¡Bono de Pascua! Sólo porque los amo a todos... Sí, incluso a toda esa bola de querida gente amada que lee sin dejar review. Los adoro.
DISCLAMIER: Inception no me pertenece. Blah blah blah.
¡Disfruten!
Penelope, Christian, Robert.
A pesar de que había sido ella la que más tarde se había retirado a su cama, Vanessa estaba ahí, al día siguiente, con un sencillo desayuno listo en la mesa cuando bajé. Las ojeras en sus ojos estaban fuertemente marcadas, pero ella no asemejaba cansancio alguno. Minutos más tarde, Arthur nos acompañó y sin decir una palabra, ya estábamos en el auto.
No sabía si calificar todo ese silencio entre nosotros como «incómodo» o «común». Porque Arthur de hecho no eran de los que solían entablar grandes conversaciones, pero había algo muy singular en la forma en la que mantenía su boca deliberadamente cerrada. Había algo a su alrededor… algo que me recordaba un poco a lo que se sentía cuando él estaba cerca de Vanessa.
Ay, no.
—¿Y tú no te sientes muy cansado? —le pregunté lo primero que se me vino a la mente para terminar con aquello.
La expresión de Arthur se relajó ligeramente —espera… ¿Arthur tenía el gesto tenso?—, sin despegar la vista del camino.
—Algo. Pero con un buen café me pondré bien.
Otra cosa que Vanessa detestaba en su cocina era el olor del café. Ella siempre prefería beber cualquier clase de té o jugo energizante en vez de aquella «amarga bebida oscura» que juzgaba adictiva. En contraste y como consecuencia, el Cuarto de Arquitectos siempre tenía café listo y dispuesto impregnando el ambiente con su aroma delicioso. Y si Eames era el experto en bebidas alcohólicas, Cobb era nuestro maestro de la cafetera. Después de que Vanessa había pedido enojada que «desapareciera esa cosa de su vista», nuestro arquitecto en jefe se había adueñado del aparato y no era exactamente que nos molestara. De hecho, no había probado capuccinos ni expressos más deliciosos que los suyos. Desafortunadamente, esa mañana tendría que conformarme con un clásico de la cafetería. Agradecía que a Arthur le gustara llevarme tan temprano.
El resto del camino Arthur no pareció muy complacido, pero no me preocupó mucho. Pensé que sería el desvelo. Es decir… lo de la broma de anoche no le había afectado tanto, ¿no?
Después que me dejó en la entrada y prometió recogerme puntualmente a la misma hora del día siguiente, me dirigí corriendo a la cafetería. Los mullidos asientos de ese carro del año habían estado haciendo de la suyas en el camino, y volvía a sentirme adormecida. Después de tener por fin un vaso de humante elixir de la energía en mis manos, me dirigía al salón y me senté en mi mismo lugar.
—¿Apenas acabamos de empezar y no puedes con las tareas? —dijo alguien a mi lado. Me volví enojada, pero la chica que lo había dicho no parecía hacerlo en mal plan—. Penelope, mucho gusto —extendió su mano y la estreché—. Y éste es mi amigo Christian —dijo señalando al muchacho frente a ella.
—Hey, ¿amigo? —le reclamó él, besándole la mano.
—Mejor amigo —le respondió ella, y él se levantó para besarle los labios. El rió en su rostro y le dijo:
—Te la voy a devolver.
Yo fruncí el ceño, y un chico sentado enfrente de mí se acercó sonriendo:
—Incómodo, ¿no? Por eso es recomendable tener a alguien que te haga compañía cuando tus amigos se agarran besuqueándose. ¿Cómo te llamas?
—Ariadne —le respondí, y él se pasó la mano por su cabello oscuro.
—Mucho gusto Ariadne. Soy Robert —sonrió. Desde mi lugar podía percibir el aroma de su perfume.
—¿Y porqué e ves tan cansada Ariadne? —me preguntó Penelope, con el costado de su frente apoyado en su mano.
—Tuve una fiesta ayer —le respondí—. Aunque todavía no sé exactamente por qué —me reí un poco. La chica sonrió en respuesta, con su espeso cabello castaño claro cayendo sobre sus hombros.
—Qué bueno que aproveches este tiempo para salir de fiesta —meditó—, dentro de unas semanas, no tendremos tiempo ni de respirar.
Eso era justamente lo que me temía. ¿De qué me serviría retomar mis estudios aquí, si no podría trabajar dentro de poco?
