Sip, soy yo, sip, he vuelto y sip tengo capi nuevo aunque el calor hace que me blandeen las intenciones. No os preocupeís el siguiente será más intenso


Capítulo XIII

"De estúpidos destinos"

Quinn tenía razón, y aunque trató de resistirse cuanto pudo, Dean Winchester tuvo que reconocerle al oso que los cimientos de la casa se habían visto afectados por el corrimiento de tierras que provocó la tormenta. Tendría que irse de allí, tendría que marcharse del búnker que era el único lugar dónde ahora mismo era capaz de pensar.

Los weres le volvieron a acoger en el Santuario. Erika tendría que volver a casa de sus padres mientras el Consejo de Escuderos le buscaba un nuevo Dark Hunter al que asistir. Los padres de la muchacha, escuderos como ella, no se mostraron muy contentos con que la joven se hubiera enamorado del miembro más problemático de la familia Peltier.

La parte sur de la ciudad había sufrido muchos daños. Como la casa de los Winchester, varios edificios se habían derrumbado dejando a cientos de familias en las calles, sin lugar a dónde ir. Y aunque no hubiera habido víctimas mortales (de momento), si había muchos heridos.

Dean se unió a una cuadrilla de voluntarios de una iglesia cercana. Era lo que se le daba bien, cuando estaba destrozado lo único que lo mantenía a flote era construir o arreglar cosas. Los Peltier no sabían que pensar de su actitud. Algunos de ellos: los hermanos menores junto con Remi y Fang, le acompañaron como voluntarios, sorprendidos de una solidaridad que no esperaban en el humano.

Pero el cazador no se limitaba a ayudar a la gente afectada por la tormenta únicamente por la bondad de su corazón: tenía su propia misión. Esa iglesia custodiaba un incunable, un volumen de un tratado medieval sobre los círculos del infierno que tenía en exposición, cedido por el departamento de investigación teológica de la Universidad Jesuita.

Dean pensaba que ese libro podría mostrarle algún camino, algún acceso para llegar al Purgatorio y tenía el convencimiento de que mientras duraran los trabajos de reconstrucción del barrio, nadie echaría de menos el manuscrito. Lo sustrajo la primera noche, y durante una semana estuvo estudiándolo mientras el resto de sus nuevos amigos descansaban del duro trabajo.

No le importaba no dormir, salvo por el cansancio acumulado, pero esa era una sensación que ya conocía demasiado bien y contra la que podía luchar. Era la imagen de su hermano muriendo y desapareciendo entre sus brazos contra lo que no podía luchar; se le presentaba siempre que conseguía conciliar el sueño o en el momento más inesperado.

Como ahora, al pasar las desgastadas y antiguas hojas del manuscrito, rozándose la cicatriz de la quemadura que no sirvió para nada. Se golpeó la cabeza contra la pared exigiéndose a sí mismo que parara, que no era el momento de desmoronarse, tenía cosas que hacer.

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A Soteria Eleni Athena Kafieri Parthenopaeus ("Tory" para su esposo y prácticamente todos sus conocidos) se le caía su palacio encima de la preocupación por el Dios desaparecido. La esposa de Acheron había acatado a regañadientes la petición de su suegra de no hablar con Dean Winchester y suplicarle que rescatara a Ash. Según Apollymi, el mortal se había mostrado intransigente e intentar rebajarse ante él sería una indigna pérdida de tiempo.

El palacio estaba en silencio, ni Bas, ni Simi rompían la monotonía. Su pequeño extrañaba a su padre, y aunque no lloraba o preguntaba por él, sus habitualmente ruidosos juegos se habían reducido a sentarse con su peluche junto a su hermana demonio mientras ésta le contaba cuentos.

Hacía ya un tiempo que ya no le decía a Simi que las historias de cómo se comió ella solita a todo un ejército de persas, y de cómo se atragantó con las armaduras, no eran lo más adecuado para contar a un niño de tres años. Después de todo la pequeña y traviesa demonio no le hacía caso y Bas nunca sería un niño humano normal, era el último descendiente del panteón Atlante, un Dios, inmortal.

Tory imaginaba que Acheron de pequeño habría sido igual de adorable que Bas, un niño hiperactivo y alegre, siempre haciendo trastadas. Pero sólo hasta que recordaba los pocos detalles de la vida de su marido que conocía. No podía esperar más, no permitiría que el hombre del que estaba enamorada siguiera perdido por más tiempo en el Purgatorio.

