VII
No estás sola
James y Sirius se miraron confundidos, sin saber qué hacer.
La brisa suave de inicio de otoño los envolvió, ayudándole a Sirius a salir de su ensimismamiento.
– ¿Qué le habrá ocurrido?
James no supo qué decir, se sentía inútil, pues no sabía qué hacer ni decir.
–Sigámosla –sugirió en un susurro mientras emprendía su marcha. Sirius le siguió pisándole los talones.
Me vieron subir las escaleras a toda prisa y apresuraron el paso par no perderme de vista. James sacó de su mochila la capa de invisibilidad y la puso sobre él y Sirius.
Caminé con paso firme y apresurado por los pasillos del séptimo piso. Me dirigía a la sala de astronomía, ya que era el único lugar donde podía gritar y desahogarme todo lo que me hacia falta. Sabía que estar sola me haría sentir más vacía y vulnerable de lo que ya me sentía, pero no quería que nadie sintiera pena por la niña huérfana. Llegué a mi destino. Entré y cerré la puerta, y apenas me vi sola grité de frustración. A unos metros, dos pares de ojos me miraban abatidos. Giré mirando hacia el cielo topándome con el techo y sin soportarlo más me tiré de rodillas al frió suelo… Ya no daba para más y el maldito dolor en mi pecho era insoportable, tanto que deseaba con todas mis fuerzas dejar de existir. Comencé a desespérame porque las lágrimas estaban estancadas en mis ojos… y yo lo único que quería era quitarme de encima la desazón que se aferraba en mi, amargando cada uno de mis recuerdos y obligándome a odiarlos. Por otro lado, James estaba totalmente desesperado por no saber qué hacer y Sirius estaba paralizado en su lugar. Éste último estaba enterado de la muerte de mis padres, pero como nunca mostré nada de lo que sentía, se sorprendió al ver como me desmoronaba.
La habitación comenzó a congelarse. Era tanto el frío en el lugar que los cristales de las ventanas empezaron a escarcharse. Con desesperación rasgué la ropa que cubría mis brazos dejándolos al descubierto, y con firmeza tomé la varita en una de mis manos lanzándome un hechizo cortante. La sangre comenzó a salir de mi brazo a borbotones. Vi el líquido rojizo recorrer mi piel y por fin, después de tanto tiempo, sentí que el dolor en mi corazón desaparecía. James y Sirius reaccionaron al instante; se quitaron la capa y corrieron a mi lado. James me arrebató la varita. A ese punto las lágrimas ya corrían por mis mejillas sin control y, por la expresión de James, supuse que mi estado era lastimero e inocuo. Sirius tomó una de las tiras rasgadas de mi ropa y envolvió mi brazo, intentando detener la hemorragia. James me abrazó con fuerza haciéndome sentir que aun era parte de algo.
–No estás sola, me tienes a mí. –me susurró con cariño James, grabando con fuego sus palabras en mi alma.
En ese momento perdí el conocimiento…
Los ojos me pesaban y sentía el cuerpo yerto; pestañeé un par de veces para que mis ojos se adaptaran a la luz y luego de unos segundos, pude ver con claridad dónde me encontraba… Estaba en la enfermería y lo reconocí por el aroma penetrante a pociones y el brillante blanco de las paredes. A unos metros oí una discusión.
–No te comas las ranas de May, Black, o te patearé–sisó amenazante la voz de Mari.
–Pero si es solo una, a que ni cuenta se da –se excusaba Sirius con voz de niño mimado.
–Ya te advirtió Mari, y si no le haces caso seré yo la que te patee, Black –amenazó esta vez Lily.
–Tú y cuantos más, Evans –la desafió James.
–Yo y mi varita, estúpido –respondió Lily.
Ya iban a comenzar las típicas peleas campales de Lily y Mari v/s James y Sirius. Escuché la voz sensata y madura de Remus.
–No sean infantiles.
