histéricamente, hundiendo la cabeza entre las manos y las rodillas, tal y como lo haría un avestruz asustado sintiendo la vergüenza golpearme con una ola salvaje y gigantesca, arrastrándome de vuelta a las profundidades oscuras y punzantes que conocía tan bien. Me quería hundir con ellas y ya no salir nunca de allí. Quería que se abrieran esos viejos mares de inseguridad y que las bestias allí dentro me devorasen, de una sola vez, de un solo mordisco.
-¡Lo hice para protegerte, y acabó siendo todo lo contrario…! ¡Fue tan ridículo de mi pa-!
Las palabras murieron en mi boca, víctimas de la falta de aliento, de aire para ser pronunciadas. Un solo movimiento dictó su sentencia, y dejó caer la guillotina sobre sus cabezas, y sobre cualquier otra palabra que hubiera querido escapar de entre mis labios. Una guillotina que se sentía húmeda, sofocándome por el calor de una boca que se trababa cariñosa y posesiva contra mis labios.
Quise hablar, quise decir algo, pero realmente, estaba estancada en ese momento, con el corazón latiéndome en los oídos, sintiéndolo rasgarme el pecho en dos por vapor caliente que se arremolinaba en mi interior.
Se había acercado abruptamente, desterrando todo el espacio que había entre nosotros, sin pedir permiso, sin permitirme dar excusas, resistirme o seguir llorando. Por un instante, la sorpresa me petrificó, dejándome las manos heladas, estáticas, dedos crispados en el aire, los brazos estirados sobre sus hombros tratando de alcanzar aquella tristeza de la cual me había alejado de un empujón con suma facilidad. No estaba muy segura de lo que debería hacer, ni de cómo debería reaccionar, ni si quería apartarlo lejos de mí o algo por el estilo. Y la verdad, es que no tuve demasiado tiempo para pensarlo, o quizás Grim no deseaba que yo pensase mucho en aquellos momentos. No me daría tiempo de escaparme esta vez, y la prueba de ello era la insistente forma en que sus labios se presionaban contra los míos.
Aún tenía las manos crispadas cuando se alejó, los brazos extendidos, los ojos abiertos de par en par, y una avalancha de preguntas que se había estrellado de seco contra el muro de esmeraldas que eran los ojos de Grim.
-Creo… -murmuró, exponiendo una perversa sonrisa, los ojos resplandecientes bajo su cabello. Hablaba tan de cerca que sus labios me rozaban la boca cuando pronunciaba sus palabras- que acabo de descubrir la forma de silenciar a un petirrojo.
Solo un poco; unos breves centímetros nos separaron, solo lo suficiente para que pudiera besarme la frente, y apretarme nuevamente entre sus brazos, curvándose sobre mí. Sentía la boca seca y tensa, los ojos muy abiertos por la sorpresa y el repentino ataque, sintiendo que las mejillas me humeaban por el intenso calor que se despedía de ellas. El mismo calor que había evaporado la histeria profunda y enraizada que estaba torturándome momentos antes, carcomiéndome el corazón.
-Lo siento mucho, pajarillo –hablaba suavemente, sin soltarme. Sus palabras parecían un suspiro en medio de la noche fresca, el roce de una nube contra el cielo azul-. Han sucedido cosas horribles en estos últimos días, cosas que no deberías si quiera soñar con ellas. Lo siento de verdad por exponerte a todo eso… Pero no tengas miedo; te dije que cuidaría de ti, ¿no es así? Y me encargaré de ello, tal y como lo prometí. Así que no deberías preocuparte, más que solo por ti.
