¡Hola de nuevo! Como cada viernes, subo capítulo (guau, parece que estoy presentando un programa de televisión o algo).
Muchas gracias a lilius fan, Emily, Lilypotterfever, Ink Alchemist y Mara por sus reviews. Anima mucho volver del instituto (con Filosofía a última hora) y encontrárselos. Por cierto, ¡tengo más de cincuenta en esta historia! Gracias de nuevo :)
En respuesta a lilius fan: Sí, bueno, ni siquiera yo soy capaz de tanto. Y cuando Fred se entere rodarán cabezas... si llega a enterarse.
En respuesta a Emily: Naira es buena persona, pero a mí me gusta más Jackie. Aunque para gustos, colores :) Ah, y respecto a lo de Rox... tú lee.
En respuesta a Mara: A mí nunca me han quemado el pelo. Por suerte para ellos. Respecto a Eleonora... hombre, no va a ponerse a dar volteretas de la noche a la mañana, digo yo. Ah, y Naira es tan distinta a su padre un poco como contraposición a Paul, que es igual o más capullo que Cormac. Al principio estuve divagando sobre su madre y llegué a la conclusión de que, si no era Pansy Parkinson, era alguna estúpida por el estilo xD
Tonterías
'Cause I'm young, I know,
but even so
I know a thing or two, that I've learned from you.
Really learned a lot, really taught me a lot.
Love is like a flame, it burns yourself when it's hot.
Love hurts. Oh, oh. Love hurts
Bon Jovi-Love hurts
Si el día que volvió de vacaciones Fred creía que Eleonora ha cambiado, ya está completamente seguro de ello. Además de que ya no es sólo cosa suya que esté más delgada (Ben y Lucy también se han dado cuenta) desde que volvieron de las vacaciones (y de eso hace ya casi un mes) viene observando que Jaqueline Macmillan está más protectora con ella de lo que él ha estado en toda su vida con Rox (y eso es decir mucho), gruñendo incluso cada vez que un profesor le pregunta algo, y lo amiga que es últimamente de Naira Smith. Por no hablar de que ya nunca sonríe, de que sus ojos son dos profundos pozos grises y vacíos, de que ni siquiera volar parece animarla, de que no ha levantado la mano ni una sola vez durante todas las clases, o de que incluso no tenía hechos los ejercicios de Aritmancia que les habían mandado para Navidad. O sea, que ya no es sólo que los tuviese mal (que, de haberlos hecho, probablemente los tendría así), sino que ni siquiera se ha molestado en intentarlo.
A Fred todo este asunto lo tiene mosqueado. Y quien dice mosqueado lo hace para utilizar un eufemismo, para no decir que está a punto de sufrir un ataque de ansiedad producido por la preocupación por Ellie. Se ha chocado varias veces con ella por los pasillos a propósito, llamándola todo eso que sabe que le pone de los nervios, pero por algún motivo extraterrenal no da resultado. Ellie sólo baja la vista y acelera el paso cada vez que Fred intenta hablar con ella, dejando escapar un sonido curiosamente parecido a un sollozo mientras se aleja.
Y… a Fred le angustia muchísimo saber que Eleonora está sufriendo por algo y él no puede hacer nada. No puede hacer nada porque, básicamente, ella no parece querer dejarse ayudar. Fred no tiene la menor idea de qué puede ser lo que le ha pasado en Navidad, pero sabe que debe de ser algo realmente malo, horroroso, para que Ellie ni siquiera reaccione cuando la llama de esa manera, ni le dedique siquiera una mirada enfadada. Y esa certeza, la de que todo lo que intenta es inútil y no hace nada para ayudarla, le hace un nudo en la garganta y le produce unas enormes ganas de pegar a quienquiera que le haya robado la sonrisa de Eleonora.
Hoy, viernes, ha salido antes de Cuidado de Criaturas Mágicas porque una mantícora con muy mala uva le ha hecho un esguince en el codo. Ignorando las quejas de la señora Pomfrey de que parece tener una obsesión por morir joven, Fred sale de la enfermería y se dispone a bajar para cenar. Entonces ve a Eleonora caminando lentamente por delante de él. Le parece que tiembla. Sin dudarlo un instante, corre hasta ponerse a su altura.
-Hola, Ellie.