– ¡Ya despertó! –exclamó Alice al ver como me tapaba los oídos para no escuchar las protestas de Lily, Mari, James y Sirius.
Todos se abalanzaron sobre mi camilla y comenzaron a interrogarme.
– ¿Estás bien? –preguntó con dulzura Alice mientras me acariciaba la mejilla.
–Nos diste un buen susto –admitió Remus con una sonrisa sincera.
–Pero ¿en qué mierdas pensabas? -fueron las palabras de James, Lily y Mari.
Les dediqué una mirada de reproche. Sirius carraspeó llamando la atención de todos antes de agregar.
–Creo que esas no fueron las palabras adecuadas, chicos –agregó con una risita burlona y apuntando hacia atrás.
Albus Dumblendore miraba con una sonrisa divertida a los chicos y, a su lado, Minerva Mc Gonagall los observaba de forma severa.
– ¿Qué clase de vocabulario es ese? –escrutó la subdirectora.
Los tres se giraron poniendo la mejor cara de angelitos que podían poner, pero eso no los salvo del sermón que les dio Minerva. Cuando terminó con los chicos, se acercó a mí.
– ¿Esta bien, señorita Perazzy?
–Si –afirmé sin ser capaz de verla a los ojos, pues como siempre mentía sobre el tema.
– ¡Excelente! –Dijo en un tono jovial, uno no muy propio en ella, y luego se giró hacia los chicos y, con una mirada inexorable, agregó –ustedes se van ahora a sus habitaciones. Estas no son horas para que anden despiertos.
El grupo bajó la cabeza y salió en fila por la puerta que daba al corredor.
–Bueno yo los dejos solos –añadió cuando los chicos se habían ido.
–Que bueno que ya esté bien, señorita Perazzy –musitó mirándome la muñeca derecha donde se hallaba la herida ya vendada; se acercó a la mesa donde estaban algunos presentes. –hmmm… dulces de limón, mis favoritos –dijo tomando unos cuantos y metiéndoselos en el bolsillo.
– ¿Qué me quiere decir? –fui al grano. Me encontraba aturdida con la presencia del director y las pociones que me había tomado no ayudaban mucho a concentrarme.
–Quería comentarle unas cuantas cosas –admitió con sinceridad, mirándome por sobre sus anteojos de media luna.
– ¿Cuáles son esas cosas? –Escudriñé con curiosidad.
–Me gustaría decirle que lo que hizo no es lo mejor para apartar el dolor. –Me miró profundamente –y si no hubiera sido por el señor Potter y el señor Black usted no lo contaría dos veces.
–Lo sé –contesté con la cabeza gacha. –pero en ese momento no pude contrólame, estaba demasiado desesperada.
–En una situación como la suya cualquiera no es conciente. Ha sido muy valiente al enfrentarse a todo este dolor, señorita Perazzy. –agregó con una sonrisa comprensiva.
Sus palabras me sorprendieron, ya que en ningún momento pensé que era valiente, sino todo lo contrario, me consideraba una cobarde.
–Nunca ha sido bueno encerrar el dolor, porque, en un determinado instante, no será lo suficientemente fuerte como para manejarlo. Como lo que ocurrió hace unas horas. –explicó y está ves su voz sonó a reproche. –tiene amigos que la valoran mucho y no es justo que no comparta lo que le está pasando con ellos. Es egoísta de su parte hacerlo.
Lo observé con congoja… todo era cierto: No compartía mis problemas, ni siquiera con James que era como mi hermano y el que más enterado estaba sobre la muerte de mis padres.
Una rebelde lágrima se escapó de mis ojos en ese momento.
–No sé por qué está empecinada en sufrir de esta manera, señorita Perazzy. Tiene muy preocupados a sus amigos.
Sus palabras me hacían sentir culpable, horriblemente culpable.
–Lo sé, pero no puedo hablar del tema… no, aún –murmuré.
