Severus – el verdadero héroe de la saga Harry Potter –, y los demás personajes de los libros aparecen por cortesía de su creadora, J. K. Rowling. El resto de personajes y la historia en sí, son sólo culpa mía :)
Muchísimas gracias a Sayuri Hasekura, Sely Cat, minerva91, GiotMalfoy, MoonyMarauderGirl, LilaSnape y dazedme por sus comentarios.
Y muchas gracias también a todos aquellos que me leéis desde las sombras del anonimato.
Capítulo 14 – Notas compartidas
-¿Así que Dumbledore le impuso que pasara más tiempo con sus amigos? – Me pregunta la señorita Lovegood, sorprendida – Vaya, no pensaba que el director fuera tan…
-¿Manipulador?
-Iba a decir controlador, pero, en cierto modo…
Río un poco ante su desconcierto.
-Oh sí, era un maniático del control sobre los demás. Y toda la historia de Harry Potter debería servirle como prueba de ello. El director era el gran titiritero, y nosotros sus marionetas. Lo que pasa es que normalmente la gente se dejaba manipular, porque él solía tener razón, pero yo siempre chocaba con él. Sé que sus intenciones eran buenas, incluso entonces sabía que sólo buscaba lo mejor para mí, pero no podía evitar rechazar de lleno cualquier decisión que tomaba sobre mi vida. Parecía que su único empeño consistía en separarme de Severus.
Cuando pude hablar con él a solas, me informó de que Dumbledore le había sugerido que participase en todas las celebraciones que se hicieran en adelante para motivarme a mí a seguir su ejemplo.
-¿Así que ahora te obliga a ti también a asistir a todas sus estúpidas fiestas? – Me indigné.
Severus parecía molesto, pero resignado. Y me dijo que lo mejor que podíamos hacer era seguir sus consejos.
-Eso no eran consejos, eran órdenes – protesté.
-Lo que sea – replicó –. Y también ha dicho otra cosa – añadió –. Según él, tu relación conmigo es de dependencia…
-¿Qué?
-… y es obsesiva, y creo que tiene razón.
Parpadeé varias veces, anonadada. No me lo podía creer, Severus se había dejado convencer por el director y ahora él también consideraba que debíamos pasar menos tiempo juntos. ¡Menos tiempo! ¡Como si estuviéramos todo el día pegados! Apenas nos veíamos y quería reducir nuestro tiempo juntos aún más. Estuve enfadada con él durante varios días por ceder tan fácilmente ante el viejo, pero no tuve más remedio que hacer lo que decían, así que desde entonces, quedó estipulado que los sábados y domingos por la tarde debía pasarlos con mis amigos, dejándome sólo las mañanas para estar con él.
Me dediqué a pasear y a charlar con Tonks y con Charlie, y alguna vez se nos unió también Bill, pero normalmente él se iba con sus compañeros de tercero. Sin embargo, muchas tardes ellos habían quedado también con gente de sus propias casas y no quería ser una carga ni imponerles mi presencia, así que en esas ocasiones solía sentarme sola en el patio interior bajo uno de los arcos de piedra, leyendo un libro, o estudiando alguna asignatura. La razón de que me sentara allí en vez de ir a la biblioteca, era que quería estar bien visible por si Dumbledore aparecía por casualidad, para demostrarle que sus esfuerzos por dominarme eran vanos, y que si él me prohibía pasar esas tardes con Severus, el resultado era que me quedaba sola. Pero el anciano nunca dio muestras de darse por aludido.
Así pasó otro mes, y entonces llegaron los exámenes del primer trimestre y tuve una pequeña pelea con Severus a causa de la calificación de un examen que no era el mío. Le había puesto muy mala nota a Tonks en Pociones y me quedé después de su clase para quejarme.
-No se esfuerza lo suficiente – dijo con tranquilidad –, como el resto de la clase. Son todos unos vagos y unos inútiles.
-Ella sí que se esfuerza, sólo se equivocó en una tontería.
-Equivocarse en una tontería o no hacerlo es lo que marca la diferencia, Julia. Tú, por ejemplo, no te equivocas, por eso sacas buena nota.
-Pero yo llevo ventaja.
-¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso?
-¡He estado ayudándote a preparar pociones durante años!
-Pero nunca habías elaborado una poción por ti misma antes de llegar aquí, ¿no es cierto?
Fruncí los labios con fastidio.
-Aunque si lo que deseas es compartir la nota con ella, por mí encantado.
Me quedé de piedra.
