Capítulo XIV

Habían pasado varios días desde que Candy pisó por primera vez aquellas tierras. Luego de una intensa nevada el sol, como buen compañero de los niños del pueblo, hacía su reaparición iluminando el manto blanco que cubría la plazoleta central. Varios niños se encontraban jugando allí haciendo muñecos de nieve y demás, mientras que caminando muy tranquilamente por las calles del pequeño pueblo, madre e hija paseaban tomadas de la mano, disfrutando de la mutua compañía.

-Este pueblo es bellísimo… -Decía Candy con un brillo de felicidad en la mirada. –A los niños del hogar de Pony también les encanta jugar con la nieve…

-Me imagino… Es algo que todos los niños tienen en común… Ellos disfrutan de la naturaleza como ningún otro, sin hacer caso a tontas reglas… -Agregó Emily, mientras observaba a los pequeños bombardeándose con bolas de nieve. -¿Sabes? Deberíamos organizar una fiesta para tu cumpleaños…

-¿Fiesta? ¿En mi cumpleaños?… ¿El 15 de febrero? -Preguntó Candy sonriendo levemente.

-Sí… Como ya te lo había contado, una hermosa mañana del 15 de febrero del año 1898 tú naciste… Recuerdo que me tuviste toda la noche despierta, pero finalmente a media mañana diste tu primer llanto… Yo apenas podía mirarte porque realmente estaba exhausta, pero tu padre... Tu padre... Él estaba tan feliz… Lo recuerdo como si fuera ayer… Él paseándote por toda la habitación, cantándote canciones de cuna que sólo él conocía… Fue un momento maravilloso, totalmente mágico… Eras nuestro pequeño tesoro, Candy…

Ambas se detuvieron un momento en mitad del sendero que rodeaba la plaza. Emily apretó fuertemente las manos de Candy y levantó su mirada al cielo que se encontraba salpicado con pequeñas nubes rodeando al inmenso sol.

-Tu padre… Seguro que si te viera en este momento se pondría muy feliz, Candy… Te has convertido en una hermosa mujer…

-Mi padre… -Musitó Candy. -¿No sabes qué paso con él?

-No… -Contestó Emily, mientras la tomaba del brazo para continuar caminando –Luego de que regresé a Nueva York e hice las paces con tu abuela, yo contraté a un grupo de investigadores. Eran diez en total: La mitad se ocupó de ti, de buscarte y de encontrar al hogar de Pony, y la otra mitad se ocupó de buscar a tu padre… Gracias a Dios, a ti pude encontrarte sana y salva, pero a tu padre... Bueno, todavía no tengo noticias de él… Es como si se le hubiera tragado la tierra…

Emily nuevamente detuvo su paso y bajó la mirada. Candy la observó por un momento, y vio cómo apretaba los puños con fuerza.

–Si tan sólo le hubiera hecho caso… -Susurraba. -Si tan sólo me hubiese quedado ahí, donde él me dijo… Nada de esto hubiera pasado…

Inmediatamente levantó la mirada y secó las lágrimas que se escapaban sin querer de sus verdes ojos.

-Mamá…

-Pero bueno, cambiemos de tema, no pensemos más en eso ¿sí? A tu padre no le hubiera gustado que estemos tristes… ¿Y? ¿Qué te parece la idea de festejar tu cumpleaños aquí, Candy? Podríamos hacerlo en esta misma plaza… Sé que va a hacer un poco de frío, pero podríamos hacerlo durante el día, con la luz del sol, así la nieve también pone un poco de su belleza en este hermoso paisaje… ¿Qué dices Candy? ¿Te gusta la idea?

-¿Que si me gusta? ¡Me encanta! ¡Amo las fiestas! Sobre todo las de cumpleaños. Es cuando se puede comer toda la cantidad de torta que uno quiere sin que nadie diga nada. –Contestó Candy con una sonrisa de oreja a oreja, y un brillo infantil en la mirada.

