NdA: Mi ordenador se ha roto, por eso no he podido contestar a vuestros rr. En casa me apaño con una tableta que me permite hacer algunas cosas, pero para actualizar he tenido que venir a casa de mi madre. Se supone que estará arreglado el miércoles, listo para actualizar el siguiente capi, pero bueno, si no, puedo subirlo otra vez desde aquí.

Aunque estos días no pueda contestar a vuestros comentarios, por supuestísimo que los leo y os los agradezco inmensamente ^^ sí me gustaría decirle a Shoe que le agradezco mucho su rr y que si alguna vez te animas a hacerlo, no sólo tienes mi permiso, es que estaré presumiendo de ello durante el resto de mi vida, jaja.

Capítulo 14 Nubes negras

Cuando Slytherin venció a Gryffindor en el partido de quidditch previo a las Navidades, James descubrió una cosa: había bastantes alumnos de su Casa que le echaban la culpa a él. Lo consideraban mejor Buscador que Dora Jordan y pensaban que podrían haber tenido muchas más posibilidades de ganar la Copa si él hubiera sido el Buscador, cosa que habría sido posible si no hubiera atacado a Scorpius dos años atrás y no tuviera prohibido jugar en los torneos del colegio.

Fred le dijo que también había otros alumnos de Gryffindor que le echaban la culpa a Scorpius de tales condiciones, y otros que se la echaban a McGonagall, y otros que pensaban que Dora debía entrenar más e incluso unos cuantos que pensaban que no era culpa de nadie y que simplemente tenían la mala suerte de que Scorpius era mejor Buscador y punto. Pero a James le dolía en el alma que sus compañeros le culparan de los pocos éxitos de su Casa, él que quería haber sido un motivo de orgullo… Y no había hecho nada digno de admiración, nada. Ganar un par de partidos de quidditch.

Al contrario, siempre sería recordado por su crimen.

Era Albus el que se había convertido en un héroe para los Gryffindor. James admitía que se lo había ganado a pulso, su hermano había estado admirable con los dementores, con los Parásitos, con el asunto de Amal del año anterior, pero no podía evitar envidiarlo un poquitín. Si él hubiera hecho algo también… Algo, algo que compensara el horrible episodio de Scorpius.

James estaba pensando en aquello mientras volvían a casa para las vacaciones de Navidad. Él y Fred iban a dedicarle de nuevo algún tiempo al Cuerpo, aunque sus padres, cómo no, decían que lo que tenía que hacer era preocuparse de los ÉXTASIS. Los ÉXTASIS… A veces tenía la sensación de que se estaba engañando a sí mismo con todo aquel asunto, pero se había prometido a sí mismo no rendirse e intentarlo.

-Eh, James…

James, que volvía de cambiarse de ropa en el baño, vio a Seren asomada a la puerta de uno de los compartimentos.

-Hola –dijo, deteniéndose. Seren ya se había cambiado también, y llevaba un suéter gris oscuro de lana y unos pantalones de pana marrones que le sentaban muy bien.

-Ya falta poco para llegar.

James asintió.

-¿Vas a hacer algo especial estas fiestas?

Ella se encogió de hombros.

-Lo de siempre, visitar a la familia y quedar con mis amigas. ¿Y tú?

-Lo mismo. Y también colaboraré con los Cuervos, claro.

-Yo no sé si apuntarme en Pascua –dijo Seren, y James recordó que cumplía años bastante pronto, a finales de enero o así. Le faltaba poco para la mayoría de edad-. No quiero patrullar ni nada de eso, sólo ayudar en algo que no sea peligroso, pero creo que mis padres se pondrían muy nerviosos, sobre todo después de lo que pasó el año pasado.

-¿Cuándo es tu cumpleaños? –preguntó.

-El tres de febrero.

-Ya serás mayor de edad –señaló-. Tendrás derecho a tomar tus propias decisiones.

-Ya, pero no quiero que lo pasen mal. Además… estoy en quinto. Otra vez. No es como si hubiera terminado Hogwarts, tuviera un trabajo y eso.

-Yo tampoco he terminado Hogwarts.

