Disclaimer: Los personajes son de Meyer. Esta es una adaptación.

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EL NUEVO INQUILINO

"Tierra trágame!"

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A la mañana siguiente, Bella tenía un dolor de cabeza tan fuerte que lo primero que pensó al despertar y recuperar la conciencia fue que su cerebro había crecido más que su cráneo. Luego recordó lo que había hecho en mitad de la noche y llegó a la conclusión de que, obviamente, su problema no era un cerebro demasiado grande: seguramente su cabeza había encogido.

Cuando abrió los ojos, un dolor agudo le demostró que no se equivocaba. Volvió a cerrarlos y esperó a que las palpitaciones se atenuaran. Luego se resignó a aceptar su destino; no había forma de que su cuerpo volviera a salir de la cama. Sintió un extraño reposo mientras esperaba el túnel y la luz brillante. Entonces su despertador de Mickey Mouse dio un bote y Bella ya estaba en pie.

Cuando entró en la cocina, se topó con una caótica escena de desayuno. Carlisle se estaba quejando de lo cansado que estaba, Esme estaba diciendo «ahora ya sabes qué se siente», y los niños se estaban peleando. Nadie parecía estar comiendo mucho, a excepción de Edward, que se volvió despacio a saludar a Bella con una mueca de dolor.

—¡Ah! —dijo una vez borrado el gesto—. ¡El inspector de las piernas al aire!

Todos le dieron los buenos días alegremente y, para su asombro, Carlisle y Esme, lejos de despedirla en aquel mismo instante, parecían verdaderamente preocupados por su salud. Carlisle le hizo un café y tostadas, lo cual fue todo un detalle, a pesar de que no tenía tiempo para comer nada. Le dio un trago al café mientras Esme les ponía los abrigos a los niños y, con una breve pero cordial sonrisa, le dijo:

—Hoy no te preocupes por llevar a Alice andando a la guardería. No te va a dar tiempo.

Y salió camino de la oficina.

En el coche, mientras volvía de la escuela, el teléfono móvil de Bella empezó a sonar. En su estado de ánimo habitual, se habría parado para contestar o no le habría hecho ningún caso, pero aquel día contestó al teléfono y aceleró. Era Jacob.

—Hola, nena.

Bella respiró profundamente.

—¡He hecho que ataquen a su hijo en plena noche! —se apresuró a decir—. ¡Pensaba que era un ladrón! ¡Han venido seis policías! ¡Creía que me iba a atacar...! Ay, espera, tengo que girar a la derecha... —Dejó el aparato, giró a la derecha y volvió a cogerlo—. ¡Nunca había estado tan aterrorizada en toda mi vida! ¡Seis policías! ¡Hemos estado despiertos hasta las tres!

Giró una vez más hacia la derecha.

—¿Jacob? —preguntó.

—Sí.

—¿Has oído lo que he dicho? He hecho que ataquen a su hijo.

—¿Estás borracha?

—Eh... —Bella lo pensó—. No creo. Pero anoche sí que lo estaba. Salí con Heidi y las chicas. Oh, Jacob, ha sido horrible.

—Maldita sea, Bella. ¿Qué coño pensabas que estabas haciendo?

Bella contuvo unas repentinas ganas de llorar. No podía hablar.

—Si alguno de mis hombres llegara borracho al trabajo —prosiguió Jacob—, lo despediría al instante.

—No estaba borracha en el trabajo, era domingo —dijo Bella después de sufrir un sobresalto conmocionado al tiempo que golpeaba el retrovisor de un coche aparcado—. Tengo una noche libre, ¿lo sabías?

—Bueno, está claro que ha afectado a algo más que a tu noche libre, ¿no es así?

Bella aparcó el coche en la puerta de la casa de los Cullen

—¿Sabes? Un poco de apoyo no vendría mal —tanteó.

—Tienes razón —dijo Jacob—. Esa familia merece todo mi apoyo.

Bella se quedó sentada en el coche boquiabierta.

—Tengo que dejarte —dijo por fin.

—Vale —dijo Jacob—. Ah, antes de que se me olvide, puedo ir a verte dentro de dos fines de semana.

