Gracias por sus amables reviews y por seguir leyendo esta historia. Probablemente nos perfilemos hacia el final, aunque aun no estoy segura, todo puede pasar.

Para quienes leen Aunque el Cielo se Derrumbe; ya paso de las 3mil palabras, así que espero pronto subir un nuevo capítulo.

Sin más, comencemos a leer.

Capítulo Trece


Se sentía innegablemente bien despertar en una cómoda cama, y entre los fuertes brazos de un atractivo hombre que olía demasiado bien para su salud mental. Además había dormido como hace tanto tiempo no lo lograba. Pero la mejor parte era la maravillosa sonrisa que Peeta Mellark le ofrecía en esos momentos.

-¿Sabes? Deberías venir a vivir aquí.

Katniss Everdeen abrió los ojos con sorpresa atragantándose con su propia saliva – ¿Qu… qué?

Peeta comenzó a reír apretujándola aún más a su torso. Le plantó un beso en la sien –bromeaba. Aunque debo admitir que se siente bien amanecer así.

Era exactamente lo mismo que ella estaba pensando, pero consideró esa información demasiado valiosa como para dejarla ir. Aun así, se alzó un poco para colocar su cabeza en el pecho del chef, descubriendo que le gustaba oír el fuerte y constante latido de su corazón; y las palabras de la noche anterior resonando en su mente.

-¿Te quedas a desayunar?

A juzgar por la semioscuridad en la habitación, se podía decir que aún era de madrugada, por lo que aun tendría tiempo de quedarse un par de horas más antes de ir al ensayo con la banda. –Supongo que podría intentarlo, pero un poco más tarde, justo ahora estoy demasiado cómoda.

Peeta sonrió cuando la sintió bostezar. A estas horas él tendría que estar yendo al mercado por los pedidos del restaurante, pero por hoy se conformaría con hacer un par de llamadas a sus fieles proveedores –estoy de acuerdo.

-Y… –empezó sin tener idea de cómo preguntar.

-¿Quieres saber que me ha parecido tu familia? –preguntó Peeta adivinando exactamente lo que Katniss deseaba saber. Asintió con la cabeza, mientras dejaba que los dedos de su mano acariciaran al chef. –Prim me ha parecido adorable.

La joven alzó la cabeza para verlo y sonrió – ¿Verdad que lo es?

-Sip, aunque no puedo opinar lo mismo de… ¿Cómo se llama? ¿Gael?

Katniss giró los ojos volviendo a recostarse en Peeta –Gale.

-Sí, él.

-Es una buena persona aunque no lo demuestre.

-Si tú lo dices te creo. Y a pesar de no haber podido tratar mucho a los demás parecen amables. Un poco confundidos con mi presencia pero… –sonrió recordando la impresión causada –Ese chico… el que parece muy sobreprotector con tu hermana ¿Rory? –Katniss asintió –No me gusta mucho que salga con Prim –por su tono sobreprotector, era evidente que desconfiaba del hermano de Gale.

-Estoy de acuerdo, pero ha demostrado ser un buen chico. Además sabe que si lastima a Prim se las verá conmigo.

-Bien. Eso bastará para espantarlo. –Había risa en su voz y recibió un golpecito en el pecho –Auch. ¿Cómo he podido decir eso? Si eres adorable.

-No lo soy –dijo Katniss haciendo un ridículo puchero que Peeta alcanzó a ver.

Sin dejar de sonreír la contradijo –Sí que lo eres y me encantas así. Definitivamente me quedo contigo. –La cantante se sonrojó furiosamente por las sinceras bromas del joven. –Aunque... No sé. Ya te ha salido competencia, y creo que le he gustado mucho a Posy.

Katniss rió divertida –la próxima vez no la invitaré. –Probablemente se debía a la inexplicable felicidad que sentía, o a las mariposas que tenía en su estómago, pero se atrevió a preguntar – ¿en serio te gusto tanto?

Hubo una pausa que le pareció mortificante. ¿Peeta no la escuchó? ¿O no sabía cómo rectificarla sin herir sus sentimientos?

Antes de que pudiera encontrar desesperada algo que decir y salir del embarazoso momento, Peeta respondió con ronca voz –No sabes el efecto que tienes en mí.

¿Era acaso eso un cumplido? –A mí también me gustas –se apresuró a decir sin pensar demasiado. La amplia mano de su novio le acariciaba la espalda. ¡Tenía un novio! ¿Quién lo diría?

-¡Perfecto! Te gusto, me gustas, y tenemos tiempo ¿qué hacemos ahora? –preguntó pícaramente.

