La historia ni los personajes me pertenecen, la historia es de David Levithan y los personajes son de Stephenie Meyer.
Día 6006
Suena el teléfono. Lo cojo pensando que es Isabella. Aunque sé que no es posible. Miro el nombre que sale en la pantalla: «Austin». Mi novio.
— ¿Hola?
— ¡Hugo! ¡Llamo para despertarte! ¡Ya son las nueve! ¡Estaré ahí en una hora! ¡Ponte linda!
—Como tú digas —murmuro.
Tengo que hacer muchas cosas en una hora. Primero, toca levantarse, como es habitual; ducharse y vestirse. En la cocina, oigo a mis padres hablando a voz en cuello en un idioma que no conozco.
Parece portugués o algo así. Los idiomas extranjeros me ponen de los nervios porque, aunque tengo nociones básicas de unos pocos, no puedo acceder a la memoria de la persona suficientemente rápido como para hablarlos de manera fluida. Accedo a los recuerdos de Hugo y veo que sus padres son de
Brasil. Pero eso no me sirve para entenderlos. Así que me mantengo alejado de la cocina.
Austin va a recoger a Hugo para ir al desfile del Orgullo Gay de Annapolis. Dos de sus amigos, William y Nicolas, irán con ellos. Hugo lo tiene marcado en el calendario y en la mente.
Tengo la suerte de que Hugo tenga un portátil en la habitación. Como es fin de semana y la biblioteca del colegio está cerrada, voy a tener que arriesgarme a consultar aquí mi correo electrónico.
Entro en mi cuenta y veo que Isabella me ha enviado un mensaje hace diez minutos escasos:
E,
Espero que lo de ayer fuera bien. Acabo de llamar a su casa y no había nadie. ¿Crees que habrán ido a pedir ayuda? Quiero pensar que sí.
Por cierto, consulta este enlace. La cosa se está saliendo de madre.
¿Dónde estás hoy?
I.
Pincho el enlace que me envía debajo de su inicial y me lleva a la página de inicio de un periódico de Baltimore. El titular brama:
¡EL DIABLO ESTÁ ENTRE NOSOTROS!
Es la historia de Nathan, pero ya no es solo la suya. Esta vez, hay otras cinco o seis personas de la zona que aseguran que les ha poseído el diablo. Para mi consuelo, ninguna de ellas —excepto Nathan — me resulta familiar. Todas son mayores que yo. Además, la mayoría dice que fueron poseídas mucho más tiempo que un solo día.
Pensaba que la periodista se habría mostrado más escéptica, pero se lo traga todo sin poner ni un filtro. Llega incluso a enlazar el tema con otras historias de posesiones demoniacas: personas que están en el corredor de la muerte y que afirman que actuaron influenciadas por fuerzas satánicas; políticos y predicadores a los que pillaron en situaciones comprometidas y que dijeron que habían sentido en su interior algo muy extraño que les guiaba. Muy conveniente, vaya.
Busco nuevamente a Nathan en un motor de búsqueda y encuentro más artículos. Por lo que parece, la historia se está extendiendo (y no solo en blogs y periódicos online, sino entre la comunidad evangélica).
En cada artículo que leo se cita a la misma persona que, en esencia, dice lo mismo cada vez:
«No tengo duda de que se trata de casos de posesiones demoniacas», dice el reverendo Anderson Poole, consejero de Daldry. «Son ejemplos clásicos. Si algo tiene el diablo es su predictibilidad. Estas posesiones no deberían sorprendernos. Nuestra sociedad le ha dejado la puerta abierta, ¿por qué no iba a entrar?».
La gente empieza a creérselo. Los artículos y los comentarios en los blogs son legión (todos ellos de gente que ve al diablo en todo, claro está).
Aunque sé que no debería hacerlo, le envió un mensaje a Nathan:
No soy el diablo.
Pincho el icono de «Enviar», pero no me siento mejor.
Le escribo un mensaje a Isabella y le cuento qué tal me fue con el padre de Kelsea. También le digo que voy a pasar el día en Annapolis y le describo la camiseta que llevo y cómo soy hoy.
Oigo un bocinazo en la calle y veo un coche que debe de ser el de Austin. Paso a todo correr por la cocina y me despido rápidamente de los padres de Hugo. Luego, subo al coche —el chico que iba en el asiento del copiloto (William) pasa atrás con el otro chico (Nicolas) para que me siente junto a mi novio—. En cuanto a Austin, mira lo que llevo puesto y chista.
— ¿Vas a llevar eso al Orgullo? —pero está de broma. Creo.