—¿Tienes algo? —me preguntó ella.
—No, sólo sueño —le respondí con cortesía.
—Pero es cierto —opinó Christian—. Oye, ¿cuándo salimos? Pongan fecha ya.
—¿Para qué te haces, si ya sabemos que no dejarás en blanco este fin de semana? —se burló Robert.
—Bueno, entonces este sábado —puso los ojos en blanco—. Ya que insisten…
—¿Nos acompañarías Ariadne? —me preguntó Penelope, con los codos en la mesa.
—No lo sé —admití—. Tengo mucho trabajo que hacer…
—Ay por favor, esa es la peor excusa —se quejó Christian— ¿Y no dejarías a Robert solo ahora que has visto cómo se pone, verdad?
—Ah; cierto —señaló Robert—. Salir con estos dos es como salir solo…
—Anda, acompáñanos —insistió la todasonrisas de Penelope.
Fruncí los labios.
—Lo pensaré —mentí.
Afortunadamente, el profesor entró en ese momento.
A l largo del día, el cuestionario prosiguió. Los tres se mostraron muy interesados de saber qué había sido de mi vida antes de llegar a esa escuela cuando les dije que venía de intercambio de Francia.
—Oh, Yo he estado ahí —dijo Penelope—. Es hermoso, ¿verdad? Se hacen amistades de ésas que uno nunca olvida…
En eso estaba de acuerdo.
Respondí a todas las preguntas que me hacían en esos tiempo libres, evadiendo como pude todo acerca del equipo.
—¿Y en qué dices que trabajas? —me preguntó Robert, con tono que intentaba sonar desinteresado.
—Eh… hago mis prácticas profesionales con un… amigo que conocí en Francia el año pasado.
—Oh, ¿es el hombre que te vino a recoger ayer? ¿El trajeado bien parecido? —inquirió Penelope.
—No, él es el mejor amigo de mi jefe.
—Pues te tienen bien resguardada —señaló ella—. Yo pensé que era tu novio.
—¿Arthur? ¿Mi novio? —intenté reírme—. No, es decir; No. Claro que no.
—… ah —se burló ella, dándole vueltas al popote de la malteada que acababa de comprar—. Se veía tan atento contigo... y con ese carro que tiene yo no lo dejaría ir, nena.
—Hey —se quejó Christian y por quinta vez en el día, comenzaron una de sus cariñosas peleas de pareja. Robert tenía toda la razón acerca de tener un compañero para pasar el rato cuando eso sucedía. Resultó que a pesar de que se creía todo un galán, el tipo era bastante agradable.
Sin embargo, para cuando la hora de salida estaba cerca, el efecto del café de la mañana comenzaba a decrecer. En la última hora, sólo pude mantener la cabeza en pie apoyándola en mis propios puños y los ojos abiertos sacudiendo la cabeza cada vez que el pizarrón volvía a verse borroso. Necesitaría otro café para la salida. Yo tenía planeado esperar hasta llagar a la casa y pedirle a Cobb uno con doble cafeína si era posible, pero me estaba dando cuenta que no resistiría.
Resignada, con el "Nos vemos la próxima clase" que soltó el profesor antes de irse, recogí mis cosas rápidamente con una mano mientras que con la otra husmeaba en mi bolsillo, buscando mi dinero.
—¿Tanta prisa tienes? —me preguntó Penelope.
—Sí —respondí todavía distraída en mi búsqueda—. Ya no aguanto el sueño, tengo que correr por otro café antes que Arthur venga por mí.
Salí disparada para la cafetería siempre atenta del reloj, sin reparar en la gente que me rodeaba y chocando de vez en cuando. Pero el camino de la cafetería al estacionamiento resultó ser peor, cuando mi atención se vio dividida entre sostener mis libros y plumas con un brazo, un café con el otro, y concentrarme en no tropezar fatalmente con nadie a la máxima velocidad posible. Un hombre alto entrado en años que en apariencia también llevaba mucha prisa, casi se estampa de frente conmigo en la salida.
—Perdone, señorita —dijo sin reparar en mí, mientras yo hacía malabares con el café y una pluma se me caía al piso.
—No hay problema, fue mi culpa —dije de pura cortesía. Pero al volverme para levantar la pluma, me di cuenta de que el hombre ya se había alejado, tan presuroso como casi me había chocado y que además, se le había caído una tarjeta. La levanté con las uñas y leí con el ceño fruncido la única frase escrita en la pequeña gruesa hoja marfileña:
Dr. L. Jan.
