Lo siento por la gente que esperaba algo más de información sobre Zelena. Para el próximo episodio, si eso. EN FIN... ¡QUÉ COMIENCE EL JUICIO!
Regina Mills
_ ¿Morgan, ha dicho?_ Pregunté.
No podía ser. ¿Tan cruel era el destino conmigo? Se suponía que las hadas eran unos seres puros, y que no estaban capacitados para mentir. Eleanor Morgan. Una antepasada de Augustine, probablemente. ¿Sería todo una gigantesca trampa? Mi instinto… me decía que no. Después de Astrid, sin embargo, había aprendido que ni todos mis talentos eran capaces de desentrañar lo que pasaba por la cabeza de una Morgan.
Sin embargo, sus ojos mostraban adoración. La adoración de un soldado que se encuentra ante su reina. No podía prejuzgarla por las cosas que ya había visto en otras personas. No sería justo. En cualquier caso, si algo tenía claro era que los Morgan llevaban la investigación en la sangre. Y que tenían talento para encontrar pruebas… aunque normalmente fuesen en mi contra.
_ Estoy investigando un asesinato._ Le dije._ Han acusado a la persona equivocada… y quiero descubrir al verdadero culpable. ¿Me ayudarás?
La mujer tomó entre sus manos la mía, y la besó, mirándome a los ojos. Confieso que me hacía sentir un tanto incómoda aquella situación.
_ Por vos, mi reina, yo haría cualquier cosa._ Me dijo, sonriendo de oreja a oreja.
_ Está bien… ponte en pie. No es necesario que seáis tan efusiva.
_ Os pido disculpas._ Dijo, visiblemente contrariada._ No quería ofenderos.
_ No, en absoluto. Sólo estoy algo confundida, nada más._ Dije, quitándole peso a la circunstancias._ Vamos a la escena del crimen.
Ingrid
En mi palacio nadie osaba poner un pie. Todos me temían, por supuesto. Yo misma me había arrastrado a ello. Por ello me sorprendió tanto escuchar los pasos que resonaban sobre la superficie helada en la que se había convertido el patio de palacio. Me mantuve seria mientras me levantaba de mi trono y caminaba en dirección a dicho patio.
Al hacerlo me encontré con una dama, que tenía que hacer grandes esfuerzos para mantenerse en pie. No iba mal vestida, y lo cierto es que no dejaba de interesarme su presencia. Me acerqué, haciendo desaparecer el hielo bajo sus pies, pero levantando púas a su alrededor.
_ ¿Qué haces en mi palacio?_ le pregunté, directa._ Más vale que no sea uno de esos insensatos que vienen a tratar de matarme.
El patio estaba lleno de soldados congelados. Ingenuos que en su día creyeron que la reina de las nieves no era más que un trofeo que colgar en sus paredes.
_ No… más bien… al contrario._ Dijo la mujer, temblando. Extendió la mano y me mostró una carta a través de los barrotes. La tomé entre mis dedos y la observé.
Estimada reina de las nieves:
La corte de la reina Regina, en disposición de encontrar a una persona justa y con un punto de vista ajeno a nuestro pueblo, solicita su presencia en el juicio que se celebrará mañana, para tomar la labor de juez.
_ ¿Juez? ¿Yo?_ Pregunté, incrédula._ ¿Por qué querría yo ser juez?
_ Pensamos que sería una estupenda manera de limpiar su imagen. Y que la gente deje de… bueno, temerla._ Dijo, en un murmullo._ Usted no tiene motivos para verse influida por la naturaleza del caso.
Había presenciado pocos juicios. Pero lo poco que sabía, es que los escasos que se habían realizado, habían demostrar ser poco más que una muestra de la estupidez de la humanidad. Sin embargo, si era de mí de quién dependía… bueno, quizá pudiese insuflar algo de conocimiento en aquellas cabezas llenas serrín.
_ Muy bien. Tenéis juez._ Dije, bajando la mano, y con ello provocando que el hielo que rodeaba a la joven descendiese.
Regina Mills
La escena del crimen. Desde luego, no era para mí una escena de investigación idílica, siendo sincera, mis ojos nunca habían sido tan afinados como los de Amy en este aspecto. Mi hermana tenía un ojo especial para ver cosas que al resto se nos escapaban. En cualquier caso, la escena era un desastre, y no sabía qué hacer. No había cuerpo… no se distinguía nada sobre la roca y además… bueno, no tenía el equipo adecuado para analizar la situación… ni un laboratorio al que enviar dichas pruebas.