-¡Jaja, pero qué glotona me saliste! –Bromeó Emily mientras la miraba tiernamente. -Pero no se puede negar que tienes toda la razón, a mí también por ese motivo me gustan las fiestas de cumpleaños... ¿Qué clase de tortas te gustan? Porque podría prepararte una…

-¿De veras? Bueno, a mí las que más me gustan son las de chocolates, son mis preferidas…

-Entonces está todo dicho, te prepararé la mejor torta de chocolate para tu cumpleaños.

De repente una pequeña bola de nieve golpeó el rostro de Candy, empapándola completamente.

-¡Pero qué…! –Dijo sorprendida mientras se fregaba el rostro con ambas manos. -¿Quién fue y por qué me la tiraron? –Preguntó mientras miraba como un grupo de niños quedaban estáticos, en el centro de la plaza mirándola sorprendidos.

-Yo no fui.

-Yo tampoco.

-Ni yo…

Comenzaron a oír a cada uno de los niños decir mientras se miraban unos a otros buscando al culpable.

-Yo fui. –Escuchó decir a un pequeño de diez años aproximadamente, de cabello marrón oscuro y ojos cafés, que estaba detrás de unos cuantos niños, mirándola fijamente. Se notaba a leguas que era el líder de aquel grupo. –Discúlpeme si la lastimé señorita, es que sólo quería demostrarles a mis amigos mi teoría…

-¿Ah sí? ¿Y se puede saber cuál es esa teoría? –Preguntó Candy mientras se acercaba a aquel niño que no dejaba de mirarla.

-Mi teoría es que las mujeres no pueden defenderse por si solas, porque siempre deben comportarse como todas unas damas…

-¿En serio? ¿Y quién te dijo eso? –Volvió a preguntarle Candy mientras un intenso color rojo cubría sus mejillas, señal de que no le estaba gustando nada de nada lo que aquella criatura le decía.

-Mi tío. –Respondió muy seguro de sí. –Según él, las mujeres son muy aburridas porque siempre están fijándose en la ropa que usan y siempre se están cuidando para no ensuciarse, y para no despeinarse, y para no sé cuántas cosas más.

-¿Eso te dijo? –Preguntó nuevamente Candy que para ese entonces ya estaba sumamente colorada por la rabia.

-Uy… Parece que la pecosa se está enojando ¡Jajaja! –Rió el niño de buena gana.

-Paul, basta ya. –Interrumpió Emily. –La señorita Candy es nueva en el pueblo. No seas así, y demuéstrale que los niños de aquí son todos buenos y muy educados.

-Está bien señora Emily… Lo siento señorita Candy… -Se disculpó el pequeño mientras la miraba inocentemente. –Lo que menos quiero en este momento es molestar a una dama… Lo siento mucho…

El pequeño se giró de inmediato, mirando a sus amigos.

-¿Vieron? Ella no pudo defenderse sola… Así son todas las mujeres. –Les dijo en voz baja.

-¡Un momento! –Gritó Candy mientras levantaba la mano derecha, pidiéndoles silencio. –Eso no es del todo cierto.

-¿Cuál parte? ¿La de que usted es una dama o que no se puede defender?

En ese momento el color rojo del rostro de Candy ya superaba todos los límites. ¿Acaso había escuchado bien? ¿Aquel chiquillo estaba insinuando que ella no era una dama? O lo que era peor… ¿Que ella no era capaz de defenderse? ¿De veras aquel chiquillo estaba diciendo lo que ella creía que estaba diciendo? ¿En serio? Ah, no… Eso sí que no lo podía permitir… ¿A ella le estaba diciendo eso? ¿Justamente a ella? Ah, no…

-Uy bueno, si te vas a quedar con esa cara de tomate mejor nos vamos… No era para tanto, pecosa colorada…

-¡Un momento! –Volvió a gritar Candy, más enfurecida que nunca. Aquel niño no sabía con quién se estaba metiendo. –Estás completamente equivocado. Yo sí soy toda una dama, pero además tranquilamente me puedo defender ¿sabes?

-¿Ah sí? ¿Y cómo piensas demostrarlo, señorita tomate pecoso?

-¿To… To… Tomate pecoso? –Candy tuvo que respirar varias veces para no estrangular al pequeño chiquillo que definitivamente le estaba sacando de las casillas.

