Dorian salía del Gran Comedor con una sonrisa de oreja a oreja. Era un domingo frío y amenazaba con nevar; pero a Dorian ese clima le encantaba. Además era un día hermoso; porque justo a las 8 de la noche, su papá y Neville, tendrían su primer cita. Tan sólo por eso ese día valía la pena.
Siguió caminando en dirección a la torre de Gryffindor completamente feliz, saludando a todo el mundo, sonriendo. La vida era bella, únicamente tenía que hablar con Albus para que todo estuviera perfecto.
— ¿Qué hay Dorian? –Mark era un buen amigo de Ravenclaw, al cual ayudaba de vez en cuando con Herbología – ¿Durante la semana me podrías ayudar con un ensayo que tengo pendiente para Herbología?
—Claro, nos ponemos de acuerdo luego, Mark.
Siguió caminando tranquilamente y cuando dio la vuelta para encontrarse con las escaleras, vio como tres chicos de primer año de la casa de Hufflepuff molestaban a Rose Weasley que, para variar, iba cargada de libros.
—Hey, basta ustedes tres –Los niños vieron a Dorian y de inmediato se callaron –Váyanse de aquí si no quieren que los reporte con su Prefecto –Los niños salieron corriendo por piernas; pero, por la sorpresa, Rose había tirado los libros –Déjame ayudarte –Dorian tomó casi todos los libros y con un movimiento de varita los puso en una torre que levitaba a su lado -¿A dónde ibas?
—Iba a la Torre –Dijo Rose en un susurro, muy apenada por lo ocurrido.
—Bien, vamos.
Caminaron el tramo que les faltaba para llegar a Gryffindor y cuando entraron, la sala común estaba sola. Cosa normal siendo domingo. Dorian dejó los libros en la mesa más cercana que vio.
—Gracias –Musitó Rose.
—Rose, a mi me gustaría ser tu amigo. Siempre te veo tan sola que…
—No me gusta la lástima –Dijo Rose en un tono molesto.
—No es lástima –Dorian sonrió –En serio quiero ser tu amigo. Puedes preguntarle a quien quieras. No soy mal tipo, le caigo bien a todo mundo, bueno a casi todos. A la Profesora Luna no; pero eso es porque no creo en sus predicciones –Rose sonrió -¿Ves? –Dorian colocó sus manos en las mejillas de Rose y luego las deslizó un poco hasta su cuello –Tienes una sonrisa hermosa y, déjame ver… –Retiró el cabello castaño que cubría parte del rostro de Rose –Vaya, tienes unos gigantescos ojos azules y muy lindos –Rose se sonrojó –Entonces ¿Podríamos ser amigos?
—Yo… si, si –Dorian sonrió de nuevo y abrazó fuertemente a Rose.
—Ya está, entonces somos amigos, guapa –Le dio en beso en la mejilla y justo en ese momento volteó hacia la entra de la Torre para encontrarse con los gemelos Potter. La sonrisa se le borró del rostro cuando vio a Albus darse la vuelta y salir -¿Te puedo ver luego? Ya sabes dónde encontrarme cuando me necesites –Dorian corrió tras de Albus.
Rose se quedó pasmada por un momento. Había cuatro chicos en Hogwarts que resaltaban entre todos los demás: Aarón, sus primos James y Albus y, por su puesto: Dorian Snape.
Ella había escuchado veinte mil historias de amor que tenían como protagonista al seductor de Aarón. James también tenía sus conquistas; pero le interesaba más volar. Albus Potter era un misterio. Siempre pensando, siendo frío y calculador, como buen Slytherin.
Pero Dorian Snape era diferente. Era inteligente, responsable, bueno y era increíblemente humilde. Dorian tenía un hermoso pelo negro; aunque siempre lo usaba corto. Una hermosa piel blanca y unos misteriosos ojos verdes. Alto y con una perfecta sonrisa. Además de un cuerpo que fortalecía con ejercicio. Al principio fue una novedad ver a un mago corriendo alrededor del campo de Quidditch y luego verle jugar con un balón de soccer; pero después se podía ver a chicos jugando con él. Así era Dorian: Popular y bueno.