-¿QUÉ? – Estaba sorprendida y totalmente indignada, pero él parecía hablar en serio – Bien, pues sí, quiero compartir mi nota con ella.
-Como quieras – dijo, encogiéndose de hombros.
Le miré boquiabierta.
-¿Por qué eres tan duro con los estudiantes? Todos te temen y te odian…
-Hago mi trabajo lo mejor que sé.
-Pues conmigo lo hacías mucho mejor.
No podía dejar de pensar en lo bien que Severus me había enseñado todo lo que sabía, incluyendo las clases de natación que me daba por las mañanas. Siempre me había parecido que explicaba muy bien las lecciones y no solía perder la paciencia cuando me equivocaba en algo, por eso me sorprendía tanto la dureza con la que trataba a los alumnos en clase.
-Mira, Julia – masculló, súbitamente irritado –, no me gusta hacer de maestro. Nunca me ha gustado, sabes que no soporto a los mocosos estúpidos y también sabes porqué acepté este puesto como profesor. No tenía otra opción. Así que hago mi trabajo y no espero ni alabanzas ni recompensas, y si piensas que me importa una mierda lo que esos críos consentidos y cabezas huecas opinen de mí estás muy equivocada.
-Pero, pero… eso no es justo. Porque a ti no te guste tu trabajo, no tienes por qué hacérselo pagar a ellos.
-Yo no soy justo, Julia. ¿Todavía no te has dado cuenta de eso? – Sonrió con malignidad y me puse furiosa.
-¡Tú no eres así! – Grité – Sé que no eres tan malo. Y además eres un experto en la materia y sabes explicarte muy bien, si no te empeñaras en hacer que todos te odien, podrías ser un gran profesor.
-Oh, sí, esa es la gran aspiración de mi vida, ser un gran profesor – se mofó.
-¿Entonces cuál es? ¿Morir solo, amargado y despreciado por todos?
La sonrisa se le congeló en el rostro, pero sólo duró un segundo, y en seguida recuperó la compostura.
-Ya te he dicho que no me importa lo que los demás opinen de mí… – pareció estar a punto de añadir algo, pero se lo pensó mejor.
-Pues a mí sí que me importa… – murmuré, cabizbaja – y me duele cuando te insultan y se quejan de ti. Me duele cuando todos opinan que no deberías estar ejerciendo de profesor porque no eres más que un mortífago sádico y rencoroso que se aprovecha de su autoridad como maestro para seguir provocando el terror, aunque sea a menor escala. Y me duele que no hagas nada para detener estos comentarios. Me dolió la primera semana que estuve aquí y me sigue doliendo ahora, aunque tenga más "autocontrol", como tú querías que tuviera.
Severus levantó la mano despacio, y parecía querer llevarla a mi cara, quizá para acariciar mi mejilla, pero a medio camino se detuvo y la volvió a bajar.
-Soy como soy – dijo –. Contigo es diferente, porque existe una confianza que no tengo con mis alumnos. Alégrate por ello o recházalo, haz lo que quieras. Y si prefieres que te trate como a los demás para no hacer distinciones, también puedo hacerlo.
Le miré boquiabierta unos segundos, después me di la vuelta con brusquedad y me marché de la clase.
Tonks se quedó pasmada cuando le dije que había hablado en su favor ante el profesor Snape.
-Los tienes bien puestos para ir a quejarte al murciélago…
-No le llames así – dije, cansinamente.
-… y además por mí. Yo me habría puesto a temblar.
Suspiré.
-Muchas gracias – añadió.
-No hace falta que me las des. Sólo he hecho lo que me parecía justo.
-Bueno, y ¿qué ha dicho?
Carraspeé.
-Pues… ha dicho… – me miré las puntas de los pies – ha dicho que si no estaba de acuerdo con tu nota, podía compartir la mía contigo.
-¿QUÉ? ¡Pero eso es injusto! ¿Qué se ha creído ese…
-No le insultes.
-…ese desgraciado, amargado, hijo de…
-Vale ya, Tonks.
-¡Tú has sacado la mejor nota de la clase! ¿Qué digo? ¡Has sacado la máxima calificación! – La chica temblaba de ira – Pero si la compartes conmigo aprobarás por muy poco margen...
-No importa, de verdad.
-¿Pero cómo que no importa? Voy a hablar con ese murciélago y le voy a decir unas cuantas verdades a esa carota tan fea que tiene.
-No, Tonks, te lo digo en serio, déjalo estar, sólo harás que la cosa acabe peor de lo que ya está.
