Disclaimer: Rurouni Kenshin y sus personajes pertenecen única y exclusivamente a su autor: Nobuhiro Watsuki
Disclaimer: Rurouni Kenshin y sus personajes pertenecen única y exclusivamente a su autor: Nobuhiro Watsuki. ¡Ojalá Soujiro, Sanosuke, Enishi y Kenji fueran míos! X3
Sumario: POST SERIES Kenji, Sanosuke, Enishi y Soujiro van a explorar las bases secretas de los alrededores de Kyoto de Shishio, donde encontrarán más de lo que se pensaban. Mientras, hay un joven extraño que busca desesperadamente a Yahiko… ¿quién es ese hombre misterioso?
Resumen de los anteriores capítulos: Sanosuke Sagara vuelve a Japón después de dieciséis años de ausencia, y Yahiko le hace saber que Kenshin falleció poco después de llegar a la bahía de Yokohama y que Kaoru está gravemente enferma también. Allí Sanosuke conoce a Kenji, el hijo de ambos, y cuando decide ir a Aizu para ver a Megumi, el chico decide acompañarle porque quiere llegar a conocerle más (es el único que ahora puede hacer sonreír de verdad a su madre). Durante el trayecto pasan por Mito, donde Kenji vuelve a encontrarse con Chizuru Hata, la chica que conocía hace un año después de volver de su entrenamiento con Seijuro Hiko XIII; su paseo es interrumpido por unos asesinatos, y uno de las víctimas resulta ser el tío de la chica. En Mito se encuentran también con Saitou Hajime, que les tiende una trampa y les involucra en un misterioso caso de asesinatos de un grupo llamado "Shin Juppon Gatana". En Iimori Yama se reúnen con sus nuevos compañeros de viaje, Seta Soujiro y Yukimura Enishi. Ambos vuelven a ir hacia el sur, hasta Kyoto, donde se encuentran con Chou. En el Aoya alguien hace estallar una bomba, y Chou, Soujiro y Enishi finalmente conocen a tres de los nuevos Juppon Gatana. Chou es herido de gravedad, y para seguir investigando, los demás deciden ir a la antigua guarida de Shishio Makoto por si encuentran pistas de quién puede ser el nuevo líder de la nueva banda criminal.
Entre el hoy y el mañana
Capítulo Catorce: Memorias de un asesino
—Sigue lloviendo –gruño Sanosuke mientras seguían caminando por la montaña que les conduciría directamente a la antigua guarida de Shishio Makoto. Delante de él, apenas unos pasos más, Kenji hizo un gruñido de asentimiento. Yukishirou, que cubría la retaguardia, no dijo nada.
—Sí… –Seta fue el único que respondió, desde su posición delante del grupo. Él era quién les guiaba, ya que él (Sanosuke) no recordaba dónde se encontraba ese lugar y Kenji no había ido nunca, además, fue Seta el mano derecha del antiguo propietario de ese lugar…– Cough, cough, pero es normal. Estamos en Junio. Id con cuidado, no resbaléis ni pesquéis ningún resfriado, ¿eh? –dijo mirándoles.
Enishi, detrás de él, soltó una mofa.
—No lo entiendo –dijo Kenji después de un rato, habiendo ignorando la conversación anterior–. Soujiro –llamó haciendo que susodicho se girara con una sonrisa–, por qué, si Shishio Makoto quería hacerse tan fuerte, ¿tenía su fortaleza tan apartada de la capital? No sería más bien una molestia tener que desplazarse tantas veces, ¿en especial si estaba tan herido como me contáis? No sé, de tener yo tanto poder, me establecería en el centro, para que todos supieran que el más poderoso soy yo.
