—¿Qué hay en la bolsa misteriosa?
—Nada que te importe, viejo verde —masculló Yuri con la mandíbula apretada, insultándolo con peores peyorativos en sus adentros,recordando que estaba interactuando con una persona que debía ser considerada como su superior.
En la bolsa misteriosa no había nada extraño, ningún tipo de droga de diseñador o algún arma de fuego, así que si, por algún tipo de extraña coincidencia Victor o Yuuri descubrían que había dentro,podía inventar una excusa que resultase creíble. Sin embargo, Yuri estaba tan nervioso por lo que sucedería esa tarde que, como decía el dicho, se ahogaba en un vaso de agua, porque de hecho, no sabía nadar.
Corrió hasta a dejarla junto a su mochila inusualmente cargada pensando si había estado bien aceptar una invitación tan peculiar como la que Otabek le había ofrecido la noche anterior cuando Bella trataba de calmarlo, explicándole algunos conceptos clave para que Yuri dejara de tener tanto miedo a los acercamientos corporales.
—Quiere que lo acompañe mañana a la casa de uno de sus amigos —le comentó a Bella en un tono de voz tan bajo que la chica tuvo que pedirle repetición. —Quiere llevarme con un amigo suyo porque tiene piscina y están pronosticadas temperaturas elevadas —agregó una cuota de información confiable después de una revisión a su aplicación de clima, dejó su teléfono cargando y lo apoyó sobre su almohada luego de despedirse de Otabek hasta el día siguiente.
—¿Y cuál es el problema, Yuratchka? —Bella rodó los ojos, llegando así al límite de su paciencia. Yuri podía ser ingenuo y totalmente inexperto, pero no toleraba que hiciera tanto problema por algo que,a su noble entender, era demasiado tonto. ¡No te está invitando a pasar la noche en un motel de mala muerte! ¿Porqué tanto escándalo? pensó antes de inspirar y responderle con amabilidad. —Si ya quiere llevarte con uno de sus amigos, disfrútalo. No todos presentan a sus intereses amorosos tan pronto —alzó sus hombros y luego se cruzó de brazos, esperando que el menor diera una respuesta que no la enfadara.
—No sé nadar, no me gustan los bañadores para hombre y por lógica, no tengo ninguno, no me gusta tomar sol y como si fuera poco, nunca fui a una piscina porque casi nunca hacía demasiado calor como para ir a una —resopló, provocando un vaivén en su flequillo. —¿Sabías que Putin se metió en aguas con temperaturas inferiores a cinco grados centígrados? —El rubio buscó cambiar de tema pero no le funcionó como deseaba al ver que Isabella ponía los ojos en blanco.
—No me importa Vladimir Putin —respondió enojada, levantándose del sofá y desapareciendo entre el baño y su habitación.
—¡Debería importarte!
A los pocos minutos su amiga regresó con varias prendas guardadas en pequeñas bolsas transparentes. Las tiró justo delante de Yuri y volvió a ubicarse a su lado en el sofá que ya habían convertido encama. Le explicó que eran algunos trajes de baño que sacaron de stock en la tienda, que por un precio excesivamente bajo habían terminado en su poder y que por falta de tiempo, jamás había usado. Yuri enarcó sus cejas dejando en el aire una pregunta implícita que Bella pudo responder sin ningún problema.
—Si. Estoy ofreciéndote la posible solución a uno de tus problemas. La tomas o la dejas —sentenció.
Yuri Plisetsky había quedado entre la espada y la pared.
Al día siguiente, después de seis horas lidiando con el imbécil de su superior y con su presunto interés amoroso, no le parecía tan buena idea caer en la casa de este amigo de Otabek por primera vez y tener que decirle a la cara: Si, soy un chico pero tengo puesto una hermosa remerita y debajo un bañador de dos piezas de mujer porque se me antoja. Quizás no tenía por qué decirlo aunque en algún momento su no-muy-pequeño bulto le haría notar que algo no concordaba del todo.
