14. El canto de la Copa

La estancia era enorme, más grande que el Gran Comedor de Hogwarts, con un techo altísimo de media circunferencia perfecta y cuatro grandes pilares que se hundían en la tierra formando un cuadrado alrededor de la copa. Ésta se encontraba en un pedestal no muy alto y a sus pies las losas formaban círculos concéntricos como los que provoca una gota al hundirse en el agua; al llegar a las paredes las losas escalaban la tierra como si de hiedra se tratara y formaban retorcidas columnas con brazos ramificados conectándolas entre ellas, creando un dibujo a la vez grotesco y fascinante.

El Cáliz brillaba, azulado, e iluminaba la estancia entera. En línea recta al arco por el que ellos se asomaban, al otro lado de aquella especie de Sala del Trofeo, se vislumbraba otro arco igual. Y por aquel túnel los saludaba la luz de la luna: la salida.

-¿Sólo tenemos que entrar, coger la copa y salir por la otra puerta? –Ginny no pudo evitar el escepticismo en la pregunta.

-Créeme, Ginny, nunca es tan fácil como parece –resopló su hermano.

-De hecho –añadió Harry, abatido –si parece tan fácil es porque ahí dentro nos debe estar esperando el infierno.

-¿Dónde está Malfoy? –preguntó Neville, escaneando la sala desde el exterior.

-¿Qué quieres decir?

-Supuestamente iba por delante ¿verdad? Nos llevaba ventaja y tenía un montón de tipos de esos rubios; pero aquí estamos, la copa sigue ahí y no hay nadie en la sala –razonó el chico.

-No creo que haya decidido que la copa pesaba mucho y se haya ido por la puerta tan tranquilo –lo apoyó Hermione, con el ceño fruncido, con mucha cautela asomó la cabeza por el arco de entrada cuidándose de poner ni un pie dentro y llamó -¿Malfoy?

El nombre retumbó por la sala como un trueno, y al eco de la voz de la chica se unió un coro de voces desconocidas que brotó del Cáliz y cantó: "Draco Malfoy / Draco Malfoy / no eres tú / a quien esperábamos".

Los seis chicos se quedaron a cuadros.

-Desde luego, no esperaba eso –Ron sacudió la cabeza, divertido. Se volvió hacia sus amigos y los miró inquisitivo -¿Y ahora qué? ¿Nos quedamos en la puerta para siempre y montamos una colonia?

-Sinceramente –respondió Harry después de unos segundos –no he pasado por un castillo con vampiros, un avión accidentado, un desierto que casi nos mata, un pasadizo mágico y la puñetera cueva de Alí Babá para luego quedarme aquí mirando.

Ron sonrió a su mejor amigo y éste le devolvió la mueca.

-Así se habla, colega –exclamó, y se chocaron los cinco. Hermione rodó los ojos y Luna dijo "¡Qué guay!" mientras Neville murmuraba divertido que se buscaran un hotel.

-Esperad un momento –dijo Luna mientras observaba con atención los círculos del suelo. –Mirad, esas marcas son curiosas.

-Sí, y la canción: "Draco Malfoy / no eres tú / a quien esperábamos" –contestó Hermione.

-Desde luego, tienen buen gusto –masculló Ron por lo bajo.

-¿Entonces, a quién esperan?

-Espero que a uno de nosotros –Ginny los miró preocupada.

-Creo que a mí –Harry observó el Cáliz desde fuera, y de repente aparentaba la edad que tenía, incluso con la barba oscureciéndole el mentón y la cara llena de arena. –Al fin y al cabo, Dumbledore me eligió a mí por algo ¿no? Y tiene que ser por esto.

-Harry… -empezó cautelosamente Hermione -¿estás seguro de que…?

-Sí, estoy seguro –se volvió hacia ellos, con los ojos brillantes, y ahora parecía otro –Estoy más seguro que de ninguna otra cosa desde que salimos de Hogwarts hace unas semanas. Siento como si esa copa de ahí dentro fuera un imán y me atrajera lentamente hacia ella. ¿No es extraño?