Si había juzgado bien al humano la tarde que lo conoció en casa de Selene Devereaux, la ayudaría, estaba convencida. Entonces Dean también había perdido a su hermano y parecía a punto de derrumbarse por la desesperanza, y aún así tuvo la paciencia de aguantar los juegos de una decena de pequeños que no dejaron de atosigarlo hasta que se marcharon a sus casas. Incluso Bas hizo buenas migas con el Winchester que en ningún momento espantó al chiquillo o se quejó de que lo tomara como parte del sillón donde se había querido ocultar.

Alguien así la ayudaría, seguro, y más, si como su suegra decía, Ash se había perdido tratando de encontrar el alma de Sam Winchester. Dijo a Simi que tomara apariencia humana, vistió a su hijo y se materializó en el Santuario, en el Hall de visitas no humanas (dónde solían aparecerse las criaturas que no convenía que los clientes humanos vieran)

- ¡Tory! – exclamó sorprendida Aimèe Peltier.

- Necesito hablar con Dean Winchester Aimèe – pidió, aunque con su poder, legado por su madre política podría haberse materializado directamente frente a él.

- Claro – sonrió la osa tomando a Bas en los brazos - Cada día estás más grande, a este ritmo el año que viene serás más alto que tu papá.

- Se peddió – dijo el pequeño muy serio – vamoo a buscarlo.

- Claro que sí, Bas – respondió la matriarca del Santuario besando la cabecita castaña.

Acompañó a Tory hasta la puerta de la habitación de Dean. Sabía que estaba dentro, aunque lo más seguro era que durmiera en ese momento. El ritmo de trabajo que se había autoimpuesto su invitado era demencial, y Aimèe no creía que durmiera más de dos o tres horas seguidas. Aun así llamó a la puerta.

- Dean, ¿Puedes salir un momento? Es importante.

- ¡Un segundo! – dentro se escuchó movimiento, cajones, sillas, una colorida maldición sobre pillarse un dedo y después - ¡Pasa!

La osa estuvo a punto de reprenderle por hacer la cama tan rápido, hasta que con un breve vistazo se dio cuenta de que ni siquiera la había usado. El humano, sorprendido de que llevara acompañantes les ofreció las dos sillas de la habitación y se sentó en el colchón.

- ¿De qué se trata? – entonces reconoció a Simi – Ey, hola pequeña.

- Dean, no sé si recuerdas a Soteria, es la esposa de Acheron.

- Hace unos meses ¿No? – de repente el cansancio acumulado hizo mella en el hombre provocándole dolor de cabeza, no quería ser desagradable, pero no estaba de humor para un ultimátum – no voy a hacerlo, así que puedes ahorrarte la charla.

- Aún no me has escuchado – reprendió Tory con dulzura, intuyendo el agotamiento del cazador - ¿Al menos me dejarás explicarme?

- Como quieras.

- Aimèe ¿Puedes hacerle algo de merendar a Bas? – su anfitriona cogió al pequeño comprendiendo que esa conversación quería llevarla a solas.

- ¿Y a la Simi? – bajó de un salto la joven Caronte que se había sentado en el techo, con la espalda en la pared, desafiando la ley de la gravedad.

- Por supuesto Simi, vamos – La osa se llevó al niño y a la chica dejándoles la intimidad que necesitaban.

Durante un momento Soteria estudió al humano. Presentaba un aspecto mejor al que tenía cuando lo conoció. Entonces Dean Winchester parecía incapaz de interesarse por nada o por nadie. Era la viva imagen de la derrota. Ahora seguía teniendo esa mirada desesperada pero su actitud era muy diferente, no se había rendido, podía notarlo. Quizás estar ahí no era una total pérdida de tiempo.

- Ash intentó ayudar a tu hermano – comenzó creyendo que era una buena entrada.

- Oh, venga, no es así como vas a convencerme – Dean también la estudiaba a ella - ¿Eres humana? ¿Apolita? ¿Medio bicho?

- Humana, lo fui hasta que me casé.

- Ya veo, entonces tú puedes ir a salvar a tu maridito, fin de la charla.

Soteria se sintió ofendida, y sin embargo el cazador estaba siendo todo lo educado que sabía ser pues en el fondo no quería herir sus sentimientos. La curiosa paradoja en todo esto era que nunca había sabido ser amable y cualquier intento de serlo solía ser interpretado como agresividad o desprecio.

- Si pudiera hacerlo créeme que lo haría – murmuró la mujer tratando de contener la ira – no soy ninguna damisela inútil, pero sólo un humano puede sacar a Ash de allí.

- Sam es humano.

- Pero no conoce la forma de salir y tú si.

