LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA NO ME PERTENECEN. A EXCEPCIÓN DE LOS OCS


Agradecimientos

Byakko Yugure: gracias por tu review. Comprendo, y pues sí, le he puesto ganas a este fic, quiero que se me haga hábito hacer las cosas así: planeadas al hilo xD Quiero pensar que es determinación, pero siendo realistas es estupidez :'v Con respecto a lo del amor, un poquito de esto, un poquito de aquello, se explicará más adelante el por qué de tanta alegoría al amor xD Terumi es pro, ya la verás luchando... Ups, olvida eso. *intento chimbo de meter hype* Oh, sí, muchas cosas puede salir de esa travesía lskdjfsjdfds :v Como te dije ya, no, no es eso; pero sí tiene... algo, con la Casa de los Tigres xD En eso tienes razón, es un soplo, y los caps siguientes los haré para que se mantenga esa tensión en el aire para cuando llegue el momento, varios corazones dejen de latir, y no precisamente de lectores lskdjflkjsdfjsdf :v Sacudir las bases del fandom... Hum, lo intentaré y veré qué pasa. Gracias por leer.

camila: gracias por tu review. Muchas gracias, me alegra que te guste; y aciertas con lo que será un viaje épico. Gracias por leer.

osita: Gracias por tu review. Seiryu no está dentro de Po .-. Con respecto a lo que Fai quiere obtener, lo entenderás cuando me explaye con el personaje (lo que haré). Gracias por leer.

pandita: gracias por tu review. Bueno, sí, ahí aciertas xD Pobre Seiryu tendrá que armarse de paciencia con Po xd Bueno, no precisamente los exterminan porque sí; lo entenderás cuando Tigresa llegue a la Casa de los Tigres, que será dentro de poco. Gracias por leer.

reiko himura: gracias por tu review. . Gracias por leer.

1k: gracias por tu review. Lei-Lei* Es Lei-Lei. Y sí, Fai tiene sus propios demonios internos (como todo el mundo), lo que será algo que detallaré después. Y no, Qilin no pinta nada bueno, pero ya entenderás más adelante, poco a poco voy detallando todo para que entiendan por qué pasan las cosas xD. Gracias por leer.

Guest : gracias por tu review. No por ser diferente, bueno, sí, un poco, pero el por qué de que hayan hecho aquello, lo entenderás cuando Ti llegue a la Casa de los Tigres. Gracias por leer.

Guest 2: gracias por tu review. Bueno, sobre Tigresa controlando su ira... sí, esperemos que pueda hacerlo, porque si no su guía le da una patada y la dejaría tirada por allí. Ya entenderás el por qué de todo con la Casa de los Tigres, del por qué por el color del pelaje (mencionado en la primera aparición de Seiryu) y por sus particularidades, son desterrados, eliminados o simplemente dejados de lado. Gracias por leer.

Guest 3: gracias por tu review. Gracias, me alegra que te guste; y pues, es Po, el entabla buena relación con todos xD Oh, de eso no tengas dudas, se sabrá el pasado de Fai y el lío con la Casa de los Tigres, solo habrá que tener paciencia. Gracias por leer.

Guest 4: gracias por tu review. Me alegra que te guste, espero este cap también. Gracias por leer.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


Músicas recomendadas:

Con el capítulo completo: "Nee" de Fujita Maiko.


XIII

El lugar al que lo había llevado Seiryu era increíble… y eso era decir poco. Jamás en su vida se imaginó que existiera un lugar así, o incluso soñarlo. Era imponente y dejaba constancia de lo enorme que era el dragón azul y su poder. Una estancia que no tenía fin, donde por suelo había un océano infinito que se extendía hasta el horizonte, de los cuatro puntos cardinales cuatro cascadas surgían del cielo lapislázuli y caían en el océano, como si fueran uniones entre ambos. Dichas no tenían punto de origen, parecía como si solo estuvieran allí, flotando y cayendo, generando una espuma cuando tocaban el agua del mar. Y para cerrar, coronando el cielo, una luna de un azul negruzco iluminaba todo.

Las cadenas alrededor de su cuerpo terminaba en la pata derecha de Seiryu, que tenía una forma de panda, y que caminaba resuelto sobre el agua, cristalizándola ahí donde su pie tocaba, creando un camino para Po. En el centro, una especie de islilla de hielo y nieve destacaba, junto a una especie de espejo de hielo que flotaba con parsimonia. Una vez llegaron a la isla, Seiryu lo soltó y las cadenas se disiparon con un brillo tenue y un tintineo.