—Genial —dijo Bella—. Adiós.

Y colgó.

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Mientras tanto, dentro de la casa, Carlisle y Edward estaban hablando en la mesa de la cocina.

—Juraría que he oído su coche —repitió Carlisle—. Ah, bueno, estoy seguro de que no habrá ningún problema, pero, por si acaso, se lo preguntaremos.

—¿Crees que le importará compartir el baño con un semental como yo? —preguntó Edward

—Fíjate que no se nos ocurrió preguntárselo en la entrevista.

Edward bostezó.

—Estoy seguro de que no habrá problema —dijo—. No se parece a..., no es ni remotamente como me la imaginaba.

—No, pero es muy escrupulosa.

—Menos a la hora de deshacer las maletas —se quejó Edward—. Casi me reviento el bazo con su mochila.

Oyeron abrirse la puerta de entrada y bajaron la voz.

—Pero es buena señal —repuso Carlisle—. Significa que ni siquiera se ha instalado en la habitación en la que vas a vivir.

—Pero tendré que atravesar su cuarto para ir a mear y, por supuesto, para pasar al resto de la casa.

—Bueno, estoy seguro de que si llamas a la puerta siempre que...

—Claro.

—¿Has llamado a la oficina?

—Llamaré cuando hayas hablado con ella.

Escucharon atentamente, esperando oír entrar a Bella. Lo que no sabían era que había entrado en el servicio de abajo a lavarse la cara y que luego se había quedado un momento en el rellano concentrándose con todas sus fuerzas. En realidad no recordaba nada del trayecto de regreso en coche, lo cual no es nada bueno, si el coche que conduces es de tu jefe.

—¿Bella? —gritó Carlisle desde la cocina.

—¡Sí!

—Estamos aquí.

—¡Vale!

Meneó la cabeza de un lado a otro con fuerza, como para sacudirse el aire enrarecido del cerebro, y entró en la cocina. Al abrir la puerta, vio a Edward escabullirse hacia el jardín por la puerta de cristal. Se alegró de contar con un poco más de tiempo para recuperar la normalidad de su rostro. Mientras iba a buscar la tabla de planchar, lo vio de pie en el patio, de espaldas a ella, llamando por teléfono.

—Ah, Bella —dijo Carlisle—. ¿Tienes un minuto?

Pues no, pensó Bella. Tengo que planchar todos los calzoncillos de tu hijo.

—Claro —contestó.

Carlisle estaba repiqueteando con los dedos encima de la mesa.

—Ven a sentarte conmigo.

Bella se sentó frente a él, le sonrió y él le devolvió la sonrisa.

—Pues ya has conocido a Edward —dijo.

—Sí.

—Naturalmente —empezó—, es difícil hacerse una primera impresión con lo de anoche, y no será fácil saber qué sientes en esta fase, pero solo quería saber..., y quiero que seas sincera conmigo, evidentemente..., pero nos preguntábamos..., bueno, Edward se pregunta..., bueno no, los dos nos preguntamos...

Bella era todo oídos.

—Por supuesto, Esme todavía no sabe nada...

Bella se inclinó hacia delante en su asiento.

—¿Sí?

—Bueno —dijo Carlisle con un suspiro—. Ahí va: ¿qué te parecería que Edward se viniera a vivir aquí?

—Ah —dijo sin apenas aliento.

—Aquí, con nosotros.

—Ah.

—Ha tenido algunos problemillas con sus compañeros de piso. Básicamente, se han largado, sin avisar, para irse a recorrer el mundo, y no ha encontrado sustitutos con tan poco tiempo, así que ha perdido el contrato.

—Ah.

—Sí, una lástima.

—¿Dónde dormiría?

—En tu habitación.

—¿En mi habitación?

—Sí.

—Ah. —De repente se levantó—. Madre mía, qué calor hace aquí, ¿no?

—Bueno, no en tu dormitorio, naturalmente —se corrigió Carlsile—. En tu salita. Como hemos visto que todavía no te has instalado del todo, hemos pensado que no te importaría demasiado...

