Capítulo 14
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Edward sigue durmiendo. Sentada al lado de la cama mientras sujeto su mano, observo ansiosa su respiración, que es normal, y su color, que parece menos pálido.
Está durmiendo serenamente, he de calmarme. Sé que la mejor manera de no sufrir una recaída es guardar cama, sé que esta enfermedad roba la energía de un humano como si ella misma fuera un vampiro, y que la única manera de que Edward recupere fuerzas es que repose y se alimente lo mejor posible. Él está haciendo todo eso, pero el miedo a perderlo no me abandona. Estamos tan cerca…
Mis pensamientos me llevan a Carlisle por enésima vez en lo que va de noche. No se oye ningún ruido proveniente de la otra habitación. Por un momento me ha parecido oírle susurrar una oración, pero no estoy segura. Respiro profundamente al mirar el reloj que hay sobre la mesita de noche y me levanto de la cama de Edward. Han pasado casi cuatro horas. Si la joven ha muerto de verdad debería haber empezado el rigor mortis, y más siendo una muerte por hemorragia. Si no sucede, es que ha empezado el proceso de la transformación.
Espero, por su bien y el de todos, que sea lo segundo.
Camino sigilosamente entre las sombras de la casa de Edward hasta llegar a la habitación donde Carlisle vela a la mujer. Cuando me asomo al umbral me siento como una intrusa: está sentado en la cama mirando con intensidad a la joven, que tiene la pálida cara vuelta hacia él. Sus labios están entreabiertos y se la ve hermosa. Él alarga la mano y le coloca un mechón de cabello tras la oreja dulcemente, como ha hecho tantas veces conmigo.
Parece que el tiempo esté suspendido. La escena tiene algo tan íntimo que me da reparo anunciar mi presencia, aunque sé que mi amigo ya me ha percibido. O eso supongo. Jamás lo había visto tan absorto en nada ni en nadie.
—Carlisle… —murmuro por fin. Él alza la mirada y sonríe.
Dios mío, esa sonrisa, y ese brillo en sus iris… Parpadeo rápidamente, intimidada por la imagen de su felicidad. Exhalo lentamente todo el aire que me parece que he contenido durante horas, y me acerco a ellos. Me siento al lado de mi amigo y le doy un apretado abrazo.
—Llegaste a tiempo. Todo saldrá bien a partir de ahora —susurro mientras él parece temblar en mis brazos. Jamás lo había visto tan afectado, él que es la pura imagen de la serenidad—. ¿Cuándo crees que despertará?
—Imagino que pasado mañana, a la tercera noche. Suele ser así, y tú no fuiste una excepción.
Asiento, silenciando mis pensamientos y dudas: esta mujer no sabe nada de Carlisle. ¿Cómo reaccionará al ver que su intento de terminar con su vida no solo no ha funcionado, sino que además le han prolongado la existencia hasta lo imposible? ¿Sus sufrimientos habrán terminado al dejar su vida mortal atrás? Lo dudo. Yo todavía arrastraba el pesar por la muerte de Jacob, enterrado bajo toneladas de forzada indiferencia. ¿Cómo responderá a las atenciones de Carlisle si aún amaba a su marido muerto? ¿Y el dolor por la pérdida de su hijo? No podemos borrarnos los recuerdos entre nosotros, solo a los humanos.
Fijo la vista en los ojos claros de Carlisle y este parece leerme tan bien como siempre.
—Estoy seguro de muy pocas cosas, y conforme pasan las décadas cada vez de menos. Pero sé que todo saldrá bien con ella. —La mira un momento—. Lo sé.
Su seguridad es tan aplastante que se me contagia y me siento mejor. Le beso una mejilla y los dejo solos, porque he notado que Edward está despierto. Entro en la habitación y le reto en silencio a que me vuelva a echar en cara que lo dejo solo. Sonríe como un crío pillado en falta y mi corazón se derrite al constatar una vez más cuánto le quiero; daría toda mi existencia, todo lo que tengo y soy, por él. Es una intensa emoción entre el placer y el dolor.