Po cayó sentado en el hielo, con unos rayos de dolor ascendiéndole por el pecho, desde el círculo de donde salía la cadena principal se iluminaba amenazadoramente.

—¿Dónde estamos? —preguntó con vacilación, evitando una cólera del dragón.

—En mi dimensión —respondió, y luego de un rato, añadió—: Cada dios posee una dimensión personal en la que su poder está al máximo sin repercutir en los distintos planos dimensionales.

—¿Algo así como una habitación?

—¿Una qué?

—Una habitación —repitió—: ese lugar personal donde uno puede estar tranquilo, donde se duerme.

Seiryu frunció el ceño, tal vez recordando o tal vez por no reconocer la palabra, y asintió.

—¿Qué hacemos aquí?—preguntó Po luego de un rato.

—Vengo a activarte el Tercer Límite —respondió con vehemencia, y a sus pies el agua ondulo como si estuviera viva—. Será cuestión de ti soportarlo.

—¿Qué son los límites? —quiso saber. No estaba muy de acuerdo en no saber o hacer cosas de las que no tuviera conocimiento y sin embargo, sabía que su opinión no valdría. Seiryu era un dios, no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria.

—Los Límites son un mecanismo que todo ser vivo posee para limitarle la cantidad de Chi que este puede tener, recibir y canalizar. Se dividen en tres Límites: el Cuerpo, la Mente y el Espíritu. El primero limita la cantidad de Chi que el cuerpo puede soportar antes de colapsar. El segundo limita el que el mismo puede absorber del ambiente. Y el tercero frena ambos límites.

—¿Qué me sucederá si abres el Tercero? ¿No deberías abrir los dos anteriores?

Seiryu bufó con fastidio y pasó una pata por el rostro.

—No lo sé. Nadie nunca ha abierto el Tercer Límite. —Frunció un poco más el ceño y las líneas de expresión en su frente se hicieron visibles, notoriamente preocupado—. Tal vez tu alma no lo aguante y mueras, tal vez pierdas la razón o los recuerdos, o tal vez lo soportes y me des la información que necesito. Créeme, Po Ping, que cuando te digo que nadie sabe qué sucede con el Tercer Límite, es que nadie lo sabe. Ni yo, ni cualquier otro dios.

Po, aún sentado, se cruzó de piernas como un alumno. Si eso era verdad… ¿lo estaba usando como sujeto de pruebas, como carne de cañón? Ahora bien, ya que lo tenía ahí, frente a él, podría preguntarle por qué los dioses descendieron al Mundo Mortal. Claro está, el dilema era si él le respondería.

—¿Por qué tus compañeros nos están dando cacería, Seiryu?

Los ojos azules del dragón-panda lo fijaron con una intensidad tal que el hielo donde estaba sentado, como reaccionando a sus emociones, empezó a congelarle muy despacio el pelaje. Aquella reacción le trajo la misma pregunta a Po: ¿los dioses realmente tienen emociones complejas?

—No lo entenderías. —Fue todo lo que dijo; acto seguido se dio media vuelta y con un amplio gesto de giro de sus brazos, como si trazara un círculo en el aire, la realidad de aquel lugar se distorsiono, como si doblaran una pintura, y se abrió como una cortina.

—Explícamelo —pidió Po, mirando de soslayo una cicatriz en el antebrazo interno del dragón.

—Ahora no.

—¿A dónde vas? —se alarmó al ver que introducía una pierna hacia aquel lugar, que por sobre el hombro se podían ver seis soles—. ¿No irás a dejarme aquí, cierto?

—¿Eres un bebe acaso? ¡No tengo que cuidarte! Tu único deber, por el momento, es abandonar todas tus emociones. No me sirves si sigues sintiendo ese amor tan absurdo por esa maestra.

—¡¿Por qué?! —Se levantó de un brinco y dio un paso hacia él—. ¿Por qué tan insistente con el tema?

—Las emociones tienden a distorsionar la energía que se maneja —respondió como si nada—. Factores como el odio, el amor, la ira, entre otros, son contraproducentes. —Suspiró—. Sin embargo, dichas emociones representan a cada uno de nosotros, sus Bestias. En mi caso, y para tu suerte, es la serenidad; así que o dejas de lado lo que te dije, o acepta tu débil existencia.