Sanosuke quedó impresionado con el razonamiento de Kenji, y todos dejaron de caminar a la vez. Pese a que lloviera copiosamente, las palabras del chico habían sido altas y claras; y no había forma de ignorarle. Vio que Seta fruncía levemente el ceño y su sonrisa se petrificaba un poco; Yukishirou, que había seguido caminando hasta alcanzarles, se detuvo al lado de Seta, mirándole sin una expresión definida en la cara.
—Shishio-sama… Shishio-sama estaba malherido, Himura-san, así que más que el estrés de la ciudad, prefería esconderse y no tener que salir. Prefería dar órdenes y esperar que fueran cumplidas a preocuparse y tener que hacerlas él mismo. Además… Houji-san (Houji-san era el consejero de Shishio-sama) confiaba que eso era lo mejor. Además, recuerda que los planes de Shishio-sama eran ilegales... encontrarle en plena ciudad hubiera sido infinitamente más arriesgado, mientras que llegas hasta su fortaleza es complicado y muchos no saben ni que el lugar existe.
—Ya veo… Ugh, pero qué rollo es tener que subir hasta aquí –comentó Sanosuke mientras reanudaban la marcha. La lluvia no había cesado ni un momento, y el calor abrasador del verano no ayudaba a mejorar su humor– ¡¡Maldita sea, qué calor!! ¡Odio el Junio de Japón! –gritó, intentando aliviar así su frustración.
—Cállate, o atraerás la atención de alguien. ¿O te tengo que recordar donde vamos, Sagara? –vino el comentario cortante de Yukishirou, que gruñía, su rostro mojado de lluvia y sudor.
—¿De a—? ¿¡DE QUIÉN!? ¡¡Todos han sido más inteligentes que nosotros y se han quedado en casa, en vez de dar vueltas como unos gilipuertas con este tiempo!!
—Ja, ¿te recuerdo de quién fue la idea?
Sanosuke se vio obligado a callar, pero eso no hizo que disminuyera su odio ni su irritación.
—Has llegado –dijo Saitou con una mueca de enfado, no dirigida a su acompañante, sino a sus circunstancias. Estaban ambos en su oficina de la comisaría de Mito.
—No tienes buen aspecto –le dijo su acompañante, por algún motivo con una sonrisita. El lobo le dirigió la peor de sus miradas y se alzó, intentando (y logrando) no hacer ninguna mueca cuando la herida de su abdomen se resintió–. Por lo que veo va a ser algo complicado de resolver…
—Che. No debería serlo, pero parece ser que trabajo sólo con incompetentes. He tenido hasta que contratarte a ti –replicó, girándose y mirando a través de la ventana.
—¿Cómo está Sou-chan? –insistió.
Saitou se giró, furioso. No estaba especialmente enfadado con Kamatari, tan sólo estaba frustrado por las heridas y la actitud desvergonzada de su visitante. Claro que Kamatari siempre había sido así, pese a su actitud extrovertida era en realidad un desvergonzado que no le hacía caso a nadie que no estuviera quemado casi del todo y cubierto en vendajes. Su viaje a América le había vuelto aún más insolente y rudo, totalmente contrario a la actitud que debía poseer un japonés. Ahora era un occidental con rasgos japoneses, toda una vergüenza a sus ojos.
—Compórtate, no te envío a jugar –gruñó Saitou, encendiendo el cigarrillo y tomando una calada, relajándose casi al instante.
—Sólo pregunto por la salud de un viejo amigo… ¡hace casi 17 años que no sé nada de él! Y desde que me he enterado que está a solas con el Yukishirou ese… ¡Aún peor!
—¿Le conoces? –preguntó el lobo, extrañado.
—Bueno… –dijo el transexual– No en persona, pero oía hablar de él siempre. ¿Fue a él a quién Shishio-sama compró el Rengoku, verdad? Pues recuerdo que dijo que era mala hierba. ¡Incluso le dijo a Yumi que ni se le ocurriera tener tratos privados con él… Si no recuerdo mal fue Sou-chan quién fue a negociar… Argh, me da mala espina que estén juntos, ¡no me lo puedo creer…!