La realidad lo golpeó fuerte cuando la hora de cambiar de turno llegó y notó que no podría salir del baño con la ropa demasiado delicada que llevaba en su mochila si no quería ser el centro de burlas durante el resto de su carrera laboral en Starducks. Pensó en ir hasta su casa pero de ser así, no volvería a salir en toda la tarde porque su cama era un potente imán que lo retendría en contra de su voluntad. Protestó al ver que una motocicleta familiar se estacionaba justo frente a la puerta principal donde no había ninguna mesa. Se despidió rápido de sus compañeros y se alegró por primera vez de haber terminado su jornada antes de lo normal gracias a los nuevos esclavos que Victor iba a traumatizar con sus contoneos de cadera y su frente poco discreta.
—¿Porqué la cara larga? —Fue lo primero que Otabek murmuró al verlo salir con una expresión fácil digna de un muerto vivo. Nunca una conversación normal con esta persona, se lamentó.—¿Debo golpear a alguien?
—A mí —masculló, acercándose un poco más hasta el kazajo, esperando que mínimo decidiera saludarlo con un beso en la mejilla pero éste ni siquiera captó la indirecta. —Cómo te conté hoy cuando te escribí, voy a usar un bañador de chica... —puso los ojos en blanco, harto de tener que diferenciar la ropa por géneros como si eso fuera lo único importante que dividía a las personas en el mundo. —El tema es que traje ropa también de chica para parecer una chica, del todo, ¿lo captas? —Otabek asintió. —Y si voy con estas pintas y debajo el bañador tierno, tu amigo va a pensar que soy... Rarito —finalizó haciendo una mueca extraña con sus labios.
—Súbete —murmuró, intentado quitarle importancia al asunto puesto que para él no era tan importante el dilema como lo era para Yuratchka porque, claro, Otabek no tenía problemas con su forma de vestir ni con su sexualidad. —Él no es ese tipo de persona. Puedes ir vestido de astronauta que no le importará. ¿Subes? ¿O no? —Insistió, extendiéndole el casco que antes había llevado puesto él. Yuri refunfuñó antes de aceptarlo de mala manera.
La casa del famoso amigo de Otabek quedaba lejos de la cafetería pero tan cerca del Burger King de Plymouth Road que se había antojado de una BK Stacker cuádruple. Con un suspiro soltó el agarre para bajar cuando el mayor lo indicó y Yuri sólo podía decirse que sería un completo mentiroso si afirmara que le molestaba ir durante media hora aferrado al cuerpo de Otabek. El cambio de aires lo mareó un poco pero sólo logró que siguiera amando en completo silencio lo hermosa que era esa ciudad, teniendo en ella todo lo que alguien ó de su ensoñación cuando la puerta principal de esa casa igual a las demás de la cuadra se abrió, dejando ver a un chico que no pasaría de los veintidós años, con el cabello de un negro profundo despeinado sobre su rostro pálido, el cual no dejaba ver ningún tipo de expresión que pudiera interpretar como felicidad, angustia o dolor de estómago provocado por un atracón en el Burger King que tenía a tres cuadras.
—Buenas. Pasen —apenas con un hilo de voz los invitó a entrar a su hogar y bostezó sin siquiera esforzarse en taparse la boca con una de sus manos. Yuri se dedicó unos segundos para analizarlo por completo, desde sus pies descalzos hasta su camiseta estirada y manchada con lavandina, pasando por una bermuda negra que al ruso le provocó nauseas. Intentó fingir una sonrisa pero sus mejillas seguían rígidas.
—Él es Seung, Yuri —le comunicó el kazajo, señalando a su amigo con un movimiento leve de cabeza. —No te sientas intimidado por su falta de comunicación, siempre es así de demostrativo.
El menor creyó ver algo parecido a una sonrisa en el rostro del dueño de casa pero no estaba seguro de poder arriesgarse y afirmar que lo era. Lo siguieron hasta la parte trasera de su hogar, una habitación donde les indicó que dejaran sus pertenencias, que se pusieran cómodos y que lo esperasen en el patio ya que iría a guardar la motocicleta de Otabek en el garage. Yuri le sonrió con nervios notorios en su rostro a lo que el moreno buscó relajarlo con un simple apretón en los hombros.