Cerré los ojos lentamente. Su rostro se deslizó desde mi mejilla hasta mi hombro, mientras escuchaba una suave risilla escapar de sus labios. La vibración de su voz me provocó un leve cosquilleó en el cuello, pero descubrí que no tenía deseos de apartarme de él. Descubrí que mis propias manos buscaron trabajosamente una forma de cerrarse a su alrededor, cercándolo contra mí. No tenía deseos de saber porque, de cuestionar mis propios motivos para necesitarlo tan cerca de mí, de porque anhelaba que no me soltase jamás…
El fuego aun ardía adormecido en el hogar, bailando lánguido entre la leña encendida y el humo que ascendía por el túnel de la chimenea, al ritmo del breve crujido del calor resquebrajando las vetas de la madera. Un ritmo dulce y pacífico, e inmediatamente comencé a sentirme profundamente relajada, tan tranquila que me era imposible resistirme al súbito sueño que se arraigó en mi interior.
Me sentía a salvo… Tanto como no me había sentido en años…
-Es curioso, ¿sabes? –murmuró con voz aterciopelada, sin moverse, sin soltarme de ese dulce abrazo cuyo final no deseaba que llegase. Sus manos estaba estáticas sobre mi espalda, pero en cuanto deslicé mis dedos por sus hombros, apretando su bata entre mis manos, las suyas encontraron un camino hacia mi nuca, hacia mi espalda baja, estrechándome contra él con posesividad-. Eres la primera humana que ha arriesgado su vida así por mí…
El fuego aun ardía, aun bailaba, aún seguía moviéndose en ese vals que parecía una canción de cuna. Grim olía a menta, a lluvia. Sus manos me acariciaban la espalda, la cabeza.
Sus dedos jugueteaban con mi cabello.
No estaba segura de porqué me sentía así, de porque no deseaba apartarme de él, pero sí sabía que no deseaba ponerme a averiguarlo en ese momento. Solo quería abandonarme a ese abrazo, y olvidarme del mundo.
o.o.o
-¿Dónde estamos?
-Es la casa de una vieja amiga –respondió Grim rápidamente, inhalando profundamente, tranquilo-. A las afueras de Manchester, por si tienes dudas. No me llevé demasiado lejos al pajarillo~
El dolor, luego de estar sentado por largo tiempo (me confesó que se había quedado a mi lado las casi doce horas que estuve inconsciente), había pasado su factura y necesitaba recostarse, así que cuando se dejó caer con suavidad sobre una de las almohadas, me deslicé hacia la derecha para dejarle más espacio libre.
La cama no era muy grande, pero yo no soy precisamente robusta, más bien soy bastante delgada, así que aunque Grim ocupaba el mayor espacio, estábamos bastante cómodos, alejados por un espacio considerable, con las manos cruzadas sobre nuestros estómagos.
-No es que tenga nada en contra de esta bonita casa, pero –dije, encogiéndome de hombros- ¿por qué no me llevaste a mi casa?
-Este sitio estaba mucho más cerca. Además, te envenenaron… -di un respingo, recordando súbitamente el dolor, mi piel ardiendo llena de ampollas, la debilidad y la oscuridad tenebrosa, tirándome hacia ella con toda su fuerza, golpeando la muralla que levantaba con mis frágiles manos mortales, queriendo parar ese ariete titánico que retumbaba contra mi-. No habría podido hacer mucho por ti, pero mi amiga es una experta en antídotos y sanaciones. Te curó, y aquí estás.
-Aquí estoy… -repetí, sonriéndole a media, aunque si soy honesta, seguía aterrada por la visión de mi propia piel cayéndoseme a pedazos. No estaba segura que tipo de veneno sería, aunque dudaba que fuera el mismo que le habían inyectado a Grim.
Grim…
-James Gravesworth…
Grim levantó la vista en automático, con las pálidas cejas alzadas, expectantes.
-Adrian James Gravesworth, para ser exactos… -concluyó, con una pequeña sonrisa enigmática. La luz dorada se reflejaba sobre sus ojos verdes, tiñéndolos de diversos tonos de anaranjado y amarillo.
-¿Por qué no me lo dijiste antes? –pregunté, sin temor a sonar demasiado insistente o inmiscuida.
Suspiró cansinamente, y creí que me cambiaría el tema, pero, sorprendentemente, no lo hizo.
