Capítulo VII
Aprovechando que aquella mañana había sido más tranquila de lo habitual —al final de la primavera, cuando el calor apretaba un poco más, los pacientes no acudían al centro de salud en masa—, Luna se dispuso a ordenar y a completar los datos de algunas historias clínicas. El nuevo doctor tenía buen carácter pero era muy exigente y ella no quería defraudarle, no deseaba que pensara que no era apta para ese puesto. Desde la mesa de la salita de enfermería, Luna podía ver a Rolf en su consulta, el joven doctor estudiaba una de las historias clínicas sobre un hombre joven que había padecido anomalías en el corazón y que se negaba a dejar su trabajo en el campo, por miedo a perder el jornal que le daban y que sostenía a su familia. Rolf le había recomendado que no hiciese esfuerzos porque su corazón tal vez no podría soportarlo, sin embargo, no había conseguido que el hombre diese su brazo a torcer. Luna sabía que aquel caso clínico torturaba a Rolf, le había visto ojeándolo varias veces, tensaba la mandíbula y se posaba los dedos en las sienes, presionándolas, tratando de encontrar la fórmula para convencer a aquel joven paciente de que su vida era lo único importante en aquel momento y que podía estar capacitado para llevar a cabo otros trabajos que no necesitase de tanto esfuerzo como la labranza de los campos.
Había algo en él que atraía a Luna, no era un tipo extremadamente atractivo o guapo y tampoco era una persona locuaz ni dado a tomar confianzas con sus subordinados, a ella, simplemente, la trataba como la enfermera que era, nunca habían compartido un café o una charla mas allá de lo meramente profesional. Lo único que Rolf sabía de Luna era posiblemente su nombre y nada más. Estaba completamente segura que si ella le preguntaba por el color de sus ojos, él no sabría qué responder y que el sonido de su voz le parecería igual al de la voz de otra mujer. A pesar de su indiferencia, Luna, por el contrario, si había puesto interés en él, podría reconocer su voz grave y segura en cualquier rincón del mundo sin necesidad de verlo, sin mirarle a la cara no le era difícil decir qué Rolf tenia unos ojos castaños con matices de color verde alrededor de la pupila, que solía llevar el cabello aparentemente bien peinado pero que sobre la coronilla siempre quedaban revueltos algunos mechones un poco más rebeldes, que se le arrugaba la nariz cuando percibía que un paciente le mentía o no le contaba toda la verdad y que, al sonreír, se le formaba un divertido y sensual hoyuelo en la mejilla derecha pero no en la izquierda. Y sabía todo aquello sin proponérselo, pero sin poder evitarlo. Al principio a Luna le pareció un prototipo de hombre nacido en Londres, típico de las personas de las grandes ciudades, no era demasiado afín a ellos, solía guardar las distancias, sin embargo, era amable y cercano con los pacientes, Luna notaba la devoción que aquel hombre sentía por su profesión en cada una de las personas que pasaban por su consulta, en su forma de tratarlos y de seguir sus historias una vez salían del centro de salud, y era aquella devoción, aquella entrega, lo que más le atraía de él.
En su afán de seguir ordenando algunos informes médicos, Luna se percató de que había uno sobre aquel hombre con problemas de corazón, que no estaba en las manos de Rolf y, presta, se dispuso a llevárselo.
La puerta de la consulta del doctor estaba abierta, a pesar de ello, Luna golpeó suavemente con los nudillos un par de veces, logrando captar la atención de Rolf.
—Disculpe, doctor, creo que este informe debería estar junto a los que tiene en sus manos.
Rolf, extendió la mano y Luna le entregó el informe.
—Gracias, enfermera.
—No hay de qué.
Luna volvía a sentirse desencantada, ni siquiera esta vez le había llamado por su nombre, sino "enfermera", como si fuese una más, sin identidad, sin rostro, simplemente una empleada más. Suspiró resignada mientras se giraba para abandonar la consulta, la voz grave de Rolf la detuvo.
