La cafetería del hotel se encontraba en el piso superior del edificio, y Ripper consiguió que les asignaran una mesa en un agradable rincón en el mirador de la terraza, alejados del bullicio del salón principal del comedor. El sol brillaba esplendoroso en un cielo completamente azul, con sólo unas nubes ligeras en el horizonte.
Billy apartó una silla que quedaba a la sombra para que Geese-sama se sentara ahí, y luego se quedó de pie a su lado, mientras los meseros servían el desayuno.
El joven recibió varias miradas curiosas de parte del personal de la cafetería, y supuso que su brazo herido y el cabestrillo llamaban la atención. A regañadientes, Billy agradeció que Ripper hubiese insistido en que debía hacer el esfuerzo de ponerse la camisa correctamente ahora que su herida estaba mejor. La lesión ya no era una excusa para que fuera por el hotel con el pecho expuesto.
Billy había comentado que a Geese-sama no le importaba cómo estaba vestido, pero Ripper no había querido escucharlo. El secretario había esperado con los brazos cruzados a que Billy se pusiera la camisa blanca lentamente, y luego lo había ayudado con los botones con ademanes severos.
Se suponía que un guardaespaldas no debía llamar más la atención que su jefe, le había recordado el secretario.
Pero, esa mañana, Billy no estaba haciendo un muy buen trabajo pasando desapercibido, pese a su adecuada vestimenta. El joven supuso que ir con una camisa sin corbata, jeans azules y altas botas de cuero con largos cordones entrecruzados no ayudaba. Se veía más como un joven huésped del hotel, y no como un empleado en horario laboral.
Como dándole la razón, los meseros comenzaron a hablarle en largas frases educadas en las que Billy sólo entendía la mitad de las palabras. Al notar su confusión, el personal empezó a hacer gestos, señalando la mesa y las sillas desocupadas, invitándolo a tomar asiento.
Billy intentó explicar que estaba bien de pie y que estaba trabajando, pero el mensaje no quedaba claro. Los meseros sonreían, asentían educadamente, y volvían a señalar las sillas.
—Será mejor que te sientes —comentó Geese cuando una joven apartó una silla para Billy por cuarta vez.
Billy obedeció, sabiendo que aquello continuaría toda la mañana si volvía a negarse.
El empresario bebió un sorbo de humeante café. El malhumor había amainado ligeramente.
Billy observó los platillos dispuestos sobre la mesa. Había panecillos, carnes frías, distintos tipos de quesos, mantequillas, mermeladas de variados frutos… pero ningún plato era exclusivamente japonés.
Al igual que la suite que les habían asignado, ese desayuno era tan occidental que resultaba un poco decepcionante.
Ocultando su opinión sobre el hotel, Billy dirigió la mirada hacia el paisaje. El hotel no era un rascacielos, pero ese piso era lo suficientemente alto para permitirle ver la extensión del distrito en el que se encontraban. Entre las edificaciones de baja altura se alzaba una llamativa pagoda de madera rojiza. Los bordes dorados de sus distintos niveles reflejaban la luz del sol.
Una camarera interrumpió sus pensamientos al inclinarse y ofrecerle café.
Billy miró a Geese y esperó que su jefe hiciera un gesto permisivo antes de aceptar el ofrecimiento de la joven.
Geese también hizo un ademán señalando la mesa, indicándole que podía desayunar con él.
Ripper se les unió unos minutos después. Traía un informe de los últimos acontecimientos en South Town y leyó los puntos más importantes en voz baja, procurando que las otras mesas no lo oyeran.
Los abogados de Howard Connection habían terminado de compensar a las familias de los guardias que habían fallecido. Los seguros habían sido pagados, y los cuerpos enterrados, sin que nadie pudiera hacerles autopsias. Un grupo de nuevos empleados había sido contratado a modo de reemplazo.
El rumor de un ataque intencional contra Geese Howard corría de boca en boca entre las bandas de criminales, pero ninguna había decidido actuar todavía. No había rastros de la agente de Addes ni de la tecnología que había usado.
Geese continuó bebiendo su café tranquilamente mientras Ripper comentaba que la ciudad aún no se había dado cuenta de su ausencia.
—Tienen tiempo —comentó Geese cuando el secretario terminó de leer el informe—. Será interesante.
Billy sonrió al oírlo y Geese notó su sonrisa y le dedicó una larga mirada.
Ripper se aclaró la garganta.
—Si no desea nada más, iré a asegurarme de que todo esté listo para la reunión de esta tarde, Geese-sama —dijo el secretario.
—Ah, el innecesario cambio en el itinerario… —murmuró Geese, mirando a sus empleados en lo que era un regaño sin palabras—. ¿Qué corresponde hacer hoy?
—Una visita a un anticuario —dijo Ripper.
Geese asintió, pensativo, mientras los meseros retiraban los platos semivacíos y dejaban delicadas copas de frutas en la mesa. Esta vez, Ripper fue quien acabó sentándose con ellos, después de que una joven señalara la silla que estaba vacía frente a él insistentemente.
Billy reprimió una leve risa al ver la mortificación del secretario. Ripper estaba menos acostumbrado que él a sentarse a la mesa con Geese-sama.
Comieron las frutas en un silencio incómodo. Billy sujetó la copa de cristal y la examinó, decepcionado otra vez. Sabía que no estaba en posición de criticar nada en un hotel que él no estaba pagando, pero había querido ver a Geese disfrutar de las costumbres orientales que tanto le gustaban. Sentía una profunda curiosidad por ver cómo su jefe se comportaría en un recinto tradicional real.
