Disclaimer: Los personajes y el libro son de Rick Riordan.
Solo las intervenciones son mías.
*-x-*
A la mañana siguiente, todos iban llegando al salón de los tronos donde Hestia se ocupaba de servirles un copioso desayuno.
Cada dios estaba sentado con sus respectivos hijos y charlaban animadamente.
Cuando acabó el desayuno, Poseidón se acercó a Lee como un bólido, le cogió entre sus brazos y le besó como si hiciese semanas que no le veía.
El hijo de Apolo reía divertido devolviéndole el beso.
Cuando todos estuvieron sentados y Poseidón dejó de hacer reír a Lee, Zeus mandó que continuara la lectura.
Como nadie parecía querer leer, Atenea hizo levitar el libro hasta sus manos y abrió el libro por el siguiente capítulo.
Esperaron un rato por si alguien aparecía.
-¿No aparece nadie? -Preguntó Castor mirando al techo.
-Parece que no. -Contestó Clarisse.
Las latas que le había dado Dioniso seguían delante de ella.
Cuando parecía que se gastaban, parecía que había más.
-Es que es por la mañana. A lo mejor a las Moiras no les apetece traer a nadie. -Dijo Hermes bostezando.
-¿Si tú estás aquí, quien se encarga de que salga el sol? -Quiso saber Silena.
-Hay otras maneras de que el sol salga. La ciencia, otros dioses… -Explicó Apolo frotándose un ojo.
-¿Otros dioses? -Se interesó Grover.
-De eso hablaremos en otro momento. -Comentó Quirón sonriendo.
-¿Cómo puedes tener tanto sueño si siempre tienes que salir a conducir el sol por la mañana? -Interrogó Charles.
-Me quedo dormido al volante a veces.
-Así ha creado varios desiertos y ha provocado algunos incendios. -Comentó Artemisa enfadada.
-Eso no ha sido por quedarme dormido. Ha sido por mirar donde no debía. Mi carro solar tiene piloto automático.
-¿Y ese es el ejemplo que les das a tus hijos? -Inquirió Deméter.
-Es demasiado pronto para sermones. -Se quejó Hermes.
-Ni siquiera van por ti. -Dijo Perséfone.
-Sigue siendo demasiado temprano. -Volvió a decir el dios de los viajeros.
Atenea carraspeó y comenzó el capítulo.
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Capítulo 13. Me aboco a mi muerte.
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-No me gusta ese título. -Dijo Poseidón.
Percy prefirió quedarse callado.
-¿No podría haber sido un capítulo divertido para empezar? -Gimió el dios del mar.
-No tendrás esa suerte. -Dijo Ares.
Blake bostezó y frotó su hocico contra el suelo.
*-x-*
Pasamos dos días viajando en el tren Amtrak, a través de colinas, ríos y mares de trigo ámbar.
*-x-*
-Suena bien. -Dijo Deméter.
-Muchas de las comparaciones de Percy tienen que ver con el mar. -Comentó Apolo.
Atenea se sorprendió bastante. Ahora que lo pensaba, su medio hermano tenía razón. Ella no se había dado cuenta.
*-x-*
No nos atacaron ni una vez, pero tampoco me relajé.
*-x-*
-¡Bien hecho chico! -Bramó Ares. -Como diría Ojoloco Moody: ¡Alerta permanente!
Los semidioses le miraban curiosos.
-Hemos leído los libros de Harry Potter y los de Cincuenta sombras de Grey. -Explicó Hermes.
Grover bostezó y Clarisse aprovechó para lanzarle una lata.
Encestó en la boca del sátiro, y éste al no esperárselo, se atragantó.
La chica rió con ganas.
El sátiro después de la sorpresa, pudo comerse la lata.
*-x-*
Me daba la sensación de que viajábamos en un escaparate, que nos observaban desde arriba y puede que también desde abajo, que había algo acechando, a la espera de la oportunidad adecuada.
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-Eso suena escalofriante. -Comentó Ethan.
Algunos le dieron la razón.
-Si sigues acariciándome el pelo de esa manera, voy a quedarme dormido. -Le dijo Lee a Poseidón.
El dios rió entre dientes y le dio un beso en los labios.
*-x-*
Intenté pasar inadvertido porque mi nombre y mi foto aparecían en varios periódicos de la costa Este.
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-Seguro que estabas muy sexi. -Dijo Apolo.
Malcolm le miró mal, y en respuesta, el dios del sol le guiñó un ojo a Percy que estaba muy sonrojado.
*-x-*
El Trenton Register—News mostraba la fotografía que me hizo un turista al bajar del autobús Greyhound. Tenía la mirada ida. La espada era un borrón metálico en mis manos. Habría podido ser un bate de béisbol o un palo de lacrosse.
*-x-*
-Joder como es el efecto de la niebla. -Se impresionó Luke.
*-x-*
En el pie de foto se leía: «Percy Jackson, de doce años de edad, buscado para ser interrogado acerca de la desaparición de su madre hace dos semanas. Aquí se le ve huyendo del autobús en que abordó a varias ancianas.
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-Qué vergüenza Percy. Acosando a unas inofensivas viejecitas. -Dijo Hermes.
-Solo eran señoras indefensas. -Secundó Chris.
-Eres malvado Percy Jackson. -Finalizó Luke fingiendo un escalofrío.
-El terror de las abuelitas. -Dijo Michael riendo.
-¡Cojan a sus mayores y salgan huyendo! ¡El fugitivo Perseus Jackson va a por ellas! -Exclamó Lee.
Todos los semidioses reían algo más despiertos.
*-x-*
El autobús explotó en una carretera al este de Nueva Jersey poco después de que
Jackson abandonara el lugar. Según las declaraciones de los testigos, la policía cree que el chico podría estar viajando con dos cómplices adolescentes.
*-x-*
-¿Vosotros también? -Interrogó Thalia fingiendo escandalizarse.
Malcolm y Grover se miraron.