—¿Es usted amiga de la señora Mclaggen, verdad?
—¿De quién?
—Hermione Mclaggen.
—Oh, sí —enrojeció al darse cuenta de su despiste—. Aún no me acostumbro a su apellido de casada—. Se disculpó, añadiendo—: Somos amigas desde niñas.
—Es una mujer interesante —comentó el doctor sin apartar los ojos del informe que Luna le acababa de entregar—. Culta —prosiguió— y muy amable.
—Lo es, siempre lo ha sido.
—Es extraño que su marido no esté junto a ella, ¿sabe por qué?
Luna frunció el ceño, no entendía a cuento de qué venia hablar sobre Hermione y su soledad.
—Tengo entendido que es un hombre muy ocupado con muchas responsabilidades.
—Sí, algo de eso había escuchado rumorear por el pueblo, aunque también se dice que tal vez las cosas entre ellos no van bien y que por esa razón ella ha decidido quedarse en el pueblo. —Seguía sin levantar la cabeza del papel y hablaba con aparente despreocupación, como si se tratase de una conversación sin importancia.
Pero Luna no tenía ni un pelo de tonta y si Rolf —que nunca hablaba con ella de temas ajenos a la medicina— había entablado una conversación o, mejor dicho, un cuestionario sobre Hermione, es que detrás había un interés que trataba de ocultar.
—No tengo constancia de esos rumores, ahora si me disculpa, tengo trabajo que hacer.
Luna salió de la consulta de Rolf zanjando de forma tajante el tema. El hombre atónito ante el desplante de la enfermera, desvió al fin sus ojos del informe y la siguió con la mirada, tuvo la sensación de que algo en su conversación había molestado a Luna pero no supo hallar el qué, así que regresó al estudio de su paciente con problemas cardiacos.
Sarah llevaba algunos días muy callada y, en más ocasiones de lo normal, resultaba bastante irascible, soliendo perder la paciencia con todo a la mínima de cambio. La explicación a aquellos bruscos cambios de humor, era bien sencilla: tras el imprevisto beso de George, la joven había esperado algún tipo de disculpa por su parte, sin embargo, George visitó la granja un par de veces desde aquel desafortunado momento y, en ninguno de los casos, hizo referencia alguna al beso que le había robado de aquella sorpresiva manera. Sarah comenzó pensar que tal vez el joven ni siquiera lo recordaba, quizás, el licor que tomó aquella noche le hizo actuar de aquella forma irresponsable y básica y, luego, de igual manera, consiguió que lo olvidara. No obstante, a ella le molestaba que él no lo recordara, porque de ese modo, jamás podría disculparse por su actuación y Sarah nunca, bajo ningún concepto, le haría referencia alguna al hecho de que una noche George, movido por el alcohol o no, le robara aquel beso.
Hermione, ajena a todo lo sucedido, optó por no tratar de averiguar qué era lo que martirizaba la mente de su joven amiga, era mejor dejar pasar un poco el tiempo para que, lo que la mantenía inquieta, fuese careciendo de importancia. Había aprendido que Sarah no solía contar nada de "sus cosas" así que mejor no perder el tiempo insistiendo en averiguarlo, estaba segura que cuando quisiese —y si no conseguía resolverlo antes ella misma— acabaría por contárselo y juntas tratarían de encontrar una solución al problema que fuese.
También Ron había estado raro, presintió que, nuevamente, había vuelto a las andadas, una vez más volvía a notarlo muy distante con ella, ahora, que parecía que comenzaban a estrechar lazos. Aquella actitud del pelirrojo le molestaba mucho más que el mutismo de Sarah, aquel día en especial, durante el almuerzo, apenas había desviado sus azules ojos hacia ella en un par de ocasiones y fue por dos motivos, para pedirle sal y cuando se despidió para continuar con sus labores. Algo estaba pasando en aquella casa, la gente no estaba igual y Hermione debía averiguar qué era lo que ocurría. Como con Sarah había tomado la decisión de esperar a que ella misma se desahogase, su preocupación se giraba en torno a Ron y su repentina indiferencia.