—¿Qué sucede, Billy? —preguntó Geese al verlo observar la copa con el ceño fruncido.
—Pensaba en lo occidental que es este hotel, Geese-sama.
—¿Qué esperabas?
—Pensé que dormiríamos en el suelo y comeríamos con palillos —confesó Billy con una sonrisa avergonzada.
Lo poco que conocía de ese país lo había aprendido de libros y revistas, y de programas de televisión. La afición de Geese le había proporcionado conocimientos adicionales, pero, en general, Billy sabía que su idea sobre Japón era bastante estereotipada.
Geese le dirigió una mirada medio desdeñosa y medio divertida.
—Iré a encargarme de los preparativos —anunció Ripper poniéndose de pie, incómodo al ver las miradas que Billy y su jefe estaban intercambiando, como si estuvieran comunicándose sin palabras.
El secretario hizo una inclinación y los dejó solos.
Billy observó a Ripper alejarse rápidamente. El comportamiento del secretario le pareció extraño, pero no comentó nada al respecto. Era agradable volver a estar a solas con Geese-sama.
—Veo que quieres una experiencia más tradicional —comentó Geese, levemente burlón, retomando la conversación.
—Creí que usted lo preferiría.
Geese asintió.
—En los próximos días —señaló—. A menos que mi guardaespaldas vuelva a modificar el itinerario sin mi permiso.
—Le ruego me disculpe, Geese-sama —respondió Billy en un tono extremadamente formal, sin poder estar seguro de si su jefe estaba molesto, o si estaba bromeando—. No pensé que sería tan importante cumplir un horario de visita en una casa de antigüedades. Quería que descansara un poco más.
—El negocio de antigüedades es una fachada para una red de tráfico de mercancías —aclaró Geese—. Tienen algo que quiero.
—¿Otro pergamino?
—Quizá. Es lo que debo comprobar. Existen duplicados y copias que las personas comunes no pueden diferenciar.
Billy comprendió por qué Geese había viajado personalmente. Reconocer un pergamino original sin duda requería el uso de energía.
Aquello lo preocupó un poco. ¿El ki de su jefe ya se habría normalizado?
—Por favor, no se esfuerce demasiado —pidió Billy—. Si puedo ayudar en algo, dígamelo.
Geese arqueó las cejas.
—No sabes usar tu ki. ¿Qué podrías hacer?
—Si me indica cómo, yo podría encargarme de…
Billy calló. La mirada del empresario se había endurecido y estaba llena de desaprobación ante su atrevimiento. Por un instante, el joven no pudo creer que la persona que tenía delante era la misma que lo había besado lentamente la noche anterior.
En ese momento, quien estaba con él era Geese Howard, el poderoso empresario a quien tantos temían.
—Tu ofrecimiento es innecesario —respondió Geese fríamente.
Billy bajó la mirada y asintió. Se había extralimitado sin quererlo. Su intención había sido buena, pero había pasado por alto que los pergaminos eran importantes para Geese a un nivel que él no podía comprender. Había sido imprudente y se había inmiscuido en los asuntos personales de su jefe.
—Lo lamento, Geese-sama.
Geese no contestó. Con expresión molesta, observó el paisaje por unos segundos y luego se puso de pie, dando por terminado el desayuno.
Antes de poder dar un paso, Geese trastabilló. Por un momento, sus piernas cedieron bajo él y tuvo que apoyarse en la mesa con un golpe seco que sacudió las copas y tazas. Una exhalación de sorpresa escapó de sus labios.
—¡Geese-sama! —Billy se acercó de inmediato, pero su intento por sostenerlo fue rechazado con un gesto brusco de la mano de Geese, que lo mantuvo a distancia. El empresario se irguió sin ayuda, viéndose sumamente disgustado por aquel traspié.
No había muchas mesas ocupadas en la terraza, pero los pocos comensales que estaban con ellos se volvieron a mirarlos al oír la exclamación de Billy.
—Vamos —indicó Geese, como si nada hubiera pasado, echando a andar con la fluidez y confianza de siempre.
Billy fue tras él, inquieto. Había estado esperando algo como eso desde la noche anterior, desde que había oído hablar sobre una maldición. Lo que acababa de pasar no era normal. Geese-sama no tropezaba así, nunca.
En el ascensor, mientras bajaban al vestíbulo, Billy intentó tocar el tema.
—No es nada —dijo Geese, cortante.
Y, en verdad, a juzgar por sus pasos firmes y su porte altivo, parecía que el tropiezo anterior había sido un episodio aislado. Pero el trabajo de Billy implicaba preocuparse por su jefe, y el joven continuó inquieto el resto del día.
La reunión con el anticuario se efectuaría en una vieja propiedad en el barrio de Gion. Les tomó tiempo maniobrar con el auto por las callejuelas estrechas repletas de turistas disfrazados con coloridos kimonos de alquiler.
A ambos lados de las calles se alzaban casas antiguas de dos plantas con fachadas de madera, que habían sido convertidas en costosos restaurantes. Las puertas eran estrechas, con decoraciones discretas y letreros minimalistas.
El lugar al que se dirigían no se distinguía de ninguna forma en particular. La puerta de madera era pesada y angosta, con un dintel bajo, y la propiedad estaba delimitada por un largo muro de color blanco impecable. No contaba con seguridad, o, al menos, no una que Billy pudiera ver.
