Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 14
El sonido de la lluvia cayendo sobre el techo al auto se iba intensificando con el pasar de los minutos, lo cual, metafóricamente, era un aviso de lo tormentosa que estaría la noche. Red, desatando el nudo de su corbata, estiraba su cuello deseando un poco de alivio al ya sentirse harto de dicha prenda. Asimismo, el líder de La Federación fue soltando los varios botones de su traje.
Poniéndose cómodo, Red se relajó experimentando una infinita paz y satisfacción en su interior al creer que ya no existía nada que pudiera detener sus ambiciones. Comprobando la hora con su reloj de pulsera, Red se convenció que no se demorarían mucho en llegar a su destino. Y al pensar en la jovencita que lo acompañaba, se volteó a su izquierda viéndola en todo su esplendor.
Inicialmente, Red posó su atención en sus pies que lucían elegantes al ser adornados por un par de zapatillas de tacón. Lentamente, y sin decoro, fue escalando por sus piernas usando su vestido como si fuese una cuerda de alpinismo. Finalmente, y habiendo degustado de su belleza, el pelirrojo contempló su rostro sintiendo como un viejo recuerdo del pasado lo halaba por inercia.
– Por si no lo recuerda, Tao Pai Pai, nosotros no somos un orfanato–escuchándose a él mismo en su cabeza, Red guardó silencio enfocándose en sus evocaciones–se ve que está grave, déjela por ahí, morirá en cualquier momento…
– Señor, si me lo permite, se me acaba de ocurrir una idea, a largo plazo, que podría interesarle.
– ¿Y esta mocosa qué tiene que ver con esa idea tuya?
– Créame, Comandante, esta chiquilla tiene mucho que ver…
– Bien, me explicarás luego, no hay tiempo… ¡vámonos!
Aquella había sido la primera vez que la vio, hacía tantos años atrás que se asombraba de ello. Tao Pai Pai la encontró malherida y al borde de la muerte, y no teniendo ni un ápice de compasión en su corazón, Red la hubiese dejado morir al lado de los cadáveres de sus padres sin importarle que fuera una niña pequeña e inocente.
Sin embargo, gracias a la intromisión de Tao Pai Pai, Red aceptó traerla con ellos salvándole así la vida sin realmente quererlo. Con el pasar de las semanas, la chiquilla que sería rebautizada como Amadeus, fue recuperándose gradualmente de sus mortales lesiones. Pero para Red, ella sólo era un lastre que viajaba junto a ellos sin tener un propósito o utilidad que le beneficiara.
En aquella época, jamás imaginó que esa mocosa acabaría convirtiéndose en la asesina que es ahora; no obstante, más allá de ese cambio, a Red le impresionaba más un factor que muchas veces no observó: era una mujer preciosa, pero sobre todo, deliciosa. Y si bien Amadeus ya no poseía un beneficio para su causa, Red pensaba en sacarle provecho por última vez.
– Luces ansiosa–rompiendo el hielo, Red soltó un ligero comentario sobre su aspecto.
– Yo diría que cansada, nada más.
– ¿Cansada? –Le dijo con tono interrogante–pues espero que te repongas, yo pensaba divertirme mucho esta noche.
– No se preocupe, Comandante Red, aún tengo mucha energía.
– Eso espero, muñeca, eso espero…
Sentía algo extraño en ella, no sabía con exactitud qué era aunque esa sensación de desconfianza le recomendaba eliminarla tan pronto le fuera posible. Aún así, al darle un vistazo nada sutil a su revelador escote, Red llegaba a la misma conclusión: una hermosura como ella merecía ser probada una vez más antes de ser sepultada bajo tierra.
La ocasión era más que ideal. Era perfecta para divertirse disfrutando de la compañía de una linda chica, y claro está, gozar de los placeres que una preciosidad como ella es capaz de dar. Amadeus, sin proponérselo, será la cereza del pastel. Será el pináculo que exaltaría su victoria sobre el Oeste, porque para Red, desde ese instante, la guerra contra sus vecinos ya estaba más que ganada.
A pesar de no haber empezado todavía, oficialmente.
Saliéndose con la suya con gran maestría, Red consiguió superar los argumentos de Los Territorios Aliados del Oeste en las audiencias que éstos mismos solicitaron. En un comienzo no esperaba nada de tales discusiones, pero sorpresivamente se las ingenió para dejar en ridículo al estúpido embajador del Oeste, burlándose de él en su propia cara ante la mirada del mundo entero.
Pobre diablo, pensaba Red, en este momento ya debe ser un cadáver putrefacto. Amadeus, antes de partir, le aseguró que Gohan ya no representaba ninguna amenaza para él o para sus intenciones ya que la pelinegra, de forma silenciosa, le inyectó una dosis letal de arsénico sin que Gohan lo notase. Pese a ya no ser útil para él, Red admitía que Amadeus era toda una profesional.
– Te sonará extraño, pero estoy sintiendo una rara necesidad de charlar contigo, Amadeus.
– ¿Charlar conmigo? –la fémina, arqueando una ceja, le miró con confusión.
– Sí, charlar–le recalcó Red con lentitud, para luego ver el paisaje nocturno a través de su ventanilla–nos conocemos desde hace muchos años, pero jamás me importaste realmente. Sólo me interesaba que cumplieras con las órdenes que te daba, pero si vamos a pasar la noche juntos, al menos me gustaría conocerte un poco más.
– ¿En ese caso, qué le gustaría saber? –obsequiándole una coqueta media sonrisa, Amadeus se reclinó hacia atrás en su asiento hundiéndose en éste, con ello, logró darle una amplia vista del escote de su vestido mientras acariciaba su cabello largo con una mano–admito que no soy muy buena conversando, pero le prometo que me esforzaré al máximo para hacer el intento.
– No soy tonto, querida. Me doy cuenta de lo que intentas hacer, pero sabes algo, me encanta–sonriéndole ampliamente, Red soltó una burlesca carcajada que duró unos segundos–y bueno, ya que estás dispuesta a platicar conmigo, me gustaría saber por qué nunca intentaste huir de nosotros cuando te encontramos.
– No hubiera tenido sentido, no tenía adónde ir; aunque admito que siempre quise escapar de ustedes–respondiéndole a su pregunta, Amadeus no dejó de enrollar entre sus delgados dedos uno de sus mechones azabaches–he estado a su servicio toda mi vida, no tengo otro motivo por cual vivir.
– No digas eso, lindura. Suenas como si yo fuera un monstruo o algo así–con tono burlón e hipócrita, Red le afirmó a su bella acompañante–en ese momento no me hubiera importado dejarte morir en aquel bosque, pero lo reconozco, Tao Pai Pai no se equivocó al rescatarte.
Amadeus, sin replicarle verbalmente, sólo lo vio directo a los ojos guardándose su opinión.