—Cállate ya –espetó el policía, tirando la colilla por la ventana y frunciendo el ceño: hacía demasiado calor–. Están en Kyoto con Chou. Tú ocuparás su lugar.
—¿Su lugar? ¿Por qué? ¿Le has asignad…?
—Está a un metro de palmarla y necesito a otro perro faldero. Así que ya estás tardando. La puerta está detrás de ti.
—¡¡ARGH!! ¡¡Eres inaguantable!!
—Cough, cough, cough…
Kenji se detuvo al oír a Soujiro toser y se giró, algo consternado al ver que no paraba. Cuando iba a acercársele para preguntarle si estaba bien o si necesitaba ayuda, el joven recuperó la compostura y con una sonrisa le dijo que estaba bien; pero no pasaron cinco segundos que volvía. Hasta Sanosuke parecía consternado.
—Tal vez aún estés resfriado –dijo el Tori Atama con el ceño fruncido–. No deberías haber salido de casa, idiota.
—¿Y entonces cómo hubiéramos llegado hasta aquí? –dijo Enishi fulminándoles a todos con la mirada, especialmente a Soujiro.
—Maa, maa…
—Tú hace poco que has venido, ¿verdad? –contraatacó Sanosuke– ¿O tienes mala memoria y no te acuerdas?
Antes de que eso pudiera convertirse en una discusión seria, Soujiro les interrumpió y les dijo que no pasaba nada, y continuó caminando. Kenji, no del todo convencido y algo molesto, le siguió hasta tener enfrente una puerta enorme. Soujiro no se detuvo en ningún momento, y Enishi le siguió momentos después, pero tanto Sanosuke como él mismo se quedaron un rato mirando la entrada. Apenas tenía nada de especial, pero ambos intentaron memorizar su localización y encontrar algo que estuviera fuera de lugar, o al menos él… que intentaba averiguar si ésa era realmente la puerta que años atrás tuvo que cruzar su padre para enfrentarse a Shishio, uno de los peores enemigos de su padre.
—¿Fue realmente aquí? –preguntó finalmente, mirando a Sanosuke. Éste se encogió de hombros y murmuró que no lo recordaba bien, que habían pasado demasiados años, pero fruncía el ceño– ¿Qué pasa?
—Me da mala espina.
—Nunca pensé que fueras un supersticioso –comentó Kenji, ganándose una mirada de reproche que fue ignorada. Entró y vio que los otros dos le estaban esperando, y les siguió cuando empezaron a caminar.
Durante los primeros pasos apenas pudo vislumbrar nada: estaba todo absolutamente oscuro, y el que hasta al raso estuviera el cielo nublado no arrojaba ni el más mínimo rayo de luz. Tuvo que esperar unos segundos hasta que sus ojos empezaron a acostumbrarse, y aún así tropezó varias veces. Incluso le pareció oír algún gruñido malhumorado de Enishi, y se preguntó si no sería Soujiro el único que no se tropezaba (cosa que tampoco le hubiera extrañado, ya que el hombre era increíblemente misterioso y era posible que se conociera esa guarida como la palma de la mano).
—A la izquierda –dijo la voz cantarina del rurouni. Unos gruñidos de afirmación fueron la única respuesta.
—Vaya asco de lugar… y es que ni siquiera me trae buenos recuerdos –dijo Sanosuke. Había dejado de tropezar y maldecir, seguramente porque sus ojos se habrían acostumbrado ya a la falta de luz. Kenji no supo cómo sentirse, pues él mismo iba dando traspiés dos de cada tres pasos.
—Es… esperad un momento –dijo de pronto Soujiro, alertándoles a todos. Hubo un silencio tenso, pero Kenji supo notar que el aura de Enishi se magnificaba, impregnando la sala de hostilidad–. Creo que…
—Que no estamos solos, ya –replicó Tori Atama con seriedad en un duro susurro, haciendo chasquear la lengua–. ¿Pero quién demonios vendría aquí…?