-Ya lo creo –murmuró Neville, que lo miraba con los ojos muy abiertos.

-Escucha, Harry –trató de razonar Ginny –sé que habéis pasado por muchas cosas últimamente y estás cansado, tal vez esto para ti tiene sentido pero desde fuera parece que te estés volviendo loco.

-Creo que estoy con Harry en esto, gente –Ron se quitó el sombrero y lo lanzó al aire para recuperarlo mecánicamente -¡Hay que confiar en los instintos!

Harry sintió una oleada de afecto hacia su amigo de la infancia. Si no hubieran estado rodeados de gente en medio de la nada y, bueno, básicamente siendo ellos, le habría abrazado.

-¡Sois imposibles, vosotros dos! –bufó Hermione. -¡Cuándo os ponéis en plan amigos-hasta-la-muerte no hay quien os soporte!

-Cien por cien de acuerdo –la apoyó Ginny con tono aburrido.

Ellos se limitaron a sonreír.

-Escuchad, ya os lo he dicho, no podemos hacer otra cosa, hay que entrar. Primero iré yo, y si algo no sale bien entraréis vosotros, por turnos –decidió Harry, evitando la mirada de censura de Hermione al mirar directamente a los ojos de Ginny –Pero todo va a salir bien. Seguro.

Los ojos de ella eran pozos oscuros extrañamente cálidos. El flequillo pelirrojo subió y bajó lentamente en gesto de asentimiento y eso fue todo lo que Harry necesitó para respirar hondo y volverse hacia la estancia.

Avanzó un paso dentro de la cueva.

Escuchó el respingo de Hermione y sintió como las cinco personas detrás de él se tensionaban.

No podía fallar, podía sentirlo en su pecho. Era como si de pronto el resto del mundo fuera una mancha borrosa y sólo estuviera seguro de una cosa: tenía que entrar ahí dentro para recuperar la Copa. Se lo había prometido a Dumbledore.

Lo había prometido.

Puso el pie dentro del primer círculo concéntrico y contuvo la respiración.

Estaba tan cerca.

Las voces de la Copa cantaron.

"Harry Potter / no eres tú / a quien esperábamos".

Fue como si hubiera puesto el pie en una chimenea después de tirar polvos flú: un viento huracanado tiró de él con fuerza descomunal y lo lanzó volando hacia el techo de la cueva, y una vez allí las columnas parecidas a ramitas lo atraparon y comenzaron a crecer a su alrededor, prácticamente cimentándolo contra la cúpula.

Oyó una risita a su izquierda.

-Hola, Potter –saludó con ironía Draco Malfoy. -¿Aparte de cegato también estás sordo? Llevo un rato dejándome el aire de los pulmones pidiendo ayuda.

-¡¿Qué está pasando? –gritó Harry, luchando contra los brazos de piedra de las columnas que lo envolvían como una tela de araña.

-La verdad es que no estoy muy seguro de cómo, pero de lo que sí estoy bastante seguro es de que estoy atrapado aquí arriba. Y tú también. Y los siguientes son ellos.

Harry consiguió girar la cabeza para ver cómo Neville y Luna salían disparados hacia el techo, a su izquierda: habían salido corriendo tras él, y en el segundo círculo concéntrico la Copa repitió su canción, las voces se solaparon al cantar los dos nombres.

-¡NEVILLE! ¡LUNA! –Harry trató desesperadamente de ver a través de los cristales medio rotos de sus gafas y se revolvió entre las ramas pétreas. La voz de Neville le llegó de lejos, pero llegó.

-¿Harry? ¿Qué está pasando?

-¿Estáis bien?

-Bueno, es una forma de decirlo.

-¿Qué ha pasado con todos esos muggles malvados? –preguntó Luna como si ésa pregunta fuera el resultado natural de la conversación.