– De repente te pusiste muy seria, Amadeus–notando su evidente conducta, Red sacó de su chaqueta una cajetilla de cigarrillos–anda, toma uno y relájate. Después de todo, esta noche la pasaremos de maravilla.
– Si usted insiste, Comandante.
La homicida, con delicadeza, aceptó el ofrecimiento de Red y tomó uno de los cigarros poniéndolo en su boca. El hombrecillo pelirrojo, casi de inmediato, no se demoró en accionar un encendedor acercándole la llama de éste a la señorita. Amadeus, por su parte, se aproximó a Red encendiendo su cigarrillo dándole una profunda calada previamente a soltar una extensa columna de humo.
– ¿Ya te sientes mejor? –indagándola, Red le consultó.
– Sí, un poco, gracias.
– No hay de qué, tengo más cigarrillos por si deseas otro.
– Lo tendré en cuenta…
– Dime una cosa–retomando su interrogatorio, Red le habló con interés– ¿de los muchos pobres diablos que te ordené matar, cuál de todos ellos te divirtió más?
– Para ser sincera, ninguno me ha divertido–Amadeus, saboreando el mentolado sabor de la nicotina, le replicó sin dejar de fumar–acabas de decirlo, todos eran unos pobres diablos.
– Pero vamos, tuviste que haber conocido a alguno que sobresaliera sobre los otros…
– Básicamente todos eran iguales: sujetos engreídos y estúpidos que se pasaban de listos invitándome una copa sin dejar de coquetearme–con frialdad, Amadeus resumió en pocas palabras su oficio–yo, obviamente, les seguía el juego asegurándome que se embriagaran hasta que se bebieran el agua de los floreros. Nos besábamos y jugueteábamos un poco, y si era necesario, hacía el amor con ellos. Al final, cuando la oportunidad se presentaba, simplemente los liquidaba.
– Eso suena muy monótono.
– Créeme, luego de tantos años haciendo lo mismo es inevitable que se vuelva una rutina–soltando otro soplido lleno de humo, Amadeus humedeció sus labios disponiéndose a ser ella quien lanzase las preguntas–yo ya hablé un poco de mí, es justo que tú también me cuentes sobre ti.
Tal cuestionamiento no era producto del azar; sino que Amadeus, aprovechándose del exceso de confianza de Red, buscaba obtener cualquier dato o información que le fuera de utilidad.
– De acuerdo, me parece justo–engreído, Red le sonrió– ¿qué te gustaría saber?
– Desde que tengo memoria Black y Tao Pai Pai siempre han estado a tu lado, ellos han sido tus aliados de mayor cercanía y confianza–la ojiazul, mirando al techo del vehículo mientras hablaba, giró su cabeza hacia él viéndolo con una fingida pero muy convincente inocencia que embelesó todavía más a Red– ¿serías capaz de liquidarlos a ambos si con eso lograras concretar tus planes?
– Los dos han sido de una inmensa ayuda para mí, sin ellos muchos de los éxitos que conseguí no se hubieran dado–cruzándose de brazos, Red le comentó–pero, muy sinceramente, debo admitir que sí los liquidaría si se presentara el caso en que ambos se convirtieran en un estorbo o un problema.
– ¿Y lo harías con tus propias manos o usarías a alguien como yo para hacer el trabajo? –con suspicacia, Amadeus le preguntó acabándose por completo su cigarro.
– En el pasado ya me he encargado de limpiar la basura por mí mismo, preciosa, no me temblarían las manos si tuviera que hacerlo de nuevo–presumido, queriendo parecer más osado de lo que realmente es, Red le alegó–le volaría la tapa de los sesos a cualquiera: a Tao Pai Pai, a Black e incluso, a una belleza como tú.
– ¿Cómo se llevan Black y tú? –No intimidándose por su afirmación, Amadeus quiso indagar más profundo–tal vez estoy especulando demasiado al pecar de ignorante, pero varias veces he notado un aire extraño entre ustedes dos.
– ¿Un aire extraño?
– Sí, exactamente. No sé cómo describirlo mejor, es como si a Black no le gustara quedarse relegado detrás de ti cumpliendo tus órdenes.
– ¿Acaso estás insinuando que Black podría rebelarse en mi contra? –Con seriedad, la atmósfera relajada se evaporó por un intenso instante– ¿estoy comprendiendo bien lo que dices?
– Puedes interpretarlo cómo desees–no queriendo perder el control de la situación, Amadeus seguía hablándole con un tono despreocupado y superficial–solamente digo que a veces me ha dado la impresión de no estar a gusto con el nivel de importancia que tiene comparado con el tuyo.
– Black muchas veces ha querido hacer las cosas de un modo diferente al mío, pero nunca he visto que se comporte como tú dices–dándose cuenta que el hotel donde se hospedaba se veía a unos cuantos metros, Red cambió de posición en su asiento–pero olvidémonos de Black, esta noche será para celebrar que he humillado y destruido al Oeste al mismo tiempo. Y tú, Amadeus, serás el postre…
Ella, únicamente, se carcajeó con levedad sin decir algo más. Unos segundos más tarde, el automóvil que los transportaba se estacionó en el pórtico del hotel habiendo terminado su corto viaje. Amadeus, plantando un pie fuera del automotor, miró de soslayo sus alrededores teniendo el presentimiento de no estar completamente a solas.
Sin tener que pensar mucho en el motivo de tal intuición, la asesina se enfocaba más en mantenerse alerta que en buscar explicaciones. El rostro de Amazon cruzó por su cabeza como un relámpago, haciéndole prever que su archirrival no se tardaría en hacerle frente una vez más. Y si bien tal cosa no era más que una corazonada sin pruebas, Amadeus creía ciegamente en ella.
– Apresúrate, querida sobrina–retomando la farsa de ser parientes en público, Red la invitó a seguirlo–vamos a nuestras habitaciones.
– Voy enseguida, tío.
Respondiéndole con espontaneidad, Amadeus se le acercó para caminar juntos por la amplia recepción del motel robándose, en el proceso, varias miradas indiscretas de los caballeros allí presentes. Sin embargo, no importándole dicho detalle, Amadeus continuó a paso firme entrando con Red en el elevador que los llevaría hasta el último piso de la edificación.
Antes de cerrarse las puertas del ascensor, tanto Amadeus como Red, lucían en sus rostros semblantes claramente contrastantes: él dibujaba una expresión de plenitud hambrienta de diversión; ella mantenía una ecuanimidad que rayaba en lo artificial. Pese a eso, los dos tenían muy claro un hecho ineludible: sea cuál sea, uno de ellos no estaría con vida para ver el amanecer.