Me siento en la cama y extiendo mi mano para acariciar su cara. Mis dedos están hambrientos de contacto físico con él, pero les pido paciencia. Me centro en su aspecto demacrado para terminar de convencer a mis manos de que no le arranquen la ropa y se sacien de su piel, tranquilizo a mi boca para que no se lance a besar y lamer cada centímetro de su piel, y a mis oídos les pido paciencia para esperar a oír la música de sus jadeos y gemidos.
Exhalo lentamente, tensa como la cuerda de un arco a punto de ser disparado. Es demasiado esfuerzo.
Poco a poco, como si le pesara demasiado, Edward levanta una mano y la posa sobre la mía. Su piel es cálida y seca, ya no está húmeda de sudor y ardiente fiebre. Me mira y sé que sabe lo que siento.
«Te amo. Y en cuanto pueda levantarme, voy a hincar la rodilla en el suelo, hacerte una petición de matrimonio como es debido, y ponerte un anillo en el dedo. Ayer no tenía fuerzas para declararme mejor, pero te compensaré con creces».
Río entre dientes.
«Tu declaración fue inmejorable. Por lo menos a mí me dejó sin palabras».
«No es cierto. Dijiste una palabra. La que más importaba».
Cierro los párpados con fuerza y aspiro profundamente esforzándome en mantener el control.
«Edward, cariño, me lo estás poniendo muy difícil. En este momento solo tengo ganas de besarte hasta dejarte sin aliento, y creo que no es eso lo que necesitas».
«Sí que lo necesito. Bésame. Me hará sentir mejor. Te detendré si me encuentro mal».
Entorno los párpados y centro mi mirada en sus ojos verdes, y después en su boca. Estudio su rostro y me da la sensación de que, a cada hora que pasa, tiene mejor aspecto. Hago recuento de las veces que le he oído toser a lo largo de la noche, y me doy cuenta de que ninguna.
Me acerco lentamente a su cara, mi aliento frío roza sus labios, y él los entreabre, esperando.
«Si me ve Carlisle me va a reñir, y con razón». Suspiro rendida al acercarme a él.
«¿Carlisle? Ni que fuera tu padre».
«De hecho…». Mis pensamientos se interrumpen al entrar en contacto con su boca. Es una reacción química, una explosión de sabores y olores que me marea y me deja sin voluntad, me entrego al beso, al sabor de su boca, al tacto de sus labios y su lengua. Es como si me alimentara de su contacto, pero me deja insatisfecha, deseo cada vez más. Necesito estar más cerca de él. Ansío tocar toda su piel con la mía.
—¡Isabella!
Me incorporo bruscamente y juro que creo enrojecer. Miro a Edward y está jadeando, él sí que está colorado, creo que por el esfuerzo. Miro hacia la puerta y veo a Carlisle, con el ceño tan fruncido que se podría sembrar trigo en ese surco. Arqueo mis cejas simulando inocencia, con poco éxito, diría.
Edward sí sabe fingir. Parpadea varias veces y me mira como si él no hubiera sido el instigador de esto. De pronto me doy cuenta de que en cierta forma le gusta marcar territorio con Carlisle; si hace esto estando convaleciente no quiero ni imaginar lo que hará cuando se encuentre bien. Tengo que dejarle claro que jamás he tenido una relación física con mi amigo. Lo nuestro jamás ha pasado del plano imaginario, si se le puede llamar así.
Doc se adentra con paso decidido, su ceño no se relaja hasta ver que me levanto de la cama de Edward y me alejo un paso atrás. Cualquiera diría que me lo iba a comer. Por la forma como me mira, tan escandalizado, podría pensar que me asoman los pechos por entre los botones de mi blusa. Echo un vistazo rápido hacia abajo, porque nunca se sabe, pero todo está en su sitio. En este momento Carlisle fija sus iris en mi boca y me doy cuenta de que me asoman los colmillos.
El silencio es denso como la niebla, y tengo la necesidad de hablar.
—No iba a morderle —murmuro, conteniendo las ganas de taparme la boca.
—Lo sé perfectamente. Era lo que estabas haciendo lo que me preocupa. Y eso —señala vagamente con la barbilla a mi cara— es la señal de que te has dejado llevar demasiado lejos.
—Es culpa mía. —La voz de Edward se escucha, débil pero segura—. Yo la he provocado.