Luego de varios segundos y un centenar de bocanadas de aire, miró a su alrededor detenidamente. Estaba buscando algo que ella conocía muy bien y en el que sabía de antemano que nadie en el mundo podía vencerla. Luego de visualizar su objetivo, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.

Ya más tranquila se fue acercando a aquella adorable criatura que se había atrevido a desafiarla y con un extraño brillo en su mirada acercó su rostro al de él.

-¿Eh? ¿Qué tienes? ¿Por qué me miras así tomate pecoso? –Preguntó sorprendido el pequeño Paul.

-Si tu teoría es correcta, entonces las damas no podemos trepar árboles ¿cierto? –Dijo Candy sin separar un centímetro el rostro del pequeño.

-¿Trepar árboles? ¡Jajaja! ¿Una dama trepando árboles? No, nunca lo vi ¡Jajaja!

-Bueno… Entonces te desafío a trepar aquel árbol que está allá. –Le dijo Candy mientras señalaba un inmenso árbol que estaba ubicado justo frente a ellos, sin borrar ni por un segundo su enorme sonrisa de los labios y llenando aún más de brillo a su mirada.

-¿Tú me estás desafiando a trepar un árbol? ¿Tú? –Preguntó Paul, mientras le apuntaba con el dedo índice.

-Sí, yo. –Respondió Candy muy segura de sí misma, que lo miraba con la nariz levantada, y un cierto aire de superioridad. -¿Por? ¿Hay algún problema?

Los niños se miraron todos entre sí, estallando finalmente en carcajadas.

-¡Jajajajaja! No ¡Jajaja! No, para nada ¡Jajaja! No hay ningún problema ¡Jajajaja! Sólo que tú desafiándome a trepar árboles ¡Jajajaja! Eso quiero verlo ¡Jajajaja!

-Bueno, si ya terminaron de reírse, entonces vamos.

-¿Estás hablando en serio? –Preguntó Paul que se puso serio de repente. Candy seguía mirándolo intensamente.

-Por supuesto. ¿O tienes miedo a que pueda ganarte?

-¿Tú, ganarme? ¡Jajajajaja! –Esta vez el pequeño Paul rió con más ganas, contagiando al resto del grupo. –Está bien, jajaja, vamos, jajaja. –Decía mientras trataba de detener su risa en vano.

Caminaron unos cuantos metros y se detuvieron justo debajo del enorme árbol que estaba a un costado de la plaza. Como era pleno invierno, aquel no tenía ni una sola hoja verde, pero sus inmensas ramas húmedas por la nieve que hace algunos instantes se había derretido, demostraban que en primavera era un hermoso y frondoso árbol.

-Está bien, así lo haremos. –Comenzó a hablar Candy mientras se sacaba el saco negro que llevaba puesto y se lo pasaba a su madre que la miraba sorprendida. –A la cuenta de tres, subimos al árbol, y el primero en llegar a la rama más alta gana.

-¿Y qué premio obtiene el ganador? –Preguntó el jovencito mientras se preparaba de la misma manera que Candy.

-Si yo gano, obtengo tu respeto y el de tus amigos. Y tienen que prometerme que jamás pero jamás, pondrán en duda la capacidad de una mujer únicamente por ser mujer… Como así también me deben prometer que jamás volverán a levantar sus manos contra ninguna mujer ¿de acuerdo?

-Está bien. –Dijo el niño mientras sus amigos asentían con las cabezas. –Y si yo gano, queda demostrada mi teoría que las mujeres no se pueden defender por si solas y que para lo único que sirven es para ser unas delicadas damas y nada más.

-Uf, está bien… -Respondió Candy resignada. –A la una, a las dos…

Ni siquiera había terminado de contar cuando Paul ya salió corriendo, para comenzar a trepar a toda velocidad el inmenso árbol. -¡Eh! ¡Eso es trampa!

-¡Vamos Candy, apúrate, que te va a ganar! –Gritó desesperada Emily sorprendiéndola. Vaya, había sido su madre era igualita a ella en ese aspecto…

-¿Eh? ¡Sí, sí! –Contestó mientras a paso desesperado comenzaba a trepar aquel árbol.