-Nos las arreglaremos –se giró para poder besarlo levemente en los labios.

Está de más decir que Peeta respondió con otro beso y muchísimo entusiasmo. – ¿Es que ya tiene ideas, señorita Everdeen?

-Demasiadas, señor Mellark.

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-Katniss, me gustaría hablar contigo –le dijo Gale una vez que el resto de la banda había recogido el equipo y se iban juntos charlando amistosamente.

Había dejado el apartamento de Peeta después del desayuno y se encontraba de un inmejorable humor. Ya pasaba la media tarde y la cantante tenía mucha hambre. Era curioso como cada vez que quería comer sus pensamientos divagaban hacia Peeta Mellark, razón por la cual pensaba en él todo día; pero no hallándose ahí justo ahora, tendría que acceder a escuchar a Gale y nunca podía predecir como acabaría eso.

-Escucha, Gale. Si es sobre…

-Lo siento –la interrumpió alzando sus manos a la altura de sus hombros en señal de rendición. –Me he portado como un idiota y tienes todo el derecho de estar enojada conmigo.

Katniss entrecerró los ojos con sospecha.

-¿Qué? En verdad lamento mi actitud posesiva de anoche –el rostro inocente, el tono humilde… algo no terminaba de encajar.

-¿Pero...?

Las comisuras de sus labios se comenzaron a elevar –pero no me arrepiento de haberte besado.

-Gale…

-No digas nada. He decidido actuar con civilidad sobre este… asunto que mantienes con ricitos. Pero cuando salgas herida, quiero que recuerdes que estaré esperándote.

-No voy a salir lastimada. Peeta nunca... –se calló. ¿En verdad confiaba tanto en su novio? ¿Era buena idea acaso?

El guitarrista se encogió de hombros pero no dijo nada más antes de despedirse de ella.

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-Has estado demasiado sonriente, descerebrada.

¿Cómo no iba a estarlo? Si los últimos días habían ido maravillosamente. Se había reconciliado con su mejor amigo, tenía un novio estupendo, y su hermana deliraba con los restos del postre que Peeta había llevado la noche de la cena.

-Es porque está enamorada, Jo –contestó Finnick con una sonrisa conocedora, al tiempo que cortaba su filete y lo llevaba a su boca.

-Tonterías. No estoy enamorada –contradijo la cantante con una enorme sonrisa.

-Deja de hacer eso.

-¿Qué?

-Sonreír. Me estás dando miedo –dijo Johanna fingiendo un escalofrío.

-Que graciosa –giró los ojos.

-Tengo razón –intervino su representante una vez tragó el bocado –estas enamorada y te encanta. –La apuntó con el tenedor –admítelo, Katniss.

-No lo admitiré y no estoy enamorada.

-¿Entonces porque sales con sexy? – Johanna registró lo obvio –para ser novia de alguien es porque debes estar enamorada.

-¿Quién te dijo que somos novios? ¿Y porque mantenemos esta conversación de adolescentes?

-Prim me llamó… De acuerdo... Yo le llamé, pero no me dijo nada que no quisiera decirme. Y no somos adolescentes: somos mujeres adultas e independientes que merecen hablar de lo que les venga en gana.

Finnick agregó pensativo –Me gusta Primrose.

-Ni siquiera pienses en ella, Odair.

-Bien –volvió a su filete. –Pero eso no cambia que estés enamorada.

-Y eso no es malo, Everdeen.

-Lo dice la reina yo-no-me-enamoraré-nunca –comentó con acidez. Estaban en un sencillo restaurante donde vendían jugosos cortes de carne. Ella había ordenado una naranjada.

Johanna bebió su cerveza –y te recuerdo que hasta hace un par de semanas eras uno de mis más leales súbditos. Pero al parecer me has traicionado.

-Lo que pasa es que Jo prefiere tener placer sin ataduras sentimentales, pero no por eso se negará al amor si este toca a su puerta. –Dijo Finnick. –Es algo que uno nunca podrá rehuir, al menos que te mantengas en constante movimiento como yo.

-Gracias por la cátedra –respondió Johanna. –Ha hablado el soltero consagrado.

-Pero es que tú serías demasiado fácil de perder, Finn. –Katniss comentó señalando lo obvio.

-Es lo que digo: constante movimiento –respondió con una sonrisa, tomándolo como un cumplido. –Si lo que quieres es no clavarte más con Peeta, lo mejor es no volver a verlo.