—¡No! —exclamó—. ¿Eres mi Bestia, no? Entonces deberías saber con exactitud que lo que siento por Ti no dejará de existir porque tú lo digas. ¿Y sabes algo? —Dio un paso hacia él, con una sonrisa confiada en el rostro, sabía que su plan no tenía fallos—, te hago una proposición: te demostraré que puedo dominar Chi sin abandonar mis sentimientos.

Seiryu sonrió con aquella sonrisa que dejaba claro una experiencia que cualquier mortal desearía, de aquel que ha visto todo y maldice su propia inmortalidad. Una sonrisa que se le hizo muy parecida a la de Oogway y la vez muy distinta. Una suave carcajada, más interesado que de burla, bailó entre ellos.

—Muy bien, Po Ping —accedió—. Hagamos esto: si logras soportar la apertura del Tercer Límite y dominar sus efectos, sean los que sean, aceptaré que tienes razón y te daré una bendición, la cual, no he concedido en dos mil años. Pero si no lo logras, además de que te ceñirás a cómo te lo indique, me aseguraré de que tus memorias con respecto a la maestra sean borradas, para mayor efectividad.

Dando un paso hacia atrás, dubitativo, Po no supo qué responder. ¿Debía aceptar aquella peligrosa apuesta o solo agachar la cabeza y aceptar lo que el dragón le había dicho? No. No quería. No quería darle la razón. Los sentimientos no eran algo perjudicial… la mayoría de las veces; pero sobre todo, no entendía el por qué Seiryu decía que el amor lo hace vulnerable. Su madre hizo aquel enorme sacrificio por él, y por consiguiente lo ayudó a conseguir la Paz muchos años después, y él lo hizo por Ti, sin motivo alguno. Solo porque quería. Porque no deseaba que aquel animal que amaba muriese. Hubiera sido un golpe muy duro.

Sonrió, sabiendo que ganaría sin dudas.

—Hecho —asintió.

La comisura de los labios del dragón-panda se torció en una semisonrisa y alzó una pata, extendiendo un dedo. Instantáneamente Po cayó de rodillas y una fuerza inmensa lo hizo ir hasta él, como si de gravedad se tratase. Seiryu colocó si índice en el centro de la frente de Po y este sintió como si una gota del frío más intenso le recorriese la espina, para después ser invadido por pequeños temblores de dolor que lo hicieron caer al suelo.

—Espero que para cuando vuelva no hayas perdido la razón —comentó Seiryu, terminando de entrar a la dimensión de los seis soles. Aquella abertura se cerró y Po quedó solo en aquella dimensión que se cernía cada vez más opresora.

El dolor que se le extendía por el cuerpo era intenso, sí, pero no tanto como cuando tironeaba de su cadena, aquello era demencial; esto, en cambio, era más tolerable. Se quedó quieto, o lo más que su tembloroso cuerpo pudo lograr, y respiró profundo varias veces, en un intento de mitigar aquella sensación. Le tomó varios minutos, aunque no sabía cómo medir los minutos allí, pero lo logró.

Una vez que se pudo sentar, le llegó otra incógnita: ¿cuánto tiempo había pasado desde que llegó allí, desde que despertó? ¿Días, semanas? «Le preguntaré cuando vuelva.» Sin nada más que hacer, se puso a investigar el lugar… o lo mínimo que la pequeña isla de hielo le confería.

Nada interesante, solo aquel especie de espejo de hielo. Se acercó y vio su reflejo, su traje de Maestro del Chi había desaparecido y ahora tenía su típico atuendo de pantaloncillos. Sin embargo, lo que llamó su atención, fue que momentos después, su reflejo comenzó a ondularse, para luego tomar la imagen de Tigresa.

El corazón le latió con fuerza, acrecentando el dolor que tenía (aunque no sabía cómo demonios podía pasar eso si era un alma, no un cuerpo), dio varios pasos tambaleantes y apoyó las patas sobre la nacarada superficie de cristal helado. El labio inferior le tembló y una sonrisa bobalicona se le dibujó: Tigresa estaba bien. A salvo. Dejó escapar un suspiro tembloroso y reposó la frente en el cristal.

—Ti… —susurró.

La imagen de ella se veía de frente, por lo que parecía que estuvieran cara a cara. En sus ojos pudo divisar a aquella Tigresa que lo recibió cuando recién fue nombrado Guerrero Dragón, mas solo un poco; el resto de su semblante demostraba firmeza, seriedad y dolor. La felina estaba sentada en un tronco caído, en un bosque frondoso, justo en un claro donde la luna se veía con una claridad hermosa, dándole un aspecto precioso; su pelaje naranja contrastaba un poco con aquella blanquecina luz y parecía brillar con un tono de piedra preciosa. Tigresa suspiró y estiró una pata hacia el cielo, como si quisiera tener la luna entre sus dedos, y luego extendió la palma por completo.