Me volví de nuevo para ver si todavía lograba divisar al hombre, pero ya había desaparecido entre la multitud de estudiantes presurosos y ocupados. Metí la tarjeta en el bolsillo de mi pantalón.
—¿Ha pasado algo?
La voz de Arthur me alteró. Afortunadamente, él pudo salvar mi café de mí misma. Vaya que tenía buenos reflejos.
—Hey, cuidado —me reprendió.
—Ay, perdona —me disculpé—. No estoy en mi mejor momento —me quejé.
—No hay problema —apuntó, con algo que intentaba ser una sonrisa. Al parecer, el desvelo lo seguía afectando tanto como a mí—. Pero, ¿qué haces con uno de éstos? —dijo señalando mi bebida—. Son asquerosos.
—Sí, lo sé —resoplé—; pero no quería quedarme dormida. Tengo mucho que hacer.
Arthur me abrió la puerta del auto e ingresé, maldiciendo aquellos cómodos asientos.
—Voy a tirar esto —me indicó.
—¿Qué? ¡No! —grité, pero él cerró la puerta y me ignoró. Dirigiéndose con paso distinguido y rápido hacia el bote de basura más cercano, tiró mi café.
—Te pasas —le recriminé cuando se hubo sentado en el lugar del piloto.
—No te preocupes —me respondió—. Vamos por uno más decente a otra cafetería. Ves cómo no te arrepientes.
Crucé los brazos, como queriendo enojarme, pero no podía. No con Arthur. A decir verdad, la idea de que él me llevara a una cafetería me encantaba. Aunque a decir verdad, él no lucía del todo complacido.
Arthur.
La cabeza me daba vueltas esa mañana. Esa mañana, igual que la noche pasada. No había podido conciliar el sueño como no había logrado quitarme esa lacerante imagen de la cabeza. Una y otra vez, volvía a mí la imagen del hombro desnudo de Ariadne. Eso me provocaba algo que no lograba describir. Podía perfectamente reintegrar en mi mente los detalles de la luz de las velas que llegaban desde el balcón iluminando aquella pequeña, delicada, suave parte desnuda de su piel que su pijama dejaba ver. Y luego, ahí estaba Eames. Mirándola, y ella mirándole, y su mano sobre ella. No tenía idea de que aquello hubiera llegado tan lejos. Es cierto que había llegado a sospechar algo, pero nunca al grado que él me había terminado asegurando esa noche. Siempre me había parecido que él era para otro tipo de mujeres, pero ahí estaba, jugando con las mangas de la ropa de Ariadne.
Ariadne.
Hundí la cabeza fuertemente en mi mano, tallándome las sienes. Aquello era insoportable. Y Vanessa tenía toda la razón. Sin saber todavía muy bien lo que hacía, arranqué al carro y salí por la carretera a toda velocidad. Necesitaba despejarme, pero ni loco volvería a la casa antes de las dos. Tenía mucho que pensar y qué decidir. También tenía mucho trabajo que hacer, pero me tomaría el día libre. Ésa era mi primera decisión. Con el amortiguado ruido del motor a toda velocidad, mis emociones fueron esclareciéndose. Y aumentando. Aumentado, creciendo, hasta volverse incontrolables. Mi segunda decisión fue no parar hasta descargar toda esa furia. Y la carretera frente a mí parecía extenderse, infinitamente, como el tiempo que quería tomarme para aceptar la verdad de las cosas: había sido cobarde. De haberme movido antes, de haberle dicho las cosas directamente a Ariadne, de haberle dedicado más tiempo a ella y no al trabajo, de no haber exagerado tanto aquello de ser un caballero, todo habría sido diferente. Pero Eames, con sus abruptas decisiones y su poco respeto al espacio personal habían terminado quitándomela. A ella como otras cosas.
"Sería una lástima… otra vez."
La irritante voz de Vanessa se repetía una y otra vez en mi cabeza. Igual que aquella imagen, Igual que mis emociones. Miré el reloj rápidamente para determinar cuánto tiempo tenía para calmarme y regresar de una vez por todas. Aferrando con más fuerza el volante, mi rostro se oscureció. Sentía la presión en mis nudillos, pero aún así, pisé más fuerte el acelerador.
Espero les haya gustado. Espero dejen review. Y esperen pronto el próximo Chapter de esta historia, que cada vez da la luz de ser más y más larga.
Los amo (¿Ya les dije...?)
Nos vemos, nos leemos.
Besos.