-No me llames así-le pide ella en tono neutro. Fred se muerde el labio, y no puede evitar sentir añoranza. ¿Dónde están los ojos oscuros, el grito de guerra y el puñetazo en el hombro? Porque se muere de ganas por ir a buscarlos.
-¿Qué te pasa?-pregunta de repente. Una explicación lógica a por qué ha cambiado tan drásticamente. U otras personas la han cambiado a ella. No es tanto pedir, ¿o sí?
-¿Cómo que qué me pasa?-repite ella, escondiendo el rostro entre mechones de pelo. Fred confirma que un ligero temblor la recorre de pies a cabeza.
-Sí, a ti te ha pasado algo-adivina Fred-. En Navidad. Estás distinta, ni siquiera me pegas cuando te llamo Ellie.
-Porque ya no tengo ganas de pegarte, Fred-replica Eleonora, y suelta un suspiro. El aire exhalado hace bailar los mechones de pelo que ocultan parcialmente su rostro, y Fred descubre en ese momento por qué está tratando de todas las formas posibles que él no le vea la cara.
-¿Has llorado?
Eleonora niega rápidamente con la cabeza. Ese gesto, en conjunción con sus mejillas hinchadas y enrojecidas, equivale a una confirmación para el muchacho.
-Por Merlín, Ellie, nunca se te ha dado bien mentir-replica Fred-. ¡Estás fatal y ni siquiera quieres admitirlo!
-Eso no es verdad.
-No, claro-dice Fred con sarcasmo-. ¿Qué diablos te han hecho, Ellie?
-¿Y desde cuándo a ti te importa?-replica Eleonora, y por primera vez desde el veintiocho de diciembre, sus ojos brillan con algo más que dolor. Sin embargo, un escalofrío la recorre de arriba abajo y hace que le tiemble la voz.
-Desde… ¡Ellie!-alarmado, Fred atrapa a Eleonora antes de que caiga al suelo. La muchacha tiene los ojos cerrados, pero su respiración es lenta y profunda; debe de haberse desmayado-. Desde siempre- responde en un susurro a la pregunta, pegándola a él. Está muy fría. Fred no puede evitar darle un beso en la frente, como si así pudiese ayudarla. Sin saber muy bien si es lo más correcto, el muchacho la coge en brazos y desanda el camino para volver a la enfermería.
Mientras la lleva en volandas, una mano en medio de su espalda, la otra detrás de las rodillas, y Eleonora con la cabeza apoyada en su pecho, se percata de que realmente ha adelgazado mucho; es tan fútil como una pluma, y está tan pálida y fría como la nieve que aún sigue instalada en los terrenos del castillo. Fred la atrae más hacia sí, intentando transmitirle algo de calor, realmente preocupado. Estar tan delgado no puede ser bueno; si tuviera algún hueso roto ni siquiera haría falta una radiografía para confirmarlo.
La señora Pomfrey lo mira con desaprobación cuando lo ve, preguntándose qué diablos tendrá que curarle en esta ocasión, pero abre mucho los ojos, preocupada, al ver que trae a Eleonora. Fred la deja en una de las camas y deja que la enfermera haga su trabajo.
-Sólo está inconsciente-dice tras comprobar sus constantes vitales-. ¿Le ha dicho algo en especial, señor Weasley?
-No-responde Fred. Es cierto, ¿verdad? ¿Qué ha hecho que haya podido sentarle mal? Y, en el caso de que haya dicho algo que no debía, la conoce bien, y sabe que Ellie es una persona muy fuerte; no es del tipo de chica que va por ahí perdiendo el conocimiento a la primera de cambio como ésas de las películas que ven sus padres-. Sólo estábamos hablando… ¿Está bien?
La enfermera asiente.
-Sí; aunque se ve que ha estado comiendo muy poco últimamente. Quizá alguna discusión ha sido la gota que ha colmado el vaso-dicho esto, se va hacia su despacho resueltamente.
Fred se deja caer en una silla y se queda mirando a Eleonora. Ya no está preocupado; está aterrorizado ante la idea de lo que pueda pasarle a la muchacha. Y ya no es sólo por Ellie en sí. También es porque, si a ella le pasa algo, él se muere. Tan simple como eso. Fred no puede soportar verla marchitarse lentamente y no poder hacer nada para evitarlo.