El joven bajó del auto y miró a su alrededor. Sujetó su sansetsukon firmemente en su mano izquierda, pero no percibió ninguna amenaza. La calle estaba atestada de turistas que no les prestaban atención.
Ripper descendió también, y abrió la puerta del vehículo para Geese. El empresario bajó sin dirigirle la mirada y se encaminó a la entrada de la casa de antigüedades.
—¿Qué ocurrió? —susurró Ripper cuando Billy pasó por su lado—. ¿Qué hiciste para molestar al jefe?
Billy hizo una mueca de fastidio y no respondió, sólo siguió a Geese al interior del local. Nada más con cruzar la puerta, Billy se sintió transportado a otra época. Se encontró en un antejardín cuadrado, donde crecían árboles bajos y arbustos de formas ovaladas. El suelo estaba cubierto de musgo de color verde y amarillo. Un sendero de piedra llevaba a una segunda puerta interior y cruzaba el jardín de un lado a otro, a través de aquella uniforme cubierta vegetal.
Caminando con cuidado, Billy admiró el lugar. El jardín había sido diseñado cuidadosamente por humanos, y cada árbol, roca y arbusto habían sido puestos ahí con un propósito, pero la naturaleza se había encargado del resto. Había humedad y moho en las linternas de piedra que delineaban el camino. El musgo se había extendido sin ser perturbado, invadiendo el suelo y las raíces de algunos árboles.
Al llegar a la segunda puerta, Geese señaló un letrero que indicaba que debían descalzarse antes de seguir. Billy se tardó un rato en desajustar los cordones de sus botas, y luego se apresuró a seguir a Geese por oscuros pasillos de madera que crujían bajo sus pasos. El recinto silencioso parecía suspendido en el tiempo. Los elementos modernos, como las bombillas de luz o los cables de electricidad, estaban disimulados con esmero para no estropear la atmósfera tradicional de aquel lugar.
—Billy… —amonestó Geese desde la distancia y Billy dio un respingo, dándose cuenta de que se había distraído tanto con el lugar que se había quedado atrás.
Siguieron caminando, y Billy comenzó a sentirse incómodo por el ruido que producían sus pasos sobre la madera. Sus pies descalzos hacían un sonido hueco, y los tablones de gruesa madera oscura crujían audiblemente.
Delante de él, Geese caminaba en completo silencio y sin producir un sonido.
"¿Cómo lo hace?" se preguntó Billy, asombrado, intentando imitarlo.
Geese miró a Billy de soslayo, sin hacer ningún comentario, pero prestando atención a cómo el joven reaccionaba al entorno. Algunos aspectos de la vida diaria en ese país eran completamente distintos a lo que ellos acostumbraban ver en South Town o en el mundo occidental en general, y su guardaespaldas estaba mostrando un asombro sincero y cándido. Verlo tan fascinado con los detalles de aquella vieja casa, que en realidad no tenía nada de especial, le hizo recordar que la niñez de Billy había terminado a destiempo, y que el joven aún era capaz de asombrarse por las cosas más simples.
En ese momento, Billy parecía un muchacho que se maravillaba ante lo que él le mostraba.
La molestia que Geese había sentido desde la conversación del desayuno se calmó lentamente.
Su disgusto no había estado dirigido a Billy precisamente, pero el joven había sido el causante de forma involuntaria, al mostrar interés en los pergaminos y sugerir que podía encargarse de ellos.
Geese había reaccionado con un recelo instintivo, arraigado profundamente en su ser después de años de lidiar con personas en las que no podía confiar. En tan sólo un instante, su decisión de compartir con Billy el secreto de los pergaminos se le había antojado un terrible error de juicio. Cualquier otra persona que comprobara que el poder de los pergaminos era real podía sentirse tentada a conseguirlos también. Nada le aseguraba que Billy no comenzaría a ambicionar el poder para sí mismo.
Sin embargo, la culpa no era de Billy, sino suya. El joven no le había pedido que le hablara de los pergaminos. Geese había revelado la información porque había querido, porque era satisfactorio hablar y que Billy le dedicara su completa atención. El muchacho había mostrado asombro cuando la narración lo ameritaba, e interés en su opinión personal. Tener a alguien que atesoraba cada palabra que él compartía era placentero.
Correr el riesgo y hablar demasiado, a cambio de un momento de placer, ¿era razonable?
Geese observó a Billy dar un cuidadoso paso. El joven estaba intentando no hacer sonar los maderos del suelo.
Se oyó un crujido agudo y una sombra de impaciencia cruzó el semblante de Billy, quien probó otra vez, distribuyendo su peso con más cuidado, intentando encontrar un punto específico en las tablas que no produjera un sonido.
El joven siguió ensayando distintas formas de caminar durante el resto del pasillo, sin darse cuenta de que su jefe lo observaba.
Geese se detuvo poco antes de llegar al pabellón donde se encontraba la tienda de antigüedades. La animadversión de Billy contra el suelo continuaba, pero antes de detenerse, el joven consiguió dar un par de pasos que no hicieron ruido alguno. Geese se sorprendió ligeramente, y Billy sonrió triunfal.