-El trío del terror. -Dijo Pólux.
*-x-*
Su padrastro, Gabe Ugliano, ha ofrecido una recompensa en metálico por cualquier información que conduzca a su captura.»
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-Yo recompensaré al que le reviente su enorme cara. -Dijo Poseidón.
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—No te preocupes —me dijo Malcolm—. Los policías son mortales, no podrán encontrarnos.
—Pero no parecía muy seguro de sus palabras.
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-No os encontrarán. -Dijo Hermes.
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Pasé el resto del día paseando por el tren (lo pasaba fatal sentado quieto) o mirando por las ventanillas.
*-x-*
-El THDA es horrible. -Se quejó Castor.
-Leo es el semidiós más inquieto que he conocido nunca. -Comentó Percy.
-¿Quién es Leo? -Se interesó Apolo.
-Ya saldrá. -Contestó Malcolm.
*-x-*
Una vez vi una familia de centauros galopar por un campo de trigo, con los arcos tensados, mientras cazaban el almuerzo. El hijo centauro, que sería del tamaño de un niño de segundo curso montado en poni, me vio y saludó con la mano.
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Quirón miró a la nada nostálgico.
*-x-*
Miré alrededor en el vagón, pero nadie más los había visto. Todos los adultos estaban absortos en sus ordenadores portátiles o revistas.
*-x-*
A medida que las tecnologías avanzan, la niebla no hace tanta falta. La gente está tan absorta en sus cosas, que no se fijan en nada ni aunque lo tengan delante de las narices. -Se quejó Artemisa.
*-x-*
En otra ocasión, por la tarde, vi algo enorme moviéndose por un bosque. Habría jurado que era un león, sólo que no hay leones sueltos en América, y aquel bicho era del tamaño de un todoterreno militar. Su melena refulgía dorada a la luz de la tarde. Después saltó entre los árboles y desapareció.
-*-x-*
Tal vez fuera el león de Nemea. -Aventuró Hermes.
Percy lo pensó y después asintió.
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El dinero de la recompensa por devolver al caniche nos había dado sólo para comprar billetes hasta Denver. No nos alcanzaba para literas, así que dormitábamos en nuestros asientos. El cuello se me quedó hecho un cuatro.
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El hijo de Poseidón se frotó el cuello.
*-x-*
Intenté no babear, ya que Malcolmse sentaba a mi lado.
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Thalia rió por lo bajo.
-¿Quieres que te riegue cara de pino?
La teniente de Artemisa le sacó la lengua a su primo.
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Grover no paraba de roncar, balar y despertarme.
*-x-*
El sátiro se puso colorado de vergüenza.
-¿Tenías que decir eso?
-No puedo controlar mis pensamientos.
Grover gruñó.
*-x-*
Una vez se revolvió en el asiento y se le cayó un pie de pega. Malcolm y yo tuvimos que ponérselo de nuevo antes de que los otros pasajeros se dieran cuenta.
*-x-*
-Esos mortales no ven nada. -Espetó Hera.
May frunció el ceño.
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—Vale —me dijo Malcolm en cuanto terminamos de ponerle la zapatilla a Grover—, ¿quién quiere tu ayuda?
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-¿A qué viene eso? -Inquirió Thalia.
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—¿Perdona?
—Hace un momento, cuando estabas durmiendo, murmurabas «No voy a ayudarte». ¿Con quién soñabas?
*-x-*
-¿Percy habla en sueños? -Quiso saber Charles.
-Sí. -Contestó Lee.
-¿Y cómo sabes tú eso? -Interrogó Hermes con una sonrisa pícara.
-Porque de todas las veces que ha estado en la enfermería, sería raro que no lo supiéramos. -Respondió Michael.
-¿Y qué ha sido lo más gracioso que le habéis oído decir? -Preguntó Castor.
-¿Recuerdas aquel día que cantaba la canción de La sirenita? -Le preguntó Ethan a Chris.
El hijo de Hermes rió acordándose.
-Travis lo gravó. -Dijo Ethan.
-Y meses después, se lo enseñó a todos los campistas.-Refunfuñó Percy.
-Una vez soñaba que se peleaba con alguien por la comida azul. -Dijo Michael.
-Al acercarse Will a ver lo que pasaba, se llevó un puñetazo en un ojo. -Secundó Lee.
Percy no sabía donde meterse.
*-x-*
No quería contárselo. Era la segunda vez que soñaba con la voz maligna del foso, pero me preocupaba tanto que al final se lo dije.
*-x-*
-Siempre es bueno contárselo a alguien. Puedes ver las cosas con mayor perspectiva. -Dijo Artemisa.
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Malcolm reflexionó un rato.
—No parece que se trate de Hades —dijo por fin—. Siempre aparece encima de un trono negro, y nunca ríe.
*-x-*
-¿Veis? Hasta el rubio relamido lo dice.
-¡Oye! -Se quejó Malcolm.
-Y yo si río. Lo que pasa, es que no dejo que nadie me vea.
-Seguro que se ríe de cosas espantosas como calaveras y zombies. -Se estremeció Silena.
-Yo no soy un rubio relamido. -Refunfuñó el hijo de Atenea.
-Lo que te haga feliz rubito. -Contestó Hades.
*-x-*
—Me ofreció a mi madre a cambio. ¿Quién más podría hacer eso?
—Supongo… pero si lo que quería es que lo ayudaras a salir del inframundo, si lo que busca es desatar una guerra contra los Olímpicos, ¿por qué te pide que le lleves el rayo maestro si ya lo tiene?
*-x-*
-¡Que yo no quiero ese estúpido rayo!
-¡No es estúpido!
-¡Deja de abrazar ese cacharro! -Refunfuñó Hera.
Zeus abrazó con más fuerza su adorado Astrapí.