Rose se acarició la mejilla izquierda, aún sintiendo el suave aliento de Dorian rozando en su piel.
Dorian corría rumbo a las mazmorras. Llevaba todo el camino gritándole a Albus; pero éste ni se inmutaba ¡Mierda! Pensó ¿Cómo podía tener tan mala suerte? Era una obra buena, de verdad quería ser amigo de Rose y acercarla a sus primos; pero ahora su obra buena le complicaba lo que debía ser uno de los mejores días de su vida.
Le imprimió más fuerza a sus piernas cuando Albus atravesó la entrada a la Sala común de Slytherin. Se dio un tremendo golpetazo cuando detuvo con su cuerpo el que la entrada se sellara.
—¡Albus, coño, espera! –Albus no volteó. Se encerró en su habitación y Dorian golpeó la puerta.
—¡Albus, abre! Lo que viste no es lo que piensas yo…
—Mejor ni le sigas. Cuando Albus se pone así no hay poder humano que lo saque. Más tarde hablaré con él.
—Carajo, Aarón, fue… Toma –Le dio los lentes que se le habían caído a Albus con la huida –Por favor, dile que no es lo que cree. Sólo estaba siendo amistoso con ella y que me encantaría… Menuda mierda. Tener que mandarle mensajes contigo.
—Ya, dale tiempo. Se ha sentido tan celoso y tu no ayudabas nada con esa actitud con el Sanador –Aarón palmeó el hombro de Dorian y le sonrió.
—Neville y yo no… Tú sabes… Carajo, sólo espero que a Neville le vaya mejor con mi papá.
Neville terminó de colocarse el suéter negro y se sacó el cuello de la camisa verde que llevaba debajo. Luego se puso el abrigo y sobre él, la bufanda verde que Dorian le regaló la navidad pasada y se miró por última vez en el espejo. El cabello estaba bien. Desordenado como siempre, claro que no al estilo nido de pájaros como Harry; pero sí en todas direcciones. Era el corte que le gustaba a Dorian. La barba de tres días. El suéter negro sí que le marcaba los músculos, sus jeans… Bueno, Neville creía que estaba bien. Lo último que hizo fue ponerse colonia y tomar sus guantes de piel.
Se apareció una calle antes de llegar al café. Era un café tanto muggle como mágico. Llevaba a Dorian con regularidad, al chico le gustaba el ambiente. Además de que podía convivir con chicos muggles, el lugar era relativamente cercano a la Mansión; pero sobre todo era un lugar divertido y dinámico. En lugar de tener mesas, tenía un tipo de salas y taburetes. En cuanto entró al lugar se sentó en el sitio habitual que compartía con Dorian y pidió su clásico café americano.
Quince minutos después, Severus Snape entraba por la puerta con su clásico traje negro y una camisa azul oscuro. Neville de pronto se sintió demasiado informal. Se levantó de inmediato al ver a Severus y en el proceso tiró su café sobre la mesa. Severus se sentó e intentó disimular la sonrisa que le había provocado ver al siempre seguro Sanador convertido en un manojo de nervios, como lo era cuando le impartía pociones.
— ¿Nervios?
De verdad era tan raro ver nervioso al nuevo Neville Longbottom. Así le había llamado Severus después de verle en San Mungo. Parecía ser otra persona; sin embargo parecía conservar lo que le hacía único: Ese nerviosismo nato y la ternura que desprendía.
—Muerto de nervios –Confesó. Severus sonrió. No lo pudo evitar y también lo hizo el mesero que limpiaba el desorden.
— ¿Le traigo mas café, médico? –Preguntó el mesero de forma coqueta. No debía pasar de los 18 años. Otro de los atractivos del lugar.
