AVISO: Solo faltan por publicar el último capítulo y el epílogo, pero da la casualidad de que durante las dos próximas semanas tengo que viajar por motivos de trabajo. Esto quiere decir que no estoy segura de que vaya a poder subir la continuación a tiempo o de que vaya a poder subirla tan siquiera. Os aviso de este pequeño desajuste para que no os llevéis una sorpresa y penséis que se me ha olvidado. Haré lo posible por publicar aunque sea el último capítulo en estas próximas dos semanas, pero no puedo prometer nada.


Capítulo 14:

La vuelta a casa fue muy dura. El viaje fue largo y desesperanzador. Sabía que el piloto del helicóptero no quería decirles nada que las preocupara. No obstante, escuchaba su radio alto y claro; le estaban informando de que habían destruido el campamento de la CIA por completo. Por más que lo intentaba, no paraba de ver en su mente imágenes de Inuyasha mal herido o muerto y el corazón se le encogía. No tenía fuerzas para gritar ni para llorar, aunque sí seguía teniendo esperanza. Inuyasha era un hombre muy fuerte, muy bien entrenado. Sabía defenderse, era un experto superviviente. Seguro que había encontrado la forma de escapar de allí.

Nada más llegar a suelo americano, todo fue un auténtico caos. Había cámaras por todas partes y periodistas intentando colarse entre los soldados para interrogarles y contar su historia en los periódicos. Les costó una infinidad atravesar la pista del aeropuerto en el que habían aterrizado sin ser asaltados. Cuando llegaron a la terminal, sus familias los esperaban.

¡Kagome!

En cuanto escuchó la voz de su hermano gritando su nombre, se separó del grupo y salió corriendo en su busca. Se chocó con algunas personas en el camino, se tuvo que mover a empujones, gritar. Todo hasta que al fin unos brazos conocidos la rodearon y la levantaron. Giró en el aire mientras ambos se reían de felicidad. ¡Cuánto añoraba a Souta! Aunque no se veían tanto como ambos desearían debido a la distancia, su relación siempre fue muy estrecha. Gracias a los teléfonos, el correo electrónico y el Facebook, comunicarse no era un problema. Sin embargo, nada era como un abrazo.

¡Souta!

Su hermano mellizo volvió a dejarla en el suelo y le sonrió como un crío.

¡Qué mal aspecto tienes!

Debería enfadarse con él por su impertinencia. La realidad era que agradecía que al fin persona le dijera la verdad desde que llegó allí.

¿Tanto he cambiado?

Estás muy delgada. Seguro que has estado pasando hambre por culpa de esa guerra.

No había llegado a pasar auténtica hambre, pues siempre se las habían apañado para encontrar algo que llevarse a la boca aunque se tratara de las mismas alubias de lata. La verdadera razón de su pérdida de peso era el ejercicio. Habían andado tanto que fue inevitable quemar mucha grasa a diario.

¿Te ha explotado una bomba en el pelo?

Créeme, no quieres que conteste.

Su hermano frunció el ceño al escucharla y la abrazó otra vez.

Bienvenida a casa, Kagome.

Sonrió por su comentario sintiéndose en verdad en casa aunque no estuviera ni en su apartamento, ni en el hogar de sus padres. Su casa no era un lugar en concreto; su casa era cualquier sitio en el que se encontraran sus seres queridos. En ese momento, su casa sería aquella isla porque la persona a la que más amaba en el mundo estaba allí.

Nos dijeron que un agente de la CIA estuvo cuidando de ti. musitó Souta en su oído ¿Es verdad?

Asintió con la cabeza sin poder vocalizar nada coherente por el recuerdo de Inuyasha protegiéndola a cada segundo.

Me gustaría conocerlo. musitó Le debo mucho…

Y ella también le debía mucho. Temía tanto que nunca regresara, que hubiera caído junto a su campamento. Los soldados no le decían nada sobre el asunto, lo estaban encubriendo y la desesperación la embargaba. Ahora bien, Inuyasha le prometió una cita en el café de los hermanos Brown y sabía que lo cumpliría. No había nada en ese mundo capaz de impedir que él la llevara. Por eso, esperaría a que la llamara. La verdad era que no intercambiaron teléfonos ni direcciones, pero sabía que daría con ella. Siempre lo hacía.

Es un hombre maravilloso, Souta.

¿Kagome?