—En esta casa, el ruido es una consecuencia del desgaste de la madera —comentó Geese—. Pero en los viejos castillos, el suelo estaba diseñado para crujir. Era una manera de alertar a los residentes sobre posibles intrusos. Podrías probar tus habilidades si visitamos uno de esos lugares. —La última frase fue dicha medio en burla y Billy asintió, avergonzado por haber sido tan obvio en lo que hacía.
Geese sonrió, mientras su molestia se disipaba del todo. Cuando Billy se comportaba así, era difícil imaginarlo volviéndose un traidor en el futuro.
—Espera aquí —indicó Geese, y entró en la casa de antigüedades él solo.
Billy caminó por el pasillo, sus pasos ligeros y silenciosos. Atisbó por las ventanas de la tienda hasta que dio con Geese-sama.
El empresario estaba en una sala trasera, arrodillado frente a una mesa baja, conversando con un anciano vestido de negro. Bebían té, y había una caja negra laqueada abierta entre ellos. Un viejo pergamino descansaba en su interior.
Para Billy, ese documento se veía idéntico al que Geese-sama había guardado en la caja fuerte del hotel. El papel estaba agrietado y amarillento, cubierto de pinceladas desteñidas.
Geese tomó el pergamino y lo extendió sobre la mesa con gestos delicados. Se pasó un largo rato leyéndolo.
Billy se apartó de la ventana para que no lo vieran fisgoneando, y regresó a la puerta a esperar.
Se sentía más tranquilo porque Geese le había dirigido la palabra para hacer un comentario casual sobre el suelo y viejos castillos. Eso significaba que su jefe ya no estaba tan molesto con él y saberlo le producía un alivio enorme.
Billy se apoyó en una de las columnas que sostenían el techo del pasillo y permitió que sus pensamientos divagaran. Su mente volvió a la noche anterior, al inesperado roce de los labios de Geese contra los suyos.
No habían hablado sobre eso durante la mañana, y Geese-sama actuaba como si nada hubiera ocurrido. Su jefe era el mismo de siempre, burlón e intimidante, y capaz de perder la paciencia en un segundo ante una frase incorrecta. Geese no había dado ninguna señal de que quería que el contacto de la noche se repitiera, ni siquiera durante los minutos que habían estado a solas en la cafetería.
Él, por su parte, había procurado ocultar sus emociones y mostrar la misma indiferencia que Geese. No quería quedarse observando los labios de su jefe por accidente, y que todos a su alrededor se dieran cuenta.
Sabía que debía ser discreto. No podía cometer un error que pudiera dañar la imagen de Geese-sama.
Billy se cubrió el rostro con una mano al recordar que Geese había dado a entender que quería más que un beso.
¿Cómo podía estar pasando eso?
Al trabajar para Geese, su propósito había sido pagar una deuda y dar más de lo esperado, para expresar su agradecimiento. No había previsto que acabaría apreciando a su jefe a tal extremo. El afecto que sentía por Geese era distinto del que sentía por Lilly. Era algo cálido y profundo que probablemente nunca sería correspondido de igual manera. Pero él no había pedido que Geese le correspondiera. Estaba agradecido por poder servirle y sentir sus ocasionales contactos.
Pero, ahora, Geese le estaba dando aquello que quería… Y, a diferencia de años atrás, el empresario no había pedido nada a cambio. No había ningún acuerdo de por medio. No lo estaba viendo como un negocio.
Billy cerró los ojos, abrumado.
—¿No era el pergamino que buscaba? —preguntó Billy, acercándose a Geese cuando éste salió de la casa de antigüedades.
—Era una reproducción —respondió el empresario, entregándole un trozo de papel—. Programa una visita a este lugar —ordenó.
Billy miró el texto escrito. Era una dirección y un nombre que no pudo leer.
—Es un coleccionista. Mientras estemos aquí le seguiremos la pista a algunos artículos que podrían ser el que busco.
Billy asintió. Siguió a Geese a la salida, secretamente disfrutando de que sus pisadas fueran ahora tan silenciosas como las de su jefe.
Mientras se volvía a calzar las botas sentado en un banquillo en la entrada, Billy admiró una última vez el estrecho y pacífico jardín.
Geese notó que ese recinto le había gustado de una forma particular y se sintió complacido.
Cuando salieron a la calle, aún no comenzaba a atardecer. Geese observó pensativo el ir y venir de los turistas mientras se dirigían al vehículo.
—¿Desea volver al hotel, Geese-sama? —preguntó Ripper acercándose.
Geese negó y le dio instrucciones en japonés al conductor.
Billy y Ripper intercambiaron una mirada, pero las palabras no eran familiares para ninguno de los dos.
El trayecto en el auto duró apenas quince minutos. Nuevamente recorrieron calles estrechas sin veredas, con locales comerciales a ambos lados. Sin embargo, la atmósfera era menos ajetreada que en Gion. Billy alcanzaba a ver algunas colinas cubiertas de árboles detrás de los edificios.
El color de la vegetación era de un verde oscuro salpicado de ocre. La mayoría de árboles seguían desnudos, pero algunos mostraban brotes en sus ramas, que recibían la luz del sol agradecidos, esperando la primavera.
El conductor detuvo el auto frente a una rampa de ladrillos grises donde algunos turistas se encontraban reunidos.
—Ginkakuji —dijo el hombre.
Ripper descendió para abrirle la puerta a Geese, mientras Billy seguía la rutina usual de escudriñar los alrededores para comprobar que no hubiera amenazas. En ese barrio, los visitantes vestían de forma normal, con ropas casuales y deportivas. Geese era el único vestido de forma tradicional, y atrajo varias miradas curiosas.
