Gracias a Mariam Alexius y a horus100 por sus reviews ! Ya me estaba desesperando por no tener ningún comentario ;-)

Curiosamente, Paulo se enfadó conmigo cuando le conté lo acontecido con Francis. Trató a mi amigo de "depravado" y de "pervertido" y, cuando defendí a mi camarada, Paulo se enfadó aún más, hasta el punto de evitarme durante toda la estancia del francés en León. Estaba un poco deprimido por su actitud, pero Francis se pasó todo el tiempo conmigo, levantándome el ánimo. Teníamos sexo todas las noches, y Francis incluso se burló de mi entusiasmo por un acto que, hacía muy poco, me horrorizaba. Pero es que era capaz de reconocer mis errores, y no veía que podía tener de malo algo tan agradable. La última noche antes de que el galo se fuera, incluso dejó que yo se lo hiciera a él, aunque no se lo permitía a cualquiera. Dijo que yo era muy especial para él, y que quería acordarse de mí durante el trayecto. Personalmente, no veía el interés en viajar varios días en carruaje con el trasero adolorido, pero si tan romántica le parecía la cosa, no veía porque no darle el gusto. Nos prometimos escribirnos mucho, y no dejar tanto tiempo pasar antes de volver a encontrarnos, y a la mañana siguiente lo miré alejarse con el alma en vilo. Notando mi abatimiento, Paulo volvió a hablarme, pero volvimos a discutir cada vez que trataba de hacerme arrepentir de lo sucedido con Francis. Al final, los dos decidimos evitar el tema, y ya. Pero quedo siempre algo roto entre nosotros, como una herida mal cicatrizada, y me dolía que mi hermano no pudiera aceptarme, y aceptarse a él mismo, tal y como éramos.

Respeto a nuestros soberanos, si Paulo pudo continuar a tratarlos con la misma cortesía indiferente de antes, no fue ése mi caso. Al parecer, Francis había dicho a Constanza que podía fiarse de mí, porque la reina siempre acudía a mí cuando tenía un motivo de queja. Pronto me di cuenta que la reina era muy, pero que muy devota, y también que era muy celosa. El rey Alfonso tenía efectivamente como amante a Jimena Muñoz, quien le había dado una hija, Elvira, ese mismo año, y no tenía intención alguna de deshacerse de ella, lo que enfurecía a la soberana francesa. Traté de decirle que poco influencia tenía yo sobre Alfonso VI, pero la reina se empeñó en montarme escenas cada vez que su marido la contrariaba de una manera u otra. Por otro lado, la reina ignoró mis protestas cuando Alfonso decidió desterrar a mi amigo Rodrigo Díaz por haber saqueado una zona del reino taifa toledano, que quedaba bajo su protección, después de haber perseguido unas tropas andalusíes que se habían adentrado hasta Soria. El crimen carecía de importancia, pero Rodrigo se había hecho un enemigo del conde García Ordoñez, y este hubiera usado cualquier motivo para alejarle de la Corte. Oyendo que Rodrigo había propuesto sus servicios a los reyes taifas musulmanes, y que seguía coleccionando los éxitos militares, lo encontraba una verdadera lástima el no poder contar con él entre nuestros rangos, especialmente cuando Alfonso casi muere, en el año 1082, traicionado por el alcaide de la fortaleza de Rueda de Jalón, quién había prometido entregarle la plaza, sólo para tenderle una trampa. Alfonso, por suerte, había esperado antes de adentrarse en la fortaleza, pero tuvo que presenciar la masacre de una gran parte de su mesnada en la emboscada.

En 1084, el rey de Toledo Al-Qadir (nieto de Al-Mamún, quién había acogido a Alfonso en la ciudad después de su huida del monasterio de Sahagún en el año 1072) le pidió ayuda al rey leonés tras un levantamiento que pretendía derrocarle. Alfonso, tan deshonesto como siempre, aprovechó para apoderarse de la ciudad. Conseguí convencer al rey de dejar los musulmanes conservar su mezquita y sus propiedades, ya que no dejaban de ser sus súbditos, aunque con otra religión. Le hice ver que le serían más fieles si le estaban agradecidos, que si le guardaban rencor. Fui el primer sorprendido por la facilidad con la cual el monarca accedió a mi petición. A cambio, Constanza de Borgoña me consideró como un traidor de la fe cristiana, y su enemigo jurado. Ya la reina me guardaba rencor por un acontecimiento ocurrido el año anterior, cuando su rival Jimena Muñoz había dado a luz a una segunda hija, Teresa, mientras la pobre Constanza acababa de perder a su pequeña Sancha tras pocas semanas de vida. A pesar de sus 37 años, era la primera vez que esa mujer perdía a un niño, ya que había tenido la suerte de que su primera hija, Urraca, nacida en el año 1081, fuera fuerte y sana. La reina, que había quedado prostrada desde la muerte de su bebe, se había puesto histérica al oír la noticia, y me había visto obligado a abofetearla para calmarla. Nunca me lo había perdonado, incluso si después de mi intervención encontró la fuerza de salir de la cama y de volver a su vida de antes.