Se separó de ella, consternado. Enmarcó su rostro entre sus manos y le limpió las lágrimas que empezaban a humedecerle las mejillas. Souta la leía como un libro abierto desde siempre. Sabía que ella estaba enamorada, era tan evidente.

¡Kagome!

Antes de que Souta pudiera decir una sola palabra al respecto, sus padres se echaron sobre ella. La abrazaron tan estrechamente que por un momento temió ahogarse entre sus brazos. Los dos lloraban, algo que resultó contagioso. También empezó a llorar desconsoladamente. Nunca había necesitado tanto a sus padres como en ese momento de tanto dolor.

Cariño, estás tan delgada… musitó su madre Tienes que comer bien ahora.

Tu madre te preparará tus platos favoritos, ¿verdad, Sonomi?

¡Claro que sí! le dio unos cuantos besos en la mejilla Necesitas descansar y reponerte mi niña.

Vendrás a casa, ¿no? le preguntó su padre No puedes volver a trabajar ahora y el gobierno te va a conceder unas buenas vacaciones para que te recuperes.

No sabía eso último, pero, de todas formas, si no le hubieran dado esa pequeña recompensa por lo sucedido, ella misma habría pedido uno o dos meses de excedencia. Sabía que se los darían por su buen expediente.

Sí…- musitó Quiero ir a casa…

Ya verás cómo todo sale bien mi niña. le dijo su madre.

En casa te ayudaremos a olvidarlo todo, pequeña.

Ella dudaba que pudiera olvidar absolutamente todo. Había una persona a la que jamás olvidaría.

Desde entonces, se encontraba en casa de sus padres. Shippo también se encontraba en casa de sus padres con ella. Se estaba organizando su adopción con unos tíos lejanos del niño y, hasta entonces, había conseguido que le permitieran cuidar de él en lugar de dejarlo en un frío y solitario orfanato. Llevaban dos meses en casa de sus padres desde su regreso. En una semana, tendría que despedirse del niño, pero ella lo visitaría y se enviarían cartas y correos electrónicos. No pensaba perder el contacto con su niño favorito.

Kikio Tama también había vuelto a su hogar. Tras una semana completa encerrada en casa de sus padres, descansando y disfrutando de la familia al igual que ella, había vuelto a salir. Eran amigas; todos las miraban como si se hubieran vuelto locas. Su hermano fue al primero al que se le desencajó la mandíbula al verlas juntas; sus padres también se mostraron terriblemente sorprendidos, pero comprendieron su afinidad después de todo lo que habían pasado juntas en sus vacaciones. Así pues, empezaron a salir juntas a dar largos paseos, iban de compras, al salón de belleza y hacían multitud de cosas para evitar pensar en todo lo sucedido en aquella isla. Mantener la mente ocupada en otras actividades era la única forma de evitar pensar en él.

El gobierno le dio tres meses de vacaciones con sueldo íntegro, los gastos del viaje y una suma de dinero de diez mil dólares como compensación. Lo mismo les había caído a Shippo y a Kikio y los dos parecían felices, se conformaban. Para ella no era suficiente. Ella quería que le dijeran algo sobre Inuyasha, que se lo devolvieran. No hacía más que llamar a teléfonos de la Casablanca, a la policía, al FBI y al único teléfono de la CIA o relacionado con la CIA que había podido conseguir. En ningún sitio sabían decirle nada o, simplemente, no querían decírselo.

Estaba sentada en su sillón favorito con los pies desnudos y la mirada fija en el jardín que podía divisar a través de las puertas de cristal correderas cuando sintió algo suave que le hacía cosquillas restregándose contra sus piernas. No le hizo falta mirar para saber que se trataba de Buyo, su gato pardo.

— Hola, Buyo.

Se inclinó y cogió al gato entre sus brazos para luego colocarlo sobre su regazo. Buyo se removió y frotó la cabeza contra su pecho insistentemente en busca de caricias. Lo mimó, tal y como él le estaba pidiendo, pero siguió sintiéndose vacía. Podría comprarse treinta gatos si quería, pero jamás compensarían el vacío de su corazón.

— Kagome, he preparado chocolate caliente, ¿quieres?

— Sí, mamá.

Ya empezaba a hacer fresco, estaban a finales de octubre. Su madre siempre empezaba a preparar chocolate a partir de la primera semana de octubre. De pequeña, solían sentarse juntos a tomar el chocolate mientras veían alguna película o se contaban historias. Siendo mayor, no había perdido el gusto por dicha costumbre. Desgraciadamente, ya no le veía tanto significado como entonces si era incapaz de concentrarse y simular felicidad.