Geese echó a andar por un pasaje que se adentraba entre los árboles, ganándose más miradas porque su porte altivo y la presencia de su chofer y guardaespaldas hicieron que los otros visitantes se preguntaran si era alguien importante. Billy lo siguió, sin saber qué era ese lugar ni qué hacían ahí.
Avanzaron por el pasaje hasta cruzar un arco coronado con un techo de tejas oscuras, y del otro lado Billy vio una boletería donde algunas personas hacían ordenadas filas. Un letrero indicaba el precio de la admisión al recinto.
—¿Geese-sama? —preguntó Billy, no muy seguro de qué debía hacer.
—¿Necesitas dinero?
—No, Ripper me dio algunas monedas esta mañana —respondió el joven, aún confundido—. ¿Qué es este lugar? ¿Vamos a entrar?
Geese respondió afirmativamente señalando las filas de la boletería.
Billy se sintió sumamente extraño. En South Town, cuando Geese visitaba algún lugar, siempre conseguían entradas por adelantado. Era inaceptable que su jefe tuviera que esperar delante de una boletería como si fuera una persona común.
Sin embargo, esa parada no había estado en el itinerario. Geese había decidido ir ahí de forma imprevista, sin darles oportunidad de hacer preparativos de antemano.
Geese se alejó algunos pasos para contemplar los altos árboles que extendían sus ramas hacia el cielo, con sus numerosos botones blancos y rosados.
Incómodo, y echando continuos vistazos a su jefe, Billy hizo la fila con el resto de visitantes. El personal en las ventanillas era eficiente, y Billy no tardó en poder pagar entradas, pero se quedó perplejo cuando en vez de los tickets impresos que él esperaba le entregaron dos franjas de papel decoradas con kanjis negros y sellos rojos.
Billy se apresuró a volver donde su jefe con la confusión escrita en todo su rostro.
Geese lo observó y sonrió, disfrutando de su desconcierto.
—Entremos —indicó.
Billy fue con él, sin saber qué esperar.
No había guardias en la puerta que llevaba al recinto, sólo una mujer mayor que ni siquiera miró los boletos que Billy le tendía. Con una sonrisa amable, la mujer les indicó que pasaran.
Billy permaneció cerca de Geese.
—Podría haberle mostrado cualquier papel y nos habría dejado pasar —comentó el joven para sí.
—Podrías.
Un momento después, el pasaje rodeado por árboles en el que caminaban acabó, y Billy enmudeció.
Ante él se extendía un enorme jardín japonés en el que se reconocía la misma estética del pequeño recinto que le había agradado en la casa de antigüedades. Podía ver el mismo suelo ondulado cubierto de musgo, el sendero que lo cruzaba sin formar líneas rectas, las linternas de piedra, las raíces de los viejos árboles… Pero aquí todo era más grande. Las ondulaciones eran laderas de una colina, los senderos subían por su falda y llevaban a miradores en lo alto. Había una laguna de aguas tranquilas justo frente a ellos, atravesada de lado a lado por un puente de granito. Los visitantes se dirigían todos en una misma dirección hacia un pabellón de madera de dos pisos, delante del cual había gente reunida, admirándolo.
—Por aquí —señaló Geese para hacerlo reaccionar. Billy asintió y lo siguió por un sendero solitario entre los árboles, que los alejaría de los otros visitantes.
El joven caminó con su jefe, mirando hacia todas direcciones, porque dondequiera que posara la vista había algo que apreciar. Geese caminaba despacio, disfrutando del paisaje también, y cuando el camino se bifurcó tomaron uno que ascendía por la suave pendiente de la colina.
Billy ya no necesitó que Geese le explicara qué hacían ahí. Su jefe estaba dando un paseo por aquel hermoso lugar rodeado de vegetación. Sonaba muy simple, pero era algo que Geese no podía hacer en South Town sin exponerse innecesariamente, o sin que algún residente imprudente se acercara a interrumpirlo.
Aquí nadie lo conocía. Si lo observaban era porque se trataba de un alto hombre rubio vestido con un traje japonés. Pero era uno más entre muchos turistas. Podía disfrutar de ese lugar sin que nadie lo molestara.
A mitad de la subida, Billy se detuvo y miró el paisaje que habían dejado atrás. Junto al pabellón de madera, en el lado opuesto de la laguna, había un jardín de arena donde la gravilla formaba franjas grises de distintos tonos. Aquel espacio descolorido en medio de los árboles de color verde oscuro le hizo sentir una agradable calma. Al igual que el musgo que crecía a los lados del sendero, la arena se mantenía inalterada, a pesar de las numerosas personas que caminaban alrededor.
Geese se detuvo a esperarlo. La ligera brisa sacudía los pliegues de su hakama, y, vestido como estaba, de pie en aquel sendero de piedra, el empresario se veía como un señor de una época antigua.
Continuaron el paseo sin prisa. Estaban solos, rodeados por el olor húmedo de la tierra y el canto de algunas aves. Billy nunca había estado en un lugar así, y no recordaba una ocasión en que había podido pasear con su jefe y sentir tal tranquilidad.
Lo que más se asemejaba a ese paseo era la visita que había hecho con Geese al cementerio en Londres, pero el jardín japonés era mucho más pacífico, y no estaba impregnado por una profunda sensación de tristeza.