-Ya, pero yo es que no tengo ni los TIMOS. No sé, igual el año que viene. –Le sonrió-. Yo seré una Cuervo y tú, un aspirante a auror.

James bufó.

-Bueno, eso ya lo veremos.

-Que sí, hombre… -dijo ella, dándole ánimos-. Si lo llevas en la sangre…

Pero James meneó la cabeza, disgustado por el comentario. Él no llevaba esas cosas en la sangre. Albus quizás, pero él, no.

-No es tan sencillo. Mira, tengo que irme. Ya nos vemos, feliz Navidad.

Aún alcanzó a ver su expresión desconcertada, casi diría que dolida, antes de dar media vuelta y marcharse de allí. Pero tenía que hacerlo. Seren no lo entendía, ella pensaba que… que él sólo tenía que decidir que quería ser auror y ya estaba, como su padre, quien ni siquiera había tenido que terminar sus estudios o pasar test alguno para entrar a la Academia. No se daba cuenta de que, sin importar lo que le hubieran dicho a su padre, lo más probable era que lo consideraran un desequilibrado y lo mandaran de vuelta a su casa, que lo miraran y menearan la cabeza con decepción y pensaran "no es como su padre". No era la persona que Seren creía y no quería estar delante cuando ella lo descubriera.


Cassandra odiaba las Navidades. El Solsticio estaba bien, porque desde que había empezado el colegio lo celebraba en Hogwarts, con los Slytherin y algunos invitados de otras Casas, y había pasado de ser una reunión familiar a convertirse en algo completamente diferente e indoloro. Pero las Navidades… Le había costado mucho sentarse a la mesa ese día, una mesa en la que faltaban su madre y su abuelo Lucius, en la que siempre faltarían ellos dos. No quería celebrar la Navidad sin ellos.

Pero por suerte ese día ya había pasado y lo más duro había quedado atrás. Los días que tenían por delante, hasta fin de año, eran simples días de vacaciones que podría pasar visitando a sus amigas, yendo de compras y montando a Reina.

Cuando bajó a desayunar se sentía un poco deprimida, pero había quedado en ir a casa de Devika y sabía que ahí se lo pasaría bien. La única que estaba ya en la mesa era su tía Andromeda, quien la saludó con una sonrisa. El día anterior se habían visto por la mañana, pero luego ella y Ted se habían ido a pasar el día con la familia muggle de Ted y por la noche habían ido a hacerle una visita al señor Potter.

-Buenos días, Cassandra, ¿qué tal estás?

-Bien –contestó, sin demasiado entusiasmo, dándole un beso en la mejilla antes de sentarse en su silla.

-¿Os lo pasasteis bien ayer?

-Sí. ¿Y tú?

-También. No son muchos, pero forman un grupito animado.

Cassandra se sirvió una sola tostada, pues no tenía mucha hambre.

-¿Ellos saben que sois magos?

-Mi suegra y mi cuñado, sí. Los demás, no.

-¿No te da miedo que sean Parásitos? –le preguntó, clavando la vista en ella.

-¿Te da a ti miedo que lo seamos Teddy o yo? –le preguntó su tía a la vez, sin inmutarse-. Podríamos serlo también.

Cassandra, que no se lo había planteado, lo consideró durante unos segundos.

-No, vosotros no sois Parásitos.

-Ellos tampoco. Aunque podrían haberlo sido. Hubo un tiempo en el que sentían tanto dolor como el que sientes tú ahora. Los mortífagos habían matado a su hijo y a su nieta. Mis suegros podrían haber decidido que querían vengarse de nuestro mundo. Pero no son así.

La llegada de su abuela puso fin a la conversación; Cassandra no habría sabido qué contestarle a su tía, de todos modos. Ella sabía que su padre decía constantemente que había que acusar sólo a los Parásitos y que entre las filas de estos también había algún sangrepuras como ese Montague y todas esas cosas, pero en el fondo de su corazón pensaba que toda la culpa era de los muggles. No causaban más que problemas, siempre lo habían hecho. No quería matarlos ni hacerles daño, pero si hubiera podido les habría mandado a todos a otro planeta en la otra punta de la galaxia, donde nunca hubieran podido encontrarles.