Apresurados, como si el demonio en persona quisiese arrebatarles sus almas, Shapner y Gohan corrían por los pasillos del hotel donde se hospedaban entrando en sus dormitorios a toda prisa. Gohan, inmerso en sus pensamientos, no conseguía borrar de su mente la cara de Bulma todavía incrédulo ante la terrible situación que estremecía a su país.
Por ello, pensando totalmente en la presidenta Briefs, Gohan clavó su mirada en el teléfono que yacía inmóvil en una de las mesas de su recámara. Lanzándose sobre éste, literalmente, Gohan marcó veloz el número de la oficina privada de Bulma, rogándole a la providencia que le concediera el milagro de comunicarse con ella.
Pero su ruego no fue respondido.
– ¡Maldita sea, nadie responde la llamada! –Colocando con fuerza el auricular en su base, Gohan vociferó haciendo ver su frustración– ¡cómo desearía poder hacer magia y aparecer allá!
– Señor embajador–Shapner, hablándole a sus espaldas, lo obligó a darse la vuelta para mirarlo– ¿podría ahora explicarme lo que está pasando?
– Fuimos engañados, Shapner. Todo este tiempo, desde el principio, Red jugó con nosotros sin que nos diéramos cuenta–directo, sin rodeos, Gohan le replicó–las audiencias son una farsa, una farsa.
– ¿Qué, de qué está hablando? –confuso, el rubio le cuestionó– ¿qué fue lo que le dijo la sobrina de Red?
– Esa es otra mentira, Amadeus no es la sobrina de Red. Ella, en realidad, es una asesina bajo las órdenes de Red cuya misión era asesinarme–mirando el piso alfombrado, Gohan volvió a responderle yendo al grano.
– ¡Una asesina, por Dios santo! –Recordando que él pretendía coquetearle y pasar la noche con ella, Shapner se alegraba que sus planes hayan fracasado– ¿pero qué demonios está pasando aquí, acaso esto es una especie de broma?
– Me encantaría que así fuera, de verdad me encantaría. Pero no lo es, no lo es Shapner–Gohan, completamente decaído, le aseveró con impotencia de no poder hacer nada–Red planea iniciar una guerra contra nosotros, no sé exactamente cuánto tiempo nos queda antes de que comience, pero será mejor que alertemos a todos en el gobierno para que estén preparados.
– ¿Cómo sabemos que eso es cierto, cómo? –no sabiendo en qué creer, Shapner le consultó a Gohan–esa mujer podría estarle mintiendo, podría estar planeando alguna trampa o truco para matarnos a ambos…
– Yo siento las mismas dudas y recelos que tú, Shapner. Aunque confío en ella, no puedo explicarte con claridad porqué, ni yo mismo lo entiendo del todo; pero desde hace unas semanas he tenido extraños presentimientos sobre ella–errático, casi demencial, Gohan batallaba por darle orden y coherencia a sus afirmaciones–sé que no tengo ninguna garantía que no intente traicionarnos, pero por el momento es la única aliada que tenemos.
– ¿Entonces vinimos hasta aquí desde tan lejos para nada? –sentándose en un sillón cercano, Shapner recordó las incontables horas que pasó junto a Gohan preparando la documentación que usarían en las audiencias y demás debates–tanto trabajo duro tirado a la basura…
– Sé cómo te sientes, yo estoy igual o más decepcionado que tú. Desde que Bulma me informó de las tropas en la frontera creí que esto no era más que un malentendido diplomático, pensaba que se solucionaría sin tener que dispararse ni una sola bala–más desanimado aún, Gohan se veía a él mismo catalogándose de estúpido e inútil–cuando viajé a La Federación sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo, pero jamás imaginé lo que se escondía adentro…
– Señor embajador…Gohan–llamándolo por su nombre, Shapner quería dejar a un lado los rangos y títulos para establecer un contacto más humano–usted está en lo cierto, estoy decepcionado que todo esto haya sido un rotundo fiasco, pero lo más conveniente es que dejemos los lamentos para otro día. Si lo que dijo esa mujer es verdad y no nos está mintiendo, entonces debemos irnos de aquí de inmediato.
– Ve y prepara nuestro equipaje, intentaré comunicarme una vez más con el palacio de gobierno–tomando nuevamente el teléfono, Gohan fue presionando los botones uno a la vez con lentitud–cruza los dedos para que alguien atienda la llamada…
– Sí, iré a preparar las maletas para marcharnos.
Gohan solamente asintió con la cabeza mientras oía el interminable timbrar del auricular, y con cada zumbido, él iba perdiendo la esperanza de contactarse con alguien al otro lado de la línea. No obstante, Gohan no imaginaba que su insistente llamado sí era escuchado. Aunque, lamentablemente para él, Vegeta no sentía deseos de contestarle.
Ocupando la silla presidencial, la misma silla que en numerosas ocasiones fantaseó poseer, Vegeta observaba sus alrededores terminando de asimilar el poder que, legalmente, ya era suyo. Frunciendo el ceño y harto de ese maldito aparato que no dejaba de sonar, Vegeta lo desconectó logrando así concentrarse todavía más en sus silenciosas cavilaciones.
– Hay tanto que hacer que no sé por dónde comenzar…
Poniendo en claro sus muchas ideas, Vegeta se enfocó en la de urgencia más inmediata, la cual, consistía en atrapar a los perpetradores del ataque contra Bulma. Y para ello, siguiendo sus mandatos, cuantiosas brigadas del ejército proseguían con su intensa cacería escudriñando cada centímetro de la capital; empero, aún no tenían éxito.
Le gustara o no, y luego de haber sido juramentado presidente en una ceremonia fugaz e improvisada en televisión nacional, era una prioridad hallar a los artífices de tal atroz agresión. No sólo le inquietaba dar con ellos y castigar sus acciones, sino además, que necesitaba esclarecer qué pretendían obtener con lo ocurrido. Así como determinar para quiénes trabajaban.
A Vegeta le resultaba más que obvio que La Federación estaba detrás de todo esto; aún así, comprendía que no habían pruebas fehacientes que lo confirmaran.
– Señor presidente–Yamcha, entrando en la antigua oficina de Bulma, aún no se acostumbraba a referirse a Vegeta con dicho título– ¿me permite un segundo?
– ¿Qué quieres? –tosco, sin tacto, Vegeta le cuestionó fiel a su estilo.
El ambiente en esa habitación era otro, absolutamente diferente al que tuviese un día antes. Yamcha, en el pasado, pasó junto a Bulma varias horas allí adentro tomando dictados y asistiéndole en cualquier cosa que ella necesitase. Sin embargo, la presencia de Vegeta transformó aquel sitio cargándolo de una tensión y presión que eran aplastantes e insoportables.
