—Ya estás listo Shu.

Hiroshi había terminado de vestir a Shuichi para la primera parte de la cena de cortesía. Llevaba un short corto y un top unido a un collarín. Era un traje sencillo pero elegante.

—El amo ya debe de estar esperando.

Hiroshi lo acompañó hasta el vestíbulo, donde su amo lo esperaba. Shuichi podía sentir la penetrante mirada sobre su cuerpo, casi como si lo tocara con ella.

—Vámonos.

Eiri subió a su limosina y Hiroshi acompañó a Shuichi a subirse también.

—Buena suerte —susurró cerrando la puerta del vehículo.

—Gracias.


—Te deseo..., no puedo esperar...

Dos sombras se apreciaban en aquella oscura habitación. La más alta tenía el cuerpo del más pequeño contra la pared y estaba devorando su cuello.

—Ah..., espera..., nos van a descubrir.

—Pero...

—Espera... —El más pequeño separó su cuerpo del mayor del suyo—. El amo nunca nos dejará estar juntos.

—Lo sé..., después de todo, le pertenecemos.

El menor pasó su mano por la mejilla del otro y acercó su rostro para besarlo.

—Debemos regresar. El amo podría llamarnos en cualquier momento.

—Lo sé.


Shuichi no pudo detener un ligero temblor en su cuerpo cuando el vehículo se detuvo frente a una elegante edificación. Un sirviente le abrió la puerta bajó, caminando hasta llegar a espaldas de su amo.

Frente a ellos se erguía una gran mansión casi tan imponente como la de su propio amo. En la entrada lo esperaba ese kaizoku de nombre Claude junto a uno de sus esclavos.

—Bienvenido Eiri.

Con un ademán, Claude le indicó que entrara, seguido de su esclavo, y lo siguiera a uno de los salones. Shuichi observó al esclavo que seguía a Claude de cerca. Un chico mucho más alto que él, alto y de espalda amplia. Cabellos y ojos negros que solamente le dieron un vistazo antes de ignorarlo y caminar detrás de su amo.

Entraron al salón y Shuichi se maravilló con la estancia. Era un lugar muy ostentoso y amplio. En las paredes lucían hermosos cuadros. En algunos de ellos aparecía un joven de espaldas, o recostado sobre una cama con las sábanas arreboladas en blanco y negro, pero no se distinguía bien su rostro, sólo una larga cabellera carmesí.

En el centro el salón había dos muebles acomodados alrededor de una pequeña mesa, una exquisita pieza de ebanistería en tono oscuro. Al lado de los muebles, tapizados en tela con ribetes de oro, había dos almohadones finamente bordados.

Tomaron asiento. Los kaizokus en los cómodos sillines y los esclavos en los cojines.

—Eiri... —dijo Claude, tomando un tono serio—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—K..., hablaremos de eso más tarde.

Con reticencia, Claude entendió que Eiri quería hablar de eso más tarde, en privado, sin el esclavo que lo acompañaba en ese momento. Cambiaron de tema, de los viajes que Claude había hecho en búsqueda de la expansión de territorio kaizoku.

La hora de cena llegó y los esclavos fueron llevados a un comedor. Shuichi y el otro esclavo iban siguiendo a un sirviente en completo sirviente.

—Hola..., me llamo Shuichi —comentó, tratando de romper el pesado silencio que cernía sobre ellos, sin embargo, el otro esclavo ni siquiera se inmutó—. Eh..., ¿tienes mucho tiempo aquí?

—No —contestó de manera seca.

—¿Te gusta ser esclavo?

—No.

Viendo las respuestas frías y cortantes y lo infructuosa que era esa conversación, desistió de su intento de socializar y se quedó callado, llegando al comedor para esclavos.


—Contéstame Eiri... ¿Porqué no me lo dijiste? Lo estuve buscando durante meses y...

—Por la promesa que me hiciste hacerte K —dijo cortante.

—Pero—

—Y mi palabra es ley —terminó, cortando cualquier otro comentario que Claude pudiera hacer.

Claude se quedó serio. Desde aquel terrible incidente, Claude se había dedicado en cuerpo y alma a la búsqueda de Hiroshi, siempre cuidando que Tohma no se diera cuenta de sus intenciones, pero Hiroshi se había vuelto muy escurridizo y siempre que tenía una pista cercana, lo perdía. Y ahora ahí estaba. Como mayordomo de uno de los kaizokus más cercano a él.

—Lo quiero de vuelta —dijo con voz firme.

—Me temo que eso no será posible —comentó Eiri, cruzando una de sus piernas y dándole un trago a su bebida—. Es un buen sirviente, eficiente y leal, y no planeo tener que ponerme a buscar un sustituto en este momento, más aún cuando tú no fuiste capaz de mantenerlo a tu lado.