Po pudo ver con claridad las pequeñas cicatrices que tenía en la palma, unas líneas de piel cicatrizadas de tanto entrenar con el bosque de hierro; por acto de reflejo él colocó su pata sobre el cristal, de la misma forma que ella. Le pareció una tontería, pero podía jurar que sintió aquella calidez que la felina emitía.

Y de pronto un tirón en su pecho, un dolor en su brazo, y una presión enorme en todo su cuerpo, como si el mismo fuera el camino para algo más, como si una energía viajara a través de él y se canalizara por el espejo. El cristal se agrietó y quebró en miles de trocitos que cayeron salpicando en el océano, dejando a Po en cuatro patas jadeando alarmado.

«¿Qué fue eso?» Alzó la mirada y buscó el espejo, mas no quedaba nada. Se logró erguir con dificultad, y respirando profundo se sentó en posición de loto. Aquella vista a Tigresa le sirvió para afirmar lo que necesitaba: lograría dominar el Tercer Estado sin deshacerse de sus sentimientos por ella, y sobre todo, lo haría por ella. Porque si los dioses seguían bajando, ella sería un objetivo.

Bueno, Fai también, pero él no importaba.

Importaba Tigresa.

Suspiró y empezó a canalizar Chi.


Luego de que apagara la fogata, Fai subió a un árbol y se acomodó para echar una siesta, Tigresa, en cambio, tenía dos opciones: o entrar a la cueva en la que habían hecho un rápido refugio para pasar la noche, o dormir en un árbol como él. Sin decidirse a nada, empezó a vagar por el bosque, buscando algún lugar para poder pensar.

El día había comenzado muy silencioso. Ayer, una vez habiendo establecido con Fai cómo procederían, este le dijo que como su cuerpo aún no estaba recuperado del todo, no podía abrir un portal hacia la Casa de los Tigres, y que también, aunque pudiera, no estaba en sus patas hacerlo, puesto que dicha Casa tenía una protección con Chi que impedía transportarse de alguna manera hacia allí que no sea a pie; de tal forma que partirían antes del amanecer. Su viaje llevaría, según los estimados del león, quince días.

Tigresa le hubo avisado a Shifu sobre su partida con Fai para conocer su pasado, y él, como el Shifu que conocía, asintió y le dio un consejo, aunque algo que pudo detectar fue que se lo dijo con orgullo, y algo que parecía aprecio.

—Sea lo que sea que encuentres, Tigresa, recuerda que siempre serás un miembro del Palacio de Jade. No olvides eso. Todos te apreciamos y respetamos por lo que eres. —Shifu se había puesto de pie y caminado a su lado, para detenerse en la puerta, dándole la espalda—. Espero que ese viaje te ayude a limpiar tu mente. —Acto seguido dio dos pasos y desapareció como siempre hacía.

Ella quiso preguntarle si sabía algo de lo que el señor Ping y ella hablaron, mas no le dio tiempo. En la madrugada siguiente, y sin que lo que le dijo el panda rojo dejara de retumbarle en la mente, salió con una mochila pequeña con las pocas cosas que necesitaría para viajar. Un recuerdo triste volvió a ella: cuando viajó con Po a la Ciudad Imperial; le había parecido cómico y, por qué no, un poco molesto, que llevara tanto equipaje.

Lei-Lei y Fai la esperaban en la entrada del palacio, ella con una expresión algo decaída y él con su inexpresividad pedante de todos los días. Cuando llegó con ellos, Tigresa se agachó y le dijo a su alumna.

—¿Qué haces aquí? —Intentó decirlo con delicadeza, y lo logró, solo un poco.

—A despedirme —respondió ella, algo soñolienta.

Una semisonrisa tironeó de los labios de la felina.

—Gracias. —Le pasó una pata por la cabeza, revolviéndole un poco el pelaje; había visto que varios animales hacían eso con los más pequeños—. Ahora, ve a dormir, es muy temprano para que estés levantada. Aún no amanece.

La pequeña asintió tallándose un ojo y con un rápido abrazo se dio media vuelta y se enfiló hacia los dormitorios. Cuando estaba en las escaleras de piedra que llevaban a los mismos, se volvió y ondeó su patita despidiéndose, a lo que Tigresa asintió parpadeando a su vez.