Dumblendore sonrió y luego de unos segundos de silencio, agregó:
–Es difícil, pero creo que ya ha estado demasiado tiempo sola. Es tiempo de que deje que las personas que la quieren entren en su vida.
Afirmé con la cabeza condescendiendo. Nunca he conocido un hombre tan sensato como Albus, y sus palabras fueron el primer empujón a mi liberación, de eso estoy totalmente segura.
–Bueno, ya es tarde, es mejor que duerma –dijo despidiéndose con una inclinación de cabeza.
El sueño me venció un poco más tarde.
Los días, que prosiguieron a mi intento de suicidio, pasaron con rapidez, tanto así que ni cuentas nos dimos cuando ya nos encontrábamos fuera de la sala de audiciones. Ese día, Mari y Lily tenían que presentar sus trabajos. Eran las cinco y treinta y sólo faltaba media hora para que todo diera inicio. Nos sentamos afuera de la sala, en el piso. Mari estaba nerviosa y apretaba su libreta contra su pecho (la que le regalo Remus en la navidad del primer año), y no paraba de murmurar cosas incoherentes y sin sentido.
–Buenas tardes, chicas –saludó con energía Carriel desde el umbral de la sala. –venga pasen. –nos invitó a pasar a la sala.
Ésta era amplia y llena de ventanales que daban a los invernaderos, dentro habían cinco chicos sentados en una mesa larga.
– ¡Chicas! –nos llamó Carriel para que le tomáramos atención. –Ellos –dijo esta vez apuntando a la mesa. –Son el jurado –se los presento. –agregó apuntando al primer chico, este era un pelirrojo de bonitos ojos azules que vestía de forma estrafalaria. –él es el jefe de teatro y se llama Alan Kansin. Ella –dijo esta vez mostrando a la rubia que estaba junto al pelirrojo –es Monic Richardson la jefa de danza, ella, Lily, es la que toma la decisión de si te quedas o no.
Lilian se puso pálida al enterarse que Monic, la chica más popular de sexto, era la jefa de su área. La voz de Carriel volvió a llamar su atención. –bueno a él ya lo conocen –dijo apuntando a Kale –él y yo somos los jefes de música… bueno, sigo. Él –apuntó a un chico moreno –es Lorenzo Marconi y es el jefe de literatura, así que es a él al que debes impresionar, Mari. Y por último Lois Parsh es la jefa de Pintura. –terminó de presentar y se sentó junto a Kale en la larga mesa.
–Lilian Evans ¿Qué nos vas a presentar? –preguntó Monic Richardson, tomando apuntes en una libreta.
–Voy a interpretar aleluya. –contestó con seguridad
–Interesante –fue el comentario de la rubia mientras anotaba en su libreta. –Pero no crees que es muy… difícil –agregó con voz hermética.
–Para mi no lo es –contestó Lily sin intimidarse.
–Entonces muéstranos –la invitó a empezar Monic.
Lily se sacó la capa quedando con un body negro y un pequeño tutu blanco; se tomó el cabello en una cola alta, y caminó al centro del salón donde se posesionó. Esperó que la música comenzara y a los segundos una suave tonada se escuchó. Esta era lenta al igual que los pasos de Lily. No miento cuando digo que me sorprendió verla bailar, porque lo hacia maravillosamente bien y aunque la cara de Monic era un poema, estaba segura que ella estaba tan impresionada como yo.
La música se detuvo y todos menos Monic aplaudieron, pues aún se encontraba escribiendo en su libreta. Los aplausos cesaron y todos los presentes miramos a la jefa de danza, ésta levantó la mirada seria y dijo:
–En unos minutos te daremos los resultados.
Lily casi se cayó al escuchar la fría voz de la chica; se puso la capa y se sentó al final de la sala junto a nostras.
–Mierda –masculló –párese que no le gustó –se lamentó con voz amarga.
–No te preocupes, pelirroja, te salió genial –opinó Mari con una sonrisa, mientras que Lily lanzaba bufidos.