Esperó impaciente la hora en que tenía que verlo para las clases de equitación, y rezaba en voz baja para que aquellos enorme nubarrones grises que se habían formado después del medio día sobre el cielo, arrancándole el color azul con que despertó la mañana, no se pusiesen de repente a descargar agua como era habitual en primavera.
A la hora prevista, Hermione cruzó el umbral de las caballerizas y con un suave carraspeo hizo notar su presencia. Ron, que se encontraba moviendo las pacas de paja de un lugar a otro del establo, giró la cabeza y la vio. Sin decir nada, soltó el alimento de los caballos y se dirigió hacia ella apartándola suavemente con la mano, Hermione lo siguió con la mirada sin saber qué iba a hacer. El pelirrojo salió del establo, miró al cielo, extendió una mano con la palma hacia arriba y luego volvió a entrar.
—Lloverá —afirmó pasando junto a Hermione y volviendo a su quehacer.
—No lo creo —le contradijo ella desalentada.
—¿Has visto esas nubes? No te quepa duda, lloverá. No es conveniente salir a pasear con los caballos, será mejor que regreses a tu casa. Saldremos mañana.
Hermione frunció el ceño, apretó los labios con rabia, ella no quería encerrarse toda la tarde en aquellas cuatro paredes, leyendo libros que ya había leído, dando vueltas sin saber qué hacer hasta la hora de la cena para luego terminar metiéndose en la cama, sola y sabiendo que había dejado pasar el día sin que nada nuevo le hubiese sucedido.
—De eso nada, ahora no llueve y quiero que me des mi clase que para eso te pago.
Ron cesó súbitamente en su trabajo, sin girarse, se sacudió las manos, se dirigió a los habitáculos de los caballos y comenzó a ensillarlos. Hermione se sintió satisfecha aunque un poco mal por haberle hablado de esa forma tan déspota , a veces, él seguía sacando lo peor de ella.
Los caballos fueron ensillados y con sus dueños sobre sus lomos emprendieron el paseo hacia la pradera. Hermione miró al cielo, Ron tenía razón, se había oscurecido de forma alarmante, llovería con toda seguridad, pero no iba a echarse atrás, eso significaba ceder y que él se saliese con la suya.
Consiguieron llegar a la extensa y verde pradera sin que en sus cabezas cayese ni una sola gota de agua y allí continuaron paseando, iban uno junto a al otro aunque, en ocasiones, Ron se veía ansioso por clavar sus talones en Liberty y que ésta se pusiese a galopar.
—Deberías enseñarme a aumentar la marcha, comienzo a aburrirme sólo con paseos.
—De eso nada, aún te sostienes a duras penas sobre Winston como para hacerlo trotar o, peor aún, galopar. Ten paciencia, no voy a arriesgarme a que tengas un accidente o te hagas daño —sentenció Ron.
Aquella supuesta preocupación de Ron hacia su bienestar, llenó de gozo el corazón de Hermione.
—De todas formas me gustaría ver cómo se hace, ¿por qué no galopas un rato y así puedo verte? Tal vez podría ir aprendiendo mientras te miro.
Ron estuvo a punto de negarse, cabalgar a lomos de Liberty suponía dejar a solas a Hermione con Winston, pero la realidad es que se moría de ganas por hacer correr a su magnífica yegua, así que, finalmente, cedió.
—De acuerdo, prométeme que no tratarás de seguirme. —Hermione asintió, Ron prosiguió—: Tienes que fijarte en la posición de mi cuerpo, y en las órdenes que con las piernas y los brazos le doy al caballo para que haga lo que yo quiero.
—No te preocupes, no apartaré mis ojos de ti.