Tras unos minutos, la muchacha se remueve en la cama, señal inequívoca de que está despertando. Por un momento Fred piensa en esconderse por si su presencia la incomoda, pero su preocupación y su cabezonería son mucho mayores que su cobardía. No por nada está en Gryffindor. Eleonora abre los ojos y parpadea, confundida, mientras mira alrededor. Entonces ve a Fred.
-¿Qué haces aquí?-pregunta en un susurro casi asustado.
-Te has desmayado-explica él-. Pero que vamos, si querías que te dejara en el pasillo, haberlo dicho y yo encantado-Eleonora hace un gesto extraño, como si intentase sonreír y algo no la dejase-. ¿Te encuentras bien?
-Sí-responde Eleonora, incorporándose. Fred entrecierra los ojos con sospecha-. ¿Qué miras?
-La señora Pomfrey dice que llevas varios días sin comer-dice él, optando por obviar la más que evidente mentira-. ¿Por qué?
Eleonora baja la vista y tarda varios minutos en contestar:
-No tengo hambre-no es del todo una mentira; lo que en realidad le ocurre es que no quiere ver a McLaggen salvo que sea absolutamente necesario, porque tiene demasiado miedo. Y si para eso tiene que quedarse sin bajar al Gran Comedor y privarse de comer, lo hará para evitar al culpable de que se sienta tan mal, tan poca cosa, tan usada, tan humillada.
-Ellie…-empieza Fred, mordiéndose el labio, recordando una bronca que su madre le echó en verano cuando se metió con Rox por comer con tanto ahínco-. Sabes que… que no estás… vamos, que… que… que estás… es decir, que… lo que quiero decir…
-No me veo gorda-lo interrumpe Eleonora con suavidad al darse cuenta de a lo que se refiere. Una suavidad que a Fred, pese a que adora cualquier cosa relacionada con Ellie, no le gusta, porque no es una suavidad deseada. Es como si un hipogrifo la hubiese pisoteado y sólo pudiese hablar con ese tono, como si alguien la obligase a utilizarlo-. Simplemente no me apetece comer tanto-No me apetece comer nada, pero no te lo voy a contar, porque conociéndote harás alguna estupidez como atarme a una silla o algo por el estilo. Y porque no puedo decírtelo.
-Ellie, estás en los huesos-Fred ni siquiera se atreve a utilizar un tono burlón; de repente, le da la impresión de que Eleonora se ha vuelto toda fragilidad-. Tienes que comer.
-En serio, Fred, métete en tus asuntos-replica Eleonora-. Lo que yo haga o deje de hacer no te importa.
-Sí que me importa, y mucho-Fred se muerde la lengua, pero ya no puede hacer nada para ahogar las palabras que ya han salido a borbotones de sus labios, sin pensarlas, sólo sintiéndolas.
Eleonora alza la vista y clava sus ojos grises en él. Y de repente, Fred tiene miedo de la oscuridad que emana de sus iris sin vida.
-Pues si tanto te importo, déjame en paz-le pide en tono inexpresivo-. Me harías un favor.
Fred tarda varios segundos en procesar las palabras de Ellie. Es cierto que la muchacha lo ha mandado a freír espárragos infinidad de veces antes, pero siempre estaba enfadada, o harta, o… Nunca se lo ha dicho así, tan explícita, objetiva y directamente. Que la deje. Que no lo quiere cerca. Que estaría mejor sin él.
Sin decir ni una palabra, Fred se levanta de la silla y sale de la enfermería. No tiene ni idea de adónde lo llevan sus pasos; su cuerpo está en piloto automático, porque su cerebro está demasiado saturado y su corazón demasiado roto para controlar sus pies.
No lo entiende. No entiende absolutamente nada. No la entiende. No alcanza a comprender el porqué del comportamiento de Eleonora; por qué lo insulta, y luego se preocupa por él. No sabe el motivo por el cual sus ojos, su pelo, su piel, su forma de ser, toda ella, han cambiado tan radicalmente en Navidades. No entiende por qué se niega a hablar de ello y ni siquiera es capaz de admitir que algo la ha tornado en alguien distinto a la muchacha estudiosa y risueña de la que Fred se enamoró. No sabe en qué momento ha muerto la chispa alegre de sus ojos y ha sido sustituida por un terrorífico gris opaco e inexpresivo. Igual que tampoco comprende por qué primero respondió a su beso y luego lo rechazó, ni por qué se esmeró tanto en regalarle un susto por su cumpleaños si ahora lo quiere lo más lejos posible. Por qué rechaza sus bromas, sus consejos, su preocupación. Son demasiados interrogantes y Fred no sabe responder a ninguno de ellos.