Quizá me había precipitado al intentar defender a Emma con tanta vehemencia. No es que me importase perder, por mí misma. Pero era su vida lo que estaba en juego. Y yo estaba en un lugar en el que la investigación, me era ajena.
_ Majestad…_ me llamó Eleanor._ ¿Os ocurre algo? Parecéis… descentrada.
_ Es que… no sé por dónde empezar y… por favor, llámame Regina._ Le dije, mirando al suelo. Negro, sólo veía negro, no se distinguía nada.
_ Bueno, es natural… Regina… Estáis usando los ojos._ Casi parecía que le costaba tratarme con tanta familiaridad.
_ ¿Los ojos? ¿Y qué otra cosa iba a usar?_ Pregunté.
_ ¿Acaso no sois bruja?_ Me preguntó, arqueando una ceja._ La gente siempre habla de lo talentosa que sois… de la facilidad que tenéis para ver lo que nadie más puede. Aquello que se oculta… los secretos… las mentiras. La gente dice que nadie ha sido capaz de apartaros de la verdad cuando así lo habéis querido.
Lo cierto es que la gente parecía tener una elevada opinión de mí. Sin embargo… yo no sabía hacer magia. Lo más cercano que se me ocurría a aquello era las visiones que había tenido cuando otras personas habían manipulado a los testigos.
_ Tenéis que concentraros._ Me dijo, como si supiese lo que estaba pensando._ Por lo que yo sé, hay una sensación… un estímulo.
Concentrarme… en aquella sensación. No sería difícil, especialmente con aquella última visión que había tenido. Un corazón, atado por cuerdas, que se habían ido cortando una tras otra ante los ataques de mi madre. Debía concentrarme en lo que había sentido entonces.
Cerré un instante los ojos, pensando en ello, y noté como mi cuerpo parecía vibrar. Era una sensación extraña para mí. Sin embargo, no fue nada comparado con lo que ocurrió cuando abrí los ojos. Era como si lo estuviese viendo todo a través de un filtro rojo.
Y entonces, las distiguí. Manchas azules a lo largo de toda aquella cueva. ¿Aquello era una broma o alguien me había puesto unas lentillas empapadas de luminol sin saberlo? Sin embargo, en seguida comprendí a lo que se refería Eleanor.
_ Allí._ Dije, señalando._ Hay sangre sobre esa roca.
Eleanor se acercó con un algodón y tomó una muestra. Se me hacía muy extraño estar haciendo todo aquello en una época como la que estaba presenciando. Yo, por mi parte, me acerqué a lo que parecía otro líquido completamente distinto. Negro, de la misma forma que la roca. Mi visión ya no parecía estar quemada por un foco rojo, pero sí que podía distinguir cosas que, hace un segundo, eran completamente inexistentes para mí.
_ Bien, tengo otra muestra._ Comenté. Empezaba a sentirme significativamente más segura.
Emma Swan
Pasar todo el día encerrada en una torre. Bueno… ¿Era malo que fantaseaba con tener una larga melena dorada que lanzar para que Regina subiese por ella con intención de rescatarme? Demasiados cuentos infantiles por un día. Además, Regina no era un príncipe. Era un Reina. Una reina que llevaba unos vestidos que, dicho sea de paso, me nublaban la imaginación.
Llevaba pensando demasiado rato en esa puerca de Astrid y en cómo había traicionado a Regina. En lo estúpida que había sido y en lo mucho que esperaba que Regina llegase a fijarse en mí. Resultaba difícil no quedarse prendada, cuando lo cierto es que luchaba por mí como una heroína a capa y espada. Me encontraba sentada sobre la cama. Regina había improvisado un pequeño separador para la cama que íbamos a tener que compartir, y yo estaba en mi lado.
La reina entró por la puerta, y yo sentí un estremecimiento al verla. Venía cargada de confianza, con el semblante sonriente. Esa seguridad en sí misma llamaba particularmente mi atención. Se sentó sobre su lado de la cama y se desperezó.
_ ¿Has tenido un día productivo?_ Le pregunté.
_ Sí. He encontrado una compañera de investigación que me ha ayudado mucho._ Se crujió los hombros.