-No estoy muy seguro –respondió Malfoy en mismo tono tranquilo –Creo que la Copa los ha desintegrado al entrar en la habitación.

Harry sintió un escalofrío.

-¿Cómo que desintegrado?

-Un paso dentro y ¡puf! –Malfoy hizo algo parecido a encogerse de hombros –La verdad es que no eran muy inteligentes, les grité que se quedaran en la puerta y retrocedieran para buscar ayuda pero no me hizo caso ninguno. Creo que la habitación está protegida contra muggles –añadió pensativo.

-Resulta encantador escucharte –espetó Neville con los dientes apretados –tienes suerte de que no pueda moverme para machacarte la cara.

-¿Tú y cuántos más, Longbottom? Además ¿a ti que más te da? Eran de los malos, como bien ha dicho Lunática.

-¡Eran personas!

-Eran estúpidos –respondió Malfoy con tono indolente. Su expresión le recordó a Harry uno de esos señores feudales que se dedicaban a quitarle a los agricultores la mitad de la cosecha para darle de comer a los caballos.

-Mirad –dijo Luna, atrayendo su atención -Ginny está en el umbral de entrada.

Harry observó la figura menuda de la jugadora de quidditch y su coleta rojiza. Se mordió el labio inferior con fuerza. Ron y Hermione estaban justo a su lado, y parecían estar discutiendo.

-¡No vas a entrar ahí dentro, Gin! ¡No pienso dejar que te quedes ahí adornando el techo como los demás!

-¡Pues lo siento mucho por ti, pero voy a entrar de todos modos!

-¡No si yo estoy aquí!

-¡¿Quieres ver como sí?

-Yo entraré primero.

Ambos hermanos se volvieron a la vez. Hermione se masajeó las sienes, despacio.

-Tú tienes que ser el último, Ron –razonó –Eres más fuerte que nosotras, si hay alguna manera de ayudarlos sin usar las varitas, tú eres el único que puede hacerlo. Y Ginny es mucho más ágil que yo, puede ayudarte si no es con magia como hay que entrar ahí; si lo que se necesita es fuerza física, nuestra esperanza sois vosotros.

Ginny la miró sin pestañear.

-Eres la bruja más inteligente de nuestro tiempo, si hay alguien que tiene que quedarse eres tú.

-No –Hermione negó con la cabeza, el cabello color avellana describió un círculo suave. –Voy a entrar porque estoy convencida de que si hay algo que se pueda hacer ahí dentro puedo ayudarlos mientras vosotros pensáis en cómo salir de esta. Voy a entrar –repitió, pero esta vez ya no miraba a Ginny sino a Ron. Volvió a hablar y esta vez lo hizo en un susurro –Voy a entrar.

Ron se adelantó un paso y se quitó el sombrero.

La abrazó.

La envolvió con fuerza, apretando su torso contra el de ella, la cabeza apoyada en el hueco de su hombro izquierdo. Ella le correspondió, mecánicamente, respirando entre la calidez de su cuerpo.

Cuando se separaron, el rostro de él estaba serio y las manos aún apretaron los dedos de ella un instante más antes de dejarla ir por completo.

-Ten cuidado –Ginny la observó con la ansiedad reflejada en los ojos oscuros. Hermione se limitó a asentir.

Respiró hondo, parada bajo el umbral de la cueva. La Copa seguía allí, majestuosa y terrible como la Bruja del Norte de los cuentos infantiles muggles, escondida en una cueva tan hermosa como el objeto que guardaba. Observó las columnas altas y nervudas como ramas de árbol, y los círculos que surcaban el suelo de piedra pulida. Se le ocurrió que aquel lugar parecía más una sala del trono medieval que un sótano en medio del desierto.