-No te consideraba de confianza en aquel entonces~ -confesó sin titubear, con su usual tono burlón, y yo lo miré, con la boca abierta. De haberme podido mover, lo habría golpeado fuertemente en la cabeza con lo primero que tuviera a la mano- ¿Qué clase de ave deja a una serpiente entrar en su nido? ¿Y sin si quiera preguntarle que intenciones tiene?
-¡No tienes derecho a decir esas cosas! –gruñí, apretando los puños y mirándolo fieramente de reojo, mientras él se reía por lo bajo, sujetándose discretamente el estómago adolorido-. Nunca debí aceptarte en mi casa. Debería haber sospechado que eras un malagradecido. Tal como Grell.
-Tengo todo el derecho de hacerlo~ -canturreó bajito, aun riéndose-. Eras demasiado despistada, demasiado confiada, demasiado ingenua. Ni siquiera me has preguntado cómo fue que te hallé, quienes eran esas personas que me buscaban. Eres un albatros, hehehe~
-¿Acabas de llamarme albatros? –inquirí, confundida.
-¿Ves? –insistió-. Tu cerebro de ave acaba de considerar eso como lo más coherente e importante que preguntar hehehe~ ¡Es hilarante~!
Una parte de mi estaba furiosa, pero la otra… bueno, la verdad es que era un argumento bastante aceptable. En realidad, no sabría decir cuales fueron mis motivos para dejarlo pasar de ese modo a mi casa, y más importante, integrarlo así a mi vida. Era un completo extraño, y afortunadamente, no resulto como ser como Edrick.
El pensar en aquel nombre…
-¿Cómo fue que me encontraste…? –murmuré bajito, con los ojos fijos en la columna que atravesaba desde la pared del cabezal de la cama, hasta la chimenea- ¿Cómo supiste donde estaba?
-¿De verdad quieres saber? –inquirió, expectante, súbitamente serio, y yo lo miré sin comprender a que se refería-. Si te lo digo, podría revelarte esos tenebrosos secretos de los que los pajarillos no desean enterarse~
-Sí, sí quiero saber –mi voz sonó tan firme que inclusive yo me sentí sorprendida. Los ojos de Grim me brindaron completa atención, como si fuera lo único existente en esa habitación, de esa manera que hacía a mi pobre corazón acelerarse como un auto sin frenos cuesta abajo.
Tragué saliva, regresando la mirada a la viga, luchando por fingir que no sucedía nada.
-Eso quería decirte esta mañana. Antes de irme a la escuela, pero debido a… -estaba a punto de mencionar lo sucedido esa mañana, cuando recordé lo que había sucedido esa mañana. Grim acorralándome contra el refrigerador. Volví a pasar saliva, quizás con demasiada fuerza, porque la garganta me escoció-… a que tenía prisa, no pude hacerlo. Pero cambié de opinión… quiero saber. Quiero saber sobre ti, y sobre lo que está sucediendo. Ya no quiero que las cosas vuelvan a tomarme por sorpresa…
Grim me miró fijamente, casi de manera intimidante. Su rostro dejó de ser burlón, convirtiéndose en una máscara dura, pétrea… una máscara que me era imposible dejar de mirar. Parecía decidido, sumamente demandante, y abrió los labios ligeramente, tensos, para decir algo…
-¿Ignoraremos el hecho de que querías besarme esa mañana~?
-¡GRIM! ¡Eres…! ¡Ugh! ¡¿Por qué…?! –gruñí entre dientes, tratando de no elevar demasiado la voz por el dolor que me agobiaba todo el cuerpo cuando me movía. La sangre subió como un reflujo de agruras hasta mi rostro, acompañada de una oleada de bilis que creí que acabaría escupiendo-¡Yo no quería besarte! ¡Tú me acorralaste! ¡Tú, con tu… brujería de Shinigami! ¡Y de hecho, te dije que no lo hicieras de nuevo!
-No vi que pusieras mucha resistencia, querida~ -su voz era de bufón, pero su rostro seguía en calma, aun mirándome con fijeza, aun observando mi reacción ante sus bromas y burlas, ante mi rostro furioso. Sus ojos se atenuaron, entrecerrados, ensalzando una sonrisa torcida y maliciosa.