Por primera vez desde que ha salido de la enfermería, mira alrededor para saber dónde lo han conducido sus pies. Se encuentra en la orilla del lago, llorando, sus lágrimas congeladas por el frío viento de febrero que le hiela las mejillas. Se deja caer en el suelo sin fuerzas. No le importa la nieve que pronto desaparecerá y que lo cala hasta los huesos, ni tampoco el hecho de que sea de noche y haya aceptado ayudar a Ben con los deberes de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Todo lo que ocupa su mente es Ellie. Más concretamente, dónde ha ido la Ellie que él conocía y por qué ha sido sustituida por una imitación gris y aterradora que en nada se parece a la persona a quien podía enternecer y hacer reír con un beso y un ramillete de muérdago.
-Ellie.
Eleonora puso los ojos en blanco y se dio la vuelta para mirar a su… novio, suponía. No habían hablado de ello, al menos no explícitamente, pero la muchacha sospechaba que, dado que por primera vez en su vida disfrutaba más acurrucándose con Fred en la butaca junto al fuego que aprendiendo nuevos hechizos, ahora eran algo así como una pareja. Era, desde luego, algo que nunca se le había pasado por la cabeza, pero no estaba del todo mal poder cerrarle la boca a Fred con un beso. Además, era con diferencia mucho más efectivo que un puñetazo en el hombro.
En ese momento, el muchacho la miraba desde un rincón. Eleonora no comprendió el motivo de su sonrisa traviesa hasta que se percató del ramillete de muérdago que había sobre su cabeza. Pero fingió no darse cuenta.
-¿Qué?
-No querrás que tenga mala suerte, ¿no?-dijo Fred, haciendo un puchero.
-La idea es que dos personas se crucen debajo del muérdago, no que una espere a la otra-replicó Eleonora con calma.
Fred entornó los ojos.
-Eres cruel-declaró en tono falsamente afectado.
-Y tú un tramposo. No voy a ir-pese a que estaba a menos de tres metros de él, Eleonora encontraba infinitamente más tentador ver qué pasaba si se negaba a hacer lo que él quería. Se dio la vuelta y echó a andar.
Escuchó un golpe seco en el suelo tras ella, y supuso que Fred habría dado un salto. Medio segundo después, sin embargo, notó las manos del muchacho trasteando algo en su cabeza. Eleonora alzó las suyas para proteger su moño, que Fred acababa de convertir en un churro. Se giró en redondo y entornó los ojos, enfadada. Su pelo era tan grueso que ya de por sí era bastante difícil recogerlo, y esa mañana estaba especialmente rebelde. Sin embargo, su enfado se convirtió en sorpresa al notar, enganchada a una horquilla… ¿una rama?
-Es muérdago-respondió Fred a su muda pregunta-. Así que ahora estás debajo de él.
-Pero tú no-puntualizó Eleonora, después de mirar hacia arriba para asegurarse, cruzándose de brazos.
Como respuesta, Fred flexionó las rodillas hasta que sus cabezas quedaron a la misma altura, y se quedó a unos centímetros escasos de ella.
-¿Y ahora? Algo tiene que cubrirme por la fuerza, aunque sea sólo una hojita, ¿no, Ellie?
Fred tenía el don de hacer que se le olvidasen todas las razones para llevarle la contraria con sólo mirarla con esa intensidad. Eleonora se sonrojó y, decidiendo que ya tendría tiempo para encontrar la forma de resistirse a sus encantos, cayó en ellos gustosa. Enroscó los brazos alrededor de su cuello y sonrió tontamente mientras lo besaba. Siempre se sentía tonta cuando lo tenía tan cerca.
-Ahora ya me puedes quitar esto-dijo tras unos minutos, cuando encontró un resquicio de voluntad en su interior, separándose de Fred.
Él negó con la cabeza, con los brazos rodeándole la cintura.
-Te vas a quedar así todo el día. Así tendré pleno derecho para besarte cuando quiera-dijo con una sonrisa malévola, besándola de nuevo
Eleonora vuelve a su habitación unos minutos después de que Fred se haya ido de la enfermería.
-¿Estás bien?-le pregunta Jackie, que está dejando los libros, al ver su expresión-. ¿Eleonora?