*-x-*
Negué con la cabeza, deseando conocer la respuesta. Pensé en lo que Grover me había contado, que las Furias del autobús parecían buscar algo. «¿Dónde está? ¿Dónde?» Quizá Grover presentía mis emociones. Roncó en sueños, murmuró algo sobre verduras y volvió la cabeza.
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-Por los dioses qué vergüenza. -Susurró el sátiro tapándose la cara.
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Malcolm le remetió la gorra para que le tapara los cuernos.
—Percy, no puedes hacer un trato con Hades. Ya lo sabes, ¿verdad? Es mentiroso, no tiene corazón y sí mucha avaricia. No me importa que sus Benévolas no se mostraran tan agresivas esta vez…
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-Te estás pasando rubio teñido.
-¡No soy teñido!
-Y yo si tengo corazón. Lo que pasa, es que no se lo entrego en bandeja a todo el mundo.
-El corazoncito de Hades es BIP. -Dijo Apolo.
-Por supuesto. No hay mucha gente que haya entrado en él.
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—¿Esta vez? ¿Quieres decir que ya te habías encontrado con ellas antes?
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Grover, Luke, Malcolm y Thalia se miraron.
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Se sacó su collar y me mostró una cuenta blanca pintada con la imagen de un pino, uno de sus premios por concluir un nuevo verano.
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-Salgo en una cuenta. -Dijo la teniente de Artemisa.
-Con tu cara amaderada. -Comentó Percy.
-Sesos de alga…
-Sesos de resina…
-Me gusta este chico. -Dijo Apolo. Es creativo.
Malcolm le fulminó con la mirada.
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—Digamos que no tengo ningún aprecio por el Señor de los Muertos. No puede tentarte para hacer un trato a cambio de tu madre.
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-Creo que no te hará caso. -Dijo Ethan.
Percy sonrió culpable.
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—¿Qué harías tú si fuera tu padre?
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-Mala pregunta. -Dijo Luke.
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—Eso es fácil —contestó—. Lo dejaría pudrirse.
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Malcolm se arrepentía de las palabras que había dicho. Ahora estaba de maravilla con su padre.
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—¿A qué viene eso?
Malcolm me miró fijamente con sus ojos grises. Tenía la misma expresión que le había visto en el bosque cuando desenvainó la espada contra el perro del infierno.
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Esa cara da miedo. -Comentó Castor.
-La cara que debe dar más miedo, debe ser la de Clarisse nada más despertarse. -Comentó Luke.
Una lata le dio de lleno en sus partes íntimas.
El hijo de Hermes hizo una mueca de dolor y le lanzó la lata abollada a Grover.
El sátiro se la comió.
-Ha tocado los huevos de Castellan. -Dijo Clarisse.
-¿Y?
-Que te la has comido.
-Estaba deliciosa.
*-x-*
—A mi padre le molesto desde el día que nací, Percy —dijo—. Nunca le gustaron los niños. Cuando me tuvo, le pidió a Atenea que me recogiera y me criara en el Olimpo, porque él estaba demasiado ocupado con su trabajo. A ella no le hizo mucha gracia. Le dijo que los héroes tienen que ser criados por su padre mortal.
*-x-*
Muchos miraron al rubio con lástima.
-Por eso, muchas veces nuestros parientes mortales nos desdeñan. Porque somos diferentes a ellos. -Comentó Michael.
-¿Y a ti no te habrán desdeñado solo porque eress enano y feo? -Preguntó Clarisse.
Un trozo de espejo le atravesó la frente dejándole una gran herida sangrante.
-¡Voy a matarte Britten! -Chilló ella.
-¡Deja a Michael tranquilo!
La hija de Ares se quedó callada.
-¿Solo puedes lanzar espejos? -Se carcajeó Ethan.
-También puedo lanzarte esto.
Y con un rápido movimiento, una fina daga se le clavó al hijo de Némesis en la mano.
Clarisse seguía mirando a Tommy con odio.
Intentaba hablar pero no podía.
-¿Has usado embruja habla con Clarisse? -Se impresionó Luke.
-Ha sido sin querer.
El hijo de Afrodita movió la mano y el trozo roto de espejo y la daga, volvieron a sus manos.
Lee se levantó y les curó las heridas a Ethan y a Clarisse.
-Estúpido Britten… -Murmuró la hija de Ares.
Michael le agradeció lo que había hecho a Tommy con un suave beso en los labios.
El rubio hijo de Apolo, volvió a su sitio en el regazo de Poseidón y Atenea continuó leyendo.
*-x-*
—Pero ¿cómo…? Es decir, supongo que no naciste en un hospital.
—Aparecí en la puerta de mi padre, en una cesta de oro, transportada desde el Olimpo por Céfiro, el Viento del Oeste. Cualquiera recordaría el momento como un milagro, ¿no? Y hasta sacaría unas fotos digitales o algo así.
*-x-*
-Yo he visto fotos de Percy de bebé. -Dijo Thalia riendo.
Malcolm rió con ella.
-A tu madre seguro que no le hacen falta fotos de cuando eras pequeño. Porque con lo enano que eres… -Dijo Clarisse.
-Mi madre pasaba de mí. Se emborrachaba, traía hombres extraños a casa e intentó vender mi cuerpo a cambio de veinte pavos.
Todos miraron consternados a Michael.
Clarisse prefirió mantenerse en silencio.
-¿Y quién te crió? -Inquirió Apolo con la voz estrangulada.
-Mi tío Dirk me cuidó durante unos meses pero después tuve que irme al campamento mestizo.
Se notaba que el moreno no quería hablar más del tema, así que Atenea siguió leyendo.
*-x-*
Pues bien, siempre hablaba de mi llegada como si fuera lo más molesto que le hubiera sucedido en la vida. Cuando cumplí cinco años, se casó y se olvidó por completo de Atenea. Se buscó una mujer mortal «normal» y un par de hijos mortales «normales», e intentó fingir que yo no existía.
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Atenea leía esto con el ceño fruncido.