—Andando —comunicó Fai, sin tacto, iniciando el descenso de los escalones.

Una vez en el valle, caminando por las empedradas calles, donde algunas casas se habían mantenido milagrosamente en pie y otras estaban en sus escombros por la pelea contra Genbu, se topó con el señor Ping y Li Shan, que iban hacia el Palacio de Jade.

—¡Maestra Tigresa! —saludaron ambos. Tigresa le respondió a Li con un asentir y a Ping con una leve sonrisa; los dos venían cargados, Li con unas vigas de madera y Ping con una bandeja de dumplings.

—¿Qué haces tan temprano fuera? —preguntó el ganso.

—Debo ir de viaje —respondió ella con un suspiro—. Volveré lo más pronto posible. Además —añadió—, si nosotros, dos Guerreros, nos vamos, el Valle de La Paz estará a salvo. Es a nosotros a quienes buscan.

—¿Y Po? —intervino Li Shan.

En esa ocasión fue Fai quien habló.

—El Dragón estará bien. Si no han aparecido los dioses significa que no les interesa el Dragón, por ahora. Manejamos la teoría de que algo debió afectar su Chi, posiblemente su estado actual.

—Ya —convino el panda.

—¿Y ustedes? —siguió Tigresa.

—Estamos haciendo reparaciones al restaurante —contestó el señor Ping—. Resultó dañado en lo que pasó, por eso las vigas. Y esto… —Levantó la bandeja— es para quienes nos ayuden. Tomen uno, por favor.

Tigresa se acercó y con un poco de duda tomó uno. Estaba cálido; al instante un recuerdo de Po preparándolos le vino a la mente. Fai tomó el suyo como si nada, le dio un mordisco y abrió los ojos en clara sorpresa, pero luego frunció el ceño y siguió caminando, sin dar las gracias siquiera. Ella les agradeció y se despidió de ellos, pidiéndoles que cuidaran a Po en su ausencia.

Durante el trayecto se comió el dumpling y Fai se relamió la punta de los dedos que aún conservaban lo pegajoso de la masa, y cuando estaban ingresando al bosque cercano al pueblo, comentó como si no quisiera la cosa:

—¿Por qué nos dieron uno?

Ella lo miró de refilón arqueando una ceja.

—Porque es el señor Ping —respondió como si eso lo zanjara todo.

—Nosotros no hicimos nada por él.

—Eso no tiene nada que ver. —Y con un susurro, agregó—: Él es como Po.

Fai movió una oreja con disimulo y siguió caminando, guiándola, con el ceño un poco fruncido como si le fuera imposible creer que alguien compartiera o invitara algo porque quisiera. Aquel razonamiento del león le asemejó a ella cuando estuvo en el orfanato.

Caminaron por el bosque, adentrándose cada vez más y cruzando varios puentes en riachuelos hasta que el sol dio paso a la noche y las estrellas y luna comenzaron a hacer acto de presencia, como pequeños puntitos en la negra tela del cielo. Fai decidió que debían encontrar un lugar para pasar la noche antes de que los bandidos empezaran a rondar buscando presas, que aunque no serían reto para ellos, lo mejor sería conservar energías para el viaje.

Encontraron una zona con varios árboles de manzano en la base de una cueva que les vino como anillo al dedo; Fai hizo un pequeño montículo con unas ramas y encendió una fogata para calentarse. De su mochila, Tigresa sacó un poco de tofu que había llevado y lo comió sin miramientos, observando la danza de las llamas sobre la madera, extinguiéndola poco a poco y haciéndola cenizas.

—Me iré a dormir —dijo, seco, dando un salto a uno de los árboles y recostándose sobre una rama; arrancó una manzana madura y le dio un mordisco. El crujido resonó con apetitosidad por sobre el crepitar de las llamas. Luego se sorprendió de pensar eso, ¿apetitosidad? Estaba usando el mismo vocablo que Po.

Sacudió su cabeza y empezó a caminar por el bosque, divagando entre pensamientos que no dejaban sino sembrarle más y más dudas. ¿Qué encontraría cuando llegara a la Casa? ¿Le ayudarían a mitigar sus demonios? ¿Le hablarían de quién es ella y quiénes fueron sus padres, del por qué estos la dejaron en un orfanato? ¿Conseguiría volver a usar el Chi de Suzaku? ¿Qué haría con los sentimientos de Po?