—Vinimos a divertirnos, ¿si? —Yuri asintió, perdiéndose en los ojos de color chocolate que miraban directo a los suyos. —Deja la mochila por ahí —señaló un perchero ubicado en una esquina y subió hasta el rostro una de las manos que había apoyado con anterioridad en los hombros de Yuri, lo acarició con suavidad, provocando que el rubio inconscientemente cerrara los ojos y en busca de más contacto,terminara ladeando la cabeza lo suficiente como para recostarla en la palma del kazajo.
—Me cago en la puta... —La voz rara y bastante baja del dueño de casa y el ruido de un vidrio rompiéndose los sacó de su pequeña burbuja. Seung estaba con sus rodillas dobladas, levantando con mucha tranquilidad los fragmentos de un vaso. Otabek se ofreció a limpiar el suelo mientras él podía volver por más vasos a la cocina.
La primera hora le pareció una tortura. Seung había regresado minutos después del accidente con una jarra de limonada, un paquete de Doritos y un tarrito de queso cheddar sin derretir para comer sentados en el patio. Los siguió hasta la mesa blanca de plástico ubicada al costado derecho de la piscina y tomó asiento lo más lejos posible de ambos porque, como los cabellos en el rostro lo habían fastidiado tanto que buscó una pequeña vincha para mantenerlos a raya y se sintió extraño al mirarlos de frente. Sin embargo, con el tiempo descubrió que la vincha era el último tema que les preocuparía y mientras él se dedicaba a vaciar el paquete de Doritos, los amigos hablaban entre sí con total fluidez sobre temas que Yuri desconocía por completo. Logró recuperar algunos nombres que al instante volvió a perder. Para su suerte, no había eliminado el famoso Flappy Bird de su celular y recurrió a él como distracción.
—Así que también le gusta Star Wars... —comentó Seung, esta vez con una sonrisa bien marcada. —¿Vendrás con nosotros cuando estrene el Episodio VIII? —Preguntó con genuino interés, armando planes para el final del año, cuando finalmente viera la luz el nuevo episodio de la saga.
—Sólo si van el día del estreno —respondió con diversión y un poco de felicidad al descubrirse siendo parte de la conversación.
Seung había resultado ser aún más fanático que ellos dos. Dejó de lado las pocas ganas de vivir que había cargado durante todo el día para hablar del Universo Expandido como un religioso tratando de convencer a un ateo. Yuri justificaba su falta de cultura con las horas que pasaba en el trabajo pero Seung se lo perdonó al instante tras escucharlo decir que Kylo Ren había sido el error más grande provocado por la exclusión de dicho universo del canon. Otabek, impresionado por el camino que la charla había tomado, decidió aprovechar para terminar con los pocos Doritos que Yuri había dejado.
—Tengo una idea. Vayan metiéndose al agua. Vuelvo en un rato.
—Debe querer jugar a las Fuerzas Armadas Imperiales —acotó Otabek mientras Yuri observaba como Seung corría hacía el interior de su casa con demasiada euforía. —Tiene un arsenal de pistolas de agua. Prepárate para ser un stormtrooper.
La idea de hacer algo totalmente infantil lo motivaba más de lo que podía expresar con palabras. ¡Siempre había querido jugar a ser un stormtrooper o un rebelde con alguien! Mila era más de jugar con bebés y muñecas y el resto de los niños de la escuela, los que hablaban de cosas que le interesaban demasiado le huían por ser un marica. Qué se jodan, pensó.
Ahora estaba a punto de hacer todo lo que siempre había deseado.
Su lado infantil, el que había salido a flote minutos atrás, había entrado en cortocircuito con su lado más maduro al ver a Otabek sin camiseta y quitándose los jeans para quedarse con una bermuda que lo último que le provocaría, serían ganas de vomitar. Con el rostro con el color de un tomate le dio la espalda para imitarlo, quedándose con el bañador que Isabella le regaló.
—¿En qué momento se fue Yuri y llegó Masha?
La voz de Otabek se sentía muy cercana, como si estuviera justo detrá instinto de supervivencia fue más fuerte y el ruso se apartó unos centímetros antes de voltear a ver dónde estaba el dueño de esa voz grave tan... Linda. Su voz es linda. Tragó saliva al descubrirlo justo detrás como había pensado. Las sonrisas no eran lo favorito de Yuri pero podía cambiar de parecer si todas las sonrisas fueran como la que Otabek le dedicó en ese instante.