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Miré por la ventanilla del tren. Vi las luces de una ciudad dormida a toda velocidad. Quería que Malcolm se sintiera mejor, pero no sabía cómo lograrlo.
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El rubio sonrió con dulzura a su novio.
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—Mi madre se casó con un hombre absolutamente espantoso —le conté—. Grover dice que lo hizo para protegerme, para ocultarme tras el aroma de una familia humana. A lo mejor tu padre intentaba hacer lo mismo.
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-Lo dudo. -Refunfuñó Luke.
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Malcolm seguía jugueteando con su collar. No dejaba de pellizcar el anillo de oro de la universidad, que colgaba entre las cuentas. Se me ocurrió que el anillo probablemente era de su padre. Me pregunté por qué lo llevaba si lo odiaba tanto.
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-Esa es una buena observación. -Felicitó Poseidón.
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—No le importo —dijo—. Su mujer, mi madrastra, me trataba como a un monstruo. No me dejaba jugar con sus hijos. A mi padre le parecía bien. Cada vez que pasaba algo peligroso (lo típico, que llegaban los monstruos), los dos me miraban con resentimiento, como diciéndome: «¿Cómo te atreves a poner en peligro a nuestra familia?» Al final lo entendí: no me querían. Así que me escapé.
*-x-*
Hestia estaba conmocionada. Si por ella fuera, criaría a todos los semidioses en el Olimpo. Adoraba a los niños.
-Eso es horrible. -Dijo Silena.
Malcolm prefirió quedarse en silencio.
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—¿Cuántos años tenías?
—Los mismos que cuando entré en el campamento. Siete.
—Pero… no podías llegar solo hasta la colina Mestiza.
—No, solo no. Atenea me vigilaba, me guió hasta conseguir ayuda. Hice un par de amigos inesperados que cuidaron de mí, al menos durante un tiempo.
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Madre e Hijo se sonrieron.
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Quería preguntar qué había ocurrido, pero Malcolm parecía absorto en sus recuerdos. Así que escuché los ronquidos de Grover y miré por la ventanilla del tren, mientras los campos oscuros de Ohio pasaban a toda velocidad.
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-Una buena orquesta sinfónica son esos ronquidos. -Rió Luke para destensar el ambiente.
Grover le tiró su gorra.
Luke rió más fuerte y le lanzó la gorra de vuelta.
*-x-*
Hacia el final de nuestro segundo día en el tren, el 13 de junio, ocho días antes del solsticio de verano, cruzamos unas colinas doradas y el río Mississipi hasta San Luis.
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Percy se acordó de cuando tuvo aquella pelea con Equidna y Quimera. Seguro que eso no le haría gracia a su padre.
*-x-*
Malcolm estiró el cuello para ver el famoso arco, el Gateway Arch, que a mí me pareció una enorme asa de bolsa de la compra en medio de la ciudad.
*-x-*
El hijo de Atenea le pegó un fuerte puñetazo en el brazo a su novio.
-Vente conmigo Percy. Yo no te pegaré. Te daré cariño. -Se insinuó el dios del sol.
El hijo de Poseidón por molestar a su pareja, se sentó cerca de Apolo.
-¿Pero qué…? -Se indignó Malcolm.
El dios rubio sujetó a Percy de la mano e hizo que se levantara para después acomodarlo en su trono.
Le pasó el brazo por la cintura y apoyó la barbilla en la cabeza del semidiós.
-Tranquilo Perseus. No vas a quemarte. -Susurró el dios.
A Percy nunca le había gustado que nadie le llamara Perseus. Pero la manera como Apolo había pronunciado su nombre… Como si lo paladeara, como si probara cada sílaba, cada letra… Con un toque sensual y seductor…
Decidió prestar atención a la lectura porque él tenía novio y un dios del sol con aires de grandeza no podía hacerle sentir esas cosas. Se negaba en rotundo.
*-x-*
—Quiero hacer eso —suspiró.
—¿El qué? —pregunté.
—Construir algo como eso. ¿Has visto alguna vez el Partenón, Percy?
*-x-*
-Seguro que no sabe lo que es. -Refunfuñó Hera solo por molestar.
*-x-*
—Sólo en fotos.
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Poseidón sonrió burlón a su hermana que echaba chispas.
*-x-*
—Algún día iré a verlo en persona. Voy a construir el mayor monumento a los dioses que se haya hecho nunca. Algo que dure mil años.
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Atenea sonrió.
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Me reí.
*-x-*
Thalia le lanzó una descarga pero no le dio porque Apolo lo impidió.
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—¿Tú? ¿Arquitecto?
*-x-*
Malcolm miraba a Percy como si quisiera atravesarlo con su cuchillo.
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—No sé por qué, la idea de un Malcolm quietecito y dibujando todo el día me hizo gracia.
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Atenea dejó un segundo de leer para poder dedicarle una de sus peores miradas al hijo del barba percebe.
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Se ruborizó.
—Sí, arquitecto. Atenea espera de sus hijos que creen cosas, no sólo que las rompan, como cierto dios de los terremotos que me sé muy bien.
*-x-*
-Esto es un terremoto. Rubio de pega. -Dijo Poseidón enfadado.
Y el suelo donde estaba Malcolm comenzó a temblar violentamente.
*-x-*
Observé los remolinos en el agua marrón del Mississipi.
—Perdona —dijo Malcolm—. Eso ha sido una maldad.
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El dios del mar dejó que el terremoto se detuviera.
Percy quería acercarse a su chico, pero Apolo se lo impedía.
*-x-*
—¿No podríamos colaborar un poquito? —propuse—. Quiero decir… ¿es que Atenea y Poseidón nunca han cooperado?
Malcolm tuvo que pensarlo.
*-x-*
El dios del mar y la diosa de la sabiduría se miraron con rabia.
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—Supongo que… en el tema del carro —dijo, vacilante—. Lo inventó mi madre, pero Poseidón creó los caballos con las crestas de las olas. Así que tuvieron que trabajar juntos para completarlo.