—No me parece que estés en posición de poder provocar demasiado, muchacho. —Cuando Edward arquea las cejas, visiblemente ofendido, Carlisle sonríe, intentando enmendar su ofensa—. Lo que quiero decir es... —Le silencio poniendo los dedos sobre sus labios.
—Déjalo. Vete con la mujer. Hay algunas cosas que debo explicarle a Edward.
—Creo que sería mejor que descansara. —Mi amigo arquea una ceja.
—Creo que tengo derecho a hablar por mí mismo. —El tono fastidiado de Edward interrumpe nuestro duelo de miradas—. Estoy en la habitación, ¿recordáis?
Ahora son ellos dos quienes se miran fijamente, sin pestañear. Suspiro entre divertida y exasperada y apoyo mi mano sobre el hombro de Carlisle.
—Déjanos solos, por favor. Te prometo que sabré controlarme.
Doc asiente, visiblemente reticente, y se retira, no sin antes echarnos a los dos una mirada de advertencia.
Edward suelta un bufido que le provoca un ataque de tos. Contengo el aire hasta que veo que cede y no ha expulsado sangre. Cierra los párpados y respira con celeridad. El ataque lo ha dejado agotado. Me acerco a la cama, llena de preocupación.
—¿Te traigo codeína?
«No. Lo que necesito es… ¿puedo retirar la invitación a ese vampiro? No lo quiero en mi casa. Es evidente que está celoso».
No estoy segura de si lo dice en serio o en broma, creo que una parte de cada. Parece un niño enfurruñado, y me digo a mí misma que ha pasado de ser un hombre gravemente enfermo a ser, simplemente, un hombre enfermo, y por ende celoso. Me tumbo en la cama a su lado y lo abrazo por la cintura. Inhalo su adorado olor, cada vez más patente gracias a estar desapareciendo el de la maldita enfermedad.
«Carlisle no está celoso. Creo que deberías saber unas cuantas cosas sobre mi vida con él. ¿Te encuentras muy cansado?». Le beso la sien con suavidad.
«Un poco. Pero no quiero dormir todavía. Quiero estar contigo todo el rato que pueda».
Con voz suave, empiezo a contarle cómo empezó mi relación con Doc, continuando por un resumen de nuestros primeros años juntos. De vez en cuando suelta alguna exclamación, pero en general me escucha en atento silencio. Cuando estoy llegando a la peor parte, él lo intuye y se coloca de lado en la cama, su cara frente a la mía. Sus iris verdes rezuman dulzura, y me hacen preguntarme cómo he podido vivir sin él.
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Siento su mirada clavada en la espalda mientras, en el patio posterior de nuestra casa, tiendo las vendas que hemos esterilizado. Sé que en estos momentos, si tuviera mi don, lo usaría sin importarle mi privacidad. Carlisle es un vampiro muy íntegro, pero también está muy preocupado por mí.
Desde que leí el corazón del señor Stanley siento en mi interior una inquietud que me provoca mal humor y pesadillas. El médico de Forks volvió de su viaje para ocuparse de los enfermos y Carlisle le explicó lo que había observado, pero no le hizo caso: le dijo que todo aquello eran cosas entre marido y mujer, y que no deseaba entrometerse en el sagrado matrimonio. Cuando Doc habló con el sheriff del condado, la respuesta fue más o menos la misma. Intentó hablar otra vez con la señora Stanley, pero no le permitieron franquear la puerta.
He suplicado a mi amigo que utilice el influjo mental para cambiar la conducta de ese monstruo, pero me ha repetido, porque yo ya lo sabía, que no funciona a largo plazo.
Es desesperante.
Termino de tender y me giro. En efecto, lo encuentro mirándome fijamente. Se acerca en unas pocas zancadas y me sorprende con un fuerte abrazo.
—Encontraremos la manera, Isabella. —Parece que nos intenta convencer a los dos.
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Es noche cerrada. Carlisle ha ido al bosque para alimentarse y estoy sola. Suprimo una mueca de asco al imaginarlo bebiendo la sangre de algún animal. Sentada en una vieja mecedora en el porche de mi casa miro al cielo, a las brillantes estrellas, y aspiro el aroma de la noche. Adoro la estación otoñal, ese preludio de las largas noches invernales en el que los humanos todavía se atreven a rondar fuera de sus casas porque la temperatura aún lo permite, y yo tengo más tiempo para vivir, cazar, y sentir.