No paramos de hablar durante todo el viaje, pero no llego a integrarme del todo en la conversación. Tengo la cabeza en otro sitio.
No debería haberle enviado ese correo electrónico a Nathan. Aunque es una sola línea… admite demasiadas cosas.
En cuanto llegamos a Annapolis, Austin se encuentra como pez en el agua. No para de decir: « ¡No me digas que no es divertido!». William, Nicolas y yo asentimos. En realidad, el Orgullo de Annapolis no es gran cosa; de hecho, en muchos aspectos, parece como si la Marina se hubiese llenado de gays y lesbianas durante un día y que un montón de gente extraña y variopinta hubiera venido a jalearles.
Además, hace muy buen tiempo, lo que hace que, aparentemente, la gente esté aún más animada.
Austin me coge de la mano y la agita como si caminásemos por el camino de baldosas amarillas. En una situación normal, me encantaría que lo hiciera. Tiene todo el derecho del mundo a sentirse orgulloso y a disfrutar de este día. No es culpa suya que yo esté distraído.
Y es que estoy buscando a Isabella entre la multitud. No puedo evitarlo. Y, de vez en cuando, Austin me pilla.
— ¿Has visto a algún conocido?
—No —es la verdad.
No está aquí. No ha venido. Y me siento como un idiota por esperar que lo hiciera. No va a dejar de lado su vida cada vez que estoy disponible. Su día no es menos importante que el mío.
Llegamos a una esquina en la que hay algunas personas protestando por el desfile. No lo entiendo.
Es como protestar porque haya gente pelirroja. Por lo que yo sé, el deseo es el deseo; el amor es el amor. Nunca me he enamorado de un género, sino de un individuo. Sé que a la gente le cuesta entenderlo, pero no sé por qué, cuando es tan obvio.
Recuerdo las dudas que sentía Isabella al besarme cuando era Kelsea y espero que no fuera esa la razón. En aquel momento, había muchas otras razones.
Me llama la atención el cartel de una de las personas que protesta: «La homosexualidad es obra del diablo». Una vez más, vuelvo a pensar en que la gente usa al diablo para justificar todas esas cosas que teme. La causa y el efecto es lo que importa. El diablo no obliga a nadie a hacer nada.
Sencillamente, la gente hace cosas y, después, culpa al diablo por ellas.
Es predecible: Austin se para delante de los manifestantes para besarme. Intento corresponderle.
Ideológicamente, estoy con él… pero no estoy dentro del beso. No puedo crear esa intensidad. Y él lo nota. No dice nada, pero lo nota.
Quiero consultar mi cuenta de correo electrónico en el teléfono de Hugo, pero Austin no me quita ojo.
Cuando William y Nicolas dicen que van a ir a por algo de comer, Austin les dice que él y yo vamos a ir a nuestro aire un ratito.
Asumo que nosotros también vamos a comer; pero no, me lleva a una tienda de ropa de moda y se tira toda una hora probándose prendas. Yo le doy mi opinión mientras espero fuera. En un momento dado, tira de mí hacia el probador y me roba unos besos. Le correspondo pero, al mismo tiempo, no dejo de pensar que si estamos aquí dentro, Isabella no va a encontrarme.
Mientras Austin me pregunta si los pantalones pitillo son suficientemente pitillo, yo pienso en qué estará haciendo Kelsea en este momento. ¿Se habrá quitado un peso de encima y lo estará superando o estará desafiante y negará que haya pedido ayuda? Imagino a Tom y a James en la sala, jugando a videojuegos, sin sensación alguna de que haya pasado nada raro esta semana. Pienso en Roger Wilson que, esta noche, dejará preparada la ropa para ir a la iglesia mañana por la mañana.
— ¿Qué te parece?
—Te quedan genial.
—Pero si ni siquiera has mirado.
No puedo negarlo. Tiene razón. No he mirado.
Le miro ahora. He de prestar más atención.
—Me gustan.
—Pues a mí no —y entra de golpe en el probador.
No he sido un buen huésped en la vida de Hugo. Accedo a sus recuerdos y descubro que Austin y él se hicieron novios en esta celebración, hace un año, este mismo fin de semana. Hace algo más que eran amigos, pero nunca habían hablado de lo que sentían. Ambos tenían miedo de estropear su amistad; pero, no obstante, ese cuidado torpe, no estaba contribuyendo en nada a mantenerla. Así que, un día, cuando dos hombres de veintitantos pasaron por delante de ellos cogidos de la mano, Austin dijo:
—Oye, podríamos ser nosotros dentro de diez años.