-Eso no lo hará –dijo Johanna por su amiga. –Aunque si lo dejas me lo haces saber para usar mi push up-bra, con eso no podrá resistirse a mis encantos –aseguró con la boca llena.

-Gracias, pero creo que eso no pasará en un futuro cercano –respondió Katniss entre el tintineo de sus cubiertos contra la loza. –Recuerda que no me gusta compartir.

-Definitivamente estás enamorada.

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El vapor de las ollas, el crujiente sonido de la mantequilla friéndose, el choque de los largos y gruesos cuchillos de chef contra las tablas de picar, y las voces gritando las ordenes de las comandas no podían disminuir ni por un ápice los ánimos con los que llegó a trabajar los días siguientes.

-¡Necesitamos más coles, chef!

Peeta se apresuró rumbo a la alacena que era la envidia de cualquier cocinero de primera categoría. Las puertas de acero inoxidable eran lustrosas, y sus anaqueles repletos de ingredientes frescos y de gran calidad. Cogió la caja mediana que contenía las verdes y perfectas coles de Bruselas que habían pedido sus compañeros.

Cuando regresó, observó con sorpresa que parte del staff lo esperaba con sonrisas y una sencilla pancarta que le felicitaba por la oferta del administrador del restaurante.

-¡Hey! –Exclamó sonriente –aún no he dicho si aceptaré, así que no canten victoria. No se desharán de mí tan fácilmente.

Riendo algunos le dieron palmadas de felicitación, bromeando otros le pidieron que los contratara en el acto (sin que los escuchara el chef ejecutivo), y algunas más lo abrazaron con emoción.

-¡Mal amigo, que no me has contado nada! –Exclamó su amiga Delly fingiéndose herida –ha sido la odiosa de Glimmer quien me informó.

Peeta le dio una sonrisa de disculpa –Es que deseaba pensarlo antes de decir algo.

-¿Pero porque tendrías que pensarlo? A menos que no pienses aceptar… –Delly frunció el ceño cuando Peeta sonrió – ¡Es la meta de todo chef! Ser el mandamás de un prestigioso restaurante en Manhattan no cualquiera lo consigue, Peet.

Se encogió de hombros –soy feliz con todo lo que tengo aquí, Dell. Además vivir en Nueva York no es tan grandioso como todo el mundo se imagina.

-¿Qué no es…? ¡Por favor! Pero bueno… –siguió exasperada, pero decidida a apoyar a su amigo hasta el final –mientras sea por ti la decisión y no por cierta cantante de ojos grises… –La sonrisa de Peeta se ensanchó. – ¡Por todos los cielos! ¡Es por ella!

-A trabajar, Cartwright –se acercó Glimmer echando a la mesera de la cocina.

-Dame dos minutos –pidió girando los ojos.

Claro que la hostess no lo permitiría. –A trabajar. Ahora.

La mirada de Delly declaraba: me odias. –Bien, pero hablaremos de esto al salir, Peeta.

El joven sonrió y le prestó atención a Glimmer por que se dirigió a él. –Felicidades, chef. –Su tono suave y seductor como un ronroneo –deberíamos ir a celebrar tu futura nueva posición.

Peeta sacudió la cabeza levemente sintiendo el dedo de la rubia deslizándose en su pecho. ¿En serio la hostess pensaba que no se daba cuenta de cómo volteaba a ver al chef Cato para evidentemente provocarlo? Con firmeza aparto la mano de su compañera de trabajo y le dijo amable, pero firme –gracias pero no. Sería mejor que arreglaras las cosas con Cato, Glimmer. Además yo ya tengo novia y no pienso conseguirme otra nunca más.

Volvió a su trabajo pensando en lo que su amiga había dicho. La verdad es que no pensaba aceptar el empleo porque no podría separarse de Katniss. No ahora que la chica de sus sueños finalmente estaba con él. Además Nueva York estaba prácticamente del otro lado del país y él no pensaba arriesgar para nada su reciente relación que iba viento en popa.

Él siempre había querido formar una familia, y desde pequeño supo que Katniss Everdeen era la candidata perfecta con la que gustosamente pasaría el resto de su vida con. Y aunque conoció otras mujeres durante los años que no la vio, ninguna le causó la misma impresión.

A ninguna otra amó.

La eterna pregunta era: ¿Katniss le amaría igual?

Esperaba que sí, porque no era tonto como para no saber que estaría desperdiciando una oportunidad única. Pero eso no le importaba gran cosa. Además, aunque ella no le dijera que lo amaba, la forma de entregarse a él gritaba otra cosa.

Y su deber era confiar en lo que su corazón le dictaba.

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