–Si ustedes no quedan, yo me retiro –dije de repente, mirando a las tres chicas, ellas me miraron con una ceja alzada.
– ¿No será que quieres escapar? –preguntó la voz cantarina de Alice.
– No digas payasadas, Daniels –me defendí molesta, ya que había sido descubierta. Mari sonreía divertida, pero al instante se paró, ya que el jurado la miró un poco mal.
Pasaron unos veinte minutos y aún no decían nada. Mari estaba escribiendo algo, mientras que Lily, Alice y yo conversábamos en susurros.
– Creo que esto será muy bueno –admitió Lily con voz soñadora.
– Sí, a mi me va a relajar esto de estar metida en algún hobby –agregó la voz alegre de Alice
– Pues para mi es todo un inmolación –repliqué molesta.
– Sí como no, sobre todo si tienes que hacer las clases y ensayos con Kale –intervino de forma mordaz Mari. Las otras dos reían mientras que yo me ponía como tomate. Cuando iba a contestar la voz de Carriel irrumpió.
– Chicas, acérquense –pidió, nosotras un poco temerosas fuimos.
Yo les rogaba a todos los santos magos y a Merlín para que las chicas no quedaran y así yo no estar metida en toda esa mierda.
– Lily Evans. Segundo año de Hogwarts. Casa Gryffindor –decía o más bien recitaba Alan Kansin el jefe de teatro –la asociación de Jóvenes artistas o más conocida como La J.A. tiene el agrado de comunicarte que desde la próxima clase serás parte de nosotros.
Lily nos miró y comenzó a saltar como loca, dando pequeños gritos de alegría.
– Bien –dijo Monic llamando la atención de la pelirroja. –quiero decirte que desde que comenzó la canción y en tu primer paso estabas dentro, pero teníamos que hacer un teatro para hacerlo mas interesantes –terminó de soltar con una sonrisa pícara.
– No me importa haber esperado todo esto si entré –contestó con sensatez Lily.
– Quiero ver el trabajo de Mari Westing –pidió la voz de Lorenzo Marconi, mirando a la rubia con intensidad. Lorenzo iba en cuarto y era uno de los chicos más guapos de todo el colegio, no por nada tenía un grupo de fans oficial.
Mari le devolvió la mirada con cierto temor, pero luego se acercó más al mesón largo y pregunto:
– ¿Quieres qué te lo recite?
Él la miró con suspicacia, ya que nunca había hecho una audición con alguien que leyera, o mejor dicho recitara su propio trabajo; le dedicó una mirada con mayor intensidad mientras asentía afirmando.
Mari tomó su varita y conjuró un piso donde sentarse, luego miró a Kale y le llamó con la mano. Él se acercó y Mari le susurró al odio algo que nadie escuchó. Kale se devolvió hasta el mesón y sacó su guitarra; volvió junto a Mari y comenzó a deslizar sus dedos por las cuerdas, ambientando con una suave melodía.
Mari tomó aire y comenzó a recitar su poma.
-Este poema se titula "Lo que fui, Lo que soy". –su voz rodaba por el lugar tan suave como la melodía de Kale. –Fui intrépida, inaudita e inexperta. La espuma en un mar embravecido…
Todos guardaban silencio y oían expectantes. La voz de Mari era embriagadora y apasionada.
– Soy silencio incauto, temeroso y toxico. Las hojas que caen en otoño, Voluble, marchita y oscura…
Unos minutos de entero placer al oírla, Mari terminóde recitar; miró al frente. Los jueces la miraban con atención. Mari, que al ver que los ojos de todos estaban en ella, se sonrojó.
La voz ronca, pero suave de Lorenzo se escuchó.
– Estuvo bien, pero sólo bien. Lo admito: me gusto mucho, pero para la elección tiene que ser más, como decírtelo… potente.