—No me importa en absoluto —dijo Bella, que ahora estaba junto al agujero que había quedado en la ventana laminada de detrás del fregadero de la cocina.

—Quiero decir —continuó Carlisle— que tendríais que compartir el cuarto de baño, claro...

—Está bien —dijo débilmente de espaldas al patio.

—De todas formas, él está bien amaestrado —le aseguró Carlisle—. No te vas a dar ni cuenta de que está.

Ella se volvió a mirar al patio.

—Ajá.

—Y se pasa las horas en el trabajo, cuando no está por ahí de parranda, claro. No es como nosotros, los viejos casados.

—Ah.

—Entonces, lo que nosotros..., Edward y yo, Esme todavía no sabe nada, por supuesto..., lo que queríamos saber es: ¿te importa que Edward se traslade a vivir a la habitación de al lado?

Bella se volvió hacia Carlisle y dijo:

—No.

—¿O... te parece bien?

Bella frunció el entrecejo. Justo cuando pensaba que Carlisle se lo iba a preguntar una vez más, la puerta de cristal se abrió y Edward entró. A Bella se le atragantó el saludo. Él no la saludó y avanzó lenta y penosamente mientras ella lo observaba cada vez más espantada.

—Mi jefe dice que la próxima semana puedo trabajar desde casa —le dijo Edward a Carlisle—. Menos mal que anoche me traje el portátil.

—¿Estás seguro de que no les importa? —preguntó Carlisle

Edward negó con la cabeza.

—Con la baja médica, no debería estar trabajando, así que ellos saben que salen ganando.

Edward se apoyó en la encimera curvada, enfrente de Bella, y se cruzó de brazos.

—Entonces, ¿ya están todos los niños en la escuela? —le preguntó.

Ella asintió.

—A Bella no le importa en absoluto que te traslades al cuarto de al lado —dijo Carlisle—. ¿Verdad que no, Bella?

Edward la miró con gesto grave y ella pestañeó un par de veces.

—No, claro que no —dijo.

—¿Duermes desnuda o algo por el estilo, algo que deba saber? —preguntó Edward

—No.

Bella fue al cuartito de la lavadora a por la tabla de planchar.

—Ah, vale. Entonces solo soy yo.

Bella dejó escapar una risita.

—Y prometo llamar a la puerta —añadió.

—Perfecto.

—A no ser que se me olvide.

—Claro.

Edward se dirigió ahora a Carlisle

—Parece que todo está solucionado.

—Ahora solo tenemos que contárselo a Esme esta noche —dijo Carlisle

Un escalofrío recorrió la estancia.

—Será mejor que te dejemos planchar—dijo Carlisle con voz queda. Al pasar junto Bella, se inclinó hacia ella, le guiñó un ojo y le dijo—: No dejes que te altere.

—Bueno, ya me alteró bastante anoche —dijo Bella tratando de sonreír.

—Pensé que tal vez ya estabas alterada —dijo Edward con gran complacencia.

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A la hora del almuerzo, Carlisle se fue a trabajar, Edward hizo unas llamadas a la oficina y Bella, con casi toda la ropa ya planchada, se fue a recoger a Alice. Mientras tanto, Esme estaba en pleno centro del Seattlle, en el Groucho Club.

En el bar, cuando Benjamin lo atravesó en dirección al restaurante seguido de Esme, Marco y Henry, había miembros del club sentados en pequeños grupitos prepotentes, discutiendo pequeñas ideas prepotentes. Desgraciadamente no había ningún famoso en aquel momento, por lo que todos se sintieron bastante menos impresionados de lo que les habría gustado.

Aquel pequeño y prepotente grupito en particular se sentó en un rincón; Esme enfrente de Marco, Benjamin enfrente de Henry.