Si éste sitio me va a tragar, pensó, si me tiene que lanzar volando igual que a los demás, no vamos a hacerlo muy largo. Así que echó el cuerpo hacia delante, contuvo la respiración, alzó la pierna izquierda y dejó suspendido el pie en el aire un microsegundo antes de posarlo sobre el interior del primer círculo.

Nadie cantó.

Dejó escapar el aire de los pulmones y se volvió hacia los otros dos que la observaban, expectantes.

-¿Qué ha pasado?

-¡No lo sé! ¡No hay ninguna voz!

Ginny se volvió hacia Ron, esperanzada.

-¡Tal vez el hechizo se ha roto!

-No sé, Gin, esto no me gusta…

-¡Vamos, Ron, algo nos tiene que salir bien de vez en cuando! –la pelirroja apretó el brazo pecoso de su hermano y lo arrastró hacia la entrada de la cueva.

-La experiencia dice que eso es bastante poco probable –gruñó él, no demasiado convencido. Hermione buscaba a sus amigos mirando hacia el techo, escaneando cada rincón en busca de una pista. Al fin, una montura metálica destelleó.

-¡Allí! –les gritó a los hermanos, aún en el umbral de entrada -¡Harry!

Las columnas ramificadas los tenían apresados de tal manera que prácticamente los confundía con el techo, profusamente adornado de frisos y motivos naturales, pero aquel pelo negro desordenado era inconfundible. Pronto se dio cuenta de las otras tres cabezas sobresalientes.

-¡Neville! ¡Luna! –gritó, haciendo bocina con las manos. Los gritos en respuesta llegaron en forma de débiles sonidos que rebotaron en la cueva.

Ginny soltó el brazo de su hermano y dio un paso en dirección a Hermione.

Fue tan rápido que después Ron intentaría encontrar en su retina el momento exacto en que su hermana salió disparada hacia el techo y desapareció de su vista, y no podría lograrlo. Un segundo antes estaba allí, y después ya no.

Las voces cantaron, otra vez: "Ginny Weasley / no eres tú / a quien esperábamos".

Hermione sofocó un grito y se adelantó involuntariamente tratando de extender una mano inútil hacia su amiga; su pie derecho entró en el segundo círculo. Ron lo vio, y gritó.

-¡Hermione, no! –ella se volvió a mirarlo -¡Es como en el ajedrez mágico, no te muevas del sitio, maldita sea!

-¿Y qué hacemos ahora? –preguntó ella; tenía una expresión de ansiedad contenida, con los ojos brillantes de preocupación. Ron se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, Hermione no tenía una solución al problema, y eso la hacía sentir prácticamente inútil.

-Tú estás ahí dentro, a ti no te ha mandado al techo –razonó él –tiene que ser por algo, Hermione. Lo único que tienes que hacer es acercarte hasta la Copa, cogerla y salir por la puerta. Tal vez así libere a los demás y los deje salir. ¿De acuerdo?

Ella no parecía en absoluto convencida, y a pesar de que Ron aparentaba toda la confianza del mundo no tenía ni la más mínima duda de que aquel sitio no los iba a dejar marcharse tan fácilmente. Aún así los ojos color café se clavaron en los ojos azules, y ella asintió con la cabeza.

Avanzó dentro del segundo círculo con pasos inseguros, apoyando todo el peso del cuerpo en la pierna que no alzaba del suelo, y llegó al tercero.

Hubo un trueno, un rayo o lo que coño fuera aquello que retumbó la sala y lo dejó medio ciego por un segundo, pero fue el grito de ella lo que repicó en sus oídos y lo obligó a entrar en aquella maldita sala de museo de los horrores como alma que lleva el diablo, con el corazón en un puño y la mirada plagada de destellos que lo cegaban.

El tercer círculo subía a la velocidad de una snitch hacia el techo decorado, y Hermione, que no había tenido tiempo de entrar ambas piernas en el círculo, se sujetaba con ambas manos al borde que subía y subía y que ya llevaba al menos quince metros, con la Copa refulgiendo en su pedestal.