Mari le dedicó una mirada hermética, pues había pensado que algo sencillo podría ayudarle, pero este no había sido el caso donde menos es más.
– ¿Más apasionado? –preguntó suave y desafiante Mari. Lorenzo al escucharla dibujó una sonrisa.
– Si –afirmó ampliando su sonrisa de superioridad, ya que sabía que alguien de tan poca edad no podía hacer algo muy complicado y más alguien que no tenía mucha idea de la poesía, o eso creía él.
Mari esbozó una sonrisa, igual o de mayor superioridad que la de Lorenzo.
Volvió a mirar a Kale y en un susurro le pidió otra melodía, ésta era más dúctil que la anterior. Mari miró a Lorenzo borrando por completo su sonrisa, cerró los ojos y trató de que su voz sonara con el sentimiento que quería expresar en el poema.
– "Dolor" –tituló y tomando aire comenzó a recitar. – En la modorra de mis lamentos
Mientras mi alma espera con ansias
Algún respiro…
Lorenzo tenía sus ojos fijos en Mari, esperando a que los suyos chocaran con los de ella, pero eso no ocurrió, porque Mari seguía con los ojos cerrados.
–… Mis atolondrados pasos se vuelven eco
En los pasillos de los recuerdos
Y mis ojos, esos que una vez tanto vieron,
Ahora cegados están buscando
Sin censura el imán de mi dolor
En la negrura de esta habitación,
Que sin ventanas y puerta,
Quiere atarme a lo que una vez
Fue una ilusión.
Cuando concluyó vio que todo el mundo la miraba con la boca abierta. ¿Cómo era posible que una niña de no más de 12 años supiera y sintiera eso, de qué forma la vida era tan cruel de haberla envuelto en eso?... Nadie dijo nada, hasta que Lorenzo, asombrado, se puso de pies acercándose a Mari con paso decidido, una vez que la tuvo frente a ella la tendió la mano y dijo:
– Estoy impaciente por comenzar a trabajar, contigo.
Mari estaba totalmente sorprendía. Luego de unos segundos, pasmada, volvió en si y con una sonrisa le tendió la mano al moreno.
– Será todo un gusto –agregó ampliando su sonrisa.
Ese fue el inicio de una hermosa amistad que duraría por años, hasta que el destino, como siempre, cumpliendo con las órdenes, los separaría.
No ha pasado mucho desde que comencé a escribir y no lo niego: estoy agotada. Esto de viajar al pasado es mucho más doloroso de lo que creí en un inicio. Meterme en los pensaderos y no poder sentir la calidez de las palabras de James, los abrazos de Lily, sabiendo que nunca más oiré el sarcasmo de Mari y la chispeante voz de Alice, me está destrozando por dentro. Pero lo que más me duele es no poder tocar a Sirius. Me duele porque lo amo, porque a pesar de todos estos años sin él no lo he podio sacar de mi y tampoco es que lo quiera hacer. La verdad es que revivir todo es intenso, tanto como mirar a mi hijo y ver los ojos grises de Sirius.
Sé que esto no tiene nada que ver, pero me gustaría escribir un poco de mi hijo, mi querido niño. Estoy segura que si Harry y Rigel se conocieran serian buenos amigos, tanto como lo fueron sus padres. Rig, es menor que Harry, pero no por mucho; nació el 13 de septiembre; su cabello es negro y sus ojos, como ya te lo dije anteriormente, son grises, es alto para la edad que tiene y su sonrisa es igual a la de Sirius. En este momento me encuentro en su habitación, él está dormido… me encanta verlo así, tranquilo. Irónico para ser tan igual a Sirius. Rigel es pasivo, y medita las cosas antes de hacerlas, es tímido y le encanta la música tanto como a mí. Es lo más importante que tengo en la vida… Me desvié más de la cuenta, así que mejor volvemos a la historia.
El día viernes llegó mucho más frío que los días anteriores. Alice se paseaba desde las cinco de la madruga por la habitación, estaba sumamente nerviosa. Se refregaba las manos desespera.