Sus padres sabían que algo le sucedía. Sabían que ella había vuelto siendo muy diferente de ese lugar y que había algo que la atormentaba por dentro. Preocupados por ella, le habían insistido para que acudiera a la consulta de un psicólogo y lo había hecho para tranquilizarlos. Ahora bien, el psicólogo le dio el alta en apenas dos sesiones alegando no encontrar ningún trauma, solo problemas normales de la vida. Ellos se sintieron aliviados de escuchar eso, pero, al ver que seguía igual de solitaria, continuaron preocupados. Ni siquiera iba a la biblioteca o leía algún libro en casa; no le apetecía hacer absolutamente nada.

— Aquí tienes, cariño.

— Gracias.

Cogió la taza de chocolate que su madre le ofrecía, sopló el humo y le dio un sorbo para probarlo. Tan rico como lo recordaba.

— Kagome, ¿hay algo que te preocupe?

Por fin se atrevía a preguntárselo. Su madre cogió un taburete y se sentó junto a ella con su propia taza de chocolate, a la espera.

— Estoy bien, mamá.

— No, Kagome. — sacudió la cabeza en una negativa — No estás bien y no quieres hablar con nosotros…

— No quiero preocuparos, ni que os sintáis mal, de verdad. Yo…

— ¡Ese es el problema Kagome! — exclamó — Tienes que comprender que Takeo y yo somos tus padres, que es nuestro deber preocuparnos por ti. Siempre has sido muy buena chica y sé que no quieres hablar de tus problemas con nosotros porque crees que así no nos angustiaremos, pero estás consiguiendo justo el efecto contrario. Apenas puedo conciliar el sueño desde que llegaste y te autoimpusiste este horrible voto de silencio…

Eso era verdad, su madre tenía ojeras todos los días. Sin embargo, no imaginó que ella fuera la culpable.

— Antes, podíamos hablar de todo, mi niña. Sé que Souta sabe lo que ocurre y me alegro de que lo hayas hablado con él, pero no puedes dejarnos así a tu padre y a mí; estamos sufriendo mucho.

No había hablado de nada con Souta. Su "telepatía" de mellizos seguía funcionando tan bien como antes a pesar de la distancia y del largo tiempo de separación. Su hermano siempre se las apañaba para leerle la mente; y ella misma podía hacer exactamente lo mismo con él. Era un don de hermanos o una maldición, según cómo quisiera verlo cada uno.

— Lo siento, mamá. Yo no sabía nada de esto…

— Porque yo tampoco quería preocuparte a ti, ni que te agobiaras. Ya han pasado dos meses desde que volviste. — recordó — Tal vez sea hora de que hablemos… He querido darte tiempo para que tú sola te animaras, pero ya no puedo esperar más…

Bien, ¿qué iba a decirle a su madre? A saber qué extraña cosa estaba pensando acerca de su "cautiverio" y no sabía cómo tranquilizarla sin mentirle.

— ¿Qué deseas saber, mamá?

— Quiero saber por qué te comportas de esta forma tan extraña. He podido llegar a comprender que Kikio y tú seáis tan amigas de repente y que te hayas encariñado tanto con Shippo, pero no sé por qué estás tan deprimida. ¿Te ocurrió allí algo que…?

— No me han violado, mamá. — se apresuró a contestar presintiendo la pregunta.

Soltó un largo y sonoro suspiro de alivio al escucharla. Seguro que a su padre también le alegraría saberlo en cuanto ella se lo contara.

— No sabes el peso que me quitas de encima, cariño. Tuve miedo de que… Yo no sé cómo… Bueno, es que…

— Lo entiendo, mamá. Ni me han violado, ni he visto violar a otra mujer, ni he vivido ninguna experiencia especialmente traumática… — tampoco estaba mintiendo al decirle aquello — Teniendo en cuenta que estaba en mitad de una guerra, he tenido muy pocos sustos.

— Tu pierna…

— Fue un accidente totalmente inevitable, pero no cojeo, no tengo secuelas y, aunque la cicatriz es muy fea, me encuentro perfectamente bien de eso.

— ¿Entonces?