Acto seguido de pronunciar aquella frase, Hermione notó como las mejillas empezaban a arderle. ¿Cómo había sido capaz de decirle algo así a un hombre que no era Cormac?
"No apartaré mis ojos de ti".
Últimamente era algo que no podía dejar de hacer: mirar a Ron todo el tiempo que le era posible se había convertido en su pasatiempo favorito. Solía levantarse de la cama —cuando el sol aún no había despuntado— para ver como el pelirrojo llegaba a la granja cada día, inventaba cualquier escusa tonta para poder visitarlo en el establo cuando sabía que él estaba allí o, simplemente, buscaba un lugar cercano donde leer y así poder verlo entrar o salir. En muy poco tiempo, y sin apenas darse cuenta, Hermione había empezado a diferenciar cada gesto de él y lo que significaba. Si por la mañana muy temprano entraba silbando levemente, Ron estaba de buen humor, si por el contrario lo escuchaba resoplar, algo no iba bien o le preocupaba. Le había visto trabajar, levantar pesadas pacas de paja, sacar fruto de la tierra con sus propias manos; aquellas manos bronceadas, encallecidas y castigadas por la vida, aquellas manos fuertes, grandes y robustas, igual que el resto de su anatomía firme y vigorosa. Desde hacía algún tiempo, a Hermione le era muy difícil apartar sus ojos de él, pero no era correcto, ni decente y era imperdonable su falta de discreción. Si su madre hubiese estado allí en aquel momento le habría atosigado con cientos de sermones sobre la decencia de una mujer casada, por su desafortunada e indecorosa perdida de juicio, pero era algo que Hermione no podía evitar, cuando Ron estaba cerca de ella, era como si de repente todos aquellos finos modales, aquella educación de señorita, lo que debía o no decir, hacer o pensar, lo que era correcto o inmoral, se fueran simplemente al garete. Algo había en él que conseguía volverlo todo del revés y ella dejaba ser quién era y se sumergía en sus ojos azules impenetrables y en su sonrisa, escasa pero hermosa. Lo más insólito de todo es que era Ron, se trataba del mismo chico que de niños solía desquiciarla, sacarla de sus casillas, incluso en más de una vez había sentido por él un terrible odio. Ahora, tantos años después, simplemente se estaba dejando llevar por las extrañas sensaciones que de la forma más alocada posible, aquel niño, ahora hombre, provocaban en ella sin que se lo propusiera y lo peor de todo, era que cada minuto que pasaba junto a él, el miedo a no hacer lo correcto comenzaba a desaparecer. No recordaba que ella estaba casada y que él también —no deseaba recordarlo— por una vez en su vida iba a ser egoísta, porque durante aquellos minutos, Ron le pertenecía únicamente a ella.
Ron carraspeó un poco, tampoco la frase de Hermione había pasado inadvertida para él. Incómodo y algo aturdido, el pelirrojo clavó los talones en el abdomen de Liberty, y la yegua, lanzando un relincho, comenzó a galopar. Tal y como le había dicho, Hermione, a lomos de Winston, no apartó los ojos de Ron y lo que vio la dejó nuevamente fascinada. Jamás en sus veintrés años de vida, había visto imagen más hermosa y sensual que la de aquel hombre y su caballo. El rostro de Ron, iluminado por el deleite de hacer lo que más amaba y aquel animal corriendo pradera a través como si su vida dependiera de ello, Hermione habría podido estar mirando aquella imagen durante toda su existencia pero, tal y como se venía prediciendo, las nubes no pudieron soportar más su propio peso y comenzaron a dejar escapar el agua en forma de pequeñas e incesantes gotitas, que en pocos segundos, dejaron de serlo y se trasformaron en gruesos goterones. Hermione sintió como se empapaba en apenas unos minutos, entonces, vio a Ron acercarse a todo galope hacia a ella, mientras gritaba:
—¡Te dije que llovería, volvamos a casa!