Los niños estaban tan emocionados que ya ni se daban cuenta por quién gritaba cada quien. Cada tanto se escuchaba "¡Tú puedes Candy!" entre medio de los "¡Vamos Paul!", pero todos estaban tan concentrados en la carrera que se llevaba a cabo en las alturas, que nadie ni prestaba atención a los gritos que alentaban a la joven rubia.

En un abrir y cerrar de ojos, Candy pasó por al lado de Paul sorprendiendo a éste.

-¡Hola! –Le saludó mientras que con una sonrisa seguía trepando, agarrándose por las gruesas ramas húmedas.

Mientras tanto, todo el pueblo había comenzado a reunirse alrededor de aquel árbol. Aquello era algo que jamás había ocurrido. Ver a una joven dama trepar un árbol junto a un niño era algo único.

-¿Qué sucede aquí? –Preguntó Caroline un poco agitada por la corrida que se había pegado desde la casa de Emily hasta la plaza.

-Vaya, pero si es Candy. ¿Qué hace allí arriba? –Preguntó Ashley que también acababa de llegar.

-¡Candy! –Gritó de repente Viviane mientras llegaba corriendo al lugar. -¡Baja de ahí que te vas a lastimar!

-No Vivi, déjala… -La interrumpió Emily. -¿No ves cómo está trepando? Aparentemente es una experta en el tema. ¡Mírala! ¡Ya le pasó a Paul! Está por ganar… Increíble…

Unas pequeñas lágrimas inundaban su verde mirada. Nunca imaginó tener una hija tan especial como Candy… Era algo tan mágico poder verla allí arriba, con tanta vitalidad y energía… Aquella chiquilla que estaba trepando aquel inmenso árbol ¡era su hija! No podía creerlo… Todo parecía un sueño…

-¿Qué pasa aquí? –Preguntó de repente un hombre rubio de ojos celestes que acababa de llegar con un bolso colgando en el hombro. El hombre estaba vestido bastante informal, con unos pantalones negros, botas marrones, y un pullover de lana azul cubierto con una gran campera de color marrón. Emily lo miró asombrada… ¿Acaso aquel hombre era…? No, no podía ser…

-Mi amigo le está jugando una carrera a aquella chica. –Respondió un pequeño niño que estaba parado justo a un costado de aquel hombre.

-¿De veras? –Preguntó el rubio de ojos celestes con una sonrisa en sus labios. -¿Y sabes por qué?

-Sí. Porque mi amigo le dijo que las damas no podían defenderse, ni trepar árboles, ni nada de esas cosas, pero ella le aseguró que sí… Entonces se pusieron de acuerdo que competirían para ver quién era el primero en llegar a la cima de ese árbol y el perdedor le daría la razón al otro…

-¿Ah, sí? Pues, lo siento por tu amigo entonces… -Aseguró el rubio que seguía mirando a las alturas.

-¿Por qué lo dices? Si todavía la carrera no terminó…

-No, pero va a perder… -Respondió con una inmensa sonrisa en los labios.

-¡Gané! –Gritó Candy de repente mientras se agarraba fuertemente de la última rama, para luego sentarse en ella. Al poco tiempo llegaba su oponente más que cansado y refunfuñando entre dientes. –Oh, vamos Paul, no te preocupes… Es sólo un juego ¿sabes? No es necesario que te enojes de esa manera… ¿Amigos? –Le preguntó sonriendo mientras le tendía la mano.

El pequeño Paul que justo en ese momento se estaba sentando a su lado, la miró un largo rato, como examinándola detenidamente. Luego, suspirando resignado, agarró fuertemente su mano. –Sí Candy, amigos… -Dijo finalmente con una sonrisa.

-¡Yuuupiiiiii! ¡Qué bueno que ya seamos amigos! –Exclamó emocionada. Luego respirando profundamente, preguntó. -¿Sientes eso, Paul?

-¿Qué cosa?