-Andromeda, ¿quieres que vayamos esta tarde a tomar el té a casa de los Bulstrode?

-Oh, Cissy, me encantaría, pero ya he quedado.

-¿Tienes planes?

-Sí, mi cuñada y yo vamos a ir a cambiar un regalo. ¿Quieres que te traiga algo del mundo muggle?

-No, gracias, tenemos la despensa llena.

-¿Y tú, Cassandra?

-No, gracias.

-Vaya… -dijo su abuela Narcissa-. Qué pena que no puedas venir, Andy.

Cassandra no había estado prestando mucha atención, pero algo en el tono de su abuela hizo que alzara la vista y las mirara a ambas.

-Otro día –dijo su tía-. No sabía que fueras a quedar con ellos.

-Ya, pero es que… últimamente sales tanto…

Su tía sonrió y meneó la cabeza.

-Qué exagerada. Tú siempre has sido una planta de interior, Narcissa. Pero a mí me gusta un poco de barullo a mi alrededor de vez en cuando.

Esta vez fue su padre quien puso fin a la conversación con su llegada, pero Cassandra se quedó con la sensación de que su abuela había querido insinuar algo. No sabía el qué, pero algo.


"Blaise, querido:

En estas fechas tan duras es muy difícil no pensar en ti. ¿Cómo estás? Tu abuelo y yo tenemos el corazón desgarrado. Tu madre no deja de preguntar por ti y nos consta que te escribe cada día; apenas duerme y apenas come y no sabemos si llegará con vida a la fecha en la que tendremos que decirle adiós. Si la vieras, Blaise… Tú sabes que tu abuelo y yo nunca hemos aprobado lo que hacía, que siempre hemos tratado de hacerla entrar en razón. Pero se nos parte el alma al verla, porque al fin y al cabo es nuestra niña, nuestra única hija.

Sé que tienes derecho a estar enfadado con ella y que tu vida no ha sido fácil por su culpa, sé que ha hecho cosas imperdonables, pero si te queda en el corazón un gramo de compasión hacia tu madre, haz todo lo que puedas por venir a verla antes de que sea demasiado verla. Es lo único que ella pide ya y sé que te lo suplica carta tras carta. Es tu madre, Blaise, y si muere sin que hayas podido despedirte de ella temo que vayas a arrepentirte el resto de tu vida.

Piénsalo, vida mía. Tu abuela que te quiere,

Buchi Zabini"

"Blaise,

Tienes que venir, tienes que ayudarme, sacarme de aquí. Si vieras cómo me tratan todos, esa basura, ¿cómo se atreven? Tú nunca dejarías que me trataran así. Tus abuelos son unos estúpidos, no hacen nada por ayudarme, en el fondo siempre me han odiado, siempre. Sólo te tengo a ti, siempre has sido la única persona a la que he amado de verdad. Ven, te lo ruego, ayúdame, hijo mío, mi niño.

Mami"

"¿Por qué no vienes a verme? ¿Por qué? ¿Es que me odias? ¿Pero qué he hecho yo para merecer esto, un vil gusano traidor capaz de tratar así a su propia madre? Te tendría que haber abortado, monstruo, eso es lo que tendría que haber hecho. Maté a tu padre y te tendría que haber matado a ti también."

"Blaise, Blaise, cariño, no sé lo que me digo, olvida todo lo que te dije en la última carta, todos quieren volverme loca, ya no puedo pensar con claridad, sólo sé que necesito verte, te quiero, te quiero, vida mía, eres mi tesoro, mi ángel, te quiero tanto, ven a verme, por favor, te lo suplico, necesito verte aunque sea una última vez, tú sabes que soy inocente, yo no he hecho nada, Blaise, ven a verme, por favor, te lo suplico, vendrás, ¿verdad? Te abrazaré como cuando eras pequeño, mi amor, el único hombre de mi vida, ¿te acuerdas de lo felices que éramos? Mi vida, ven y todo estará bien, ven, ven a ver a mamá, cariño, ven."