—Por favor ¿Deseas tomar algo en particular? –Neville suspiró después, estaba muy nervioso. No sabía ni como hablarle a Severus; pero tomando en cuenta que ya le había metido la lengua hasta la nasofaringe, pues parecía correcto tutearle.
—Un café igual –Severus observaba como el mesero, inútilmente, intentaba llamar la atención de Neville; pero eso ojos verdes estaban puestos en otro lugar. Específicamente en otra persona; en… él y eso le halagaba de sobre manera –Ahora entiendo porque a Dorian le gusta tanto este lugar. Hay meseros muy jóvenes.
—Sí, entre otras cosas. En ocasiones hay grupos de música en vivo y a Dorian también le gusta venir.
Estuvieron conversando unos instantes; sin embargo caían en esos silencios que resultaban un poco incómodos. Neville se daba cuenta que Severus no se encontraba del todo tranquilo en el café. Tal vez era que esa noche había muchos chicos o el estúpido mesero resulto ser demasiado coqueto. Entonces pensó en llevarle a otro lado, uno más tranquilo. Algo íntimo. Neville quería que Severus disfrutara esa noche.
— ¿Te molestaría acompañarme a un lugar?
Neville no esperó la respuesta, dejó caer un par de billetes en la mesa, tomó su abrigo y delicadamente condujo a Severus hasta la salida.
— ¿A dónde? –Preguntó una vez que estuvieron fuera del local.
—Es un lugar muy especial para mí; pero tendríamos que aparecernos.
—Es que traigo mi coche.
—Podríamos dejarlo aquí. Es un barrio muy tranquilo.
—No se…
—Por favor –Le pidió Neville mirándole a los ojos y Severus no tuvo otro remedio que asentir –Bien, sólo toma mi brazo y estaremos allá en un minuto.
Severus sintió el clásico tirón de una aparición. Tenía los ojos cerrados y al abrirlos notó un gigantesco campo con un césped que era de un verde vivo y natural. A pesar de ser de noche, el lugar se encontraba completamente iluminado y al fondo se podía distinguir lo que parecía ser un invernadero, que también era enorme. Neville tomó su mano y llegaron hasta el invernadero. Cuando entraron, Severus pudo distinguir plantas tanto muggles como mágicas conviviendo en perfecta armonía.
— ¿Dónde estamos? –Preguntó no muy seguro de seguir en Londres.
—Es un terreno que compré justo al salir del Colegio. Estamos en Londres, en un espacio indetectable de Londres. A tu derecha está el Támesis. Es un lugar que los muggles ven como si estuviera lleno de edificios; pero que en realidad es esto: Un inmenso campo verde.
— ¿Para qué…?
—Cuando me gradué del Colegio pensé en mudarme aquí. Quería construir una casa, conseguir un chico que pudiera tener hijos y tener una docena corriendo por todo este campo –Severus sonrió un poco ante la ironía, mientras Neville encendía todas las luces del invernadero manualmente — Sin embargo, las cosas no resultaron como imaginé. Primero la abuela enfermó y murió. Luego pasó… -Neville agachó la cabeza y Severus supo de lo que hablaba. El Sanador se tragó el llanto que pugnaba por salir y continuó –Así que los planes cambiaron. Empecé a estudiar y cuando tenía un tiempo libre venía aquí. Comencé con el invernadero cuando Harry y los chicos estaban de viaje. Poco a poco esto fue tomando forma. Ha sido una buena terapia y es un gran hobby.
—Pensé que habías dejado completamente la Herbolaria.
—Es una de mis pasiones –Neville sonrió en el momento que accionaba una palanca que abría el techo del invernadero.
—El cielo está maravillosamente despejado –Mencionó Severus, desviando su mirada al inusual despejado cielo de Noviembre.
—Ven –Neville tomó una vez más de la mano a Severus y lo condujo justo al centro del lugar. Se colocó detrás de Severus y, varita en mano, convocó un control remoto. Del césped surgió de pronto una baranda de metal que formaba un perfecto rectángulo a su alrededor.