En el asunto de Toledo, sin embargo, Constanza fue apoyada por un aliado inesperado: Paulo. A decir verdad, no entendí para nada el comportamiento que mi hermano adoptó entonces. Él también tenía habitantes musulmanes en su territorio, y tenía que sentir algo de simpatía para ellos, ¿a que sí? Después de todo, esos hombres, esas mujeres, esos niños y esos ancianos habían nacido allí y eran tan españoles como los cristianos del Norte. Aunque sean musulmanes, ya no tenían nada que ver con los invasores que nos habían capturado en el siglo VIII. No conocían otra cosa que Al-Ándalus; y los consideraba como parte de mi pueblo también. Nosotros mismos, que habíamos vivido a la corte de Córdoba durante casi tres siglos, habíamos sido impregnados de su cultura, de sus costumbres, sus artes, sus ciencias… No sé, de verdad, cómo Paulo conseguía olvidarse de todo eso. Yo no podía.

Paulo se convirtió en el aliado de Constanza, pues, mientras Alfonso me encargaba a mí hacerle construir un palacio en Toledo, que serviría de punto de partida para su conquista del resto del territorio. Eso me valió el odio de los celosos, que no entendían porque el rey le confiaba algo parecido a un mocoso que siempre había tratado con algo de desconfianza por haber sido enemigo de su padre, el rey Fernando, y después con indiferencia (aunque con el respeto debido a la encarnación de su país). La verdad es que no lo entendía tampoco, pero me esforcé para satisfacerle. Por desgracia, la reina y el arzobispo recién nombrado, Bernardo de Sedirac, aprovecharon la ausencia del soberano en la ciudad para revocar su decisión y mandar destrozar el contenido de la mezquita mayor con el fin de convertirla en catedral. Mis protestas no sirvieron de nada, claro. Seguí a los caballeros que habían sido encargados de esa triste misión, encabezados por mi hermano, y mis suplicas no tardaron en avisar a los toledanos musulmanes. Esos, a pesar de no llevar armas, intentaron formar una barrera para proteger a su templo. Fue una masacre. Pero no pude defenderles, demasiado ocupado por mi propia pelea con Paulo, a quién intentaba impedir el paso para saquear al santo lugar. No me atrevía a atacar con todas mis fuerzas, por miedo a hacerle daño a mi hermano, y eso fue un error. Prostrado en el suelo tras haber recibido una paliza, le pregunté:

- ¿Por qué? ¿Por qué haces eso, Paulo? ¡Esa gente también es mi gente! ¡Nuestra gente!

- ¿Nuestra gente? Yo sólo veo a unos sucios infieles – contestó Paulo con desprecio.

- ¿Cuántos sucios infieles viven sobre nuestras tierras, Paulo? ¿Acaso quieres matar a casi la mitad de nuestros habitantes?

- No puedes proteger a todos, Antonio. Tendrás que elegir a un bando u otro. La elección debería ser fácil, incluso para un imbécil como tú, ¿o es que ya te has olvidado las humillaciones que nos hicieron vivir esos malditos moros?

- ¡Eso fue hace siglos, Paulo! ¡Esa gente no tiene la culpa de lo que hicieron sus antepasados!

- Elige bien, Antonio… Porque el que no está de nuestra parte está en contra nuestra.

Y con eso, Paulo me dio la espalda, dejándome tendido en el polvo. Lloré lágrimas amargas, desgarrado por dentro entre el juramento que había hecho a mi hermano de siempre estar a su lado, y lo que sentía que era mi deber: proteger a mi pueblo. Al final, cuando me puse de pie, había elegido. Y había decidido que no podía renegar una parte de mí, y que tenía que defender a todos los españoles, que sean cristianos, musulmanes o judíos. Sabía que no era el camino más fácil, claro, y que eso me valdría muchas enemistades; pero no tenía otra opción. Era demasiado tarde para salvar a la mezquita; pero me dediqué en ayudar a los heridos y a las familias de los muertos. Convencí a los más vengativos de dejarme hablar con el rey Alfonso antes de intentar cualquier cosa. Los más viejos no tenían mucha esperanza de que mis esfuerzos sirven de algo, y seguían convencidos de que la cosa solo iría a peor, pero me agradecieron mis buenas intenciones de todos modos. Me temo que tenían razón.