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-Es uno de los animales más bonitos del mundo. -Comentó Percy.
Poseidón estuvo de acuerdo con él.
Blake ladró molesto.
-Tú también eres precioso. -Dijo Lee acariciándole las orejas.
*-x-*
—Entonces también podemos hacerlo nosotros, ¿no?
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-Hacen varias cosas juntos. -Dijo Afrodita meneando las cejas.
Percy se ruborizó al igual que su novio.
*-x-*
Llegamos a la ciudad, Malcolm seguía mirando el arco mientras desaparecía detrás de un edificio.
—Supongo —dijo al final.
*-x-*
-Buen chico. -Dijo Poseidón.
-No soy un perro.
Blake ladró.
-Dice que hace falta tener clase para ser un perro, y tú no la tienes. -Tradujo Hades.
Malcolm miró enfadado al golden.
*-x-*
Entramos en la estación Amtrak del centro de la ciudad. La megafonía nos indicó que había tres horas de espera antes de partir hacia Denver.
Grover se estiró. Antes de despertarse por completo, dijo:
—Comida.
*-x-*
-Frase típica de Grover. -Rió Luke.
El sátiro le lanzó un zapato.
-¿Por qué a mí es al único que le lanzas cosas? -Se quejó el hijo de Hermes.
-¿Y por qué no?
Luke le lanzó el zapato de vuelta.
*-x-*
—Venga, chico cabra —dijo Malcolm—. Vamos a hacer turismo cultural.
*-x-*
-Horriiiibleee. -Se quejó Hermes.
Atenea le miró mal.
*-x-*
—¿Turismo?
—El Gateway Arch. Puede que sea mi única oportunidad de subir. ¿Venís o no?
*-x-*
-No me apunto. -Dijo Apolo.
*-x-*
Grover y yo intercambiamos miradas.
Yo quería decir que no, pero supuse que si Malcolm pensaba ir de todos modos, no podíamos dejarle solo tan tranquilamente.
*-x-*
El hijo de Atenea miró mal a su novio que seguía en los brazos de Apolo.
Eso le cabreó aún más.
*-x-*
Grover se encogió de hombros.
—Si hay un bar sin monstruos, vale.
*-x-*
-¿A que se encuentran algún monstruo? -Aventuró Charles.
-Seguramente. -Comentó Chris.
*-x-*
El arco estaba a un kilómetro y medio de la estación. A última hora, las colas para entrar no eran tan largas. Nos abrimos paso por el museo subterráneo, vimos vagones cubiertos y otras antiguallas del mil ochocientos. No era muy emocionante, pero Malcolm no dejó de contarnos cosas interesantes de cómo se había construido el arco, y Grover no dejó de pasarme gominolas, así que tampoco me aburrí.
*-x-*
-Menos mal que teníais gominolas. -Suspiró Hermes.
Atenea murmuró algo sobre gente inepta que no sabía apreciar el arte y siguió leyendo.
*-x-*
No obstante, no dejé de mirar alrededor, a las demás personas de la fila.
—¿Hueles algo? —le susurré a Grover.
Sacó la nariz de la bolsa de gominolas lo suficiente para inspirar.
—Estamos bajo tierra —dijo con cara de asco—. El aire bajo tierra siempre huele a monstruos. Probablemente no signifique nada.
*-x-*
-Seguro que hay monstruos. -Dijo Michael.
*-x-*
Pero yo tenía un mal presentimiento, la impresión de que no deberíamos estar allí.
*-x-*
-Esos presentimientos de Percy, rara vez son solo presentimientos. Casi siempre tiene razón. -Dijo Thalia.
A Poseidón no le gustaron nada esas palabras.
*-x-*
—Chicos —les dije—, ¿sabéis los símbolos de poder de los dioses?
Malcolm estaba intentando leer la historia del arco, pero levantó la vista.
—¿Sí?
—Bueno, Hade… —Grover se aclaró la garganta—. Estamos en un lugar público… ¿Te refieres a nuestro amigo de abajo?
*-x-*
-Jajajajjaaja. Nuestro amigo de abajo. -Rió Apolo.
Hades le miró como si fuera un bicho molesto.
*-x-*
—Esto… sí, claro —contesté—. Nuestro amigo de muy abajo. ¿No tiene un gorro como el de Malcolm?
*-x-*
-¡No compares mi yelmo con su cutre gorra! -Se enfadó el dios del inframundo.
*-x-*
—¿El yelmo de oscuridad? —dijo él—. Sí, ése es su símbolo de poder. Lo vi junto a su asiento durante el concilio del solsticio de invierno.
—¿Estaba allí? —pregunté.
Asintió.
—Es el único momento en que se le permite visitar el Olimpo: el día más oscuro del año.
*-x-*
Los dioses evitaron mirar a Hades.
El dios estaba sentado en un sillón que él había transformado en una imitación pobre del trono que tenía en el inframundo.
*-x-*
Pero si lo que he oído es cierto, su casco es mucho más poderoso que mi gorra de invisibilidad.
*-x-*
-Claro que es más poderoso. Eres un rubio relamido bastante ignorante para ser hijo de la cerebro lechuza.
Atenea le miró enfadada pero Hades pasó de ella.
*-x-*
—Le permite convertirse en oscuridad —confirmó Grover—. Puede fundirse con las sombras o atravesar paredes. No se le puede tocar, ver u oír. Y es capaz de irradiar un miedo tan intenso que puede volverte loco o paralizarte el corazón. ¿Por qué crees que todas las criaturas racionales temen la oscuridad?
*-x-*
-Se cree que es divertido venir por detrás de ti y gritar: ¡Buuu! -Gruñó Apolo.
-Nico hace lo mismo. -Apostilló Percy. -Solo que él se ríe de manera siniestra mientras te deja en total oscuridad.
-Los ciegos no temen la oscuridad. -Dijo Luke.
-Porque no ven idiota. -Comentó Thalia.