— ¿Qué es esto? –Preguntó un poco inseguro Severus.
—Tómate fuerte del barandal que tienes en frente –Le dijo Neville desde atrás. Cuando Severus tomó las rejillas, sintió que el suelo se movía, elevándose. De pronto estaban en una plataforma que salía del centro del invernadero. Severus trastabilló un poco; pero Neville le sujetó entrelazando sus manos con las de Severus en el barandal. Severus recargó su espalda en el fuerte pecho de Neville, buscando equilibrio.
— ¿Estás bien? –Le pregunto el Sanador muy íntimamente cerca de su oreja, rozando un poco con su barba. Severus era un hombre delgado y con algo de musculatura; pero Neville era por lo menos media cabeza más alto que él y algo fornido por el ejercicio. Definitivamente poseía un cuerpo envidiable y Severus se sentía contradictoriamente seguro dentro de sus fuertes brazos.
—Sí, sólo fue la impresión –Al voltear un poco hacia el suelo, noto que la plataforma subía y subía. El invernadero ya sólo era un pequeño punto blanco. Luego su vista viajó al frente y pudo ver la ciudad de Londres en todo su esplendor. Cuando la plataforma se detuvo no supo exactamente a que altura estaban; pero podía distinguir la Torre de San Esteban y el London Eye, junto al río Támesis. Definitivamente la vista era única.
—Podemos movernos a donde tú quieras –Le volvió a susurrar Neville y Severus pudo notar que esa varonil voz se escuchaba mejor cuando era más intima. No supo que fue lo que movió Neville; pero ya no estaban en el centro. Ahora estaban a la derecha, viendo el río Támesis en todo su esplendor.
—Se respira tanta paz aquí arriba –Comentó. Neville posó su barbilla en el hombro izquierdo de Severus y le volvió a susurrar.
—Yo respiro paz donde estés tú –Le dio un tierno beso en la mejilla y Severus sintió sonrojarse. Gracias a los dioses, una gélida ráfaga de aire impidió tal acto por parte del ex Profesor.
—Hace frío aquí arriba –Neville se separó un poco de Severus. Se quitó el abrigo para después pasarlo por los hombros de Severus y después la bufanda verde para dejarla en el cuello del otro.
—No soy una damisela en peligro, Longbottom –Severus intentó quitarse todo; pero Neville le abrazó, entrelazando sus manos con las del Slytherin.
—Nadie dijo que sentir frío fuera privativo de las damiselas. Además, tengo que cuidarte, eres mi paciente.
—Te vas a morir de frío –Severus se dejó envolver con el aroma a cítricos del abrigo y la bufanda.
—Estoy acostumbrado. Voy una vez al mes a la gélida Mansión Malfoy y créeme, no hay nada tan frío como los ojos de Draco cuando me ve –Severus negó y cerró los ojos, sintiéndose cálido por primera vez en su vida.
—Instalaste esta plataforma para Dorian ¿Verdad? –Se estaba tan sereno entre esos brazos…
— ¿Qué te puedo decir? Prefería que estuviera aquí conmigo que en una escoba partiéndose la cabeza.
—Pero Dorian ya sabe volar.
—Eso vino después. Primero agregué metro a metro a esta plataforma para que Dorian perdiera ese miedo.
—Todo un león protector –Neville sonrió y abrazó fuertemente a Severus.
— ¿Quieres bajar? –Le preguntó Neville un momento después; pero Severus no quería bajar. Se respiraba tanta paz… Neville sintió la vacilación y supo la respuesta. Suavemente tomó su varita y agrandó la plataforma –Ven –Le tomó de la mano. Primero se sentó Neville, recargando su espalda en la fría baranda. Luego Severus se acomodó a su lado –Está muy frío ahí; mejor recárgate en mi –Severus le miró un momento, desconfiando; pero después se acomodó en su pecho. Neville le rodeó con sus brazos.