Esme estaba padeciendo un ligero estrés postraumático debido a una combinación de falta de sueño y del terror que le provocaba pensar que Bella podía marcharse. Sabía que si al regresar a casa aquella noche descubriera a unos extraterrestres llevando a cabo experimentos con su familia, su primer pensamiento sería «¡no os llevéis a la niñera!». Además, estaba pasando uno de esos días espantosos en los que sentía una incontrolable hostilidad hacia su marido, manifestada en repentinos arranques de ira cada vez que se acordaba de él. No se trataba de nada concreto que hubiera hecho; era todo en general: verlo servirle a Bella un brandi con toda tranquilidad mientras ella echaba a todos los policías, verlo servirle a Edward un brandi con toda tranquilidad mientras ella acostaba a los niños, pensar que se había quejado de falta de sueño y que se había tomado la mañana libre. Nada y todo.

Marco y Henry estaban muy animados, rebosaban optimismo y ostentaban seguridad; Benjamin, porque se alegraba infinitamente de poder delegar todos y cada uno de los aspectos de aquel trabajo en los demás, y Marco porque estaba intentando ocultar desesperadamente el pesimismo natural de Henry. Sonreía tanto que estaba empezando a temer un espasmo muscular.

—Le vamos a dar tal patada en los huevos a McFarleys —exclamó Benjamin ya con el café— que se le van a salir los testículos por la boca.

—Qué bonita imagen —dijo Henry—. Veré lo que puedo hacer con ella.

Benjamin se echó a reír y Marco los dejó a todos impresionados con una sonrisa todavía más amplia.

—¡Bueno, chicos! —dijo Benjamin en un tono que Marco y Henry llevaban temiendo todo el almuerzo. Arqueó sus elásticas cejas hasta bien entrada la frente, en continua expansión—. ¿Alguna idea?

El mejor equipo creativo de la agencia logró ganar unos preciosos segundos mirándose entre sí y luego dirigiendo sus ojos de nuevo hacia Benjamin

—Bueno —dijo por fin Marco—, hemos tenido un rápido brainstorming antes del almuerzo, así que tenemos unas cuantas ideas.

Benjamin le dedicó a Esme una amplia sonrisa.

—¿Ves lo que te quería decir? Son unos genios, estos chicos. Unos genios.

Marco no creyó oportuno explicarles que la mejor idea que se les había ocurrido era la de vestir a un enano de teléfono, ni que el eslogan que habían pensado era: «La competencia encoge ante vc».

—El miércoles he quedado con el planificador —dijo Esme— para desarrollar la estrategia, y tengo una reunión con vc el viernes por la mañana. Os informaré lo antes posible.

—¿Cuándo es la presentación? —preguntó Marco

—En quince días.

—¡Mierda! —gritó Henry—. ¿Sólo tenemos dos semanas?

—Eso es —dijo Benjamin encendiendo de nuevo su puro—. Por eso contamos con los mejores.

Henry y Marco apuraron sus copas de vino.

Después del almuerzo, todos regresaron a la oficina; Marco se quedó algo rezagado para seguir el paso de Esme

—Tom está un poco tenso, ¿no? —le preguntó ella al cabo de un rato.

—Mejor para la creatividad —respondió Marco

—¿Estás seguro de que va a poder con esto?

Marco se volvió hacia ella y Esme tuvo que apartarse ligeramente para no chocar contra él. Era tan bajito que podía mirarle a los ojos sin ni siquiera tener que levantar la cabeza.

—Esme

—¿Sí?

—Se trata del hombre que creó a Bobby el Babuino.

Se miraron a los ojos.

—Tienes razón —dijo ella—. Lo siento.

—Eh, lo entiendo —sonrió Marco—. Ese es el trabajo de los ejecutivos: preocuparse. Y menudo trabajo, el vuestro. Si te soy sincero, no tengo ni idea de cómo os las arregláis. Me alegro de no tener que hacerlo yo.

Reemprendieron el camino y, a su lado, Esme se imaginó a Carlisle diciendo lo mismo acerca de su contribución al hogar. Notó cómo le hervía la sangre casi inmediatamente.

—Pero nuestro trabajo es crear —estaba diciendo Marco—; esa parte puedes dejárnosla a nosotros.

Ella sonrió aliviada y sin reservas, y deseó poder sentir esa misma seguridad respecto a las habilidades de su marido.