—Creo que no vale la pena susurrar, Sagara-san –comentó como si tal cosa el rurouni, y Kenji supo que estaría sonriendo–. Ya nos habrán oído… me sorprende que no nos hayan atacado antes.
—Cobardes.
—Sigamos andando –interrumpió Kenji.
Soujiro asintió. Seguramente Himura-san tenía razón, después de todo, pese a que había notado un kenki bastante poderoso, dudaba que esa aura mísera presentara una amenaza. A menos que supiera, claro manipular su energía (algo que él mismo sabía hacer). Vio que la sombra de Yukishirou-san empezó a moverse, y con él, Sagara-san y finalmente el más joven de los cuatro. Aunque quienquiera que fuera les fuera a amenazar, si se quedaban en un mismo sitio tampoco arreglarían nada…
—Vamos, pues.
Yahiko se alzó después de saludar las tumbas. A su lado estaba Tsubame con Shizuru, dormidita, en los brazos; de sus mejillas caían unas pocas lágrimas, aunque había llorado ya mucho, nunca parecían poder dejar de fluir. Viendo lo duro que era para su mujer, le pasó un brazo por el hombro y la acercó a su pecho, besándole la cabeza y murmurándole palabras de consuelo. Pocos minutos más tarde, el otro visitante se puso en pie e hizo dos pronunciadas reverencias.
—Es increíble lo fácil que es recordar las costumbres japonesas –murmuró Tsukayama Yuutarou.
—No sabría decírtelo, nunca he salido de Japón –contestó Yahiko, ganándose una mirada de reproche que le hizo entender que esas palabras no se las había dirigido a él–. No sabía nada… ¿Por qué no me dijiste nada, Yahiko? –preguntó, fulminándole con la mirada.
—¿Qué pretendías que te dijera? –replicó Yahiko fríamente.
Hubo un silencio tenso. Un apretón en el hombro de Tsubame fue suficiente para hacer que la mujer pillara la indirecta y se adentrara en la casa. Conocía ya desde hacía años a Yuutarou, pero hacía muchísimo tiempo desde la última vez que le vio y no estaba acostumbrada a ver una expresión de aborrecimiento tan profundo en la cara de alguien. Y sabía que no quería que su hija estuviera presente en todo eso, así que como pudo, le hizo una reverencia a su amigo y le fue dedicándoles una última sonrisa. Ya no era una niña, aún conservaba su inocencia, pero ahora comprendía mejor la actitud de su marido y podía imaginar cómo se sentía Yuutarou.
—Prepararé té… –dijo antes de cerrar la puerta. Ninguno de los dos asintió.
Yuutarou, para alivio de Yahiko, esperó hasta que su mujer se hubiera alejado bastante. Ambos se contemplaron un largo rato, asimilando los cambios que habían sufrido tanto sus cuerpos como sus mentes, obligándose a asimilar que quién veían delante no era el crío que recordaba su memoria, sino un hombre tan adulto como sí mismo. Ambos sonrieron frustrados después de unos segundos de severa observación, ya de pequeños habían tenido una constitución parecida, pero incluso de mayores se parecían ligeramente. Yuutarou era ligeramente más alto, y Yahiko más fuerte.
—¿Era esto lo que querías decirme, Yahiko? –presionó el joven, su acento cada vez más marcado– ¿Que…?
—No… –admitió Yahiko, que tuvo la decencia de parecer arrepentido cuando le fulminaron con la mirada– Necesitamos tu ayuda.