Severus observó a Neville. Sus ojos verdes, su boca y de pronto sintió un gran deseo de ser besado. Se recostó completamente en Neville y, para sorpresa del Sanador, Severus empezó a besarle. De inmediato Neville correspondió al beso, deslizando su lengua en la cálida boca de Severus, acariciando el paladar, los labios. Era deliciosamente suave.
—Te tengo una sorpresa –Dijo Neville cuando se separaron. Frente a Severus apareció una botella. Al tomarla sonrió. Ya había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho en esa noche.
—No me lo puedo creer. La primera edición de nuestro vino ¿Cómo lo conseguiste?
—No fue fácil. Era una edición agotada y casi todo el que la había comprado se la bebió. Esta pertenecía a un coleccionista –Neville convocó una copa y se la sirvió a Severus.
— ¿Tu no bebes? –El profesor tomó un trago.
—No –Severus se acurrucó en el pecho de Neville y éste sonrió.
— ¿Qué te parece tan gracioso?
—Es que eso también lo hace Dorian cuando estamos juntos –Severus elevó una de sus cejas. Le dio otro trago a su copa y dejó descansar su cabeza en el pecho de Neville
—Dorian… él alguna vez…
—Quiero a Dorian como a un hijo. Tal vez soy tan cariñoso con él porque es tu hijo; pero nosotros jamás nos hemos visto de otra forma –Severus dejó escapar su aliento. Se veían como padre e hijo.
— ¿Te puedo hacer otra pregunta?
—Claro –Neville acariciaba el cabello de Severus, mientras veía como disfrutaba de su copa de vino.
— ¿Potter y tu alguna vez se acostaron? –El Sanador soltó una carcajada.
—Nunca. Harry y yo nos vemos como hermanos y no hay deseo entre nosotros. Además, yo soy algo así como impotente. Desde que pasó… yo no he podido…
Severus soltó la copa y pasó una de sus manos por la fría mejilla de Neville, tocó la rasposa barba y con su dedo pulgar acarició los helados labios del Sanador. Neville no se pudo controlar y besó a Severus. Este dejó que jugara un poco con sus labios y cuando se cruzó con su lengua, decidió participar en el beso. Neville casi gime en el beso; pero se abstuvo porque sabía que sería incomodo para Severus. El beso continuó haciéndose más pasional. Neville sentía que la sangre se le conjuntaba en un lugar que llevaba mucho tiempo muerto. Cuando Severus mordió sin intención el labio inferior de Neville, éste se separó. Intentó cerrar un poco las piernas. Estaba comenzando a excitarse.
— ¿Estás bien? –Le preguntó Severus un poco extrañado.
—Sí, sólo que… -Severus le sonrió y le dio un ligero beso en los labios.
—Nos curaremos juntos; sólo que, poco a poco.
—Poco a poco –Neville estrechó a Severus queriendo que jamás escapara de sus brazos. Las campanas del Big Ben sonaron.
—Tengo que irme –Le dijo poniéndose de pie.
—No ¿Por qué? –Neville se puso de pie y abrazó a Severus.
—Le dije a Draco que iría al teatro y ya es muy tarde.
— ¿Al teatro? Vamos al teatro. Podemos ver Cats, el Rey León, Equus o Mamma mía. La que tú quieras –Severus intentó no reír. Colocó sus manos en el pecho de Neville y negó.
—Nada, tengo que regresar.
—Vale pues. Tómate fuerte de mí.
Severus sintió el tirón y de inmediato cerró los ojos, sujetándose firmemente de Neville. Cuando abrió los ojos ya estaba al lado de su coche.
—Bueno, creo que yo ya me voy.
—Espera, te llevo.
— ¿Llevarme? –Ironizó un poco Severus –Traigo mi coche, por si no lo has notado.
—Claro; pero me refiero a que yo manejo. La Mansión está un poco retirada y no me gusta que manejes solo.
—Ya te he dicho, Longbottom, que no soy una de tus chicas.