- Para eso habría que conocer la forma de entrar.

- Apollymi…

- No, no le voy a hacer reverencias a una loca que ha destruido media ciudad sólo porque quería darse un paseo – Dean miró a la mujer, y ésta comprendió de repente al cazador. Como la nitidez de una bofetada entendió su posición, su actitud, su furia con un mundo que no paraba de atacarle por el sólo hecho de existir y compartió su determinación a no ser jamás una víctima.

- Se lo pediré yo, tú no tendrás que verla más – los ojos verdes del cazador la escrutaron como si intentara descubrir la trampa en sus palabras – Dean, sólo quiero que mi esposo vuelva a casa, con Simi, con Bas…

Hubiera querido decirle a la mujer de un Dios que le importaba una mierda su hija demonio o el pequeñajo de ojos grises y cabellera castaña que se había portado como un hombrecito formal hasta que Aimèe se lo llevó. Pero no pudo, porque por muy mal que se sintiera, esa gente, la inmortal, la chica "devora-todo" y sobre todo (sorprendentemente) el chiquillo que apenas había visto un par de veces, le importaba.

- Dices que puedes enviarme allí – murmuró avergonzado por albergar esperanza todavía.

- Si, bueno, puedo conseguir que Apollymi lo haga, pero necesitamos que tú…

- ¿Diga que sí? Esto no me trae buenos recuerdos – carraspeó y se miró las manos, la quemadura. Sólo había una elección posible que él tomaría - ¿Qué tengo que hacer?

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Estaban lejos del lugar dónde Crowley creía que su contacto Parca efectuaba sus entregas. El maldito Purgatorio era eterno y se parecía poco o nada al descrito por Dante en su "Infierno". Aunque para ser sinceros el infierno del Rey de los demonios tampoco se parecía demasiado al aburrido y tedioso libro, ya se había encargado él de hacerlo "más divertido"

Si tuviera alma se sentiría cómo un debilucho gusanillo entre los dos tíos enormes que eran sus compañeros de viaje. Porque Sam Winchester ya era escandalosamente alto pero el tal Acheron ¡Le sacaba una cabeza al cazador!

En cualquier momento, cualquiera de los dos podía volverse loco, como el Dios Atlante cuando apareció, y dejarlo seco de sangre en un segundo. Y sin embargo, en lugar de escapar (como hubiera hecho cualquier demonio razonablemente inteligente), los seguía como un perrillo faldero hipnotizado por el poder que irradiaban, fascinado y casi ¿Enamorado? De cada gesto o cada palabra que le dirigían.

Cuanto más tiempo caminaba al lado de ellos, más necesidad tenía de su compañía. Era capaz de pasar horas sólo admirando el paso elástico de Sam o la elegante silueta del Atlante sin notar que tenía literalmente que trotar para seguir su ritmo.

- Descansemos – sugirió Acheron al llegar a una zona dónde no se percibían criaturas lo suficientemente cercanas como para molestarles en algunas horas.

El demonio cayó sobre sus rodillas exhausto, no había notado lo cansado que estaba hasta que sugirieron el parar un rato. Sam, sin ningún alarde, le levantó y lo acomodó junto a un tronco examinando su pierna herida. Y Crowley sintió "Amor" por el humano que había estado machacando sistemáticamente desde que se encontraran por primera vez.

- Gracias – murmuró con la voz seca.

- Vamos a salir de aquí, y cuando lo hagamos mandaré tu culo al infierno – amenazó el castaño taladrándole con esos nuevos ojos aterradores.

- Respecto a eso – si había un mini Crowley dentro del propio Crowley que aún recordara ser malvado, ahora se estaría dando de cabezazos dentro de su cráneo – os he mentido, sí conozco una salida del Purgatorio, pero es hacia el Infierno.

Sus compañeros de viaje se miraron sorprendidos por la inesperada confesión. El tipo alzaba sus ojos castaños cargados de ¿Inocencia?, no comprendían el por qué se sinceraba ahora si antes les había mentido con todo descaro.

- Podría matarte en este momento y no sentiría ningún remordimiento – le amenazó el Dios, fue en ese momento cuando reconoció en el demonio los signos de una maldición que creía tener controlada.

- ¿Puedo tocarte? - preguntó Crowley como si no le hubiera escuchado – no me importa que me mates si me dejas tocarte una sola vez.

- ¿Se te ha ido la cabeza Crowley? – Sam levantó al demonio sujetándolo en pie contra el tronco del árbol - ¿Qué demonios te pasa?