Con tal impresión Yamcha temía, muy seriamente, que haya sido un error garrafal haberlo juramentado presidente. Yamcha siempre fue un hombre respetuoso de las reglas y las leyes, por esa característica puntualmente, fue que Bulma lo eligió como su secretario y confidente muchísimos años atrás. Y ahora, bajo las actuales circunstancias, Yamcha se odiaba a sí mismo.
No se perdonaba haber sido él quien juramentó a Vegeta, no se lo perdonaba. Vegeta, debajo de su apariencia orgullosa y agresiva, era aún peor. Era un monstruo, un potencial dictador que destruiría la democracia en el Oeste con tal de acaparar el control absoluto de la nación. Y Yamcha, pese a que nunca se lo preguntó, sospechaba que la mismísima Bulma pensaba igual.
Algún día, en el incierto porvenir, los libros de historia lo señalarían a él como el culpable de haberle abierto el camino al tirano que controlaba el globo. Y mirando exactamente a dicho individuo, Yamcha ocultó su aversión hacia él y se preparó para hablarle.
– Bien, iré al punto. Supongo que planea reestructurar el gabinete presidencial a su manera, y me resulta más que claro que usted no piensa contar con mis servicios–Yamcha, mirándolo a los ojos, le habló pausado y con calma–por eso quería preguntarle qué pasará conmigo.
– Pues, en cierta forma, estás en lo correcto. Personalmente preferiría eliminar tu puesto junto otros más que considero innecesarios, pero aunque no lo creas, por ahora sí seguiré contando con tus servicios–con mucha ironía y desdén, Vegeta le acotó–detesto tener que responder a las malditas preguntas de la prensa así que voy a necesitar de alguien que lo haga por mí, y bueno, tú ya tienes mucha experiencia haciendo precisamente eso.
– Vaya, no sé qué decir, no me esperaba algo así.
– Si no tienes nada más qué decirme, entonces…
– En realidad sí, sí tengo otra cosa que decirle–interrumpiéndolo, Yamcha le dijo–me gustaría ir al hospital donde se encuentra el cuerpo de la ex presidenta Briefs.
– ¿Y para qué quieres ir allí?
– Trabajé con la ex presidente Briefs durante años y quisiera entregarle mis últimos respetos.
– De acuerdo, vete. Puedes ir–dando la corta conversación por terminaba, Vegeta se giró en su silla esperando que Yamcha se retirara–por el momento no necesito nada de ti, así que pues ir a lloriquear todo lo que desees. Te llamaré si requiero algo…
– Gracias, me retiro.
Volteándose y plantando un pie fuera del despacho del presidente, Yamcha no encontraba la más mínima diferencia entre Vegeta y Red. Los dos eran reflejos casi idénticos uno del otro: sujetos arrogantes que, aprovechándose de la más pequeña calamidad, escalaban hacia la cima hambrientos de adueñarse de todo sin tan siquiera considerar las consecuencias de sus actos.
Tal reflexión, meramente, empeoró la culpa que Yamcha cargaba en sus espaldas.
– ¿El señor presidente se encuentra en su oficina?
Antes de cerrar totalmente la puerta, Yamcha se detuvo al escuchar la voz de un caballero alto y fornido que lucía un elegante e impecable uniforme militar que, como si fuese un muro humano, le bloqueaba por completo el pasillo frente a él.
– Así es, General Nappa. El presidente está adentro.
– Bueno entonces hazte a un lado, no tenemos todo el día.
Uniéndoseles, una tercera silueta se colocó junto a Nappa mirando a Yamcha del mismo modo despectivo que Vegeta usaba con él. Raditz, general al mando del ejército, se reía con burla al acorralar con su corpulencia a un silente Yamcha que prefirió no caer en el morboso juego de ambos oficiales.
– Claro, adelante…
Yamcha no dijo ni una palabra más, se limitó a hacerse a un lado oyendo como la cerradura se cerraba detrás de él con fuerza. Entretanto Yamcha apretaba el paso al dirigirse al hospital, Vegeta se cruzaba de brazos al mirar a tanto Nappa como a Raditz quienes tomaban asiento delante de su nuevo escritorio. Y al cabo de unos cuantos suspiros, Vegeta enfocó su atención en Raditz.
– ¿Han encontrado algo?
– Sí, se halló un casquillo en una de las rejillas de ventilación a varios metros de donde se hallaba la presidenta–Raditz, sin demoras, le comentó–en cuanto a los tiradores continuamos buscándolos, no hay más pistas por el momento.
– Ya veo, ordena que se intensifique la búsqueda–reclinándose hacia el frente, Vegeta señaló con un dedo a Raditz poniéndole mucho énfasis en sus órdenes–ya que estamos en estado de excepción, legalmente la milicia puede ordenar un toque de queda a toda la población civil del país. No quiero a ningún mirón ni alborotador en las calles, cualquiera que sea encontrado fuera de su casa será arrestado e investigado como sospechoso del asesinado de la ex presidenta Briefs.
– Otra cosa que debemos considerar, es cómo lograron infiltrarse en el palacio presidencial sin que nadie los detectara. Es inaceptable que hayan conseguido entrar aquí y que no nos diéramos cuenta de ello–Nappa, subrayando un punto vital a estudiar, contempló a sus acompañantes uno a la vez–para mí no hay duda que esto fue obra de La Federación, esto es una declaración de guerra en todos los sentidos.
– ¡Estamos en guerra desde que llegaron esas tropas a la frontera! –Raditz, alzando la voz, protestó enérgico–deberíamos ordenar un ataque disuasivo para que se alejen de la zona. Si no lo hacen, entonces sentirán todo el peso de nuestra artillería.
– No es mala idea, ahora que Bulma ya no está en la presidencia no hay ningún impedimento para tomar medidas más fuertes–apoyando las bélicas y viscerales sugerencias de Raditz, Nappa agitó sus puños con vehemencia–además, el señor presidente decretó estado de excepción, eso significa que el parlamento no puede oponerse a ninguna de nuestras medidas si estuviera en desacuerdo.
– No niego que esa propuesta suena deliciosamente tentadora, muy tentadora–recalcó Vegeta con tono calmado y calculador–tanto así que planeo aplicarla.
– ¿Lo dice en serio, señor presidente? –Nappa, entusiasmado por entrar en acción, no ocultó su felicidad–sólo dé la orden y le aseguro que la fuerza aérea estará en el aire en menos de cinco minutos.
– Si lo ordena, nuestras fuerzas en tierra no tardarán en atacar.
– Paciencia, señores, paciencia–Vegeta, milagrosamente tomando la crisis con más tranquilidad y menos agitación, veía el panorama de un modo muy diferente al que observó unas cuantas horas antes–desearía ordenar un bombardeo completo de la zona, así le demostraríamos a La Federación que el diálogo inútil se terminó; sin embargo, Nappa ya dijo algo muy cierto. No es posible que hayan logrado violar la seguridad de este edificio, así que hasta que no se capturen a los homicidas de la ex presidenta Briefs, no me enfocaré en la crisis fronteriza.