De regreso a la oficina, en el ascensor, Esme se situó delante de Marco y, reflejado en la puerta espejada, pudo ver como este recopilaba datos visuales de su cuerpo para descargarlos más tarde. Al final, los ojos de él se toparon con los suyos y esbozó una sonrisa avergonzada de colegial. Por dentro, Esme chasqueó la lengua. Debía de creer que había nacido ayer. Se imaginó a Carlisle advirtiendo que alguien le estaba tomando las medidas y se sonrió.

Las puertas se cerraron lentamente después de salir Benjamin y ella. Los chicos estaban por fin a solas y dejaron escapar hondos suspiros de alivio.

—Putos ejecutivos —se quejó Henry

—Ya.

—Putos, putos ejecutivos.

—Ya.

—Se creen que lo saben todo.

—Ya.

—Y mientras tanto nosotros tenemos que crear una obra maestra en dos putas semanas.

—Ya.

La puerta del ascensor se abrió en la planta del ático y los dos salieron a la alfombra de felpa de camino a su oficina con vistas.

—No estoy seguro de que sea tan mala —dijo Marco

—Y una mierda. Es de las peores.

Marco se encogió de hombros y, cerrando la puerta de la oficina, dijo:

—Solo hay que saber llevarla.

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Cuando Esme llegó a casa aquella noche, la cocina era un hervidero: Bella estaba ordenando mientras hablaba con Alice, Carlisle estaba ayudando a Emmett con los deberes, se podía oír a Jane practicando con la flauta en el salón y Edward estaba sentado a la mesa tecleando en el portátil y espantando de vez en cuando a los gatos, que habían decidido que el teclado sería su centro de actuación. Esme sintió un insólito momento de satisfacción

—¡Hola, cariño! —la saludó Carlisle—. Edward se viene a vivir aquí.

Y, mira por dónde, ya estaba roto el hechizo.

Una vez que todos los niños estuvieron en la cama, Carlisle y Edward prepararon una cena a base de ensalada, quesos y pan; Esme abrió la primera botella de vino e insistió en que Bella los acompañara.

—Supongo que no habría estado mal del todo que nos hubieras avisado —le dijo Esme a Edward.

—Hasta el final estuve pensando en quién podía reemplazarlos —dijo Edward encogiéndose de hombros—, pero no hubo suerte.

—¿Ni siquiera en Crouch End? —dijo incrédula.

—No —dijo Edward—, ni siquiera en Chupete End. Hay demasiados críos en ese lugar. No te puedes tomar una cerveza tranquilamente sin que venga algún tipo con un niño atado delante a hablarte de lo poco que está durmiendo, como si quisiera que le dieran una medalla.

—Vaya, hombre —dijo Esme—. A lo mejor habría que poner a todos los bebés en purdah, junto con todas las mujeres.

—Solo digo —suspiró Edward haciendo caso omiso de las miradas de advertencia que le estaba lanzando Carlisle— que los tíos de mi edad prefieren vivir en otra parte.

—Supongo que tu compañero de piso ideal debe de ser Claudia Schiffer —masculló Esme

—Tampoco soy tan superficial —dijo Edward echándole una rápida mirada a Bella—. Me habría conformado con Yasmin Le Bon.

—Bueno —concluyó Esme—, si a Carlisle le parece bien, supongo que a mí también. Siempre que a Bella no le importe compartir su suite contigo.

Edward se volvió hacia ella y Bella se encontró inmersa en dos joviales pozos de un verde profundo

—¡Y bien, Bella! —dijo—. ¿Qué se siente al tener a Esme tan preocupada por lo que piensas? A mí nunca me ha pasado.

—Bueno, si ayudaras alguna vez con los niños —replicó Esme—, también me preocuparía por lo que piensas tú.

—No creí que mi cometido en la vida —respondió Edward con calma, untando mantequilla en un trozo de pan— fuera cuidar de la segunda familia de mi padre después de que él abandonara a la mía.

El silencio que siguió no fue nada agradable.

—Vamos, chicos, vamos —susurró Carlisle por fin.

Bella se percató de que Edward no se había comido el pan con mantequilla.