*-x-*
—Pero entonces… ¿cómo sabemos que no está aquí justo ahora, vigilándonos? —pregunté.
*-x-*
-Pfff. -Tonterías.
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Malcolm y Grover intercambiaron sendas miradas.
—No lo sabemos —repuso Grover.
—Gracias, eso me hace sentir mucho mejor —respondí—. ¿Te quedan gominolas azules?
*-x-*
-Quiero chuches azules. -Dijo Percy.
Apolo chasqueó los dedos e hizo aparecer en el regazo del semidiós una bolsa llena de todo tipo de golosinas de color azul.
Percy le sonrió.
Los demás miraron envidiosos al hijo de Poseidón.
Percy no hizo caso de las miradas y se comenzó a comer sus chucherías.
*-x-*
Casi había conseguido dominar mis frágiles nervios cuando vi el curioso ascensor que iba a llevarnos hasta la cima del arco y supe que tendría problemas. No soporto los lugares cerrados. Me vuelven loco.
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-Es que al mar no le gusta que lo contengan. -Dijo Poseidón.
*-x-*
Nos apretujaron en una de las cabinas, junto a una señora gorda y su perro, un chihuahua con collar de estrás. Supuse que debía de ser un chihuahua lazarillo, porque ningún guardia le dijo nada a la señora.
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-No existen los chihuahuas lazarillos. -Comentó Apolo.
-¿Y qué perros son los que sirven de lazarillos? -Se interesó Ethan.
-El labrador retriever, el golden retriever, el pastor alemán y el flat. -Contestó Lee.
-¿Y eso cómo lo sabes? -Interrogó Malcolm.
-Porque en la universidad tengo un amigo ciego que se llama Ryan que estudia psicología y él me lo ha dicho. Tiene un labrador que se llama Marauder. Es totalmente negro con los ojos marrones.
-Me gusta el nombre. -Dijo Ethan.
Todos sonrieron.
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Empezamos a subir por el interior del arco. Nunca había estado en un ascensor curvo, y a mi estómago no le entusiasmó la experiencia.
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-Quiero subir en uno de esos. -Dijo Chris.
-Yo no. -Refunfuñó Thalia.
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—¿No tenéis padres? —preguntó la gorda.
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-Esa no es manera de describir a una dama.
-Lo siento lady Hestia.
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Tenía ojos negros y brillantes; dientes puntiagudos y manchados de café; llevaba un sombrero tejano de ala flácida, y un vestido que le sacaba tantos michelines que parecía un zepelín vaquero.
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Poseidón intentó aguantar la risa porque sabía que Hestia se enfadaría si se reía, pero finalmente no pudo más y se rió a carcajadas.
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—Se han quedado abajo —respondió Malcolm—. Les asustan las alturas.
—Oh, pobrecillos.
El chihuahua gruñó y la mujer le dijo:
—Venga, hijito, ahora compórtate.
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-Esos perros tienen mala leche. -Dijo Michael.
-Ya sé como llamarte entonces. -Dijo Clarisse. -Porque eres enano y tienes mala ostia… Te llamaré chihuahua.
Una flecha arañó el brazo de la hija de Ares.
Lee la miraba como si quisiera estamparla contra un cristal.
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—El perro tenía los mismos ojos brillantes de su dueña, inteligentes y malvados.
—¿Se llama Igito? —pregunté.
—No —contestó la señora y sonrió, como si eso lo aclarara todo.
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-¿Monstruos? -Interrogó Hefesto.
-Probablemente. -Contestó Hades.
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Encima del arco, la plataforma de observación me recordó a una lata de refresco enmoquetada.
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Malcolm fulminó a su novio con la mirada.
Éste comía golosinas sin prestar atención.
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Filas de pequeñas ventanitas daban a la ciudad por un lado y al río por el otro. La vista no estaba mal, pero si hay algo que me guste menos que un espacio reducido, es un espacio reducido a ciento ochenta metros de altura. No tardé en sentirme mal.
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A Poseidón también se le revolvieron las tripas.
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Malcolm no dejó de hablar de los soportes estructurales, y de que él habría hecho más grandes las ventanas y el suelo transparente.
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-Entonces si que no hubiera subido. -Dijo Percy.
-Yo tampoco. -Secundó Thalia en voz baja.
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Probablemente habría podido quedarse horas allí arriba, pero, por suerte para mí, el guarda anunció que la plataforma de observación cerraría en pocos minutos.
Conduje a Grover y Malcolm hacia la salida, los hice subir a una cabina del ascensor y, cuando estaba a punto de entrar yo también, reparé en que ya había dos turistas dentro. No quedaba espacio para mí.
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-Eso no me gusta. -Murmuró Castor.
Su hermano asintió de acuerdo con él.
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—Siguiente coche, señor —dijo el guarda.
—¿Bajamos y esperamos contigo? —dijo Malcolm.
Pero eso iba a ser un lío y tardaríamos aún más tiempo, así que dije:
—No, no pasa nada. Nos vemos abajo, chicos.
Grover y Malcolm parecían algo nerviosos, pero dejaron que la puerta se cerrara. Su cabina
desapareció por la rampa.
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-No sé por qué, pero creo que no deberías haberte quedado solo. -Dijo Poseidón.
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En la plataforma sólo quedábamos yo, un crío con sus padres, el guarda y la gorda del chihuahua. Le sonreí incómodo y ella me devolvió la sonrisa y se pasó la lengua bífida por los dientes.
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-¿Lengua bífida? -Inquirió May.
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Un momento.
¿Lengua bífida?
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-Incluso tu madre se ha pasado al bando Percyniano. -Dijo Thalia horrorizada.
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Antes de que pudiese decidir que efectivamente había visto eso, el chihuahua saltó hacia mí y empezó a ladrarme.
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-Vaya con el chucho. -Dijo Bianca.
Blake ladró.