-El viento… Es hermoso respirar aquí arriba… -Candy cerró los ojos unos segundos y se quedó así, sintiendo todo a su alrededor, prestando atención al aire fresco que llenaba sus pulmones, y a los rayos del sol que suavemente calentaban sus mejillas. Hacía tanto que no trepaba ningún árbol que ya había olvidado lo hermoso que era.

-¡Candy, Candy! –Escuchaba que gritaban a lo lejos. Ella bajó su mirada y vio a un numeroso grupo de gente rodeando el árbol.

-¡Por favor, bajen ya, que se van a lastimar! –Gritaba desesperada Viviane.

-¡Oh por todos los santos! ¡Paul, baja ahora mismo! –Gritaba a más no poder la madre de Paul que recién se había dado cuenta que su hijo estaba sentado en la copa de aquel árbol.

-¡Oh, vaya! ¡Sí que despertamos a todo el pueblo, jaja! –Reía Candy alegremente. –Vamos Paul, que no quisiera que te castiguen por mi culpa.

Y así, lentamente, ambos amigos comenzaron a descender con cuidado. Y al llegar a tierra firme, se miraron tiernamente.

-Debo reconocer que es la primera vez que conozco a una dama como tú. Fue un gusto competir contigo, Candy.

-Oh, gracias. El gusto ha sido mío, Paul.

-¡Paul, Paul! –Gritaba su madre desesperada mientras lo abrazaba fuertemente. -¿Estás bien? ¿Seguro que no te pasó nada?

-No, mamá, estoy bien. –Contestaba Paul, intensamente ruborizado. –Por favor, mamá. No me abraces frente a mis amigos.

-No, nada de vergüenzas. Pequeño susto que me diste hijo, eso no se hace... Por suerte estaba Candy contigo, porque sino... ¿qué tal si estabas solo y te pasaba algo, eh? ¿qué hacía yo si te pasaba algo?

-Perdón mamá… -Se disculpaba Paul, mientras soportaba una vez más los sobreprotectores abrazos de su madre, a la par que escuchaba cómo sus amigos se reían a sus espaldas.

-¡Candy, Candy! ¿Estás bien? –Preguntó de repente Emily, que también llegaba bastante preocupaba para abrazarla.

Candy se sorprendió en un primer momento, pero luego cedió al abrazo.

-Sí mamá… Estoy bien… Paul y yo ya nos hicimos amigos… ¿Verdad, Paul? –Preguntó a su pequeño amigo que apenas podía escapar de unos sobreprotectores abrazos.

-Sí, sí… Cierto… -Respondió él, entre medio de los centenares besos que le daba su madre.

Candy no pudo evitar sonreír. Ahora veía lo que era tener una madre y eso la hacía inmensamente feliz.

Lentamente la multitud se fue dispersando, quedando únicamente en la plaza Candy, Emily y las tres damas.

-¿Qué les parece si vamos al restaurante y le pedimos a Valerie que nos prepare una riquísima leche chocolatada? –Preguntó Emily, mientras tomaba del brazo a Candy.

-¡Sí, vamos! –Contestó emocionada la joven rubia.

Candy también se agarró del brazo de su madre y levantó la mirada al frente para comenzar a caminar y fue ahí, en ese momento cuando lo vio…

Él estaba parado, ahí, inmóvil frente a ellas, con un bolso al hombro…

Oh, cielos… Estaba más hermoso de lo que recordaba… Con el cabello corto y sus intensos ojos celestes que la miraban con ternura… Una hermosa sonrisa que mostraba unos dientes más blancos que la nieve… Oh, Dios mío… Qué guapo estaba…

Albert, su Albert estaba allí… ¿En serio? ¿Pero qué estaba haciendo allí? No, no podía ser… Todo eso debía ser un sueño… Un hermoso sueño, una alucinación… Una fantasía del cual no quería despertar…

-Candy ¿te encuentras bien? –Preguntó Emily que veía como el rostro de su hija se volvía más pálido que nunca.

-Al… Albert… -Musitó Candy. -¿Albert?

-Hola Candy… -Respondió el rubio sin borrar su dulce sonrisa.