Por un momento, Eleonora piensa en mentir, pero su amiga la conoce demasiado bien, así que niega con la cabeza. Nota los ojos de Jackie clavados en ella mientras camina hasta su cama y se deja caer en ella, mirando al vacío.
Jackie cierra su baúl y se levanta. Durante unos segundos, se queda de pie sin moverse, sólo mirando a Eleonora, pero luego se sienta junto a ella y la mira en silencio, y luego se muerde el labio. Porque se siente completamente inútil; ha hablado con ella, la ha abrazado, la ha arrastrado de compras a Hogsmeade, la ha sacado al jardín para ver si con el sol recupera algo de color, la consuela cada vez que se despierta llorando en mitad de la noche y le ha enumerado todas las veces que ha visto a Fred Weasley mirándola fijamente, y nada parece poder sacar a Eleonora de ese horrible estado de culpa, tristeza y miedo en el que lleva desde Navidad.
Jackie abre la boca para decir algo, pero antes de que pueda emitir ningún sonido Eleonora responde a la pregunta que tenía pensado hacer:
-He estado hablando con Fred.
-¿En serio?-inquiere Jackie-. ¿Y? ¿Qué tal? ¿Os habéis matado?
-Le he pedido que deje de intentar acercarse a mí-explica Eleonora en voz muy baja. Jackie alza una ceja, incrédula.
-¿Por qué has hecho eso? No es lo que quieres, y lo sabes bien.
-Porque no quiero que lo sepa, Jackie-Eleonora aparta la vista del infinito y mira a su amiga-. Si lo hace, me odiará.
Jackie sacude la cabeza. Eleonora le habló de eso el otro día, y a ella le parece la mayor estupidez de la historia.
-Eleonora, Fred no te va a odiar. Te lo repito, por si no te acuerdas: tú no hiciste nada malo, fue ese cabrón de McLaggen. Y si Fred se enfada por eso, que sinceramente no creo, es porque él también es gilipollas.
Pero Eleonora niega con la cabeza. Jackie suspira, sabiendo que no va a lograr convencerla. Ya lo ha intentado de muchas formas. De modo que estrecha a su amiga contra ella, entristeciéndose al notar sus costillas bajo el uniforme del colegio con los dedos.
Eleonora le devuelve el abrazo y se queda un rato con la cabeza apoyada en su hombro. Abrazar a Jackie es de las pocas cosas que no han cambiado en su vida, porque sabe que su temperamental, chalada y cariñosa amiga, que es más hermana suya que si tuviesen la misma sangre, le arrancaría la cabeza de un mordisco a cualquiera si ella se lo pidiese. Sin embargo, en esos momentos no piensa en Jaqueline Macmillan, sino en Fred.
Sabe que no tendría que haberle dicho eso. Sabe que ha logrado herirlo, lo ha visto claramente en sus profundos ojos azules. Y sabe que ahora Fred sólo va a desear alejarse de ella.
No obstante, Eleonora está segura de que, aunque quizá no con el método más adecuado, ha hecho bien en apartar a Fred de su vida todo lo posible. Porque seguro que él no desea estar con una chica que ha sido usada por otro. Eleonora sabe que, si deja que Fred se acerque a ella, sus enormes y cálidos ojos lograrán derretir la muralla de hielo que con tanta determinación ha construido para que nadie se acerque a ella más de lo estrictamente necesario. Es cierto que no puede vivir sin Fred, pero está convencida de que, en cuanto Fred logre enternecerla como sólo él sabe hacerlo, ella no será capaz de negarse a contarle lo que le ocurre, de explicarle cómo lo sucedido en aquella aula del segundo piso la está matando por dentro. Y entonces Fred se enfadará. Con toda la razón del mundo. Porque creerá que Eleonora no debería haberse dejado, que debería haber sido más cauta para evitarlo, y la odiará por haber estado con otro.
Y porque mientras Eleonora era violada por McLaggen, entre bofetones y tirones de pelo, estaba segura de que no podía hacer más de lo que estaba haciendo para tratar de defenderse. En cambio, cuando estuvo lo suficientemente calmada para pensar de nuevo, la idea de que quizá podría haber dado más de sí se coló en su mente. Y, cada día que pasa, ese pensamiento, tan agobiante como un lazo del diablo, la asfixia más y más y la hace creer que quizá, en algún momento, el dolor y el miedo se tornaron placer.