-Pero no puedo dejar que arruines tus notas por mi culpa… por su culpa… ¡por la culpa de nadie!
Entonces cometí un error.
-No me importan las notas. No es como si tuviera que responder de ellas ante nadie…
-¿Qué quieres decir?
Me maldije en silencio por mi indiscreción, y tuve que improvisar una historia mezclando verdad y mentira, le dije que mi madre había muerto, que mi padre estaba en Azkaban, y que me había criado un hermano de mi madre que apenas pasaba por casa y que no se preocupaba de mí en absoluto. Sin saberlo, por culpa de ese desliz acababa de iniciar mi gran carrera como mentirosa profesional.
-Así que ya ves, me da igual si apruebo o no, en realidad, no tengo nada que demostrar a nadie.
Esto no era cierto, por supuesto, quería impresionar a Severus sacando buenas notas, pero si él decidía rebajarme la de Pociones a la mitad no podía hacerle nada.
Tonks no se quedó conforme con este acuerdo de compartir la nota, pero le insistí tanto en que no fuera a hablar con el profesor que al final me hizo caso. Sin embargo la noticia de que mi nota en Pociones iba a compartirla con ella corrió como la pólvora ente los estudiantes. No sé cómo sucedió, pero así fue, y supongo que todos debían asumir que odiaba a Severus por eso, porque muchos se me acercaron con intención de hablar mal del profesor – cosa que parecía el deporte preferido de los estudiantes, de todos modos –, esperando que les apoyara en sus críticas e insultos, pero siempre me libraba de ellos con algún comentario malhumorado.
Charlie también se me acercó y me acompañó en el sentimiento con la mejor cara apesadumbrada que encontró, y añadió algunos coloridos insultos dirigidos a Severus que no logré acallar.
Pero la que se estaba ganando enemigos de verdad era yo, porque todos los de mi casa se sintieron indignados al enterarse. Si sacaba una nota mediocre, en lugar de la más alta, el nivel de toda mi casa se resentía, ¡y encima estaba compartiendo mi nota con alguien de otra casa! Eso sí que no me lo perdonaban. Como tampoco me perdonaban que no acudiera a los partidos de Quidditch para apoyar al equipo de Ravenclaw, pero si no iba a verles jugar era sólo porque odiaba el deporte, cosa que en el colegio parecía ser un pecado imperdonable. De modo que, entre una cosa y otra, todos los de mi casa empezaron a mirarme con odio como si fuera una especie de traidora.
Al día siguiente de nuestra discusión, sin embargo, me reuní con Severus en el lago, como cada mañana. Al verme llegar, me miró con socarronería.
-Así que no quieres perder tu trato de favor, ¿no?
Me giré furiosa hacia él.
-¿Qué trato de favor? – Escupí, y se sobresaltó al notar mi agresividad – No tengo ningún trato de favor, las notas que saco son las que me merezco, y lo sabes. No he cometido un solo error en ninguna de las pociones que he tenido que elaborar, y además, a partir de ahora, si tengo que compartir mi nota con Tonks, voy a recibir una nota muy inferior a la que merezco, así que no me hables de trato de favor, porque ni lo tengo, ni lo deseo. Si he venido al lago esta mañana como si no hubiera ocurrido nada es porque aunque te comportes como un bastardo con los demás, eres lo único que tengo.
Y sin darle tiempo a replicar, me quité la túnica y me metí en el agua. Cuando me giré, todavía estaba en la orilla, vestido y con una expresión divertida en el rostro que me irritó, así que me giré de nuevo, y me puse a bracear y patalear, intentando poner en práctica las lecciones de natación que llevaba meses enseñándome. Oí un ¡chof! detrás de mí, pero cuando me di la vuelta no le vi, sólo su túnica en el suelo, al lado de la mía. De pronto noté que me estiraban hacia abajo por las piernas y grité asustada antes de hundirme. Moví brazos y piernas, histérica, hasta que pude salir a la superficie. Severus estaba mirándome con una sonrisa absolutamente satisfecha en los labios.
-Eso te enseñará a guardarme respeto – dijo.
-Eres un… – intenté golpearle, pero mi poca seguridad en el agua no me permitía muchas virguerías.
Severus se reía, el muy sinvergüenza, y se mantenía a la distancia justa para que no pudiera alcanzarle. Al final me cansé de no conseguir nada, y me hice la ofendida.
-Apenas puedo creer lo mucho que has crecido – dijo de improviso con expresión nostálgica, al cabo de unos instantes de silencio.