Con el café recién molido de la tarde y el té verde chino con menta fresca de la tienda de productos orgánicos, Edward le explicó a Esme por qué iba a pasarse los días encerrado en casa durante más o menos la primera semana de su nueva situación, hasta que estuviera lo suficientemente recuperado como para bajar al metro.

—La hora punta es una pesadilla en el mejor de los casos —dijo—. Así me podré tomar el permiso anual de trabajo en casa y no me machacaré todavía más la torcedura del tobillo y los huesos cascados. El doctor me dijo que debería mantenerlo en alto durante dos semanas; por decir algo. Pero no me puedo permitir estar dos semanas sin trabajar. De todas formas, será divertido trabajar desde aquí —dijo echándole una mirada a Bella—, compartiendo la oficina con vuestra extremadamente eficiente niñera.

Carlisle y Esme le lanzaron una mirada incisiva.

—¡Eh, a mí no me miréis! Yo no tengo la culpa de tener todo el cuerpo amoratado. —Propuso un brindis por Bella con un destello de picardía en los ojos, diciendo—: Le podéis dar las gracias a la niñera psicópata por eso.

Esme suspiró profundamente y dejó su copa de vino. Bella casi podía oír como Carlisle apretaba las nalgas.

—Edward —empezó a decir Esme—, creo que tenemos que hablar.

Se dirigía a Edward como si se le acabara de hacer pis en el zapato.

—Carlisle y yo lamentamos profundamente que te hayan hecho daño en nuestra casa, y creo que no me equivoco si digo que Bella siente lo mismo.

Carlisle y Bella asintieron enérgicamente e hicieron varios intentos de emitir algún sonido de confirmación.

—Pero —continuó Esme— si de verdad crees que preferiríamos tener una niñera que no perdiera el sueño ante el asalto de un hombre en nuestra casa, antes que una niñera que se sobreponga a su miedo y llame a la policía, entonces eres más tonto de lo que pareces.

El cuerpo rígido de Edward se agarrotó todavía más.

—Bueno, bueno... —empezó Carlisle

—¡Carlisle! —estalló Esme como si su marido hubiera cogido el zapato lleno de pis y se lo estuviera bebiendo—. Yo me encargo de esto, muchas gracias.

Si había alguna duda respecto a eso, ya estaba todo aclarado.

—En lo que a nosotros respecta —dijo Esme volviendo a concentrar su atención en Edward—, le has proporcionado a Bella una oportunidad única para demostrarnos lo mucho que aporta a esta familia, y... —Hizo una pausa tan dramática que hasta el pez de colores se puso tenso—. Y también lo que aportas tú, exactamente.

Bella torció el gesto.

—Bajo este techo, no se tolerará ningún otro comentario sarcástico acerca de nuestra niñera, que después de su acto heroico de anoche ha dejado patente que no cobra lo suficiente. Así de simple.

Tras ese pequeño discurso, reinó un silencio que solamente osaron interrumpir Molly y Bolly, que escogieron aquel preciso instante para levantar sus patas derechas traseras con un sincronismo propio de un cuerpo de baile e iniciar un concienzudo examen de sus traseros.

—¿Me he explicado con claridad, Edward? —preguntó Esme

Hubo una pausa.

—Cristalina —dijo Edward en voz baja.

Esme se volvió hacia Bella y adoptó un tono de Cenicienta dirigiéndose a su gatito peludo favorito.

—De hecho, Bella, todavía no lo hemos hablado, pero sé que Carlisle estará de acuerdo conmigo. Nos gustaría mucho ofrecerte un aumento.

Bella se quedó tan petrificada al oír aquello que ni siquiera reparó en la reacción de Carlisle y Edward.

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Después de cenar, Bella tuvo que sacar del armario las pocas cosas que había metido mientras Edward colocaba dentro las suyas. Aquel día Carlisle había ido a ikea y le había comprado a Bella un guardarropa de tela y una mesa minúscula que serviría como tocador. A ella le pareció suficiente.

Mientras inspeccionaba su equipaje con aire abatido, Bella se trenzó el pelo con un rápido gesto para apartárselo de los ojos, y entonces se sobresaltó al percatarse de que Edward estaba en el umbral de la puerta inspeccionándola a ella con un ademán parecido.