"Madre,

Como ya te he dicho otras veces, la Cuarentena me impide ir a visitarte. Me alegro de que tengas a los abuelos a tu lado, sé que ellos te podrán ayudar en estos momentos difíciles. Sé fuerte. Tu hijo,

Blaise Zabini.

El correo transcontinental era irregular. Lo transportaban con Trasladores dos o tres veces por semana, dependiendo del volumen de correo que tuvieran, y a veces Blaise se encontraba con tres o cuatro cartas de su madre en una sola mañana, unas veces llenas de súplicas y almíbar y otras llenas de insultos, pero cada vez más incoherentes. Las cartas le dejaban bastante alterado y nervioso y era raro el día que las recibía y después podía hacer algo de provecho.

Estaban ya a día veintiocho, pensaba. Nueve días más y todo pasaría. Ahora era todo lo que quería. Quería verla muerta. Quería verla pagar no por todo lo que le había hecho a su larga lista de maridos, sino por lo que le estaba haciendo a él.


Al día siguiente, Harry se encontraba en una aburrida reunión con Shacklebolt, Hermione y los Siete acerca de unas nuevas medidas de seguridad que la Confederación estaba pensando imponer. No eran realmente importantes, sólo un poco engorrosas. Hermione, que aún no había olvidado a la pequeña niña sangremuggle muerta en el accidente de aviación por culpa de la barrera de la Cuarentena, estaba peleando bastante todas las disposiciones.

Harry dejó vagar su imaginación y pensó en Draco. Se habían visto un par de veces en vacaciones, menos de lo que le habría gustado. Tampoco se verían en Nochevieja. Él iba a ir a casa de Ron y Hermione, y Draco iba a ir con sus hijos a la fiesta de Pansy. Pansy, pff. No entendía cómo podía ser amigo todavía de esa estúpida. Si algún día llegaban a salir juntos tendrían que alcanzar una especie de acuerdo, porque estaba seguro de que nunca podría soportar a Pansy. Zabini era tolerable, Nott y la hermana de Astoria también y Goyle, por lo que parecía, simplemente estaba ahí, y uno bien podía ignorarlo. Pero Pansy Parkinson Pucey… Aunque a un nivel mucho menor, le sucedía lo mismo con ella que con la difunta Dolores Umbridge: no podía tenerla cerca sin querer lanzarle un hechizo desagradable en toda la cara.

Entonces llamaron a la puerta y Chloe asomó la cabeza.

-Perdón por la interrupción. Jefe, ¿podemos hablar? Sólo será un momento.

Harry se levantó y salió del despacho.

-¿Qué ocurre?

-Acaban de denunciar una posible desaparición, pero es un poco raro.

-¿Por qué? ¿A qué te refieres?

-Ha desaparecido Euan Abercrombie. Y la denuncia la ha presentado su mujer, Gina Abercrombie, que estaba en casa con él en ese momento. Y con sus hijos, que también estaban en casa y siguen allí.

Harry frunció las cejas.

-¿Quieres decir… que ha desaparecido en su casa delante de toda su familia?

Chloe asintió.

-Eso mismo. Bueno, no estaban en la misma habitación que él, pero desde luego estaban en casa.

-Eso no tiene ningún sentido –opinó, mientras empezaba a pensar una explicación a ese enigma-. ¿No se habrá marchado y ya está?

-Pues seguramente –admitió ella-. Pero la señora Abercrombie estaba muy nerviosa y ha dicho que su marido no tenía que irse a ningún sitio. He mandado a Durham y a Wood a investigar, por si las moscas.

-De acuerdo, mantenme informado.

Harry volvió a la reunión, convencido de que el misterio de los Abercrombie tendría una explicación muy sencilla. No podía tratarse de los Parásitos, era imposible que pudieran colarse en la casa sin que nadie lo notara y era totalmente absurdo que una vez dentro sólo se llevaran a una víctima, en vez de a toda la familia. Y tampoco creía que fuera cosa de Augustus Rookwood. Los Abercrombie no tenían ninguna relación en absoluto con su juicio y su encarcelamiento.

-¿Ha pasado algo? –le preguntó Kingsley.

-No, no creo que sea nada –dijo Harry.