—Eso lo sé; pero atribúyelo a que no tuve padres y por eso tiendo a sobreproteger a los que amo –Neville le arrebató las llaves del coche.
—Vale, ya, que eres capaz de subir al capó del coche si no te dejo venir conmigo. Sólo ten cuidado con mi Bentley.
—Oye, se manejar perfectamente. Puede que no tenga algo tan ostentoso como un Bentley; pero mi todo terreno no se queja.
Severus observaba a Neville discretamente, mientras este conducía muy concentrado. De verdad que no había nada del antiguo Neville Longbottom, ese hombre para nada se parecía a su ex alumno. Además de lo sexy que se veía y de lo seguro que era, estaba esa ternura que rayaba en lo increíble y lo sobre protector que era. Seguramente se debía a lo que dijo: No tener nadie a quien demostrarle todo el amor que guardaba. Siempre era así con Dorian y ahora con él. Severus no podía disimular que eso le encantaba.
—Hemos llegado –Neville detuvo el coche enfrente de la reja de la Mansión. Bajaron los dos y Severus se quitó el abrigo para regresárselo a Neville.
—Bien –Severus estaba por subir al coche cuando Neville le detuvo.
—Estaba pensando… que tal vez… ¿Te gustaría ir conmigo al teatro mañana? –Severus no respondió, sólo observaba detenidamente a Neville –Bueno es que le dijiste a Draco que irías al teatro y que tal si él te pregunta sobre la obra y tú no sabes nada. Me han dicho que Equus y Mamma mía están muy bien y…
—Está bien –Neville abrió sus ojos y después sonrió perdiéndose en los ojos negros.
—Perfecto. Nos vemos en el café a las 7 o si quieres podría pasar por ti aquí, para que no lleves tu coche o…
—Nos vemos en el café a las 7 –Severus le sonrió y le dio un tímido beso en los labios.
Neville se quedo tras la reja viendo como el Bentley gris oscuro se perdía. Estaba estúpidamente feliz. Tanto como nunca lo había estado en su vida. Severus bajó del coche y entró en la Mansión. Aún podía sentir la calidez del cuerpo de Neville y ese olor a cítricos que desprendía. Empezó a subir las escaleras cuando la voz del rubio lo detuvo.
—Buenas noches, padrino –Draco salía del despacho con unos documentos en las manos -¿Te divertiste en el teatro?
—Eh… Sí –Draco levantó sus ojos grises.
—Me da gusto que salgas. Siempre estás aquí muy solo y… -Draco por un segundo se distrajo con la bufanda que Severus llevaba colgada del cuello –Esa bufanda se parece mucho a una que Dorian le regaló a Longbottom.
— ¿Eh? No, era para mí.
—Qué raro, habría jurado que la compró para él. En fin –Draco suspiró cansinamente.
—Draco, creo que también deberías parar. Te ves muy cansado –Severus pasó un brazo por los hombros tensos de Draco.
—Es Sortilegios Weasley, lo que me preocupa. Aún no sé qué hacer con ese lugar.
—Ya. Sé que estas ayudando a Molly. Eres bueno Dragón y no debes exigirte tanto.
Los dos caminaron lo que restaba de las escaleras y entraron a sus respectivas habitaciones. En cuanto Severus cerró la puerta, se quitó la bufanda verde. Draco debió estar muy cansado; porque no notó que esa bufanda no combinaba para nada con la ropa que llevaba puesta y esa tontería era en la que Draco ponía más énfasis.
La bufanda olía a Neville, a cítrico y a yerba buena. ¡Carajo! Pensó Severus. Unas dos o tres citas así y terminaría con una idiota sonrisa de enamorado. Agradecía que eso no le hubiera sucedido en el Colegio o cuando estaban en guerra. No hubiera sido muy bueno para él llegar al cuartel de los Mortífagos con una sonrisa de idiota después de estarse manoseando con uno de sus alumnos.