– Con todo respeto, señor presidente…
– El tema del ataque se acaba de terminar, Raditz. Cualquier otra sugerencia que tengas me la puedes enviar por escrito–con autoridad y sin clemencias, Vegeta reafirmó su poder– ¿quedó claro?
– Sí, señor presidente, quedó claro.
– Bien, quiero que de inmediato ordenen un toque de queda para toda la población civil de la capital. Desplieguen cuántas tropas sean necesarias, el ejército tomará las calles de la capital por completo hasta que se atrapen a los responsables de la muerte de Bulma–Vegeta, tomando su primer gran decisión como presidente, no dejó espacio para dudas–no sabemos si planean cualquier otro atentado contra la nación, debemos dar con ellos e interrogarlos. Además, si nos enfocamos sólo en la frontera, la capital quedaría indefensa y no pienso correr ese riesgo.
Ni Nappa ni Raditz se atrevieron a contradecirlo, no sólo por ser el presidente, si no también, por temor a una represalia. Ellos, en el fondo, sabían de qué era capaz Vegeta.
– Una cosas más, señor presidente…
– ¿Qué quieres, Nappa?
– Sinceramente no me importa lo que pase con ese sujeto, pero no cree usted que debería comunicarse con Gohan con respecto al cambio de mando en el gobierno–Nappa, por segunda ocasión, remarcó un hecho de relevancia–no olvidemos que él está representado al país ante los demás líderes mundiales, sería una buena oportunidad para que Gohan le comunique al resto del mundo que usted, señor presidente, está ahora a la cabeza de la nación.
– Esa sabandija buena para nada me tiene sin cuidado, y más aún luego de ver que hizo el ridículo ante Red hace unos días–con desprecio, a Vegeta no le interesaba saber nada sobre Gohan–como dije, por el momento sólo me importa encontrar a los asesinos de Bulma y nada más. Ese inútil que se las arregle por su cuenta para volver, y cuando lo haga, lo sacaré de aquí con una patada en el trasero.
Sin más que agregar a la conversación, Nappa y Raditz se levantaron de sus asientos encaminándose a cumplir los mandatos de Vegeta. Los cuales, con suma rapidez, se vieron materializados al desplegarse cuantiosas unidades militares por las autopistas de la capital. Aquello era algo nunca antes visto en el Oeste; pero, tal cosa, solamente era el inicio.
Los vientos de cambio, para bien o para mal, empezaron a soplar.
Con potentes megáfonos los soldados fuertemente armados iban, cuadra por cuadra, informándoles a los ciudadanos capitalinos que debían volver a sus hogares permaneciendo allí dentro hasta el amanecer. La muchedumbre, que aún continuaba esperando por noticias sobre el atentado contra Bulma, se vio acorralada e intimidada por sus propias fuerzas armadas.
Algunos, todavía sin conocer la mano de dura de su nuevo presidente, desafiaron las palabras de la milicia siendo arrestados y tachados por ésta como sospechosos de la muerte de Bulma. La prensa, obviamente, se apresuró a cubrir tal suceso llevando hasta el último televisor y radio del país el decreto autoritario impuesto por Vegeta.
Simultáneamente, los callejones, alcantarillas, centros comerciales, tiendas y demás lugares fueron inspeccionados buscando cualquier pista que trajera luz a la pregunta de: quién le disparó a Bulma. Y precisamente, en ese mismo instante, la rubia que acabó con la mujer más poderosa de la Tierra, se apuraba en llegar a su hotel ansiosa por contactar a Red y cobrar así su merecida paga.
– ¡Señorita, no puede estar en la calle! –un soldado, acercándosele, detuvo su marcha–será mejor que me muestre su identificación.
– Soy turista, no soy de aquí–recurriendo a su falsa fachada, Hasky mostró una actitud asustada y nerviosa que iba acorde con su aspecto dócil–vine de vacaciones, yo sólo salí a recorrer la ciudad por la noche para conocerla.
– ¿Tiene alguna identificación con usted? –iluminando su rostro con una enceguecedora lámpara, el militar no se imaginaba quién era ella en realidad.
– Sí, sí–Hasky le respondió tartamudeando, otorgándole a su actuación más realismo–tengo mi pasaporte, déjeme buscarlo. Se lo mostraré en un segundo.
– Está bien, búsquelo.
Palpó los bolsillos de su chaqueta hasta que halló su pasaporte falsificado, y sin retrasos se lo entregó al hombre delante de ella quien, hojeando sus páginas, cayó en el ardid que Hasky tejió con maestría.
– De acuerdo, le permitiré irse–devolviéndole su identificación adulterada, él le habló con prisa–lamento tener que pedirle que regrese a donde se esté hospedando, se ha impuesto un toque de queda en la ciudad y cualquiera que sea sorprendido merodeando sin autorización, será arrestado.
– Entiendo, le agradezco mucho su comprensión. Me iré a mi hotel ahora mismo.
– Sí, hágalo…
Viéndolo alejarse, Hasky reanudó su huida no pudiendo evitar dibujar una inmensa sonrisa en los labios al engañar, totalmente, a ese militar con relativa facilidad. No obstante, su felicidad no duró tanto como le hubiese gustado. Al seguir caminando fue haciéndose más notoria la presencia de la milicia en la ciudad, obstáculo que le dificultaba su marcha del país de regreso a La Federación.
Al fin, luego de materializar su fatal hazaña, Hasky llegó al hotel donde se hospeda dirigiéndose a su habitación sin detenerse por ningún motivo. A su paso, fue topándose con cientos de personas que manifestaban su dolor y sorpresa por la tragedia que estremecía al Oeste. Su disparo no sólo hirió a Bulma, sino además, que lastimó a toda una sociedad sacándola de su zona de confort.
Una vez en su dormitorio, después de atravesar un mar de gente llorando y en pánico, Hasky buscó entre su equipaje su teléfono deseosa de telefonear a Red. Empero, su vehemencia no fue retribuida: Red no respondió a su llamado.
– ¡Maldición, por qué no contesta!
Sabiendo que Red orquestaba toda una avalancha de destrucción contra el Oeste, Hasky comprendía que debía irse de allí inmediatamente. Pero conociendo la forma de ser embustera de Red, era muy probable que él rompiera su mutuo acuerdo por puro capricho. Y no queriendo perder su prometido pago, Hasky no permitiría que Red la traicionara ni se burlara de ella.
– Tengo que salir de aquí; pero con esos malditos militares vigilando la capital será difícil–dialogándose a ella misma, Hasky daba un vistazo entre las cortinas de una las ventanas mirando hacia el exterior–no me puedo arriesgar a que me arresten si me voy ahora mismo, tendré que esperar a que amanezca para ir al aeropuerto.