El recorrido los llevó por un trecho frío y húmedo, invadido por algunas raíces, y luego subieron algunos escalones hasta alcanzar el punto más alto, donde se encontraba el mirador.
Billy se acercó a las barandas de madera, sobrecogido por el paisaje. A sus pies se extendía la ladera que habían subido y el pabellón principal del recinto enmarcado por las ramas de los árboles. También tenía una vista perfecta del jardín de arena, y, detrás de eso, podía ver los edificios blancos de la ciudad y, una cadena de colinas azuladas en la distancia.
Geese se acercó a mirar también, deteniéndose a su lado, y Billy sonrió, porque estar así era como cuando admiraban a South Town desde la terraza del rascacielos, cuando Geese compartía la vista sobre sus dominios con él.
Billy se sorprendió al sentir el roce de la mano de Geese en su espalda, porque estaban en un lugar donde alguien podía subir y verlos, pero a Geese no parecía importarle esa posibilidad. Después de unos segundos, tímidamente, Billy se apoyó contra él y disfrutó del paisaje y su compañía en silencio.
—¿Billy? ¡Billy!
El joven dio un respingo. Ripper estaba inclinado sobre él, mirando por encima de su hombro hacia la agenda abierta sobre la mesa de su habitación.
—¿Actualizaste el itinerario? —preguntó Ripper. Billy había estado completamente distraído, con la mirada perdida en la nada, y no había escuchado las tres primeras veces que el secretario había hecho la pregunta.
—No, lo haré ahora —dijo el joven viéndose culpable—. Puedes ir a descansar. Terminaré esto y me quedaré vigilando.
Ripper frunció el ceño. El joven rubio había estado desconcentrado desde que había regresado de su visita a Ginkakuji con Geese-sama.
—¿Estás bien? ¿La fiebre ha vuelto? —quiso saber Ripper.
—Estoy bien, no hay fiebre —aseguró Billy—. Ve a descansar.
Ripper se retiró de mala gana, y Billy respiró profundamente e intentó concentrarse en su tarea. La dirección del coleccionista que Geese quería visitar estaba a su lado, en la mesa. El lugar quedaba en Hiroshima, lejos del resto de ciudades donde tenían programado alojarse. Billy debía calzar esa visita de un modo que no perturbara los demás planes. Tenían algunos días libres en la última semana que se quedarían en Japón, pero el joven no estaba seguro de si Geese querría esperar tanto.
Al pensar en Geese, Billy se distrajo otra vez.
El paseo de aquella tarde había sido sumamente agradable. Mientras estaban en el mirador, sin que él lo pidiera, Geese le había explicado sobre el diseño de ese tipo de jardines, y le había hecho notar el propósito de las estructuras, el balance que se alcanzaba con las líneas onduladas y continuas, los árboles sembrados en lugares específicos para enmarcar el paisaje desde donde fuera que se observara.
Sin notar el paso del tiempo, se habían quedado en el jardín hasta la hora de cierre y, en el camino a la salida, habían cruzado el estanque por el puente de granito. Billy se había sorprendido al ver que los peces koi que habitaban en la laguna los seguían asomando sus bocas fuera de la superficie del agua, esperando ser alimentados.
La experiencia lo había dejado feliz, pero también le había mostrado que había muchas cosas que no sabía, no sólo sobre Japón sino sobre el mundo en general. Incluso en South Town, Geese siempre tenía algo que comentar sobre los lugares a los que iban, sobre arquitectura, tecnología, música, arte. Billy sólo podía escuchar y asentir la mayoría de veces, sin nada que aportar, sintiendo claramente el abismo que los separaba.
Geese-sama era casi trece años mayor que él, pero las diferencias entre ellos no se debían sólo a la enorme discrepancia entre sus edades. Sus gustos e intereses eran distintos. Geese pertenecía a otra clase social. El mundo en que se desenvolvía era uno en el cual Billy no podía permanecer.
Billy suspiró para sí. Esa tarde, se había sentido como un niño maravillado viendo cosas nuevas, y no había podido ocultarlo. Al volver al auto, mientras admiraba a su jefe disimuladamente, Billy se había preguntado si un día Geese se cansaría de su ignorancia.
Sin embargo, esa noche, Billy no se sentía desanimado al respecto. Lo habían pasado bien y estaba seguro de que Geese-sama había disfrutado esa salida.
Billy miró la hora. Eran casi las diez de la noche y no oía ruidos en la suite de Geese.
Estirándose perezosamente, Billy se levantó para ver si su jefe necesitaba algo.
Las luces de la suite estaban al mínimo y Geese se encontraba de pie frente a los ventanales, observando la ciudad. Billy sonrió, porque algunas costumbres de su jefe no cambiaban aunque estuvieran en otro país.
Los ojos de Geese estaban dirigidos hacia la distancia, y no revelaban lo que estaba pensando. Había un vaso con licor en el reposabrazos del sillón y el pergamino del fénix estaba extendido en la mesilla baja de la sala.
Billy se preguntó qué habría estado haciendo su jefe con el pergamino. La iluminación era muy tenue para permitir leerlo.
Sin hablar, Billy fue hacia la ventana y se detuvo a unos pasos, manteniéndose ligeramente detrás de Geese, esperando su permiso, o invitación, para contemplar el paisaje a su lado.
Geese lo observó en el reflejo de la ventana. Su rostro estaba serio.