Le miré, ceñuda.
-Cuando viniste a vivir conmigo eras tan pequeña que apenas pasabas de mi cintura, aunque creo recordar que ya tenías ese mal genio – se burló –. Casi me destrozas la casa con tu magia… dos veces.
-Bueno, bueno, no fue para tanto… – repliqué, más calmada.
-Esos sí que eran buenos tiempos – dijo, con fingida añoranza –, en esa época jamás se te hubiera ocurrido contradecirme, ni llamarme bastardo, ni intentar golpearme…
A mi pesar, empecé a sonreír.
-Me temo – continuó – que tendré que acabar por darle la razón a Dumbledore y admitir que te he educado rematadamente mal.
-¿Darle la razón a él? ¡Eso jamás! – Repliqué, y terminé por reír abiertamente.
De esa manera sellamos de nuevo la paz entre nosotros. Me había dado cuenta de algo que me resultó curioso: a Severus, nadar le ponía de muy buen humor. Durante todas las clases de natación que me dio le encontré de un ánimo estupendo, aunque hubiésemos discutido el día anterior, y eso me pareció bastante sorprendente.
Continuamos con las clases hasta finales de noviembre ya que, a pesar de que hacía semanas que las temperaturas habían bajado bastante, el clima era inusualmente bueno para la época del año en que estábamos. Sin embargo, la cosa cambió de repente: una semana después de los exámenes, me levanté dispuesta a bañarme en el lago como siempre, pero cuando salí al exterior descubrí que hacía un frío tremendo. Me acerqué a la orilla, segura de que Severus tampoco tendría intención de bañarse con esa temperatura, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando le encontré ya prácticamente listo para saltar. Sólo le faltaba quitarse los calcetines, cosa que estaba solucionando en ese momento.
-¿Es que vas a nadar? – Pregunté impresionada.
Él me miró como si hubiera dicho algo increíblemente absurdo.
-Por supuesto, como cada mañana. Para eso nos hemos levantado tan temprano, ¿no?
-Sí, pero es que hace un frío espantoso…
-¡Bah! Con unas cuantas brazadas ni lo notarás.
-Oh, no, gracias, no voy a meterme ahí dentro, el agua debe estar rozando el grado de congelación. Si quieres coger una pulmonía, por mí adelante, ya te llevaré sopa caliente a la enfermería.
Me miró con expresión socarrona.
-Eres una cobarde.
-Lo que tú quieras – cedí, cruzándome de brazos.
Me dedicó una espléndida sonrisa cargada de burla, flexionó las piernas, saltó, y se hundió de cabeza en las frías aguas.
Sólo de verle me puse a temblar de frío, me abracé a mí misma para conservar el calor y me senté en la hierba. Al cabo de unos segundos, Severus emergió expulsando el aire de sus pulmones ruidosamente.
-No creía que fueras tan cobarde, Collins, me has decepcionado – dijo en tono triste, sacudiendo la cabeza.
-Olvidas que ya no me llamo Collins, y además, no te esfuerces, no conseguirás provocarme para que me tire.
Severus nadó hacia mí, salió del agua, y se me acercó con un brillo en los ojos que no me gustó nada. Se me plantó delante en toda su estatura y dijo:
-Entonces habrá que pasar al plan B.
Se agachó y se inclinó sobre mí con una sonrisa terrorífica. El agua que chorreaba de su cuerpo y su cabello empezó a caer sobre mí, y al contacto del frío líquido volví a sentir un escalofrío.
-¿Qué pretendes? – Dije asustada, echándome un poco hacia atrás.
Severus se sacudió la cabeza con fuerza como un perro, haciendo que miles de gotas impactaran sobre mí. Eché los brazos adelante para protegerme de esa lluvia inesperada, y entonces él me agarró de ellos y empezó a arrastrarme hacia el lago.
-¡NO! ¡Suéltame! ¿Te has vuelto loco? ¡Déjame!
Pero Severus era mucho más fuerte que yo, y a pesar de mis gritos y mis súplicas, a pesar de mis forcejeos y patadas, a pesar del hecho que todavía estaba vestida, él pudo conmigo y acabé hundida en el agua.
-¡Diablos, Severus! Has perdido la cabeza – los dientes me castañeteaban.
-Cuide ese lenguaje, señorita. No olvide que está hablando con su profesor.
-Sí, lo que tú digas – dije, saliendo del agua –, pero haz el favor de lanzarme un hechizo secante antes de que me congele.
-¿Me estás dando órdenes? – Preguntó con tono de burla.