-¿Cómo se supone que ponga resistencia si una de las dos veces que me besaste estaba inconsciente, y la otra, me tomas por sorpresa? –repliqué, apretando la sabana entre mis dedos, sintiendo mis mejillas arder, clavando los ojos en el techo, luchando por liberarme de esa carga que me provocaba esa expresión en su rostro.
Maldito Shinigami ridículo y fastidioso.
-¿Una de las dos veces? –se volvió hacia mí, apoyándose sobre su brazo para girarse de costado hacia mí, súbitamente sorprendido, confundido incluso- ¿Inconsciente?
Yo seguía con los dientes apretados, observando el techo y deseando que a ese ridículo Shinigami decolorado le cayera un rayo, pero él parecía estar teniendo una discusión con otra persona.
-Ah, ya veo… -levantó una ceja, ahora definitivamente con actitud crítica, casi como la de un profesor que atrapa a un alumno tratando de copiarse en plena prueba-. Te refieres al RCP, ¿no?
Asentí rápidamente, aun fingiendo rabia, aunque su actitud me hacía sentir, como siempre, expuesta y vulnerable, y cuando creí que no podría estar aún más indefensa, su rostro se ensombreció de forma inesperadamente arrebatadora.
-¿Llamas a "eso" un beso? –preguntó de repente, con tono cínico, entre enfadado y sorprendido.
Volví a asentir, sin poder moverse, sin poder alejarme, sin poder retroceder. Grim se acercó peligrosamente a mí, aun apoyado sobre sus brazos. Para estar herido, se movió bastante rápido, lo suficiente para sujetar mis manos por encima de mi cabeza, con la suficiente firmeza como para evitar que me moviera, pero no con la fuerza para hacerme daño, aun en mi delicada condición.
-¡Grim! ¿Qué estas…?
-Uno de estos días, Sylvette -apoyado sobre su codo derecho, su rostro quedaba ligeramente arriba del mío, y era por eso que podía ver con claridad sus agudos y penetrantes ojos, sometiéndome bajo ese peso fantasmagórico que tenían-, te enseñaré lo que es un "beso"…
Sentí el estómago violentamente vacío, acuchillado por un escalofrío que subía y bajaba por mi nuca cada vez que los labios de Grim se movían dándole forma a sus palabras, a su voz áspera, ácida y cálida. Me quedé con las palabras en la boca, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, por la seguridad con la cual me decía esas cosas. Como una amenaza. Como algo que nadie podría evitar que se cumpliese…
-Sin prisas, sin miedo… -la punta de sus dedos de su la mano libre me rozó la mejilla, el mentón, el borde de mi labio inferior, deslizándose por el borde de mi mandíbula. El corazón me palpitaba con tal fuerza que no entendía como no se había desprendido de las venas, porque sentía mi pecho subir y bajar desesperadamente, aun cuando yo me encontraba totalmente paralizada, observando a Grim morder ansiosamente sus propios labios, sonriendo indecoroso, travieso, de esas sonrisas que te dejan en verdad sin aliento, tan llena de autosuficiencia, tan confiada que solamente puede rendirte ante ellas. Se inclinó un poco más hacia mí, muy cerca, demasiado para ser honesta. El pulso se me encabritaba en las venas-. Lo suficientemente lento para saborear la calidez de tu boca de azúcar, la suavidad de tu lengua, el temblor de tus manos… Te besaré apropiadamente, sin medida, sin tener cuidado contigo, sin tenerte piedad…
Mi corazón palpitaba tan fuerte que podía sentir sus enloquecidos latidos haciendo eco por todo mi cuerpo, por todo mi ser, como las ondas que se forma en el medio de un lago en calma cuando una roca rompe la superficie, casi de manera alarmante, insoportable. Y aun así, no podía dejar de mirar en sus profundos ojos que parecían ver a través de mí, a través de mi miedo, de mi inseguridad, de la propia furia que hacía mucho se había esfumado.