¿Se animaría a hablar de Inuyasha con su madre? Sonomi Higurashi siempre había sido una ferviente creyente del amor verdadero y puro que podía atravesar todas las fronteras. Si le contaba su tórrido romance con el agente de la CIA Inuyasha Taisho, soltaría su cargante diatriba sobre el amor. Eso solo conseguiría que ella se sintiera peor por haberlo perdido. La única opción era mentir por el bien de ambas.

— Simplemente, pensaba en el agente de la CIA que nos protegió. Fue muy bueno con nosotros, pero creo que podría estar muerto…

Se mordió el labio inferior mientras sentía una lágrima resbalando por su mejilla. No era del todo mentira lo que había dicho, solo había omitido un pequeño detalle.

— ¿Estás preocupada por él? — le colocó un mechón detrás de la oreja — Es normal. Te sientes en deuda con él, ¿verdad? — sonrió — Yo también estoy en deuda con él por haberse asegurado de que tú vuelvas a casa sana y salva. Si está vivo, quiero agradecérselo en condiciones.

— Souta dijo lo mismo…

— Y tu padre también lo haría… — coincidió — Fue muy importante para ti, se ve en tu mirada. Tú… — y la miró como si le estuviera leyendo el alma — ¡Dios mío, Kagome!

¡Lo sabía! No debió decir nada de Inuyasha, debió inventarse alguna mentira bien gorda para que su madre no sospechara lo que en verdad la atenazaba por dentro. Por su estupidez, su madre sabía que estaba enamorada, que había encontrado a su alma gemela y que la había perdido. Ya sabía que lo que tenía era mal de amores. Apartó la mirada desconsolada para que no continuara leyendo su alma y bebió un largo trago de chocolate caliente mientras reordenaba sus ideas para oponerse a cualquier cosa que su madre dijera.

— Kagome, tú…

— Estoy muy cansada, mamá.

En verdad estaba cansada, le dolía todo el cuerpo. Solo quería dormir un rato.

— Lo siento, Kagome.

Su madre se levantó del taburete y recogió las tazas de chocolate.

— Takeo es el único amor de mi vida, no sé lo que es perder a alguien así, pero te perdí a ti durante unas semanas y te juro que puedo entender lo que estás sufriendo… — le puso una mano sobre el hombro — Si necesitas cualquier cosa…

— Solo necesito saber que está vivo.

En eso ni su madre ni nadie podía ayudarla. Solo Inuyasha podía presentarse un día delante de ella y decirle que estaba vivo, ya que todo el maldito gobierno se negaba a contestarle a esa simple pregunta.

— No puedo ayudarte en eso, pero si necesitarás cualquier otra cosa, puedes contar conmigo.

— Lo sé, mamá.

Su madre se inclinó para darle un beso en la frente y se marchó, dejándola sola con sus pensamientos. No dejó de pensar en Inuyasha, en sus ojos, en sus labios, en él intentando contestarle tras confesarle su amor, en su grito llegando hasta ella a través del ruido de las explosiones y de las hélices del helicóptero. Le gustaría saber con certeza si solo fueron imaginaciones suyas o si en verdad le gritó que la amaba.

¡Cálmese! gritó ¡Estoy de su lado!

No iba a picar. Al mirarlo con más atención, se dio cuenta de que era el hombre al que había dejado cao en el río, el hombre del cabello plateado. Era un alivio saber que no lo había matado, aunque, quizás, habría sido lo más inteligente. De todos esos hombres, él había demostrado ser el más persistente.

¡Márchese! exigió más en una súplica que en una orden ¡Dispararé!

No, no lo hará. No sabe quitar el seguro.

Él dejó caer parte de su armamento en el suelo, sin temer en absoluto que pudiera atacarlo y se acercó a ella con las manos en alto para que pudiera verlas.

Soy agente de la CIA. afirmó Conmigo estará segura. Deje que la saque de este lugar.

¿Cómo podía confiar en él? Estaba claro que no era isleño por su acento y porque no se parecían en absoluto a los otros, pero ya había sufrido demasiado en los últimos días. El hombre le pidió permiso con la mirada para bajar una mano y rebuscó en el interior de su chaleco antibalas hasta dar con lo que necesitaba. Extendió su mano con una cartera de mano, ofreciéndosela.

Tiene que confiar en mí.

Con manos temblorosas, abrió la cartera y vio con un suspiro de alivio que en verdad era un agente de la CIA, un ciudadano estadounidense. ¡Estaba salvada!