Aceptando que su fuga debía esperar, Hasky se encaminó a su ducha hambrienta por tomar un baño tibio. Y allí, mientras su ropa desaparecía, Hasky se admitió a sí misma una gran verdad: pese a los problemas y al enorme peligro que estos traían consigo, huir siempre fue la parte favorita de sus mortales fechorías.
Resultaba contradictorio, pero no sentía ni una pizca de satisfacción. Black, valiéndose de la ausencia de Red al estar fuera del país, tomó asiento en aquella silla que por tantos años apeteció conquistar y que ahora reclamaba como propia. Aún así se lo reafirmaba, esa conquista no tenía sabor a gloria.
Habiendo estado al servicio de Red por tantos años, Black era capaz de distinguir el inconfundible sello que caracterizaban las operaciones ordenadas por él. Conocía su estilo, sabía cuáles eran sus tácticas y contabilizaba con exactitud los recursos que poseía Red a su disposición para emprender cualquier maniobra encubierta y de asesinato.
Se sabía de memoria todas las excusas y pretextos que se utilizaban para encubrir un homicidio, después de todo, él mismo se encargaba de construirlas borrando las huellas de La Federación. Por ello, al llegar a sus oídos la noticia de la muerte de Bulma por un disparo, para Black no existía duda alguna que Red fue el arquitecto de tal suceso.
– Esto lo complica todo, absolutamente todo…
Aún no se daba una declaración oficial por parte del Oeste, pero por los rumores que escuchó Black, Vegeta, quien fuere secretario de defensa, habría tomado las riendas del Oeste reemplazando a la fallecida ex presidenta Briefs. Tal incidente traía una serie de factores que cambiaban, radicalmente, el panorama que Black tenía dibujado en sus planes.
Vegeta, a diferencia de Bulma, no titubearía en pelear con todo el poder ofensivo de su ejército si era necesario. Esto le obligaba a tener que acelerar, todavía más, su arremetida contra el Oeste esperando que esta funcionara. De ser así, apoderarse del resto del mundo no debería ser una tarea difícil de cristalizar.
– No hay más alternativa, tendré que iniciar de inmediato antes de que Red me dé otra sorpresa…
Familiarizándose, más y más, con su nuevo escritorio, Black se dispuso a usar el teléfono haciendo una llamada hasta casi el otro lado del planeta. Lastimosamente para él, la providencia le aplicó el mismo castigo que a Gohan y Hasky en sus respectivos llamados telefónicos: no recibir respuesta. Gero, por alguna razón desconocida, no se molestó en atenderlo.
Continuó intentando; sin embargo, aquel científico desquiciado seguía sin contestar. Al cabo de varios intentos fallidos, un furioso Black lanzó el auricular mientras soltaba un par de injurias hacia Gero. Seguidamente, y con mucha paranoia, Black se levantó como un resorte cuestionándose si Gero lo traicionó, y peor aún, temiendo que éste lo haya delatado con Red.
– ¡No, no, no! –Se gritó con fuerza, esforzándose por tranquilizarse y recuperar la cordura–eso es imposible, Gero nunca me traicionaría con Red, ni un millón de años. Gero está demente, pero no es tan estúpido como para revelarle a Red que aún sigue con vida. Probablemente tenga problemas con las antenas de comunicación, será mejor que espere un par de horas para despejar cualquier duda…
Pero las dudas, para su fastidio, se encontraban muy lejos de despejarse. Si bien estaba convencido que Red era el autor intelectual del atentado de Bulma, Black desconocía por completo cómo se llevó a cabo y quién apretó el gatillo. Lo cual, le hacía preguntarse si Red tendría planeado algo similar para él.
– ¡Amazon, ni se te ocurra fallarme y menos ahora!
Enfocando su mirada en la oscura carretera ante ella, Amazon abrió sus ojos al sentir un inusual estremecimiento que recorrió su cuerpo de pies a cabeza. Podría sonar exagerado o ridículo, pero Amazon sospechaba que Black debía estar hablando sobre ella en ese preciso instante. Aún así, y siendo consciente del carácter explosivo y vengativo de Black, la homicida se olvidó de él.
La lluvia iba ganando intensidad con el correr de los minutos, y al caer esta sobre su rostro descubierto la visibilidad se volvía casi nula. Pese a eso, Amazon no dejó de acelerar manteniéndose cerca del vehículo que perseguía. El cual, a unos cuantos metros delante de ella, transportaba en su interior a Red y a Amadeus.
En su mente, y para su enojo, aún continuaba fresco el recuerdo de ambos coqueteándose en la fiesta, provocándole un terrible asco que agrandó sus deseos por cortarles el cuello a los dos. Ella le arrebató la gloria de sus manos; él truncó su sueño de ser la número uno. Mírese por donde se mire, tanto Red como Amadeus, tenían su sentencia de muerte firmada por la mismísima Amazon.
– Se desviaron a la derecha…
Efectivamente, el auto hizo un giro a la derecha entrando en el estacionamiento de un inmenso y muy lujoso hotel. Amazon, pisándoles los talones, no renunció a sus presas cuidándose de no ser avistada por éstas. Por ende, cuando vio como el automotor se detenía en su totalidad, Amazon lo imitó pero quedándose oculta detrás de un espeso arbusto que le ofrecía protección.
– Maldita bruja.
Bajándose del coche, y como si fuese una celebridad o estrella de cine, Amadeus dio unos cuantos pasos pavoneándose al presumir su lindo vestido mientras se robaba las miradas de los caballeros presentes. Si bien no lograba escuchar lo que se decían por culpa de la distancia, Amazon los vio conversar por un breve pestañeo antes de adentrarse en el edificio.
No queriendo perderlos de vista, Amazon corrió con sigilo sin ser notada por nadie en los alrededores. Con gran rapidez, Amazon atravesó el aparcamiento con éxito cubriéndose en la oscura sombra que una pared proyectaba sobre ella. Rápidamente, ella descartó la posibilidad de entrar por la puerta principal, viéndose en la obligación de tomar otra ruta.
– ¡Me lleva el diablo! –Exclamó Amazon con impaciencia e ira–me estoy demorando demasiado, tengo que apurarme o les perderé el rastro a esas dos alimañas.
Enloquecida, la asesina veía de un lado al otro buscando algo que le ayudara a subir cuando, casual y afortunadamente, Amazon divisó una larga escalera de emergencia que zigzagueaba desde la cima de la estructura hasta llegar al nivel del suelo. No perdiendo más tiempo valioso, Amazon eludió las ramas de algunos árboles adyacentes y comenzó a escalar por esa escalinata.