Me doy cuenta de que siento algo de ardor en mi garganta y mi piel es más fría de lo normal. Debería plantearme ir en busca de alimento, pero estoy disfrutando de uno de mis escasos momentos de paz, y no pienso moverme hasta que termine.
Un aroma repentino penetra en mis fosas nasales y todo mi cuerpo se tensa. Hay un humano hembra en mi territorio. Reconozco el olor: es la señora Stanley. Inspiro profundamente, deseando no haber esperado tanto para alimentarme. El aroma de Jessica Stanley hace que mi garganta se reseque más todavía, pero ese no es el verdadero problema.
Lo sé porque huele a miedo.
Se me ocurren cientos de razones por las que pueda estar aquí y ahora, pero cualquiera de ellas significa contratiempos. Permanezco en mi mecedora con los ojos cerrados, esperando que ella me encuentre, obligándome a serenarme.
—Señora Cullen —me llama mientras se acerca.
—¿Quién anda ahí? Ah, señora Stanley —Me levanto haciendo el paripé, clavando mis ojos en su cara. Está más pálida de lo normal, y cojea. Aprieto los puños con tanta fuerza que agradezco no estar ya sujetando la mecedora, le tengo cariño a ese mueble—. ¿Sucede algo?
Me intenta alcanzar, jadeante y renqueando, y voy en su busca antes de que lo consiga.
—Necesitaba ver a su esposo. —Murmura en un tono casi inaudible. Le paso un brazo por la cintura, coloco uno de los suyos sobre mis hombros y la ayudo a subir el par de escalones que llevan a mi porche. Se gira y noto su mirada fija en mi cara—. ¡Qué fuerte es usted! —exclama con admiración.
No puedo contestarle porque estoy intentando controlar mi sed, que se combina con mi ira para crear un cóctel explosivo. Asiento y la hago pasar al comedor. Echa un vistazo a la decoración de mi casa y, a pesar de su estado, alaba mi gusto. En el pueblo se cotillea que la pobre chica se casó deslumbrada por la riqueza de su futuro marido, sin mirar más allá de esa fachada, pero no tengo tiempo para conversaciones superficiales. La acomodo tumbada en el sofá y hace un gesto de dolor. Se queda con la mirada perdida en el techo, y no sé qué hacer. Temo preguntarle nada. Me siento en el sillón cercano mientras cavilo qué puedo decir.
—Si ha venido para que la examine mi esposo, aún tardará en llegar.
Permanece en silencio durante unos minutos más. Al final decido ser una buena anfitriona y me levanto para prepararle una bebida caliente.
—No he venido a que su marido me reconozca, he venido a pedir ayuda, me he marchado de casa —pronuncia casi sin pausa. Su voz exuda desamparo y nerviosismo.
Vuelvo a sentarme, notando cómo mi organismo entero se tensa y se pone en marcha, preparado para la caza. Lucho contra mi instinto, al mismo tiempo que una voz me susurra que ya no soy humana y que no he de regirme por sus normas. Que no es natural luchar contra lo que soy.
Esa voz se parece sospechosamente a la de Aro.
Me falta el aire y jadeo, pero Jessica no me mira y no se percata de mi estado, completamente centrada en el suyo. Prosigue con su explicación con la mirada perdida y las manos retorciéndose sobre su regazo. Distraída, me doy cuenta de que tiene los elegantes zapatos manchados de barro y el bajo de la falda desgarrado. De pronto recuerdo que cojeaba. Debería preguntarle si está herida, pero soy incapaz de hablar. Solo espero que Carlisle llegue a tiempo para detenerme, aunque en el fondo deseo que no lo haga.
La duda sobre la esencia de mi ser sacude mi lábil estabilidad, y me doy cuenta de cuán engañada estaba.
Soy un monstruo y nunca seré como Carlisle quiere que sea.
—Sé que su marido intentó detenerlo. Está furioso con ustedes, y no ha parado de vociferarlo por toda la casa. Dice que hará lo posible por echarles del pueblo. —Me mira y sus ojos tienen ese brillo febril que reconozco como cercano a la locura—. No permitan que lo consiga. Necesito que me ayuden a escapar.