La reunión continuó con el mismo nivel de aburrimiento, pero no habían pasado ni cinco minutos cuando Chloe volvió a llamar a la puerta y a asomar la cabeza.

-Jefe, lo siento, esto ha empeorado –dijo, con expresión más seria que antes.

Harry, sorprendido, salió de nuevo del despacho.

-¿Qué pasa?

-Nos ha llegado otra denuncia igual que la de los Abercrombie. Esta vez se trata de Owen Cauldwell. Su marido, Geoffrey Hooper, dice que estaban los dos en casa y que habían quedado para almorzar con unos amigos en Las Tres Escobas. Cauldwell ha desaparecido sin más.

Harry no entendía nada, pero una cosa estaba clara: aquello era grave. Sin pensárselo dos veces le dijo a Kingsley que se marchaba y se fue hacia el Atrio para desaparecerse e ir a casa de Cauldwell y Hooper. Williamson y Robards le acompañaban, los dos tan extrañados como él. Si eran los Parásitos, ¿qué estaban haciendo? ¿Y cómo?

Hooper estaba comprensiblemente nervioso y les recibió con muestras de agitación.

-¡Tienen que encontrarlo! ¡Les juro que ha desaparecido, que no se ha marchado por propia voluntad! ¡Nunca se marcharía sin su varita, es absurdo!

Harry le puso la mano en el brazo, intentando tranquilizarlo, y lo condujo hacia uno de los sillones del salón.

-Señor Hooper, cálmese. ¿Por qué no nos cuenta cuándo ha sido la última vez que ha visto a su marido?

Hooper se pasó las manos por el pelo.

-Yo iba a subir a darme a una ducha. Owen ha dicho que iba a hacer un par de llamadas antes de que nos fuéramos. Cuando he bajado, ya no estaba. ¡Y sé que no se ha ido por su cuenta! –Su mirada era desesperada-. Me lo habría dicho. ¿Por qué iba a irse sin avisarme? ¡Y sin su varita!

Harry miró a Williamson.

-Ve a examinar la chimenea. –El auror fue para allá-. Señor Hooper, ¿le ha dicho Owen a quién iba a llamar?

-No, no… Bueno…

-¿Qué?

-Supongo que sería a alguien del trabajo.

-¿Dónde trabaja?

-En Cyclops. Ya sabe, fabricando gafas. –Se quedó mirando las suyas un par de segundos, como si se estuviera preguntando si aquellas también las habría fabricado él.

-¿Puede darme el nombre de sus compañeros de trabajo? ¿Los más cercanos a él? –Si no, buscarían a la dueña de la fábrica, a la que Harry conocía un poco, y le pediría la lista de empleados, que no debía de ser muy larga.

-Pues…Tracey Dorkins, Euan Abercrombie…

Harry dio un respingo y cruzó una mirada con Celeste Robards, que aún seguía allí.

-¿Euan Abercrombie?

-Sí. ¿Pasa algo?

Pero Harry no le contestó, estaba demasiado ocupado pensando. ¿Cuál era la conexión? ¿Había llamado Cauldwell a Abecrombie? ¿Uno de los dos era un Parásito y se había llevado al otro? Pero si uno de los dos lo era ¿por qué había dejado atrás una familia llorosa y preocupada? Lo más lógico habría sido que se llevara a su víctima sin armar escándalo para poder seguir actuando tranquilamente.

-Ha debido pasar algo y se han ido juntos a algún sitio –murmuró para sí mismo.

Entonces Williamson le llamó.

-Jefe –dijo, haciéndole una seña para que le siguiera.

-Perdone un momento –le dijo Harry a Hooper, antes de reunirse con su auror-. ¿Has encontrado algo?

-Sí –contestó Williamson, entrando en el salón y acercándose a la chimenea-. Mira.

Harry se acuclilló y observó lo que señalaba su agente. Era una uña, una uña rota. Estaba cerca de la chimenea, como si se hubiera intentado agarrar. Como si hubiera habido un forcejeo.

-Joder…

-Creo que se lo llevó el otro tipo –dijo Williamson en voz baja.