Aquella última pregunta era la que más fuerza cobraba, porque mientras más pensaba, más se daba cuenta de que nunca le pasó algo parecido. Su vida y su meta siempre fueron entrenar Kung Fu, alcanzar la perfección, volverse la Guerrera Dragón llegado el momento y ya, tal vez morir como una maestra o en alguna pelea emblemática, pero nada más. Y entonces… entonces llegó Po, llegó a sacudir todo y ponerlo de cabeza. Era la primera vez que alguien como él entraba al palacio como miembro, era la primera vez que ella no obtenía algo que se proponía, y por sobre todo, era la primera vez que alguien la miraba de esa forma, como si fuera la mejor cosa que hubiera sido creada.

Los Furiosos la miraban con respeto, Shifu con regaño y rara vez orgullo, Oogway con compasión, pero Po… en ese tiempo no lo entendía, pero ahora sabía era cariño, o amor. Aún no entendía la diferencia entre ambas cosas.

Llegó a un claro en el cual la luna se veía con claridad, y su brillo blanquecino le confería un aspecto fantasmal a los árboles que formaban un círculo, como un óculo. Sin ganas de caminar más, se sentó en un tronco caído y apoyó sus codos en sus rodillas.

Ella sentía algo por Po, eso no lo podía negar, no obstante, qué en específico, no lo sabía. Podría decirse que era un sentimiento de compañerismo como el que tenía con los demás Furiosos, aunque sabía que eso sería disminuir aquello. Él la comprendía, la apoyaba, la ayudaba y la aconsejaba. La entrenaba mientras los demás dormían, sacrificando sus horas de sueño que bien sabía tanto le gustaban; incluso le cocinaba cuando tenía ganas de algo. La última vez fue dos días antes de que les dieran la noticia de que el Guerrero de la Tortuga Negra murió, le había preparado unos dumplings rellenos de tofu. ¡Rellenos de tofu! Aún no sabía cómo había hecho para que el tofu no se derritiera dentro de la masa caliente.

¿Cariño, tal vez? Sí, podría ser, pero no sabía si lo era del todo. Ella tenía cariño por Víbora, la que en teoría era una gran amiga, solo que con Po era algo más fuerte. Se irguió y apretó los puños, en esos momentos odiaba no saber nada en el ámbito emocional. ¿Lo quería? ¿Lo amaba? Lo apreciaba, sí, solo que eso era poco.

¿Qué era el amor en primer lugar? ¿Cómo podía estar segura de que Po sintiera eso por ella? Tenía que saber cómo identificar uno de lo otro, cariño de amor. Había escuchado que el amor es un sentimiento muy fuerte, algo que cuando se aseveraba era muy importante, pero no tenía ni la más remota idea de qué tan importante era o tenía que ser algo para considerarse amor.

Suspiró y alzó la mirada, posándola en la luna. Estiró una pata hacia ella y a la vez que cerraba un ojo, cerró dos dedos para tenerla entre los mismos; luego, estiró la palma hacia ella. ¿A quién debía preguntarle sobre eso? ¿Quién podría darle una respuesta clara y simple?

Pensó en Po, en cómo quisiera tenerlo en ese momento ahí con ella para preguntarle si lo que dijo el señor Ping era cierto, porque ¿cómo lo sería? Él debía estar un poco loco para quererla de la forma en que el ganso dijo que lo hacía. Por un momento, mientras veía cómo la luz del satélite le bañaba el pelaje, recordó cuando le tomó la pata en el entrenamiento de la Paz, y sintió el pelaje de su brazo erizarse un poco. Y por un momento, por más ilógico que le pareciera, habría jurado que sintió la calidez que Po siempre tenía, aquella arrulladora y suave protección que emanaba.

Y entonces… un dolor enorme, rápido como un latigazo, le subió por el brazo y la empujó de espaldas contra el suelo, quedando nada más sus piernas sobre el tronco. Se puso de pie y subió la guardia al instante.

—¿Quién anda ahí? —dijo una voz a su espalda, ella se volvió preparada para dar un golpe, pero vio que entre los árboles Fai aparecía como una tormenta, tan rápido que estaba segura de que no era natural que lo hiciera así.

—¿Qué haces aquí? —espetó Tigresa, observando el lugar con detenimiento.

—Percibí una cantidad barbárica de Chi de golpe —respondió, oteando el entorno también—. Eso no fue normal.

—Tal vez fue el aire.

