Capítulo 14
A las cinco y media de la mañana la ciudad comenzó a despertar lentamente. Los primeros rayos del sol encontraron a Candy abrazada a Albert en una esquina cualquiera de Los Ángeles, adolorida y entumida. Albert, sin embargo, seguía despierto. Cuando la sintió moverse, la abrazó con más fuerza, pues pensó que otra vez estaría por caerse. La miró y por primera vez sus ojos se encontraron.
Debía admitir que a pesar de sus modales, Candy se veía hermosa. Su carita dormilona, su pelo desordenado, restos del maquillaje de la noche anterior y del perfume que había usado, todo tan cerca de su propio rostro. Candy, por su parte, se asombró de sentirse tan cómoda entre sus brazos. El calce era perfecto. Sus hombros eran firmes y su rostro era amable. Sus ojos también se veían algo dormilones, lo cual le inspiró una gran ternura, pero al mismo tiempo, en su barbilla se insinuaba una rebelde barba que, sumada a su cabello desordenado, lo hacían ver tan… tan…
- Buenos días, señorita –la saludó Albert sin dejar de mirarla.
- Buenos días –dijo Candy bajando la mirada, avergonzada de pronto. La idea era ridícula, pero… era verdad: había dormido con Albert.
- ¿Dormiste bien? – le preguntó suavemente.
- Pues… por increíble que parezca – y de verdad lo parecía – sí. Dormí… bien.
- Maravilloso – le respondió Albert y acercándose suave, muy suavemente a su oído, le susurró con voz dulce –, porque yo no he pegado pestaña y tengo los brazos agarrotados por haber tenido que sostenerte tanto tiempo. ¿Te importaría si…?
- Oh, sí, sí… ¡Perdona! –dijo Candy soltándose del abrazo.
- Gracias.
Albert se sentó en el suelo y Candy siguió su ejemplo.
- Lo siento, Albert, no me di cuenta.
- Está bien. Supongo que no pudiste evitarlo.
- La verdad no, estaba muy cómoda.
- ¡Oh, gracias! Favor que me haces. Me habían dicho muchas cosas en mi vida, pero nunca que era "cómodo". Haces que me sienta como un sillón. ¡Vaya noche! – se lamentó dramáticamente.
- ¡Ja ja ja ja! –rió de buena gana Candy – ¡no digas eso, Albert!
- Uf, qué alivio. El último sillón que se cruzó en tu camino aún debe estar lamentándolo… aunque parece que tú sacaste la peor parte –dijo mirando el tobillo de la chica.
- Ah, no te preocupes, con un poco de agua caliente y sal pronto estará muy bien.
- Qué bueno. El que no va a estar muy bien cuando lo encuentres es Terry… – rió Albert.
- No… – a Candy se le borró la sonrisa de la cara.
- ¿Qué pasa?
- Bueno… es que... en realidad no entiendo qué pudo haberle pasado a Terry.
- Pues yo no quiero ni pensar qué le va a pasar cuando tú lo encuentres.
- Hablo en serio, Albert. En su nota decía que iba a llegar sólo un poco tarde al teatro. Nos quedamos ahí al menos hasta las doce y media. ¿Qué pudo haberle pasado?
- Es una buena pregunta –admitió Albert.
- ¿Y si tuvo un accidente? –preguntó poniéndose de pie.
- No te pongas trágica, por favor…
- ¡Pero, Albert! Él tampoco conoce esta ciudad. En su nota me dijo que había tenido un imprevisto, pero no sé qué fue. ¡Dios mío, ni siquiera me había dado el tiempo para pensar en que tal vez le pasó algo!
- Bueno, yo creo…
- ¡Vamos, Albert! Tenemos que volver a mi hotel, por favor, te los suplico, vamos –dijo tironeándolo para que pusiera de pie – Tengo que saber qué le pasó a Terry. ¡Vamos!
- Como quieras –dijo Albert de mala gana.
Y él que quería descansar un poco. ¿En qué momento se le había ocurrido mencionar a Terry?
A eso de las seis de la mañana por fin se toparon con una patrulla policial. La pareja daba muy mala impresión en esas fachas tan comprometedoras, así que los subieron a la patrulla y los llevaron al cuartel de policía para tomarles declaraciones.
Candy estaba al borde del ataque de nervios. Algo le había pasado a Terry y seguro había sido algo grave. Era la única explicación posible. Una vez en el cuartel, preguntó al menos seis veces a los policías si se había reportado algún accidente en el que Terruce Grantchester estuviera involucrado. Las seis veces la respuesta fue negativa. Albert, por su parte, fue autorizado a usar el teléfono para llamar a su hotel y pedir que vinieran por ellos.
- Se lo agradezco mucho, oficial. Lamento este bochornoso incidente.
- ¿Pudiste llamar a tu hotel? ¿Vendrán por nosotros? –gritó Candy.
- Sí, tranquila, estarán aquí en unos minutos.
- Por favor, Albert, te lo suplico, llévame primero a mi hotel. Por favor, ¡algo tuvo que pasarle a Terry!
- Como que quieras –dijo Albert agotado.
Diez minutos más tarde llegó un lujoso automóvil del hotel a buscar al señor Andrew. Albert dio nuevamente las gracias a los oficiales y partieron.
- Candy, explícale al chofer cómo es tu hotel. Disculpe, señor, pero la señorita necesita llegar urgentemente a su hotel. Primero la llevaremos a ella y luego volveremos al nuestro.
- Desde luego, señor.