Seguí viviendo bajo el mismo techo que mi hermano, pero él me trataba fríamente, cómo a un desconocido, y eso me hería más profundamente que lo dejaba parecer. La reina Constanza, por su parte, rebozaba de orgullo, ya que había dado a luz a un hijo varón, por fin, después de otra hija el año anterior (otra Elvira, porque los reyes de la época no tenían ninguna imaginación, como ya lo hemos podido notar anteriormente). Lo consideraba una prueba que Dios la apoyaba en su decisión. El rey Alfonso, quien había echado la bronca a su mujer al volver a Toledo y viendo lo sucedido durante su ausencia, se quedó encantado con el nacimiento del pequeño Fernando, y se olvidó de su promesa de devolver a los musulmanes sus bienes. En consecuencia de todo esto, y de los relatos que le hacían los refugiados que acudían a su corte, el rey taifa de Sevilla, al-Mu'tamid, pidió la ayuda de los Almorávides del otro lado del estrecho de Gibraltar. Esos cruzaron por primera vez en el año 1086, y las tropas de Alfonso VI fueron vencidas en Zalaca, obligando el monarca a refugiarse en Toledo. Menos mal, el hijo del emir Yusuf ibn Tashufin murió, y este tuvo que regresar a África. Eso dio tiempo a Alfonso a pedir la ayuda de los otros reinos cristianos de Europa para organizar una cruzada. Esta nunca llegó a concretizarse, pero Francis sí que contestó a la llamada, enviando a un gran número de caballeros, entre los cuales destacaban dos sobrinos de la reina Constanza, Raimundo y Enrique de Borgoña. Esos se instalaron a la Corte y se convirtieron en amigos inseparables de Paulo. Le escribí una letra a mi amigo galo para agradecerle el refuerzo, y explicarle un poco mi situación, pero incluso él me aconsejo hacer las paces con Constanza y abandonar mi "ridículo empeño en defender a mis enemigos". Claro, Francis sólo tenía un punto de vista exterior, y no hacía ninguna diferencia entre los moros de Al-Ándalus y los Almorávides de África. Estaba solo contra todos, pero me negaba a renunciar a mis convicciones.

Bueno, no estaba totalmente solo. Efectivamente, Rodrigo Díaz también había acudido a la llamada del rey Alfonso, que había aceptado su regreso de buena gana. El Cid Campeador, como lo llamaban después de sus hazañas en territorio moro, compartía mi tolerancia por los musulmanes, a los cuales había prestado su espada durante los últimos años. Pero la reconciliación entre el caudillo y el rey leonés sólo duró hasta el año 1088, cuando los Álmoravides cruzaron por segunda vez para asediar a Aledo, y que Alfonso pidió a Rodrigo que se encontrara con él para rescatar a la fortaleza. El Cid no consiguió reunirse con él, y Alfonso tuvo que liberar a Aledo sin su ayuda. A continuación, volvió a castigarle con un nuevo destierro, lo que me pareció una burrada, ya que no había sido la culpa de Rodrigo por no llegar a tiempo; pero el rey no quiso escucharme, y no quise enojar a mi único aliado del momento. Efectivamente, Alfonso se había quedado encantado con el palacio de Toledo (que había hecho construir por arquitectos y artesanos árabes) y desde entonces había integrado yo su círculo de confianza (o mejor dicho, de juerga, porque el rey nunca escuchaba los consejos y lo hacía todo a su antojo). Con él, tuve la ocasión de visitar a varios burdeles, y de experimentar el sexo con mujeres. La cosa era… diferente de las veces con Francis, pero agradable. Definitivamente agradable.

En el año 1090, nos llegó la noticia de un tercer desembarco de los Álmoravides, esta vez con la firme intención de destituir a los reyes taifas y tomar el control de Al-Ándalus. El rey de Sevilla al-Mu'tamid le pidió a su hijo al-Ma'mun, rey de la taifa de Córdoba, de mantener a toda costa la posición de la ciudad, y este envió a su mujer y a sus hijos al castillo de Almodóvar del Rio para ponerlos a salvo. Al-Ma'mun murió en el combate, pero Alfonso VI, quien tenía a la taifa de Sevilla bajo su protectorado, mandó a un ejército para rescatar a su mujer. El ejército sufrió numerosas bajas, pero consiguieron salvar a Zaida, la cual fue acogida en el palacio de Toledo. Y eso marcó la muerte de los reinos cristianos tal y cómo los había conocido hasta entonces.