—Sólo fue—

—¿Una equivocación K? ¿Un error? —Claude bajó un poco la mirada, arrepentido—. Él sabe que es libre de irse cuando quiera y creo que por obvias razones no lo ha hecho.

—No me lo recuerdes. Pero pienso recuperarlo.

La cena terminó. Los esclavos regresaron, preparándose para el show. Una cortina se abrió, dejando ver al mayordomo de la mansión. Un muchacho de unos dieciocho años, muy joven a vista de Eiri. Estaba sentado en un pequeño taburete con un arpa dorada frente a él. Sus manos empezaron a moverse sobre las cuerdas con extrema gracia y dedicación. Su cuerpo delgado, ataviado con un kimono blanco con pétalos de sakura y un obi amarillo también con pétalos de cerezo complementaba la ilusión.

Envolvió a los oyentes en una dimensión donde sólo podían sentir como la música inundaba sus cuerpos. Tocó tres piezas musicales y al final recibió unos cortos aplausos de los esclavos. Shuichi observó que el joven estaba sonrojado.

—Es momento de retirarme.

Shuichi levantó, sorprendido y al mismo tiempo aliviado de que su amo no quisiera que participara en una exposición personal con el otro esclavo. No era mal parecido, pero no se sentía cómodo metiéndose con un completo desconocido solamente para el deleite visual de los kaizokus.

Claude también se sorprendió aunque no lo mostró. No iba a sugerir una exposición, con la situación actual, no era la ocasión, sin embargo, la rapidez con la que Eiri se había puesto de pie justo después de terminado el acto de su mayordomo le llamó la atención, ideas empezando a formarse en su mente.

—Te espero mañana —musitó, instando a Shuichi a ponerse de pie también.

—Espera... —Eiri detuvo su andar y volteó. Claude llamó a uno de sus sirvientes que se acercó cargando una caja de color rojo—. Esto es un presente para Hiro.

Eiri levantó una ceja, escéptico.

—Shuichi, tómalo.

Shuichi agarró la caja y se dirigió hacia donde su amo estaba caminando. Subieron su vehículo y regresaron a la mansión.


El viaje de regreso también había sido en completo silencio, Shuichi aguantándose la curiosidad por saber qué era lo que contenía la misteriosa caja, pero estaba casi seguro de que más tarde Hiroshi se lo mostraría.

—Bienvenido amo —saludó Hiroshi en cuanto su amo y Shuichi entraron a la mansión.

—Shuichi... —Eiri llamó a su esclavo, quien traía la caja—. Es para ti.

Hiroshi tomó la caja y la observó. No muy grande ni muy pesada y de color rojo carmesí. El entendimiento pronto llegó a su rostro.

—Sabes de quien es. Es lo que usarás el día de mañana.

—Sí señor... —respondió, sintiendo la maraña de sentimientos encontrados dentro de sí.

—Dale de cenar a Shuichi y que duerma.

—¿No requerirá hoy de sus servicios?

—No. Que me lleven de cenar al despacho. Te espero ahí en media hora.

—Sí señor.

Eiri desapareció por el vestíbulo hacia su oficina, dejando a su esclavo y a su mayordomo en la entrada. Hiroshi permaneció quieto, observando atentamente la tapa de la caja sin hacer ningún intento por ver qué era lo que había adentro.

—Hiro..., Hiro... —Shuichi se acercó al mayordomo y lo llamó, pero éste parecía perdido. Se puso frente a él y lo llamó más fuerte—: ¡Hiro!

—¿Eh? —masculló Hiroshi, saliendo de sus pensamientos.

—Hiro..., estabas perdido.

—Lo siento Shu. Vamos a tu habitación.

Shuichi estaba algo preocupado por el comportamiento de Hiroshi y estaba seguro de que tenía algo que ver con su reencuentro con su antiguo amo y tal vez esa misteriosa caja.

Hiroshi caminaba en silencio observando fijamente la caja. ¿Qué le habría mandado su antiguo amo? ¿Por qué le había mandado algo? ¿Cuáles eran sus intenciones? No tenía que hacerse el tonto, estaba casi seguro de saber cuáles eran sus intenciones.

Llegaron hasta la habitación de Shuichi.

—Enseguida ordeno que te traigan la cena.

—Pero Hiro yo quisiera...

—Ahora no Shu. El amo Eiri me llamó y tengo que asegurarme de que todo esté listo para mañana. Después hablamos Shu —respondió cortante.

—Está bien.

Shuichi entendió que su amigo necesitaba tiempo. Hiroshi salió de la habitación, le dio la orden a un sirviente de darle una cena ligera a su amo y a Shuichi. Fue rápidamente a su habitación y dejó la caja roja sobre su cama para después salir rumbo al despacho de su amo, llegando en pocos minutos. Tocó tres veces la puerta, esperando indicaciones.