-Albert… ¡Albert! –Dijo Candy una vez más, antes de lanzarse a sus brazos. Albert estaba allí, no era un sueño, ¡era real! Su príncipe estaba allí… No podía creerlo…

Albert la recibió gustoso entre sus brazos. Cuánto había extrañado todo aquello... Sentirla, así, tan cerca… Cómo extrañaba abrazarla, sentir su perfume a rosas, su esencia… Oh, cielos… Cómo la había extrañado…

Candy se apretó a su pecho con más fuerza, y sin quererlo respiró su aroma profundamente. Oh, Dios… Cómo había extrañado sentir su perfume a maderas… Su calor contra su piel, sus manos abrazando fuertemente su espalda… Oh, por todos los santos… Cómo lo había extrañado…

Las cuatro damas los miraban asombradas. Inmediatamente habían comprendido que aquel hombre rubio de ojos celestes era William Albert Andrew, el tutor de Candy. Pero jamás podrían haber imaginado aquella confianza que ambos se tenían. Y al verlos así, tan abrazados, no necesitaron de nada más para captar que algo más pasaba entre ellos.

Mientras tanto, Albert y Candy permanecían desconectados de la realidad. Ya que para ellos, el mundo entero había dejado de existir, y sólo estaban ellos dos y nadie más…

Ambos permanecían abrazados sin separarse ni por un segundo, sin decirse ni una palabra... Sólo necesitaban sentir su calor, y oír el latido de sus corazones…

Sólo necesitaban sentirse mutuamente y nada más…

Continuará…

s-s-s

¡Hola chicas! ¿Cómo están?

Vanessa: Feliz cumple entonces para tu mami, tarde pero seguro jajaja :) Sí, bueno, a medida que pase la historia vamos a conocer más y más sobre la mami de Candy… El cuaderno tiene una función muy importante, algo así como una historia dentro de otra historia ;) Y la tía Elroy también tiene su función en la historia muajajaja, espera que ya lo verás jijiji ;) Te juro que cuando escribía sobre Josephine me la imaginaba entre las vacas y los chanchos no podía parar de reírme jajajaja, qué mala soy jijiji :P Otros besotes, y gracias por estar siempre querida amiga :)

Lectora decepcionada: ¿Así que usted quiere que todo pase ya y bien rápido? Pero mire usted, qué picarona Jajajaja :P Y bueno... Lamento informarle querida lectora que no va a poder ser así, todo tiene su por qué y su tiempo en esta historia. Gracias por pasar, leer y comentar. ¡Saludos!

Anahis: Síííí ¡Por fin se descubrió el secreto de las gatas! Era hora ¿no? Jaja Y bueno… Personas así hay millones en este mundo, y como nuestro querido príncipe más guapo no puede ser, y bue… Alguna vez le tenía que tocar ¿no? Uy síiii, pobre Annie… Veremos qué sucede con ella… Y Albert… ¡Por fin, por fin! ¿no? Jijiji ;) Gracias querida amiga por leerme y comentar, te mando un abrazote gigante y hasta la próxima.

CrisdeA: ¡Jajajajaja! Yo pensaba lo mismo de Josephine cuando escribía esa parte jajaja, sí que me divertí haciéndolo, porque te juro que me la imaginaba toda embarrada de pies a cabeza y sonriendo por obligación muajajaja (qué mala soy jeje) Y… Albert cayó por demasiado bueno, creo yo… Pero no te preocupes, ya veremos cómo se desarma todo esto y se vuelve a armar como en un principio debió ser ;) Gracias a vos por leerla y comentarme cosas lindas, te mando un abrazo gigante y hasta la próxima.

Elena:Pobre Josephine ¡jajajaja! Está bien, está bien, veremos qué se puede hacer al respecto ;) Lo de sufrir mucho… Bueno… Veremos eso también :) Gracias por tan lindo comentario, te mando un abrazote gigante y hasta la próxima.

Gracias chicas por tomarse unos minutos de su tiempo para leer mis locuras y comentarme también. Espero que este capítulo también les haya gustado.

Les mando un abrazote gigante y nos vemos en el próximo capítulo, por este mismo canal :)

Abrazooooooooteeeeee!