Bruce se despertó en medio de una pila de escombros. Menudo dolor de cabeza. Literalmente. Le llevó muy poco darse cuenta de lo que –o quién- había hecho que estuviera en mitad de la nada, totalmente desnudo y rodeado de ruinas. Se llevó las manos a la cabeza y gimió.

-¿Está bien, hijo?

Un guardia de seguridad ya mayor lo miraba detenidamente desde lo alto de una pila de escombros. A Bruce no es que lo emocionara precisamente la idea de tener esa conversación desnudo. Pero podría haber sido peor. Al menos, Hulk no había matado al vigilante en su aplastante frenesí.

-¿He hecho daño a alguien?- quería saberlo. Mejor saber de antemano el daño que había causado.

-No había nadie que pudiera resultar herido. Aunque ha asustado algunas palomas...-replicó el vigilante y Bruce soltó un suspiro de alivio. Al menos no había matado a nadie.

-Suerte...-dijo Bruce y se preguntó si se podría decir lo mismo del Helitransporte y la gente que había dentro.

-O buena puntería. Estaba despierto cuando ha caído-el vigilante de unos setenta años parecía sorprendentemente tranquilo para alguien que había visto caer del cielo a un monstro verde y gigante.

-¿Lo ha visto?-preguntó Bruce buscando su confirmación.

-Sí, todo. Ha atravesado el techo. Grande, verde y en pelota picada- Bruce se preguntó de qué estaba más avergonzado, si de ser un monstruo homicida o de su desnudez enfrente de aquel tipo entrado en años. Así que se sintió tremendamente agradecido cuando el hombre le ofreció por fin unos -dijo lanzándoselos-. No pensaba que le fueran a caber, hasta que se ha encogido y ha recuperado un tamaño normal...

-Gracias-asintió Bruce y se puso con rapidez la ropa que le ofrecía. Bueno, al menos aquello ya estaba solucionado. Ahora tocaba el pequeño problema verde. Se preguntó cómo iba a reaccionar aquel hombre; no estaba gritando ni huyendo, lo que lo hacía una rareza. Y se había parado a hablar, lo que lo volvía totalmente único.

-¿Alienígena?-preguntó con el mismo tono tranquilo, casi como si esperara un "sí".

-¿Qué?-balbuceó Bruce, pillado por sorpresa.

-Del espacio, un alien...-aclaró su absurdo razonamiento el hombre.

-Nah-replicó Bruce, preparándose para más preguntas.

-Entonces, hijo, tiene un problema muy grande-aseguró el guardia, con tono de circunstancias. Bruce casi sonrió ante su conducta práctica e inusual. ¿O eso era lo normal y la gente que había conocido era demasiado dramática?

Siempre pensó que correr o atacarlo con armas y granadas era bastante natural, teniendo en cuenta en lo que se convertía. Lo que no era bueno para él, claro, pero así era cómo se esperaba que fuera. De hecho, con ese incidente, lo más probable es que se hubiera convertido en un enemigo de los Vengadores y de S.H.I.E.L.D.

Probablemente, cualquiera que fuera la camaradería que tuviera con Tony y Natasha y -tragó en grueso- Maya se había destruido para siempre. Y eso era en el mejor de los casos. El peor incluía gente muerta, no cabreada.

Decidió concentrarse en el mejor de los casos por su propio bienestar mental. Y decidió mantenerse al margen de situaciones peligrosas. Es decir, peligrosas para otra gente.

Basta de fingir que pertenecía a un grupo de héroes. Basta de fingir que podía estar cerca de la gente sin hacerles daño. Basta de fingir que podía enamorarse y que le correspondieran.

Basta de fingir que todavía era un hombre.

OoOoO

A Maya le daba vueltas la cabeza. La montaña rusa de información en la que se acaba de subir la había dejado impresionada. Creía en un montón de cosas sobrenaturales, dada toda la información privilegiada de los más raros sucesos del mundo en S.H.I.E.L.D, pero lo que ella conocía era solo la punta del iceberg. Tony Stark ya le parecía mucho más agradable (o menos desagradable, si leías la prensa sensacionalista de internet) y la preciosa agente pelirroja que conocía era aún más mortífera de lo que parecía.

Y Bruce... Su mente seguía procesándolo. Si los vídeos eran de verdad (y estaba bastante segura de que lo eran), tenía problemas. Problemas en plan gigantes y verdes, no del tipo celoso. No sentía tanto miedo como creía que tendría, porque ella sentía que lo conocía. No lo veía como un monstruo, sino como un hombre.