Y Hugo dijo:
—O de diez meses.
Y Austin dijo:
—O de diez días.
Y Hugo dijo:
—O de diez minutos.
Y Austin dijo:
—O de diez segundos.
Entonces, contaron hasta diez y se cogieron de la mano y no se soltaron durante el resto del día.
Aquel fue el comienzo.
Y Hugo se habría acordado de ello.
Pero yo, no.
Austin percibe que hay algo que ha cambiado. Sale del probador sin ninguna prenda, me mira y toma una decisión:
—Vámonos, que no quiero mantener esta conversación en esta tienda.
Me lleva cerca del agua, lejos de las celebraciones, lejos de la gente. Encuentra un banco un tanto alejado y le sigo hasta allí. En cuanto nos sentamos, lo suelta todo de golpe.
—No has estado conmigo en todo el día. No escuchas lo que te digo. No dejas de mirar a tu alrededor en busca de otra persona. Y besarte es como besar a una piedra. ¡Y tenías que hacerlo justo hoy! Dijiste que le ibas a dar una oportunidad a la relación. Dijiste que ibas a intentar dejar de lado lo que quiera que te haya estado pasando estas dos últimas semanas. Dijiste… me aseguraste que no hay nadie más. O quizá lo haya soñado. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera, Hugo… ¡pero no puedo ser el único que camine hacia adelante! ¡No puedo ser yo el único que hable! ¡Imagino que se debe a que estoy cansado de poner la carne en el asador! ¡No soy tan flexible, joder!
—Austin, lo siento.
—Al menos, ¿me quieres?
No tengo ni idea de si Hugo le quiere o no. Si accediese a sus recuerdos, seguro que encontraría momentos en los que le quería y momentos en los que no. Pero no puedo responder a esa pregunta con seguridad. Me ha pillado.
—Mis sentimientos no han cambiado —respondo—. Es que hoy estoy un poco descentrado. No tiene nada que ver contigo.
— ¿Nuestro aniversario no tiene nada que ver conmigo? —y se ríe.
—No he dicho eso. Me refería a mi humor.
—No puedo hacerlo, Hugo —niega con la cabeza—; sabes que no puedo.
— ¿Estás rompiendo conmigo? —el miedo que lleva mi tono de voz es real. No puedo creer que les esté haciendo esto.
Austin nota el miedo, me mira y, quizá, vea algo que merece la pena mantener.
—No quiero que el día de hoy salga así. Y quiero pensar que tú tampoco —dice.
No creo que Hugo quisiera cortar con Austin hoy. Y si esa era su intención, siempre puede hacerlo mañana.
—Ven —le digo.
Austin se acerca a mí y yo me apoyo en su hombro. Nos quedamos así un rato, mirando los barcos de la bahía. Le cojo de la mano. Cuando le miro, está parpadeando para evitar que se le caigan las lágrimas.
Esta vez soy yo quien le besa y cargo el beso de intención. Cuando la siente, sé que puede interpretarla como «amor». Es mi agradecimiento por no haberle puesto fin a esto. Es mi agradecimiento por darle, al menos, un día más a Hugo.
Estamos fuera hasta tarde y soy un buen novio todo el rato. Me sumerjo en la vida de Hugo y bailo con Austin, William y Nicolas —y unos pocos cientos de gays y lesbianas más— cuando los de la organización ponen el In the navy de los Village People a todo volumen.
No dejo de buscar a Isabella, pero solo cuando Austin está distraído. Aunque, en un momento dado, desisto.
Cuando llego a casa, tengo un mensaje suyo:
E,
Perdona que no haya ido; tenía que hacer unas cosas.
Quizá mañana, ¿vale?
I.
Me pregunto qué «cosas» serán esas. Asumo que tienen que ver con Jacob porque, de lo contrario, me las habría contado. ¿No?
Estoy sopesando la situación cuando Austin me envía un mensaje de texto en el que dice que, al final, el día ha sido magnífico. Le contesto que yo también lo he pasado genial. Espero que Hugo lo recuerde así… porque, ahora, Austin tiene pruebas en caso de que lo niegue.
La madre de Hugo entra en la habitación y me dice algo en portugués. Solo entiendo la mitad.
—Estoy cansado —no le contesto en portugués—. Creo que me voy a la cama.
Creo que no he respondido a lo que me preguntaba, pero sacude la cabeza de lado a lado y vuelve a su habitación, al fin y al cabo, soy el típico adolescente poco comunicativo.
Decido consultar si Nathan me ha respondido antes de irme a la cama.
Lo ha hecho. Una sola palabra:
Demuéstralo.