Escalón a escalón, y tomando la precaución de no ser descubierta, Amazon se dispuso a encontrar a sus dos objetivos aunque desconocía a ciencia cierta en cuál piso se hallaban. No obstante, restándole importancia a un hecho tan elemental como ese, Amazon se dejaba guiar por su instinto convenciéndose a sí misma que se les acercaba más y más.
– ¿Y bien, qué te parece?
Red, asegurándose de cerrar la cerradura a su costado, le cuestionó a una callada Amadeus que se paseaba con lentitud por la habitación. La pelinegra, mirando el decorado del aposento, debió resistirse al impulso que sentía de lanzarse contra él y matarlo allí mismo. Por ello, luciendo un aspecto relajado y descuidado, se volteó hacia él preparándose para responder a su pregunta.
– No está mal, no está nada mal–dejándose caer en un suave sofá, Amadeus dio un largo suspiro de cansancio que fue notado instantáneamente por Red–escogiste un mejor hotel que yo, donde yo me hospedo no hay tanto lujoso como en este.
– Sigues viéndote muy cansada…
– Son estos malditos zapatos de tacón, odio usar estas endemoniadas porquerías–si bien era cierto que tal calzado venía lastimándola desde el comienzo, Amadeus también arrastraba las secuelas de su enfrentamiento anterior con Amazon que persistían en causarle dolor–simplemente no entiendo como otras mujeres pueden usar estas cosas todos los días, yo con sólo un par de horas ya no los aguanto más.
– Ya veo, pues en ese caso, lo más correcto es que te los quites–caminando hacia ella, el hombrecillo pelirrojo se olvidó de su típica fachada de acero y quiso iniciar con su apetecida diversión–no suelo decir esta clase de cosas pero; aunque no me creas, luces preciosa con ellos puestos. Hacen verte un poco más alta, y créeme, eso resalta tu belleza.
– ¿Acaso pretendes seducirme? –Amadeus, siguiéndole el juego, le cuestionó con elegancia entretanto se cruzaba de piernas.
– ¿Y tú qué crees? –hipnotizado por aquel movimiento, Red se paró ante ella mirándola directo a los ojos.
– Pues, supongo que no me trajiste hasta aquí sólo para platicar y beber algunos tragos.
– Cierto, pero aún sigo intrigado por saber más de ti–colocando una mano en una de las rodillas de Amadeus, Red comenzó a hablar con un tono más sereno de lo normal–quiero ver con mis propios ojos cómo te las ingeniabas para hacer que cualquier hombre se rindiera ante ti, quiero ver si esa reputación que tienes es verdadera o si es una patraña.
– ¿Y sólo eso harás? –coqueta, Amadeus se carcajeó al cuestionarlo–eso significa que tendré que hacer todo el trabajo yo…
– Vamos, no pienses así. Podré ser un maldito matón la mayoría del tiempo; pero sé cómo tratar a una mujer.
– ¿En serio?
– Así es.
– Entonces demuéstralo, me gustaría ver eso.
– Con gusto, muñeca…
Quién se hubiera imaginado que, el hombre que pensaba imponerse sobre todo el mundo, se arrodillaría dispuesto a complacer genuinamente a una linda chica buscando agrandar su ego masculino. Así pues, arrodillado enfrente de Amadeus quien observa sus acciones, Red fue desatando las correas que sujetaban en su sitio aquel par de zapatillas que la agobiaban.
Al terminar dicha tarea, Red, con cuidado y una anormal delicadeza, retinó uno a uno los zapatos de Amadeus convirtiéndose en el libertador de sus adoloridos y torturados pies, cuya piel rojiza, evidenciaba la molestia que estos padecían. Como premio, la chica liberó un largo gemido de alivio que, deliberadamente, logró enceguecer a Red haciéndolo creer que la tenía bajo control.
– ¿Mejor?
– Sí, mucho mejor–reclinándose hacia atrás, la chica no ocultaba su auténtico consuelo al verse libre de ese par de malditos zapatos que Amauri, horas antes, le obligó a usar–no tienes idea de lo bien que me siento ahora, te lo agradezco.
– No hay de qué, se nota que necesitabas quitártelos–muy sonriente, Red le comentó–no nos olvidemos de nuestra charla, así que dime: ¿prefieres las armas de fuego o las navajas?
– Las navajas, definitivamente prefiero las navajas.
– ¿Por qué? –a su vez que le masajeaba los pies escalando por su pantorrillas, Red la interrogó.
– Las pistolas son demasiado rápidas, no te dejan saborear la sensación de acabar con tu objetivo–disfrutando, auténticamente de ese merecido masaje, Amadeus le replicó–me he topado con sujetos que no valen ni un centavo, tipos que son una pérdida de tiempo. Con granujas así un par de disparos es más que suficiente; pero, en ocasiones, aparecen verdaderos malnacidos que se merecen un trato más detallado, más personal…
Sólo escuchándola, Red no detenía su labor sin dejar de mirarla.
– Y con esos desgraciados es cuando las navajas son la mejor y única opción–irguiéndose levemente sobre el cojín del sofá, Amadeus le formuló una pregunta– ¿y a ti, cuál te agradan más?
– Las de armas de fuego, sin duda. Prefiero su contundente eficacia–subiendo sus manos por sus muslos, Red logró explorar territorios que se hallaban ocultos bajo la larga tela de su vestido–cuando tienes posibles rivales o enemigos cerca, no puedes darte el lujo de hacerlos sufrir. Rápido y sin rodeos, con una bala colocada en el lugar indicado todo se termina. Eso me recuerda al doctor Gero, el viejo creó mucho armamento que me fue de utilidad pero cuando empezó a convertirse en un problema, yo mismo me encargué de él.
– Ambos somos asesinos, con diferente estilo; pero iguales en el fondo…
– Sólo así sobreviven los más fuertes, sólo así se logra alcanzar la cima. Me he enfrentado con diversos obstáculos en mis muchos años de vida, y a todos ellos, sin excepción, los quité de mi camino sin titubear–cuando creería que llegaría más lejos aún en su atrevida exploración, Amadeus lo frenó con sutiliza al presionar sus manos con las suyas, a lo cual, con morbo y sin recato, Red le afirmó–y tu lindo vestido, querida sobrina, es un obstáculo que pienso eliminar.
– No es necesario que te molestes, querido tío, yo misma puedo encargarme de eso.
Divertida, como si se tratase de una niña que jugueteaba, Amadeus apartó a Red de ella al darle un leve empujón que lo hizo caer en la alfombra que cubría el suelo. Red, ensimismado, se puso cómodo sin desviar su atención de la mortal fémina. Ella, por su parte, se levantó caminando descalza por la suave superficie alfombrada rodeando a Red al dibujar un círculo.