Si hubiera sabido que, marchándose con él, se habría enamorado tan perdidamente del hombre que su pérdida la desgarrara por dentro hasta hacerle sangrar, ¿se habría marchado con él? Probablemente, sí. Fue de vacaciones buscando una aventura y allí había encontrado aquello que llevaba tanto tiempo queriendo encontrar: había encontrado el amor. Saber que iba a amarlo, solo la habría empujado más hacia él.

Escuchó unos pasos corriendo por el salón, a su espalda y supo, sin necesidad de mirar, que se trataba de Shippo regresando de jugar al fútbol con los vecinos. El muchacho se había integrado muy bien allí. Le daba mucha pena tener que despedirse, pero sus tíos lo esperaban y no parecían mala gente. El niño también deseaba verlos, hablaba muy bien de ellos. Eso la animaba a dejar de aferrarse tanto a él.

— ¡Kagome! — rodeó el sillón para verla — ¡Viene Kikio!

Reacomodó al gato sobre el regazo y volvió la cabeza para saludarla justo cuando entraba en el salón. La mujer llevaba una bandeja con unas tazas de té que seguro que le había entregado su madre de camino hacia allí. Kikio era la única persona que sabía de sus labios que estaba tan desolada por Inuyasha. Shippo se lo suponía aunque no hablaba del asunto. Su hermano lo había descubierto con tan solo una mirada, pero no sabía los detalles. Su madre se lo sonsacó con un arte que le pareció la abogada del mismísimo diablo.

— ¡Anima esa cara! — se sentó en el taburete que anteriormente ocupó su madre —Seguro que él está bien.

Kikio siempre le decía que Inuyasha estaba bien y a salvo, que todavía no había vuelto por la simple razón de que el conflicto no estaba del todo resuelto. En ese momento, había una cumbre internacional abierta en la que todos los países estaban lanzando sugerencias sobre lo que se debía hacer con la isla. De momento, Estados Unidos y Rusia se peleaban por el territorio. Lo más probable era que acabara estando al cargo de la ONU como el Sáhara o se organizara un nuevo gobierno con los ciudadanos.

Aceptó la taza de té que le ofreció Kikio y tomó un sorbo, sintiéndose reconfortada en cierto modo. Kikio y Shippo eran su conexión, su recuerdo de todo lo sucedido y, al mismo tiempo, su mayor consuelo. Nadie como ellos conocía la trágica historia de amor que habían vivido Inuyasha y ella.

— ¿Por qué no vemos un rato la televisión? — sugirió Kikio — ¡Hoy ponen un especial sobre las casas de los famosos!

No le hacía especial ilusión porque no era un tema de su interés, pero aquel programa basura era lo suficientemente estúpido e insípido como para distraerla un rato antes de que su mente volviera a divagar sobre cosas imposibles que solo atormentaban su ya bien destrozado corazón. Se sentaron las dos juntas en el sofá e incluso discutieron sobre la decoración de algunas de las mansiones de Beverly Hills mientras que Shippo dibujaba sobre la mesa del salón. De repente, la emisión se cortó y se emitió un comunicado importante en directo sobre el resultado de la cumbre internacional. Dejaron sus discusiones e incluso Shippo dejó de dibujar para conocer la conclusión final.

— Tras un mes de intensas reuniones, fuertes discusiones y cientos de sugerencias desechadas por el consejo internacional, — resumió el presentador — en esta cumbre internacional, se ha decidido que el territorio en cuestión pasará a ser administrado por el consejo de la ONU, teniendo Estados Unidos y Rusia que retirar sus tropas de allí.

Los tres gritaron emocionados por la gran noticia. Aquella era la ramita de olivo que estaba esperando.

— ¡Inuyasha volverá! — le gritó Kikio — ¡Seguro que ya está de camino!

Se le saltaban las lágrimas de alegría por la noticia justo cuando el presentador volvió a hablar.

— Queremos darle nuestro más sincero pésame a las familias que han perdido a algún miembro durante esta guerra. A continuación, se citarán los nombres de dichos civiles y de los soldados caídos.

Apareció una cinta en movimiento bajo el presentador en la que estaban escritos un buen montón de nombres. Sintió pena por aquellas familias que perdieron al cabeza de familia, a algún hijo o hermano.

— Nuestro especial agradecimiento para el fallecido coronel Takumi Sato, quien encabezó una de nuestras más victoriosas campañas durante la guerra y para el oficial de la CIA… — miró sus papeles — Seika Tetsuya, quien rescató a tres civiles que volvían al país dos meses atrás y salvó a gran parte de sus hombres gracias a su sacrificio.