Es por eso por lo que Eleonora se siente como una puta, y conforme pasa el tiempo no puede sino convencerse más de ello. Y no cree que Fred quiera salir con ella de nuevo, porque él merece mucho más que eso, merece una chica mejor que ella.
Así que va a dejarle el camino libre. No va a interponerse más en su vida.
Roxanne lleva todo el día observando a Dan con curiosidad. El muchacho está hoy más nervioso de lo que lo ha visto en su vida. Ha intentado varias veces preguntarle qué le pasa, obteniendo varios gestos obscenos como respuesta, así que ha decidido desistir. Tiene la ligera impresión de que tiene algo que ver con alguna chica, pero, como Dan se niega a gesticular, no puede saberlo con certeza.
Harta de aguantar el nerviosismo y el mal humor de su amigo, la chica va sola a la biblioteca para hacer deberes; tiene que hacer una redacción de sesenta centímetros sobre branquialgas y no tiene ni la menor idea de por dónde empezar. No sabe aún qué quiere hacer cuando acabe el colegio, pero, desde luego, tiene bien claro que no será la sucesora de Neville en el cargo de profesora de Herbología.
Saca varios libros para buscar información. Después de tres búsquedas infructuosas, en "Las plantas acuáticas mágicas del Mediterráneo y sus propiedades" encuentra por fin la información que busca.
Está haciendo un borrador de su ejercicio cuando alguien se sienta en la mesa frente a ella.
-Vaya-comenta con frialdad al ver a Dan-. ¿Vas a volver a gritarme?-es una forma de hablar, porque Dan no puede gritar por motivos físicos; pero ellos han acordado considerar gritar a expresarse con gestos excesivamente violentos.
-Lo siento-se disculpa él con un gesto sincero; sus ojos grises están llenos de arrepentimiento-. No quería tratarte así, pero es que tengo que hacer algo muy importante.
-¿El qué?
-Hablar contigo-Roxanne alza las cejas, sorprendida.
-¿Y por eso estabas tan irritante? En serio, no voy a comerte ni nada, ¿sabes?
-Espero que no me comas cuando te lo diga-replica Dan, bajando la vista-. El caso es…-empieza; Rox percibe un extraño miedo en sus gestos, como si no supiera cuál será su reacción. Eso le molesta un poco; se supone que son los mejores amigos, ¿verdad?-. No sé cómo empezar-admite.
-El principio sería una buena opción-apunta Rox. Son esos gestos los que hacen que lo quiera tanto. Espera, a ver, quererlo como amigo, so tonta.
-Bien-Dan respira hondo y la mira-. ¿Te acuerdas…de la caja?-pregunta con gestos forzadamente calmados. Le tiemblan las manos. Roxanne asiente-. ¿Y de las flores? ¿Y de las notas?
-Cómo olvidarlo-murmura Rox, alegrándose de no haber sido besada por un desconocido desde hace varios meses. Ha estado realmente preocupada.
-Pues... la caja, las flores, los besos y las notas, todo fui yo-gesticula Dan de un tirón, y cierra los ojos con fuerza, como esperando que un bomba destruya el castillo en cualquier momento.
Roxanne se queda patidifusa, demasiado sorprendida para procesar lo que Dan acaba de decirle. Tras unos infinitos segundos, su cerebro opta por una cómoda y confortable vía de escape: la broma y el escepticismo. Se echa a reír con una risa casi histérica, sin preocuparse de atraer a la vieja señora Pince con el ruido.
-Ya, claro. Sí, muy bueno, Dan. Creo que mi hermano empieza a influenciarte.
Pero no hay ni una chispa de broma en los ojos del muchacho.
-Es verdad-aclara con una mano.
Roxanne palidece. No sabe exactamente qué está sintiendo, porque en esos momentos su interior es un desordenado torbellino que lo mezcla todo: el miedo a que su mejor amigo la esté acosando, el alivio porque sea él y no otro, el enfado porque no se lo haya dicho antes, la alegría porque eso es una especie de declaración… Espera, eso se ha colado. Eso no es cierto.
-¿QUÉ?-grita, levantándose de un salto de la silla, que se cae hacia atrás. Es más fácil para su confuso cerebro dejarse dominar por la ira-. ¿Que has sido tú todo este tiempo? ¿Y ni siquiera has sido capaz de decírmelo?