– ¡Alice, déjalo de una vez! –grité desde mi cama. –Hoy es día libre, así que vuelve a la cama y duérmete otra vez –agregué molesta por los ruidosa que podía llegar a ser Alice.
– ¿Qué? –contestó con voz chillona.
– May, déjala tranquila –me regaño Lily que justo salía del baño. –ya está bastante estresada para que más encima, tú le pongas los pelos de puntas.
Refunfuñe y me volví a acomodar en mi cama para, intentar, volver a dormir, pero cuando cerré los ojos me di cuenta que eso ya era imposible; me levanté enojada y me metí al baños, me di un ducha y salí vestida.
– ¿Mari aún duerme? –pregunté molesta porque Mari pudiera seguir durmiendo y yo no. –tiene el sueño más pesado que un troll borracho.
– ¿Bajamos? –preguntó Lily tomando el pomo de la puerta y abriéndola.
Accedí sin muchas ganas. Alice salió como un vendaval por la puerta pasando casi sobre nosotras.
No muy lejos de nosotras, los chicos desayunaban como si nunca hubieran probado bocado alguno, y eso que todos los días comían de esa forma, o mejor dicho devoraban.
– Terminé con Janees –dijo James con la boca llena. Sus amigos lo miraron aturdidos.
– No era que te gustaba muuuuucho –comentó Remus –y no hables con la boca llena –agregó con una mueca de asco.
– No seas niña, Remus –dijo Sirius con la boca llena de pan.
Remus dio vuelta los ojos, sabía que discutir con el par sobre modales no a servir de nada; siguió con su desayuno sin prestar mucha atención al parsito que hablaban con la boca llena de comida y de vez en cuando salpicaban un poco.
– ¿Por qué terminaste con ella? –escudriñó Sirius de lo más interesado.
– Me aburrió –contestó como si nada James mientras se encogía de hombros.
Sirius no le dio más vuelta al asunto, pues entendía a su amigo, ya que él también se aburría con facilidad; tomó un bollo de carne y se lo metió completo a la boca. Peter, a su lado, sonreía fascinado con la idea de consolar a la ex novia de James.
Estaban comiendo en silencio, pero había algo que inquietaba a Sirius y a James, así que con una mirada se dieron a entender que ese día debían hablar seriamente con Remus. Lamentablemente, el comedor no era el lugar idóneo para sacar el tema.
– Oye Sirius has visto a Lucia –dijo James haciendo señas con las manos, para que Sirius entendiera de qué hablaba. Esas señas se referían al prominente busto que tenía Lucia Ward, una chica de quinto, ésta era bastante desarrolladita y era una de las "huecas" que adoraban a los chicos.
– Si la he visto, hermano, casi me pica un ojo el otro día. –comentó Sirius con una sonrisa lasciva.
Lo dos rieron al unísono mientras que Remus los miraba de forma desaprobatoria y Peter con diversión. Cuando ya pudieron parar de reír, los ojos grises de Sirius y los marrones de James se posaron en Remus.
– Necesitamos hacerte un par de preguntas. –habló James muy serio para el gusto de Remus, el rubio sintió la manos sudorosas a pesar del frío de los mil demonios que hacia ese día.
– Pero no te preocupes no es nada malo –se apresuró a decir Sirius al ver los ojos de terror de Remus. Lupin suspiró aliviado ante las palabras de Sirius.
Terminaron de desayunar y, a pedido de Remus, se fueron a la biblioteca para adelantar tarea.
Por otro lado, yo y las chicas desayunábamos tranquilamente… bueno, en realidad sólo Lily yo por que Alice estaba aun muy nerviosa.
– Relájate –dije ya harta de ver como Alice tiraba nuevamente su tazón, ella me miró asustada, así que trate de suavizar mi tono. –todo te saldrá genial.