—¿Cómo está tu herida? —preguntó Geese.
—Casi ha cicatrizado.
—Pero tu brazo no se está recuperando.
Billy negó con la cabeza, inconscientemente posando una mano sobre su brazo, como si quisiera ocultarlo de la vista de Geese. Le hubiera gustado evadir esa conversación, pero el rostro del empresario le decía que el tema era serio.
Sin previo aviso, Geese se acercó y tiró suavemente de los cintos que aseguraban el cabestrillo de Billy. Con gestos cuidadosos, el empresario tomó su brazo y sujetó su mano, examinando sus dedos rígidos y la piel fría.
Billy se quedó inmóvil, y disimuló un escalofrío cuando Geese dejó ir su brazo con delicadeza y comenzó a desabotonarle la camisa.
—¿Geese-sama? —preguntó Billy en voz baja.
El empresario continuó con lo que hacía, y al cabo de unos segundos la camisa fue a parar al respaldar de uno de los sillones. Billy observó la ventana, incómodo, pese a que nadie podía verlos desde el exterior. En el reflejo, vio que Geese recorría su brazo con la punta de los dedos, hasta llegar a su hombro, donde el único rastro que quedaba de la herida era una larga cicatriz.
Geese resiguió la línea rojiza con suavidad y Billy cerró los ojos un momento. Su piel estaba extremadamente sensible en esa área.
—¿Duele? —preguntó Geese en voz baja.
Billy negó, sus ojos aún cerrados.
—Te ves como si doliera —comentó Geese.
Billy no respondió. Por el tono de voz, sabía que su jefe estaba divertido con su reacción. Se estaba burlando de él.
Geese continuó con lo que hacía, y Billy no consiguió decidir si su jefe estaba examinando la herida o acariciándola.
—El daño era profundo —comentó Geese para sí, apartándose con un ademán disgustado—. Mi poder no fue suficiente… —murmuró, aún hablando consigo mismo, volviendo al sillón y tomando el vaso de whisky antes de sentarse. Bebió un sorbo mientras contemplaba a Billy.
Billy se estremeció al notar que la mirada de Geese se apartaba de su hombro y recorría su torso descubierto.
—Ven —ordenó Geese, dejando el vaso a un lado.
Billy se acercó, obediente.
—Arrodíllate.
Billy cumplió, y se arrodilló en la alfombra, delante de su jefe.
Geese se inclinó hacia él, posando una mano sobre la cicatriz de su hombro.
—Lo intentaré de nuevo —indicó el empresario, y Billy se volvió hacia la mesilla, alarmado, comprendiendo por qué el pergamino estaba fuera de la caja fuerte.
El joven quiso oponerse. No era una buena idea. Recordaba las explicaciones de Geese. No se encontraban en un lugar consagrado y acceder al poder del pergamino en ese cuarto de hotel iba a requerir un esfuerzo mayor al que Geese había hecho la noche anterior.
Si usar el pergamino en el templo lo había dejado agotado, ¿qué iba a pasar si intentaba usarlo ahí?
—Geese-sama, no es prudente… Podemos visitar un templo por la mañana. Estoy seguro de que será más fácil si…
—Silencio.
La voz de Geese lo cortó en seco.
Billy sintió la familiar frustración de tener que cuidar de alguien que no se dejaba cuidar.
Sin embargo, Geese continuó, y su tono fue más suave:
—¿Qué utilidad tiene este poder si su uso está restringido a un lugar específico?
—Aún no ha recuperado sus energías del todo —insistió Billy—. Incluso esta mañana… —El joven iba a mencionar el traspié que había ocurrido durante el desayuno, pero Geese lo hizo callar con una mirada de advertencia.
—Si eso es lo que te preocupa, tomaré un apropiado descanso en los siguientes días —dijo Geese con desdén, porque Billy estaba enfocándose en detalles que para él eran nimiedades.
—¡Geese-sama! —protestó Billy, inclinándose hacia él—. No hay prisa, puede esperar un día o dos…
Y Billy calló abruptamente, notando que, sin darse cuenta, al inclinarse hacia adelante había apoyado su mano izquierda en la rodilla de Geese. El empresario sonrió divertido y le cubrió la mano con la suya, haciendo una firme presión.
Billy intentó retirar su mano, pero la presión aumentó hasta volverse casi dolorosa. Sus dedos estaban atrapados bajo los de Geese.
Sin inmutarse, Geese buscó el vaso de whisky y tomó un largo sorbo sin quitarle la vista de encima a Billy.
El joven tiró otra vez, sólo para comprobar que Geese no pensaba dejarlo ir.
Pacientemente, Geese bebió un poco más y contempló el vaso unos segundos. Hizo girar el dorado líquido en el fondo.
—Sujeta esto un momento, Billy —dijo en voz baja, observando al joven con malicia.
Geese le tendió el vaso y Billy no hizo ningún gesto para tomarlo porque su mano sana estaba atrapada en la de Geese, y su brazo derecho colgaba inerte a un lado de su cuerpo.
El empresario dejó ir el vaso y este cayó entre ellos, golpeó la pierna de Billy, y rodó por el suelo con un sonido apagado, salpicando la alfombra con licor.
Billy observó las manchas húmedas y luego volvió el rostro hacia su jefe, sintiéndose humillado.
La mirada de Geese era pétrea.