Le miré enfurruñada y tiritando, y al fin Severus cogió su varita y me lanzó el hechizo, sin dejar de sonreír de medio lado. Me sentí súbitamente reconfortada y suspiré de alivio. Después se secó él mismo también y se vistió de mala gana.
-Supongo que se han acabado las clases de natación por el momento, entonces.
-Supones bien – confirmé.
-Espero que no te moleste que yo siga bañándome en el lago cada mañana, de todos modos.
-¿Por qué iba a molestarme? Es tu cuerpo… y tu pulmonía – dije, burlonamente.
-Bueno, pues entonces, ¿qué hacemos ahora?
Todavía quedaba mucho rato hasta la hora de desayunar.
-Podemos dar un paseo por los jardines, si quieres.
-Eso es lo que yo llamo discreción – se mofó.
La orilla del lago donde solíamos nadar estaba bastante lejos del colegio y quedaba oculta a la vista, ya fuera desde la entrada o desde alguna de las ventanas de ese lado del castillo, pero los jardines quedaban justo delante, y si alguien, por el motivo que fuese, estuviera mirando al exterior, tendría una vista inmejorable de todo lo que allí ocurriese.
-Pues vayamos al Bosque Prohibido.
-¿Te sugiere algo el nombre "Prohibido"? – dijo con una mueca.
-Oh, vamos, ¿quién es el cobarde ahora?
Me miró con ojos asesinos y contestó:
-Vale, después no te quejes si no puedes dormir por las noches.
Cuando dijo esto, me di cuenta con sorpresa de que desde que estaba en Hogwarts no había vuelto a tener pesadillas, pero no me dio tiempo a regocijarme mucho rato en este pensamiento porque él ya había emprendido la marcha hacia el bosque. Le seguí corriendo, me costaba mantener su ritmo cuando le daba por caminar tan rápido, y nos empezamos a adentrar en la espesura.
-¿Te diriges a algún sitio en particular? – Pregunté al verle tan decidido.
-No, has dicho que querías pasear por aquí, pues bien, paseemos. Aunque dudo que en este lugar haya algo que sea interesante y no tenga al mismo tiempo intención de comernos.
-Muy gracioso.
-No era una broma.
Caminamos durante largo rato entre árboles y arbustos de todo tipo, pero realmente el paseo nos estaba resultando bastante aburrido, porque todavía no habíamos visto ninguna criatura a pesar de tener la persistente sensación de ser observados todo el tiempo.
-¿Crees que nos temen?
-Seguro. Temen que nos escapemos antes de que puedan hincarnos el diente.
Le golpeé sin fuerza en el brazo, pero me mantuve más cerca de él por si las moscas. Nos adentramos un poco más en el bosque y empecé a pensar que ir allí no había sido tan gran idea, después de todo, porque cuanto más adentro, más amenazador resultaba todo lo que nos rodeaba, así que me pegué a la espalda de Severus, sujetándole de la túnica como cuando era pequeña, atemorizada.
-¿Dónde está tu valentía Gryffindor? – Se mofó él con una sonrisa maliciosa en los labios.
-No soy una maldita Gryffindor, lo sabes muy bien, y creo que ya he tenido bastante de esta excursión.
De pronto Severus se quedó inmóvil y tenso, choqué torpemente contra su espalda y me agarré a sus hombros, asustada. Se giró a medias hacia mí y se llevó un dedo a los labios para indicarme que guardara silencio y entonces, sorprendentemente, empezó a sonreír y me señaló algo con la cabeza. Miré a donde me indicaba y abrí los ojos desmesuradamente, entre los arbustos había la criatura más hermosa que había visto jamás: una cría de unicornio.
Era tan pequeño que apenas me llegaba a la cintura, y era de un color blanco tan limpio y puro que parecía resplandecer con luz propia. Todo era blanco en él, las orejas, el hocico, la cola, el diminuto cuerno que empezaba a crecer en su frente… hasta las pezuñas eran blancas. El único toque de color se encontraba en sus iris azul celeste, brillantes y redondos.
Se oyó el crujir de una rama y detrás de la cría apareció la madre. Grande, imponente, con unas patas poderosas, un cuerno largo y puntiagudo, y tan blanca y resplandeciente como su hijo. La criatura llegó agitando la cabeza perezosamente y en seguida se puso a olisquear el lomo de su pequeño en un gesto de cariño.