Ron entró en el segundo círculo, casi sin ver.

Las voces cantaron. Pero él no salió disparado hacia el techo.

"Ronald Weasley, /Hermione Granger, / sois vosotros / a quienes esperábamos".

El segundo círculo se alzó, siguiendo a su hermano, más despacio. Cuando Ron estaba a dos metros de Hermione, los dedos ateridos de ella se soltaron y cayó como un fardo sobre él, quien logró sujetarla a tiempo. Ella temblaba, no por el frío, y tenía los labios morados.

-¿Qué ha pasado? –susurró.

-No lo sé, pero me alegro de que estés bien –respondió él, y la abrazó con todas sus fuerzas.

-Voy a vomitar.

-Cierra la puta boca, Malfoy –les llegó de muy cerca la voz de Ginny –Como consiga soltar un solo brazo voy a darte un puñetazo a ver si así te arreglo la cara.

-Chicos –Neville tenía un tono ahogado, como si estuviera en el metro de Londres en hora punta –venid hacia aquí, creo que hay una escalera tallada para que subáis al tercer círculo.

-¿Estáis todos bien? Merlín, desde allí abajo apenas podíamos ver vuestras caras –Hermione casi podía rozar los zapatos de Harry con las yemas de los dedos cuando Ron la ayudó a auparse a la tercera plataforma después de subir por los pequeñísimos escalones.

-Todo bien, tranquila. Ahora, sacadnos de aquí –suplicó Harry –esto no es precisamente cómodo. Y si tengo que soportar a Malfoy mucho rato más mi cabeza explotará.

Ambos se acercaron a la base de lapislázuli y mármol en que yacía la Copa. A un lado, una pequeña hendidura natural de la piedra sujetaba un trocito de pergamino enrollado. Ron estiró un dedo largo y blanco y lo pescó sin tocar ni el mármol de la base ni la Copa azulada.

El calor que irradiaban las llamas calentó los huesos de Hermione. El baile que realizaban alrededor del frío metal era extrañamente hipnótico y durante un instante se olvidó de todo lo demás. Era tan bonito.

De pronto la voz de Ron retumbó, grave, en la estancia. De pie, sin su sombrero (se le había caído antes, al salir corriendo hacia ella), leía aquel pergamino, sin ser consciente de lo atractivo que resultaba, herido y sucio, varonil, a la luz danzante de aquellas llamas.

-"Si has llegado hasta aquí, lo reconozco, me has impresionado.

Esta no era una tarea solitaria ni egoísta, y era necesaria mucha ayuda desinteresada que, al parecer, has encontrado.

Pero aún no es tuya esta Copa.

En el fondo de tu alma has de mirar, y, debes responder con honestidad, porque si no jamás saldrás de aquí.

Así que, dime, ¿cuál es el secreto que ocultas?"

Hubo un minuto larguísimo de silencio. Las cinco personas atrapadas en el techo clavaron la mirada en las otras dos que callaban, cada uno a un lado del Cáliz. Nadie osó decir nada.

¿Secreto? pensó ella. No hay ningún secreto, quiso gritar al misterioso R.A.B. Ningún maldito secreto, se repitió mientras los dos pozos azules de Ron se alzaban hacia ella y los dos se quedaban conectados, otra vez.

¿Ningún secreto, Hermione, estás segura? preguntó una voz, suave y grave en su cabeza.

-No –dijeron los dos a la vez, en voz alta, mirándose directamente.

La cueva se sacudió, de nuevo, con un trueno y un relámpago, peores incluso que antes. Las columnas de piedra liberaron a los cinco chicos que aprisionaban contra el techo, que tuvieron que agarrarse con fuerza a los salientes del techo para no someterse a una caída de treinta metros.

Hermione miró hacia sus amigos, aterrorizada, y se tapó la boca con las manos para reprimir un grito de angustia. La voz en su cabeza volvió a retumbar. ¿Cuál es tu secreto?