—No. —Negó con la cabeza, decidido y con una mirada extraña en los ojos—. Lo hubiera sabido. El viento es como una extensión de mí. No, eso no fue el aire, fue como si alguien hubiera mandado Chi de algún lugar o conectado con alguien.

Entonces recordó que antes, cuando Fai les informó a los demás sobre que ella era la Guerrera Fénix, él había dicho algo de Resonancia del Chi. ¿Podría ser que eso sea lo que hubiera pasado? Pero no era posible, Po estaba inconsciente en el palacio. ¿Cómo podría haber resonancia si él no estaba allí?

—No hay nada —dijo el Guerrero Dragón Imperial, sacándola de sus pensamientos—. Sea lo que sea, desapareció. —Se volvió hacia ella—. Ahora, maestra Tigresa —añadió, fulminándola con la mirada. «¿Es acaso la primera vez que me llama por mi nombre?»—, al refugio. No estoy de humor como para estar cuidándote. Necesito dormir.

Sin decir más ni esperar su respuesta, Fai se dio media vuelta y volvió por donde vino. Tigresa lo siguió, sin apartar aquella loca teoría de su mente, y sin descartar la posibilidad de preguntarle al león sobre qué era el amor o cómo se diferenciaba de las demás emociones.

A su pesar, él tenía razón, debían dormir.

Al momento de llegar a la cueva, el último pensamiento que tuvo antes de dormir fue que extrañaba al panda, porque en ese momento su calentito pelaje le ayudaría para abrigarla del frío de la noche.


No tenía recuerdo alguno.

No sabía dónde estaba.

«Estoy vivo», fue lo primero que pensó cuando fue consciente de que respiraba. El cuerpo le dolía, por lo que, en efecto, sin duda estaba vivo, sin embargo no sabía quién era, qué era, dónde estaba o qué hacía allí. Fue probando poco a poco su cuerpo, tenía los dos brazos y las dos piernas, ninguna herida visible y una cola que respondía sin problemas; estaba bien.

Tendido en el suelo de lo que parecía un bosque, unos rayos de sol se colaron por entre las hojas de un hermoso verde. Aquella escena, el viento soplando con cariño y el sol atravesando las hojas con pereza, se le hizo hermosa, tanto que quería quedarse ahí, tumbado, viéndola por siempre. Quería, mas no podía. Debía saber qué hacía allí y por qué. Se puso de pie como pudo y oteó el lugar, árboles y árboles y un camino de tierra muy rudimentario a tres metros de donde estaba.

«Bueno, estoy vestido, al menos.» Tenía unos holgados pantalones negros y una camiseta sin mangas, parecía un trabajador o granjero. Entonces reparó en su rasgo más destacable.

—¡Por los dioses —exclamó—, soy azul!

¡Azul! ¡Era un tigre azul! No recordaba de qué colores eran los tigres, pero algo en su ser, como un palpitar, le decía que ese color no era normal. Aunque, ¿qué era normal y qué no?

Tanteó sus bolsillos y no encontró nada. Sin recuerdos, sin pertenencias y sin un aspecto normal. ¿Podía empeorar de alguna manera?

—Bien —se dijo, dándose unas palmadas en las mejillas. Contuvo un quejido de dolor, tenía un corte en una de ellas—, debo encontrar civilización. Ahora… —Miró a ambos lados del camino sin saber a dónde ir.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un tarareo alegre, divertido y despreocupado, que se hacía cada vez más fuerte; se escondió tras un arbusto cercano y esperó a que quien fuera el causante de aquel ruido apareciese, así podría o atacarlo o preguntarle algo de utilidad.

Momentos más tarde una tigresa ataviada con un gastado y viejo kimono negro apareció con un jarrón en el hombro, que por lo que parecía, cargaba arroz. Era de un blanco delicado, casi como la nieve recién caída, y con unos ojos verdes que parecían esmeraldas recién extraídas. Hermosa, en palabras simples. No obstante, él quería información, la emboscaría y le robaría algo para comer, porque apenas se daba cuenta del hambre voraz que lo azotaba.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó de su escondite y aterrizó frente a ella, quien dio un respingo por la sorpresa, sin embargo, él se tambaleó por su debilidad y terminó cayendo al suelo. Era un ladrón de primera, pensó, resoplando la tierra.

—¿Estás bien? —preguntó la tigresa. «¡Qué voz!», pensó. Aquella voz era frágil, pero decidida, como una caricia.

Él alzó la vista y fijó sus ojos negros con esos verdes.