Repitiendo por millonésima vez aquellos movimientos que usaba con sus víctimas, Amadeus le obsequió una media sonrisa a un Red que miró, impávido, como ella fue deslizando las correas de su vestido que colgaban de sus hombros. Amadeus, con una desesperante lentitud, fue mostrando más de sí impacientando a Red.
Cuando la curvatura de sus senos iba ganando más relevancia, ella, adrede, se detuvo riéndose caprichosamente al plantar uno de sus pies desnudos en el agitado pecho de Red. La ojiazul, no queriendo que él descubriera sus intenciones, decidió no ser tan directa optando por ser más pasiva. Ambos eran veteranos en el arte de matar; por ende, ella actuó de manera impredecible.
– Tengo la garganta seca, luego de tanto hablar me apetece un trago…
– No es mala idea, muñeca–compartiendo su antojo, Red no le protestó–sé una buena niña y tráeme un trajo…
– ¿Sólo uno? –frunciendo el ceño, Amadeus hundió más su pie en él–me prometiste una noche de diversión, y para mí una noche así necesita muchísimo más que solamente un par de copas. Yo tenía en mente…
– Ya veo, entonces trae la botella de brandy–adivinando sus planes, Red se le adelantó.
– ¿Brandy? –Por segunda vez, la chica delineó un rostro descontento–el brandy es muy aburrido, yo pensaba más en un tequila.
– Me gusta más el brandy, pero sólo por hoy me dejaré llevar. Ve y busca en el mini bar que está en la cocina, creo que vi una botella de tequila cuando revisé la habitación.
– De acuerdo…
Sin demoras, Amadeus llegó a la pequeña cocina con la que contaba la habitación. Buscando entre los estantes de los varios muebles, Amadeus halló lo que buscaba en menos de un chasquido. Tomó la botella de licor, dos pequeñas copas y unos cuantos limones. No obstante, aún le hacía falta hallar un instrumento de vital importancia: un cuchillo.
Rebuscó entre los cajones, topándose, con sorpresa, con un largo y delicado cuchillo que la hipnotizó con su deslumbrante reflejo. Ella, en total silencio, se contempló a sí misma viendo aquella imagen que tantas veces la asqueó, llevándola, al extremo, de sentirse sucia por dentro y por fuera. Una imagen que, poderosa y trágicamente, la motivaba a degollarse allí mismo.
La mujer que se reflejaba en el metal era la faceta que más repulsión le provocaba a Amadeus, era esa versión suya que era usada por los hombres como un juguete. Una mujer que sólo ganaba valor si se pasea sin nada cubriendo su desnudez al cumplir las asquerosas fantasías de otros. Si bien Amadeus aborrecía a esa mujer, necesitaría de ella y su carnal talento por última vez.
– ¿Sucede algo, Amadeus? –desde la distancia, y con una creciente impaciencia, Red la llamó.
– Un segundo, no me tardo…
Usando el cuchillo, Amadeus cortó los limones en porciones colocándolas posteriormente en un plato. Recordando que se olvidada de un ingrediente más, la chica sujetó un diminuto salero uniéndolo con los demás elementos ya recolectados. Ya con los detalles finales preparados, Amadeus regresó a la estancia donde se localizaba Red quien alzó su mirada al verla acercándose.
– ¿Y todo eso?
– Como hoy es una noche muy especial; se me ocurrió que podemos celebrar con un juego.
– ¿Un juego?
– Así es, es un juego que aprendí hace unos años en una de las tantas misiones que me encomendaste–contestándole, Amadeus se sentó a su lado colocando la botella y demás objetos sobre una mesa de madera ante ellos–confía en mí, nos divertiremos mucho.
– No te preocupes, ya lo estoy haciendo…
Vertiendo un poco del licor en cada copa, Amadeus se disponía a mostrarle a Red cómo jugar ganándose el interés del líder de La Federación quien sólo observaba sin interrumpirla. La lluvia en el exterior, retomando su fuerza inicial, les proporcionó un fondo musical acorde con el clima que imperaba dentro de aquel cuarto de hotel.
Suspirando, Red se lamentó por acabar con semejante hermosura; aún así, sabía que era lo más indicado para sus ambiciones. Le era más que obvio que algo tramaba; y pese a presentirlo, no negaba que se estaba divirtiendo. Por ello, Red le prometía que la honraría con la mayor condecoración que él le podría dar a una persona: recordarla.
Sí, la mataría. Pero él no la borraría de su memoria. Amadeus, sin planearlo, ganó inmortalizarse por siempre en sus evocaciones.
– Ten, aquí tienes…
– Gracias, preciosa…
Mirándose el uno al otro, los dos tuvieron el mismo pensamiento en ese momento: aquel, irremediablemente, será el primer paso que acabará con todo.
Con suerte, con muchísima suerte, Yamcha logró esquivar los retenes militares impuestos por Vegeta en toda la capital, llegando con éxito al hospital donde yacían los restos de Bulma. Al llegar, y luego de identificarse al responder a un millar de preguntas, Yamcha fue conducido por una enfermera hacia la habitación de Bulma. Ese hecho, por más trivial que parecía, lo dejó atónito.
– Discúlpeme, enfermera–hablándole con mucha inquietud, Yamcha se volteó a verla– ¿aún no han trasladado el cuerpo de la presidenta Briefs a la morgue?
– Sé que no debería hablar de esto. Tengo órdenes de mis supervisores de no decir nada por seguridad, pero…
– ¿De qué está hablando?
– Venga, cuando lo vea, entenderá.
Más intrigado aún, Yamcha siguió muy de cerca a la misteriosa enfermera topándose, al cabo de unos minutos, ante una pequeña habitación que daba la impresión de estar vacía. Abriéndose la puerta delante de él, Yamcha dio un vistazo allí dentro escuchando como una respiración, entrecortada y débil, resonaba constante negándose a detenerse.
– ¡Por Dios santo!
Sobresaliendo entre el numeroso equipo médico, unos cuantos mechones azules dejaron sin habla a Yamcha.
Fin Capítulo Catorce
Hola, muchísimas gracias a todos por volver a leer un nuevo capítulo de esta historia. Sé que este episodio no ha sido muy emocionante, tal vez ustedes lo catalogarían como uno de transición pero sin duda es de gran ayuda para el desarrollo de la trama. Confío que los haya entretenido con la lectura, nuevamente les agradezco a cada uno de ustedes por haber leído.
Me resulta un poco extraño, y a la vez divertido, imaginar a Amadeus bebiendo unos tragos con Red, pero es una escena que desde hacía mucho quería incluir y pienso desarrollarla más en el siguiente capítulo. Como ya lo he dicho antes, me alegra demasiado ver como este fic que estuvo congelado por tres años va creciendo a buen ritmo.
Ya para retirarme le doy las gracias a Majo24, Vanessa neko chan y a ScarDreamer por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