-Dice que los chuchos, son aquellos perros que no tienen raza. Es decir, aquellos que son mezclados. -Tradujo Grover.
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—Bueno, bueno, hijito —dijo la señora—. ¿Te parece éste un buen momento? Tenemos delante a esta gente tan amable.
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-Me están dando náuseas. -Dijo Tommy.
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—¡Perrito! —dijo el niño pequeño—. ¡Mira, un perrito!
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-Qué mono el crío. -Dijo Silena.
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Sus padres lo apartaron.
El chihuahua me enseñó los dientes y de su hocico negro empezó a salir espuma.
—Bueno, hijo —susurró la gorda—. Si insistes.
El estómago se me congeló.
—Oiga, perdone, ¿acaba de llamar hijo a este chihuahua?
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-Mucha gente llama así a sus perros. -Dijo Charles.
-Como cuando yo llamo "Pequeña" a la señorita O'Leary. -Dijo Percy.
Ambos semidioses rieron.
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—Quimera, querido —me corrigió la gorda—. No es un chihuahua. Es fácil confundirlos.
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-Facilísimo. -Dijo Thalia sarcástica.
-¿Quimera? -Inquirió Poseidón. -¿He oído bien?
Atenea decidió seguir leyendo.
Hera quería que se acabase ya la dichosa lectura.
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Se remangó las mangas vaqueras y reveló una piel azulada y escamosa. Cuando sonrió, sus dientes eran colmillos. Las pupilas de sus ojos eran rajitas como de reptil.
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El dios del mar respiraba agitadamente.
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El chihuahua ladró más alto, y con cada ladrido crecía. Primero hasta adoptar el tamaño de un dóberman, después hasta el de un león. Entonces el ladrido se convirtió en rugido.
El niño pequeño gritó. Sus padres lo arrastraron hacia la salida, detrás del guarda, que se quedó atónito, mirando al monstruo con la boca abierta.
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-¡Zeus! -Gritó Poseidón con los ojos abiertos como platos.
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Quimera era ahora tan alta que tenía la peluda espalda pegada al techo. La melena de la cabeza de león estaba cubierta de sangre seca, el cuerpo y las pezuñas eran de cabra gigante, y por cola tenía una serpiente, tres metros de cola de cascabel. El collar de estrás aún le colgaba del cuello, y la medalla para perros del tamaño de una matrícula era fácilmente legible: «Quimera: tiene la rabia, escupe fuego, es venenoso. Si lo encuentran, por favor, llamen al Tártaro, extensión 954.»
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El dios del mar estaba tan cabreado que no podía ni hablar.
Eran pocas las veces que habían visto así al dios.
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Reparé en que ni siquiera había destapado el bolígrafo. Tenía las manos entumecidas. Estaba a tres metros de las fauces sangrientas de Quimera y sabía que, en cuanto me moviera, la criatura se abalanzaría sobre mí.
La señora serpiente dejó escapar un silbido que bien podría haber sido una risa.
—Siéntete honrado, Percy Jackson. El señor Zeus rara vez me permite probar un héroe con uno de los de mi estirpe. ¡Pues yo soy la madre de los monstruos, la terrible Equidna!
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Poseidón se levantó tan súbitamente, que si no fuera porque Lee tenía reflejos rápidos, se habría caído al suelo de boca.
-¡Voy a matarte! ¿Cómo te has atrevido?
-Eso no ha pasado todavía. -Intentó justificarse el otro dios.
-¡No me importa!
Poseidón sacó a su hermano del salón de los tronos arrastrándole por el pelo.
-Tardarán en volver. -Dijo Hera mirando a Lee con una sonrisa maliciosa.
-Van a discutir durante bastante tiempo, se pegarán y finalmente, acabarán en la cama teniendo sexo salvaje. -Comentó Afrodita.
Lee decidió sentarse cerca de su hermano.
Durante media hora, temblores, sacudidas y mucho ruido se sintieron en el salón de los tronos.
Más tarde, cuando había pasado una hora más, ambos hermanos entraron en la sala algo magullados y si te fijabas bien, tenían una pequeña sonrisa de satisfacción.
Se sentaron cada uno en sus tronos.
Lee no sabía si acercarse o no. Prefirió quedarse donde estaba y que fuese Poseidón el que le pidiese que se acercara.
Un rato más tarde, Atenea continuó leyendo.
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Me quedé mirándola y sólo atiné a decir:
—¿Eso no es una especie de oso hormiguero?
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A pesar de todo, Poseidón tuvo que reírse al igual que todos los demás.
Y es que las ocurrencias de Percy en los momentos más críticos, eran increíbles.
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Aulló y su rostro ofidio se volvió marrón verdoso de la rabia.
—¡Detesto que la gente diga eso! ¡Odio Australia! Mira que llamar a ese ridículo animal como yo. Por eso, Percy Jackson, ¡mi hijo va a destruirte!
Quimera cargó, sus dientes de león rechinando. Conseguí saltar a un lado y evitar el mordisco. Acabé junto a la familia y el guarda, todos gritando e intentando abrir las puertas de emergencia.
No podía consentir que les hiciera daño.
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Artemisa miró impresionada al hijo de su tío.
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Destapé la espada, corrí al otro lado de la plataforma y grité:
—¡Ey, chihuahua!
Quimera se volvió con insólita rapidez y, antes de que mi espada estuviese dispuesta, abrió su pestilente boca y me lanzó directamente un chorro de fuego. Logré arrojarme a un lado y la moqueta se incendió, desprendiendo un calor tan intenso que casi me deja sin cejas. Por detrás de donde me encontraba un instante antes, en uno de los lados del arco había ahora un boquete. Se veía el metal fundido por los bordes. «Fantástico —pensé—. Acabamos de cargarnos un monumento nacional.»
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Los semidioses reían y soltaron más carcajadas al ver la cara de Atenea contorsionada por la ira.