—Más o menos.

Y en un segundo, el jarrón estaba en el suelo y una pata repleta de garras estaba en su cuello.

—¿Intentabas robarme? —quiso saber, con el ceño fruncido y muy seria. «¡Oh, dioses! ¿En qué me metí?»

—No —respondió con una sonrisa intentando sonar convincente.

Ella alzó una ceja y una sonrisa desafiante apareció en su rostro.

—¿Enserio? Porque a mí me parece que sí.

Él suspiró; no tenía sentido mentir.

—Sí, lo intenté.

—¿Por qué? —Las garras le presionaron más el cuello.

—¡¿Eres una tigresa o una interrogadora?!

—Un poco de ambas. Responde.

—Quería saber algo.

—¿Qué?

—¿Dónde estamos? —Frunció el ceño, irguiéndose apoyando las patas en el suelo, cuando quedó sentado frente a ella, continuó. A él se le hizo un parecido de un cachorro siendo regañado—. ¿Dónde está el pueblo más cercano? ¿Y sobre todo: es esto normal? —preguntó, señalando su pelaje.

La tigresa le apartó la pata y ladeó la vista, curiosa.

—Si te soy sincera, no lo sé. Nunca vi un tigre azul, son raros, supongo.

—¿Me lo dice la tigresa blanca? —Se cruzó de brazos. Ella se agachó y se llevó el jarrón al hombro de nuevo.

—El pueblo más cercano está a una hora de aquí —comunicó y con los labios señaló al sur—, hacia allá. El pueblo de Shaoran. —Hizo una pausa—. ¿Vas hacia allí?

—Creo.

—¿Crees? —Alzó una ceja.

—Sí. —Él se llevó una pata a la nuca, avergonzado—. Resulta que me acabo de despertar aquí sin recuerdos y no sé ni quién soy. Quizá si voy al pueblo recuerde algo.

—Ah. —Su mirada se llenó de reproche—. De seguro te desmayaste al embriagarte. Aunque Shaoran no es un gran consumista, el pueblo tiene sus expensas de alcohol. A veces pasa lo que a ti te sucedió.

—¿Alcohol? —Aquella palabra era nueva para él.

—¿No sabes lo que es? —Él negó—. Es una bebida que te pone muy feliz. —Su tono era algo cómplice; luego se hizo más serio— Yo debo ir al pueblo, si quieres te acompaño.

—¿No te da miedo? —se intrigó—. Digo, intenté robarte.

Ella estalló en carcajadas, un sonido que dejaba el canto de las aves muy por el suelo.

—Me han intentado robar animales más… —Lo miró de arriba a abajo— intimidantes. No serás problema.

—Intentaré no sentirme ofendido por eso.

—Kumiko. —Le tendió la pata libre para estrechársela—. Kumiko Fa.

El se la apretó, era suave, algo contradictorio para una granjera; porque tenía que ser una granjera por sentido común. O al menos eso pensaba.

—Quisiera corresponderte —dijo—, pero no sé cómo me llamo.

Hum… ¿Te parece si te digo Shui?

—¿Shui?

—Sí —asintió ella, señalándolo por completo—, tu pelaje me recuerda al mar.

—¿Qué es el mar?

Kumiko suspiró con una sonrisa adornándole el rostro, divertida. Se vio linda, y Shui se propuso conseguir más de aquellas sonrisas y guardarlas en su memoria.

—Tendré que ponerte al día de camino —dijo y empezó a andar—. Vamos, tenemos tiempo de sobra.

—Gracias, Kumiko Fa —agradeció, caminando a su lado. Ella hizo un pequeño mohín.

—Dime Kumi —le pidió—, me gusta más.

—Bien. —Asintió—. Gracias, Kumi.

Lo dijo con tanta formalidad, como pensó que debería decirle, que la hizo sonreír y negar con la cabeza. ¿Acaso estaba haciendo algo mal?

Sin embargo, ambos caminaron hacia el pueblo más cercano, Shaoran, entre conversaciones, alguna carcajada y sonrisas esporádicas. No obstante, Sui tenía una puntadita en la sien, como avisándole que estaba olvidando algo increíblemente peligroso. Algo de vital importancia.


Hola gente, aquí les traigo el nuevo capítulo.

¿Qué les pareció?

¿La escena con Po?

¿La escena con Tigresa?

¿La final?

Dejen su review para motivarme a seguir la historia.

En fin, si les gustó ya saben qué hacer.

Nos leemos luego.