No podía soportarlo…
No comprendía como esa persona podía someterme mentalmente con tanta facilidad, con el mínimo esfuerzo. No entendía cómo era posible que yo permitiera que eso sucediese, que me dejase perderme en sus palabras, en sus ojos salvajes e impiadosos, en su voz agridulce…
Quizás era porque, cuando hablaba así, sentía como si fuera lo único que era capaz de escuchar, y cuando me miraba, como esa mañana, como lo hacía ahora, yo solo deseaba que acabara con mi sufrimiento. Que pusiera un fin a esa sensación que me quemaba y me desgarraba el pecho como queriendo arrancarme el alma del cuerpo, al sentimiento que me provocaba su voz reverberando en mis oídos…
Era intoxicante. Era veneno puro corriendo por mi torrente sanguíneo…
-Ven… -murmuró, levantándose inesperadamente del colchón, alejándose de mí, de mi tembloroso, paralizado y ruborizado ser que era incapaz si quiera de proferir palabra alguna, luego de escuchar aquello. Me sentía violada auditivamente, me sentía extraña, apretujada en mi propia piel-. Hay unas personas que deseo presentarte, pajarillo~
o.o.o
Si bien moverme no fue difícil, ponerme de pie resultó una verdadera tortura. Forzar mis músculos entumecidos a moverse, a poner en funcionamiento la atrofiada maquinaria, resultó casi insoportable, porque todas las articulaciones me ardían febriles, casi lamidas por el fuego. Grim me sujetó de los brazos, tirando suavemente de mi cintura para que pudiera ponerme de pie, y cuando finalmente estuve andando sobre mis propios medios, me aparte ligeramente de él, apoyándome sobre las paredes.
Quizás estoy siendo melodramática o exagerada, pero me asfixiaba su presencia. Me pesaba en el pecho, como una enorme roca atada a mi corazón que luchaba por no hundirse en el vacío. El día anterior –descubrí que ya eran las siete de la mañana- había decidido que no deseaba que volviera a tocarme. No deseaba de él nada más que su simple amistad, y aunque ahora me daba cuenta de que era reconfortante tenerlo cerca, que me sentía a salvo, no podía evitar sentirme perturbada por eso, especialmente porque no comprendía la razón…
No entendía porque ansiaba protegerme, y me causaba problemas psicológicos y emocionales comprender que, tal como había prometido, lo estaba cumpliendo, aun cuando eso significase arriesgarse su precaria salud actual.
Y ahora que lo pensaba, tampoco comprendía del todo mis propios motivos para arriesgarme a morir, en parte, para que no le hicieran daño…
Yo sé que en parte fue para proteger a Tony, a mis amigos, pero… ¿por qué llegar a ese grado por él? ¿Por qué me atormentaba tanto recordarlo al borde de la muerte? ¿Por qué me atormentaba pensar que aquello podría pasar de nuevo, al grado de soportar tal martirio para mantenerlo a salvo? Yo no era una suicida; es decir, lo fui en el pasado, pero yo no más. Quería vivir, me gustaba la vida. No era la mejor, ni era perfecta, pero era todo lo que tenía.
Y aun así… no me había importado. No titubeé. No ofrecí información desesperadamente cuando comprendí que no podría hacer nada contra ellos. Todo lo que podía pensar en ese momento, era que no les permitiría llegar a Grim, y cuando vi todo perdido, él fue una de las primeras cosas que embrujaron mi mente hasta que perdí la consciencia. Solo deseaba que, de alguna forma, pudiera escuchar mis plegarias desilusionadas y me encontrase, de forma misteriosa y milagrosa. Solo quería que apareciera, que estuviera allí, y cuando estuvo allí, no quería soltarlo…
Esa sensación caliente en el pecho, la cabeza dándome vueltas, el pulso agitado, desbocado y acelerado en mis venas, tan rápido que no me dejaba respirar, y al mismo tiempo, esa necesidad de quedarme allí, entre sus brazos, escuchando el palpitar de su propio corazón…
¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué no podía dejar de pensar en eso? ¿Cómo se habían complicado tanto mis propios pensamientos en menos de tres días?