Frunzo el ceño, y la enfermera que hay en mí empieza a reaccionar.
—¿La ha golpeado? ¿Está usted herida? —Me acerco a ella y me arrodillo en el suelo frente al sofá—. Deje que la mire.
—Siempre me golpea, y siempre estoy herida. —Se tapa la cara con ambas manos—. He aguantado lo indecible pero, después de haber perdido a mi bebé por su culpa, no soporto estar en la misma habitación que él.
Las imágenes que vi en la mente de Stanley me golpean de nuevo, como en mis pesadillas, mezcladas con lo que veo en la mente de ella.
«Céntrate en ella, Isabella. Mira si está herida». Levanto su falda con cuidado, y observo varios hematomas recientes en las piernas y una rodilla hinchada, pero nada grave. Levanto más el vestido, y tiene un hematoma antiguo en la zona del abdomen. Aprieto tan fuerte las manos que siento cómo se desgarra la tela.
Jessica cierra los párpados con fuerza, recostada en el sofá.
—¿Cree que su marido me ayudará?
Le bajo la falda con cuidado, me levanto y me doy la vuelta para que no me vea la expresión.
—Si él no lo hace, lo haré yo —murmuro.
Me marcho a la cocina, donde tenemos los medicamentos, a por una pomada de árnica. También pongo agua a calentar para preparar compresas calientes que aplicar sobre la rodilla.
Un ruido detiene mis movimientos.
Un juramento, un hedor conocido, unos pasos fuera de la casa.
Me pongo rígida y mi mandíbula se tensa. Mis colmillos pugnan por brotar pero no lo permito.
Llaman a la puerta y Jessica suelta un grito.
«Ha venido a por mí». Es incapaz de hablar.
Afuera, el infierno se desata en la mente de aquel miserable. Por un momento pido que Carlisle llegue y me detenga, pero el destino tiene otros planes… Paso a paso, lentamente, me acerco a la puerta, y la abro. La gran y negra sombra del señor Stanley está recortada contra la oscuridad del bosque, cubriendo casi todo el umbral. Parece un monstruo de esos con los que las madres asustan a sus hijos para que obedezcan.
Levanta su pesada mano y me toma por el cuello. Hiede a alcohol.
—Puta. Voy a terminar contigo, y después con ella —gruñe.
Me empuja contra la pared y me dejo hacer. Debería inmovilizarlo con el control mental hasta que apareciese Carlisle. Y después, borrarles la memoria a él y a Jessica.
Lo miro con indiferencia y odio.
Debería pararlo. Puedo hacerlo.
Noto que intenta apretar y la furia asesina que veo en su mente aviva la mía, volatilizando la última brizna de control que me quedaba.
Al siguiente instante es él quien está contra la pared con mi mano en su cuello. Escucho un grito de mujer, es Jessica, me pide que me detenga, pero es demasiado tarde. Huelo su miedo, y no hace más que estimularme. Saco mis colmillos y veo que quiere gritar, pero mi agarre no se lo permite.
—No volverás a hacer daño a nadie —murmuro.
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Carlisle entra en la casa que compartimos desde hace unos meses y me mira, sus hermosos rasgos están rígidos, como esculpidos en mármol, como su juicio y su conciencia. No me perdonará, pero ni siquiera yo puedo hacerlo.
—He tirado el cuerpo en lo más profundo del río atado a una piedra pesada, tardará en aparecer. Cuando se empiece a descomponer, saldrá por sí solo a la superficie, y todo el mundo creerá que fue un accidente. A ella le he borrado la memoria, ahora está durmiendo en su casa, tranquila como un bebé. Todavía cree que el único monstruo que conoce es su marido.
Siento una punzada en mi pecho al oírle hablar así. Una cosa es que yo me lo diga a mí misma, otra oírle a él decir eso. Lo peor es la inmensa decepción que exuda su tono, su mirada y su cuerpo entero. Es como una losa cayendo sobre mí, me aplasta, y de pronto no puedo más. Me siento tan mal que reacciono con ira.
—Podría haberla matado. Esta misma noche. No lo ha hecho porque ella ha escapado. Tú no habías conseguido nada con todos tus esfuerzos. ¿Cómo te sentirías si ella hubiese muerto?