Pero Abercrombie también había desaparecido, ¿no era cierto? Y de pronto Harry comprendió lo que tenía que estar pasando.

-¡Joder! –Se puso en pie-. Se los han llevado a los dos. ¡La Red Flú! ¡La Red Flú está intervenida! ¡Hay que cerrarla ahora mismo! –Sacó su Avisador y rezó para que Chloe lo escuchara inmediatamente-. Chloe, escucha, ve corriendo al Departamento de Transportes y di que cierren ahora mismo la Red Flú. Se están llevando gente por la Red Flú. Repito: se están llevando gente por la Red Flú. Que cierren todas las chimeneas. Voy para allá.

No perdió el tiempo. Sin despedirse de nadie, salió corriendo para salir de esa casa, Aparecerse y regresar al Ministerio.


Albus terminó de leer el libro de It que había escogido para la parte muggle de Estudios Culturales y se quedó pensativo. Había sido un buen libro, la verdad es que se había asustado en algunos momentos. Aunque otros eran un poco rollo. Lo que no terminaba de entender era de dónde se había sacado Scorpius, que ya lo había leído por su cuenta, que el monstruo era un boggart. Sí, cambiaba de aspecto y se convertía en lo que más miedo le daba a los niños. ¡Pero el libro dejaba claro que venía del espacio exterior! Obviamente el monstruo era de origen extraterrestre.

Algo así tenía que comentarlo con él, así que bajó las escaleras para llamarle por Red Flú y sacarlo de su error.

-¡Chicos, almorzamos en cinco minutos! –exclamó su madre desde la cocina.

-¡Un momento!

Albus fue rápidamente al salón, se arrodilló frente a la chimenea y echó polvos Flú.

-Malfoy manor. –Gobs atendió su llamada, pero Scorpius se puso casi al momento-. Hola.

-Hola.

-¿Te he pillado almorzando?

-No, aún no.

-Ya me he leído It. Y no es un boggart, Scorpius. Es un extraterrestre.

-¿Cómo va a ser un extraterrestre? Los extraterrestres no existen.

-Bueno, eso no lo podemos saber con seguridad. Y de todos modos es sólo un libro, y en los libros se supone que pueden existir las cosas que al autor le dé la gana.

-¿Estás seguro de que es un extraterrestre?

Albus iba a explicarle lo de la nave espacial que Mike y Richie veían durante la ceremonia de humo. No llegó a hacerlo. Unos brazos salieron súbitamente de las brasas y le sujetaron del cuello. Por un momento absurdo pensó que era Scorpius, pero Scorpius nunca le habría dado ese estirón brusco y doloroso, nunca le habría asustado de esa manera. Albus cayó hacia las brasas con un grito de alarma y en medio de la oscuridad escuchó una voz que pronunciaba una dirección y sintió el tirón de la Aparición. Un momento después, mareado y atemorizado, se encontró de pie en una sala brillante. Tenía las manos atadas con un hechizo; además, alguien le sujetaba por detrás y le había puesto una varita en el cuello a modo de advertencia. Scorpius estaba a su lado, inmovilizado de la misma manera, y sus ojos estaban abiertos con una expresión de confusión y pánico. Delante de ellos estaba una mujer mayor, pelirroja, a la que no habían visto nunca y Anne Bouchard, la antigua profesora de francés de Hogwarts.

Los Parásitos… Los Parásitos… El terror que le invadió fue tal que por un momento lo vio todo negro, como si fuera a perder el conocimiento.

-No me lo puedo creer… Albus Potter y Scorpius Malfoy… Esto sí que ha sido un golpe de suerte.

-No… -oyó gemir a Scorpius-. No, por favor…

-Llevadlos a una de las celdas.

Era una pesadilla. No podía estar pasando. Sólo unos segundos antes estaba en casa de su madre y ahora… No, aquello no podía estar pasando. Pero los gritos de Scorpius y su propio pánico parecían muy, muy reales.

Continuará.

NdA2: Como podéis imaginar, los próximos capis van a tener angst a carretadas, así que si alguien no se ve con fuerzas para sobrellevarlo que le pida a alguien que le avise de cuándo se relaja ya la cosa.