Severus se rió de su tontería. Sin embargo era cierto: Neville había sido su alumno y ahora eran algo así como ¿Novios, amantes? Definitivamente habían tenido algo, tal vez hasta un hijo. Severus tomó una de las fotografías que descasaban en la mesa de noche: Era Dorian cuando tenía unos meses de haber nacido. Severus lo cargaba. Tenía un semblante cansado; pero estaba feliz de tener a su hijo en brazos. Era un pequeño con una pelusita negra en la cabeza y unos pulmones que despertaban a medio vecindario.
Luego tomó la fotografía más reciente. Una que hicieron en el último cumpleaños de Dorian. Su quinceavo aniversario. Dorian tenía ahora 15 años y era un chico atlético, alto, estaba desarrollando músculos. Se parecía tan poco a Severus, sólo en su piel. Lo demás…
Era inteligente, encantador, responsable. El hijo perfecto y, conforme pasaba el tiempo, iba pareciéndose más a… Otra persona. Tenía puesta una camiseta del Milán que Neville le había regalado unos días antes. Estaba firmada por Andriy Shevchenko, uno de los ídolos de Dorian. Además, esa camiseta había venido acompañada con una cena con el Ucraniano. Fue ahí donde Severus supo que su hijo se fijaba más en los hombres que en las mujeres. Claro que su preocupación llegó cuando se dio cuenta que tenía preferencia por hombres mayores.
Por eso tenía tanto miedo de que Dorian pudiera fijarse en Neville. Sin embargo podía ver en los ojos de ambos sólo el cariño. Severus muchas veces se preguntó si era la sangre lo que los unía tanto.
Neville llegó a su departamento reluciente de felicidad. Amaba tanto sentirse así… Procuraría a Severus y le amaría hasta que él decidiera echarlo de su vida. Y aún pasando eso, terminaría amándolo todos los días de su vida. El móvil de Neville sonó y él sonrió. Ya sabía de quien se trataba.
— ¿Ya encargaron a mi hermanito a París?
—Buenas noches, Dorian ¿No deberías estar dormido ya?
—Dime que lo hicieron en la plataforma…
—Dorian –Advirtió Neville.
—En el invernadero con la luz de las estrellas…
—…
— ¿En todo el campo a oscuras porque son medio exhibicionistas?
—….
—Ya, en tu departamento y papá ahora está amodorrado entre las sabanas, completamente satisfecho.
—Basta, Dorian.
— ¿En la Mansión? ¿Se arriesgaron a que tío Draco los descubriera; porque son adictos a las emociones fuertes?
—…
—Vale, ya, me rindo –Dorian rió.
—No lo hicimos en ningún lado y, antes de que preguntes, sí, le llevé al invernadero, le subí a la plataforma; pero sólo estuvimos hablando y mañana vamos a ir al teatro.
— ¿Al teatro? No puede ser, Sanador Longbottom. Necesitas unas clases urgentes de seducción. Tendré que decirle a Aarón que te instruya. Él podría llevarse a la cama a la directora con sólo fijar su vista en ella.
—Ya –Neville estaba muerto de risa con la imagen mental –Siento desilusionarte; pero tu papá y yo no somos adolescentes hormonales de 15 años, que pueden correrse con sólo pensar en la palabra sexo.
—Vale, cuarentones.
—Nada de cuarentones. Sólo que nosotros sí disfrutamos de una relación y vamos poco a poco. No quiero arruinar esto, Dorian –En realidad pensaba que disfrutaría hasta que Severus decidiera que ya no quería estar más con él.
—No te preocupes, sé que papá se terminara enamorando perdidamente de ti.
—Lo intentaré. Ahora vete a descansar.
—Bueno; pero promete que vendrás a contarme "todo" con todo lujo de detalles. No quiero perderme nada de mis padres.
— Anda, descansa, hijo mío.
Neville colgó. Se sentía tan bien llamar hijo a Dorian… Le hubiera encantado que el chico fuera su hijo y que Severus siempre hubiera sido feliz a su lado.