No podía preocuparse por lo que Hulk podría hacerle a ella misma cuando podía ver lo que debía estar haciéndole a Bruce. Podía imaginar la desesperación y el estrés bajo el que debía estar constantemente. Intentaba trabajar duro y crear algo que pudiera ayudar a la humanidad y se le castigaba por sus esfuerzos, convirtiéndolo en algo que lo distanciaba de la gente. Sin mencionar la culpa que debía sentir y, tal vez, la responsabilidad de su propia situación. ¡Y lo bien que lo disimulaba! No tenía más opción que controlar su ira, pero sin ser cortante, maleducado o condescendiente. Él escuchaba de verdad a la gente y aun así subió abordo a ayudarlos a encontrar el Teseracto. A pesar la desesperada situación en la que se encontraba, se había convertido en un rayo de esperanza para otros.

Antes de saber esto, a Maya le gustaba. Era dulce, divertido de forma sutil y ridículamente atractivo. Notaba su complejidad y algo de el la atraía. Pero ahora... lo que sentía por él no era mera atracción. Podía sentir la tensión en su cuerpo, la disposición de su mente, la sed de sus sentidos. Todo en lo que podía pensar era él. Estaba tan indefensa ante la profunda atracción que sentía por él como las virutas de hierro cerca de un imán gigante.

Maya siempre había sido una mujer decidida. Y acababa de tomar una decisión: ese hombre iba a ser suyo.

OoOoO

Bruce se paró afuera de las ruinas de su improvisado lugar de aterrizaje. Se preguntó a dónde debería ir. Sabía que tenía que imponer distancia entre Nueva York y él, pero su instinto le gritaba que tenía que ir a la Torre Stark, a ayudar, a hacer algo y no solo huir del enfrentamiento. Estaba allí de pie, intentando disipar ese instinto, cuando escuchó algo.

Era el ruido del motor de una scooter acercándose. Se podía ver una figura delgada de pelo color café por fuera del casco, volando al viento como seda líquida, conduciéndola. Pero incluso antes de que su pelo la delatara, Bruce ya sabía quién era. ¿Quién más podría ser tan intrépida como para colarse en las ruinas de su vida con una elegancia tan innata?

A pesar de la atracción magnética que sentía hacia ella, no podía soportar la carga de las preguntas de las que estaba seguro que iban a caerle. Especialmente tan pronto después de su transformación en el otro tío. Se dio la vuelta, sin pensar, y volvió al almacén abandonado, esperando de alguna manera poder esconderse de Maya.

Pero no tendría esa suerte.

En cuestión de minutos, antes incluso de que pudiera encontrar un buen agujero en el que meterse (aunque todo lo que había era escombros), escuchó una voz suave, llamándolo:

-¿Bruce?

Bruce se giró y la vio. De pie a unos metros de él, cabello al viento, estaba Maya. Un pañuelo verde alrededor de su cuello resaltaba aún más sus impactantes ojos verdes, que contenían una emoción muy diferente de a la que Bruce estaba acostumbrado a ver después del "incidente". No era miedo, repulsión, ni siquiera curiosidad. Era compasión y algo tan dulce que no pudo identificar. Lo miraba casi como si él fuera la víctima, en vez del monstruo.

Maya caminó lentamente hasta él. Bruce no podía decidir qué decir, cómo explicarse, cómo preguntarle cuánto sabía ni cómo decirle el resto. Se paró enfrente de él y él la miró, con la boca abierta pero sin que le salieran las palabras.

Pero antes de que pudiera decir nada, ella extendió un brazo, tomó su mano con delicadeza y la sostuvo entre las suyas. Y no podían haber salido palabras más absurdas de su boca:

-Lo siento, Bruce. He traicionado tu confianza.

Lo que salió de la suya, en cambio, fue una risa histérica.

-¿Cómo es posible que pudieras haberme ofendido, Maya?-le preguntó.

Maya miró hacia abajo, a sus zapatos de tacón por un momento; parecía avergonzada. Entonces, alzó la cabeza y volvió a hablar:

-He roto mi promesa de mantener tu privacidad. Lo he leído todo sobre ti.

Bruce se quedó paralizado por sus palabras. Su mano se volvió débil entre las suyas. Lo he leído todo sobre ti... Lo he leído todo sobre ti...

La frase seguía repitiéndose en su cabeza. Todos sus secretos oscuros, los crímenes de los que quería mantenerla al margen. Lo sabía todo. La única persona para la que quería ser normal sabía exactamente lo anormal que era.

Pero no huía. ¡Se estaba disculpando por ello! Como si su privacidad mereciera de alguna forma la pena ahora.

-Maya, no creo seas la que deba disculparse. No eres tú la que tiene un monstruo dentro.

Maya apretó su mano.

-No, Bruce, tú no tienes ningún monstruo dentro. Lo que llevas es un peso, un peso tan enorme que habría roto a cualquier hombre normal. Y aun así caminas ligero. Tu trabajo científico, la ayuda médica que has proveído, tu dulzura conmigo... ¿Cómo puedes esperar que te deje creer que eres un monstruo?