Ella me devolvió una sonrisa sincera y el temblor de sus manos cesó, dejando nuevamente libre a la animada Alice de todos los días.
– ¿Cómo lo hiciste? –preguntó en un susurro asombrada Lily y sólo yo llegué a escuchar.
– La perfección todo lo puede –contestó con egocentrismo.
Lily entre risas me golpeó el brazo.
– ¡No te rías, pelirroja! –bramé haciéndome la ofendida.
Cuando ya terminábamos de desayunar llegó una soñolienta Mari con el pelo todo revuelto y con los parpados aun pegados. La miramos divertidas.
– Hasta que te levantas –apuntó Lily con una sonrisilla jocosa.
Mari balbuceó algo entre bostezos, pero no logramos entenderle absolutamente nada.
– Que guapa estás hoy, Westing –dijo con tono sarcástico y socarrón Lorrein Losterwey, pertenecientes a nuestra casa y curso, era una de las típicas huecas rubias bonitas de ojos azules.
– Oh no, chicas salgamos de aquí antes de que se nos contagien la estupidez. –dije fingiendo urgencia. Amigas se rieron a carcajadas, haciendo que la rubia se pusiera roja de de rabia.
– Nadie te habló, Perazzy –siseó la rubia con el seño fruncido.
– Si te metes con mis amigas me meto –contesté con desafío, me puse de pie quedando frente a la rubia que me ganaba por unos centímetros, pero eso no aminoro mi provocación.
– Ya te dijeron, Perazzy, le cosa no es contigo –habló otra de nuestras enemigas, Dayan Watson, colocándose al lado derecho de la rubia, ésta al igual que su amiga era muy guapa; morena de ojos verdes muy llamativos, y también más alta que yo, Lily de un salto se puso a mi lado.
– Tú qué, Watson. ¿Te las de defensora? –dijo Lily con suficiencia y usando su tonito de sabelotodo.
– Pero si miren, la mojigata de Evans a hablado –apuntó otra del grupito de insufribles, Jade Cluny, ésta era una trigueña de cabello rizado, tan guapa como sus amigas.
– No me digas, Cluny que te enseñaron a hablar. –dijo Mari fingiendo emoción, y se colocó a mi otro lado. Alice miraba la escena divertida, aunque sabía que llegado un momento tendría que separarnos.
– ¿Están a la defensiva? ¿Acaso no se saben defender solas? –dijo la voz socarrona de la última participe del grupo. Pilar Fultons, se colocó al lado izquierdo de Losterwey con mirada desafiante, ésta era una chica de cabello negro y de tez muy pálida, sus ojos eran de un gris profundo y muy frió.
Todas nos mirábamos con odio esperando a que nuestro contrincante tratara de lanzar el primer hechizo, o el primer golpe. El habiente se podía cortar de lo tenso que estaba. Alice encontró que ya era mucho y que su deber era terminar con la batalla de miradas.
– Chicas, debemos irnos –dijo con su voz suave.
Fultons la miró con asco y sin reservar sus comentarios masculló:
– ¿Miedo, Daniels? –preguntó burlonamente. Alice le dedicó una sonrisa demasiado dulce.
– No, para nada. La verdad es que no temo por ellas ni por mí, si no por ustedes. –dijo contrarrestando su sonrisa dulce con su tono desafiante.
– ¿Qué sucede aquí, señoritas? –preguntó la voz inflexible de Mc'Gonagall. Sin quitarles la vista de encima al grupito de huecas, dije:
– Nada, profesora Mc'Gonagall.
– Entonces ¿Por qué veo tanta tención? –apuntó la profesora.
– Nos saludábamos –contestó Lily socarrona, y menos mal que paso desapercibido por Minerva.
– Ok, entonces podrían saludarse en otro lugar porque obstruyen el paso.-acotó, y luego girando sobre sus talones se fue.
– Se salvaron –susurró Alice.
– Para la otra no estará Mc'Gonagall para que las salve –la siguió Lily.