Se oyó el terrible estruendo de un rayo, que asustó al joven Winston, el animal, presa del pánico, se puso a dos patas, Hermione no pudo controlarlo y ante la aterrorizada mirada de Ron, cayó al suelo sin que nada ni nadie pudiese evitarlo. Winston salió desbocado hacia algún lugar lejos de la pradera. Hermione quedó tendida en el suelo. Ron llegó hasta ella y sin dejar que Liberty se detuviera por completo, saltó de su lomo y corrió apresurado hacia Hermione.
—Por el amor del Cielo, ¿estás bien?
—El tobillo Ron, me duele mucho —se quejó ella llevando la mano a la pierna derecha.
—¿Puedes ponerte de pie?
—No lo sé.
—Inténtalo, vamos, pasa tu brazo por mi cuello. —La lluvia seguía golpeándolos sin piedad, Hermione estaba sentada sobre un enorme barrizal. Temblando, pasó el brazo por el hombro del pelirrojo pero cuando fue a apoyarse sobre el pie accidentado, gimió de dolor—. Tranquila, no lo fuerces, tiene que verte un médico. Agárrate bien, no me sueltes, voy a cogerte en brazos.
Diciendo eso, Ron pasó un brazo por la espalda de Hermione y el otro por debajo de sus piernas elevándola. Hermione, a pesar del dolor, sintió como el corazón se le disparaba, con el rostro tan cerca del de él, veía las gotas de lluvia resbalar por la larga nariz del pelirrojo, sintió que de repente ya no le dolía tanto el tobillo, pero fue una sensación efímera, una vez que Ron la dejó sobre el lomo de Liberty volvió a sentir las horribles punzadas. Él también subió a la yegua blanca, colocándose detrás de Hermione, pasando sus brazos sobre ella para agarrar con fuerza las riendas, con una sutil orden, que sólo el animal entendió, se pusieron en camino.
Durante el trayecto, Ron preguntó varias veces:
—¿Te duele mucho?
A lo que Hermione siempre respondía:
—Un poco.
Y así era, el dolor apenas existía, ni la lluvia, ni lo incómodo de ir a lomos de un caballo deseoso de comenzar a galopar, nada, absolutamente nada podía enturbiar aquel instante en que los brazos de Ron la rodeaban y su cuerpo casi podía fundirse con el de ella.
Llegaron a la granja, empapados, Ron bajó primero y rápidamente avisó a Sarah que corrió a auxiliar a su amiga. Entre los dos la llevaron hasta su dormitorio y la dejaron suavemente sobre la cama. El tobillo de Hermione estaba enrojecido e inflamado.
—Estáis completamente locos, no puedo creer que salieseis a montar. Ron debiste prevenir a Hermione de la lluvia —le regañó Sarah.
—Y lo hizo —intervino Hermione—. Ha sido mi culpa.
—El caballo se asustó con los truenos y salió desbocado, no pude evitarlo.
—¿Acaso no estabas junto a ella? —Ron negó con la cabeza, Sarah se enojó aún más—. Se supones que estás instruyéndola ¿y la dejas sola?
—Eso también fue mi culpa. Yo le animé a que galopase un poco, quería ver cómo lo hacía —volvió a intervenir.
—No, Sarah tiene razón, nunca debí haberte dejado sola, si hubiese estado a tu lado, habría podido controlar a Winston.
Ron parecía abatido, y había perdido el color de sus mejillas. Sarah prefirió no hacer más reproches.
—¿Dónde está ahora el caballo?
—No te preocupes, sabe volver solo a casa. —Ron miraba al suelo todo el tiempo como si evitase encontrarse con los ojos de Hermione. Después de una breve pausa, durante la cual Sarah descalzó a Hermione, Ron añadió: —Voy a desensillar a Liberty.