- Os quiero tíos ¿He dicho yo eso? – La confusión del demonio no tardó en ser sustituida por la adoración otra vez - ¿No lo notas Sam? Acheron es perfecto, mágico, nunca había sentido nada así, es físico y a la vez es… es… Tienes que notarlo porque tú también lo tienes, ahora entiendo a Dean, entiendo su amor y ¿Cómo he estado tan ciego tanto tiempo? No temas, os amo, nunca podría haceros ningún daño…

- Se te ha ido la cabeza del todo – sentenció el cazador soltándole.

- Os serviré, seré vuestro esclavo, seré lo que queráis que sea – el demonio alargó la mano, había algo de patetismo en la devoción que mostraba y Ash pensó que podían usarla.

- Entonces sácanos de aquí.

- Pero sólo puedo llevaros al infierno – dijo el pequeño hombrecillo preocupado.

- Pero eres el Rey del Infierno Crowley – replicó Sam – después nos podrás sacar de allí a la Tierra.

- En teoría, pero lo más seguro es que en mi reino ya no pueda sentir nada bueno – dijo el demonio haciendo todo lo contrario de lo que su ser maligno le ordenaba que hiciera – si os llevo allí, seríais mis prisioneros y yo volvería a ser la criatura maligna que era cuando llegamos aquí Sam. No puedo permitirlo, no os haré daño prefiero morir ahora.

- ¿Sugieres entonces que sigamos atrapados aquí eternamente? – Los plateados ojos del atlante se vieron empañados por un leve velo de sangre que anunciaba que estaba a punto de perder el control.

- Tranquilízate Ash – Sam sonrió – tanto si es aquí como si es en el infierno Dean nos encontrará.

- No Sam – replicó el demonio con tristeza – Dean no tiene forma de llegar hasta aquí, tendría que volver a matar un leviatán o abrir una nueva puerta, y tú eres el cerebro muchacho, tu hermano sólo no es nada, es inútil.

- Te equivocas Crowley, tanto tiempo y todavía no le conoces – la confianza del cazador animó a Acheron – vendrá, de una forma u otra, y nos sacará.

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Una semana sin ver a Remi era una eternidad. Erika había intentado no disgustar a su familia más de lo que ya lo estaban. Pero era inútil. Su padre no paraba de darle sermones sobre la diferencia de especies, sobre su trabajo, sobre su "destino", estúpido, estúpido destino… Su madre no era más comprensiva. Ambos eran de estirpe de escuderos, casados con escuderos, las normas estaban arraigadas en sus mentes como grabadas en la roca más dura.

Un escudero no se relaciona con apolitas, y mucho menos con Daimons, y los weres eran medio apolitas medio animales, eran la aberración de la aberración. La muchacha había tratado de razonar con ellos, su bisabuelo, su abuelo, un tío, su padre y ella misma, por un corto espacio de tiempo, habían trabajado para un were-hunter que además era un Cazador de Artemisa: Ravyn Kontis. ¡Y el were-lepard se había casado con una humana! Si un Dark Hunter podía liberarse de su compromiso por amor ¿Por qué ella no podía estar con Remi?

- Olvídalo Erika, no vas a tontear con ningún were-hunter – su madre cortó de raíz su nuevo intento de hacerla comprender que necesitaba ver al oso - ¡Deja de comportarte como una niñata caprichosa!

- Pero, mamá…

- ¡No hay pero que valga! – Alexa Thomas se ablandó un poco ante el disgusto de su hija, pero sólo en las formas, pues su resolución era firme y ella creía que justa – Erika, es por tu bien, Remi Peltier es un Katagaria, es un animal, su corazón es animal ¿Lo entiendes? Podría hacerte mucho daño…

- Pero Ravyn es Katagaria y es feliz, y su esposa y sus pequeños…

- Piensa en el tamaño Erika, Ravyn es un leopardo, Remi un oso, y además es un tipo brutal, ¿O me vas a decir que no destrozó a zarpazos un cadáver?

- Aquel lobo había matado a su hermano.

- No era la primera vez Erika, Remi Peltier, al margen de las reglas, es agresivo, es violento, es peligroso.

- Conmigo no…

- ¡Basta Erika! – Erik Thomas había escuchado parte de la conversación y no consentiría que su hija volviera a ver al oso – ve a tu habitación, en la próxima reunión del consejo pediré que te trasladen a San Francisco.