—Si vuelves a nombrarla te corto las pelotas —respondió con una agresividad que contrastaba demasiado con los tonos pasteles de su traje de baño. El mayor se fue acercando con lentitud para demostrarle que no quería hacerle mal. Si. Quizás estaba recurriendo alas técnicas milenarias que su madre le había enseñado para agradarle a los gatos vagabundos del barrio, pero es que Yuri le recordaba a cada uno de ellos. Adorables y letales.
Sus manos terminaron posándose sobre la piel delicada de Yura expuesta ala altura de su cadera. Otabek no podía creer que estaba acariciando la misma piel que había visto en al menos una decena de fotos y que era más suave de lo que había esperado. Las mejillas del menor no dejaban de demostrarle lo avergonzado que estaba y tuvo un impulso que podría haberle costado la vida -y quizás, sus pelotas-. Sin pensarlo dos veces, rozó sus labios contra la mejilla derecha de Yuri, haciendo un ruido bastante incómodo para ambos.
—Encontré dos en buenas condiciones y una puedo arreglarla. Supongo que mi papá tiró las demás cuando cumplí veintiuno —la voz de Seung otra vez irrumpía en su pequeño espacio privado. Él no parecía molesto por encontrar a su amigo y a su potencial pareja casi acurrucándose en su patio; en cambio, Otabek lo miraba con el ceño fruncido.
Yuri no se animaba a meter más que sus pies en el agua cristalina encerrada en ese recipiente enorme y rectangular. Otabek parecía un tritón yendo de punta a punta con todo el cuerpo sumergido y Seung estaba demasiado ocupado tratando de arreglar la pistola de agua como para disfrutar de la piscina a la cuál tenía acceso a diario.
—¿No es demasiado pequeña? —Murmuró Yuri, analizando el calibre de su arma. Rosa. Chiquita. Cabía en su mano con facilidad.
—¿Estamos hablando de esa pistola, verdad? —Seung aprovechó que Otabek no lo oía por estar sumergido otra vez para hacer un chiste con doble sentido que provocó una carcajada en Yuri que casi nadie tenía el privilegio de escuchar.
La tarde iba muriendo lentamente. En las afueras de Detroit, en una casa igual a las demás del barrio, en un patio lleno de enredaderas contra el tapial había tres jóvenes adultos jugando con pistolas de agua, fingiendo ser rebeldes versus el imperio. No jugaban a matarse al azar: tenían un trasfondo histórico en el que habían trabajado mientras Seung terminaba de arreglar el arma. Al ver el entusiasmo del menor de los tres en trabajar con características de un personaje y en la creación del contexto, le prometieron invitarlo a jugar con ellos alguna noche donde amanecerían tirando dados de cuatro, seis, ocho, diez, doce y veinte caras. Tras media hora corriendo de lado a lado,escondiéndose detrás de la mesa y rodando por el césped, habían llegado a la escena dramática dónde el personaje de Otabek, un piloto rebelde, moría en manos de Seung, el stormtrooper que no fallaba ningún tiro; Yuri, el compañero de siempre del rebelde lloraba con el cuerpo entre sus brazos. Seung se sintió realizado al ver como el rubio abrazaba con fuerza a un Otabek que fingía muy bien su muerte. Fue mi mejor invento desde el perro de ocho patas, pensó con aires de triunfo.
Por esa muerte estipulada desde el comienzo, Otabek ya no era parte de la guerra que se convertía en un duelo mano a mano; no se quejaba, porque ahora podía capturar momentos con su teléfono celular, recostado a metros de la batalla, disfrutando de tener en el mismo lugar a dos personas que lo estaban haciendo más que feliz.
Tragó saliva al pensar en el cruel destino que le esperaba si se dejaba llevar por sus ideas más extrañas, pero terminó cediendo nuevamente a sus impulsos, haciendo click en el botón de publicar en Instagram.
Pensó en rezar por sus pelotas.