En apenas treinta minutos, en los cuales Candy no dejó de hablar y describir los mil y un accidentes que Terry podía haber sufrido, llegaron al hotel.
- ¡Este es! –dijo la rubia saltando fuera del auto.
- Por favor, espérenos unos instantes, señor –dijo Albert al chofer casi en tono de disculpa – Volveré cuanto antes.
Candy entró al hotel y subió corriendo las escaleras.
- Al menos están sólo en el tercer piso – le comentó cansado Albert subiendo tras ella.
- ¡No "estamos"! –le gritó indignada, al tiempo que se detenía para encararlo – Terry está en este piso, yo estoy en el quinto. ¡¿Qué te imaginas que soy?
- Nada, nada… – se defendió avergonzado, Albert – fue sólo un comentario sin otra intención, en serio yo…
Pero Candy ya había volado por el pasillo hacia la habitación de su novio, dejando a Albert con las palabras en la boca. A la distancia la vio golpear una puerta con insistencia.
- ¡Terry! ¡Terry! –gritaba Candy – ¡Terry! ¿Estás aquí?
Albert llegó justo para ver el momento en que un despeinado Terry abría la puerta. Llevaba sólo un pantalón. Repentinamente, Albert se sintió fuera de lugar.
- Oh, Terry, gracias a Dios estás bien –gritó Candy lanzándose a su cuello para abrazarlo – ¿Qué te pasó? ¿Cómo te sientes? ¿Cómo? ¡Dime!
- Bueno… –dijo adormilado Terry – para serte sincero me duele un poco la cabeza, pero…
- ¡Lo sabía! ¿Qué te pasó? ¿Te atropellaron? ¿Te asaltaron? ¿Te…?
Candy se detuvo en seco cuando sintió un muy leve aroma que le traía muy malos recuerdos. Esto prometía ponerse bueno.
- ¿Qué es ese olor?
- Nada. Sólo tomé una copa de coñac. Una –dijo Terry molesto– Supongo que eso no me hace un delincuente ante su excelencia, ¿o sí?
- No, no – concedió Candy – No quería decir eso, perdona.
- Está bien, da igual… Oye, es un poco temprano todavía, ¿te molestaría si…? – preguntó Terry tomándose la cabeza.
- Pero… ¿qué te pasó, Terry?
- ¿Por qué me preguntas qué me pasó de nuevo? No me pasado nada –rió divertido.
- Entonces… entonces… ¿sólo te olvidaste? –preguntó Candy con un nudo en la garganta.
- ¿Olvidar qué?
- Terry Grantchester eres un des…
- Disculpen, disculpen… – se adelantó Albert – me alegra ver que Terry goza de buena salud, pero tengo que retirarme.
- ¿Albert? – preguntó sorprendido Terry.
- El mismo. Gusto en verte, Terry.
- ¿Albert Andrew? ¡Estoy soñando!
- No, no creo –dijo Albert algo incómodo.
- ¡Ven acá! ¡Déjame darte un abrazo, viejo amigo!
- No, no… yo… bueno claro… – vaya mañana, pensó Albert mientras Terry palmoteaba su espalda.
- Terry, dime de una vez, ¿dónde estabas? – le gritó otra vez Candy.
- Bueno, no exageres, Candy. Simplemente después de mi última entrevista nos encontramos con Joseph Bacon, ¿lo puedes creer? ¡Joseph Bacon! Tú sabes cuánto lo admiro. ¡El hombre es un genio, Candy! Hablamos de hacer una obra juntos y sin darme cuenta ya estábamos escribiendo algunas escenas, mira, aquí las tengo – dijo sacando algunos papeles garrapateados de uno de los bolsillos de su pantalón. Como se me hizo muy tarde, preferí no molestarte cuando llegué al hotel.
- Entonces te olvidaste… –dijo Candy en voz baja.
- ¿De qué?
- ¿Olvidaste que no conozco esta ciudad? ¡¿Olvidaste que me pediste que te esperara? ¡¿Era ésta tu dichosa sorpresa? ¡¿Dejarme tirada en un teatro?
Eso era suficiente. Y sobre todo, era patético. Sintió lástima por Candy, pero era su vida y ya había hecho más que suficiente con salvarla otra vez. No tenía nada más que hacer ahí.
- Bueno, bueno, ustedes me disculparán, pero me esperan en un par de horas, tengo que irme. Terry, fue un gusto verte. Cuídate. Éxito en tu…eh…nueva obra.
- Albert… yo… me voy contigo – dijo Candy.
- ¡¿Qué tú qué? –preguntó Terry sin entender nada.
Albert se sintió de verdad muy incómodo. Lo último que quería era tomar parte en una pelea ajena. En realidad, tampoco quería tener que quedarse ni un momento más con Candy, porque no tenía ganas de ser paño de lágrimas de nadie después de una noche tan agitada.
- Descuida, Candy, conozco la salida – le dijo avanzando rápido por el pasillo, pero ella lo siguió hasta que Albert la detuvo y tomándola por los hombros le dijo en tono firme – Candy, en serio, tengo que irme. Adiós – dando media vuelta, avanzó hacia las escaleras.
Pero… no podía irse así. No sería Albert si lo hiciera. Se devolvió y le regaló una sonrisa.
- Ánimo, Candy. Ya elegiste tu vida. Ahora sólo te queda vivirla de la mejor manera posible. Recuerda que siempre te ves mejor sonriendo. Adiós.
- Albert le guiñó un ojo. Miró a Terry que ya se acercaba, luego a Candy, y se fue.
Continuará…