La joven no dijo una palabra más, se encerró en su dormitorio con un portazo y escuchó cómo la encerraban con llave, como si en lugar de veintiún años tuviera quince y quisiera salir con el gamberro del instituto. Pero no importaba lo que sus padres, o el consejo, o la misma Artemisa decidieran. Quería estar con Remi y estaría con Remi. Nadie le iba a decir qué hacer con sus sentimientos, y si tenía que estrellarse pues se estrellaría, pero sería su propia decisión.

- Hola – susurró una voz ronca y varonil que conocía demasiado bien. Se dio la vuelta y el objeto de su discusión salió del vestidor rascándose el cogote – si te voy a causar problemas me esfumo.

- Ni se te ocurra – se enganchó a su cuello, le encantaba que la alzara como lo hacía, sin esfuerzo, como si fuera una cría – esta semana ha sido una locura.

- Sí, lo sé – Remi la abrazó con ternura, casi con miedo a romperla – yo también te he echado de menos.

- ¿Y quién ha dicho que te he echado de menos? – bromeó la chica encantada con la franqueza de su oso.

- Os he escuchado discutir – murmuró Remi – quizás debas escucharles.

- ¡No! Ni se te ocurra decir que tienen razón, no la tienen.

El oso no podía creer que ella todavía quisiera salir con él y al mismo tiempo su miedo a perderla y a que los últimos meses se convirtieran en todo lo que podía esperar del amor le impulsaba a luchar por ella, a secuestrarla y llevársela lejos dónde nadie pudiera separarlos. Pero, él sabía lo que era sacrificar los propios sentimientos por su familia, sabía lo importante que es la familia, y Erika era muy joven aún, necesitaba a sus padres.

- No tienen razón en todo… – murmuró adentrándose en el terreno peligroso del desacuerdo – pero sí la tienen en que no soy el oso más equilibrado del planeta, Erika, eres la única persona con la que he sido… no sé cómo explicarte esto…

- No eres un monstruo, ni un ser violento.

- Sí, Erika, soy violento, pregunta a cualquiera.

- No me hace falta, te veo, sé cómo eres.

- Ves cómo soy contigo.

- Veo cómo quieres ser y eso es lo único que importa.

- No voy a convencerte ¿Verdad? – Musitó roncamente envolviéndola con su cuerpo, cariñoso – y eso que has visto lo que soy capaz de hacer.

- Nunca harías daño a nadie sin motivos.

- No a propósito, pero…

Ella calló al oso con un beso. Mientras al otro lado de la puerta se escuchaba a sus padres discutir algo sobre San Francisco. Remi la trasladó en un suspiro a esa ciudad, a lo alto de uno de los pilares del Golden Gate.

- ¿Cómo? – susurró asustada agarrándose a sus brazos para que el fuerte viento que soplaba ahí arriba no la tirase.

- Soy un Katagaria, ¿Recuerdas? Podemos trasladarnos en el espacio, e incluso en el tiempo si hay luna llena.

- No tienes un corazón animal, no te creo.

- Entonces ¿Cómo explicas esto?

Remi tragó saliva al notar el temor en esos ojos castaños que lo eran todo para él. Pero ahora era lo que debía hacer, desengañarla. Cuando pasara un tiempo y todo se calmara quizás podría volver a intentarlo de nuevo. Pero entonces, lo que creían que no era posible, ocurrió.

Una fuerte quemazón hizo que ambos miraran su propia mano izquierda. Había ocurrido, sólo habían tenido relaciones sexuales una vez, unas semanas antes de la muerte de Sam Winchester. Normalmente las marcas de emparejamiento aparecían poco después de la primera vez con la persona que "las destinos" decidían que sería el compañero del were-hunter de por vida.

Los emparejamientos con humanos eran muy raros. De todos sus conocidos, Remi no tenía noticia de más de dos casos: Vane y Ravyn. Ahora, mirando la marca de su mano, de un subido tono púrpura, con forma de zarpa de oso, pensó que no hay dos sin tres.

- ¿Qué es esto? – Erika le mostró su mano asustada - ¿Es una enfermedad? ¿La tenemos los dos?

Ambas marcas mostraban exactamente el mismo dibujo, con la misma tonalidad de púrpura. Remi palideció. Ahora no podía darle opción, no podía retirarse sin más para que pudiera vivir su vida porque, aunque quisiera, ese vínculo los ataba más fuerte que cualquier contrato humano.

- Malditas sean – gruñó.

- ¿Ahora me maldices?

- No – cogió su mano con delicadeza, rozando sutilmente la marca – no, a ti jamás. Al destino Erika, maldigo a "Las Destinos" por hacerte esto.

- ¿Hacerme qué?