-¡Sois vosotros! –gritó Harry mientras sujetaba a Ginny con una mano y con la otra se aferraba a una de las columnas pegada a la pared; la tierra temblaba, las paredes se deshacían y los círculos que rodeaban al cáliz iban hundiéndose lentamente, la copa sola en medio del círculo central con Ron y Hermione a cada lado de ella.

-Si no lo hacen de una maldita vez, vamos a morir todos –susurró Ginny, con los brazos alrededor del cuello de Harry y uno de los pies prácticamente en el aire. Una gota de sudor recorrió lentamente la mejilla del chico.

-¡No es culpa nuestra! –gritó Hermione, desesperada -¡No sé qué hacer!

-Debe ser la primera vez en tu vida, Granger –se oyó a Malfoy desde algún punto del otro lado de la sala. Él, como Neville y Luna, se había sujetado a un saliente de la pared.

-Creo que tenéis que deciros lo que realmente oculta vuestro corazón –sugirió Luna con voz tranquila, como si en vez de a punto de morir en medio de la nada estuvieran dando un paseo por el centro de Londres –Es una magia muy poética.

-¡¿Y qué demonios queréis que hagamos? –Ron estaba rojo de ira. -¡¿Creéis que nosotros nos lo estamos pasando bien o qué?

-¡Por las barbas de Merlín, bésala de una vez y acabemos con esto, joder! –bramó Ginny, ahora ya con ambos pies colgándole en el vacío, sujeta a Harry con los brazos.

-Completamente de acuerdo –la apoyó el Slytherin con voz ahogada.

Por encima del oxidado trofeo del Torneo de los Tres Magos, Ron y Hermione se miraron a los ojos.

¿Cuál es tu secreto, Ron?

-No fue un error.

La voz de él sonaba suave y decidida, como si hubiera madurado en diez minutos y fuera capaz de dejar de comportarse como un crío. A la luz de las antorchas, los ojos de Hermione eran líquidos y brillantes. Ron tendió una mano por encima de la Copa, en dirección hacia ella.

- Di que no fue un error.

Se hundió en el azul de sus ojos, mientras el mundo alrededor se deshacía en trocitos. ¿No fue un error? ¿La saliva y la suavidad de su lengua, los labios rojos, la piel áspera de sus mejillas pobladas de barba incipiente, aquellas volteretas en su estómago, la forma en que le temblaban las rodillas cada vez que lo recordaba? ¿No fue un error?

¿Cuál es tu secreto?

-Dímelo.

¿No fue un error? Pero ellos eran sólo amigos ¿verdad? Y los amigos no se besan. Y tampoco es que pudieran soportarse el uno al otro la mayor parte del tiempo, principalmente porque Ron era un crío inmaduro predispuesto a las pataletas infantiles y a quien aún le quedaba un buen tiempo antes de madurar. Y, bueno, ella puede que fuera un poco mandona, pero sólo un poco.

¿Cuál es tu secreto, Hermione?

En realidad, se dijo mientras los dedos largos y pálidos de Ron, llenos de pecas, la invitaban a la seguridad de su cuerpo largo y estirado; en realidad, no es un secreto. Es tan obvio como que después de la primavera viene el verano, y después el otoño y luego el invierno y vuelta a empezar. Sólo que yo no quería verlo.

¿Cuál es tu secreto?

-No fue un error –susurró ella, con la lengua seca y las manos sudorosas, tan despacio que nadie excepto Ron la oyó. –Te besé porque te quiero.

Y estiró su propia mano, menuda y bronceada, en dirección a aquella otra que la esperaba sobre las danzantes llamas azules del Cáliz de Fuego.

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Aún un poquito más, mis pequeñas Indiana. He tardado mucho pero como siempre os digo: no pienso dejar este fic sin terminar. Pasito a pasito ¿de acuerdo?

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