—Y yo voy a llamar al doctor Scamander para que le eche un vistazo a ese tobillo —dijo Sarah poniéndose en pie y sacudiéndose las manos sobre el delantal gris—. Y será mejor que te traiga ropa seca, no vayas a pillar también un resfriado —agregó saliendo de la habitación.
Durante unos segundos, Ron se quedó a solas con Hermione en el dormitorio, él continuaba con la mirada clavada en el suelo, a Hermione le hervía el tobillo de dolor.
—Lo siento mucho, Hermione —se disculpó el pelirrojo—. He sido un inconsciente.
—No es culpa tuya, Ron, yo estuve de acuerdo.
Ron elevó al fin la mirada y se encontró con los castaños ojos de Hermione, una especie de rayo eléctrico recorrió los cuerpos de los dos jóvenes.
—Será mejor que me marche, Liberty aún sigue fuera.
Hermione lo vio desaparecer ante sus ojos, apenas podía respirar, se llevó la mano al pecho y notó como su corazón latía apresuradamente, sonrió, jamás había sentido algo así, tan fuerte, tan desbocado y volvió a sentir miedo.
Ron desensilló a Liberty y la libró del arnés y el bocado, la yegua se lo agradeció con un suave relinchó, luego, le secó el lomo y las crines con una toalla que quedó humedecida al instante y la metió en el box para que estuviese calentita y pudiese comer un poco. A pesar de estar ocupado, a Ron no se le iba de la cabeza el accidente de Hermione, no dejaba de pensar que podría haber sido algo terrible si se hubiese golpeado la cabeza, conocía casos de esos en los que las personas que sufrían ese tipo de incidente no lo habían podido contar. Ron se sentó sobre una paca de paja y se llevó la mano a la cabeza, dejando sus dedos entrelazados con el cabello.
Si le hubiese ocurrido algo peor…
Si por su culpa Hermione hubiera perdido la vida, ¿qué habría sido de él?
Aquella pregunta resonó en el cerebro de Ron como una campanada y apretó con más fuerza las manos en su cabeza.
Creía haberlo superado, pensó que junto a Lavender podría conseguirlo, ella llevaba en su vientre un hijo de él, sin embargo no era así, Hermione seguía dentro de su mente y cada día iba adentrándose más en su corazón. Ron llevó la mano a su pecho, pudo percibir cuan enérgicos y veloces eran sus latidos. Sintió un miedo atroz a lo le estaba ocurriendo.
Un fuerte resoplido le hizo volver en sí, Winston, empapado, lo miraba con sus pupilas horizontales desde el umbral del establo.
Rolf arribó a la granja de los Granger en cuanto pudo, por suerte y tras una minuciosa exploración, llegó a la conclusión de que, simplemente, había sido un esguince en primer grado y que no debía lamentar nada roto. Le informó que la inflamación le bajaría con rapidez durante el día siguiente —sobre todo si le ayudaba con un poco de hielo—, pero tendría que estar al menos dos semanas en reposo. La noticia cayó como un jarro de agua fría a Hermione, aquellos días iban a ser un infierno metida en su dormitorio, sin poder gozar de los paseos a caballo, y sobre todo, de la compañía de Ron.
Y de esa forma fueron, aburridos, desesperantes, sin nada que hacer, Hermione contaba las horas, sentada en su cama, viendo como Sarah se desvivía por cuidarla. Durante los primeros días del reposo, Hermione ni siquiera podía asomarse a la ventana para ver llegar a Ron, el pie le dolía tanto que era imposible hacerlo. A medida que los días pasaban, el dolor fue a menos y a hurtadillas, cuando sabía que Sarah no la pillaría infraganti, se asomaba a la ventana para poder ver al pelirrojo mientras cuidaba del jardín, o se echaba agua fresca en la nuca y en los brazos, mientras sacaba a pasear a los caballos, o se marchaba ya entrada la noche hacia la Madriguera y, a la mañana siguiente, volvía a levantarse para verlo llegar.