—Adelante.

Hiroshi entró y caminó hasta legar frente del escritorio donde Eiri estaba revisando su ordenador personal.

—¿Me necesitaba señor?

—Toma asiento Hiro. —El mayordomo escuchó la orden y tomó asiento, expectante a lo que tuviera que decir su amo—. Hiroshi. Hoy tuve una seria conversación con K. —Hiroshi asintió con la mirada baja—. Es tu decisión si alguna vez deseas irte. De sobra queda decirte que K quiere e intentará llevarte de vuelta. ¿Deseas regresar con él?

La mirada de Hiroshi era triste y lentamente, casi como dudando negó con la cabeza.

—Desconozco con exactitud la situación que te llevó a huir de él y no es de mi interés saberlo. Pero K me hizo prometerle tu seguridad y si con él no te sientes seguro, mantendré mi palabra y no le permitiré que se acerque a ti.

—Gracias amo —susurró.

—Pero..., si en algún momento decides regresar, eres libre de hacerlo.

Hiroshi agradecía con el alma que su amo fuera de esa manera. Un kaizoku diferente a todos los demás, dispuesto a cumplir con su palabra como si la vida se le fuera en ello.

—Ahora ve a descansar. En la mañana, manda a alguien para que traiga a Shuichi a mi habitación y tómate el día para que tengas tiempo de prepararte para el show.

—Sí amo.

—Ah..., y a Shuichi mándalo sólo con una bata después del desayuno —terminó con una sonrisa libidinosa.

—Sí amo. Buenas noches.


—Aahh..., aahh..., hm..., no..., ah..., por favor...

—¿Aún no te acostumbras Ryuichi?

Tatsuha estaba sentado en su sillón en la habitación de Ryuichi, disfrutando la vista. Uno de sus esclavos tomando a Ryuichi. Éste gemía ruidosamente, pues el otro esclavo lo embestía con fuerza por orden de su amo. Lo tenía fuertemente asido de sus caderas mientras Ryuichi hacía todos los esfuerzos posibles por no caer de boca al suelo.

Tatsuha veía con placer como gemía su esclavo. Ya lo había tomado una vez y sabía que no podría volver a hacerlo hasta después de algunas horas, pero había querido seguir escuchando sus gemidos, por lo que llamó a otro de sus esclavos y le ordenó que lo tomara sin piedad.

«Entre más fuerte, más gime», pensó.

Su esclavo, de nombre Takako terminó dentro de Ryuichi con un gran gemido de placer y salió de él sin importarle causarle más daño y dolor del que ya había causado. Ryuichi colapsó. Su respiración estaba acelerada. Su cuerpo sudoroso y adolorido se convulsionada levemente. Aun mantenía una pequeña erección que le empezaba a doler.

—Levántalo Takako.

Tatsuha empezó a sentir algo cuando lo vio así, tirado en el piso con la respiración agitada. Lo único que no le gustó fue ver que entre sus piernas corría semen..., semen que no era suyo. No supo porqué, pero ahora se haría cargo de eso.

El esclavo obedeció y levantó a Ryuichi, quien a duras penas podía ponerse de pie. Tatsuha tomó un cleaner de un cajón y lo pasó sobre los dos esclavos, viendo con satisfacción como el semen entre las piernas de Ryuichi desaparecía.

—Ponlo sobre la cama.

Takako tomó el pequeño cuerpo de Ryuichi y lo colocó en el centro de su cama, esperando otra orden para volver a tomarlo. Su amo ya lo había hecho suyo hacía unos minutos y esperaba poder volver a degustar y saciarse con ese apetecible cuerpo.

—Ahora lárgate Takako.

—¿Qué? —Aquella orden lo sorprendió—. Pero amo...

—¿Que no me oíste? ¡Lárgate!

No queriendo hacer enojar a su amo y ganarse un castigo, salió de la habitación, dejándolos solos. Tatsuha ahora estaba seguro de que no era una equivocación. Estaba excitado nuevamente con solo verlo. Se acercó y reptó en la cama hasta colocarse frente a las piernas de Ryuichi.

—¿Estás cansado Ryu?

Ryuichi asintió. Pensó que ahora lo dejaría descansar, pero le llamó la atención que se abriera la bragueta del pantalón, y más aún al ver la prominente erección que éste mostraba.

—Mira lo que tengo para ti.

—Por favor..., no más...

Tatsuha tomó las piernas de Ryuichi y las levantó, dejando a la vista la dañada intimidad. Tomó su miembro y lo guió a la cavidad, entrando de lleno con una sola estocada.