-¿Y qué hay de la destrucción que he causado, Maya? ¿El peligro que represento? ¿Cómo no puede ser eso monstruoso?-dijo Bruce, acunando con su mano libre su mejilla, conmovido por sus palabras pero incapaz de creerlas.

-No has hecho nada de eso, Bruce. Tú no querías nada de eso. Has luchado contra ti mismo cada día para proteger a la gente de cualquier peligro que pudieras causar. Y a pesar de la censura que afrontas, sigues protegiendo a la gente tanto como puedes. ¿Qué eres sino más que un héroe?-preguntó Maya.

Bruce se sintió destrozado por sus palabras, culpable por necesitar creerlas. Soltó su mano y se giró para mirar los escombros.

-Yo he creado este problema, Maya. Fueron mis experimentos los que crearon a Hulk. Por mi error, muchos han terminado heridos-susurró sin atreverse a mirarla a los ojos, admitiendo su mayor crimen. Temiendo haberla convencido de que verdaderamente era un monstruo.

Maya apoyó una mano en su hombro.

-¿Fue realmente un error, Bruce? ¿Acaso Hulk ha causado solo destrucción? No olvides, Bruce, que lo he leído todo. También sé las cosas buenas que ha hecho.

Con suavidad, le dio la vuelta y le colocó una mano encima de cada hombro, apretándole un poco. Él bebió de su roce delicado y de sus reconfortantes palabras, que eran como un bálsamo para su maltrecho corazón, haciéndolo latir de nuevo.

-No te culpes, Bruce. Recuerda siempre que hay un poder mayor en juego. Tus experimentos podrían haber acabado de mil formas distintas. Pero hicieron que Hulk se creara en ti. Y solo a ti se te ha dado la gigantesca tarea de dominar su volátil potencial cuando explota y ayudar al mundo. El Universo tiene fe en ti, Bruce. Yo tengo fe en ti. Pero tú tienes que tenerla en ti mismo también-dijo Maya mirándolo con sus penetrantes ojos verdes, obligándolo a confiar en su juicio.

¿Podría ser posible? ¿Podría ser esa la forma que se suponía tenía que ser? ¿Y si Hulk no era un monstruo, sino una posibilidad que solo él tenía que aprender a usar y controlar? Su responsabilidad. Siempre creyó que era un castigo.

Bruce suspiró y sonrió ligeramente.

-¿Por qué eres tan convincente, Maya? Acabas de cambiar mi forma de pensar sobre cosas en las que llevo creyendo media vida. ¿Es cosa de terapeutas?-soltó medio en broma medio en serio, preguntándose si sería parte de su trabajo y no era el único por el que ella mostraba esa sensibilidad.

Los ojos de Maya adquirieron un brillo travieso. Las comisura de sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa.

-Oh, se me ha olvidado mencionarlo. Ya no voy a ser más tu terapeuta.

-¿Q-qué? ¿Por qué no?-preguntó Bruce.

Si no era su psicóloga, ¿por qué estaba allí? ¿Qué era para ella? La cabeza le daba vueltas con las posibilidades, aturdiéndolo, mientras esperaba a que se explicara.

-Violé el acuerdo de privacidad, así que estoy obligada legal y moralmente a abandonar tu terapia. No estoy aquí por ninguna vinculación de carácter profesional y no puedo tener más sesiones contigo a partir de ahora –las manos de Maya se movieron a sus hombros y sus dedos se unieron por detrás de su cuello. Se puso de puntillas acercándose a él y le susurró-. Pero ahora, nada me impide hacer esto-y cubrió sus labios con los suyos.

Bruce se quedó helado en el sitio por un instante antes de que la sensación de sus suaves labios moviéndose contra los suyos sacudiera su cuerpo con un calor abrasador. Su brazos envolvieron su cintura, acercándola a él, y la besó con entusiasmo. Al parecer, con más entusiasmo del que ella se esperaba, porque soltó un gritito de la sorpresa para después emitir un gemido cuando atrapó su labio inferior con los dientes y calmó el mordisco con su lengua. Las manos de ella se desplazaron a su pelo, despeinándolo aún más si cabe y produciéndole un estremecimiento delicioso.

Volvió a besarla, sujetándola contra él hasta el punto de que sus pies casi no tocaban el suelo. Aquel beso se sentía tan bien que, por primera vez en años, Bruce no sintió ni miedo, ni arrepentimiento, ni dolor; solo el cuerpo de esa increíble mujer contra sí.

Fue Maya la que se separó primero. Apoyó su frente contra la suya, con los ojos entrecerrados, tratando de normalizar su respiración, que Bruce se dio cuenta que era muy irregular. Le sonrió y murmuró:

-¿Supongo que no te importa que ya no vaya a ser más tu terapeuta?

Bruce se rió y replicó con la voz ronca.

-Supones bien, Maya.