Se le cayó el alma a los pies al escuchar aquello. Se levantó del sofá y dio un paso adelante sin poder apartar la mirada de la pantalla de televisión. Inuyasha no volvería nunca porque estaba muerto. Él se había sacrificado como todo un buen soldado para salvar a los demás. En consecuencia, ella no volvería a verlo nunca.

— Kagome, ¿qué te ocurre?

Kikio la agarró por detrás sin entender.

— Inuyasha…

— ¡Inuyasha está muerto! — exclamó en un sollozo — Está muerto…

— No han dicho su nombre, tampoco aparecía en la banda…

— ¡Seika Tetsuya es la identidad falsa de Inuyasha!

Le escuchó lanzar una exclamación al percatarse de que en verdad estaba muerto, pero ella no se distrajo con tecnicismos. Dio otro paso tembloroso hacia la televisión, como si creyera que había forma de cambiar lo escuchado y las piernas le fallaron. Antes de que terminara de caer al suelo, ya estaba inconsciente.

— ¡Kagome!

Tuvo una pesadilla tras otra. En todas sus pesadillas Inuyasha moría y, en cada una de ellas, su muerte era mucho peor que en la anterior. Había sufrido más de diez veces el dolor de verlo morir y de haberlo perdido. Se sentía débil, cansada, fría y dolorida. No le apetecía moverse, ni hacer el esfuerzo de abrir los ojos. Solo quería tumbarse allí y esperar a morir para poder reunirse con él al otro lado. No podían arrebatarle eso, era su derecho, era su decisión.

Finalmente, abrió los ojos sin poder resistirlo ante los impulsos que la arrastraban a su alrededor. Lo vio todo blanco. Tardó un buen rato en darse cuenta de que estaba en la habitación de un hospital. Intentó mover el brazo, pero lo notó dolorido y tieso. Cuando lo miró, vio que tenía abierta una vía desde la cual le estaban suministrando alguna clase de medicación líquida. ¿Cuándo se había puesto enferma? No recordaba haber llegado al hospital. En realidad, no recordaba nada que no fuera la terrible noticia sobre la muerte de Inuyasha.

Una enfermera estaba ajustando el gotero. A continuación, una luz se acercó a sus pupilas, cegándola. Apartó la mirada molesta con la persona que se dedicaba a incordiarla. Poco después se percató de que ese hombre tan insistente era un doctor.

— Parece que ya se encuentra mejor, aunque me gustaría que se quedara en observación durante veinticuatro horas.

¿Tan mal había estado? Recordaba la televisión, el presentador y el dolor que la atenazó al escucharlo, al saber que Inuyasha no regresaría. Nunca se repondría de aquello, así que haría bien en internarla de por vida. Ella misma temía terminar haciendo una locura para encontrarse con Inuyasha de nuevo.

— Debería cuidarse más señorita Higurashi.

Ya se cuidaba, solo estaba deprimida. Si él hubiera pasado por lo mismo que pasó ella, la comprendería.

— En su estado tiene que ser muy precavida.

— ¿M-Mi estado? — no comprendía — ¿De qué me habla?

— Está embarazada, ¿no lo sabía?

Intercambiaron miradas consternadas en ese momento. La suya terriblemente sorprendida; la de él preocupada por haberla alterado con la noticia. Embarazada… ¡Estaba embarazada! ¿Cómo no pudo darse cuenta antes? No tenía la regla desde que le bajó en aquel lugar. Después de eso, Inuyasha y ella hicieron el amor unas cuantas veces sin ningún tipo de protección. Era muy posible que estuviera embarazada. ¿Por qué no pensó en ello antes? Estaba tan preocupada, tan deprimida, que no había caído en la cuenta de algo tan básico.

— ¿Cuándo nacerá?

— Si no me equivoco, en mayo debiera salir de cuentas… — estimó — Es mejor que lo hable con su ginecólogo.

Todo encajaba a la perfección. Iba a tener un bebé, un hijo de Inuyasha. Aunque sintiera que su vida no tenía sentido sin él, encontraría las fuerzas suficientes para criarlo y amarlo como él bien merecía. A pesar de haberlo perdido, estaba feliz de saber que Inuyasha le había hecho semejante regalo antes de partir al otro mundo. Aquel era el legado de Inuyasha y ella lo protegería con su vida.

Continuará…