- Esta marca, siempre me ha… - suspiró – Los de mi especie nos unimos así, esta marca significa que el destino nos ha unido.

- ¿Nos ha salido porque nos amamos?

- Es una manera de decirlo.

- No pareces feliz Remi – acusó ella decepcionada con el desaliento del oso.

Él decidió que era hora de devolverla a su casa. La habitación de ella estaba abierta, y no había nadie en todo el edificio, probablemente creerían que se había fugado y había ido al Santuario.

- Necesito un trago – murmuró el oso haciendo aparecer una botella de ron de reserva y dos vasos con hielo – ten, siéntate.

Erika se dejó caer en su cama y Remi se sentó a sus pies, en el suelo, tratando de encontrar las palabras para explicarle el problema que se les venía encima.

- La marca puede ser un gran problema en este momento.

- No quieres estar conmigo.

- Por favor Ery, no es eso – los ojos azules la miraron cargados de un dolor tan intenso como sólo le había visto cuando mataron a su hermano – yo… Hace años estuve enamorado, mucho antes de conocerte, mi primer amor, ella era una osa, como yo, y aguardábamos a su primer celo para emparejarnos. Pero, ocurrió algo…

- No tienes que contarme tus historias amorosas Remi – la muchacha dejó el vaso en el suelo.

- Por favor, déjame contarte esto.

- Está bien.

- Ella se acostó con otro, y en el momento en que se dio cuenta de su error ya era demasiado tarde y estaba emparejada con él – contó rápidamente.

- ¿Cómo pudo equivocarse de oso? ¿Es que sois iguales cuando os transformáis? –dijo cruelmente la muchacha.

- ¿Conoces a Quinn?

Erika se sintió culpable por ser tan dura. Claro que conocía a Quinn, otro de los cuatrillizos, tan idéntico a Remi como lo era Cherif o lo había sido Dev. Entonces, la esposa de Quinn y Remi habían sido novios y el destino los separó como ahora los unía a ellos.

- Pero, podía haberse negado, ¿No?, podía haberte elegido a ti.

- Esa marca es también una maldición Erika, vincula a los que la tienen, la hembra tiene tres semanas para decidir, si cree que es un error podrá dejar al macho, no podrá tener hijos pero podrá tener relaciones con quien desee. Pero para el macho es diferente, si es rechazado se vuelve impotente – ella esbozó una sonrisa divertida – no bromeo, se vuelve estéril e impotente y no podrá emparejarse con nadie hasta que ella muera.

- ¡Pero eso es una crueldad!

- Ya sabes, los dioses olímpicos son creativos sobre sus maldiciones.

- Entonces tengo tres semanas para aceptarte como compañero – ella se arrodilló frente a él y tomó su rostro entre las manos – no las necesito, eres mi compañero.

- No debes tomar esta decisión a la ligera, debes…

- No es a la ligera, te quiero.

El móvil del oso sonó estridentemente en el bolsillo de su chaqueta. Pero lo ignoraron, Remi no escuchaba otra cosa que no fuera ese "te quiero". La quemazón que la marca había provocado en su mano iba desapareciendo poco a poco. Erika empezaba a comprender que, aunque no era la forma en la que ella lo elegiría, estaba unida a Remi para siempre. Lo amaba, y si debía ser de ésta manera pues que así fuera.

- No vamos a esperar Remi.

- ¿Estás segura? - los ojos del oso estaban cargados de emoción.

- ¿Tú me amas?

- No necesitas preguntarlo.

- Yo te amo, ¿Tú me amas? - Insistió ella, aunque estuvieran bien juntos eso no quería decir que debieran estarlo para siempre o que su relación fuera a funcionar.

- Te amo.

- ¿Como para ser pareja? - le mostró la marca, que era igual a la del oso, sólo que proporcionada al tamaño de su mano.

- Como para que si me rechazaras no me importe quedarme impotente para siempre - sonrió de lado levantando la ceja derecha.

- Entonces hagámoslo.

- Pero sin vincularnos.

- Te quiero Remi, quizás no quiera vivir una vida si tú no estás en ella.

- Quizás yo no quiero que si me ocurre algo tú pudieras morir - suspiró, la muerte de sus padres, la de Dev, la amenaza que pendía sobre Samia que no llegaría a contemplar el rostro de su hijo - si lo hacemos no habrá vinculación, porque si lo hacemos, y llegamos a tener familia, no tenemos derecho a arrebatarles a sus padres en el mismo golpe.