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Anaklusmos ya estaba preparada y cuando Quimera se dio la vuelta, le lancé un mandoble al cuello. Ese fue mi error: la hoja chisporroteó contra el collar de perro y la inercia del impulso me desequilibró.
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El dios del mar hacía girar su tridente de manera imposiblemente rápida.
Los que estaban más cerca del dios, se apartaron disimuladamente.
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Intenté recuperarme al tiempo que me defendía de la fiera boca de león, pero descuidé por completo la cola de serpiente, que se sacudió y me hincó los colmillos en la pantorrilla.
Sentí la pierna entera arder. Intenté clavarle la espada en la boca, pero la cola se revolvió y me hizo trastabillar. La espada se me escurrió entre las manos y cayó por el boquete a las aguas del Mississipi.
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Poseidón sabía que Percy estaba bien, pero no podía evitar estar más rígido que una tabla.
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Conseguí ponerme en pie, pero sabía que había perdido. Estaba desarmado. Sentía el veneno mortal subiéndome hacia el pecho. Recordé que Quirón había dicho que la espada siempre regresaría a mí, pero no había bolígrafo alguno en mi bolsillo. Quizá había ido a parar demasiado lejos, o tal vez sólo regresaba en forma de bolígrafo. No lo sabía, y tampoco iba a vivir lo suficiente para averiguarlo.
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-Salta al río. -Susurró el dios del mar.
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Retrocedí hacia el muro y Quimera avanzó, gruñendo y exhalando vaho por su asquerosa boca. La serpiente, Equidna, se carcajeó.
—Ya no hacen héroes como los de antes, ¿eh, hijo?
El monstruo gruñó. No parecía tener prisa por acabar conmigo, ahora que me había vencido.
Miré al guarda y a la familia. El chavalín se escondía tras las piernas de su padre. Tenía que proteger a aquella gente. No podía morir sin más.
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-¡Mierda Jackson! Incluso a punto de morir tienes que proteger a los demás. -Espetó Ares.
El dios de la guerra estaba sentado al borde de su trono muy atento a la lectura.
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Intenté pensar, pero me dolía todo el cuerpo y la cabeza me daba vueltas. Me enfrentaba a un monstruo enorme que escupía fuego y a su madre, y tenía miedo.
No podía huir, así que me acerqué al borde del boquete y miré. Allá abajo, el río brillaba. Si moría, ¿se marcharían los monstruos? ¿Dejarían en paz a los humanos?
—Si eres hijo de Poseidón —silbó Equidna—, no debes tener miedo al agua. Salta, Percy Jackson.
Demuéstrame que el agua no te hará daño. Salta y recupera tu espada. Demuestra tu linaje.
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-¡Salta joder! -Chilló Poseidón con la cara entre las manos.
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Sí, vale, pensé. En alguna parte había leído que saltar al agua desde dos pisos de altura es como saltar sobre asfalto sólido. Desde allí, el impacto me espachurraría.
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-Al ser hijo del dios del mar, no te dolerá caer al agua desde esa altura. -Comentó Hades.
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La boca de Quimera empezó a ponerse incandescente, calentándose antes de soltar otra vaharada de fuego.
—No tienes fe —me retó Equidna—. No confías en los dioses. Pero no puedo culparte, pequeño cobarde. Los dioses son desleales. Será mejor para ti morir ahora. El veneno ya está en tu corazón.
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-¡Salta Percy!
Nadie quiso decirle al dios que estaba hablando con un libro.
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Tenía razón: estaba muriendo. Mi respiración se ralentizaba. Nadie podía salvarme, ni siquiera los dioses. Retrocedí y miré hacia abajo, al agua. Recordé la cálida sonrisa de mi padre cuando yo era un bebé. Tenía que haberme visto. Seguramente me visitó cuando yo estaba en la cuna.
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Zeus miró mal a su hermano pero no dijo nada.
Había tenido una de las mejores sesiones de sexo de su existencia.
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Recordé el tridente verde que se había formado encima de mi cabeza la noche de la captura de la bandera, cuando Poseidón me reclamó como su hijo.
Pero aquello no era el mar. Era el Mississipi, en el centro de Estados Unidos de América.
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-Cualquier superficie acuática servirá. -Dijo el dios del mar aún respirando con dificultad.
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No había ningún dios del mar.
—¡Muere, descreído! —rugió Equidna, y Quimera me lanzó un chorro de llamas a la cara.
—Padre, ayúdame —recé.
Me volví y salté al vacío. Mi ropa estaba ardiendo, el veneno recorría mis venas y estaba cayendo al río.
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-Seguro que te ayudo. -Dijo Poseidón.
Percy sonrió.
-Ya ha acabado el capítulo. -Dijo Atenea.
-¿Vienes aquí conmigo Lee? -Cuestionó el dios del mar algo dudoso.
El hijo de Apolo no tardó en acudir a su lado.
Poseidón le abrazó con fuerza y le besó.
Lee le pasó los dedos por la cara y le curó los golpes.
-¿Eso de ahí es un mordisco? -Inquirió el joven mirando una marca en el cuello del dios.
El mayor se sonrojó.
Lee se acercó con lentitud y lamió la marca que Zeus le había hecho durante su encuentro.
Un suave gemido se escapó de los labios de Poseidón.
Lee sonrió y besó al dios en los labios.
-¡Iros a un hotel! -Chilló Percy horrorizado.
-No mires. -Respondió el hijo de Apolo.
-¡Quiero más acción en los libros! -Se quejó Ares.
-Yo no. -Dijo el creador de los caballos.
-¿Quién quiere leer? -Interrogó Atenea.
-Yo leeré. -Dijo Deméter.
La diosa de la agricultura levitó el libro hacia ella.
Pero antes de que pudiese empezar a leer, una luz rosa bañó la sala.
-¿Quién será esta vez? -Preguntó Clarisse.
-A saber. -Contestó Chris.
-¿Faltan muchas personas por llegar? -Se quejó Hera.
-Las que hagan falta. -Espetó Hades harto.
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