– Ni nadie –sonrió Mari.
– Así que cuídense –comente yo y salimos con las chicas del gran comedor dejando con la palabra en la boca de las presumidas.
La risa de Mari se escuchaba por todo el pasillo del tercer piso.
Lily le dio un golpe en el hombro para hacer callar a Mari mientras se tomaba la barriga, ya que de tanto reírse le dolía, Pero a Mari le había dado un ataque de risa, de eso que son imposible de detener.
Estábamos tan distraídas riendo y comentando ofensivamente contra el grupito de unineuronales, que sin darnos cuenta chocamos con los mullidos cuerpos de James, Remus, Sirius y Peter, en realidad el único mullido era Peter que era un poco regordete.
– ¡Si serás idiota, Potter!-gritó Lily sobándose el trasero.
– Tú, eres la idiota que no se fijas por donde va –contestó James desafiante.
Por otro lado, Remus le tendía la mano a Mari para ayudarle a levantarse y un tanto avergonzado se disculpaba con ella.
– No te preocupes –contestó Mari, hermética.
– Peter te puedes levantar, pesas y mucho –se quejó Alice tratando de retirar el cuerpo del pesado Peter.
El pequeño chico se disculpó totalmente cohibido.
– ¡Mierda!, me duele el trasero –me quejé tocándomelo.
– Pero si ni tienes. –comentó burlón Sirius. Le lancé una mirada cargada de odio y esto lo hizo estremecerse y sentirse culpable por lo dicho; me acerqué amenazadoramente y sacando la varita de mi túnica lo apunte entre las cejas. El resto seguía en lo suyo sin darse cuanta de lo que sucedía en torno a Sirius y a mí. Una voz me sacó de mis pensamientos acecinos.
– ¡May! –me llamó la voz de Kale, que caminaba en nuestra dirección; bajé de inmediato mi varita y mi ojos que antes eran fríos ahora brillaban con emoción.
– Kale –dije con alegría y me giré completamente hacia él. James al escuchar el nombre del "asalta cunas" se dio media vuelta y caminó con paso firme hasta Kale, lo acorraló contra una pared tomándolo del cuello de la camisa.
– Así que, tú, eres el famoso Kale –masculló con los dientes apretados James.
Kale le dedicó una mirada aturdida, pues no entendía el por qué de la reacción de aquel chico.
– James, suéltalo –mi voz sonó ronca y tan profunda que estremeció a todos, menos a James que miraba con rabia a Kale.
James negó rotundamente.
– Suéltalo –volví a decir poniendo mi varita en la nuca de James. –eres como mi hermano, pero eso no te da derecho a tratar de esa forma a mis amigos. –agregué luego.
James soltó a Kale dejándolo caer con pesadez al suelo, se giró y me enfrentó, pero a los pocos segundos agachó la mirada con abatimiento.
– Sé que no tengo derecho, pero no quiero que te dañen. –dijo y eso me destrozó el corazón; lo miré con tristeza. Lo único que quería era protegerme, me quedé sin palabras, ¿qué podía decir en un momento como ese?…
– No te preocupes, sería incapaz de hacerle daño a May –dijo Kale recobrando la compostura y arreglándose la capa. James lo observó con ojos examinadores. En cambio, yo lo miraba asombrada y con la boca ligeramente abierta.
– Más te vale- respondió James, estuvo unos minutos más examinando, buscando si le mentía, pero no lo encontró. Los chicos se fueron dejándonos a las chicas, Kale y a mí solos en el pasillo.
Me disculpé avergonzada con Kale.
– No te preocupes. –le restó importancia Kale con su típica sonrisa y sus hermosos ojos brillando. –ya van a ser las tres, porque no vamos a la audición de Alice –propuso Kale. Las cuatro asentimos y Alice comenzó a comerse las uñas nuevamente.
Continuará...
Espero que les haya gustado.
esperaré con ganas sus RR.
besos!
adiós