Me aferré con más fuerza a los hombros de Severus, emocionada por lo que veía. Él se giró para mirarme de nuevo, nunca le había visto tan radiante, sonreía de oreja a oreja, y casi llegué a creer que parte del resplandor de esas extraordinarias criaturas se había adherido a su rostro.
De pronto, la madre nos descubrió a pesar de todo el cuidado que poníamos, y se alarmó por nuestra presencia. Relinchó, pateó el suelo con una de sus patas delanteras, y apremió a su cría para que saliera de allí dándole empujoncitos con el hocico. Un minuto después de que hubieran desaparecido de nuestra vista todavía no habíamos podido movernos del sitio. Entonces Severus tomó aire y se giró del todo hacia mí, todavía sonriente.
-Me alegro de que hayas propuesto…
Pero en ese momento escuchamos ruido de arbustos agitándose y nos volvimos de golpe en dirección al sonido, quedándonos de nuevo muy quietos y en tensión. Severus sacó su varita y yo le imité y, de repente, una mole peluda apareció entre la maleza.
-¡Profesor Snape! ¿Qué…?
Hagrid se calló al verme a mí, y frunció el ceño.
-¿Tú eres una estudiante, verdad?
Severus bajó la varita inmediatamente, pero yo me había quedado helada al ver que nos habían pillado y no pude responder.
-Sí, lo es – contestó Severus con aplomo absoluto –. La he visto entrando en el Bosque y he pensado que sería mejor seguirla para evitar que se metiera en problemas.
-No puedes entrar en el Bosque Prohibido – me reprendió Hagrid –, está… prohibido.
-Sí, creo que ese punto está bastante claro, Hagrid, gracias por tu ayuda – masculló Severus –. Ahora será mejor que acompañe a esta alumna al castillo.
Y sin decir más, me apresuró para que nos fuéramos de allí. Cuando estábamos a cierta distancia de la linde del Bosque, murmuré:
-Vaya, lo siento, no imaginé que fuéramos a tropezarnos con Hagrid.
-Debí haberlo imaginado, siempre anda metido en ese Bosque – rezongó –. Espero que hayas quedado satisfecha del paseo, al menos.
Me miraba con expresión reprobadora, y torcí el gesto.
-Pues… sí, ha sido precioso encontrarse con esos unicornios, pero también ha sido demasiado peligroso. No creo que pueda ganar el premio a la mejor idea del año. Espero que Hagrid no haya sospechado nada raro.
-No, creo que no – me tranquilizó –, pero será mejor que no volvamos a pasear por ahí.
Asentí en silencio, algo compungida, él se dio cuenta y se detuvo a medio camino.
-De todos modos – dijo cuando le miré para ver qué sucedía –, ha sido… bonito, ¿no crees?
Nunca le había oído usar esa palabra y me sorprendí. Parecía que a él nuestro encuentro le había impresionado tanto como a mí.
-Sí, ha sido fantástico – contesté con una gran y sincera sonrisa –. ¿Tú habías visto alguna vez unicornios?
Vaciló un segundo antes de contestar.
-Vivos no. Había visto… – dudó entre si debía seguir hablando o no – había visto la cabeza disecada de uno colgada en la pared de la mansión del Lord, pero no era lo mismo.
Le miré con espanto. ¡La cabeza disecada de un unicornio! Él asintió con seriedad, consciente de mi horror.
-Seguía siendo blanca – continuó –, pero no tenía ese resplandor que hemos visto que tienen cuando están vivos, y sus ojos azules…
Negó con la cabeza y me puso la mano en la espalda para que siguiera avanzando hacia el castillo.
-Es igual, lo que quiero decir es que no tenía ni punto de comparación con lo que hemos visto hoy.
Le creía. La cabeza disecada de un unicornio, ¡por las barbas de Merlín! Había que estar muy perturbado para hacer una obscenidad como esa.
-También tenía hadas conservadas en formol.
Solté un grito ahogado por el disgusto y ya no dijo nada más. Alcanzamos las puertas del colegio en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Durante las siguientes semanas, ya que Severus insistía con testarudez en bañarse en el lago negro, me dediqué a quedarme sentada en la orilla y charlar con él mientras nadaba, hasta que un día cogió un tremendo resfriado y me reí de él en su cara.
-¡Ja! ¿Has visto? Yo tenía razón y tú no.
-Eso, listilla, haz leña del árbol caído, muy noble de tu parte – se quejó con una voz nasal que me hizo reír de nuevo.
Pero a partir de entonces decidió hacerme caso y ya no volvió a nadar en el lago hasta que volvió el buen tiempo.