-Rox, oye…-empieza a gesticular Dan, pero pega ambos brazos al cuerpo ante la furibunda mirada de su amiga, temiendo que se los arranque de un mordisco.
-¡LLEVO TRES MESES TEMIENDO QUE UN VIOLADOR SE PRESENTE DE REPENTE EN MI DORMITORIO, COMIÉNDOME EL COCO PARA AVERIGUAR QUIÉN DIABLOS ERA! Y TÚ LO SABÍAS, ¿Y NI SIQUIERA TUVISTE LOS BEMOLES PARA DECIR QUE ERAS TÚ? ¡ERES UN MALDITO COBARDE, DANIEL THEODORE NOTT!
La señora Pince se acerca a ellos, alarmada por el jaleo. Varios estudiantes se asoman por detrás de las estanterías con curiosidad, extrañados al ver a Rox en pleno ataque de ira. La mayoría creía que la muchacha nunca gritaba, de modo que el monólogo a voces de la menor de los Weasley es todo un espectáculo para ellos. Scorpius Malfoy apenas puede contener la risa al ver al pobre Dan encogerse ante la furia de Roxanne Weasley, y se muerde el labio con fuerza para evitarlo.
-¡Señorita Weasley!-exclama la bibliotecaria, escandalizada ante semejante griterío, mientras Dan se levanta de su silla, por si tiene que salir corriendo-. Por favor, cállese o me veré obligada a…
-¡NO, TE CALLAS TÚ, VIEJA ARPÍA!-la interrumpe Roxanne, desgarrándose la garganta. La señora Pince palidece; es obvio que nunca le han faltado al respeto de ese modo. La carcajada de Scorpius, que ya ni siquiera se molesta en aparentar seriedad, resuena en el silencio sepulcral que se ha hecho en la biblioteca. Albus Potter aparece a su lado y se queda patidifuso al descubrir que es su prima la que está montando todo el espectáculo-. ¡Y TÚ!-agrega, señalando a Dan con tanta saña que el joven retrocede unos pasos. Jamás ha visto a Rox tan fuera de sus casillas-. ¡COMO TE ME VUELVAS A ACERCAR TE AHOGO EN EL LAGO! ¡Y NO ES UNA AMENAZA! ¡ES UN HECHO! ¡COBARDE! ¡SO IMBÉCIL!
Y sale de la biblioteca con las orejas echando humo, sin preocuparse por sus libros y su redacción, ante la atónita mirada de una veintena de compañeros de diversas casas. Dan se queda inmóvil, porque sus músculos no le responden; sabe que Rox es temible cuando se enfada, y también había barajado la posibilidad de que reaccionase mal a su confesión, pero nunca había imaginado verla tan alterada. Le está bien empleado, piensa. Le ha hecho pasar miedo durante estos meses. Es lo mínimo que podría esperar.
-Tío, ¿qué le has dicho?-pregunta Scorpius, limpiándose las lágrimas de risa que se le han escapado y acercándose al todavía aturdido Dan. El muchacho le hace un gesto maleducado para mandarlo a tomar viento-. Vale, no me lo digas. Pero yo de ti mejor mantenía las distancias un tiempo-le aconseja Scorpius, sonriendo con suficiencia. Albus le da un codazo y lo mira con desaprobación, y luego dirige los ojos al lugar por el que Roxanne ha salido hecha un huracán, preguntándole qué cable se le habrá cruzado a su prima.
Dan lo fulmina con la mirada. Luego, por el bien de su integridad física, admite que no le vendría mal hacer caso del consejo de Scorpius.
-… y no pienso volver con él jamás de los jamases-jura Jackie por novena vez mientras salen del Gran Comedor.
Naira ríe. Después de que Eleonora le asegurase que está perfectamente (y a pesar de no haberse creído ni una palabra), Jaqueline ha bajado a cenar y pasado la última media hora poniendo a Naira al día sobre su última ruptura con Russell Finnigan; esta vez, ha sido porque lo ve demasiado cerca de Alison Prewett y Jackie está celosa. No obstante, Naira sabe que antes de dos semanas habrán hecho las paces. Se quieren mucho. Y se gustan demasiado.
-Por cierto, ¿qué tal tú y Al?-pregunta Jackie entonces, y sonríe.
Naira se sonroja hasta la raíz del cabello.