Por algún motivo empecé a sentirme algo celosa. Sabía que Regina en aquel momento no estaba buscando nada, ya me lo había demostrado en mis infructuosos intentos de conquistarla. Con todo esperaba llegar a templar su corazón en algún momento.
_ Mañana conseguiré demostrar tu inocencia._ Me dijo, mirándome con fijeza._ No tienes nada que temer.
_ Estoy tranquila._ Susurré._ Confío en ti.
Regina Mills
La noche estaba siendo extraña. Dormía plácidamente, confiada en mis posibilidades. Pero como siempre solía ocurrirme al estar a unas horas escasas de un caso, mis ojos terminaron por presionarme y acabé abriéndolos. Sin embargo, los habría cerrado una vez más de no ser por haber notado algo a mi lado. Levanté ligeramente la manta que me separaba de Emma, y comprobé que me estaba temblando.
Me puse en pie, separando la manta de la parte superior de la cama. La tapé con ella, comprobando que, sin embargo, seguía temblando. Me metí bajo las mantas, y la rodeé con el brazo. Ella se aferró, y lo rodeó con los suyos. Al momento dejó de temblar y no pude evitar sonreír. Finalmente me tumbé, de lado, y cerré los ojos una vez más.
_ mmm… Regina…_ murmuraba Emma, acariciando mis manos.
Al día siguiente…
Estaba nerviosa de nuevo. Los nervios previos a un juicio. Eran una sensación que nunca terminaba de irse, especialmente al encontrarme en un caso como aquel. Mi madre lo había puesto como una prueba, pero algo me decía que la vida de Emma realmente estaba en juego. El tribunal se encontraba al aire libre. Y confieso que me quedé sorprendida al ver las tribunas de cristal. Sin embargo, al pasar las manos por ellas, me percaté de que se trataba de hielo.
Hielo cristalino, perfecto. Estaba anonadada. ¿Cómo se podía lograr crear unos muebles tan perfectos con tanta facilidad? Mis ojos captaron a una mujer vestida de blanco, que avanzaba hacia el banco del juez. ¿Era Sarah, acaso? Al menos, en apariencia tenía la misma imagen, pero lo cierto es que en aquel lugar, no sería la primera a la que veía reflejada como a una persona a la que ya conocía.
_ Se inicia el proceso contra Emma Swan, acusada del asesinato de una mujer de identidad desconocida._ Dijo una voz, mientras la mujer tomaba asiento._ Preside la sala la honorable juez Ingrid de Arendelle.
_ Muchas gracias._ Dijo ella, haciendo un gesto para quitarle relevancia._ ¿Acaso la defensa y la acusación están preparadas?
_ La defensa está lista, su señoría._ Dije, poniendo las manos sobre el banco, que sorprendentemente, no estaba frío.
_ ¿Está lista la acusación?_ Preguntó, mirando hacia el banco opuesto a mí.
Pero allí no había nadie. ¿Acaso no habían encontrado a un fiscal? Le pedí al pueblo específicamente que lo buscase. No podía ser yo la que eligiese a mi rival. El sonido de un martillo de hielo golpeó sobre una mesa del mismo material. Esto iba mal. Sin fiscal no había juicio… y pedirían la cabeza de Emma.
Cuando un sudor frío empezaba a caerme por el rostro, ocurrió. El banco que estaba frente a mí empezó a fundirse, y lo que parecía ser magma comenzó a fundir de la tierra, tomando una forma muy similar a la que el banco original tenía. Hubo un resplandor verde, y una mujer hizo acto de presencia. Era una imagen imponente, desde luego.
La mujer, rubia, de rasgos marcados y claramente dura, al menos en apariencia, iba ataviada con una larga gabardina, y sacó sus notas con toda la calma del mundo, revisándolas. La gente estaba mortalmente callada, asombrada por lo que acababa de ver.
_ La acusación está lista, su señoría._ Dijo, dedicándome una mirada.
_ Muy bien._ Dijo Ingrid._ Este tribunal agradecería que en futuras ocasiones sea más puntual, Maléfica.
_ No se preocupe, su señoría. No volveré a retrasarme.
Lo cierto es que, con ese nombre, la impresión que producía, que la mostraba como una mujer dura, sólo se reforzaba. Y mi sexto sentido me dejaba claro que mi rival no iba a ser fácil.