Carlisle se coloca frente a mí, de pie con los brazos cruzados. Es más alto que yo, y rezuma una autoridad que va más allá del vínculo de la sangre que existe entre nosotros.
—Pero no la ha matado. Y tú a él sí. Tenías otras salidas que la que has elegido. Podías haberlo inmovilizado, borrarles la memoria a ambos y esperar a que yo llegara. La habría ayudado a escapar, incluso le habría dado dinero. Pero eliges el camino de lo irreversible. Porque no hay nada más irreversible que la muerte.
Me siento como un reo al que están condenando. Siento que empequeñezco frente a su ira. Abro la boca para hablar en mi defensa, quiero decirle que el camino me ha elegido a mí, no al revés, pero no me salen las palabras, y aprieto los labios.
Carlisle me da la espalda.
—No podemos desaparecer ahora. Sería como gritar a pleno pulmón que somos culpables. Tenemos que seguir aguantando un tiempo más.
Lo de «aguantando» me despierta un repentino temor.
—¿Qué… qué quieres decir?
—No lo sé. Necesito pensar —dice sin mirarme, y se marcha a su habitación.
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En este momento de mi narración no puedo continuar. Temo haber asustado a Edward, y, además, duele demasiado recordarlo todo. Su cálida mano se acerca a mí lentamente para acariciarme los labios y la mejilla, resiguiendo con las yemas de sus dedos el contorno de mi cara. Distraída, lo primero que pienso es que parece estar recuperando fuerzas a gran velocidad, y eso me saca de mis negros pensamientos. Pongo mi mano sobre la suya, necesito más contacto con él, y centro mis ojos en sus iris. Destilan calor, una íntima dulzura, y suspiro con alivio.
«Deja de pensar eso. No vas a librarte de mí, jamás. Te amo con todo mi ser, Isabella».
«¿A pesar de… todo?». La inseguridad me posee sin remedio.
«Sí, y no me importa tu pasado».
Aquello provoca una tenaza de angustia en mi garganta.
«¿Me seguirás queriendo si sigo haciendo lo mismo?»
«¿Tú necesitas hacerlo?»
«No lo sé. Hay demasiadas muertes en mi existencia, y ya hace tiempo que creo que no puedo continuar así. Pero tampoco puedo quedarme sentada mirando mientras suceden ciertas cosas».
Edward me mira de hito en hito, noto que sus ojos vuelven a brillar con la energía de la vida.
«La decisión es tuya, y yo te amo como eres. Quizá si volvieras a bloquear tu mente… ¿Crees que serías más feliz si no escucharas los pensamientos de las personas?»
«Solo me gusta oír los tuyos», asevero.
Una perezosa sonrisa se dibuja en su atractiva boca.
«Y a mí. También podría prescindir de todos los demás». Su mano recorre mi cuello, baja por mi escote y cubre con suavidad mi pecho izquierdo. Abro mucho los ojos.
«Edward, estás convaleciente. No deberías…»
«Isabella. No voy a juzgarte, si sigues intentando hacer justicia por tu cuenta o dejas de hacerlo es tu decisión. Lo que sí me importa es la tristeza que percibo aquí». Aprieta suavemente con su mano y me deja sin aliento, no sé cómo lo hace pero un calor se irradia desde donde me toca hasta la médula de mis huesos. «Creo que aquí dentro quieres buscar la manera de controlarte, de no dejar que tu sed de sangre te domine, disfrazada de amor a la justicia. Creo que no te gusta que ataquen al débil, pero también sabes que cualquier humano, sea cual sea su calaña, es infinitamente más débil que tú».
Me acerco a él y le beso los labios, un roce suave, al mismo tiempo que lo abrazo con cuidado.
No sé cómo lo ha hecho, pero por un momento me ha parecido sentir la luz del sol dentro de mí.
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¡Hola de nuevo! Esta vez sí contesté todas las rr. Mil gracias por vuestro apoyo. También por el trabajo de mis prelectoras Nury y Patri y de mi beta, Ebrume.
La semana que viene nos leemos el jueves, con tanta fiesta esta semana y trabajando este sábado, no me da mucho tiempo de escribir. Espero que sigáis disfrutando de la historia.
¿Alguna opinión?
Besazos a todas.