—Estos últimos días pueden haberte causado algo de confusión —comentó el empresario—. Pero no debes olvidar que quiero a mi guardaespaldas de vuelta —concluyó.
—Sí, Geese-sama —murmuró Billy, desconcertado por la facilidad de Geese para mostrarse amable un momento, y cruel en el siguiente.
Satisfecho con la respuesta, Geese dejó ir su mano.
Billy exhaló, intentando calmarse. Geese-sama tenía razón. El trato amable de esos últimos días lo había hecho pensar, equivocadamente, que su herida no importaba por el momento. Como no tenía que defender a su jefe contra ninguna amenaza, había perdido la prisa en sanar.
Buscando las palabras adecuadas para disculparse, Billy elevó la mirada hacia su jefe.
Y se encontró con los labios de Geese rozando los suyos sin previo aviso.
La sorpresa duró medio segundo, y luego Billy correspondió el beso, mareado por las emociones que Geese le provocaba. La humillación y el siempre presente temor a decepcionarlo fueron reemplazados por el afecto que sentía por ese hombre complicado.
Billy disfrutó del sabor del whisky y del aliento tibio de Geese contra sus labios. Se estremeció agradablemente al notar que una mano de Geese estaba tras su cabeza, sujetándolo por los cabellos mientras Geese ahondaba el beso un poco más, con una brusca posesividad que había estado ausente la noche anterior.
Billy gimió suavemente al descubrir que un beso también podía ser doloroso, pero el joven aceptó ese dolor y disfrutó del contradictorio placer que le produjo. Era de esperarse que un beso de su jefe fuera así, súbitamente brusco, incomprensiblemente gentil.
Al separarse, Geese le sonrió complacido y Billy concluyó que no necesitaba entender por qué su jefe hacía esas cosas. Él aceptaba a ese hombre, aunque no siempre lo comprendiera.
—Dije que ibas a estar bien, ¿o no? —reprochó el empresario en un susurro, deslizando su mano hasta posarla en el hombro de Billy.
Billy asintió y no protestó más. Guardó silencio mientras Geese cerraba los ojos para reunir su concentración. Permaneció callado cuando, varios minutos después, el empresario empezó a recitar las palabras escritas en el pergamino sin necesidad de leerlas, y su energía brilló fría y azulada en la sala casi a oscuras.
Tomó más tiempo que en el templo, pero finalmente el ki de Geese entró en su hombro, como una multitud de hojas agudas y afiladas. Esta vez no hubo dolor. Billy sintió un cosquilleo que ya conocía, similar al que percibía cuando entrenaba con Geese en la terraza del rascacielos.
Con cada segundo que pasaba, la inquietud de Billy iba en aumento. Cada músculo del rostro de Geese estaba tenso. El empresario mantenía sus dientes apretados y gotas de sudor aparecieron sobre su frente al cabo de un rato. Su respiración profunda se volvió cada vez más trabajosa, hasta convertirse en un jadeo superficial.
Billy se preguntó cuánto más debía esperar antes de interrumpirlo.
Parecía que Geese había conseguido usar el pergamino esa noche a pesar de todo, pero… ¿cuál sería el precio? ¿Simple cansancio…? ¿O algo más?
La maldición que el sacerdote del templo había mencionado volvió a cruzar por su mente.
Billy decidió esperar uno segundos más, y entonces el brillo azulado del ki de Geese se desvaneció de súbito, y el cuerpo del empresario cayó hacia adelante, sin fuerzas.
Billy reaccionó de inmediato y lo recibió contra su pecho, sosteniéndolo firmemente y dejando que Geese apoyara su peso en él.
—¡Geese-sama!
—No es nada.
Su jefe era un obstinado pero, una vez más, parecía que había conseguido su objetivo.
Con un gesto tímido, Billy posó su mano en la espalda del empresario y acarició con lentitud, dándole tiempo a recuperarse.
Geese entreabrió los ojos unos minutos después y rio apagadamente al darse cuenta de que Billy lo estaba sosteniendo, aún arrodillado delante de él en la alfombra.
—Esto es poco conveniente —murmuró Geese, sin moverse ni hacer ningún intento para apartarse.
—Así es, Geese-sama —respondió Billy, sin dejar de acariciar—. Me ocuparé de que descanse apropiadamente en los siguientes días.
Geese siguió inmóvil. El cuerpo de Billy era firme y tibio, y la caricia que el joven hacía en su espalda era agradable. ¿Cuántos años habían pasado desde que alguien lo había sostenido así? ¿Desde que él había permitido que alguien lo sostuviera así?
Geese cerró los ojos y se deslizó a un estado de profunda meditación para poder calmar la perturbación que el pergamino había vuelto a causar en su energía. La cercanía de Billy era familiar y no lo importunaba, porque estaba acostumbrado a que el joven en ocasiones esperara por él cuando subía a meditar a la terraza del rascacielos.
Al decidir usar el pergamino, había sabido que algo como eso sucedería. Había reflexionado un largo rato sobre cómo proceder. Debía curar a Billy, y también comprobar el efecto que el poder del pergamino tendría sobre su propia energía. Había tomado la decisión de hacerlo, aunque eso significara mostrarle a Billy un breve momento de debilidad.
Y Billy había reaccionado como él había esperado: expresando una profunda preocupación por él, como si nada más importara.
—Eres un buen chico, Billy —murmuró Geese.
La respuesta de Billy fue estrecharlo con un poco más de fuerza, en silencio.