De repente, Edward alzó una botella de vino y dos copas, y le ofreció una sonrisa que, según bella imaginó, le debía de estar costando muchísimo.

—¿Te apetece un italiano descarado?

—Vaya —dijo ella.

—Para relajarnos después de nuestras aventuras. —Bella asintió muy despacio y con ademán pensativo, como si su cabeza estuviera tratando de dejar una huella en un barreño de melaza, y Edward empezó a verter el vino de un modo algo errático—. Y para ayudarme a olvidar que la mujer de mi padre me odia.

Le acercó la copa llena hasta arriba de vino y ella extendió el brazo para cogerla. En el momento en que agarró la copa, sus miradas se cruzaron.

—Gracias.

—Y, por supuesto —sonrió antes de soltar la copa—, para embotar tus sentidos. No queremos que llames a la policía si hago algún movimiento brusco.

Bella se oyó prorrumpir en una inesperada carcajada.

—Eso no es justo —dijo con voz queda sin atreverse a atraer la copa hacia sí—. Me diste un buen susto.

—¿En serio? Lo siento —dijo él, y le permitió que cogiera el vino.

Bella le dio un trago.

—Perdonado —dijo al tiempo que se daba la vuelta.

Deshicieron las maletas en silencio, si obviamos el leve canturreo de Bella. Cuando su teléfono móvil empezó a sonar, fue a cogerlo y, al ver que era Jacob, volvió a dejarlo con enojo. No tenía ganas de que volvieran a sermonearla, y menos delante de Edward

Ninguno de los dos tardó demasiado en deshacer las maletas. Después, Edward entró renqueando a la habitación de Bella y se sentó muy despacio en su cama, dejando el vino entre los dos. Le sonrió con bastante amabilidad, pero Bella no estaba convencida. Se sentó cansada contra la pared, con algunos mechones de la trenza alrededor de la cara.

—Bueno —dijo él—, y ¿cómo llevas lo de trabajar para la familia Monster?

—Está bien —dijo Bella con cautela.

—Venga ya —dijo Edward—, están todos locos de remate.

Bella tuvo la esperanza de que la sonrisa que forzó pareciera natural.

—El trabajo es duro —confesó—, pero los niños son un encanto.

—Sí —convino Edward con las comisuras de los labios mínimamente curvadas, como si guardaran un secreto—, es verdad.

Ambos asintieron y sonrieron un instante.

—Ya lo creo —añadió sirviéndose un poco más de vino—. Si tu padre tiene que coger los bártulos y volver a empezar, no se puede pedir una prole mejor que esta.

Bella registró mentalmente todas las posibles respuestas a aquello; luego paró. Decidió cambiar de tercio.

—¿Tu madre se ha vuelto a casar?

Mientras Edward negaba con un gesto, Bella escudriñó su rostro en busca de algún vestigio de la mujer de mirada dura y voz áspera que había ido a dejar a Seth

—Y ¿es la primera vez que sales de tu casa? —preguntó Edward

Bella se recogió detrás de la oreja algunos mechones de pelo sueltos.

—¿Tanto se nota?

Edward se encogió de hombros y ella se sintió obligada a rellenar el silencio.

—Supongo que da todo un poco de miedo —confesó—. Todo es tan distinto. —Edward no contestó—. Quizá es por eso por lo que anoche reaccioné de forma tan desmesurada.

Se echó un poco más de vino. Cuando volvió a mirarlo, Edward la estaba observando con una intensidad que la hizo sentir el vello sobre su piel y dejó que sus ojos vagaran hacia las vetas del suelo de madera.

—Creo que fuiste muy valiente —le dijo.

—Llamé a la policía desde debajo del edredón —confesó con una mueca—. Casi no podía marcar el número de lo que temblaba.

Otra pausa. Esta vez fue Bella quien hizo frente a la situación.

—Exacto —dijo por fin Edward—. Estabas aterrorizada y aun así lo hiciste.