—Aaahhh..., duele... —chilló Ryuichi. Su respiración se cortó.

—Lo sé Ryu..., pero tú deber es darme placer..., es lo único para lo que sirves, esclavo...

Ryuichi entristeció. Estaba confundido. El odio había sido dejado atrás, dejando paso a un sentimiento que para él aún era impreciso. Sus pensamientos se nublaron al sentir el dolor de los embates. Sus caderas dolían del fuerte agarre.

Tatsuha también estaba algo confundido. Nunca había logrado tener una segunda erección con tan poco tiempo. Normalmente tenía que esperar hasta seis horas para volver a tener sexo con alguno de sus esclavos, pero al ver como Ryuichi era tomado tan vorazmente por Takako, su excitación cobró vida de nuevo y por nada del mundo iba a desaprovechar esa oportunidad.

El ritmo aumentaba al igual que los gemidos de placer de Tatsuha y los gritos de dolor de Ryuichi. El movimiento de las caderas de ambos marcaba el mismo ritmo, impuesto por el moreno. El final estaba cerca.

—¿Sientes esto Ryuichi...? Te gusta duro huh..., mira esto...

Tatsuha tomó el miembro erecto de Ryuichi y lo hizo gemir al frotarlo al ritmo de las embestidas. Llegaron al orgasmo a la par. Tatsuha salió de su interior y vio su miembro cubierto con un líquido carmesí.

—Sigues sangrando. ¿Qué acaso no puedes acostumbrarte? Eres el esclavo más estrecho que he tenido.

Ryuichi sólo volteó su rostro. Todo su cuerpo le dolía. Se sentía una basura como todos los días. Tatsuha se levantó, con las sábanas se limpió su miembro y acomodándose la ropa, dio un último vistazo a la cama antes de salir de la habitación. A los pocos minutos llegó Noriko acompañada de un sirviente y un carrito con varias cosas.

—Ven ayúdame —dijo al sirviente. Se acercó a la cama donde encontró a Ryuichi aparentemente dormido—. Ve a preparar una tina con agua caliente Omi.

—Sí.

El sirviente entró al baño a calentar el agua mientras Noriko tomó un paño del carrito y lo humedeció en agua tibia pasándolo por el rostro del esclavo. Ryuichi empezó a reaccionar.

—Ryuichi..., soy yo..., Noriko...

—Hola..., Noriko —gimió con voz rasposa.

—¿Cómo te sientes?

—Acabado —contestó Ryuichi, tratando de sonar gracioso, sacándole una sonrisa a Noriko.

—Vamos Ryu, hay que bañarte.

—No creo poder levantarme Noriko.

—Omi, ayúdame a levantarlo.

El sirviente regresó del baño y junto con Noriko levantaron. No se sorprendieron de los moretones en sus caderas, ni del hecho de ver semen con sangre corriendo por sus piernas, empezaba a hacerse costumbre. Ryuichi ya les había dicho que no se preocuparan por eso, y no le importaba ya mostrar su cuerpo desnudo.

Lo llevaron a la bañera, con cuidado le enjabonaron el cuerpo quitando todo rastro de lo que había sucedido y le lavaron el cabello. Lo secaron y le curaron sus heridas, para finalmente darle una cena ligera y acostarlo.

—Vete a dormir Omi.

—Con permiso, Noriko-san.

El sirviente se fue, dejando solos al esclavo y a la ama de llaves.

—Ryu..., no sé cómo puedes soportar esto. ¿En realidad crees que Shuichi valga la pena este sacrificio? Podrías tratar de escapar tú por tu cuenta.

—No Noriko. No puedo. Shuichi es mi mejor amigo y prometimos huir juntos.

—Bueno. Descansa. Buenas noches Ryu.

—Buenas noches Noriko.


Hiroshi llegó a su habitación y se le quedó viendo a la caja. Viejos recuerdos llegaron a su mente

"Te traje algo Hiro"

"Mira lo que te compré..."

"Esto es para ti"

"Espero que te guste"

"Acéptalo"

Todos y cada uno de los regalos venían en un mismo tipo de envoltorio. Color rojo sangre, igual que su cabello. No pudo evitar que una lágrima de nostalgia corriera por su mejilla.

Se acercó a la cama y se sentó a un lado de la caja. Deshizo el lazo que la mantenía cerrada y quito la tapa. Sus pupilas se dilataron ante lo que tenía frente a él. Era lo más hermoso que había visto en su vida. Razón suficiente para que su amo le pidiera que lo usara al día siguiente, aunque se preguntó si lo habría visto porque la caja venía cerrada o si Claude le habría dicho que era.

Sonrió.

Dejó la caja con el traje en la cómoda al lado de su cama y se acostó a dormir. Mañana sería un día especial.