—Lo que daría por poder encender una maldita luz, una antorcha o lo que sea –gruñó Sanosuke–. No me acuerdo bien, pero juraría que cuando vinimos aquí hace años…
—Tiene razón, Sagara-san –interrumpió Soujiro, sobresaltándoles. Desde que giraron la tercera esquina, el espadachín de azul apenas había hablado, y ni las amenazas de Enishi lograron hacer que abriera la boca. Parecía totalmente absorto por sus pensamientos, y finalmente le dejaron tranquilo. Después de todo, seguía caminando y guiándoles, y de momento eso era todo lo que necesitaban–. Yumi-san… les condujo por otra puerta. Ésta es la que usábamos los Juppon Gatana…
—Que mal rollo –admitió el Tori Atama–. Y pensar que hace diecisiete años Kenshin casi muere aquí…
Enishi resopló, burlón. Kenji le miró impasible, comprendía ahora el rencor que le tenía a su padre, pero no podía evitar sentirse un poco molesto. Soujiro había vuelto a callarse y ahora estaba palpando la pared, buscando algo. Cuando Kenji le preguntó qué era lo que pretendía, el espadachín respondió que allí en teoría había una puerta, pero que no encontraba el pomo. Sanosuke y Enishi marcharon hacia la puerta y a la vez le pegaron una patada, arrancándola del marco y creando un estruendo.
Delante de ellos había una habitación relativamente pequeña, parecida al despacho de Saitou en Mito. Kenji se sorprendió de ver que había ventanas y unas cortinas roídas por el tiempo, un escritorio viejo y cubierto de polvo y, finalmente, unas estanterías llenas de libros viejos. La poca luz que entraba por la ventana era apenas suficiente para ver, pero sus ojos ya estaban acostumbrados a la oscuridad de los pasillos. Podían oír el rumor de los truenos fuera, y Soujiro murmuró algo sobre tener suerte de estar bajo techo.
Gatana
—Maa, maa… eso tampoco era necesario –se quejó Soujiro, mirando la puerta pensativo–. Claro que tampoco es como si no supieran que estamos aquí.
Eso realmente no alertó a ninguno de ellos. Algo… o mejor dicho, alguien les había estado siguiendo desde antes de girar la primera esquina y esa persona podría ser tanto un vagabundo como otro miembro del Shin Juppon Gatana que contuviera su aura, así que simplemente se limitaron a esperar a que se fuera o a que se mostrara.
—No sé vosotros, pero yo estoy un poco harto, odio las ratas que se esconden –dijo Sanosuke haciendo crujir sus nudillos.
—No creo que sea una buena idea provocar a nadie, Sagara-san –dijo Soujiro con tranquilidad, adentrándose en la habitación sin dudarlo un instante y yendo directo hacia la estantería–. No faltan libros… es una suerte.
—¿Cómo es posible que sepas que no falta ni un solo libro? –preguntó Kenji, acercándose también y frunciendo el ceño. Su compañero se limitó a sonreír y Kenji decidió que no quería saber la respuesta.
—¿Pasamos a la siguiente habitación? –gruñó Enishi, pasando por donde estaban los dos y hacia la siguiente puerta. Intentó empujarla pero no pudo, y antes de que pudiera recurrir al mismo método para la puerta anterior, Sanosuke le detuvo.
—¡¡Espera!! ¿No oléis nada raro…? –todos se lo quedaron mirando. Kenji no reconoció el olor, pero era evidente que los demás sí. Cuando quiso preguntar de qué hablaban, oyó que Enishi murmuraba "pólvora".
Notas de Autor: … Vale, no tengo palabras para disculparme… ¡¡Pero lo intentaré igualmente!! ((se encoge))
Ya nos las sabemos todas, ¿verdad? Pues me temo que mis "excusas" van a ser las mismas que las de siempre. Que si la universidad, que si papeleo para irme a estudiar a Japón el año que viene (¡Yuhuu!), que si trabajos y exámenes, que si trabajitos a media jornada, que si manga y "Puertas"…
Al menos espero que hayáis disfrutado de este capítulo. No ha sido gran cosa, pero espero animarme más pronto, ya que la acción buena en teoría empieza pronto. Deseadme suerte…