Uno de esos días, cuando el plazo del doctor estaba a punto de cumplirse, Hermione recibió una carta. El cartero se la había entregado bien temprano a Sarah pero ésta no quiso despertar a su amiga que dormía plácidamente, por eso, espero para entregársela el momento de llevarle el desayuno, en el instante en que estaba preparada para esa tarea, y mientras Ron degustaba un café leyendo la prensa, tocaron suavemente a la puerta. Se trataba del hijo de la modista que se encargaba de hacer las entregas de su madre, Hermione le había encargado a la mujer que le arreglase varios vestidos unas semanas antes, aprovechando una visita al pueblo.
—Esta es la factura, señorita —dijo el muchacho extendiéndole un papel con varias cifras escritas a mano.
—Espera un momento, chico, antes tengo que asegurarme que todo el trabajo esta terminado y bien hecho —aseveró Sarah—. Ron, ¿puedes hacerme un favor? —pregunto girándose hacia el pelirrojo—. ¿Podrías llevarle el desayuno a Hermione? Se enfriará el café si no se lo toma pronto y tengo que revisar este encargo.
—Tengo mucho trabajo —se disculpó Ron torpemente, en los planes de sacar a Hermione de su cabeza no estaba el de subir a su habitación.
—Oh, no seas descortés, Weasley. Será solo un momento, deja la bandeja en su dormitorio, que yo la recogeré más tarde —instó Sarah frunciendo mucho el ceño y a punto de perder la paciencia.
Ron balbuceó alguna que otra palabra malsonante en voz baja, Sarah prefirió ignorar al joven malhablado porque, a fin de cuentas, él ya subía con la bandeja hacia el piso superior.
Tocó con los nudillos en la puerta medio cerrada de la habitación, desde dentro pudo oír: "Pasa".
Y eso hizo, Ron entró sin percatarse de que Hermione nunca podría esperar que fuese él quien atravesase ese umbral, por eso no llevaba la bata puesta, por eso se encontraba sentada sobre la cama ataviada con un simple camisón demasiado escueto, demasiado traslucido, demasiado femenino y sensual. Hermione abrió los ojos de par en par cuando descubrió quien portaba la bandeja de su desayuno, rápidamente, agarró la suave y blanca sábana que cubría la cama y se tapó con ella la zona del escote de su camisón de finos tirantes.
Ron tragó saliva, debía haber bajado la vista, debía haber mirado hacia otro lugar que no fuese los centímetros de piel descubierta de Hermione, pero no pudo, sus ojos, traviesos e inmorales se habían posado en cuerpo de la joven y no lograban apartarse de él.
Carraspeó y luego habló con aparente tranquilidad:
—Sarah estaba ocupada y me ha pedido que te trajese el desayuno.
—Gracias, Ron, puedes dejarlo sobre la mesita.
Hermione se aferraba con fuerza la sábana, Ron pasó por delante de sus ojos, estaba algo sucio, debía haber pasado largo rato en el establo desde su llegada, sus ropas viejas y gastadas tenían sendas manchas de color marrón de las que mejor no imaginar qué o quién podría haberlas provocado. Sin embargo, a Hermione le daba igual el aspecto o el olor que pudiese desprender, hacía tantos días que no estaba tan cerca de él que aunque se hubiese bañado en estiércol puro, a ella le hubiese parecido igual de atractivo.
Ron dejó la bandeja sobre la mesita, intentando no derramar ni una sola gota de café.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó tratando de ser cortés.
—Mucho mejor.
—Me alegro. —Miró hacia la bandeja nuevamente—. Sarah la recogerá más tarde cuando hayas terminado tu desayuno. Yo, debo volver al trabajo.
Ron volvió a pasar por delante de sus ojos dispuesto a marcharse, mas Hermione deseaba su compañía un rato más, en realidad no quería que abandonase su dormitorio en ningún caso, por eso, trató de entretenerlo dándole conversación.