-Ni me hables. No sabe que existo.
-Creo que podrías hablar con él aprovechando que es primo de Hugo-opina Jackie-. Así podría conocerte y no sería muy descarado.
-Sí, pero no necesito que todos los Weasley sepan que me gusta uno de su familia-replica Naira-. Además, seguro que a él le gustan las tías lanzadas.
Jackie la mira con una ceja alzada.
-¿Y tú que eres, cariño? Creo recordar que tardaste unos diez minutos en tirarte a Fred Weasley en Halloween.
-Sí, pero estaba borracha-alega Naira-. Y ni siquiera me acuerdo de lo que hicimos-suspira-. Siempre creí que sería algo más… no sé, más romántico, supongo. Aunque lo cierto es que Fred es muy majo-admite.
-Que Eleonora no te oiga decir eso-le advierte la rubia-. Y no lo vuelvas a decir en mi presencia tampoco, que me has caído bien y no me apetece tener que tirarte de la torre de Astronomía.
-Joder, Jackie, que eso ya se me pasó-aclara Naira, algo intimidada ante la mirada escrutadora de su amiga-. Llevaba colada por Fred prácticamente desde que entré a Hogwarts; era como… como una especie de amor platónico. Y además, no duramos ni un mes.
-¿Y eso fue por…?
-Básicamente, porque cada vez que se corría creía que yo me llamaba "Ellie"-resopla Naira. Es cierto que fue Fred quien rompió con ella; pero ella llevaba ya varios días pensando en hacerlo cuando él se lo propuso. Se dio cuenta de que no iba a lograr enamorarlo y prefirió no dificultar las cosas para nadie. De todas formas, piensa con amargura, de eso ya se ha encargado McLaggen.
-¡Lo sabía!-exclama Jackie, haciendo un gesto de victoria con los brazos. Naira arquea las cejas y suelta una risita-. ¿Qué?
-Nada, que pensaba que no había ninguna duda sobre eso-replica la Hufflepuff, sonriendo.
Roxanne baja los escalones de tres en tres. No sabe exactamente adónde va; sólo que quiere poner toda la tierra de por medio posible entre Dan y ella. Se enjuga cada pocos segundos las lágrimas que brotan de sus ojos violetas.
Recorre los oscuros jardines hasta llegar al lago, y se plantea seriamente el asesinato de su (hasta hace dos minutos) mejor amigo mediante ahogamiento o congelación, pero ve una figura no a mucha distancia que le llama la atención y que le resulta curiosamente familiar. Tratando de tragarse su descomunal enfado, se acerca a la persona. Descubre que es su hermano, que está abrazado a sus rodillas y mirando al bosque prohibido con expresión ausente.
-Fred, ¿qué haces aquí?
El muchacho alza la vista, y Rox descubre que no es la única que está llorando. Se sienta junto a él en el suelo, y Fred la rodea con un brazo y la atrae hacia sí, tratando de que no pase frío. O quizá de entrar él en calor, porque está helado. Roxanne se pregunta cuánto tiempo llevará ahí, y lo más importante, qué le habrá pasado para estar congelándose junto al lago motu propio. Eleonora, supone tras pensarlo detenidamente. Es la única capaz de ponerlo en tal estado.
-Rox, ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?-le pregunta Fred tras un rato, tras sorber por la nariz y enjugarse las lágrimas.
Roxanne se muerde el labio. ¡Eso! ¡Buena pregunta, Fred! ¿Por qué lloro? ¿Por el hecho de que Dan haya estado prácticamente acosándome durante tres meses, o porque puede que no lo conozca tanto como creía y no he sido capaz de darme cuenta hasta que me lo ha dicho?
-Por… Nada, en realidad son sólo… Tonterías, supongo-responde finalmente-. ¿Y tú?
Fred compone una sonrisa triste. Rota.
-Tonterías.
Notas de la autora: Me parece que lo de Dan se veía venir… aunque admito que me lo he pasado teta escribiéndolo, imaginarme a Rox gritándole de todo menos bonico ha sido realmente gracioso, he acabado casi llorando de la risa. Y para deprimirnos ya tenemos a la pobre Eleonora. Angelito mío.
Por cierto, en cuanto a ella, yo no creo que sea una puta ni nada por el estilo, pero se está encerrando demasiado en sí misma y sus pensamientos deprimentes, y eso va a acabar pasándole factura.
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