Los ojos castaños de la chica se llenaron de lágrimas al comprender por qué Remi decía eso. Él se arrodilló a sus pies y unió su mano marcada a la de ella. Se quedaron tan absortos el uno en el otro que no escucharon como Erik Thomas entraba en casa junto a un par de miembros del consejo de escuderos.

Sin dudarlo, el padre de Erika descargó su pistola eléctrica sobre el oso que se encogió sobre sí mismo, fluctuando de su forma humana a la animal. Ella intentó separar los diodos del cuerpo del hombre-oso pues la Táser aún estaba funcionando. Cayó inconsciente y no se golpeó la cabeza contra el suelo porque Remi, incluso en su precaria situación, logró moverse lo suficiente para que cayera sobre él.

- ¡Erika! - gritó el señor Thomas al ver cómo su hija caía derrumbada sobre el oso.

Desconectó el arma e intentó acercarse, pero Remi se había transformado, y con los ojos inyectados en sangre cubría a la muchacha impidiendo que su padre se acercara. La descarga lo había debilitado, pero al cesar decidió mantener su forma de oso para que ninguno de los hombres pudiera tocar a la muchacha.

No pensaba con claridad, aunque todos creían que era un Katagaria en realidad era arcadiano desde su pubertad por lo que en las condiciones en que estaba le resultaba difícil mantener su forma animal. Erik temió por la vida de su hija al ver la fiereza con que los mantenía alejados. ¿Y si había enloquecido? Conocía casos de were-hunters que se habían vuelto locos y destruían a cuantos estaban cerca de ellos aunque fueran parte de su familia.

- Remi, escúchame, soy su padre, no quiero hacerle daño y no quiero que tú se lo hagas ¿Comprendes?

El gigantesco oso negro gruñó levantando una terrorífica zarpa como advertencia. Casi no le quedaba energía, iba a perder el sentido de un momento a otro. Y entonces sería humano y estaría indefenso. Pero lo peor era que no podría protegerla a ella.

- Estás débil, si te doy otra descarga quedarás inconsciente - advirtió Erik, pero no era una amenaza, miraba a la muchacha que, sin sentido, permanecía al abrigo del cuerpo del oso. El humano comprendió que el terrorífico animal no haría nada para dañar a su hija - No lo voy a hacer porque podrías aplastarla, o ella podría recibir parte de la descarga.

Se guardó el arma en su funda y se acercó mostrando las manos al monstruo. Un leve gruñido le detuvo en seco, alejado apenas unos pasos de la pareja. Remi decidió que si seguía manteniendo su forma animal se desvanecería así que cambió, pero estaba demasiado débil para conjurar ropa o levantarse.

- Está bien Thomas - susurró roncamente arrastrándose a un lado para permitir que ayudara a Erika - respira regularmente.

- Eres un peligro para ella.

- ¿Cree que no lo sé? – contempló con tristeza cómo el señor Thomas recostaba a la muchacha en la cama y desapareció sin aguardar a que despertara.

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La terraza del Santuario estaba vacía como siempre. Fang se dejó caer junto a un respiradero, agotado. Habían estado colaborando en la reconstrucción de las zonas destruidas por la aparición de la diosa Atlante en la Tierra, aunque para los habitantes humanos de la ciudad se trataba de una inesperada y dramática tormenta tropical.

Había habido incontables heridos, gente que había vuelto a perder sus hogares cuando apenas empezaban a superar la destrucción que azotó Nueva Orleans unos pocos años antes. La ciudad no estaba aún recuperada del huracán Katrina y esta tormenta había reabierto viejas heridas y otras no tan viejas.

Al menos no tenían que estar encima del Winchester para que no hiciera más estupideces. El tipo era un soldado, cuando había que actuar no existía ningún problema con él. Organizó varios grupos de voluntarios, sacó escombros, levantó paredes, sirvió en los comedores improvisados. Fang sonrió, no era mal tío para ser un humano.

Thorn no lo había llamado desde que Acheron desapareció. Como si de unas vacaciones inesperadas se tratase, no había señales de ningún ser demoníaco del que tuviera que ocuparse. Había una calma tensa en el ambiente como si se esperara un nuevo ataque de "La Destructora".

- Estabas aquí – Aimèe se dejó caer a su lado, apoyando la cabeza en su hombro, la estrechó automáticamente besando el rubio cabello – la familia de Ash ya se ha marchado y los demás están todos descansando.

- ¿Todos? – preguntó un tanto irónico.

- Bueno, supongo, Vane se marchó con Fury hace cinco minutos, te estuvieron esperando pero tenían que irse a casa.