—¿Cómo están los caballos?
Ron se giró hacia ella con rapidez, como si esperase ansioso la pregunta de Hermione, en su fuero interno, tampoco él deseaba marcharse aún.
—Están muy bien.
—¿Winston?
—Perfectamente.
—Me asusté cuando salió desbocado, pensé que no volvería a verlos nunca más.
—Los caballos tienen buena memoria, saben volver a sus hogares.
Hermione sonrió, a Ron le dio un vuelco el corazón.
—En cuanto me recupere retomaré mis clases —dijo ella resuelta.
—Creo que deberíamos hablar sobre eso —rebatió él.
—No hay nada de que hablar, quiero montar, voy a seguir con mis clases y ni tú ni Sarah podréis impedirlo.
Ron sonrió, y Hermione notó como su corazón dejaba de latir unos segundos.
—Eres la mujer más tozuda que conozco.
—Por supuesto que lo soy. —Viró sus ojos hacia la bandeja cuando notó como le rugían las tripas, entonces vio un sobre de color blanco que debía contener una carta. Frunció el ceño y la sonrisa desapareció de su rostro—. Ron, ¿podrías acercarme esa carta?
El pelirrojo no dudó en cumplir la petición de Hermione y le entregó el sobre. Ella lo apartó rápidamente cuando comprobó quién la remitía, su estado de ánimo había cambiado por completo.
—Te dejaré que la leas tranquila —dijo Ron acercándose a la puerta de salida.
—No, no te vayas, quédate un poco más —Elevó sus ojos encontrándose con los de él—. Es de Cormac.
—Deberías leerla —le recomendó Ron, sintiendo como también su buen humor había comenzado a desaparecer.
—No quiero, no ahora.
Hubo un silencio entre ambos, un silencio tan profundo que casi se podía escuchar el sonido de sus corazones latiendo al unísono.
—Tengo que regresar al trabajo.
Esta vez, Hermione no tuvo oportunidad de detenerlo, Ron había pronunciado aquella frase al mismo tiempo que abandonaba la habitación. Desalentada, dio un fuerte golpe con el puño cerrado sobre el colchón, entonces, la carta apareció de nuevo ante sus ojos, ahora no le quedaban escusas para no leerla. La agarró con desidia y la abrió comenzando a leer:
"Querida esposa:
Me considero un hombre paciente y ni que decir que soy, al parecer, un marido consentidor. Llevas demasiado tiempo en el campo y creo que es hora de que regreses a casa, tienes deberes que cumplir a mi lado y la gente empieza a murmurar e inventar cosas que llegan a mis oídos y me perjudican.
Voy a darte la oportunidad de que regreses por tu propia voluntad y me ahorres la vergüenza y el mal momento de tener que ir hasta Ottery para exigirte que regreses.
Aun así, te daré un plazo, si en quince días no estás en Londres, no tendré reparos en ser yo mismo quien te traiga aunque sea a la fuerza.
Sin más, espero que te encuentres bien y por si te interesa, quiero que sepas que mi salud está perfectamente y mis asuntos aún mejor.
Tu esposo, Cormac".
Hermione hizo añicos la carta de su marido después de leerla. Con mucho cuidado para no fastidiar lo conseguido con el reposo, la joven se puso en pie y caminó lentamente hacia el escritorio que se encontraba bajo una de las ventanas. Se sentó, agarró papel y pluma y escribió sólo una frase como respuesta:
"No voy a regresar a Londres, ni por las buenas, ni por las malas, así que no te molestes en venir, ahora sé que este es mi lugar".
Gracias Isla de Thera, magicamentemuggle, Sue Black, serena potter pataki, Luna Oculta, Giraluna, MaferWeasleyGranger, inmaru, Adarae, fatty73 y a VremyaLuny, mil gracias por vuestros comentarios, vuestra paciencia y vuestra fidelidad, sois el motor de esta historia.
Hasta muy pronto.