Bella bebió un poco más de vino y sintió como su cuerpo se colmaba con su calidez.

—A la gente no le gusta que uno sea valiente, ¿verdad? —le preguntó de repente—. Es como si quisieran que te quedes asustada, para que ellos tampoco tengan que asumir ningún riesgo.

Edward ladeó un poco la cabeza; tenía el entrecejo algo fruncido.

—No se puede decir que mi decisión de irme de casa tuviera muy buena acogida —explicó con otro sorbito de vino mientras se preguntaba si no había bebido ya bastante.

—Ah —dijo Edward—. ¿Por parte de alguien en especial?

Bella revivió la regañina de Jacob y se sacudió el enfado encogiéndose de hombros.

—Todo el mundo —dijo malhumorada.

—¿En serio? Vaya —contestó él.

Bella lo miró con suspicacia, convencida de que se estaba burlando de ella. Sin embargo, su rostro no delataba indicio alguno de burla.

—Entonces, debiste de ser muy fuerte para seguir adelante con ello —continuó.

Bella intentó hablar y fracasó, de modo que se encogió de hombros y, en lugar de eso, volvió a beber más vino.

—Entre tú y yo —siguió diciendo Edward—, ojalá yo fuera tan valiente.

—¿Quieres irte de casa? —preguntó Bella

Él negó con la cabeza.

—Me gustaría cambiar de trabajo. Pero no sé qué me gustaría hacer, y tanto mi padre como mi madre me matarían.

Bella ahogó un grito.

—A mí me lo vas a contar —dijo sinceramente—. Adivina de quién fue la idea de que fuera niñera.

—¿De tus padres?

—Pleno.

—Y tú, ¿qué querías ser?

—Ah, nad... Es una estupidez.

—Vamos.

—Seguramente tenían razón.

—Dímelo.

Bella respiró profundamente.

—Quería ser... No te rías.

—No lo haré.

—Quería ser antropóloga.

Y le dio otro trago al vino.

—Vaya —dijo Edward—. Es genial.

Bella se encogió de hombros.

—Cuando eres joven tienes un montón de ideas tontas en la cabeza.

—¿Qué tiene eso de tonto?

—Da igual, soy niñera. Y ya fue bastante duro ser una niñera que se iba de casa.

Edward se acercó y le sirvió más vino.

—No, gracias —dijo cuando él ya había terminado.

—Y ¿cómo es que te decidiste a hacerlo de todas formas? —preguntó.

Amortiguó cada una de las palabras con una pausa reflexiva.

—Porque necesitaba saber que de momento mis decisiones en la vida no eran simplemente las más fáciles.

Se miraron a los ojos mientras Edward asentía meditabundo.

—Sí —murmuró—. Sé a qué te refieres.

La trenza se le deshizo casi por completo y dejó la copa en el suelo, se soltó el resto del pelo y se lo recogió en una cola de caballo floja. Cuando terminó, recorrió la habitación con la mirada y finalmente posó los ojos sobre Edward, y una vez más lo sorprendió observándola. Estaba a punto de anunciar que de verdad necesitaba irse a dormir cuando él le dedicó una amplia y cálida sonrisa y levantó su copa hacia la de ella murmurando:

—Pues por las decisiones correctas.

En ese instante fue vagamente consciente de que acababa de presenciar el momento en que se había tomado una decisión. Bella cogió su copa, le devolvió la sonrisa y brindaron.

—Por las decisiones correctas —aceptó, y apuró su copa.

Aquella noche, se quedó dormida al compás de los lentos desplazamientos de Edward por su habitación y lo hizo de un tirón hasta la mañana siguiente por primera vez desde que estaba allí.

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Rews? que lindo ya se van conociendo..aunk no la van a tener muy fácil ehhh...y mil gracias por tomarse un tiempito y dejarme sus apreciaciones...

ya saben les invito a visitar el blog (link en mi perfil) que cree yeee...denme su opinión...

y dense una vueltita por el nuevo OS que escribí jejejje está medio loco pero ahi vamos mejorando la escritura ...creo yo...

y por último ya tengo twitter yeeee kat _ flowers

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