- ¿No se han quejado de que no estuviera allí para darles la patita? – gruñó a sabiendas de que no tenía motivos para el ramalazo de envidia contra sus dos hermanos, cada uno Regis Lupus Arcadiano o Katagaria, respectivamente. Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero, incluso sabiendo que Fury no era responsable del destino que el mismo Fang había elegido, el Regis Katagaria de los Lobos debía haber sido Fang.

- Pero que lobo más atascado eres – la Ursulan le dio un leve golpe en el pecho – a veces creo que la mala actitud de Remi te la has quedado tú de recuerdo.

- Llevamos casi una semana trabajando a destajo cariño, solo estoy cansado – suspiró abrazándola con ternura, ella tenía razón, ella siempre tenía razón.

- Y ellos, y yo, y todos – ella se dejó mimar un momento sin dejar de regañarle como a un mocoso – pero son tus hermanos, tu familia, y te quieren, hasta Fury, lo sabes ¿Verdad?

- Lo sé – gruñó avergonzado - Lo siento.

Los ojos azules de la osa lo miraron con cariño. Se incorporó y se sentó a horcajadas sobre las piernas extendidas del lobo enterrando los finos y delicados dedos entre el cabello negro y corto. Su lobo. Lo había amado desde la primera vez que posó la mirada sobre él, sobre su aspecto descuidado y letal, sobre su cuerpo delgado y firme que hacía perder el aliento a todas las chicas no emparejadas que conocía.

- No lo sientes, adoras gruñir, eres un gruñón profesional – le tocó la punta de la nariz, juguetona.

- Y tu adoras eso de mi – sonrió lobunamente.

- ¡Qué malo es conocerse! – Suspiró ella con cómica resignación rodando los ojos - ¿No estaríamos mejor en nuestro dormitorio?

- ¡Qué malo es conocerse! – la imitó con gesto travieso, levantándose y cogiéndola en vilo como si apenas pesara – está bien señorita, su caballero andante la complacerá…

La besó. Hacía días que sólo habían sido simplemente cariñosos, sin alardear, como si demostrarse su amor en público pudiera hacer daño a alguien. Desde que Samia volvió y tuvieron que alojar al Winchester y su amigo vampiro. Ahora no había nadie alrededor, en el tejado, su esposa devolvía su beso convirtiendo su pasión en una espiral que se iba incrementando de uno a otro lado, sumando el amor humano, multiplicándolo con la fiereza del lobo, aumentando exponencialmente con el ímpetu del oso.

Aimèe tenía razón, iban a estar mucho mejor en su dormitorio. Pensó Fang al notar como su camiseta se rasgaba en la espalda ante la ruda caricia de la osa. Riendo y tonteando como adolescentes salieron de la terraza.

Con un suspiro Dean Winchester bajó del voladizo donde llevaba oculto desde que Fang subiera hacía dos horas. Dichoso lobo, apenas se había atrevido a mover un músculo por no delatarse. Cogió el libro antiguo y aprovechó la iluminación de la calle para leer.

No podía concentrarse, no podía dejar de repasar todo lo que habían hablado Soteria y él esa tarde. Quizás no tendría que buscar una entrada alternativa al Purgatorio, podría hacerlo ahora, si no fuera tan malditamente estúpido, podría rogar a esa diosa loca, hacerle la pelota ¿Por qué no? ¿Qué iba a perder si lo hacía? ¿Su dignidad? ¿Su orgullo? ¿Valían de algo si Sam se quedaba atrapado allí?

No se trataba de eso, se trataba de que no les creía, ni a Apollimy, ni a ninguno. Sam había muerto entre sus brazos, la puñetera piedra que le había marcado como a una res no había funcionado y ahora sería una sombra más, un fantasma incapaz de comunicarse con nada más porque estaría demasiado débil y se iría debilitando hasta volverse loco.

Quería creer que estaba en el Purgatorio porque, con todo lo salvaje, brutal, descorazonador que era aquel mundo, al menos seguiría en algún sitio al que poder ir a buscarle. Porque así seguiría teniendo una esperanza de recobrarlo. Porque así tenía un motivo para seguir arrastrándose por este mundo de mierda.

- Eres un tocho inútil – murmuró cerrando el manuscrito. Todo muy épico, todo muy minuciosamente detallado, pero ni una sola palabra de verdad en la descripción de las nueve cornisas del purgatorio. Había estado allí y nada de lo que había leído tenía que ver con lo que había experimentado – Puede, que no lo viera todo ¿No? Maldita sea, tengo que dormir algo ya y dejar de hablar con un libro.

Continuará_