Entonces una revelación saltó de entre mi subconsciente, lanzándome una pesada roca para hacerme reaccionar, para demostrarme que no solo estaba siendo ciega, sino también estúpida: Quizás la razón era que las cosas no se habían complicado en menos de tres días, que dos besos no eran el verdadero motivo de mi confusión, sino que esa misma confusión eran síntomas evidentes de una enfermedad que llevaba seis meses arraigándose en mí. Solo habían sido el detonante, porque el virus ya estaba anidado, ya estaba funcionando.
Ya lo dije antes; me gustaba mirarlo, y creo que lo aceptaba porque me resultaba normal y aceptable. No había nada reprochable en mi actitud, ni en la suya, porque salvo algunas palabras y gestos que resultaban sospechosos, no había evidencia clara de que algo estuviera creciendo por debajo de mis pies. No entraba tan en crisis cada vez que estaba demasiado cerca de mí, a diferencia de estos últimos dos días en los cuales no podía siquiera sacármelo de la cabeza.
Me llevé una mano a la boca, sin querer aceptar que… quizás, todo esto que sentía…
-¿Estás bien, pajarillo?
-¿Eh? –Grim me miraba preocupado, a un paso por delante de mí. Usualmente solo lo preguntaría distraídamente, pero ahora se había detenido en la mitad del pasillo. No había notado, hasta ese momento, que llevaba el largo cabello totalmente suelto, no atado, como solía usarlo a diario, y el fleco solo parecía realzar la afilada línea de su mandíbula-. Sí, ¿por qué preguntas?
-Tienes una expresión muy extraña –canturreó-. Ruborizada y como si fueras a llorar.
-N-no, ¡No! –exclamé, evocando una pequeña sonrisa, fingiendo lo obvio-. Estoy bien, solo… solo estoy un poco cansada.
-No te preocupes, querida –añadió, dándose la media vuelta y continuó andando por el estrecho pasillo de paredes color crema-. Una vez que lleguemos al estudio y hayamos hablado, todo quedará claro y podrás dormir hasta navidad.
Por unos instantes, no lo seguí; lo vi alejándose lentamente, andando con cierta torpeza que disimulaba recargando su mano contra las paredes, tal y como yo lo hacía. A media luz, su alta silueta me recordaba a las fantasmagóricas figuras que aparecían en los libros de leyendas celtas que mi madre solía leerme cuando era pequeña. Sombras misteriosas que podían controlar las mentes de las personas con solo mirarlas, pero solo funcionaba con aquellos cuyos espíritus eran débiles, aquellos que deseaban ser controlados.
¿Y si el problema no era que Grim quisiera escalar mis muros, sino que estos estaban derrumbándose ante él desde hacía mucho tiempo? ¿Y si era yo quien inconscientemente había permitido eso? ¿Podría yo detener esa destrucción antes de que fuera demasiado tarde?
Me aterraba pensar eso; volverme vulnerable de nuevo ante alguien que podía sofocarme con su simple mirada tan fácilmente, volverme transparente, darle todo ese poder a alguien con la capacidad de provocarme escalofríos sin siquiera tocarme…
Me aterraba que aquello comenzara a gustarme…
o.o.o
Okey, me disculpo si las cosas se ponen muy candentes de pronto xD tenía esa insoportable necesidad de escribir esto, así que, por favor, compréndanme *llora*
La verdad es que me robé este ratito para escribirles el final y poder subirlo, ando corriendo, pero bueno… ya está listo y es lo que importa :3
Espero les guste, y si quieren que Grim no tenga piedad con Sylvette, mándame un review! Recuerda que por cada review se donaran 200 pesos al club de fans Grimette de nuestro amado refri, así que apóyalo ;D jajajaja
Nos estamos leyendo chicas y chicos!
Att. Slinky-Pink
